Prefacio del editor
1. La generación terminal
2. La venida en las nubes
3. La llegada del anticristo
4. Los últimos días
5. La llegada del nuevo pacto
6. Los cuatro jinetes
7. Venganza para los mártires
8. Se abre el libro
9. Jerusalén es sitiada
10. Toda la creación toma venganza
11. ¡Consumado es!
Epílogo del editor
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Índice
PREFACIO
DEL EDITOR
Gary North
Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que
ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Jehová enviará desde
Sión la vara de tu poder; domina en medio de tus enemigos.
(Sal.110:1-2).
Luego el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre,
cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.
Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus
enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será
destruido es la muerte (1 Corintios 15:24-26).
La Biblia enseña que Jesús reinará sobre la tierra. Una vez
que comience, no habrá ninguna interrupción de su reinado sobre
esta tierra en la historia hasta que la muerte sea finalmente
derrotada. Pero sabemos que la muerte termina sólo en el día
final, cuando Cristo ponga fin a la rebelión final de Satanás,
cuando el diablo sea lanzado al lago de fuego (Apocalipsis
20:7-10).
La pregunta clave del reino es: ¿Cuándo comenzará su reinado en
la tierra? Jesús habló muy claramente sobre esto. Les dijo a sus
discípulos acerca de su resurrección:
Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que
os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros hasta el fin
del mundo. Amén. (Mat. 28:18-20).
Así, pues, toda potestad en el cielo y en la tierra
ya ha sido dada a Cristo. ¡Ya! Sabemos también que Él está
reinando con Dios en el cielo.
Y cuál la supereminente grandeza de su poder para con
nosotros los que creemos, según la operación de su fuerza,
la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y
sentándole a su diestra en los lugares celestiales, sobre
todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo
nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sin o también
en el venidero; y sometió todas las cosas bajo sus pies , y
lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la
cual es su cuerpo, la plenitud de Aquél que todo lo llena en
todo (Efesios 1:19-23).
¿Es Cristo la cebaza de la iglesia hoy día? Pablo dice que
sí. Pero, ¿qué más es verdad hoy día, según Pablo? El pasaje es
claro: Jesucristo gobierna la tierra ahora desde el cielo. En
este momento, Él está por encima de todo principado, poder,
autoridad, y dominio. ¿Qué son estas cosas? Son espíritus
demoníacos. Pablo escribió en esta misma epístola: "Porque no
tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados,
contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de
este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las
regiones celestes" (Efesios 6:12).
Dios está en control. Jesús está en control. En
principio, todas las cosas están bajo los pies de Jesús. Es
verdad que, en la historia, los seres malos todavía
tienen poder. Como pueblo de Dios, nosotros luchamos
espiritualmente contra ellos. La guerra entre el bien y el mal,
entre la verdad y el error, continúa diariamente en la vida de
todo cristiano y en la vida de cada sociedad. Pero, en
principio, la vida es más fuerte que la muerte, porque la
resurrección de Jesús lo ha demostrado. La resurrección es más
fuerte que la cruz. La luz es más fuerte que la oscuridad (Juan
1:9). El bien es más poderoso que el mal, porque Cristo reina
ahora desde lo alto. El legado del "segundo Adán", Jesucristo,
es más poderoso en la historia que el legado del primer
Adán. La gracia es más poderosa que el pecado.
Usted cree en esto, ¿verdad?
¿Por qué temer a "la gran tribulación"?
¿Por qué, entonces, deben los cristianos creer que alguna
gran tribulación se les viene encima en el futuro - una
tribulación tan grande que nada como ella ha ocurrido jamás? No
todos los cristianos creen que pasarán por la tribulación,
aunque sí lo creen los premilenialistas de la post-tribulación.
Pero, si Dios reina desde lo alto, ¿por qué deben los cristinos
esperar nada peor que los holcaustos "normales" del siglo veinte
- las persecuciones y los genocidios de armenios, judíos, kulaks
rusos, ucranianos, y camboyanos? Ciertamente, estos fueron
eventos terribles, y podría suceder que haya más de ellos, pero,
¿por qué deben los cristianos esperar que ocurra otro evento que
es fundamentalmente peor?
La respuesta es: No deberían. ¿Por qué no? Porque la gran
tribulación ha quedado atrás. Esto es lo que David Chilton
argumenta en La Gran Tribulación. Jesús advirtió a su
pueblo que vendría una gran tribulación en el futuro muy
cercano. En el capítulo de Mateo sobre la gran tribulación están
registradas las palabras de Jesús: "De cierto os digo que no
pasará esta generación hasta que todo esto acontezca" (Mateo
24:34). Por el pasaje paralelo en Lucas, sabemos que la gran
tribulación sería la destrucción de Jerusalén por un ejército,
que resultó ser el ejército romano:
Pero cuando viéreis a Jerusalén rodeada de ejércitos,
sabed entonces que su destrucción ha llegado. Entonces, los
que estén en Judea, huyan a los montes; y los que en medio
de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no entren
en ella. Porque estos son días de retribución, para que se
cumplan todas las cosas que están escritas (Lucas 21:20-22).
El magnífico comentario de David Chilton sobre el libro de
Apocalipsis se llama apropiadamente The Days of Vengeance
[Días de Retribución] (Dominion Press, 1987). Este pequeño libro
es un resumen breve de las secciones de Apocalipsis que tratan
de la caída de Jerusalén en 70 d. C.
¿Está usted esperando un desastre?
Puede resultar extraño a muchos lectores que la gran
tribulación haya quedado atrás. Esta posición ha sido bastante
común en la historia de la iglesia, pero, más o menos en los
últimos cien años, muchos grupos creyentes en la Biblia han
adoptado una posición diferente: que la gran tribulación
ocurrirá a Israel (o a todo el mundo, incluyendo a los
cristianos) en el futuro y probablemente en el futuro cercano.
La mayoría de los dispensacionalistas cree que la iglesia será
"raptada" y llevada fuera de este mundo antes de que tenga lugar
la gran tribulación; los dispensacionalistas post-tribulación y
los premilenialistas no dispensacionalistas tradicionales creen
que la iglesia pasará por la gran tribulación.
Lo que la Biblia enseña es que esto tuvolugar en 70 d. C.,
y los cristianos no pasaron por ella. Este libro introduce a los
lectores a la teología del juicio: específicamente, las
sanciones del juicio de Dios contra Israel. Las sanciones eran
maldiciones. Dios dio bendiciones a la iglesia y maldiciones al
Israel rebelde, que había crucificado al Señor y e invocado
públicamente el juicio de Dios contra ellos mismos: "Y
respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros,
y sobre nuestros hijos" (Mateo 27:25). Las maldiciones de Dios
contra el antiguo Israel en 70 d. C. estaban de acuerdo con su
crimen, la crucifixión de Cristo. Este crimen era el mayor (el
peor) en la historia; su castigo fue también el mayor (el peor)
en la historia. Llamar "la gran tribulación" a cualquier otra
cosa es disminuir la inmensidad del crimen de aquella
generación.
Nuestra abarcante responsabilidad
Me doy cuenta de que esto hará que muchos cristianos se
sientan frustrados. Si la gran tribulación ya pasó, entonces el
rapto no ha de tener lugar antes de esta tribulación. El rapto
de los santos - la resurrección de los santos muertos y la
transformación instantánea de los que todavía estén vivos en la
tierra (I Corintios 15:52) - se demora hasta el acto final de la
historia, cuando Satanás se rebele y Cristo regrese para juzgar
al mundo (Apocalipsis 20:7-10). Esto significa que, hasta
entonces, los cristianos permanecerán en la tierra como agentes
delegados de Dios en el juicio de la historia, predicando el
evangelio, aplicando la ley de Dios a cada ára de la vida, y
progresivamente sometiendo la tierra a la gloria de Dios
(Génesis 1:26-28). Esto significa que, para los miembros de la
iglesia, no habrá ningún escape terrenal de las
responsabilidades más y más pesadas del ejercicio del dominio.
Tristemente, hay millones de cristianos hoy en día que han
adoptado una filosofía del futuro que enseña que la mayor parte
de la gente morirá e irá al infierno - y después será lanzada al
lago de fuego por toda la eternidad (Apocalipsis 20:14) - y nada
que la iglesia haga podrá vencer la resistencia de estas
personas al evangelio. Simplemente, el Espíritu Santo nunca
cambiará el corazón de la mayoría de la humanidad.
Inevitablemente, perecerán. Con más de 5 mil millones de
personas vivas hoy día, y con miles de millones más que han de
nacer en los próximos 40 años, esta es una doctrina pesimista
del futuro. Y sin embargo, los cristianos de hoy prefieren creer
en este horrible escenario que creer en el crecimiento de la
iglesia y el triunfo del evangelio, porque tal triunfo pondría
una tremenda responsabilidad sobre los hombros de los que se
llaman a sí mismos cristianos. En realidad, preferirían ver a
miles de millones de personas perecer eternamente que reconocer
que a ellos, como cristianos, Dios les pedirá que asuman la
responsabilidad en este mundo - en las áreas que muchos
cristianos llaman "seculares" - a causa de un reavivamiento
mundial.
Nosotros, los que nos llamamos cristianos
reconstruccionistas, proclamamos un futuro reavivamiento mundial
y el constante y voluntario sometimiento de la gente a la ley de
Dios. Creemos que a los cristianos se les asignarán
responsabilidades constantemente en cada una de las áreas de la
vida en un mundo al cual se le han acabado las respuestas
factibles. Dios nos dará estas responsabilidades, pero no por
medio de la revolución o la tiranía. En su lugar, nos dará estas
responsabilidades en la historia por medio del sometimiento
voluntario de los que no tienen ninguna otra esperanza, de los
que (hasta esa rebelión final de Apocalipsis 20) estén
dispuestos a permitir que los cristianos asuman estas
responsabilidades sociales, políticas, militares, y económicas.
Nosotros creemos en el reavivamiento. Creemos en el
evangelismo y las misiones extranjeras. También lo hacen todos
los cristianos. Pero nosotros los reconstruccionistas tenemos
esta singular posición: creemos que estos esfuerzos
evangélicos tendrán éxito en la historia. Cuando llamamos a
los otros cristianos a intensificar sus esfuerzos para difundir
el evangelio, les ofrecemos esta singular motivación: a su
debido tiempo, sus esfuerzos tendrán éxito en la historia. El
evangelio de Jesucristo no demostrará ser un fiasco en la
historia. El poder de la resurrección es mayor que el poder del
diablo y sus seguidores humanos para resistir el mensaje más
poderoso en la historia de la humanidad: que Jesucristo ha
llevado sobre sí los pecados del hombre, y que el mal ha sido
derrotado en principio. Con el paso del tiempo, el evangelio
triunfará en la historia.
EL NUEVO PRINCIPIO DE LA HUMANIDAD
Una de esas rarezas de la reciente historia intelectual es
que quizás el comentario más suscinto y perceptivo sobre la
perspectiva cristiana de la historia lo ha proporcionado un
judío secular que enseña leyes en la Universidad de Harvard. En
la introducción a su libro Law and Resolution: The Formation
of the Western Legal Tradition, publicado por Harvard
University Press en 1983, Harold J. Berman hace una observación
crucial sobre la centralidad de la resurrección en el
pensamiento histórico cristiano. Comienza con una importante
penetración en la actitud hebrea hacia el tiempo histórico:
En contraste con los otros pueblos indo-europeos,
incluyendo los griegos, que creían que el tiempo se movía en
ciclos siempre recurrentes, el pueblo hebreo concebía el
tiempo como continuo, irreversible e histórico, y que
conducía finalmente a la redención en última instancia. Sin
embargo, también creían que el tiempo tiene períodos dentro
de él. No es cíclico, pero posiblemente puede ser
interrumpido o acelerado. Se desarrolla. El Antiguo
Testamento es una historia, no sólo de cambio, sino de
desarrollo, de crecimiento, de movimiento hacia la era
mesiánica - ciertamente un movimiento desigual, con muchos
retrasos, pero sin embargo un movimiento hacia.
Luego, Berman pasa a explicar cómo adoptó el cristianismo
esta interpretación del tiempo lineal, pero añadió un nuevo
elemento clave:
Sin embargo, el cristianismo añadió un elemento
importante al concepto judaico del tiempo: el de
transformación de lo viejo en lo nuevo. La Biblia hebrea se
convirtió en el Antiguo Testamento, su significado
transformado por su cumplimiento en el Nuevo Testamento. En
el relato de la resurrección, la muerte se transformó en un
nuevo comienzo. Los tiempos no sólo se aceleraron sino que
se regeneraron. Esto introdujo una nueva estructura en la
historia, en la cual había una transformación fundamental de
una era a otra. Se creía que esta transformación sólo podía
ocurrir una vez; se pensaba que la vida, la muerte, y la
resurrección de Cristo era la única interrupción importante
en el curso del tiempo lineal desde la creación del mundo
hasta que termine por completo (pp. 26-27).
La Gran Tribulación muestra que esta
transformación del antiguo orden al nuevo orden de Cristo se
manifestó decisivamente en la terminación pública del antiguo
orden: la caída de Jerusalén y la destrucción del templo y su
sistema de sacrificios. Este fue el zarandeo de los fundamentos
en la historia.
Los acontecimientos del año 70 d. C. son casi completamente
desconocidos para los cristianos modernos. Las interpretaciones
escatológicas que predicen la gran tribulación en el futuro
llevaron al descuido en relación con la literatura cristiana
popular sobre el relato de la caída de Jerusalén. David Chilton
ha prestado un gran servicio educativo a la iglesia de
Jesucristo al recordarnos cuán importante suceso fue la caída de
Jerusalén. Desde la caída de Jerusalén hasta la futura
conversión de los judíos (Romanos 11), que dará comienzo a un
período de bendiciones terrenales sin precedentes (v. 12-15,
ninguna otra cosa se aproxima más a ser una manifestación del
nuevo orden de Cristo.
Lo que tenemos que entender es que Satanás es un gran
imitador. Dios le derrotó en el Calvario, pero el diablo todavía
trata de derrotar a los cristianos en sus vidas. Dios impuso una
gran tribulación al antiguo orden de los hebreos apóstatas, pero
Satanás imita a Dios al imponer holocaustos sobre la humanidad
por medio de sus seguidores. Cristo inauguró un nuevo orden
mundial, así que los seguidores de Satanás ahora prometen
traernos un nuevo orden mundial. Los marxistas lo hacen, los
nazis lo hicieron, y el movimiento de la Nueva Era lo hace. Todo
es una falsificación. ¡No acepte sustitutos! Recuerde las
palabras de Cristo: "Pero si yo por el Espíritu de Dios echo
fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino
de Dios" (Mateo 12:28). Jesús echaba fuera demonios por el
Espíritu de Dios, así que el reino de Dios había llegado a
ellos. Ahora es nuestra herencia como miembros de la nueva
nación de Cristo, la iglesia, porque Él les dijo a los judíos de
sus días: "El reino de Dios será dado a gente que produzca los
frutos de él" (Mateo 21:43). El nuevo orden mundial de Cristo ha
llegado, y la caída de Jerusalén es prueba de ello. Como dice
Berman de la resurrección: "Esto introdujo una nueva estructura
de la historia, en la cual había una transformación fundamental
de una era a otra. Se creía que esta transformación podía
ocurrir una vez: se pensaba que la vida, la muerte, y la
resurrección de Cristo era la única interrupción importante en
el curso del tiempo lineal desde la creación del mundo hasta que
termine por completo". ¡Lo peor ha pasado".
CAPÍTULO 1
LA GENERACIÓN TERMINAL
Uno de los principios más elementales para entender con
exactitud el mensaje de la Biblia es que la Escritura
interpreta la Escritura. La Biblia es la Palabra de Dios
santa, infalible, sin error. Es nuestra más alta autoridad. Esto
significa que no podemos buscar una interpretación autorizada
del significado de la Escritura fuera de la misma Biblia.
También significa que no debemos interpretar la Biblia como si
hubiese caído del cielo en el siglo veinte. El Nuevo Testamento
se escribió en el siglo primero, así que debemos tratar de
entenderla en términos de sus lectores del siglo primero. Por
ejemplo, cuando Juan llamó a Jesús "el cordero de Dios", ni él
ni sus oyentes tenían en mente nada ni remotamente similar a lo
que podría pensar el hombre promedio, el hombre de la calle si
oyera que alguien era llamado "cordero". Juan no quiso decir que
Jesús era dulce, agradable, atractivo, como para abrazarlo. La
verdad es que Juan no se estaba refiriendo en absoluto a la
"personalidad" de Jesús. Quería decir que Jesús era el
Sacrificio sin pecado a favor del mundo. ¿Cómo sabemos esto?
Porque la Biblia nos lo dice así.
Este es el método que debemos usar para resolver cada uno de los
problemas de interpretación en la Biblia, incluyendo los pasajes
proféticos. Es decir, cuando leemos un pasaje de Ezequiel,
nuestra primera reacción no debe ser echar un vistazo a las
páginas del Times de New York en una búsqueda frenética
de indicios sobre su significado. El periódico no interpreta la
Escritura, en ningún sentido principal. El periódico no debe
decidir por nosotros cuándo deben cumplirse ciertos
sucesos proféticos. La Escritura interpreta la Escritura.
ESTA GENERACIÓN
En Mateo 24 (y en Marcos 13 y Lucas 21), Jesús
habló a sus discípulos sobre una "gran tribulación" que
vendría sobre Jerusalén. Durante los pasados 100 años,
se ha puesto de moda enseñar que Jesús hablaba del "fin
del mundo" y el tiempo de su segunda venida. Pero, ¿es
esto lo que quería decir? Tenemos que tomar nota
cuidadosa de que Jesús mismo dio la fecha (aproximada)
de la tribulación venidera, sin dejar lugar para las
dudas después de cualquier examen cuidadoso del texto
bíblico. Dijo así:
De cierto os digo, que no pasará esta
generación hasta que todo esto acontezca (Mateo
23.34).
Esto significa que la totalidad de lo
que habló Jesús en este pasaje, por lo menos hasta el
versículo 34, se cumplió antes de que hubiera
pasado la generación que estaba viva en ese momento.
"Un momento", dice usted. "¿Todo? ¿El testimonio a todas
las naciones, la tribulación, la venida de Cristo en las
nubes, la caída de las estrellas ... todo?"
Sí - y dicho sea de paso, este punto es una prueba muy
buena de su compromiso con el principio con el que
comenzamos este capítulo.
La Escritura interpreta la Escritura, dije
yo; y usted asintió con la cabeza y bostezó, pensando:
"Claro. Yo sé todo eso, Vaya al punto. ¿Dónde entran las
explosiones atómicas y las abejas asesinas?" El Señor
Jesús declaró que "esta generación" - la
gente que estaba viva en ese enntonces -
no pasaría antes de que ocurrieraan las cosas que él
profetizaba. La pregunta es: ¿Cree usted en él?
Algunos han tratado de soslayar la fuerza de este texto
diciendo que aquí la palabra generación significa
realmente raza, y que Jesús estaba diciendo
simplemente que la raza judía no moriría sino hasta que
todas estas cosas se cumplieran. ¿Es cierto eso? Yo lo
desafío a usted: Saque su concordancia y mire cada una
de las ocasiones en que la palabra generación (en
griego: genea) ocurre en el Nuevo Testamento, y
vea si en alguna de ellas la palabra significa "raza" en
cualquier otro contexto. He aquí todas las referencias
en los evangelios: Mateo 1:17; 11:16; 12:39, 41, 42, 45;
16:4; 17:17; 23:36; 24:34; Marcos 8:12, 38; 9:19; 13:30;
Lucas 1:48, 50; 7:31; 9:41; 11.29, 30, 31, 32, 50, 51;
16:8;17:25; 21:32. Ni una sola de estas
referencias habla de la totalidad de la raza judía
durante miles de años; todas usan la palabra en
su sentido normal de la suma total de los que estaban
vivos al mismo tiempo. La palabra siempre se
refiere a los contemporáneos. (En
realidad, los que dicen que significa "raza" tienden a
reconocer este hecho, ¡pero explican que la palabra
cambia súbitamente de significado cuando Jesús la
usa en Mateo 24! Podemos sonreír ante un error tan
transparente, pero también debemos recordar que esto es
muy serio. Estamos tratando con la palabra del Dios
viviente).
Por consiguiente, la conclusión - antes de que
comencemos siquiera a investigar el pasaje en su
totalidad - es que los sucesos profetizados en Mateo
24 ocurrieron dentro de la vida de la generación que
estaba viva en ese entonces. Fue a esta generación a
la que Jesús llamó "mala y perversa" (Mateo 12:39, 45;
16:4; 17:17); fue esta "generación terminal" la
que crucificó al Señor; y fue esta
generación, dijo Jesús, sobre la cual vendría el
castigo por "toda la sangre justa derramada sobre la
tierra" (Mateo 23:35).
TODAS ESTAS COSAS
De cierto os digo que todo esto vendrá
sobre esta generación. ¡Jerusalén,
Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas
veces quise juntar a tus hijos, como la
gallina junta a sus polluelos debajo de las
alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os
es dejada desierta (Mateo 23:36-38).
La declaración de Jesús en Mateo 23 prepara
el escenario para su enseñanza de Mateo 24.
Jesús habló claramente de un inminente juicio
contra Israel por rechazar la palabra de Dios, y
por la apostasía final de rechazar al Hijo de
Dios. Los discípulos quedaron tan alterados por
la profecía de condenación sobre la generación
actual y la "desolación" de la "casa" (el
templo) que, cuando estuvieron solos con él, no
pudieron sino pedirle una explicación.
Cuando Jesús salió del templo y se iba,
se acercaron los discípulos para mostrarle
los edificios del templo. Respondiendo él,
les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os
digo, que no quedará aquí piedra sobre
piedra, que no sea derribada. Y estando él
sentado en el monte de los Olivos, los
discípulos se le acercaron aparte, diciendo:
Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué
señal habrá de tu venida y del fin del
siglo? (Mateo 24:1-3).
Nuevamente, debemos tomar nota cuidadosa de
que Jesús no estaba hablando de algo que
ocurriría miles de años más tarde, a algún
templo futuro. Estaba profetizando de "todas
estas cosas", diciendo que "no quedará
piedra sobre piedra". Esto se ve aun más claro
si consultamos los pasajes paralelos:
Saliendo Jesús del templo, le dijo uno
de sus discípulos: Maestro, mira qué
piedras, y qué edificios. Jesús,
respondiendo, le dijo: No quedará piedra
sobre piedra, que no sea derribada (Marcos
13:1-2).
Y a unos que hablaban de que el templo
estaba adornado de hermosas piedras y
ofrendas votivas, dijo: En cuanto a estas
cosas que veis, días vendrán en que no
quedará piedra sobre piedra, que no sea
destruida (Lucas 21:5-6).
La única interpretación de las palabras de
Jesús, que él mismo permite, es que estaba
hablando de la destrucción del templo que
entonces existía en Jerusalén, los mismos
edificios que los discípulos contemplaban en ese
momento de la historia. El templo del que Jesús
hablaba fue destruido en la toma de Jerusalén
por los ejércitos romanos en el año 70 d. C.
Esta es la única interpretación posible de la
profecía de Jesús en este capítulo. La
gran tribulación terminó con la
destrucción del templo enel año 70 d. C. Aun en
el caso (improbable) de que se hubiese
construido otro templo en algún momento futuro,
las palabras de Jesús en Mateo 24, Marcos 13 y
Lucas 21 no tienen nada que decir acerca de
él.Jesús estaba hablando solamente del templo de
aquella generación. No hay ninguna base bíblica
para afirmar que el pasaje signifique ningún
otro templo. Jesús confirmó ls temores de los
discípulos: el hermoso templo de Jerusalén sería
destruido dentro de aquella generación; su casa
quedaría desierta.
Los discípulos entendieron la importancia y el
significado de esto. Sabían que la venida de
Cristo en juicio para destruir el templo
significaría la completa disolución de Israel
como la nación del pacto. Sería la señal de que
Dios se había divorciado de Israel, apartándose
de en medio de él, quitándole el reino y
dándoselo a otra nación (Mateo 21:43). Señalaría
el fin de aquella era y la llegada de una era
enteramente nueva en la historia del mundo - el
nuevo orden mundial. Desde el princippio de la
creación hasta 70 d. C., el mundo estuvo
organizado alrededor de un santuario central,
una única casa de Dios. Ahora, en el orden del
nuevo pacto, los santuarios se establecen
dondequiera que exista el culto verdadero, donde
se observen los sacramentos y se manifieste la
presencia especial de Dios. Más anteriormente en
su ministerio, Jesús había dicho: "La hora viene
cuando ni en este monte ni en Jerusalén
adoraréis al Padre ... Mas la hora viene, y
ahora es, cuando los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad" (Juan
4:21-23). Ahora Jesús estaba dejando bien claro
que la nueva era estaba a punto de ser
establecida permanentemente sobre las cenizas de
la antigua. Los discípulos preguntaron con
urgencia: "¿Cuándo ocurrirán estas cosas y cuál
señal habrá de tu venida y del fin del siglo?"
Algunos han intentado leer esto como dos o tres
preguntas enteramente separadas, como si los
discípulos hubiesen preguntado primero
sobre la destrucción del templo, y luego
sobre las señales del fin del mundo. Esto
difícilmente parece creíble. El contexto
inmediato (el reciente sermón de Jesús) tiene
que ver con la suerte de esta
generación. Consternados, los discípulos habían
señalado las bellezas del templo, como para
argumentar que un espectáculo tan magnífico no
debería ser arruinado; luego habían sido
silenciados por la categórica declaración de
Jesús de que no quedaría piedra sobre piedra. No
hay nada en absoluto que indique que los
discípulos cambiaron súbitamente de tema y
preguntaron por el fin del universo material.
(La traducción "fin del mundo" en la versión
King James) conduce a error, porque el
significado de la palabra inglesa world
(mundo) ha cambiado en los últimos siglos. La
palabra griega aquí no es cosmos [mundo],
sino aion, que significa eón o
era). Los discípulos tenían una
preocupación, y sus preguntas giraban en torno a
un solo punto difícil: el hecho de que su propia
generación sería testigo del fin de la era
pre-cristiana y la llegada de la nueva era
prometida por los profetas. Todo lo que los
discípulos querían saber era cuándo
ocurriría, y qué señales debían
esperar, para estar plenamente preparados.
LAS SEÑALES
DEL FIN
Jesús respondió dando a los discípulos,
no una, sino siete señales del fin. (Debemos
recordar que "el fin" en este pasaje
no es el fin del mundo, sino el fin
de aquella era, el fin del templo, el
sistema de sacrificios, Israel como nación
del pacto, y los últimos restos de la era
pre-cristiana). Es notable que hay una
progresión en esta lista: las señales
parecen volverse más específicas y
pronunciadas hasta que llegamos al final, el
inmediato precursor del fin. La lista
comienza con ciertos sucesos que ocurrirían
meramente como "principio de dolores" (Mateo
24:8). Jesús advirtió que, por sí mismos,
estos sucesos no debían ser considerados
señales de un fin inminente; por esta razón,
los discípulos debían estar en guardia para
no ser engañados sobre este punto (v. 4).
Estos sucesos "iniciales", que marcaban el
período entre la resurrección de Cristo y la
destrucción del templo en 70 d. C., eran
como sigue:
-
Falsos mesías. "Porque muchos
vendrán en mi nombre, diciendo: Yo soy
el Cristo, y a muchos engañarán" (v. 5).
-
Guerras.
"Y oiréis guerras y rumores de guerras;
mirad que no os turbéis, porque es
necesario que todo esto acontezca, peor
aún no es el fin. Porque se levantará
nación conntra nación, y reino contra
reino" (vv. 6-7a).
-
Desastres naturales.
"Y habrá pestes, hambres, y terremotos
en diferentes lugares. Y todo esto será
principio de dolores" (vv. 7b-8).
Cualquiera de estos sucesos podría
haber hecho pensar a los cristianos que el
fin ya estaba encima, de no ser porque Jesús
les había advertido que tales sucesos eran
solamente tendencias generales que
caracterizarían a la generación final, y no
precisamente señales del fin. Aunque todavía
caracterizan al período como un todo, las
dos señales siguientes sí nos llevan a un
punto cerca del fin de la época:
-
Persecución. "Entonces os entregarán
a tribulación, y os matarán, y seréis
aborrecidos de todas las gentes por
causa de mi nombre" (v. 9).
-
Apostasía.
"Muchos tropezarán entonces, y se
entregarán unos a otros, y unos a otros
se aborrecerán. Y muchos falsos profetas
se levantarán, y engañarán a muchos; y
por haberse multiplicado la maldad, el
amor de muchos se enfriará. Mas el que
persevere hasta el fin, éste será salvo"
(vv. 10-13).
Los dos últimos ítems de la lista son
mucho más específicos que los anteriores.
Éstas serían las señales finales y
definitivas del fin - una, el cumplimiento
de un proceso, y la otra un acontecimiento
decisivo:
-
Evangelización mundial.
"Y será predicado este evangelio del
reino en todo el mundo, para testimonio
a todas las naciones; y entonces vendrá
el fin" (v. 14).
A primera vista, esto parece increíble.
¿Podría el evangelio haber sido predicado al
mundo entero dentro de la generación en que
se pronunciaron estas palabras? El
testimonio de la Escritura es claro. No sólo
podía haber ocurrido, sino que
en realidad ocurrió. ¿Prueba?
Algunos años antes de la destrucción de
Jerusalén, Pablo escribió a los cristianos
de Colosas acerca de "... la palabra
verdadera del evangelio, que ha llegado
hasta vosotros, así como a todo el
mundo, y lleva fruto y crece también
en vosotros" (Colosenses 1:5-6), y les
exhortó a no apartarse "de la esperanza del
evangelio que habéis oído, el cual se
predica en toda la creación que está debajo
del cielo" (Colosenses 1:23). A la
iglesia de Roma, Pablo le anunció que
"vuestra fe se divulga por todo el mundo"
(Rom. 1:8), porque la voz de los
predicadores del evangelio "ha salido por
toda la tierra, y hasta los fines de la
tierra sus palabras" (Romanos 10:18). De
acuerdo con la infalible palabra de Dios, el
evangelio fue realmente predicado al mundo
entero, mucho antes de que Jerusalén fuese
destruida en 70 d. C. Esta señal crucial del
fin se cumplió, como Jesús había dicho. Todo
lo que faltaba era la séptima y última
señal; y cuando este suceso ocurriera,
cualesquiera cristianos que quedasen en o
cerca de Jerusalén tenían instrucciones de
escapar en seguida:
-
La abominación desoladora.
"Por tanto, cuando veáis en el lugar
santo la abominación desoladora de que
habló el profeta Daniel (el que lee,
entienda), entonces los que estén en
Judea, huyan a los montes. El que esté
en la azotea, no descienda para tomar
algo de su casa; y el que esté en el
campo, no vuelva atrás para tomar su
capa" (vv. 15-18).
El texto del Antiguo Testamento al cual
se refería Jesús está en Daniel 9:26-27, que
profetiza la llegada de ejércitos para
destruir a Jerusalén y el templo: "El pueblo
de un príncipe que ha de venir destruirá la
ciudad y el santuario; y su fin será con
inundación, y hasta el fin de la guerra
durarán las devastaciones, ... Con la
muchedumbre de las abominaciones
vendrá el desolador, hasta que venga la
consumación, y lo que está determinado se
derrame sobre el desolador". La palabra
hebrea correspondiente a abominación
se usa en todo el Antiguo Testamento para
indicar ídolos y prácticas degradantes
e idólatras, especialmente por parte de los
enemigos de Israel (por ejemplo,
Deuteronomio 29:17; 1 Reyes 11:5, 7; 2 Reyes
23:13; 2 Crónicas 15:8; Isaías 66:3;
Jeremías 4:1; 7:30; 13:27; 32:34; Ezequiel
5:11; 7:20; 11:18, 21; 20:7-8, 30). El
significado tanto de Daniel como de Mateo
queda claro por la referencia paralela en
Lucas. En vez de "abominación desoladora",
Lucas dice:
"Pero cuando viereis a Jerusalén
rodeada de ejércitos, sabed
entonces que su destrucción ha llegado.
Entonces los que estén en Judea, huyan a
los montes; y los que en medio de ella,
váyanse; y los que estén en los campos,
no entren en ella. Porque estos son días
de retribución, para que se cumplan
todas las cosas que están escritas"
(Lucas 21:20-22).
Por consiguiente, la "abominación
desoladora" habría de ser la invasión
armada de Jerusalén. Durante el
período de las guerras judías, Jerusalén fue
rodeada por ejércitos paganos varias veces.
Pero el evento específico descrito por Jesús
como la "abominación desoladora" parece ser
la ocasión en que los edomitas (idumeos),
los enemigos de Israel de toda la vida,
atacaron a Jerusalén. Varias veces en la
historia de Israel, mientras éste era
atacado por enemigos paganos, los edomitas
habían irrumpido en la ciudad para saquearla
y asolarla, aumentando así grandemente las
miserias de Israel (2 Crónicas 20:2; 28:17;
Salmos 137:7; Ezequiel 35:5-15; Amós 1:9,
11; Abdías 10-16).
Los edomitas permanecieron fieles a su
costumbre, y su patrón característico se
repitió durante la gran tribulación. Una
noche en 68 d. C., los edomitas rodearon la
santa ciudad con 20,000 soldados. Según
Josefo, mientras permanecían fuera del muro,
"estalló durante la noche una terrible
tormenta, con la mayor violencia y vientos
muy fuertes, grandes aguaceros, continuos
relámpagos y truenos, y tremendas
concusiones y rugidos de la tierra, que
experimentaba un terremoto. Estas cosas eran
una indicación manifiesta de que algún tipo
de destrucción estaba ocurriendo a los
hombres, para que el sistema del mundo
estuviese sufriendo un tal desorden; y
cualquiera adivinaría que estas maravillas
presagiaban algunas grandes calamidades
venideras". Esta era la última oportunidad
para escapar de la ciudad de Jerusalén,
condenada a muerte.
Cualquiera que deseara huir tenía que
hacerlo inmediatamente, sin demora. Los
edomitas irrumpieron en la ciudad y fueron
directamente al templo, donde masacraron a
8,500 personas degollándolas. Mientras el
templo rebosaba de sangre, los edomitas
corrían como locos por toda la ciudad,
saqueando casas y asesinado a cualquier
persona qu encontraban, incluyendo al sumo
sacerdote. Según el historiador Josefo, este
suceso marcó "el principio de la destrucción
de la ciudad ... en este mismo día puede
fecharse el derribamiento del muro y la
ruina de sus asuntos".
LA GRAN
TRIBULACIÓN
Mas ¡ay de las que estén
encinta y de las que críen en
aquellos días! Orad, pues, que
vuestra huida no sea en invierno
ni en día de reposo, porque
habrá entonces gran tribulación,
cual no la habido desde el
principio del mundo hasta ahora,
ni la habrá (Mateo 24:19-21).
El relato de Lucas da detalles
adicionales:
Mas ¡ay de las que estén
encinta, y de las que críen en
aquellos días!, porque habrá
gran calamidad en la tierra, e
ira sobre este pueblo. Y caerán
a filo de espada, y serán
llevados cautivos a todas las
naciones; y Jerusalén será
hollada por los gentiles, hasta
que los tiempos de los gentiles
se cumplan (Lucas 21:23-24).
Como señaló Jesús en Mateo, la
gran tribulación debía tener lugar,
no al final de la historia,
sino a la mitad, pues
nada similar había ocurrido "desde
el principio del mundo hasta ahora,
ni lo habrá". Así, pues, la profecía
de la tribulación se refiere a la
destrucción del templo en aquella
generación (70 d. C.) solamente.
No puede hacérsela encajar en ningún
esquema de interpretación de "doble
cumplimiento"; la gran tribulación
de 70 d. C. fue un suceso
absolutamente singular, que jamás
habría de repetirse.
Josefo nos ha dejado un registro
presencial de mucho del horror de
aquellos años, especialmente de los
días finales de Jerusalén. Fue un
tiempo en que "el día se pasaba en
medio del derramiento de sangre, y
la noche en medio del temor"; cuando
era "común ver ciudades llenas de
cadáveres"; cuando los judíos se
llenaron de pánico y comenzaron a
matarse entre sí
indiscriminadamente; cuando los
padres, con lágrimas en los ojos,
masacraban a toda su familia, para
evitar que sufrieran un tratamiento
peor a manos de los romanos; cuando,
en medio de la terrible hambruna,
las madres mataban, asaban y comían
sus propios hijos (ver Deuteronomio
28:53); cuando la tierra entera
"rebosaba de fuego y sangre"; cuando
los lagos y los mares se tornaban
rojos, con cadáveres flotando por
todas partes, amontonándose en las
orillas, hinchándose al sol,
pudriéndose y reventándose; cuando
los soldados romanos capturaban a
personas intentando escapar, y las
crucificaban - a razón de 500
personas en un solo día.
"¡Sea crucificado! ¡Sea crucificado!
¡Su sangre sea sobre nosotros, y
sobre nuestros hijos!", habían
exclamado los apóstatas cuarenta
años antes (Mateo 27:22-25); y
cuando todo hubo terminado, más de
un millón de judíos habían sido
muertos en el sitio de Jerusalén;
cerca de un millón más habían sido
vendidos como esclavos en todo el
imperio, y la totalidad de Judea
yacía en ruinas humeantes,
virtualmente despoblada. Los días de
retribución habían llegado con
intensidad horrenda y despiadada. Al
romper el pacto, la santa ciudad se
había convertido en la ramera
babilónica; y ahora era un desierto,
"habitación de demonios, guarida de
todo espíritu inmundo, y albergue de
toda ave inmunda y aborrecible"
(Apocalipsis 18:2).
CAPÍTULO 2
LA VENIDA EN LAS NUBES
Hemos visto que el discurso de Cristo en el Monte de los
Olivos, registrado en Mateo 24, Marcos 13, y Lucas 21, trata del
"fin" - no del fin del mundo, sino del fin de Jerusalén y el
templo; se refiere exclusivamente a los "últimos días" de la era
del pacto antiguo. Jesús hablaba claramente de sus propios
contemporáneos cuando dijo que "esta generación" vería "todas
estas cosas". La "gran tribulación" tuvo lugar durante el
terrible período de sufrimiento, guerras, hambruna, y asesinatos
en masa, que llevaron a la destrucción del templo en 70 d. C.
Sin embargo, lo que parece presentar un problema para esta
interpretación es lo que Jesús dijo a continuación:
E inmediatamente después de la tribulación de aquellos
días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor,
y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los
cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señaldel Hijo
del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las
tribuas de la tierra, y veránal Hijo del Hombre viniendo
sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y
enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a
sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del
cielo hasta el otro (Mateo 24:29-31).
Jesús parece estar diciendo que la Segunda Venida ocurrirá
inmediatamente después de la tribulación. ¿Ocurrirá la Segunda
Venida en 70 d. C.? ¿Nos la hemos perdido? Primero, dejemos
clara una cosa desde el comienzo: no hay manera alguna de
soslayar esa palabra inmediatamente. Significa
inmediatamente. Reconociendo que la tribulación tuvo
lugar durante la generación que entonces vivía, también tenemos
que enfrentar la clara enseñanza de la Escritura de que
cualquiera sea lo que Jesús está hablando en estos versículos,
ocurrió inmediatamente después. En otras palabras,
estos versículos describen lo que ha de tener lugar al
final de la tribulación - lo que forma su clímax.
Para entender el significado de las expresiones de Jesús en
este pasaje, necesitamos entender el Antiguo Testamento mucho
más de lo que la mayoría de la gente lo entiende en la
actualidad. Jesús estaba hablando a un auditorio íntimamente
familiarizado con los más oscuros detalles de la literatura del
Antiguo Testamento. Habían oído leer y exponer el Antiguo
Testamento incontables veces durante sus vidas, y habían
memorizado largos pasajes. Las imágenes y las formas de
expresión bíblicas habían formado su cultura, ambiente, y
vocabulario desde su más tierna infancia, y esto había sido así
durante generaciones.
El hecho es que, cuando Jesús habló a sus discípulos sobre
la caída de Jerusalén, usó vocabulario profético. Había
un 'lenguaje' de la profecía, reconocible instantáneamente para
los que estaban familiarizados con el Antiguo Testamento. Al
predecir Jesús el fin completo del sistema del pacto antiguo -
que era, en cierto sentido, el fin del mundo entero - habló de
él como lo habría hecho cualquiera de los profetas, en el
conmovedor lenguaje del juicio del pacto. Consideraremos cada
elemento de la profecía, y veremos cómo su uso anterior por los
profetas del Antiguo Testamento determinaba su significado en el
contexto del discurso de Jesús sobre la caída de Jerusalén.
Recordemos que nuestro modelo final de verdad es la Biblia, y la
Biblia solamente.
EL SOL, LA LUNA, Y LAS ESTRELLAS
Al final de la tribulación, dice Jesús, el universo se
desplomaría: la luz del sol y de la luna se extinguiría, las
estrellas caerían, las potencias de los cielos serían
conmovidas. La base de este simbolismo se halla en Génesis
1:14-16, donde se dice que el sol, la luna y las estrellas ("las
potencias de los cielos") son "señales" que "gobiernan" el
mundo. Más adelante en la Escritura, estas luces celestiales se
usan para hablar de las autoridades y gobernadores terrenales;
y cuando Dios amenaza con venir contra ellos en juicio, se usa
para describirlo la misma terminología del universo que se
desploma. Profetizando la caída de Babilonia a manos de los
medos en 539 a. C., Isaías escribió:
He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de
indignación y ardor de ira, para convertir la tierra en
soledad, y raer de ella a sus pecadores. Por lo cual las
estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; y el
sol se oscurecerá al nacer, y la luna no dará su resplandor
(Isaías 13:9-10).
Es muy significativo que Isaías profetizó más tarde la
caída de Edom en términos de una des-creación:
Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se
enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su
ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae la
de la higuera (Isaías 34:4).
El profeta Amós, contemporáneo de Isaías, predijo la
destrucción de Samaria (722 a. C.) de una manera muy parecida:
"Acontecerá en aquel día, dice Jehová el Señor, que
haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas
la tierra en el día claro" (Amós 8:9).
Otro ejemplo ocurre con el profeta Ezequiel, que predijo la
destrucción de Egipto. Dijo Dios por medio de Ezequiel:
"Y cuando te haya extinguido, cubriré los cielos, y
haré entenebrecer las estrellas; el sol cubriré con nublado,
y la luna no hará resplandecer su luz. Haré entenebrecer
todos los astros brillantes del cielo por ti, y pondré
tinieblas sobre tu tierra, dice Jehová el Señor" (Ezequiel
32:7-8).
Hay que subrayar que ninguno de estos sucesos
tuvo lugar literalmente. No era el propósito de Dios que nadie
interpretara literalmente estas afirmaciones. Sin
embargo, poéticamente, todas estas cosas sí
ocurrieron; por lo que concernía a estas naciones impías, "las
luces se apagaron". Esto es simplemente lenguaje figurado, que
no nos sorprendería en absoluto si estuviéramos más
familiarizados con la Biblia y apreciáramos su carácter
literario.
Por consiguiente, lo que Jesús estaba diciendo, en
terminología profética inmediatamente reconocible por sus
discípulos, es que la luz de Israel se extinguiría; la nación
del pacto dejaría de existir. Cuando la tribulación terminara,
el antiguo Israel desaparecería.
LA SEÑAL DEL HIJO DEL HOMBRE
La mayoría de las traducciones modernas de Mateo 24:30 dice
algo así: "Y entonces aparecerá en el firmamento la señal del
Hijo del Hombre ...". Esa es una traducción errónea, basada, no
en el texto griego, sino en las erradas suposiciones del propio
traductor sobre este pasaje (creyendo que habla de la Segunda
Venida). Una traducción del griego palabra por palabra dice en
realidad:
Y entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en
el cielo. ...
Como se puede ver, hay dos importantes diferencias en la
traducción correcta. Primera, la ubicación de la cual se habla
es el cielo, no sólo el firmamento; segunda, no es
la señal lo que está en el cielo, sino el Hijo del
Hombre el que está en el cielo. El punto es simplemente que
este gran juicio sobre Israel, la destrucción de Jerusalén y el
templo, sería la señal de que Cristo Jesús está entronizado
en el cielo a la derecha del Padre, señoreando sobre las
naciones y trayendo retribución sobre sus enemigos. El
cataclismo divinamente ordenado de 70 d. C. reveló que Cristo
había quitado el reino a Israel y lo había dado a la iglesia; la
desolación del antiguo templo era la señal final de que Dios lo
había abandonado y ahora moraba en un nuevo templo, la iglesia.
Todos estos eran aspectos de la primera venida de Cristo, partes
cruciales de la obra que vino a llevar a cabo por medio de su
muerte, resurrección, y ascensión al trono. Es por esto por lo
que la Biblia habla del derramamiento del Espíritu Santo sobre
la iglesia y la destrucción de Israel como de un mismo suceso,
porque estaban íntimamente conectados teológicamente. El profeta
Joel predijo al mismo tiempo tanto el día de Pentecostés como la
destrucción de Jerusalén:
Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda
carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas;
vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán
visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas
derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en
el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de
humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en
sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.
Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo;
porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación,
como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá
llamado (Joel 2:28-32).
Como veremos en un capítulo posterior, la inspirada
interpretación de este texto por Pedro en Hechos 2 determina el
hecho de que Joel está hablando del período desde el
derramamiento inicial del Espíritu Santo hasta la destrucción de
Jerusalén, desde Pentecostés hasta el Holocausto. Para nosotros,
es suficiente observar aquí que en este pasaje se usa el mismo
lenguaje de juicio. La interpretación barata común de que las
"columnas de humo" son hongos de explosiones nucleares es una
radical distorsión del texto, y una interpretación completamente
errónea del lenguaje profético de la Biblia. Tendría el mismo
sentido decir que las columnas de fuego y humo durante el éxodo
eran el resultado de una explosión atómica.
LAS NUBES DEL CIELO
Apropiadamente, esto nos lleva al siguiente elemento de la
profecía de Jesús sobre la destrucción de Jerusalén: "y entonces
lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del
Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran
gloria". Aquí la palabra tribus hace referencia
principalmente a las tribus de la tierra de Israel; y el
"lamento" probablemente ocurre en dos sentidos. Primero, se
lamentarían de tristeza a causa de su sufrimiento y la pérdida
de su tierra; segundo, lamentarían finalmente en arrepentimiento
por sus pecados, cuando se convirtiesen de su apostasía (véase
Romanos 11).
Pero, ¿cómo es que verían al Hijo del Hombre viniendo en
las nubes? Este es un símbolo importante del poder y la gloria
de Dios, que se usa en toda la Biblia. Por ejemplo, pensemos en
la "columna de fuego y nube" por medio de la cual Dios salvó a
los Israelitas y destruyó a sus enemigos en la liberación de
Egipto (véase Éxodo 13:21-22; 14:19:31; 19:16-19). En realidad,
durante todo el Antiguo Testamento, Dios estaba viniendo "en las
nubes", para salvar a su pueblo y destruir a sus enemigos: "El
que pone las nubes por su carroza, el que anda sobre las alas
del viento" (Salmos 104:3). Cuando Isaías profetizó el juicio de
Dios sobre Egipto, escribió: "He aquí que Jehová monta sobre una
ligera nube, y entrará en Egipto; y los ídolos de Egipto
temblarán delante de él" (Isaías 19:1). El profeta Nahum habló
de manera similar de la destrucción de Nínive por Dios: "Jehová
marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo
de sus pies" (Nahum 1:3). La expresión de que Dios "viene en las
nubes del cielo" es un símbolo bíblico casi común de su
presencia, juicio, y salvación.
Sin embargo, mayor que esto es el hecho de que Jesús se
está refiriendo a un suceso específico conectado con la
destrucción de Jerusalén y el fin del pacto antiguo. Habló de
ello nuevamente durante su juicio, cuando el sumo sacerdote le
preguntó si era el Cristo, y Jesús respondió:
Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la
diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo
(Marcos 16:62; ver Mateo 26:64).
Obviamente, Jesús no se refería a un suceso miles de años
en el futuro. Hablaba de algo que sus contemporáneos - "esta
generación" - verían durante sus vidas. La Biblia nos dice
exactamente cuándo vino Jesús en las nubes del cielo:
Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue
alzado, y le recibió una nube que le ocultó de ss ojos
(Hechos 1:9).
Y el Señor, después de que les habló, fue recibido
arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios (Marcos
16:19).
Fue este suceso, la ascensión a la diestra de Dios,
lo que Daniel predijo:
Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las
nubes del cielo venía como un hijo de hombre, que vino hasta
el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y
le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los
pueblos, naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es
dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será
destruido (Daniel 7:13-14).
La destrucción de Jerusalén era la señal de que el Hijo del
Hombre, el segundo Adán, estaba en el cielo, señoreando sobre el
mundo y disponiendo de él para sus propios fines. A su
ascensión, había venido en las nubes del cielo para recibir el
reino de manos de su Padre; la destrucción de Jerusalén era la
revelación de este hecho. Por consiguiente, en Mateo 24, Jesús
no estaba profetizando que vendría literalmente en las nubes en
70 d. C. (aunque era cierto figurativamente). Su
"venida en las nubes", en cumplimiento de Daniel 7, tuvo lugar
en 30 d. C., al principio de la "generación terminal". Pero en
70 d. C., las tribus de Israel verían la destrucción de la
nación como resultado de su ascensión al trono del cielo para
recibir el reino.
JUNTAR A LOS ESCOGIDOS
Finalmente, anunció Jesús, el resultado de la destrucción
de Jerusalén sería que Jesús enviaría a sus "ángeles" a juntar a
los escogidos. ¿No es esto el rapto? No. La palabra
ángeles significa simplemente mensajeros (ver
Santiago 2:25), sin importar si su origen es celestial o
terrena; es el contexto lo que determina si las criaturas
de las cuales se habla son celestiales. A menudo, la palabra
significa predicadores del evangelio (ver Mateo 11:10;
Lucas 7:24; 9:52; Apocalipsis 1-3). En contexto, hay todas las
razones para suponer que Jesús está hablando del evangelismo
mundial y la conversión de las naciones que seguiría a la
destrucción de Israel.
<> El uso que Cristo hace de la palabra juntar es
significativo en este respecto. Literalmente, la palabra es un
verbo que significa reunirse en sinagoga; el significado es que,
con la destrucción del templo y del sistema de pacto antiguo, el
Señor envía sus mensajeros para reunir en su sinagoga a su
pueblo escogido. En realidad, Jesús está citando a Moisés, que
había prometido: "Aun cuando tus desterrados estuvieren en las
partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te
recogerá Jehová tu Dios, y de allá te tomará"
(Deuteronomio 30:4). Ninguno de los dos textos tiene nada que
ver con el rapto; ambos tienen que ver con la restauración y el
establecimiento de la casa de Dios, la congregación organizada
de su pueblo del pacto. Esto queda señalado aún más cuando
recordamos lo que Jesús había dicho justo antes de este
discurso:
<>
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise
juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos
debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os
es dejada desierta (Mateo 23:37-38).
Porque Jerusalén apostató y rehusó reunirse en sinagoga
bajo la soberanía de Cristo, su templo sería destruido, y se
formaría una nueva sinagoga y un nuevo templo: la iglesia. Por
supuesto, el nuevo templo fue creado el día de Pentecostés,
cuando el Espíritu vino a morar en la iglesia. Pero el hecho de
la existencia del nuevo templo sólo sería obvio cuando el
andamiaje del antiguo templo y el sistema del pacto antiguo
fuese quitado. Las congregaciones cristianas comenzaron
inmediatamente a llamarse "sinagogas" (esa es la palabra usada
en Santiago 2:2), mientraas que las reuniones judías eran
llamadas "sinagogas de Satanás" (Apocalipsis 2:9; 3:9). Pero
vivían esperando el día del juicio sobre Jerusalén y el templo
antiguo, cuando la iglesia fuera revelada como el templo
verdadero y la verdadera sinagoga de Dios. Puesto que el sistema
del pacto antiguo era "viejo" y estaba "próximo a desaparecer"
(Hebreos 8:13), el escritor de Hebreos les instaba tener
esperanza, "no dejando de congregarnos, como algunos tienen por
costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que
aquel día se acerca" (Hebreos 10:25; ver 2 Tesalonicenses
2:1-2).
La promesa del Antiguo Testamento de que Dios "reuniría en
sinagoga" a su pueblo experimenta un cambio muy importante en el
Nuevo Testamento. En vez de la forma simple de la palabra, el
término usado por Jesús tiene como prefijo la preposición
epi. Esta es una expresión favorita en el nuevo pacto,
que intensifica la palabra original. Por
consiguiente, lo que Jesús está diciendo es que la destrucción
del templo en 70 d. C. le revelaría a Él como viniendo en las
nubes para recibir su reino; y mostraría a su iglesia ante el
mundo como la plena, la verdadera, la super-sinagoga.
CAPÍTULO 3
LA VENIDA DEL ANTICRISTO
Según las palabras de Jesús en Mateo 24, una de las
crecientes características de la era que precedería al derrumbe
de Israel sería la apostasía dentro de la iglesia
cristiana. Esto se mencionó antes, pero un estudio más
concentrado en este punto arrojará mucha luz sobre cierto número
de temas relacionados en el Nuevo Testamento - temas que a
menudo han sido malentendidos.
Por regla general, pensamos en el período apostólico como un
tiempo de evangelismo y crecimiento de la iglesia tremendamente
explosivos, una "edad de oro", en que ocurrían milagros
asombrosos todos los días. Esta imagen común es esencialmente
correcta, pero es defectuoso a causa de una flagrante omisión.
Tendemos a descuidar el hecho de que la iglesia primitiva fue
escenario del más dramático brote de herejías en la historia
mundial.
LA GRAN APOSTASÍA
La iglesia comenzó a ser infiltrada por herejías bien
temprano en su desarrollo. Hechos 15 registra la reunión del
primer concilio de iglesia, que fue convocado para producir una
decisión autorizada sobre el tema de la justificación por la fe
(algunos maestros habían estado abogando por la falsa doctrina
de que se debían guardar las leyes ceremoniales del Antiguo
Testamento para ser justificado). Sin embargo, el problema no
desapareció; años más tarde, e apóstol Pablo tuvo que lidiar con
él otra vez, en su carta a las iglesias de Galacia. Como les
dijo Pablo, esta aberración doctrinal no era poca cosa, sino que
afectaba su misma salvación: era un "evangelio diferente", una
completa distorsión de la verdad, y equivalía a repudiar a
Jesucristo mismo. Usando algunos de los términos más severos de
su carrera, Pablo pronunció condena contra los "falsos hermanos"
que enseñaban la herejía (véase Gálatas 1:6-9; 2:5, 11-21;
3:1-3; 5:1-12).
Pablo tambien previó que la herejía infectaría a las
iglesias de Asia Menor. Convocando a los ancianos de Éfeso, les
exhortó a "estar en guardia por ustedes mismos y por toda la
grey" porque "yo sé que, después de mi partida, vendrán lobos
rapaces que no perdonarán al rebaño; y se levantarán de entre
ustedes mismos, hablando perversidades, para atraer tras de sí a
los discípulos" (Hechos 20:28-30). Tal como Pablo lo predijo, la
falsa doctrina se convirtió en un punto de disputa de enormes
proporciones en estas iglesias. Para cuando se escribió el
libro de Apocalipsis, algunas de ellas habían sido casi
completamente arruinadas por el avance de enseñanzas heréticas y
la apostasía resultante (Apocalipsis 2:2, 6, 14-16, 20-24;
3:1-4, 15-18).
Pero el problema de la herejía no se limitaba a ninguna
área geográfica ni cultural. Estaba extendida, y se convirtió
más y más en tema de consejos apostólicos y descuidos pastorales
a medida que pasaba el tiempo. Algunos herejes enseñaban que la
resurrección final ya había tenido lugar (2 Timoteo 2:18),
mientras que otros afirmaban que la resurrección era imposible
(1 Corintios 15:12); algunos enseñaban extrañas doctrinas de
ascetismo y culto a los ángeles (Colosenses 2:8, 18-23; 1
Timoteo 4:1-3); otros abogaban por toda clase de inmoralidades y
rebeliones en nombre de la "libertad" (2 Pedro 2:1-3, 10-22;
Judas 4, 8, 10-13, 16). Una y otra vez, los apóstoles se
encontraron haciendo severas advertencias para que no se
tolerasen falsos maestros y "falsos apóstoles" (Romanos
16:17-18; 2 Corintios 11:3-4, 12-15; Filipenses 3:18-19; 1
Timoteo 1:3-7; 2 Timoteo 4:2-5), pues éstos habían sido la
causa de separaciones en masa de la fe, y la extensión de la
apostasía aumentaba a medida que el tiempo pasaba (1 Timoteo
1:19-20; 6:20-21; 2 Timoteo 2:16-18; 3:1-9, 13; 4:10, 14-16).
Una de las últimas cartas del Nuevo Testamento, el libro de
Hebreos, se escribió a una comunidad cristiana entera cuando sus
miembros estaban a punto de abandonar el cristianismo en masa.
La iglesia cristiana de la primera generación no sólo se
caracterizaba por la fe y los milagros; también se caracterizaba
por la creciente ilegalidad, rebelión, y herejía desde dentro de
la propia comunidad cristiana - tal como Jesús lo había predicho
en Mateo 24.
EL ANTICRISTO
Los cristianos tenían un nombre específico para esta
apostasía. La llamaban Arttic/must. Muchos escritores
populares han especulado sobre este término, y por lo general,
han desestimado su uso en la Escritura. En primer lugar,
considérese un hecho que sin duda sorprenderá a algunas
personas: la palabra "anticristo" jamás ocurre en
el libro de Apocalipsis. Ni una sola vez. Pero el término es
usado de modo rutinario por los maestros cristianos como
sinónimo de "la bestia" de Apocalipsis 13. Obviamente, no hay
duda de que la bestia es enemiga de Cristo, y por esto, es
"anti" Cristo en ese sentido; sin embargo, lo que quiero
subrayar es que el término anticristo se usa en un sentido muy
específico, y esencialmente no está relacionado con la figura
conocida como "la bestia" y el número "666".
Un error adicional enseña que "el anticristo" es un
individuo específico; relacionada con esto está la idea de que
"él" es alguien que aparecerá hacia el fin del mundo. Como la
primera, ambas ideas son contradichas por el Nuevo Testamento.
En realidad, las únicas ocasiones en que ocurre el término
anticristo son los siguientes versículos de las cartas del
apóstol Juan.
Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros
oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido
muchos anticristos; por esto conocemos que es el último
tiempo. Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros;
porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con
nosotros; pero salieron para que se manifestase que no todos
son de nosotros. ... ¿Quién es el mentiroso, sino el que
niega que Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que
niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo,
tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene
también al Padre. ... Os he escrito esto sobre los que os
engañan (1 Juan 2:18-19, 22-23, 26).
Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los
espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han
salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios:
Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en
carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que
Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el
espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que
viene, y que ahora ya está en el mundo. Hijitos, vosotros
sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que
está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del
mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye.
Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el
que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu
de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:1-6).
Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que
no confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto
hace es el engañador y el anticristo. Mirad por vosotros
mismos, para que no perdáis el fruto de vuestro trabajo,
sino que recibáis galardón completo. Cualquiera que se
extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene
a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí
tiene al Padre y al Hijo. Si alguno viene a vosotros, y no
tiene esta doctrina, no lo recibáis en casa, ni le digáis:
¡Bienvenido! Porque el que le dice: ¡Bienvenido! participa
de sus malas obras (2 Juan 7-11).
Los textos citados arriba comprenden todos los pasajes
bíblicos que mencionan la palabra anticristo, y de ellos podemos
extraer varias conclusiones importantes:
Primera, los cristianos ya habían sido advertidos
de la venida del anticristo (1 Juan 2:18; 4:3).
Segunda, no había sólo uno, sino "muchos
anticristos" (1 Juan 2:18). Por consiguiente, el término
anticristo no puede ser simplemente la designación de un
solo individuo.
Tercera, el anticristo ya estaba en operación,
como escribió Juan: "Así ahora han surgido muchos
anticristos" (1 Juan 2:18); "Os he escrito esto sobre los
que os engañan" (1 Juan 2:26); "vosotros habéis oído que
viene, y que ahora ya está en el mundo (1 Juan
4:3); muchos engañadores han salido por el mundo. ...
Éste es el engañador y el anticristo"
(2 Juan 7). Obviamente, si el anticristo ya estaba presente
en el siglo primero, no era ninguna figura que surgiría al
fin del mundo.
Cuarta, el anticristo era un sistema de
incredulidad, particularmente la herejía de
negar la persona y la obra de Jesucristo. Aunque,
aparentemente, los anticristos afirmaban pertenecer al
Padre, enseñaban que Jesús no era el Cristo (1 Juan 2:22);
junto con los falsos profetas (1 Juan 4:1), negaban la
encarnación (1 Juan 4:3; 2 Juan 7, 9), y rechazaban la
doctrina apostólica (1 Juan 4:6).
Quinta, los anticristos habían sido miembros de la
iglesia cristiana, pero habían abandonado la fe (1 Juan
2:19). Ahora estos apóstatas estaban tratando de engañar a
otros cristianos para inclinar a la iglesia en general en
dirección contraria a Jesucristo (1 Juan 2:26; 4:1; 2 Juan
7, 10).
Juntando todo esto, podemos ver que el anticristo es
una descripción tanto de un sistema de apostasía como de
apóstatas individuales. En otras palabras, el anticristo
era el cumplimiento de la profecía de Jesús de que vendría un
tiempo de gran apostasía, cuando "muchos tropezarían entonces, y
se entregarían unos a otros, y unos a otros se aborrecerían. Y
muchos falsos profetas se levantarían, y engañarían a muchos"
(Mateo 24:10-12). Como dijo Juan, los cristianos habían sido
advertidos de la venida del anticristo; y efectivamente, habían
surgido "muchos anticristos". Durante un tiempo, habían creído
al evangelio; más tarde, habían abandonado la fe, e iban por
allí tratando de engañar a otros, bien iniciando nuevas sectas
o, más probablemente, tratando de atraer a los cristianos hacia
el judaísmo - la falsa religión que aseguraba adorar al Padre
mientras negaba al Hijo. Cuando la doctrina del anticristo se
entiende, encaja perfectamente en lo que nos dice el resto del
Nuevo Testamento sobre la época de la "generación terminal".
Uno de los anticristos que afligía a la iglesia primitiva
era Cerinto, jefe de una secta judaica del siglo primero.
Considerado por los Padres de la Iglesia como "el archihereje",
e identificado como uno de los "falsos apóstoles" que se oponían
a Pablo, Cerinto era un judío que ingresó a la iglesia y comenzó
a alejar a los cristianos de la fe ortodoxa. Enseñaba que una
deidad menor, no el Dios verdadero, había creado el mundo
(sosteniendo, como los gnósticos, que Dios era demasiado
"espiritual" para ocuparse de la realidad material).
Lógicamente, esto significaba una negación de la encarnación,
pues Dios no asumiría un cuerpo físico y una personalidad
realmente humana. Y Cerinto era consistente: declaraba que Jesús
había sido simplemente un hombre ordinario, no nacido de una
virgen; que "el Cristo" (un espíritu celestial) había descendido
sobre el hombre Jesús en el bautismo (permitiéndole hacer
milagros), pero luego le había abandonado nuevamente en la
crucifixión. También, Cerinto defendía una doctrina de
justificación por las obras - en particular, la absoluta
necesidad de observar las ordenanzas ceremoniales del pacto
antiguo para ser salvo.
Además, Cerinto fue aparentemente el primero en enseñar que
la segunda venida introduciría un reinado literal de Cristo en
Jerusalén durante mil años. Aunque esto contrario a la enseñanza
apostólica del reino, Cerinto afirmaba que un ángel le había
revelado esta doctrina (de una manera muy parecida a lo que
ocurrió con Joseph Smith, un anticristo del siglo diecinueve,
que más tarde afirmaría que había recibido una revelación
angélica).
Los verdaderos apóstoles se opusieron severamente a la
herejía de Cerinto. Pablo amonestó a las iglesias: "Pero si aún
nosotros, o un ángel del cielo, os enseñare un evangelio
contrario al que os he predicado, sea anatema" (Gálatas 1:8), y
continuó refutando en la misma carta las herejías legalistas que
sostenía Cerinto. Según la tradición, Juan escribió su evangelio
y sus cartas teniendo en mente especialmente a Cerinto. (También
se nos dice que, al entrar Juan en el baño público, alcanzó a
ver al anticristo delante de él. El apóstol inmediatamente dio
la vuelta y salió corriendo, mientras exclamaba: "¡Huyamos, no
sea que el edificio nos caiga encima, pues Cerinto, el enemigo
de la verdad, está dentro!").
Regresando a las afirmaciones de Juan sobre el espíritu del
anticristo, debemos notar que Juan subraya un punto adicional,
muy significativo: como predijo Jesús en Mateo 24, la venida del
anticristo es una señal del "fin". "Hijitos, ya es el
último tiempo; y según vosotros oísteis que el
anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos;
por esto conocemos que es el último tiempo"
(1 Juan 2:18). La conexión que la gente hace a menudo entre el
anticristo y "los últimos días" es bastante correcta; pero lo
que a menudo se pasa por alto es el hecho de que la expresión
los últimos días, y términos similares, se usan en la
Biblia para referirse, no al fin del mundo físico, sino a los
últimos días de la nación de Israel, los "últinos días" que
terminaron con la destrucción del templo en 70 d. C. Esto
también será una sorpresa para muchos; pero debemos aceptar la
enseñanza de la Escritura. Los autores del Nuevo Testamento
incuestionablemente usaron lenguaje del "fin del tiempo" cuando
hablaban del período en que estaban viviendo, antes de la caída
de Jerusalén. Como hemos visto, el apóstol Juan dijo dos cosas
sobre este punto: primera, que el anticristo ya había
venido; y segunda, que la presencia del anticristo
era prueba de que él y sus lectores estaban viviendo en "el
último tiempo". En una de sus primeras cartas, Pablo
había tenido que corregir una impresión errónea relativa al
juicio venidero sobre Israel. Falsos maestros habían estado
asustando a los creyentes diciéndoles que el día del juicio ya
estaba sobre ellos. Pablo les recordó a los cristianos lo que
antes les había explicado:
Que nadie os engañe, porque no vendrá sin que antes
venga la apostasía. ... (2 Tesalonicenses 2:3).
Sin embargo, para el fin de la era, mientras Juan escribía
sus cartas, la gran apostasía - el espíritu del anticristo, que
el Señor había predicho - era una realidad.
Judas, que escribió uno de los últimos libros del Nuevo
Testamento, no nos deja dudas sobre este punto. Condenando
enérgicamente a los herejes que habían invadido la iglesia y
estaban tratando de alejar a los cristianos de la fe ortodoxa
(Judas 1-16), Judas recuerda a sus lectores que ellos habían
sido advertidos de esto mismo:
Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras
que antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor
Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo habrá
burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos
son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen
el Espíritu (Judas 17-19).
Judas claramente considera las advertencias sobre los
"burladores" como que se refieren a los herejes de sus propios
días - en el sentido de que sus propios días eran el período del
"último tiempo". Como Juan, sabía que la rápida multiplicación
de estos falsos hermanos era una señal del fin. El anticristo
había llegado, y ahora era el último tiempo.
CAPÍTULO 4
LOS ÚLTIMOS DÍAS
Como comenzamos a ver en el capítulo anterior, el período
que en la Biblia se llama "los últimos días" ("los últimos
tiempos" o "el último tiempo") es el período
entre el nacimiento de Cristo y la destrucción de Jerusalén.
La iglesia primitiva estaba viviendo en el fin de la era antigua
y el comienzo de la nueva. Este período entero debe ser
considerado como el tiempo del primer advenimiento de Cristo.
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, la prometida
destrucción de Jerusalén se considera un aspecto de la obra de
Cristo, conectado íntimamente con su obra de redención. Su vida,
muerte, resurrección, y ascensión, el derramamiento del
Espíritu, y el juicio de Jerusalén son todos parte de su obra de
introducir su reino y crear su nuevo templo (véase, por ejemplo,
cómo conecta Daniel 9:24-27 la expiación con la destrucción del
templo).
Consideremos cómo usa la misma Biblia estas expresiones
acerca del fin de la era. En 1 Timoteo 4:1-3, Pablo advertía:
Pero el Espíritu dice claramente que en los
postreros tiempos algunos apostatarán de la fe,
escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de
demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo
cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y
mandarán abstenerse de alimentos que Dios creó para que,
con acción de gracias, participasen de ellos los
creyentes y los que han conocido la verdad.
¿Estaba Pablo hablando de unos "últimos tiempos" que
ocurrirían miles de años más tarde? ¿Por qué advertiría a
Timoteo de sucesos que Timoteo, y sus tataranietos, y cincuenta
o más generaciones de descendientes, nunca vivirían para ver? En
realidad, Pablo le dice a Timoteo: "Si enseñas esto a los
hermanos, serás buen ministro de Jesucristo" (1 Timoteo 4:6).
Los miembros de la generación de Timoteo necesitaban saber qué
ocurriría en "los últimos días", pues ellos serían afectados
personalmente por esos sucesos. En particular, necesitaban tener
la certeza de que la apostasía venidera era parte del patrón
general de eventos que conducirían al fin del antiguo orden y el
pleno establecimiento del reino de Cristo. Como podemos ver en
pasajes como Colosenses 2:18-23, las "doctrinas de demonios"
sobre las cuales Pablo advertía eran comunes durante el siglo
primero. Los "últimos tiempos" ya estaban ocurriendo. Esto es
bastante claro en la afirmación posterior de Pablo a Timoteo:
También debes saber esto: que en los postreros
tiempos vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres
amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios,
blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos,
sin afecto natural, implacables, calumniadores,
intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los
deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de
piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita.
Porque de éstos son los que se meten en las casas y
llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados,
arrastradas por diversas concupiscencias. Éstas siempre
están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento
de la verdad. Y de la manera que Janes y y Jambres
resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la
verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en
cuanto a la fe (2 Timoteo 3:1-8).
Las mismas cosas que Pablo dijo que ocurrirían en "los
últimos días" estaban ocurriendo en el momento en que él
escribía, y él simplemente estaba advirtiendo a Timoteo lo
que podía esperar a medida que la era se aproximara a su clímax.
El anticristo estaba comenzando a levantar su cabeza.
Otros escritores del Nuevo Testamento compartían este punto
de vista con Pablo. La carta a los Hebreos cominza diciendo que
Dios "en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo" (Hebreos
1:2); luego, el escritor muestra que "ahora, en la consumación
de los siglos, se presentó una vez para siempre por el
sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado"
(Hebreos 9:26). Pedro escribió que Cristo "ya estaba destinado
desde antes de la fundación del mundo, pero fue manifestado en
los postreros tiempos por amor de vosotros, y mediante el cual
creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado
gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios" (1 Pedro
1:20-21). El testimonio apostólico es inconfundiblemente claro:
cuando Cristo vino, los "últimos días" llegaron con él. Cristo
vino a introducir la nueva era del reino de Dios. La era antigua
estaba desapareciendo, y sería abolida completamente cuando Dios
destruyera el templo.
DESDE PENTECOSTÉS HASTA EL HOLOCAUSTO
El día de Pentecostés, cuando el Espíritu había sido
derramado y la comunidad cristiana había hablado en lenguas
extrañas, Pedro declaró la interpretación bíblica de los
sucesos:
Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y
en los postreros días, dice Dios, derramaré de
mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y
vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán
visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de
cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos
días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré
prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la
tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el sol se
convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, anyes que
venga el día del Señor, grande y manifiesto; y todo
aquél que invocare el nombre del Señor será salvo
(Hechos 2:16-21).
Ya hemos visto cómo la frase "la luna, el fuego y el vapor
de humo" y las señales en el sol y la luna se cumplieron en la
destrucción de Jerusalén. Lo que es crucial notar en este punto
es la precisa afirmación de Pedro de que los últimos días
habían llegado. Contrariamente a algunas exposiciones
modernas de este texto, Pedro no dijo que los milagros de
Pentecostés eran como los había profetizado Joel,
ni que eran una especie de "proto-cumplimiento" de
la profecía de Joel; Pedro dijo que éste era el
cumplimiento: "Esto es lo dicho por el profeta
Joel". Los últimos días estaban aquí: el Espíritu había sido
derramado, el pueblo de Dios estaba profetizando y hablando en
lenguas, y Jerusalén sería destruida con fuego. Las antiguas
profecías se estaban desarrollando, y no pasaría esta generación
antes de que todas "estas cosas" se cumplieran. Por
consiguiente, Pedro instó a sus oyentes: "Sed salvos de esta
perversa generación" (Hechos 2:40).
En relación con esto, debemos notar la importancia
escatológica del don de lenguas. En 1 Corintios
14:21-22, Pablo mostró que el milagro de las lenguas era el
cumplimiento de la profecía de Isaías contra el Israel rebelde.
Puesto que el pueblo del pacto estaba rechazando su clara
revelación, Dios advirtió que sus profetas le hablaría en
lenguas extrañas con el expreso propósito de que esto fuese
testigo dfinitivo para el Israel incrédulo durante los últimos
días que precederían a su juicio:
Porque en lengua de tartamudos, y en extraña lengua
hablará a este pueblo ... hasta que vayan y caigan de
espaldas, y sean quebrantados, enlazados y presos. Por
tanto, varones burladores que gobernáis a este pueblo
que está en Jerusalén, oíd la palabra de Jehová: Por
cuanto habéis dicho: Pacto tenemos hecho con la muerte,
e hicimos convenio con el Seol; cuando pase el turbión
del azote, no llegará a nosotros, porque hemos puesto
nuestro refugio en la mentira; y en la falsedad nos
esconderemos; por tanto, Jehová el Señor dice así: He
aquí que yo he puesto en Sión por fundamento una piedra,
piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable;
el que creyere, no se apresure. Y ajustaré el juicio a
cordel, y a nivel la justicia; y granizo barrerá el
refugio de la mentira, y aguas arrollarán el escondrijo.
Y será anulado vuestro pacto con la muerte, y vuestro
convenio con el Seol no será firme; cuando pase el
turbión del azote, seréis de él pisoteados. Luego que
comience a pasar, él os arrebatará; porque de mañana en
mañana pasará, de día y de noche; y será ciertamente
espanto el entender lo oído (Isaías 28:11-19).
El milagro de Pentecostés fue una mensaje contundente para
Israel. Los judíos sabían lo que significaba. Era la señal de
Dios de que la Piedra Angular había venido, y que Israel le
había rechazado para su propia condenación (Mateo 21:42-44; 1
Pedro 2:6-8). Era la señal de juicio y reprobación, la señal
de que los apóstatas de Jerusalén estaban a punto de "caer de
espaldas, ser quebrantados, enlazados y presos". Los últimos
días de Israel habían llegado: la era antigua había llegado a su
fin, y Jerusalén sería barrida en una nueva inundación, para
hacer lugar para la nueva creación de Dios. Como dijo Pablo, el
don de lenguas era "una señal, no para los creyentes, sino para
los incrédulos" (1 Corintios 14:22) - una señal para los judíos
incrédulos de la condenación que se acercaba a ellos.
La iglesia primitiva esperaba la venida de la nueva era.
Sabía que, con el fin visible del sistema del pacto antiguo, la
iglesia sería revelada como el templo nuevo y verdadero; y la
obra que Cristo había venido a llevar a cabo sería ejecutada.
Este era un aspecto importante de la redención, y la primera
generación de cristianos esperaba este evento durante su vida.
Durante este período de espera y severas pruebas, el apóstol
Pedro les aseguró que estaban "protegidos por el poder de Dios
por medio de la fe para una salvación lista para ser revelada en
el último tiempo" (1 Pedro 1:5). Estaban en al umbral mismo del
nuevo mundo.
Los apóstoles y los cristianos de la primera generación
sabían que estaban viviendo en los últimos días de la era del
pacto antiguo. Esperaban ansiosamente su consumación y la plena
introducción de su nueva era. Al progresar la nueva era y
aumentar e intensificarse las "señales del fin", la iglesia
podía ver que el día del juicio se aproximaba velozmente, se
veía una crisis en el futuro cercano, cuando Cristo les libraría
"de este presente siglo malo" (Gálatas 1:4). Las declaraciones
de los apóstoles están llenas de esta actitud expectante, la
certeza de que este trascendental acontecimiento estaba a las
puertas. La espada de la ira de Dios estaba suspendida sobre
Jerusalén, lista para caer en cualquier momento. Pero los
cristianos no debían temer, porque la ira venidera no estaba
dirigida a ellos, sino a los enemigos del evangelio. Pablo
instaba a los tesalonicenses a "esperar de los cielos a su Hijo,
el cual resucitó de los muertos, a Jesús, quien nos libra de la
ira venidera" (1 Tesalonicenses 1:10). Haciéndose eco de las
palabras de Jesús en Mateo 23-24, Pablo subrayó que el juicio
inminente sería derramado sobre "los judíos, que mataron al
Señor Jesús y sus propios profetas, y a nosotros nos
expulsaron; y no agradan a Dios, y se oponen a todos los
hombres, impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se
salven; así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues
vino sobre ellos la ira hasta el extremo" (1 Tesalonicenses
2:14-16). Los cristianos habían sido advertidos y, por lo tanto,
estaban preparados, pero el Israel incrédulo sería sorprendido:
Pero acerca de los tiempos y de las ocasiones, no
tenéis necesidad, hermanos, de que yo os escriba. Porque
vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor
vendrá como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y
seguridad, entonces vendrá sobre ellos destrucción
repentina, como los dolores a la mujer encinta, y no
escaparán. Mas vosotros, hermanos, no estáis en
tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón.
Porque todos vosotros sois hijos de luz e hijos del día;
no somos de la noche ni de las tinieblas. ... Porque no
nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar
salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo (1
Tesalonicenses 5:1-5, 9).
Pablo amplió esto en su segunda carta a la misma iglesia:
Porque es justo delante de Dios pagar con
tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que
sois atribulados, daros reposo on nosotros, cuando se
manifieste el Señor Jesucristo desde el cielo con los
ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar
retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen
al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales
sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la
presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando
venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y
ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto
nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros) (2
Tesalonicenses 1:6-10).
Claramente, Pablo no está hablando de la venida final de
Cristo al fin del mundo, porque las venideras "tribulación" y
"retribución" estaban dirigidas específicamente a los que
perseguían a los cristianos tesalonicenses de la primera
generación. El venidero día del juicio no era algo que ocurriría
miles de años más tarde. Estaba cerca - tan cerca, que podían
verlo venir. La mayor parte de las "señales del fin" ya
existían, y los inspirados apóstoles instaban a la iglesia a
esperar el fin en cualquier momento. Pablo urgió a los
cristianos de Roma a perseverar en el buen vivir, "conociendo el
tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora
está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.
La noche está avanzada, y se acerca el día. Desechemos, pues,
las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz"
(Romanos 13:11-12). Obviamente, todavía hay mucha impiedad en el
mundo hoy día. Pero el cristianismo ha estado ganando batallas
gradual y persistentemente desde los días de la iglesia
cristiana; y mientras los cristianos continúan combatiendo al
enemigo, llegará el momento en que los santos posean el reino
(Daniel 7:22, 27).
Por eso Pablo podía consolar a los creyentes asegurándoles
que "el Señor está a las puertas" (Filipenses 4:5). En realidad,
la contraseña de la iglesia primitiva (1 Corintios 15:22) era
"¡Maranata! ¡El Señor viene!". Esperando la venidera
destrucción de Jerusalén, el escritor de Hebreos advirtió a los
que sentían tentados a "replegarse" al judaísmo apóstata que la
apostasía sólo les traería "una horrenda expectación de juicio,
y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios"
(Hebreos 10:27).
Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo
daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor
juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos del
Dios vivo! ... Porque os necesaria la paciencia, para
que, habiendo hehco la voluntad de Dios, obtengáis la
promesa: Porque aún un poquito, y el que ha de venir
vendrá, y no tardará. Mas el justo vivirá por la fe; y
si retrocediere, no agradará a mi alma. Pero nosotros
nos somos de los que retroceden para perdición, sino de
los que tienen fe para preservación del alma (Hebreos
10:30-31; 36-39).
Los otros autores del Nuevo Testamento escribieron en
términos similares. Después de que Santiago advirtió a los
incrédulos ricos que oprimían a los cristianos acerca de las
miserias que estaban a punto de descender sobre ellos,
acusándoles de haber "acumulado tesoros para los días
postreros" (Santiago 5:1-6), animó a los cristianos
sufrientes:
Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la
venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el
precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia
hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened
también vosotros paciencia, y afirmad vuestros
corazones; porque la venida del Señor se acerca.
Hermanos, no os quejéis unos contra otros, para que no
seáis condenados; he aquí, el juez está delante de la
puerta (Santiago 5:7-9).
También el apóstol Pedro advirtió a la iglesia que "el fin
de todas las cosas se acerca" (1 Pedro 4:7), y les animó a vivir
en la diaria expectación del juicio que habría de venir en su
generación:
Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que
os ha sobrevenido, si alguna cosa extraña os
aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes
de los padecimientos de Cristo, para que también en la
revelación de su gloria os gocéis con gran alegría. ...
Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa
de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será
el fin de aquellos que no obedecen al evangelio de Dios?
(1 Pedro 4:12-13; 17).
Los primeros cristianos tuvieron que soportar tanto severas
persecuciones a manos del Israel apóstata como traiciones de los
anticristos en su propio medio, que trataban de llevar a la
iglesia hacia la secta judaica. Pero este tiempo de fuerte
tribulación y sufrimiento trabajaba a favor de la bendición y la
santificación de los propios cristianos (Romanos 8:28-39); y
mientras tanto, la ira de Dios contra los perseguidores estaba
aumentando. Finalmente, vino el fin, y se desató la ira de Dios.
Los que habían acarreado tribulación sobre la iglesia fueron
lanzados a la mayor tribulación de todos los tiempos. El mayor
enemigo de la iglesia fue destruido, y nunca más representaría
una amenaza para su victoria final.
CAPÍTULO 5
LA VENIDA DEL NUEVO PACTO
Hemos visto en los capítulos precedentes cómo el mensaje de
la cercana desolación de Jerusalén ocupa un lugar central en los
temas del Nuevo Testamento. El libro de Apocalipsis no es
ninguna excepción a esto. En el primer versículo, dice
específicamente que trata, no del futuro distante y el fin del
mundo, sino más bien de "las cosas que deben tener lugar
pronto". En el tercer versículo, se les advierte a sus lectores
que "el tiempo está cerca" para que se cumpliesen sus profecías.
Ambas afirmaciones se repiten al final del libro (véase
Apocalipsis 22:6, 10). Y, claramente, aunque en forma simbólica,
sus profecías están dirigidas contra "la gran ciudad ... donde
el Señor fue crucificado" (Apocalipsis 11:8; véas4e 14:8; 16:19;
17:18). Como el resto del Nuevo Testamento, el libro de
Apocalipsis sigue el ejemplo de Cristo al predecir la
destrucción de Jerusalén en 70 d. C.
Como he explicado en detalle en mi comentario, Días
de Retribución, Juan escribió Apocalipsis en la forma
bíblica estándar de "demanda de pacto" presentada por los
profetas hebreos ("los abogados de Dios para la acusación")
contra la desobediente nación de Israel. Por medio de una
miríada de símbolos adaptados de las profecías del Antiguo
Testamento, Juan estableció dos puntos principales: primero,
Israel había quebrantado irrevocablemente su pacto con el Señor;
segundo, por medio de su encarnación, vida, muerte, resurrección
y ascensión, Jesucristo había introducido un pacto nuevo y
final, infaliblemente garantizado por su victoria sobre el
pecado y la muerte.
La imagen que sirve como fundamento para esto en el libro
de Apocalipsis aparece en la primera visión del tribunal en el
cielo (capítulos 4 y 5). Juan vio al Señor sentado en el trono y
sosteniendo un libro "sellado con siete sellos" (indicando a su
auditorio que era una especie de testamento) y "escrito por el
frente y por detrás". Cualquier lector cristiano del siglo
primero habría entendido inmediatamente el significado de esto,
porque está basado en la descripción de los Diez Mandamientos.
Las dos tablas del testimonio (que eran copias duplicadas de la
ley) estaban inscritas tanto por el frente como por detrás
(Éxodo 32:15).
Una analogía de esto se encuentra en los tratados de
señorío feudal del antiguo Cercano Oriente: un rey victorioso
(el señor feudal) impondría un tratado/pacto sobre el rey
derrotado (el vasallo) y sobre todos los que estaban bajo la
autoridad del vasallo. Se preparaban dos copias del tratado
(como en los modernos contratos), y cada una de las partes ponía
su copia del contrato en la casa de su dios, como documento
legal que testificaba de la transacción. Por supuesto, en el
caso de Israel, el Señor era tanto señor feudal como Dios; así
que ambas copias del pacto fueron puestas en el tabernáculo
(Éxodo 25:16, 21; 40:20; Deuteronomio 10:2).
Así, pues, la idea del pacto ocupa un lugar central en el
mensaje de Apocalipsis. Desde el comienzo, la profecía de Juan
es presentada como parte del canon de la Sagrada Escritura,
escrita principalmente para ser leída en la liturgia (1:3). Se
usan las imágenes del tabernáculo en la doxología de apertura
(1:4-5), y se declara que la iglesia está constituida como el
nuevo reino de sacerdotes, como Israel lo había sido en Sinaí
(1:6). El tema del libro, declarado en 1:7, es la venida de
Cristo en la nube de gloria; luego, casi inmediatamente, Juan
usa tres palabras que casi siempre ocurren durante toda la
Biblia en relación con la actividad de hacer un pacto: Espíritu,
Día, y Voz (1:10). la siguiente visión de Cristo como el
glorioso Sumo Sacerdote (1:12-20) combina muchas imágenes del
Antiguo Testamento - la nube, el día del Señor, el ángel del
Señor, el Creador y Soberano del universo, el Hijo del
hombre/Segundo Adán, el conquistador de las naciones, el
poseedor de la iglesia - todas las cuales tienen que ver con las
profecías de la venida del nuevo pacto. La visión es seguida por
el mensaje del propio Cristo a las iglesias, en el estilo de un
recuento de la historia del pacto (capítulos 2-3). Luego, en el
capítulo 4, Juan ve el trono, sostenido por querubines y
rodeado por el real sacerdocio, todos cantando las alabanzas de
Dios con el acompañamiento de relámpagos y voces y truenos como
los del Sinaí. No debe sorprendernos encontrarnos con que este
magnífico despliegue de imágenes relativas a hacer un pacto
culmina en la visión de un documento de testamento/tratado,
escrito tanto por el frente como por detrás, en la mano de Aquél
que se sienta en el trono. El libro es nada menos que el
testamento del Cristo resucitado y ascendido: el nuevo pacto.
Pero la venida del nuevo pacto implica la obsolescencia del
pacto antiguo y el juicio del Israel apóstata. Como ya hemos
observado brevemente, los profetas bíblicos hablaban en
términos de la estructura del tratado de pacto, actuando como
abogados acusadores en nombre del señor feudal divino, incoando
una demanda de pacto contra Israel. Las imágenes del documento
inscrito en ambos lados se usa también en la profecía de
Ezequiel, que Juan usó como modelo para su profecía. Ezequiel
habla de recibir un rollo que contenía una lista de juicios
contra Israel:
Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos
de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí;
ellos y sus padres se han rebelado contra mí, hasta este
mismo día. Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y
empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el
Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen,
porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo
profeta entre ellos. Y tú, hijo de hombre, no les temas,
ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre
zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas
miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque
son casa rebelde. Les hablarás, pues, mis palabras,
escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes.
Mas tú, hijo de hombre, oye lo que yo te hablo: no seas
rebelde como la casa rebelde; abre tu boca, y come lo
que yo te doy. Y miré, y he aquí una mano extendida
hacia mí, y en ella había un rollo de libro. Y lo
extendió delante de mí, y estaba escrito por delante y
por detrás; y había escritas en él endechas y
lamentaciones y ayes (Ezequiel 2:3-10).
Por consiguiente, así como Juan ve la apertura del nuevo
pacto, también verá las maldiciones del pacto antiguo cumplidas
en el pueblo apóstata del pacto. Esta conclusión se ve más clara
cuando miramos el movimiento general de la profecía. Los siete
sellos del libro son rotos para revelar su contenido;pero la
ruptura del séptimo sello inicia el sonido de la séptima
trompeta (8:1-2). La visión final de la sección de las trompetas
termina con una escena horrorosa de una gran vendimia, en la
cual las "uvas de la ira" son holladas y la tierra entera es
inundada por un torrente de sangre (14:19-20). Esto conduce
directamente a la sección final de Apocalipsis, en la cual Juan
ve la sangre del lagar siendo derramada de las siete copas de la
ira (16:1-21). Por consiguiente, parecería que se quiere que
entendamos que las siete copas contienen la séptima trompeta,
"el último ay" que debía caer sobre la tierra (véase 8:13; 9:12;
11:14-15; 12:12). Todos estos - los sellos, las trompetas, las
copas - son el contenido del libro de los siete sellos, el nuevo
pacto.
Pero hay una crisis: Juan descubre que no hay nadie en toda
la creación - "en el cielo, en la tierra, o debajo de la tierra"
- que pueda o sea digno de de abrir el libro, o siquiera
mirarlo. Nadie puede cumplir las condiciones requeridas porf el
Mediador del nuevo pacto. Todos los mediadores anteriores -
adán, Moisés, David, y el resto - en definitiva habían
demostrado ser inadecuados para la tarea. Nadie pudo quitar el
pecado y la muerte, porque todos han pecado, y están destituidos
de la gloria de Dios (Romanos 3:23). El sacrificio de animales
no podía quitar los pecados, pues tal cosa es imposible
(Hebreos 10:4); y el mismo sumo sacerdote que ofrecía el
sacrificio era pecador, "rodeado de debilidad" (Hebreos 5:1-3;
7:27) y tenía que ser reemplazado después de su muerte (Hebreos
7:23). No se pudo hallar a nadie que garantizase un mejor pacto.
Con el anhelo profético y la tristeza de la iglesia del pacto
antiguo, Juan comenzó a llorar mucho. El nuevo pacto había sido
ofrecido por el que estaba sentado en el trono, pero nadie era
digno de actuar en nombre tanto de Dios como del hombre para
ratificar el pacto. El libro de los siete sellos continuaría
cerrado.
Inmediatamente, Juan es consolado por un anciano, que dice
(así literalmente): "¡Deja de llorar; he aquí, Él ha vencido!".
La iglesia, pues, predica el evangelio a Juan; y parece que el
anciano está tan conmovido por su mensaje que revela el clímax
antes de explicar quién ha vencido. Luego describe a Cristo el
Conquistador como el León de la tribu de Judá, el fuerte y
poderoso cumplimiento de la antigua profecía de Jacob a su
cuarto hijo:
Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo
mío. Se encorvó, se echó como león, así como león viejo:
¿quién lo despertará? No será quitado el cetro de Judá,
ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga
Siloh; y a él se congregarán los pueblos (Génesis
49:9-10).
Fue a David, el León conquistador de Judá del pacto
antiguo, a quien Dios reveló tanto el plano del templo (1
Crónicas 28:11-19) como el plan del pacto eterno, el "estatuto
para la humanidad", por medio del cual el venidero Rey-Sacerdote
traería la bendición de Abraham a todas las naciones (2 Samuel
7:18-29; 23:2-5; 1 Crónicas 17:16-27; Salmos 16; Hechos
2:25-36). Por fin vino el Hijo mayor de David, y conquistó,
estableciendo el dominio sempiterno e inaugurando el pacto.
Personificando y cumpliendo todas las promesas del pacto, Él es
aquél "a quien pertenece".
Cristo es llamado también la Raíz de David -
una expresión extraña, seegún nuestro modo de pensar. Podemos
entender más fácilmente la expresión de Isaías: "vara del tronco
de Isaí" (Isaías 11:1). Como descendiente de Isaí y de David,
Jesús podía ser llamado una "rama" (Jeremías 23:5; Zacarías
3:8); pero, cómo podría ser llamado una Rama? Nuestra
perplejidad se origina en nuestro concepto no bíblico de cómo
funciona la historia. Estamos acostumbrados a pensar en la
historia como si fuera un máquina cósmica de Rube Goldberg;
mueva una palanca en un extremo, y una serie de dispositivos y
lo que sea caen los unos contra los otros como fichas de dominó,
produciendo finalmente lo que sea en el extremo distante de la
máquina. Por pura causa y efecto, cada evento causa otros
efectos, en directa sucesión cronológica.
Ahora bien, esto es verdad - pero no es toda la verdad. En
realidad, tomado aislada y autónomamente, no es verdad en
absoluto, porque tal tesis es evolucionista en sus suposiciones,
más bien que bíblica. La historia no es simplemente una cuestión
del pasado causando el futuro; tambien ocurre que el futuro
causa el pasado!
Una simple ilustración podría ayudarnos a entender esto.
Digamos que alguien le ve a usted empacando un almuerzo en una
tibia mañana de sábado, y le pregunta la razón de ello. Usted
responde: "Porque voy a tener un picnic en el parque hoy". ¿Qué
ha ocurrido? En cierto sentido, el futuro - el
planeado picnic - ha determinaado el pasado,
Puesto que usted quería tener un picnic en el parque,
entonces planeó un almuerzo. Lógicamente, el picnic
precedió, y causó, la preparación del almuerzo, aunque le siguió
cronológicamente. De la misma manera, Dios deseaba glorificarse
en Cristo Jesús; por consiguiente, creó a Isaí y a David, y a
todos los otros antepasados de la naturaleza humana de Cristo,
para traer a su Hijo al mundo. La Raíz de la existencia de David
era el Hijo de David, Jesucristo. ¡El "efecto" determinó la
"causa"!
Así, pues, el Señor Jesucristo es presentado en la forma
más radical posible como el Centro de toda la historia, la
divina Raíz, así como la Rama, el Principio y el Fin, Alfa y
Omega. Y es como el León conquistador y la Raíz determinante que
él ha prevalecido para abrir el Libro - el Nuevo Pacto - y sus
siete sellos. Sin embargo, es interesante notar que, cuando Juan
se vuelve para ver al que es descrito de esta manera, ve a un
Cordero de pie delante del trono. Lo que se quiere subrayar
en este texto no es que Jesús es "como un cordero" en el sentido
de que es manso, dulce, o gentil. Cristo es llamado un cordero,
no porque es "agradable", sino en vista de su obra.
Él es el Cordero que fue inmolado, "el que quita el pecado del
mundo" (Juan 1:29). Así, pues, el centro de la historia es la
obra de sacrificio, consumada, de Cristo. El
fundamento de su reinado mediadorial (Cristo como el León) es su
expiación mediatorial (Cristo como el Cordero). Es a causa de su
sacrificio que ha sido exaltado al lugar de gobierno y autoridad
supremos. Cristo ha alcanzado la victoria por medio de su
sufrimiento y muerte redentoras por amor a nosotros.
Esto significa que la interpretación que Cristo hace de la
creación y la historia se origina, no en la historia misma, sino
en el hecho de que él es a un tiempo Creador y Redentor del
mundo. Así, pues, con fundamento en su persona, su obra, y su
exaltada posición como Salvador y Gobernador del mundo,
Jesucristo ascendió al cielo, se adelantó hasta el trono de su
Padre, y tomó el nuevo pacto de la mano derecha de Aquél que
estaba sentado en el trono (Apocalipsis 5:7). Ya hemos notado
cómo lo describió el profeta Daniel:
Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con
las nubes del cielo venía uno como hijo del hombre, que
vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse
delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino,
para que todos los pueblos, naciones y lenguas le
sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca
pasará, y su reino uno que no será destruido (Daniel
7:13-14).
El mensaje principal de la Biblia es la salvación por medio
de Jesucristo, el mediador del nuevo pacto. Fuera de su obra,
por medio de la cual él adquirió y posee eternamente el pacto,
no hay esperanza para la humanidad. Ha vencido abrumadoramente
para poder abrir el tratado del gran rey; y por medio de él,
nosotros también somos más que vencedores.
En los versículos finales de Apocalipsis 5, Juan describe
la respuesta de la iglesia a todo esto en adoración, alabando a
Dios porf el resultado de la obra de Cristo. Su "nuevo canto" se
goza en el hecho de que Cristo ha comprado a su pueblo de entre
las naciones, no sólo para redimirle del pecado, sino para
permitirle cumplir el mandato de dominio original de Dios para
el hombre. Como segundo Adán, Cristo pone ante su nueva creación
la tarea que Adán no cumplió - esta vez, sin embargo, sobre el
inamovible fundamento de su muerte, resurrección, y ascensión.
La salvación tiene un propósito, salvar a, y salvar
de. Cristo ha hecho que su pueblo sea uno de reyes y
sacerdotes para nuestro Dios, y ha garantizado su destino: "Les
hiciste reyes y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán en la
tierra" (Apocalipsis 10). Esto nos muestra la dirección de la
historia: los redimidos del Señor, que ya son una nación de
reales sacerdotes, se están moviendo hacia el completo dominio
que Dios había planeado como su programa original para el
hombre. En Adán, se había perdido; Jesucristo, el segundo Adán,
nos ha redimido y nos ha restaurado a nuestro real sacerdocio,
para que podamos reinar en la tierra. Por medio de la obra de
Cristo, se ha ganado la victoria definitiva sobre Satanás. Se
nos prometen más y más victorias, y más y más gobierno y dominio,
al llevar el evangelio y la ley del gran Rey por todo el mundo.
La iglesia en los días de Juan estaba a punrto de
experimentar un tiempo de severas pruebas y persecuciones. Ya
estaban viendo lo que, en una era saludable, apenas podía ser
imaginado: una unión entre Israel y la impía bestia del Imperio
Romano pagano. Estos cristianos necesitaban entender la historia
como algo no gobernado por la casualidad ni por los hombres
impíos, ni siquiera por el diablo, sino más bien desde el trono
de Dios por Jesucristo. Necesitaban ver que Cristo estaba
reinando ahora, que ya había arrancado el mundo de
las garras de Satanás, y que aún ahora todas las cosas en el
cielo y la tierra debían reconocerle como Rey. Necesitaban verse
a sí mismos en la verdadera luz: no como tropas olvidadas en un
solitario puesto avanzado, librando una batalla perdida, sino ya
como reyes y sacerdotes, haciendo la guerra y venciendo,
predestinados a la victoria, con la absoluta certeza de la
victoria y el dominio con el Gran Rey sobre la tierra.
Necesitaban la filosofía bíblica de la historia: que la
totalidad de la historia, creada y controlada por el gobierno
personal y total de Dios, progresa inexorablemente hacia el
dominio universal del Señor Jsucristo. La era nueva y final
de la historia ha llegado; el nuevo pacto ha llegado. ¡He aquí,
Él ha vencido!
No capitluo 6
CAPÍTULO 7
VENGANZA PARA LOS MÁRTIRES
Para los primeros lectores de Apocalipsis, las
tribulaciones descritas en él se estaban volviendo dedmasiado
reales: cada iglesia conocería pronto la angustia de ver a
algunos de sus líderes más directos y capaces encarcelados y
ejecutas "a causa de la Palabra de Dios, y por el testimonio que
tenían" (Apocalipsis 6:9). Para muchos cristianos, por todo el
imperio, los siguientes meses y años traerían gran aflicción, al
separarse las familias y ser muertos los seres queridos. Cuando
la tragedia ataca, todos nos sentimos tentados a preguntar: ¿Le
importa a Dios? Esta pregunta es especialmente intensa cuando el
dolor es causado por corruptos enemigos de la fe decididos a
destruir al pueblo de Dios, y la injusticia del sufrimiento es
evidente. Si los cristianos fueran realmente siervos del Rey, ¿cuándo
actuaría Él? ¿Cuándo vendría a castigar a los apóstatas que
primero habían usado el poder del estado romano para crucificar
al Señor, y ahora estaban usando ese mismo poder para matar y
crucificar a los "profetas, sabios y escribas" (Mateo 23:34) a
quienes Cristo había enviado?
Así, pues, la apertura del quinto sello revela una escena en el
cielo, donde las almas de los que habían sido muertos están
debajo, o alrededor de la base de, el altar (Apocalipsis
6:9-10). La imagen es tomada de los sacrificios del Antiguo
Testamento, en los cuales la sangre de la víctima inmolada
corría por los costados del altar y formaba una laguna alrededor
de la base ("el alma [hebreo nephesh]
de la carne está en la sangre", Levítico 17:11).
La sangre de los mártires ha sido derramada (véase 2 Timoteo
4:6), y al llenar la zanja debajo del altar, clama desde la
tierra en alta voz: "¿Hasta cuándo, Señor santo y verdadero, no
juzgas y vengas nuestra sangre en aquellos que miran en la
tierra?"
La iglesia en el cielo concuerda con los querubines en invocar
los juicios de Dios: ¿Por cuánto tiempo? es una frase estándar
en toda la Escritura para invocar la justicia divina para los
oprimidos (véase Salmos 6:3; 13:1-2; 35:17; 74:10; 79:5; 80:4;
89:46; 90:13; 94:3-4; Habacuc 1:2; 2.6). Sin embargo, el fondo
particular para su uso aquí nuevamente está en la profecía de
Zacarías (1:12): Después de que los cuatro jinetes han
patrullado la tierra, el ángel pregunta: "Oh Señor de los
ejércitos, ¿hasta cuándo no tendrás ninguna compasión por
Jerusalén?" Juan invierte esto. Después de que sus cuatro
jinetes han sido enviados a su misión, muestra a los mártires
preguntando por cuánto tiempo continuará Dios soportando
a Jerusalén - cuánto antes de que la destruya por sus violentas
opresiones.
Los lectores de Juan no habrían dejado de notar otro punto
sutil: si la sangre de los mártires está fluyendo alrededor de
la base del altar, deben ser los sacerdotes de
Jerusalén los que la han derramado. Los oficiales del pacto
han asesinado a los justos. Como testificaron Jesús y los
apóstoles, Jerusalén era la asesina de los profetas (Mateo
23:34-37; Lucas 13:33; Hechos 7:51-52). La conexión con "la
sangre de Abel" que clama desde la tierra cerca del altar
(Génesis 4:10) es otra indicación ded que, en general, este
pasaje se refiere al juicio contra Jerusalén (véase Mateo
23:35-37). Como Caín, los "hermanos mayores" del pacto antiguo
envidiaban y asesinaron a su justos "hermanos menores" del nuevo
pacto (véase 1 Juan 3:11-12). Y así, la sangre de los justos
clama: los santos ruegan que la profecía de Cristo de los "días
de retribución" (Lucas 21:22) se cumpla.
Que este clamor categórico por venganza nos suena extraño sólo
nos muestra hasta qué punto nuestra era pietista se ha
degenerado, alejándonos del punto de vista bíblico. Si nuestras
iglesias estuviesen estuviesen más familiarizados con el
himnario fundacional de la iglesia - el libro de Salmos - en vez
de los coros azucarados, de jarabe, de dulzura y luz, que
caracterizan los modernos himnarios evangélicos, comprenderíamos
esto mucho mejor. Pero hemos caído bajo el engaño pagano de que
es "anticristiano" orar para que la ira de Dios se derrame sobre
los enemigos y perseguidores de la iglesia. Sin embargo, eso es
lo que vemos hacer al pueblo de Dios, con la aprobación de Dios,
en ambos testamentos de las Sagradas Escrituras (véase, por
ejemplo, Salmos 5, 7, 35, 58, 59, 68, 69, 73, 79, 83, 109, 137,
y 140). en realidad, es una característica del hombre piadoso
despreciar al réprobo (Salmos 15:4). El espíritu expresado en
las oraciones imprecatorias de la Escritura es un aspecto
necesario - aunque no la totalidad - de la actitud del cristiano
(véase 2 Timoteo 4:14). Gran parte de la impotencia de nuestras
iglesias hoy día es directamente atribuíble al hecho de que
están castradas y se han vuelto afeminadas. Estas iglesias,
incapaces hasta de enfrentar el mal - mucho menos de "vencerlo"
- a su debido tiempo serán capturadas y dominated por sus
enemigos.
Los santos justos y fieles en el cielo son reconocidos como
reyes y sacerdotes de Dios, y por ello, se le da a cada uno de
ellos una vestidura blanca (Apocalipsis 6:11), que simboliza el
reconocimiento que Dios hace de la pureza de ellos delante de
Él, un símbolo de la victoria de los vencedores (véase
Apocalipsis 3:4-5). La blancura de la vestidura es parte de un
patrón característico en Apocalipsis, en el cual los últimos
tres ítems de una estructura de siete corresponden a los
primeros cuatro ítems. Así:
Primer sello: Caballo blanco
Segundo sello: Caballo rojo
Tercer sello: Caballo negro
Cuarto sello: Caballo verde
Quinto sello: Vestiduras blancas
Sexto sello: La luna como sangre; el sol negro
Séptimo sello: La hierba verde quemada
En respuesta al ruego de los santos por la venganza, Dios
responde que deben "descansar por un poco más de tiempo, hasta
que se complete el número de sus consiervos y de sus hermanos
que también habían de ser muertos como ellos". El número total
de los mártires no se ha completado todavía; todavía no se ha
alcanzado la plenitud de la iniquidad de su perseguidor (véase
Génesis 15:16), aunque se va acercando rápidamente a la
condenación de la "ira de Dios, que se ha derramar sobre ellos
al máximo" (1 Tesalonicenses 2:14-16). Debemos recordar que la
aplicación principal de esto tiene que ver con el Israel
apóstata - los que moran en la tierra - los cuales (en
colaboración con las autoridades romanas) estaban asesinando a
los santos. Se ls dice a los mártires qued esperen un poco, y el
juicio de Dios caerá con toda seguridad, trayendo la prometida
"gran tribulación" sobre el Israel quebrantador del pacto.
Al abrirse el sexto sello (Apocalipsis 6:12-14), somos llevados
más claramente a los sucesos de los "últimos días" de Israel. El
Cordero revela el siguiente gran aspecto de sus juicios del
pacto, en un símbolo usado a menudo en la profecía bíblica: la
des-creación. Así como se habla de la salvación del pueblo de
Dios en términos de creación (véase 2 Corintios 4:6; 5:17;
Efesios 2:10; 4:24; Colosenses 3:10), también se habla de los
juicios de Dios (y la revelación de su presencia como Juez sobre
un mundo pecaminoso) en términos de des-creación, el desplome
del universo - Dios rasga y disuelve la tela de la creación. Por
esto, Juan usa las estructuras fundamentales de la creación para
describir la caída de Israel:
1. Planeta tierra
2. Sol
3. Luna
4. Estrellas
5. Firmamento
6. Tierra
7. Hombre
Estos siete juicios se detallan en términos de las familiares
imágenes proféticas del Antiguo Testamento. Primero,
desestabilización: un gigantesco terremoto (véase Éxodo
19:18; Salmos 18:7, 15; 60:2; Isaías 13:13-14; 24:19-20; Nahum
1:5).
Segundo, el eclipse y el luto de Israel: "El sol
se puso negro como tela de silicio" (Éxodo 10:21-23; Job 9:7;
Isaías 5:30; 24:23; Ezequiel 32:7; Joel 2:10, 31; 3:15; Amós
8:9; Miqueas 3:6).
Tercero, continúa la imagen de un eclipse, con la adición de la
idea de contaminación: "La luna se volvió como de sangre" (Job
25:5; Isaías 13:10; 24:23; Ezequiel 32:7; Joel 2:10,31).
El cuarto juicio afecta a las estrellas, que son imágenes de
gobierno (Génesis 1:16); también son relojes (Génesis 1:14), y
su caída muestra que el tiempo de Israel se ha agotado:
"Las estrellas cayeron a la tierra, como la higuera suelta sus
higos no maduros cuando es sacudida de un gran viento" (Job 9:7;
Eclesiastés 12:2; Isaías 13:10; 34:4; Ezequiel 32:8; Daniel
8:10; Joel 2:10; 3:15); por supuesto, el gran viento fue traído
por los cuatro jinetes, los que, en las imágenes originales de
Zacarías, eran los cuatro vientos (Zacarías 6:5) y los que serán
reintroducidos a Juan en esa forma en Apocalipsis 7:1; y la
higuera es Israel mismo (Mateo 21:19; 24:32-34; Lucas 21:29-32).
Quinto, Israel mismo ahora simplemente desaparece:
"El cielo se desvaneció" como un pergamino que se enrolla
(Isaías 34:4; 51:6; Salmos 102;25-26; acerca del simbolismo de
Israel como "cielo", véase Isaías 51:15-16; Jeremías 4:23-31;
véase Hebreos 12:26-27).
Sexto, las potencias gentiles son sacudidas también:
"Todo monte y toda isla se movió de su lugar" (Job 9:5-6;
14:18-19; 28:9-11; Isaías 41:5, 15-16; ezequiel 38:20; Nahum
1:4-8; Sofonías 2:11). La "antigua creación" de Dios, Israel, ha
de ser, pues, des-creada, al ser transferido el reino a la
iglesia, la nueva creación (véase 2 Pedro 3:7-14). Debido a que
los labradores en la viña de Dios han matado a su Hijo, ellos
también serán muertos (Mateo 21:33-45). La viña misma será
quebrantada, destruida, y hollada (Isaías 5:1-7). En la justa
destrucción de Israel por Dios, él sacudirá aun el cielo y la
tierra (Mateo 24:29-30; Hebreos 12:26-28) para entregar su reino
a su nueva nación, la iglesia.
En los versículos finales de Apocalipsis 6, las imágenes
proféticas del Antiguo Testamento todavía están a la vista
cuando Juan describe a los apóstatas que están siendo juzgados.
Esta es la séptima fase de la des-creación: la destrucción de
los hombres. Pero este séptimo ítem de la lista se abre para
revelar otro "siete" dentro de él (del mismo modo que el séptimo
sello y la séptima trompeta contienen el siguiente juego de
siete juicios), porque aquí se nombran siete clases de
hombres, mostrando que la destrucción es total, y afecta a
grandes y pequeños por igual: los reyes de la tierra, los
grandes, los jefes, los ricos, los fuertes y todo esclavo y todo
libre".
Ninguno podrá escapar, sin importar su posición de privilegio o
insignificancia. La tierra entera ha rechazado a Cristo, y la
tierra entera está siendo excomulgada. Nuevamente, los paralelos
muestran que esta profecía está dirigida al juicio contra Israel
(véase Isaías 2 y 24-27), aunque otras naciones ("los reyes de
la tierra") serán afectadas también.
Al ser la tierra des-creada y quitada la natural revelación de
mediación - poniendo a los pecadores cara a cara con la expuesta
revelación del Dios santo y justo - los hombres de Israel
intentan huir y buscar protección en cualquier cosa que podría
ofrecer refugio. La huída bajo tierra y hacia las cuevas es una
señal de estar bajo maldición (véase Génesis 19:30-38). Así que
se escondieron (véase Génesis 3:8) "en las cuevas y entre las
peñas de las montañas" (el juicio de Dios "ojo por ojo" contra
ellos por haber maltratado a los justos: Hebreos 11:38; véase
Jueces 7:25). Juan registra su desesperado ruego a las montañas
y a las peñas: "Caed sobre nosotros y ocultadnos de la presencia
de Aquél que está sentado en el trono, y de la ira del Cordero;
porque el gran día de su ira ha llegado; y [véase Nahum 1:6;
Malaquías 3:2] ¿quién podrá estar firme?" La interpretación que
se da aquí se confirma nuevamente: este pasaje no está
hablando del fin del mundo, sino del fin de Israel en 70 d. C.
El origen del simbolismo que se usa aquí está en la profecía de
Oseas contra Israel:
Efraín será avergonzado, e Israel se avergonzará de su
consejo. De Samaria fue cortado su rey como espuma sobre la
superficie de las aguas. Y los lugares altos de Asvén serán
destruidos; crecerá sobre sus altares espino y cardo. Y
dirán a los montes: Cubridnos; y a los collados: Caed sobre
nosotros (Oseas 10:6-8).
Jesús citó este texto en camino a la crucifixión, diciendo
que se cumplirían sobre el Israel idólatra durante las vidas de
los que estaban presentes entonces:
Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que
lloraban y hacían lamentación por él. Pero Jesús, vuelto
hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por
mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.
Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas
las estériles, y vientres que no concibieron, y los pechos
que no criaron. Entonces comenzarán a decir a los montes:
Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos (Lucas
23:27-30).
Mientras las iglesias de Asia Menor leían esta visión por
primera vez, los juicios profetizados ya estaban teniendo lugar:
el fin definitivo se acercaba rápidamente. La generación que
había rechazado al Hijo del señor de la viña (véase Mateo
21:33-45) pronto estaría gritando estas mismas palabras. El
Señor crucificado y resucitado venía a destruir a los apóstatas.
Éste habría de ser el gran día de la ira derramada por el
Cordero, al cual habían matado.
CAPÍTULO 8
SE ABRE EL LIBRO
Fnalmente, el Señor Jesucristo abre el séptimo sello del
nuevo pacto (Apocalipsis 8:1-2), revelando las siete trompetas
que anuncian la suerte de Jerusalén, la una vez santa ciudad que
se ha paganizado y que, como su precursora Jericó, caerá como
resultado del sonido de siete trompetas (véase Josué 6:4-5).
Pero primero, en esta grandiosa liturgia espiritual que es el
libro de Apocalipsis, hay "silencio en el cielo como por media
hora". Con toda probabilidad, la base de esto es la liturgia
del Antiguo Testamento, cuando los cantores y las trompetas
cesaban y todos se inclinaban en adoración reverente (véase 2
Crónicas 29:28-29); y el período específico de media hora
probablemente se relaciona con la duración del tiempo que el
sacerdote requería para entrar en el templo, ofrecer el
incienso, y regresar (véase Apocalipsis 8:3-4; Levítico
16:13-14; Lucas 1:10, 21). (Los detalles técnicos mencionados
aquí son sólo algunas de las muchas indicaciones de que Juan
había sido sacerdote de Israel, y hasta puede que haya provenido
de la familia del sumo sacerdote; su capacidad para manejar
detalles minuciosos del culto es asombrosa).
La descripción que Alfred Edersheim hace de esta ceremonia
en el templo nos ayuda a entender el escenario reflejado allí:
"Lentamente, el sacerdote que ofrecía el incienso y sus
ayudantes ascendían los escalones del Lugar Santo, precedidos
por los dos sacerdotes que previamente habían cubierto el altar
y el candelabro, y que ahora quitaban los vasos que habían
dejado atrás, y adorando, se retiraban. Después, uno de los
ayudantes extendía reverentemente los carbones sobre el altar de
oro; el otro disponía el incienso. y luego el principal
sacerdote oficiante quedaba solo dentro del Lugar Santo, para
esperar la señal del director antes de quemar el incienso. Fue
probablemente mientras estaban así expectantes cuando el ángel
Gabriel se le apareció a Zacarías [Lucas 1:8-11]. Al dar el
director la orden que indicaba que 'el momento del incienso
había llegado', 'la multitud entera de los que estaban fuera' se
retiraba del atrio interior y se postraban delante del Señor,
extendiendo sus manos en silenciosa oración.
"Este era un período solemnísimo, cuando en todos los
vastos edificios del templo la multitud de adoradores estaba en
profundo silencio, mientras dentro del santuario mismo el
sacerdote ponía el incienso sobre el altar de oro y la nube de
incienso [Apocalipsis 5:8] subía delante del Señor, lo cual
sirve como imagen de las cosas celestiales en esta descripción"
(The Temple, Its Ministry and Services as They Were at the
Time of Christ, p. 167).
Después de este silencio lleno de reverencia, se les dan
siete trompetas a los siete ángeles que están delante de Dios
(la liturgia del templo usaba siete trompetas también: 1
Crónicas 15:24; Nehemías 12:41). Juan parece suponer que sus
lectores reconocerán a estos siete ángeles. ¿Por qué? Porque ya
había introducido a los siete "ángeles" o pastores, en
Apocalipsis 2-3. Son ellos los representados aquí, aunque
concedamos que los dos grupos de "siete ángeles" no son
necesariamente idénticos. Claramente, se desea relacionarlos
entre sí, como podemos ver cuando nos apartamos del texto (y
nuestras ideas preconcebidas) y dejamos que el cuadro entero se
nos presente. Cuando hacemos esto, vemos el Apocalipsis
estructurado en sietes, y en patrones recurrentes de sietes. Uno
de esos patrones recurrentes es el de siete ángeles (capítulos
1-3, 8-11, 14, 15-16). Así como la adoración terrenal toma como
modelo la adoración en el cielo (Hebreos 8:5; 9:23-24, también
lo es el gobierno de la iglesia (Mateo 16:19; 18:18; Juan
20:23); además, de acuerdo con la Escritura hay numerosas
correspondencias entre las actividades humanas y las angélicas
(véase Apocalipsis 21:17). Los ángeles están presentes en los
servicios de adoración de la iglesia (1 Corintios 11:10; Efesios
3:10) - o, más precisamente, en el día del Señor nos congregamos
en adoración alrededor del trono de Dios en la corte celestial.
Así, pues, en el libro de Apocalipsis se nos muestra que
el gobierno de la iglesia terrenal corresponde al gobiermo
celestial, angélico, de la misma manera que nuestro culto
oficial corresponde al que es conducido alrededor del trono
celestial por los ángeles. Además, los juicios que caen sobre
la tierra ocurren por las acciones de los siete ángeles
(nuevamente, no podemos divorciar a los ángeles humanos de sus
contrapartes celestiales). Los oficiales de la iglesia están
comisionados y tienen autoridad para hacer fructificar las
bendiciones y las maldiciones de Dios en la tierra. Los
oficiales de la iglesia son administradores de la historia
mundial, divinamente designados. Como veremos, las
implicaciones de este hecho son bastante literalmente de
tremenda importancia.
En Apocalipsis 8:3-5, Juan ve a otro ángel de pie en el
altar celestial del incienso, sosteniendo un incensario de oro.
Se le da al ángel una gran cantidad de incienso, que simboliza
las oraciones de todos los santos (véase Apocalipsis 5:8), para
que lo añada a las oraciones del pueblo de Dios, asegurando que
las oraciones sean recibidas como ofrenda de olor agradable a
Dios: Luego, el humo del incienso, junto con las oraciones de
los santos, asciende delante de Dios de la mano del ángel,
mientras el ministro ofrece las peticiones de su congregación.
Lo que sucede después es asombroso: el ángel llena el
incensario con carbones encendidos del altar de incienso y
arroja el fuego a la tierra en juicio; y esto es seguido por
"truenos, voces, relámpagos y un terremoto". Por supuesto, estos
fenómenos deberían ser familiares a todos los lectores de la
Biblia como los acompañamientos normales de la nube de gloria.
"Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron
truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de
bocina muy fuerte. ... Todo el monte Sinaí humeaba, porque
Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como
el humo de un horno, y todo el monte sed estremecía en gran
manera" (Éxodo 19:16, 18).
La ironía de este pasaje se hace obvio cuando tenemos
presente que es una profecía contra el Israel apóstata. En la
adoración del Antiguo Testamento, el fuego del altar de ofrenda
encendida se originaba en el cielo, descendiendo sobre el altar
cuando el tabernáculo y el templo eran preparados (Levítico
9:24; 2 Crónicas 7:1). Este fuego, iniciado por Dios, era
mantenido encendido por los sacerdotes y llevado de un lugar a
otro para que pudiera ser usado para iniciar otros fuegos
sagrados (Levítico 16:12-13; véase Números 16:46-50; Génesis
22:6). Ahora, cuando al pueblo de Dios se le ordenó destruir una
ciudad apóstata, Moisés ordenó además: "Y juntarás todo su botín
en medio de la plaza, y consumirás con fuego la ciudad, y todo
su botín, todo ello, como holocausto a Jehová tu
Dios" (Deuteronomio 13:16; Jueces 20:40; véase Génesis 19:28).
La única manera aceptable de quemar una ciudad como holocausto
era con fuego de Dios - fuego del altar. Así,pues, cuando una
ciudad iba a ser destruida, el sacerdote tomaba fuego del altar
de Dios y lo usaba para encender el montón del botín que servía
para encender el resto, ofreciendo así la ciudad entera como
holocausto. Es esta práctica de poner a una ciudad "bajo
interdicción", de modo que nada sobreviva a la conflagración
(Deuteronomio 13:12-18), que el libro de Apocalipsis usa para
describir el juicio de Dios contra Jerusalén.
Dios hace llover sus juicios sobre la tierra como respuesta
específica a la adoración litúrgica de su pueblo. Como parte del
servicio formal de adoración y oficial en el cielo, el ángel del
altar ofrece las oraciones del pueblo de Dios como grupo; y Dios
responde a sus peticiones, actuando en la historia en nombre de
los santos. La íntima conexión entre la liturgia y la historia
es un hecho ineludible, que no podemos darnos el lujo de
ignorar. Esto no es para sugerir que el mundo está en peligro de
caer en el "no ser" cuando la adoración de la iglesia es
defectuosa. En realidad, Dios usará las fuerzas históricas (aun
las paganas) para castigar a la iglesia cuando ella deja de
estar a la altura de su sublime llamado como reino de
sacerdotes. El punto aquí es que la adoración oficial de la
comunidad del pacto es cósmicamente significativa. La historia
de la iglesia es la clave de la historia del mundo: Cuando la
asamblea de adoradores invoca al Señor del pacto, el mundo
experimenta sus juicios. La historia es administrada y dirigida
desde el altar del incienso, que ha recibido las oraciones de la
iglesia.
En mi angustia invoqué a Jehová, y clamé a mi Dios.
Él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó delante
de él, a sus oídos. La tierra fue conmovida y tembló; se
conmovieron los cimientos de los montes, y se
estremecieron, porque se indignó él. Humo subió de su
nariz, y de su boca fuego consumidor; carbones fueron
por él encendidos. Inclinó los cielos, y dscendió; y
había densas tinieblas debajo de sus pies. Cabalgó sobre
un querubín, y voló; voló sobre las alas del viento.
Puso tinieblas por su escondedero, por cortina suya
alrededor de sí; oscuridad de aguas, nubes de los
cielos. Por el resplandor de su presencia, sus nubes
pasaron; granizo y carbones ardientes. Tronó en los
cielos Jehová, y el Altísimo dio su voz; granizo y
carbones de fuego. Envió sus saetas, y los dispersó;
lanzó relámpagos, y los destruyó. Entonces aparecieron
los abismos de las aguas, y quedaron al descubierto los
cimientos del mundo, a tu reprensión, oh Jehová, por el
soplo del aliento de tu nariz. (Salmos 18:6-15).
EL TRASFONDO DE LOS JUICIOS DE LAS
TROMPETAS
Varias áreas del significado simbólico de las trompetas
están a la vista en este pasaje. Primera, se usaban trompetas en
la liturgia del Antiguo Testamento para procesiones
ceremoniales, particularmente como escoltas para el arca del
pacto (véase Apocalipsis 11:19); el ejemplo obvio y principal de
esto es la marcha alrededor de Jericó antes de que cayese (Josué
6; véase 1 Crónicas 15:24; Nehemías 12:41; Apocalipsis 11:13).
Segunda, se hacían sonar las trompetas para proclamar el
gobierno de un nuevo rey (1 Reyes 1:34, 39; véase Salmos 47:5;
Apocalipsis 11:15).
Tercera, la trompeta hacía sonar una alarma, advirtiendo a
Israel del juicio que se aproximaba e instando al
arrepentimiento nacional (Isaías 58:1; Jeremías 4:5-8; 6:1, 17;
Ezequiel 33:1-6; Joel 2:1, 15).
Cuarta, Moisés recibió instrucciones de usar dos trompetas
de plata tanto "para convocar a la congregación" para la
adoración como "para mover los campamentos" para el combate con
el enemigo (Números 10:1-9). Es significativo que estos dos
propósitos, la guerra santa y la adoración,
se mencionan juntos. Por supuesto, la ironía en Apocalipsis es
que Dios ahora ordena que las trompetas de la guerra santa se
hagan sonar contra el mismo Israel.
Quinta, las trompetas también se hacían sonar en las
fiestas y en el primer día de cada mes (Números 10:10), con
énfasis especial en Tishri 1, el día de Año Nuevo civil (en el
año eclesiástico, el primer día del séptimo mes); este Día de
las Trompetas era el reconocimiento litúrgico especial del Día
del Señor (Levítico 23:24-25; Números 29:1-6). Por supuesto, al
trasfondo más básico de todo esto es la nube de gloria, que está
acompañada por trompetazos angélicos anunciando la soberanía y
el juicio del Señor (Éxodo 19:16); la liturgia terrenal del
pueblo de Dios era una recapitulación de la liturgia celestial,
otra indicación de que el pueblo redimido de Dios había sido
restaurado a su imagen. (Esta era la razón del método que el
ejército de Gedeón usó para poner en fuga a los madianitas en
Jueces 7:15-22: rodeando al enemigo con luces, griterío, y el
sonido de trompetas, los israelitas eran un reflejo divino del
ejército celestial de Dios en la Nube, viniendo en venganza
contra los enemigos de Dios).
No sólo recordándonos la caída de Jericó, los juicios
acarreados por el sonido de las trompetas en Apocalipsis también
recuerdan las plagas que cayeron sobre Egipto antes del éxodo.
Juntas, están representadas como destruyendo la tercera parte de
la tierra. Obviamente, puesto que el juicio no es ni total ni
final, no puede ser el fin el mundo físico. Sin embargo, la
devastación es tremenda, y trabaja para producir el fin de la
nación judía, el sujeto de estas terribles profecías. Israel se
ha convertido en una nación de egipcios y cananeos, y peor: una
tierra de apóstatas del pacto. Todas las maldiciones de la ley
están a punto de ser derramadas sobre los que una vez fueron el
pueblo de Dios (Mateo 23:35-36). Los cuatro primeras trompetas
se refieren aparentemente a la serie de desastres que devastaron
a Israel en los últimos días, y principalmente a los eventos que
condujeron al comienzo de la guerra.
LA PRIMERA TROMPETA
Mientras que los juicios de los sellos eran medidos en
cuartos, los juicios de las trompetas eran medidos en tercios.
Suena la primera trompeta (Apocalipsis 8:6-7), y cae una
triple maldición (granizo, fuego, sangre), que afecta un
tercio de la tierra; tres objetos en particular son
seleccionados. Juan ve "granizo y fuego, mezclados con sangre, y
fueron lanzados a la tierra". La sangre de los testigos muertos
se mezcla con el fuego del altar, trayendo ira sobre los
perseguidores. El resultado de esta maldición, que tiene algunas
similitudes con la séptima plaga de Egipto (Éxodo 9:22-26), es
el incendio de una tercera parte de la tierra y la tercera parte
de los árboles, y toda la hierba verde (es decir, toda la hierba
verde de un tercio de la tierra; véase Apocalipsisa 9:4). Si los
árboles y la hierba representan al remanente elegido (como
parecen hacerlo en 7:3 y 9:4), esto indica que no están exentos
del sufrimiento físico y la muerte al caer la ira de Dios sobre
los impíos. Sin embargo, (1) la iglesia no puede ser
destruida completamente en ningún juicio (Mateo 16:18), y (2) a
diferencia de los impíos, el destino final de los impíos no es
la ira sino la vida y la salvación (Romanos 2:7-9; 1
Tesalonicenses 5:9).
Por otra parte, los impíos sólo tienen delante de ellos ira
y angustia, tribulación y aflicción (Romanos 2:8-9).
Literalmente, la vegetación de Judea, y especialmente de
Jerusalén, fue destruida en los métodos militares romanos de
tierra arrasada, como informa Josefo: "Como la ciudad, el campo
era un espectáculo lastimoso, porque donde una vez había habido
una multitud de árboles y parques, ahora había un completo
desierto desnudo de árboles; y ningún extranjero que hubiese
visto la antigua Judea y los gloriosos suburbios de su capital y
que ahora contemplase la total desolación, podría contener las
lágrimas ni suprimir un gemido al ver un cambio tan terrible. La
guerra había borrado todo rastro de belleza, y nadie que hubiese
conocido la ciudad en el pasado y hubiese regresado a ella
repentinamente habría reconocido el lugar porque, aunque él ya
estaba allí, todavía estaría buscando la ciudad" (The
Jewish War, vi.1.1). Y sin embargo, éste era sólo el
comienzo: muchas más tristezas, y mucho peores, esperaban
delante (véase 16:21).
LA SEGUNDA TROMPETA
Con el trompetazo del segundo ángel (Apocalipsis 8:8-9),
vemos un paralelo con la primera plaga de Egipto, en la cualel
Nilo se convirtió en sangre y los peces murieron (Éxodo
7:17-21). La causa de esta calamidad fue que una gran montaña
ardiendo fue lanzada al mar. El significado de esto se hace
claro cuando recordamos que la nación de Israel era el "Santo
Monte" de Dios, "el monte de la herencia de Dios" (Éxodo 15:17).
Como el pueblo redimnido de Dios, los hebreos habían sido
traídos de vuelta al Edén, y el uso repetido de la imagen de la
montaña a lo largo de su historia incluyendo el hecho de que el
monte de Sión era el símbolo aceptado de la nación) demuestra
esto vívidamente. Pero ahora, como apóstata, Israel se había
convertido en un "monte destructor", contra el cual se había
vuelto la ira de Dios. Ahora Dios habla de Jerusalén
en el mismo lenguaje que Él una vez usó para hablar de
Babilonia, un hecho que será central en las imágenes de
este libro:
He aquí yo estoy contra ti, monte destruidor, dice
Jehová, que destruiste toda la tierra; y extenderé mi mano
contra ti, y te haré rodar de las peñas, y reduciré a monte
quemado. ... Subió el mar sobre Babilonia; de la multitud de
sus olas fue cubierta (Jeremías 51:25, 42).
Conéctese esto con el hecho de que Jesús, en la mitad de
una larga serie de discursos y parábolas sobre la destrucción de
Jerusalén (Mateo 20-25), maldijo a una higuera estéril como
símbolo de juicio sobre Israel. Luego les dice a sus discípulos:
"De cierto os digo, que si tuviéseis fe, y no dudaseis, no sólo
haréis esto de la higuera, sino que, si a este monte dijéreis:
Quítate y échate en el mar, será hecho. Y todo lo que pidiéreis
en oración, creyendo, lo recibiréis" (Mateo 21:21-22). ¿Estaba
Jesús siendo frívolo? ¿En realidad esperaba que los discípulos
fueran por allí orando para que los montes literales se
movieran? Por supuesto que no. Lo que es más importante, Jesús
no había cambiado el tema. Todavía les estaba dando una lección
sobre la caída de Israel. ¿Cuál era la lección? Jesús estaba
dando instrucciones a sus discípulos para que elevasen oraciones
imprecatorias, suplicando que Dios destruyese a Israel, secase
la higuera, y echase al mar al monte apóstata.
Y eso fue exactamente lo que sucedió. La perseguida
iglesia, bajo la opresión de los judíos apóstatas, comenzó a
orar pidiendo la venganza de Dios sobre Israel (Apocalipsis
6:9-11), pidiendo que el monte de Israel fuese "tomado y echado
en el mar". Sus ofrendas fueron recibidas en el altar celestial
de Dios, y en respuesta, Dios dio instrucciones a los ángeles
para que arrojaran sus juicios sobre la tierra (Apocalipsis
8:3-5). Israel fue destruido. Debemos notar que Juan está
escribiendo esto antes de la destrucción, para la
instrucción y el estímulo de los santos, para que continuasen
orando con fe. Como les había dicho al principio:
"Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de la
profecía, y guardan las cosas en ella escritas, porque el tiempo
está cerca" (Apocalipsis 1:3).
LA TERCERA TROMPETA
Como el símbolo anterior, la visión de la tercera trompeta
(Apocalipsis 8:10-11) combina imágenes bíblicas de las caídas
tanto de Egipto como de Babilonia. El efecto de esta plaga - las
aguas volviéndose amargas - es similar a la primera plaga de
Egipto, en la cual el agua se volvió amarga a causa de la
multitud de peces muertos y en descomposición (Éxodo 7:21). Lo
amargo de las aguas es causado por una gran estrella que cayó
del cielo, ardiendocomo una antorcha. Esto es paralelo con la
profecía de Isaías sobre la caída de Babilonia, descrita en
términos de la caída original en el paraíso:
¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!
Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las
naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en
lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono,
y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del
norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré
semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol,
a los lados del abismo (Isaías 14:12-15).
El nombre de esta estrella caída es Ajenjo, un término
usado en la Ley y los Profetas para advertir a Israel de su
destrucción como castigo por su apostasía (Deuteronomio 29:18;
Jeremías 9:15; 23:15; Lamentaciones 3:15, 19; Amós 5:7).
Nuevamente, combinando estas alusiones en el Antiguo Testamento,
Juan subraya lo que quiere decir: Israel es apóstata, y se ha
convertido en un Egipto; Jerusalén se ha convertido en
Babilonia; y los quebrantadores del pacto serán destruidos, tan
seguramente como lo fueron Egipto y Babilonia.
LA CUARTA TROMPETA
Como la novena plaga de Egipto de una "espesa oscuridad" (Éxodo
10:21-23), la maldición causada por la cuarta trompeta (Apocalipsis
8:12-13) cae sobre los portadores de luz, el sol, la luna, y las
estrellas, de modo que la tercera parte de ellos se oscureciesen.
Estas imágenes fueron usadas por lo profetas durante mucho
tiempo para representar la caída de las naciones y los
gobernantes nacionales (véase Isaías 13:9-11, 19; 24:19-23;
34:4-5; Ezequiel 32:7-8, 11-12; Joel 2:10, 28-32; Hechos
2:16-21). En cumplimiento de esto, F. W. Farrar observa: "Un
gobernante tras otro, jefe tras jefe del Imperio Romano y la
nación judía fue asesinado y arruinado. Gayo, Claudio, Nerón,
Galba, Otón, Vitelio, todos murieron asesinados o se suicidaron;
Herodes el Grande, Herodes Antipas, Herodes Agripa, y la mayoría
de los príncipes herodianos, junto con no pocos de los
principales sumos sacerdotes de Jerusalén, perecieron después de
haber caído en desgracia, o en el exilio, o pr manos violentas.
Todos ellos fueron soles apagados y estrellas oscurecidas"
(The Early Days of Christianity, p. 519).
Ahora Juan ve un águila (véase Apocalipsis 4:7) volando en
medio del cielo, una advertencia de la ira venidera. Como muchos
otros símbolos de pacto, el águila tiene una doble naturaleza.
Por un lado, significa la salvación que Dios proporcionó a
Israel:
Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la
heredad que le tocó. Le halló en tierra de desierto, y
en yermo de horrible soledad; lo trajo alrededor, lo
instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo. Como el
águila que excita su nidada, revolotea sobre sus pollos,
extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas
(Deuteronomio 32:9-11; Éxodo 19:4).
Pero el águila es también una terrible ave de presa,
asociada con sangre y muerte y carne putrefacta:
Sus polluelos chupan la sangre; y donde hubiere
cadáveres, allí está ella (Job 39:30).
Las advertencias proféticas de la destrucción de Israel
están a menudo redactadas en términos de águilas que descienden
sobre la carroña (Deuteronomio 28:49; Jeremías 4:13;
Lamentaciones 4:19; Oseas 8:1; Habacuc 1:8; Mateo 24:28). En
realidad, un aspecto básico de la maldición del pacto es el de
ser devorado por las aves del cielo (Génesis 15:9-12;
Deuteronomio 28:26, 49; Proverbios 30:17; Jeremías 7:33-34;
16:3-4; 19:7; 34:18-20; Ezequiel 39:17-20; Apocalipsis
19:17-18). El querubín-águila reaparecerá en Apocalipsis como
imagen de la salvación (12:14), para ser reemplazado finalmente
por (o visto nuevamente como) un ángel volando por en medio del
cielo proclamando el evangelio a los que moran en la tierra
(14:6), pues su misión es en fin de cuentas redentora en su
alcance. Pero la salvación del mundo vendrá por medio de la
caída de Israel (Romanos 11:11-15), 25). Así, pues, el águila
comienza su mensaje con ira, proclamando tres ayes que han de
venir sobre los que moran en la tierra.
Como las plagas originales en Egipto, las maldiciones se
están intensificando, y se están volviendo más precisas en su
aplicación. Lo que Juan dice está aumentando hasta un crescendo,
usando los tres ayes del águila (que corresponden al quinto,
sexto, y séptimo trompetazo (vease Apocalipsis 9:12; 11:14-15)
para dramatizar los crecientes desastres que está sufriendo la
tierra de Israel. Después de muchas demoras y mucha resignación
por parte del celoso y santo Señor de los ejércitos, las
terribles sanciones de la ley son finalmente desatadas contra
los violadores del pacto, de manera que Jesús pueda heredar los
reinos del mundo y traerlos a su templo (Apocalipsis 11:15-19;
21:22-27).
CAPÍTULO 9
JERUSALÉN ES SITIADA
Ataque desde el abismo.
Tal como el águila había advertido (Apocalipsis 8:13), el
sonido de la quinta trompeta (Apocalipsis 9:1-12) señala la
intensificación de las plagas en esta serie. Anque esta
maldición es similar a las grandes nubes de langostas que
cayeron sobre Egipto en la octava plaga (Éxodo 10:12-15), estas
"langostas" son diferentes: son demonios del
"abismo", la fosa sin fondo, que se menciona siete veces en
Apocalipsis (9:1, 2, 11; 11:7; 17:8; 20:1, 3). La Septuaginta
primero usa el término en Génesis 1:2, hablando del abismo y la
oscuridad originales sobre los cuales se cernía el Espíritu
creativamente (y "prevaleció" metafóricamente; véase Juan 1:5).
En simbolismo bíblico, el abismo es el extremo más
alejado del cielo (Génesis 49:25; Deuteronomio 33:13) y de las
altas montañas (Salmos 36:6). Se usa en la Escritura como
referencia a las partes más profundas del mar (Job 28:14; 38:16;
Salmos 33:7) y a los ríos y depósitos de agua subterráneos
(Deuteronomio 8:7; Job 36:16), de donde procedieron las aguas
del diluvio (Génesis 7:11; 8:2; Proverbios 3:20; 8:24), y que
regaban el reino de Asiria (Ezequiel 31:4, 15). Repetidamente,
el cruce del Mar Rojo por el pueblo del pacto se compara con un
pasaje a través del abismo (Salmos 77:16; 106:9; Isaías 44:27;
51:10; 63:13). El profeta Ezequiel amenazó a Tiro con una gran
desolación de la tierra, en la cual Dios haría subir el abismo
para cubrir la ciudad con un nuevo diluvio, arrojando a su
pueblo al abismo en las partes más bajas de la tierra (Ezequiel
26:19-21), y Jonás hablaba del abismo en términos de excomunión
de la presencia de Dios, una expulsión del templo (Jonás 2:5-6).
El dominio del dragón (Job 41:31; Salmos 148:7; Apocalipsis
11:7; 17:8), la prisión de los demonios (Lucas 8:31; Apocalipsis
20:1-3), véase 2 Pedro 2:4; Judas 6), y el ámbito de los
muertos (Romanos 10:7), todos son denominados con el mismo
nombre: abismo.
Así, pues, Juan está advirtiendo a sus lectores que el
infierno está a punto de desatarse sobre la tierra de Israel;
como sucedió al antiguo Tiro, el abismo está siendo dragado para
que cubra la tierra con sus espíritus inmundos. El Israel
apóstata ha de ser expulsado de la presencia de Dios,
excomulgado del templo, y lleno de demonios. Uno de los mensajes
centrales de Apocalipsis es que la iglesia mora en el cielo como
en un tabernáculo (véase Apocalipsis 7:15; 12:12; 13:6); el
corolario de esto es que la falsa iglesia mora en el infierno
como en un tabernáculo.
¿Por qué dura cinco meses la plaga de langostas? Primero
que todo, esta figura es una referencia al príodo de cinco
meses, desde mayo hasta septiembre, en que las langostas
aparecían normalmente. (La característica desusada es que estas
langostas permanecen durante todo el período, atormentando
constantemente a la población).
Segundo, esto parece referirse en parte a las acciones de
Gesio Floro, el procurador de Judea, que por cinco meses
(comenzando enmayo del 66 con la matanza de 3,600 pacíficos
ciudadanos) aterrorizó a los judíos, tratando deliberadamente de
incitarlos a rebelarse. Tuvo éxito: Josefo fecha el principio de
la Guerra Judía en esta ocasión).
Tercero, el uso del término cinco se asocia en la Escritura con
poder, y específicamente con organización militar - la
disposición del ejército israelita en una formación de pelotones
de cinco escuadrones (Éxodo 13:18; Números 32:17; Josué 1:14;
4:12; Jueces 7:11; véase 2 Reyes 1:9ss). Por instrucciones de
Dios, Israel sería atacado por un ejército demoníaco procedente
del abismo.
Durante el ministerio de Cristo, Satanás había caído a la
tierra "como una estrella del cielo" (véase Apocalipsis 12:4, 9,
12); y Juan dice: "se le dio la llave del pozo del abismo. Y
abrió el pozo del abismo". Lo que todo esto significa es
exactamente lo que Jesús profetizó durante su ministerio
terrenal: la tierra, que había recibido los beneficios de su
obra y luego le había rechazado, sería inundada por demonios del
abismo. Debemos notar aquí que la llave se le da a Satanás,
porque es Dios quien envía los demonios como castigo contra los
judíos.
Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio
con esta generación, y la condenarán porque ellos se
arrepintieron a la predicación de Jonás; y he
aquí, más que Jonás en este lugar. La reina del sur se
levantará con esta generación en el juicio y la
condenará, porque ella vino de los confines de la tierra
para escuchar la sabiduría de Salomón; y he aquí más que
Salomón en este lugar. Cuando el espíritu inmundo sale
del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y
no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde
salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y
adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete
espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el
postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el
primero. Así también acontecerá a esta mala
generación (Mateo 12:41-45).
A causa del rechazo del Rey de reyes por parte de Israel,
las bendiciones que habían recibido se convertirían en
maldiciones. Jerusalén había sido "barrida" por el ministerio de
Cristo; ahora se convertiría en "habitación de demonios y
guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda
y aborrecible" (Apocalipsis 18:2). La generación entera fue más
y más poseída por demonios; su progresiva locura nacional es
evidente cuando uno lee a través del Nuevo Testamento, y sus
horripilantes etapas finales son presentadas en las páginas de
la obra de Josefo The Jewish War (La Guerra
Judía): la pérdida de toda capacidad de raciocinio, las turbas
frenéticas que se atacaban las unas a las otras, las engañadas
multitudes que seguían a los más transparentemente falsos
profetas, la búsqueda enloquecida y desesperada por alimento,
los asesinatos en masa, las ejecuciones, los suicidios, los
padres que mataban a sus propias familias, las madres que se
comían a sus propios niños. Satanás y sus huestas simplemente
pululaban por todo el territorio de Israel y consumían a los
apóstatas.
La vegetación de la tierra queda específicamente exenta de
la destrucción causada por las "langostas". Esta es una
maldición contra los hombres desobedientes. Sólo los
cristianos son inmunes a los aguijones como de escorpión de los
demonios (véase Marcos 6:7; Lucas 10:17-19; Hechos 26:18); los
israelitas no bautizados, que no tienen "el sello de Dios en sus
frentes" (véase Apocalipsis 7:3-8), son atacados y atormentados
por los poderes demoníacos. Y el propósito inmediato que Dios
tiene al desatar esta maldición no es la muerte,
sino meramente el tormento, al experimentar la
nación de Israel una serie de convulsiones. Juan repite lo que
nos ha dicho en Apocalipsis 6:16, que "en aquellos días los
hombres buscarán la muerte y no la hallarán; y anhelarán morir y
la muerte huirá de ellos". Jesús había profetizado
específicamente este anhelo de muerte entre los miembros de la
generación final, la generación de los judíos que le
crucificaron (Lucas 23:27-30). Como Dios había dicho mucho
antes: "Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; todos los
que me aborrecen aman la muerte" (Proverbios 8:36).
La terrorífica descripción de los demonios-langostas de
Apocalipsis 9:7-11 guarda mucha similitud con los ejércitos
paganos invasores mencionados en los profetas (Jeremías 51:27;
Joel 1:6; 2:4-10; véase Levítico 17:7 y 2 Crónicas 11:15, donde
la palabra hebrea para demonio significa el
peludo). Este pasaje también puede referirse en parte a
las pandillas satánicas de los zelotes asesinos que hacían presa
en los ciudadanos de Jerusalén, saqueando casas y asesinando y
violando indiscriminadamente. Característicamente, estos
pervertidos se vestían como prostitutas para seducir a los
hombres incautos y llevarlos a la muerte.
Un punto particularmente interesante sobre la descripción
del ejército demoníaco es la afirmación de Juan de que "el
sonido de sus alas era como el sonido de carruajes, de muchos
caballos que se apresuran al combate". Ése es el mismo sonido
que hacen las alas de los ángeles en la Nube de Gloria (Ezequiel
1:24; 3:13; 2 Reyes 7:5-7); la diferencia aquí es que el ruido
es producido por ángeles caídos.
Juan sigue adelante, e identifica al rey de los demonios,
el "ángel del abismo", dando su nombre tanto en hebreo
/Abadón) como en griego (Apolión) - una de
muchas indicaciones del carácter esencialmente hebreo de
Apocalipsis. Las palabras significan Destrucción y
Destructor; "Abadón" se usa en el Antiguo
Testamento para nombrar la morada de los muertos, el "lugar de
destrucción" (Job 26:6; 28:22; 31:12; Salmos 88:11; Proverbios
15:11; 27:20). Juan, pues, presenta a Satanás como la
personificación misma de la muerte misma (véase 1 Corintios
10:10; Hebreos 2:14).
Claramente, el hecho de que la hueste entera de
destructores fuera desatada sobre la nación judía ciertamente
era el infierno en la tierra. Y sin embargo, Juan nos dice que
esta irrupción de los demonios en la tierra es sólo "el primer
ay". Horrores mucho mayores estaban por venir.
ATAQUE DESDE EL ÉUFRATES
Las primeras palabras de Juan acerca de la sexta trompeta
(Apocalipsis 9:13) nuevamente nos recuerdan que las desolaciones
que Dios trajo sobre la tierra ocurren en nombre de su pueblo
(Salmos 46), en respuesta a a su adoración oficial, de pacto: la
orden al sexto ángel es dada por una voz "desde los cuatro
cuernos del altar de oro [es decir, el altar de incienso] que
está delante de Dios". La mención de este punto tiene el obvio
propósito de estimular al pueblo de Dios en adoración y oración,
asegurándole que las acciones de Dios en la historia proceden de
su altar, donde Él ha recibido sus oraciones. La iglesia de
Jesucristo es el nuevo Israel, la nación santa, el verdadero
pueblo de Dios, que posee "confianza para entrar en el Lugar
Santísimo por la sangre de Jesucristo" (Hebreos 10:19). Juan
asegura a la iglesia del siglo primero que sus oraciones serán
oídas y contestadas por Dios. Él se vengará de los perseguidores
de la iglesia, porque la tierra es al mismo tiempo bendecida
y juzgada por las acciones litúrgicas y los decretos judiciales
de la iglesia.
El hecho de que Dios está listo para escuchar y dispuesto a
conceder las peticiones de su pueblo sew proclama continuamente
en la Escritura (Salmos 9:10; 10:17-18; 18:3; 34:15-17; 37:4-5;
50:14-15; 145:18-19). Dios nos ha dado numerosos ejemplos de
oraciones imprecatorias, mostrándonos repetidamente que un
aspecto de la actitud de un hombre piadoso es el odio hacia los
enemigos de Dios y fervientes oraciones por su caída y su
destrucción (Salmos 5:10; 10:15; 35:1-8, 22-26; 59:12-13;
68:1-4; 69:22-28; 83; 94; 109; 137:8-9; 139:19-2; 140:6-11).
¿Por qué entonces no vemos la caída de los impíos en nuestro
propio tiempo? Parte importante de la respuesta es que la
iglesia no está dispuesta a orar bíblicamente; y Dios nos ha
asegurado: No tenéis porque no pedís (Santiago 4:2). Pero
la iglesia del siglo primero orando fiel y fervientemente por la
destrucción del Israel apóstata, había sido escuchada en el
altar celestial de Dios. Sus ángeles fueron comisionados para
asestar el golpe.
En los versículos 14-16, el sexto ángel es comisionado para
soltar a los cuatro ángeles que habían sido "atados en el gran
río Éufrates"; entonces ellos traen contra Israel un ejército
que consiste de "miríadas de miríadas". El río Éufrates al norte
formaba el límite entre Israel y las terribles fuerzas paganas
de Asiria, Babilonia, y Persia, que Dios usaba como látigo
contra su pueblo rebelde (véase Génesis 15:18; Deuteronomio
11:24; Josué 1:4; Jeremías 6:1, 22; 10:22; 13:20; 25:9, 26;
46:20, 24; 47:2; Ezequiel 26:7; 38:6, 15; 39:2). Debe recordarse
también que el norte era el área del trono de Dios
(Isaías 14:13); y tanto la Nube de Gloria como los agentes de la
venganza de Dios se ven procediendo del norte, es decir, del
Éufrates (véase Ezequiel 1;4; Isaías 14:31; Jeremías 1:14-15).
Así, pues, este gran ejército del norte es, en fin de cuentas,
el ejército de Dios, y bajo su control y
dirección, aunque es también claramente de carácter demoníaco y
pagano (acerca de "atar" a los ángeles caídos, véase 2 Pedro
2:4; Judas 6). Dios es completamente soberano, y usa tanto a
demonios como a los paganos para llevar a cabo sus propósitos
santos (1 Reyes 22:20-22; Job 1:12-21); por supuesto, después
castiga a los paganos por sus malvados motivos e impías metas
que les llevó a cumplir el decreto de Dios; véase Isaías
10:5-14). Juan dice que los ángeles atados en el Éufrates
"habían sido preparados para la hora, el día, el mes, y el año";
estando su papel en la historia completamente predestinado y
cierto.
Se dice simplemente que el número de los jinetes es de
"millares y millares", una expresión tomada de Salmos 68:17, que
dice: "Los carros de Dios se cuentan por veintenas de
millares de millares" - en otras palabras, un número
incalculable, que no se puede contar. Los intentos de convertir
esto en una cifra exacta (como en el caso del supuesto tamaño
del ejército chino, o las fuerzas armadas de Europa Occidental,
y así sucesivamente) están condenados a la frustración. El
término significa simplemente muchos millares, e indica una
vasta hueste que se debe considerar en relación con el ejército
angélico del Señor, compuesto de millares y millares de
carruajes.
Evitando los deslumbrantes cálculos tecnológicos
adelantados por algunos comentaristas sobre Apocalipsis 9:17-19,
observamos simplemente que, aunque el número del ejército
tiene el propósito de recordarnos el ejército de Dios, las
características de los caballos - el fuego y el humo y el
azufre que salían de sus bocas - nos recuerdan al dragón, el
leviatán que escupía fuego (Job 41:18-21), y al mismo infierno
(Apocalipsis 9:2; 19:20; 21:8).
Así, pues, para resumir la idea: Un ejército innumerable
avanza sobre Jerusalén desde el Éufrates, el origen de los
enemigos tradicionales de Israel; es una fuerza feroz, hostil,
demoníaca enviada por Dios en respuesta a las oraciones de su
pueblo pidiendo venganza. En resumen, este ejército es el
cumplimiento de todas las advertencias de la ley y los profetas
acerca de una horda vengadora enviada para castigar a los
quebrantadores del pacto. Los horrores descritos en Deuteronomio
28 habrían de caer sobre esta generación perversa (véanse
especialmente los versículos 49-68). Moisés había declarado:
Enloquecerás a causa de lo que verán tus ojos (Deuteronomio
28:34).
Como en realidad sucedió en la historia, la rebelión judía
en reacción a la "plaga de langostas" de Gesio Floro durante el
verano de 66 d. C. provocó la invasión de Palestina por Cestio
en el otoño, con gran número de tropas a caballo, desde las
regiones cerca del Éufrates (aunque el punto principal de la
referencia de Juan es el significado simbólico de río en la
historia y la profecía bíblicas). Después de asolar el campo,
las fuerzas de Gesio llegaron a las puertas Jerusalén en el mes
de Tisri - el mes que comienza con el día de las trompetas.
Lo que sucedió después es uno de los más extraños relatos
en los anales de la historia militar. Los romanos rodearon la
ciudad y la atacaron continuamente durante cinco días; al sexto
día, Cestio dirigió con éxito una fuerza escogida en un asalto
supremo contra la muralla norte. Después de que capturaron su
objetivo, comenzaron los preparativos para incendiar el templo.
Viendo que estaban siendo completamente abrumados, los rebeldes
comenzaron a huir llenos de pánico, y los "moderados", que se
habían opuesto a la rebelión, intentaron abrir las puertas para
rendir Jerusalén a Cestio.
Justo entonces, en el momento mismo en que una completa
victoria estaba a su alcance, Cestio retiró sus fuerzas,
repentina e inexplicablemente. Sorprendidos y envalentonados,
los rebeldes regresaron de su huida y persiguieron a los
soldados en retirada, infligiéndoles gran número de bajas en su
ataque. Este éxito inesperado de las fuerzas rebeldes tuvo el
efecto de crear entre los judíos una confianza enorme pero
completamente injustificada, y hasta los moderados participaron
en el entusiasmo general a favor de la guerra. En vez de acatar
el verdadero mensaje de este trompetazo de advertencia, el
Israel apóstata estúpidamente se afirmó en su rebelión.
En consecuencia, Juan informa en los versículos 20-21 que
"el resto de los hombres, que no murieron por estas plagas, no
se arrepintieron ... para no adorar ni a demonios ni a ídolos".
Los judíos se habían entregado tan completamente a la apostasía
que ni la bondad de Dios ni su ira podían hacerles volverse de
su error. Josefo informa que, en lugar de eso, hasta el mismo
fin - después del hambre, los asesinatos en masa, el
canibalismo, la crucifixión de sus compatriotas judíos a razón
de 500 por día - los judíos continuaron escuchando los locos
desvaríos de los falsos profetas que les aseguraban la
liberación y la victoria. Josefo comenta: "Así fueron engañadas
las gentes miserables por estos charlatanes y falsos mensajeros
de Dios, mientras despreciaban y rechazaban los inconfundibles
portentos que auguraban la desolación venidera; más bien, como
si estuviesen aturdidos, ciegos, y sin sentido, no hicieron caso
a las claras advertencias de Dios"
(The Jewish
War, vi. v. 3).
ADVERTENCIAS DE LA CAÍDA DE JERUSALÉN
¿Qué "claras advertencias les había dado Dios? Además de la
predicación apostólica, que en realidad era todo lo que
necesitaban (véase Lucas 16:27-31), Dios les había enviado
señales milagrosas y maravillas para testificarles del juicio
venidero; antes de la caída de Jerusalén, Jesús les había
advertido: "Habrá terror y grandes señales del cielo" (Lucas
21:11). Esto fue especialmente cierto durante la temporada de
las fiestas del año 66. Josefo continúa diciendo en su informe:
"Mientras la gente se reunía para la fiesta de los panes sin
levadura, el día ocho del mes de Nisán, en la hora nona de la
noche [3:00 a.m.] apareció alrededor del altar una luz tan
brillante que parecía la luz del día; esto duró media hora. Los
inexpertos la consideraron como una buena señal, pero los
escribas santos la interpretaron inmediatamente de conformidad
con los eventos subsiguientes".
Durante la misma fiesta, tuvo lugar otro incidente
asombroso: "La puerta del lado oriental del santuario interior
era maciza, de bronce, y tan pesada que apenas podía ser movida
por veinte hombres todas las noches; estaba equipada con barras
guarnecidas de hierro y asegurada con pernos hundidos
profundamente en un umbral que había sido fabricado con un solo
bloque de piedra; sin embargo,
a esta puerta se la vio abrirse por sí sola en la hora sexta de
la noche [medianoche]. Los guardias del templo corrieron
a informar el incidente al capitán, el cual vino y, con gran
esfuerzo, logró cerrarla. Para los no iniciados, esto también
parecía la mejor de las señales, pues suponían que Dios había
abierto para ellos la puerta de la felicidad. Pero personas más
sabias se dieron cuenta de que
la seguridad del templo se estaba desmoronando sola y que
la apertura de la puerta era un regalo para el enemigo, e
interpretaron esto en sus propias mentes como una señal de la
desolación venidera".
Dicho sea de paso, un incidente similar ocurrió en 30 d.
C., cuando Cristo fue crucificado y el velo exterior del templo
- ¡de 24 pies de ancho y más de 80 pies de altura! - se rasgó de
arriba abajo (Mateo 27:50-54; Marcos 15:37-39; Lucas 23:44-47).
El Talmud (Yoma 39b) informa que, en 30 d. C., las puertas del
templo se abrieron solas, aparentemente debido al colapso del
dintel superior, una piedra que pesaba alrededor de 30
toneladas.
Los que no podían asistir a la fiesta regular de la Pascua
debían celebrarla un mes más tarde (Números 9:9-13). Josefo
informa una tercera gran maravilla que ocurrió al final de la
segunda Pascua en 66: "Se vio una aparición sobrenatural,
demasiado asombrosa para ser creída. Supongo que lo que ahora
voy a relatar sería menospreciado como imaginario, si no
hubiese sido presenciado por testigos y luego seguido desastres
subsiguientes que merecían ser señalados de esa manera.
Antes de la puesta del sol, se
vieron carruajes en el aire sobre todo el país, así como
batallones armados volando a través de las nubes y rodeando las
ciudades".
Una cuarta señal ocurrió dentro del templo al siguiente
gran día de fiesta, y fue presenciado por los veinticuatro
sacerdotes que estaban de turno: "En la fiesta llamada del
Pentecostés, cuando los sacerdotes habían entrado a los atrios
interiores del templo en la noche para desempeñar sus oficios
acostumbrados, declararon que oyeron, primero, de una violenta
conmoción y un violento estruendo, luego la voz como de una
hueste, que exclamaba: ¡Nos vamos de aquí!".
Hubo una quinta señal en los cielos aquel año: "Una
estrella que parecía una espada se puso sobre la ciudad, y un
cometa permaneció por un año entero". Como dice Josefo, era
obvio que Jerusalén "ya no era más la morada de Dios". Pero
Israel no se arrepintió de su maldad. Ciega a sus propios males
y a los crecientes juicios que se le venían encima, permaneció
firme en su apostasía, y siguió rechazando al Señor y en su
lugar aferrándose a sus falsos dioses.
¿Adoraban realmente los judíos a demonios e ídolos?
Ciertamente, al rechazar a Jesucristo, quedaron ineludiblemente
envueltos en la idolatría y se apartaron de la fe de Abraham y
sirvieron a dioses de su propia hechura. Además, la idolatría
judía no era ningún "teísmo" vago, indefinido, apóstata. Al
abandonar a Cristo, los judíos
de hecho se convirtieron en adoradores de César.
Josefo da testimonio elocuente de esto, pues escribe
repetidamente sobre la ira de Dios contra la apostasía de la
nación judía como la causa de sus males: "Estos hombres, pues,
pisotearon todas las leyes de los hombres y se rieron de las
leyes de Dios; y en cuanto a los oráculos de los profetas, los
ridiculizaron como si fuesen trucos de juglares; pero estos
profetas predijeron muchas cosas concernientes a las recompensas
de la virtud y los castigos del vicio, las cuales, cuando estos
zelotes las violaron, ocasionaron el cumplimiento de esas mismas
profecías pertenecientes a su propio país".
"Desde el principio del mundo,
ninguna
otra ciudad sufrió jamás
tales miserias, ni engendró jamás ninguna época una generación
más fructífera en maldad que ésta".
"Cuando la ciudad fue rodeada y [sus habitantes] ya no
pudieron recoger plantas, algunos fueron llevados a tan terrible
aflicción que iban a las cloacas comunes y los estercoleros del
ganado, y comían los excrementos que encontraban allí; y lo que
antes ni siquiera podían mirar, ahora lo usaban como alimento.
Tan pronto los romanos se enteraron de esto, se despertó su
compasión; pero los rebeldes, que lo vieron también,
no se arrepintieron,
sino que permitieron que la misma aflicción les sobreviniera a
ellos, pues estaban ciegos al destino que ya había caído sobre
la ciudad y sobre ellos también".
Dice Juan que los ídolos de Israel son "de oro, plata,
bronce, piedra y madera", una descripción bíblica estándar de
los materiales usados en la construcción de dioses falsos (véase
Salmos 115:4; 135:15; Isaías 37:19). De manera consistente, la
Biblia ridiculiza los ídolos de los hombres como obra de sus
manos, meros palos y piedras que no ven ni oyen ni andan. Esto
es un eco de la mofa que el salmista hace de los ídolos paganos:
Tienen boca, mas no hablan;
tienen ojos, mas no ven;
orejas tienen, mas no oyen;
tienen narices, mas no huelen;
manos tienen, mas no palpan;
tienen pies, mas no andan;
no hablan con su garganta.
Luego viene el tiro de gracia:
Semejantes a ellos son los que los hacen,
y cualquiera que confía en ellos.
(Salmos 115:5-8; véase 135:16-18).
Herbert Schlossberg ha llamado muy apropiadamente a esto
santificación a la inversa - un proceso por medio del
cual "el idólatra es transformado a semejanza del objeto de su
culto. Israel 'fue tras lo sin valor, y se convirtió en sin
valor' (Idols for Destruction,
p. 295). Como tronaba el profeta Oseas, los idólatras de Israel
"vinieron a ser tan detestables como aquéllo que amaban" (Osea
9:10; véase Jeremías 2:5).
La descripción que hace Juan de la idolatría de Israel
concuerda con la posición profética usual; pero su acusación es
una referencia aun más directa a la condena que Daniel hace de
Babilonia, específicamente en relación con su
adoración a dioses falsos con
los sagrados utensilios del templo. Daniel le dijo al rey
Belsasar: "Contra el Señor del cielo te has ensoberbecido, e
hiciste traer delante de ti los vasos de su casa, y tú y tus
grandes, tus mujeres y tus concubinas bebiste vino en ellos;
además de esto, diste alabanza a Dios de plata y oro, de bronce,
de hierro, de madera y de piedra, que ni ven, ni oyen, ni saben;
y al Dios en cuya mano está tu vida, y cuyos son todos tus
caminos, nunca honraste" (Daniel 5:23).
La implicación de Juan es clara: Israel se ha convertido
en una Babilonia, y ha cometido sacrilegio al adorar dioses
falsos con los tesoros del templo; como Babilonia, Israel ha
sido "pesado en la balanza y ha sido hallado falto"; como
Babilonia, Israel será conquistado y su reino entrará en
posesión de los gentiles (véase Daniel 5:25-31).
Finalmente, Juan resume los crímenes de Israel, todos los
cuales nacen de su
idolatría
(véase Romanos (véase Romanos 1:18-32). Esto condujo al
asesinato de Jesús y de los santos por Israel (Hechos 2:23, 36;
3:14-15; 4:26; 7:51-52, 58-60); sus
hechicerías (Hechos
8:9,11; 13:6-11; 19:13-15; véase Apocalipsis 18:23; 21:8;
22:15); sus fornicaciones,
una palabra que Juan usa doce veces para referirse a la
apostasía de Israel (Apocalipsis 2:14; 2:20; 2:21; 9:21; 14:8;
17:2 [dos veces]; 17:4; 18:3 [dos veces]; 18:9; 19.2); y sus
latrocinios, un crimen a menudo asociado en la Biblia a la
apostasía y la resultante opresión y persecución de los justos
(véase Isaías 61:8; Jeremías 7:9-10; ezequiel 22:29; Oseas
4:1-2; Marcos 11:17; Romanos 2:21; Santiago 5:1-6).
CONCLUSIÓN
Durante los últimos días, hasta la llegada de los romanos,
las trompetas habían sonado, advirtiendo a Israel que se
arrepintiese. Pero la alarma fue ignorada, y los judíos se
endurecieron en su impenitencia. La retirada de Cestio fue por
supuesto interpretada en el sentido de que las profecías de
Cristo sobre la destrucción de Jerusalén eran falsas: los
ejércitos del Éufrates habían llegado y rodeado Jerusalédn
(véase Lucas 21:20), pero la amenaza de "desolación" no se había
vuelto realidad. En lugar de eso, los romanos habían huido, con
las colas entre las piernas. Más y más confiados en la bendición
divina, los judíos se lanzaron atolondradamente a mayores actos
de rebeldía, sin darse cuenta de que fuerzas aun mayores más
allá del Éufrates se estaban preparando para el combate. Este
vez no habría retirada. Judea sería convertida en desierto, los
israelitas serían masacrados y esclavizados, y el templo sería
arrasado hasta el suelo, sin que quedase piedra sobre piedra.
CAPÍTULO 10
TODA LA CREACIÓN TOMA VENGANZA
La séptima trompeta era la señal de que "no habría más
demora" (véase Apocalipsis 10:6-7). El tiempo se había acabado;
la ira en su máxima expresión había llegado a Israel. Desde este
punto en adelante, Juan abandona el lenguaje y las imágenes de
de una mera advertencia. La destrucción de Jerusalén es segura,
así que el profeta se concentra por entero en el mensaje de su
inminente destrucción. Al describir el destino de la ciudad,
Juan extiende e intensifica las imágenes del éxodo que ya han
sido tan penetrantes durante toda la profecía. Juan habla de "la
gran ciudad" (16:19), recordándoles a sus lectores una
referencia anterior: "la gran ciudad, que espiritualmente se
llama Sodoma y Gomorra, donde también el Señor fue crucificado"
(11:18). A Jerusalén se le llama Sodoma a causa de su apostasía
sensual y lujuriosa (véase Ezequiel 16:49-50), y porque está
destinada a la total destrucción como un holocausto total
(Génesis 19:24-28; Deuteronomio 13:12-18). Pero las metáforas
más usuales de Juan en relación a la gran ciudad son tomadas del
patrón de Éxodo: Jerusalén es, no sólo Egipto, sino también los
otros enemigos de Israel. Juan ha mostrado al dragón egipcio
persiguiendo a la mujer en dirección al desierto (Apocalipsis
12); un Balac y un Balam redivivos tratando de destruir al
pueblo de Dios por medio de la guerra y la seducción que conduce
a la idolatría (Apocalipsis 13); los ejércitos sellados del
nuevo Israel reunidos en el Monte Sión para celebrar las fiestas
(Apocalipsis 14); y los santos de pie y triunfantes a orillas
del "Mar Muerto", cantando el cántico de Moisés (Apocalipsis
15). Ahora, en el capítulo 16, los siete juicios
correspondientes a las diez plagas de Egipto han de ser
derramados sobre la gran ciudad.
Hay también una marcada correspondencia entre estos juicios
de los cálices y los juicios de las trompetas del capítulo (1).
Debido a que las trompetas eran esencialmente advertencias, sólo
afectan una parte de la tierra; dentro de las copas, la
destrucción es total.
Cálices
- Sobre la tierra, ésta se convierte en pústulas (16:2).
- Sobre el mar, éste se convierte en sangre (16:3).
- Sobre los ríos y fuentes, éstos se convierten en sangre
(16:4-7).
- Sobre el sol, hacen que éste queme (16:8-9).
- Sobre el trono de la bestia, causando oscuridad
(16:10-11).
- Sobre el Éufrates, éste se seca para preparar el camino
para los reyes del oriente; la invasión de los demonios en forma
de ranas; Armagedón (16:12-16).
- Sobre el aire, causando tormentas, terremotos, y
granizo (16:17-21).
Trompetas
- Sobre la tierra: 1/3 de la tierra, los árboles, la
hierba quemada (8:7).
- Sobre el mar: 1/3 del mar se convierte en sangre; 1/3
de las criaturas del mar mueren, 1/3 de las naves son destruidas
(8:8-9).
- Sobre los ríos y las fuentes: 1/3 de las aguas se
convierten en ajenjo (8:8-11).
- Se oscurece 1/3 del sol, la luna y las estrellas
(8:12).
- Las langostas demoníacas atormentan a los hombres
(9:1-12).
- El ejército del Éufrates mata 1/3 de la humanidad
(9:13-21).
- Voces, tormenta, terremoto, granizo (11:15-19).
Plagas de Egipto
- Úlceras (sexta plaga; Éxodo 9:8-12).
- Las aguas se convierten en sangre (primera plaga: Éxodo
7:17-21).
- Las aguas se convierten en sangre (primera plaga: Éxodo
7:17-21).
- Oscuridad (novena plaga: Éxodo 10:21-23).
- Langostas (octava plaga: Éxodo 10:4-20).
- Invasión de ranas de los ríos (segunda plaga: Éxodo
8:2-4).
- Granizo (séptima plaga: Éxodo 9:18-26).
Una gran voz que sale desde el templo da la orden que
autoriza los juicios de llos cálices (Apocalipsis 16:1).
Nuevamente, Juan subraya un punto básico de su profecía: que
estas terribles plagas se originan tanto en Dios como en la
iglesia (véase 15:5-8). Estos son juicios de Dios en respuesta a
las oraciones de sus santos.
He llamado a estos siete recipientes
cálices
(más bien que
copas
[KJV] o
fuentes [NASVD] para subrayar su naturaleza como
"sacramentos negativos". Desde una perspectiva, la sustancia de
los cálices (la ira de Dios, que es "pura", véase 14:10) parece
ser fuego, y en consecuencia, varios comentaristas han
considerado estos recipients como incensarios (como en 5:8;
véase 8:3-5). Pero los impíos son condenados en 14:10 a "beber
del vino de la ira de Dios, que es echado puro en el cáliz de su
ira"; y, cuando las plagas se derraman, el "ángel de las aguas"
se alegra de lo apropiado de la justicia de Dios: "Porque ellos
derramaron la sangre de los santos y los profetas, y tú ls has
dado a beber sangre" (16:6). Algunos versículos más adelante,
Juan vuelve a la imagen de "el cáliz del vino del ardor de su
ira" (16:19). Lo que está sirviendo de modelo en el cielo para
instrucción de la iglesia en la tierra es la excomunión final
del Israel apóstata, cuando la comunión del cuerpo y la sangre
del Señor le sea por fin negada. Los pastores-ángeles, a los que
se les han confiado las sanciones sacramentales del nuevo pacto,
son enviados desde el mismo templo celestial, y desde el trono
de Dios, para que derramen sobre ella la sangre del pacto. Jesús
advirtió a los rebeldes de Israel que Él les enviaría sus
mártires para que fuesen muertos, "para que caiga sobre vosotros
toda la sangre justa derramada en la tierra, desde la sangre del
justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a
quien matásteis entre el templo y el altar. De cierto os digo,
que todas estas cosas vendrán sobre esta generación" (Mateo
23:35-36). Beber sangre es inevitable: o los ministros del nuevo
pacto nos la sirven en la eucaristía, o la derramarán de sus
cálices sobre nuestras cabezas.
En consecuencia, siete ángeles salen del templo (véase
15:1) y se les dice que viertan los cálices de la ira de Dios:
la Septuaginta usa este verbo
(ekcheo) en las instrucciones para los sacerdotes para
que derramen la sangre del holocausto alrededor de la base del
altar (véase Levítico 4:7, 12, 18, 25, 30, 34; 8:15; 9:9). El
término está usado en Ezequiel para referirse a la fornicación
del Israel apóstata con los paganos (Ezequiel 16:36; 23:8), o su
derramamiento de sangre inocente por medio de la opresión y la
idolatría (Ezequiel 22:3-4, 6, 9, 12, 27), y la amenaza de Dios
de derramar su ira sobre Israel (Ezequiel 14:19; 20:8, 13, 21;
21:31; 22:27). En el Nuevo Testamento, se usa de manera similar
en contextos paralelos con temas principales en Apocalipsis: el
derramamiento del vino (Mateo 9:17; Marcos 2:22; Lucas 5:37), el
derramamiento de la sangre de los mártires (Mateo 23:35; Lucas
11:50; Hechos 22:20; Romanos 3:15, y el derramamiento del
Espíritu Santo (Hechos 2:17-18, 33; 10:45; Romanos 5:5; Tito
3:6; véase Joel 2:28-29; Zacarías 12:10).
Todas estas diferentes asociaciones están en el trasfondo
de este derramamiento de plagas sobre la tierra que ha derramado
la sangre de Cristo y de sus testigos, la gente que resistió y
rechazó el Espíritu. Los antiguos odres de Israel están a punto
de reventar.
EL PRIMER CÁLIZ
Al derramar el primer ángel su cáliz sobre la tierra
(Apocalipsis 16:2), "vino una úlcera maligna y pestilente sobre
los hombres que tenían la marca de la bestia, y que adoraban su
imagen". La úlceras son una retribución apropiada para la
apostasía, y el hecho de que Dios ponga el sello de su ira sobre
los que llevan la marca de la bestia. Así como Dios había
derramado úlceras sobre los impíos egipcios que rendían culto al
estado, que persiguieron a su pueblo (Éxodo 9:8-11), así también
stá enviando plagas sobre estos adoradores de la bestia en la
tierra de Israel - el pueblo del pacto que ahora se han
convertido en perseguidores de la iglesia, semejantes a Egipto.
Esta plaga es mencionada específicamente por Moisés en su lista
de las maldiciones del pacto por idolatría y apostasía: "Jehová
te herirá con la úlcera de Egipto, con tumores, con sarna, y con
comezón de que no puedas ser curado. ... Jehová te herirá con
maligna pústula en las rodillas y en las piernas, desde la
planta de tu pie hasta tu coronilla, sin que puedas ser curado"
(Deuteronomio 28:27, 35).
EL SEGUNDO CÁLIZ
El segundo ángel derrama su cáliz en el mar (apocalipsis
16:3), y se convierte en sangre, como en la primera plaga de
Egipto (Ëxodo 7:17-21) y la segunda trompeta (Apocalipsis
8:8-9). Sin embargo, esta vez la sangre no corre en arroyos,
sino que es como la sangre de un muerto: tiene grumos, está
coagulada, y putrefacta. La sangre se menciona cuatro veces en
este capítulo; cubre la faz de Israel, derramándose sobre los
cuatro rincones de la tierra.
Aunque el significado principal de esta plaga es simbólico,
pues se refiere a la impureza del contacto con la sangre y la
muerte (véase Levítico 7:26-27; 15:19-33; 17:10-16; 21:1;
Números 5:2; 14:11-19), existen estrechos paralelos con los
eventos reales de la gran tribulación. En una ocasión, miles de
rebeldes judíos huyeron hacia el mar de Galilea de la matanza de
Tariquea por parte de los romanos. Haciéndose a la mar sobre el
lago en pequeños y frágiles botes, pronto fueron perseguidos y
alcanzados por las resistentes balsas de las fuerzas superiores
de Vespasiano. Entonces, como cuenta Josefo, fueron masacrados
sin misericordia: "Los judíos no podían, ni escapar hacia tierra
firme, donde todos estaban en armas contra ellos, ni presentar
batalla naval en igualdad de términos. ... Les sobrevino el
desastre, y fueron enviados al fondo, con botes y todo. Algunos
trataron de salir a flote, pero los romanos les alcanzaron con
sus lanzas, matando a otros al saltar sobre las barcas y
atravesando a los ocupantes con sus espadas; algunas veces, al
acercarse las balsas, los judíos eran atrapados en medio y
capturados junto con sus botes. Si algunos de los que se habían
lanzado al agua salían a la superficie, pronto eran despachados
con una flecha, o una balsa leds alcanzaba; si, en su
desesperación, intentaban subir a bordo de las balsas del
enemigo, los romanos les cortaban las cabezas o las manos. Así
que estos miserables morían en todas partes en incontables
números y de todas las maneras posibles, hasta que los
sobrevivientes eran derrotados y empujados hacia la orilla, sus
barcas rodeadas por el enemigo. Al lanzarse sobre ellos, muchos
eran alanceados mientras todavía estaban en el agua; muchos
saltaban a la orilla, donde eran muertos por los romanos.
"Se podía ver el lago
entero manchado de sangre y atestado de cadáveres, porque
ni uno solo escapó. Durante los días que siguieron, un horrible
hedor flotaba sobre la región, la cual presentaba un espectáculo
igualmente horrendo. Las playas estaban llenas de escombros y
cuerpos hinchados, los cuales, calientes y pegajosos por la
descomposición, hacían el aire tan fétido que la catástrofe que
sumergió a los judíos en el luto era repugnante aun para los que
lo la habían causado"
(The Jewish
War, iii, x. 9).
EL TERCER CÁLIZ
La plaga del tercer cáliz (Apocalipsis 16:4-7) se parece
más directamente a la primera plaga de Egipto (y a la tercera
trompeta: véase 8:10-11), pues afecta "los ríos y las fuentes de
las aguas", convirtiendo en sangre toda el agua de beber. El
agua es símbolo de vida y bendición durante toda la Escritura,
comenzando desde la historia de la creación y el jardín de Edén.
En esta plaga, las bendiciones del paraíso son invertidas y
convertidas en pesadilla; lo que una vez fue puro y limpio se
convierte en contaminado y corrompido por la apostasía.
El "ángel de las aguas" responde a esta maldición alabando
a Dios por su justo juicio: "Justo eres tú, que eres y que eras,
el Santo, porque juzgaste estas cosas". No debemos avergonzarnos
de un pasaje como éste. La Biblia entera está escrita desde la
perspectiva del personalismo
cósmico - la doctrina de que Dios, que es personalidad
absoluta, está constantemente activo a través de su creación,
haciendo que todas las cosas ocurran inmediatemente por su poder
y mediatamente por medio de sus siervos angélicos. No existe tal
cosa como "ley natural";
sería mejor que hablásemos de los "hábitos
de pacto de Dios", o el orden
habitual que Dios impone a su creación a través de las acciones
de sus ángeles. Nuestras ciencias no son otra cosa que el
estudio de los patrones habituales de la actividad personal de
Dios y sus mensajeros celestiales.
De hecho, esto es precisamente lo que garantiza la validez
y la confiabilidad tanto de la investigación científica como de
la oración. Por una parte, los ángeles de Dios tienen
hábitos - una danza
cósmica, una liturgia que envuelve cada uno de los aspectos del
universo entero, en los cuales puede confiarse en todas las
actividades tecnológicas del hombre, mientras ejerce dominio en
el mundo bajo la autoridad de Dios. Por otra parte, los ángeles
de Dios son seres personales, llevando a cabo sus órdenes
constantemente; en respuesta a nuestras peticiones, Dios puede
ordenar a los ángeles que cambien la danza, y lo hace.
Hay, pues, un "ángel de las aguas"; y él, junto con toda la
creación personal de Dios, se regocija en el justo gobierno del
mundo. La estricta justicia de Dios, resumida en el principio de
ojo por ojo (Éxodo 21:23-25), queda evidenciada en este juicio,
porque el castigo se ajusta al crimen: "Derramaron la sangre de
los santos y los profetas", exclama el ángel de las aguas, "y
les has dado a beber sangre". Como hemos visto, el crimen
característico de Israel fue siempre el asesinato de los
profetas (véase 2 Crónicas 36:15-16; Lucas 13:33-34; Hechos
7:52). Jesús llamó a este hecho la razón específica de por qué
la sangre de los justos sería derramada en el juicio sobre
aquella generación (Mateo 23:31-36).
El ángel de las aguas concluye con una afirmación
interesante: por haber los apóstatas derramado sangre, "ellos
son dignos".
Este es un paralelo deliberado con el mensaje del cántico nuevo
en Apocalipsis 5:9: "Digno eres de tomar el libro y abrir su
sello; porque fuiste muerto, y nos compraste para Dios con tu
sangre". Así como el Cordero recibe su recompensa sobre la base
de la sangre que derramó, así también estos perseguidores han
recibido la justa recompensa por su derramamiento de sangre.
Dios había prometido una vez al Israel oprimido que haría a
los enemigos de su pueblo según sus malas obras:
Y a los que te despojaron haré comer sus propias carnes, y
con su sangre serán embriagados como con vino; y conocerá todo
hombre que yo Jehová soy Salvador tuyo y Redentor tuyo, el
Fuerte de Jacob (Isaías 49:26).
La apostasía de Israel ha invertido esto: ahora es él, el
perseguidor por excelencia, el que será obligado a beber su
propia sangre y devorar su propia carne. Esto fue cierto en
mucho más que en un sentido figurado: como Dios había predicho
por medio de Moisés (Deuteronomio 28:53-57), durante el sitio de
Jerusalén, los israelitas de hecho se convirtieron en caníbales;
las madres se comieron literalmente a sus propios hijos. Puesto
que ellos derramaron la sangre de los santos, Dios les da a
beber su propia sangre (véase Apocalipsis 17:6; 18:24).
Uniéndose al ángel en alabanza viene la voz del altar
mismo, donde la sangre de los santos y los profetas había sido
derramada. El altar se regocija: "¡Sí, Señor Dios Todopoderoso,
justos y verdaderos son tus juicios!". Los santos reunidos al
pie de la base del altar habían clamado por justicia, pidindo
venganza de sus opresores (Apocalipsis 6;9-11). En la
destrucción de Israel, esa oración es contestada; los testigos
son vindicados. Es más que una coincidencia que estas oraciones
en Apocalipsis 16:5-7 (junto con el texto del cántico de Moisés
en Apocalipsis 15:3-4) sean notablemente similares al cántico
cantado por los sacerdotes just antes de ofrecer los
sacrificios. Irónicamente - así como Dios mismo se está
preparando para el holocausto total en 70 d. C. - los mismos
ángeles del cielo cantaban la liturgia del propio Israel contra
él.
EL CUARTO CÁLIZ
Ahora el cuarto ángel Apocalipsis 16:8-9) derrama su cáliz
sobre el sol, abrasando a los hombres con fuego. Mientras que la
cuarta trompeta resultó en una plaga de oscuridad (8:12), ahora
el calor del sol aumenta, de modo que los hombres son "abrasados
con gran fuego". Esto también es una inversión de la bendición
básica del pacto que estaba presente en Éxodo, cuando Israel fue
protegido del calor del sol por la nube de gloria, la sombra del
Todopoderoso (Éxodo 13:21-22; véase 91:1-6). Esta promesa se
repite una y otra vez a través de todos los profetas:
Jehová es tu guardador; Jehová es tu sombra a tu mano
derecha. El sol no te fatigará de día, ni la luna de noche.
Jehová te guardará de todo mal; Él guardará tu alma" (Salmos
121:5-7).
No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los
afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará,
y los conducirá a manantiales de aguas (Isaías 49:10).
Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es
Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas,
que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando
viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de
sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jeremías 17:7-8).
Y el que está sentado sobre el trono extenderá su
tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol
no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que
está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes
de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de
ellos (Apocalipsis 7:15-17).
A través de todo el libro de Apocalipsis, Juan a menudo usa
la voz pasiva (como en la expresión
le fue dado) para
indicar el control soberano de los acontecimientos por parte de
Dios. Nuevamente, subraya la soberanía de Dios al decirnos que
le fue dado
al sol que abrasase a los hombres; y en la línea siguiente, es
aun más explícito: "Dios ... tiene poder sobre estas plagas".
Juan no sabe nada de un "Dios" que se sienta indefenso en el
banquillo, viendo pasar el mundo; ni reconoce a un "Dios" que es
demasiado amable para enviar juicios sobre los impíos. Juan sabe
que las plagas que caen sobre Israel son "las obras de Jehová,
que ha puesto asolamientos en la tierra" (Salmos 46:8).
En su libro sobre la Trinidad, Agustín subraya el mismo
punto: "La creación entera es gobernada por el Creador, por
quien y en quien fue fundada y establecida. Por eso, la voluntad
de Dios es la primera y suprema causa de todas las apariciones y
todos los movimientos corporales. Porque nada sucede en la
esfera visible y sensible que no sea ordenado o permitido desde
el tribunal interior, invisible e inteligible del emperador
altísimo, en esta vasta e ilimitada comunidad de toda la
creación, de acuerdo con la inexpresable justicia de sus
recompensas y castigos, gracias y retribuciones".
Pero los apóstatas rehusaron someterse al señorío de Dios
sobre ellos. Como la bestia de Roma, cuya cabeza estaba coronada
por "nombres de blasfemia" (13:1) y cuya imagen adoraban, los
hombres blasfemaron el nombre de Dios, que tiene poder sobre
estas plagas. Y, como el Faraón impenitente (véase Éxodo 7:13,
23; 8:15, 19, 32; 9:7, 12, 34-35; 10:20, 27; 11:10; 14:8), "no
se arrepintieron para darle gloria". Israel se había convertido
en un Egipto, endureciendo su corazón; y, como Egipto, sería
destruido completamente.
(1) Sin embargo, la correspondencia no es exacta; y
característicamente, Russell llega demasiado lejos cuando,
después de una comparación superficial, declara categóricamente:
"Esto no puede ser mera coincidencia casual: es identidad, y
sugiere la pregunta: ¿Por qué razón se repite aquí la visión? J.
Stuart Russell, The Parousia:
A Critical Inquiry Into the New Testament Doctrine of Our Lord´s
Second Coming (Grand Rapids: baker Book House, [1887]
1983), p. 476.
CAPÍTULO 11
¡CONSUMADO ES!
Los objetivos simbólico de los primeros cuatro cálices eran
los elementos de la creación física: la tierra, el mar, las
aguas, y el sol. Con los tres últimos cálices, las consecuencias
del ataque de los ángeles son de naturaleza más "política": el
trastorno del reino de la bestia; la guerra del gran día de
Dios; y la caída de "Babilonia".
EL QUINTO CÁLIZ
Aunque la mayoría de los juicios durante el Apocalipsis
apuntan específicamente al Israel apóstata, los paganos que se
unen a Israel contra la iglesia caen bajo condenación también.
En realidad, la misma gran tribulación demostraría ser "la hora
de prueba, esa hora que ha de venir sobre el mundo entero, para
probar a los que moran en la tierra" (3:10). El quinto ángel
(Apocalipsis 16:10-11), pues, derrama su cáliz "sobre el trono
de la bestia"; y aun mientras el calor del sol abras a a los
que adoran a la bestia, las luces se apagan para este reino, y
se oscurece - lo cual, como vimos en nuestro estudio de Mateo
24, es un símbolo bíblico estándar para el tumulto político y la
caida de gobernantes (véase Isaías 13:9-10; Amós 8:9: Ezequiel
32:7-8). El significado principal de esta plaga es todavía el
juicio sobre Israel porque (en términos del mensaje de
Apocalipsis) Israel era el "trono" y el "reino" de la bestia.
Además, como veremos, el pueblo que sufre a causa del primer
cáliz sed identifica con el sufrimiento del primer cáliz
también, que fue derramado sobre la tierra, sobre los israelitas
adoradores de la bestia (Apocalipsis 16:2).
Sin embargo, también es probable que este juicio
corresponda parcialmente a guerras, revoluciones, disturbios y
"convulsiones mundiales" que sacudieron el imperio después de
que Nerón se suicidó en junio de 68. El gran erudito del siglo
diecinueve, F. W. Farrar, escribió en relación con esto acerca
de "los horrores infligidos sobre Roma durante las guerras
civiles y los romanos por los gobernadores de provincia - ya
smbolizados por los cuernos de la bestia salvaje, y
caracterizados aquí como reyes todavía sin reinos. Los tales
fueron Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano. Vespasiano y Muciano
planearon deliberadamente matar de hambre al populacho romano; y
en la feroz lucha de los vitelianos contra Sabino y Domiciano, y
la matanza que siguió, ocurrió un incidente que sonó
portentosamente en los oídos de todo romano - el incendio que
arrasó hasta los cimientos el templo de Júpiter Capitolino el 19
de diciembre de 69 d. C. No fue la menor de las señales de los
tiempos que el espacio de un año vio envueltos en llamas los dos
santuarios más venerados del mundo antiguo - el templo de
Jerusalén y el templo del gran dios latino"
(The Early ays of Christianity,
pp. 555s).
Un pasaje de Tácito, el historiador romano, da alguna idea
de las condiciones caóticas en la ciudad capital: "Cerca de la
lucha permanecía el pueblo de Roma como el auditorio de un
espectáculo, animando y aplaudiendo a este lado o a aquél por
turno, como si esto fuese un combate de mentiras en la arena.
Cada vez que un lado cedía, los hombres se escondían en negocios
o se refugiaban en alguna casa grande. Luego eran llevados fuera
a rastras y asesinados a instancias de la turba, que se
apoderaba de la mayor parte del botín, porque los soldados
estaban concentrados en el derramamiento de sangre y la matanza,
y el botín le tocaba a la turba.
"La ciudad entera presentaba una terrible caricatura de su
naturaleza normal: lucha y bajas en un punto, baños y
restaurantes en otro; aquí el derramamiento de sangre y los
cadáveres dispersos por doquier, cerca las prostitutas y gente
como ellas - todo el vicio asociado con una vida de ocio y
placer, todas las terribles obras típicas de una plebe sin
piedad. Todo esto estaba tan íntimamemte ligado que un
observador habría pensado que Roma estaba en las garras de una
orgía simultánea de violencia y disipación. Había habido
ocasiones en el pasado cuando ejércitos habían luchado dentro de
la ciudad, dos veces cuando Lucio Sulla obtuvo el control, y una
vez bajo Cinna. No menor crueldad había sido exhibida entonces,
pero ahora había una brutal indiferencia, y ni siquiera una
momentánea interrupción en la búsqueda del placer. Como si esto
fuese un entretenimiento más en la temporada festiva, se
refocilaban con los horrores y sacaban provecho de ellos, sin
importarles qué lado ganaba y glorificándose en las calamidades
del estado" (The Histories,
iii. 83).
Nuevamente Juan llama la atención a la impenitencia de los
apóstatas. La reacción de ellos al juicio de Dios es sólo una
mayor rebelión - pero su rebelión se está volviendo más
impotente: "Se mordieron las lenguas a causa del dolor, y
blasfemaron al Dios del cielo a causa de sus dolores y sus
úlceras; y no se arrepintieron para dar gloria a Dios". Una
marca distintiva de las plagas de los cálices es que lledgan
todas a la vez, sin "respiro" entre ellas. Las plagas son lo
bastante malas cuando llegan una por una, como en los juicios
sobre Egipto. Pero esta gente todavía se está mordiendo la
lengua y blasfemando contra Dios a causa de sus úlceras - las
que vinieron sobre ellos cuando el primer cáliz fue derramado.
Los juicios están siendo derramados tan rápidamente que cada
plaga sucesiva encuentra a la gente sufriendo todavía por todas
las anteriores. Y a causa de que su carácter no ha sido
transformado, no se arrepienten. La idea de que el mucho
sufrimiento produce piedad es un mito. Sólo la gracia de Dios
puede hacer volver al impío de su rebelión; pero Israel ha
resistido al Espíritu, para su propia destrucción.
EL SEXTO CÁLIZ
Correspondiendo a la sexta trompeta (Apocalipsis 9:13-21),
el sexto cáliz es derramado "sobre el gran río, el Éufrates; y
su agua se secó, para preparar el camino para los reyes del
oriente" (Apocalipsis 16:12). Como vimos antes, el río Éufrates
era la frontera del norte de Israel, desde donde vendrían los
ejércitos invasores para asolar y oprimir al pueblo del pacto.
La imagen del Éufrates secándose para un ejército conquistador
está tomada, en parte, de una estratagema de Ciro el persa, que
conquistó a Babilonia al desviar temporalmente el Éufrates de su
curso, permitiendo que su ejército marchase lecho arriba del río
y entrase en la ciudad, tomándola por sorpresa. Por supuesto, la
idea más básica es el secamiento del Mar Rojo (Éxodo 14:21-22) y
el río Jordán (Josué 3:9-17; 4:22-24) para el victorioso pueblo
de Dios. Nuevamente está allí la nota subyacente de trágica
ironía: Israel se ha convertido en la nueva Babilonia, una
enemiga de Dios que debe ser conquistada por un nuevo Ciro, al
ser el verdadero pueblo del pacto liberado milagrosamente y
llevado a su herencia. Por supuesto, la llegada de los ejércitos
del Éufrates representa el sitio final de Jerusalén por los
ejércitos de Tito; y es ciertamente más que coincidencia que
miles de estos soldados vinieran en realidad del Éufrates.
En los versículos 13-14 de Apocalipsis 16, Juan registra la
aparición de tres espíritus inmundos que salen de la boca del
dragón, la bestia, y el falso profeta (la "bestia terrestre" o
la dirigencia de Israel, de la cual se habla en Apocalipsis
13:11; véase 19:20), Aquí se establece un nexo con la segunda
plaga de Egipto, porque la multitud de ranas que infestaron a
Egipto venían del río (Éxodo 8:1-7). Juan ha combinado estas
imágenes en estos versículos: primero, una invasión desde un río
(v. 12); segundo, una plaga de ranas (en las leyes dietéticas
del pacto antiguo, las ranas eran inmundas: Levítico 11:9-12,
41-47). Tercero, estas "ranas" son en realidad espíritus de
demonios, que hacen señales para engañar a la humanidad. Hay un
énfasis múltiple en el dragón (imitado por sus cohortes) que
arroja cosas por la boca (véase Apocalipsis 12:15-16; 13:5-6;
contrástese con 1:16; 11:5; 19:15, 21); y la triple repetición
de boca sirve aquí como
otro punto de contacto con la sexta trompeta (9:17-19).
Estos espíritus inmundos del diablo, el gobierno romano, y
los dirigentes de Israel salen a los reyes del mundo entero
(véase Salmos 2) para reunirlos para la batalla del gran día de
Dios. Por medio de falsas profecías y obras milagrosas, incitan
a los ejércitos del mundo a que se unan en la guerra contra
Dios. De lo que no se dan cuenta es que la batalla es del Señor,
y que los ejércitos están siendo traídos para cumplir los
propósitos de Dios, no los de ellos. Es Dios quien prepara el
camino para esos ejércitos, hasta secando el Éufrates para que
pasen.
El profeta Miqueas presenta un mensaje muy similar al
malvado rey Acab de Israel, explicando por qué Acab sería muerto
en combate contra los arameos:
Vi a Jehová sentado en su trono, y todo el ejército de los
cielos estaba junto a él, a su derecha y a su izquierda. Y
Jehová dijo: ¿Quién inducirá a Acab para que suba y caiga en
Ramot de Galaad? Y uno decía de una manera y otro decía de otra.
Y salió un espíritu y se puso delante de Jehová, y dijo: Yo le
induciré. Y Jehová le dijo: ¿De qué manera? Y él dijo: Yo
saldré, y seré espíritu de mentira en boca de todos sus
profetas. Y él dijo: Le inducirás, y aun lo conseguirás; ve,
pues, y hazlo así (1 Reyes 22:19-22).
Esto encuentra eco en la profecía de Pablo a los
tesalonicenses:
Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo
que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea
quitado de en medio. Y entonces se manifestará aquel inicuo, a
quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá
con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por
obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios
mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se
pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser
salvos. Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que
crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no
creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia
(2 Tesalonicenses 2:7-12).
Y finalmente, la "obra de error" llevada a cabo por estos
espíritus mentirosos es enviada por Dios para causar la
destrucción de sus enemigos en la guerra del "gran día de Dios",
un término bíblico para designar el día del juicio, de calamidad
para los impíos (véase Isaías 13:6, 9; Joel 2:1-2, 11, 31; Amós
5:18-20; Sofonías 1:14-18). Específicamente, éste debe ser el
día de la condena y la ejecución de Israel; el día, como predijo
Jesús en su parábola, en que el Rey enviaría sus ejércitos a
destruir a los asesinos e incendiarles la ciudad (Mateo 22:7).
Juan subraya este punto nuevamente al referirse al Señor como
Dios
Todopoderoso, la traducción griega de la expresión hebrea
Dios de los ejércitos,
el Señor de los ejércitos del cielo y la tierra (véase 1:8). Los
ejércitos que vienen a causar la destrucción de Israel -
cualquiera que sea su motivo - son los ejércitos de Dios,
enviados por Él (aunque sea por medio de "espíritus mentirosos",
si es necesario) para cumplir sus propósitos, para su gloria.
Los perversos demonios a manera de ranas hacen sus falsas
maravillas y obras de error porque el ángel de Dios derramó su
cáliz de la ira.
La narración es interrumpida súbitamente por la declaración
de Jesús en el versículo 15: He aquí, vengo como
ladrón.
Este es el tema central del libro de Apocalipsis, resumiendo las
advertencias de Cristo a las iglesias en las siete cartas (véase
Apocalipsis 2:5, 16, 25; 3:3, 11). La llegada de los ejércitos
romanos será, en realidad, la venida de Cristo en ira terrible
contra sus enemigos, los que le han traicionado y matadoa sus
testigos. La redacción específica y las imágenes parecen estar
basadas en la carta a la iglesia de Sardis: "Vendré como ladrón,
y no sabrás a qué hora vendré sobre ti" (Apocalipsis 3:3; véase
Mateo 24:42-44; Lucas 12:35-40; 1 Tesalonicenses 5:1-11).
La misma carta a Sardis también dice: "Sé vigilante, y
afirma las otras cosas que están para morir; porque no he
hallado tus obras perfectas delante de Dios. ... Pero tienes
unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras
blancas, porque son dignas. El que venciere será vestido de
vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida,
y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus
ángeles" (Apocalipsis 3:2, 4, 5). De manera similar, el texto
del sexto cáliz continúa: "Bienaventurado el que vela, y guarda
sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza" (véase
Apocalipsis 3:18, en la carta a Laodicea: "Yo te aconsejo que de
mí compres ... vestiduras
blancas para vestirte y que no se descubra la vergüenza de tu
desnudez".
El simbolismo de esto está basado en el castigo para los
guardias del templo que se quedaban dormidos en su puesto: la
ropase les confiscaba y se les quemaba Cristo está reprendiendo
a los guardianes de Israel por su pereza espiritual,
advirtiéndoles que están a punto de ser expulsados de su oficio
cuando Él venga en juicio. Se quedaron dormidos, y ahora es
demasiado tarde - el templo va a ser atacado y destruido. El
juicio y la destrucción se acercan rápidamente; no hay tiempo
que perder, y las iglesias deben estar despiertas y alertas.
Juan reanuda el relato nuevamente en el versículo 16: los
demonios reúnen a los reyes de la tierra "en el lugar que en
hebreo se llama Armagedón". Literalmente, esta palabra se
escribe Har-Magedon,
que significa Monte de Megido.
Aquí surge un problema para los "literalistas", ¡porque Megido
es una ciudad en una llanura - no un monte!
Nunca hubo
y nunca habrá una "batalla de Armagedón" literal, porque
tal lugar no existe. El monte más cercano es el monte Carmelo. y
se supone que esto es lo que Juan tenía en mente. ¿Por qué no
dijo simplemente "Monte Carmelo"? Probablemente porque quería
poner juntas ambas ideas - Carmel a causa de su asociación con
la derrota de los falsos profetas de Jezabel, y Megido porque
fue el escenario de varios enfrentamientos militares importantes
en la historia bíblica. Megido se menciona entre las conquistas
de Josué (Josué 12:21), y es especialmente importante como el
lugar en que Débora derrotó a los reyes de Canaán (Jueces 5:19).
El rey Azías de Judá, el perverso nieto del rey Acab de Israel,
murió en Megido (2 Reyes 9:27). Quizás el incidente más
significativo que tuvo lugar allí, en términos de las imágenes
de Juan, fue la confrontación entre el rfey Josías de Judá y el
faraón egipcio Necao. Desobedeciendo deliberadamente la palabra
de Dios, Josías se enfrentó a Necao en Megido y fue mortalmente
herido (2 Crónicas 35:20-25). Después de la muerte de Josías, la
espiral descendente de Judá en la apostasía, destrucción, y
esclavitud fue rápida e irrevocable (2 Crónicas 36). Los judíos
lamentaron la muerte de Josías, aun hasta los tiempos de Esdras
(véase 2 Crónicas 35:25), y el profeta Zacarías usa esto como
una imagen del lamento de Israel por la muerte del Mesías.
Después de prometer "destruir a todas las naciones que vienen a
Jerusalén" (Zacarías 12:9), Dios dice:
Y derramaré sobre la casa de David y sobre los moradores de
Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y llorarán como se
llora por hijo unigénito, afligiéndose `pr él como se aflige por
el primogénito. En aquel día habrá gran llanto en Jerusalén,
como el llanto de Hadad-rimón en el valle de Meguido. Y la
tierra lamentará cada linaje aparte. ... (Zacarías 12:10-12).
Luego esto es seguido por la declaración de Dios de que Él
quitará de Israel los ídolos, los falsos profetas, y los
espíritus malos (Zacarías 13), y que traerá ejércistos hostiles
para que sitien Jerusalén (Zacarías 14).
"Megido", pues, era para Juan un símbolo de derrota y
desolación, un "Waterloo" que significaba la derrota de los que
se oponen a Dios, que obedecen a los falsos profetas en vez de
obedecer a los verdaderos.
EL SÉPTIMO CÁLIZ
Finalmente, el séptimo ángel derrama su cáliz
sobre el aire para
producir los relámpagos y los truenos (v. 18) y el granizo (v.
21). Nuevamente, sale una voz "desde el templo en el cielo,
desde el trono", significando el control y la aprobación de
Dios. Juan ya ha anunciado que estas siete plagas de cálices
habrían de ser "la sa últimas, porque en ellas se ha consumado
la ira de Dios" (Apocalipsis 15:1); en consecuencia, con el
séptimo cáliz la voz proclama:
¡Consumado
es! (véase Juan 19:30; Apocalipsis 21:6).
Nuevamente, Juan registra los fenómenos asociados con el
día del Señor y la actividad relacionada con la hechura del
pacto de la nube de gloria: destellos de relámpagos, retumbos de
truenos, voces, y "un gran terremoto" (Apocalipsis 16:18). Siete
veces en Apocalipsis menciona Juan un terremoto (6:12; 8:5;
11:13 [dos veces]), haciendo énfasis en sus dimensiones de
pacto. Cristo vino a traer el
terremoto definitivo, el gran terremoto cósmico del nuevo pacto:
"como no lo ha habido desde que los hombres llegaron a la
tierra, un terremoto tan poderoso y tan grande" (véase Mateo
24:21; Éxodo 9:18, 24; Daniel 12:1; Joel 2:1, 2).
Éste era también el mensaje del escritor para los hebreos.
Comparando el pacto hecho en Sinaí con la llegada del nuevo
pacto (que sería establecido a la destrucción del templo y
después de que había pasado el pacto antiguo), Juan anuncia que
"los cielos y la tierra" de la economía mosaica estaban pasando,
habiendo sido reemplazados por el reino eterno de Cristo:
Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon
aquéllos que desecharon al que los amonestaba en la tierra,
mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los
cielos. La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora
ha prometido diciendo: Aún una
vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo
[Hageo 2:6]. Y esta frase: Aún una vez, indica la
remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que
queden las inconmovibles. Así que, recibiendo nosotros un reino
inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios
agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego
consumidor (Hebreos 12:25-29).
Juan ha dejado claro que "la gran ciudad" es la la antigua
Jerusalén, donde el Señor fue crucificado (Apocalipsis 11:8;
véase 14:8); siendo el propósito original que fuese "la luz del
mundo, una ciudad asentada sobre un monte", ahora es una asesina
apóstata, condenada a perecer. Bajo el juicio del séptimo cáliz,
ella debe ser "dividida en tres partes" (Apocalipsis 16:19).
Esta imagen ha sido tomada del capítulo cinco de Ezequiel, donde
Dios instruye al profeta para que represente un drama que
simboliza la venidera destrucción de Jerusalén. Ezequiel debía
rapar su cabeza con una espada afilada y luego dividir el
cabello cuidadosamente en tres partes:
Una tercera parte quemarás a fuego en medio de la ciudad.
... una tercera parte esparcirás al viento; y yo desenvainaré
espada en pos de ellos. Tomarás también de allí unos pocos en
número, y los atarás en la falda de tu manto. Y tomarás otra vez
de ellos, y los echarás en medio del fuego, y en el fuego los
quemarás; de allí saldrá el fuego a toda la casa de Israel. Así
ha dicho Jehová el Señor: Esta es Jerusalén; la puse en medio de
las naciones y de las tierras alrededor de ella. Y ella cambió
mis decretos y mis ordenanzas en impiedad más que las naciones,
y más que las tierras que están alrededor de ella; porque
desecharon mis decretos y mis mandamientos, y no anduvieron en
ellos. Por tanto, así ha dicho Jehová: ¿Por haberos multiplicado
más que las naciones que están alrededor de vosotros, no habéis
andado en mis mandamientos, ni habéis guardado mis leyes? Ni aun
según las leyes de las naciones que están alrededor de vosotros
habéis andado. Así, pues, ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo
estoy contra ti; sí, yo, y haré juicios en medio de ti ante los
ojos de las naciones. Y haré en ti lo que nunca hice, ni jamás
haré cosa semejante, a causa de de todas tus abominaciones. Por
eso los padres comerán a los hijos en medio de ti, y los hijos
comerán a sus padres; y haré en ti juicios, y esparciré a todos
los vientos todo lo que quedare de ti. Por tanto, vivo yo, dice
Jehová el Señor, ciertamente por haber profanado mi santuario
con todas tus abominaciones, te quebrantaré yo también; mi ojo
no perdonará, ni tampoco tendré yo misericordia. Una tercera
parte de ti morirá depestilencia y será consumida de hambre en
medio de ti; y una tercera parte caerá a espada alrededor de ti;
y una tercera parte esparciré a todos los vientos, y tras ellos
desenvainaré espada (Ezequiel 5:1-12).
Si bien la imagen de Juan de la división de la ciudad en
tres partes está tomada claramente de Ezequiel, el referente
específico puede ser la división de la sitiada Jerusalén en tres
facciones, cada una de ellas luchando feroz y violentamente por
el dominio. A menudo, los eruditos han observado que este
faccionismo demostró ser la caída de la ciudad; fue traicionada
y destruida por sus divisiones.
Una indicación importante de que la gran ciudad es
Jerusalén es el hecho de que, en este versículo, Juan la
distingue de "las ciudades de los gentiles" que cayeron con
ella. Debemos recordar que Jerusalén era la ciudad capital del
reino de sacerdotes, el lugar del templo; dentro de sus muros se
ofrecían sacrificios y oraciones para todas las naciones. El
sistema del pacto antiguo era un
orden mundial, el
fundamento sobre el cual el munto entero estaba organizado y se
mantenía estable. En cuanto al pacto, Jerusalén representaba a
todas las naciones del mundo, que cayeron cuando ella cayó. (La
nueve organización del mundo se basa en la Nueva Jerusalén,
construida sobre la Roca y "multicentralizada"
en todo el mundo).
Por eso, "Babilonia la grande [véase Apocalipsis 14:8] fue
recordada delante de Dios, para darle a beber la copa del vino
de su ira ardiente". En este juicio, desaparece todo falso
refugio: los montes y las rocas ya no ocultan a los impíos "de
la faz de Aquél que está sentado en el trono, y de la ira del
Cordero" (véase Apocalipsis 6:16). "Toda isla huyó de su lugar,
y los montes no fueron hallados" (Apocalipsis 16:29).
Ya hemos observado que Apocalipsis y la profecía de
Ezequiel comparten algunos temas comunes. Aquí hay nuevamente un
paralelo: Ezequiel declaró que los falsos profetas de Jerusalén
le acarrearían destrucción por medio de una violenta tormenta de
granizo (Ezequiel 13:1-16). Juan predice la misma suerte: "Y
cayó del cielo sobre los hombres un enorme granizo como del peso
de un talento [100 lbs.]; y los hombres blasfemaron contra Dios
por la plaga del granizo; porque su plaga fue sobremanera
grande" (Apocalipsis 16:21). Como con las otras plagas que
Moisés trajo sobre Egipto (en este caso, la séptima plaga: Éxodo
9:18:26), la plaga del granizo también evoca asociaciones con
"las grandes piedras desde el cielo" que Dios arrojó sobre los
cananeos cuando la tierra estaba siendo conquistada por Josué
(Josué 10:11); como Débora cantaba, las mismas estrellas del
cielo hacen guerra contra los enemigos de Dios (Jueces 5:20).
Un referente histórico específico de esta "tormenta de
granizo" puede que haya sido registrada por Josefo, en su
extraño relato de los enormes proyectiles de piedra lanzados
sobre la ciudad por las catapultas romanas: "Los proyectiles de
piedra pesaban un talento y viajaban dos estadios o más, y su
impacto era enorme, no sólo sobre los que eran golpeados
primero, sino también sobre los que estaban detrás. Al
principio, los judíos observaban la piedra - porque era blanca -
y su aproximación era calculada tanto por el ojo a causa de su
superficie brillante como por el oído a causa de su zumbido. Los
centinelas apostados en las torres daban la voz de alerta cada
vez que la catapulta disparaba y la piedra venía hacia ellos a
gran velocidad. Gritaban en su lengua nativa:
"¡Viene el
Hijo!" Los que estaban en la línea de fuego se abrían
paso y caían de bruces, una precaución que hacía que la piedra
pasara sin hacer daño y cayera en la retaguardia. Para frustrar
esto, a los romanos se les ocurrió pintar las piedras de negro
para que no pudiesen ser vistas por adelantado tan fácilmente;
entonces las piedras daban en el blanco y mataban a muchos de un
solo tiro" (The
Jewsih War, v. vi. 3).
Después de considerar varias teorías sobre el significado
de esta frase, el comentarista J, Stuart Russell observó: "Era
bien sabido por los judíos que la gran esperanza y la fe de los
cristianos era la pronta venida del Hijo. De acuerdo con
Hegesipo, fue más o menos por esta época que Santiago, el
hermano de nuestro Señor, testificó públicamente en el templo
que 'el Hijo del Hombre estaba a punto de venir en las nubes del
cielo', y luego selló su testimonio con su sangre. Parece
altamente probable que los judíos, en su blasfemia desafiante y
desesperada, cuando veían la blanca masa volar por el aire,
exclamaban con un grito: "¡Viene el Hijo!", para mofarse
obscenamente de la esperanza cristiana de la parusía, a la cual
comparaban grotescamente con la extraña aparición del proyectil"
(The
Parousia, p. 482).
Nuevamente, "los hombres blasfemaron contra Dios" - su
reacción consistente durante todo el derramamiento de los
cálices, revelando no sólo su perversidad sino también su
decidida estupidez: cuando piedras que pesaban 100 libras caían
del cielo, ¡ciertamente es mal momento de blasfemar! Pero Dios
ha abandonado a estos hombres a su propia autodestrucción; su
rebelión encarnizada y llena de odio les consume hasta tal punto
que pueden partir a la eternidad con maldiciones en los labios.
Los cálices que contenían "las últimas plagas" han sido
derramados; pero esto no es el fin todavía. El resto de la
profecía de Juan termina con la destrucción de la gran ramera,
la ciudad de Jerusalén y sus aliados, y concluye con la
revelación de la gloriosa Esposa de Cristo: la verdadera santa
ciudad, la nueva Jerusalén. (Por consiguiente, Apocalipsis 17-22
puede ser considerada como una continuación de del séptimo
cáliz, o una exposición de su significado; en todo caso, los
sucesos son gobernados claramente por los ángeles de los
cálices; véase 17:1; 21:9).
En su fascinante estudio de
The Early
Days of Christianity [Los primeros días del cristianismo]
(p. 557). F. W. Farrar saca esta conclusión sobre el libro de
Apocalipsis: "De principio a fin, el libro entero enseña las
grandes verdades - ¡Cristo triunfa! ¡Los enemigos de Cristo
serán vencidos! Los que le odian serán destruidos; los que le
aman serán bendecidos de manera indescriptible. El destino tanto
de judíos como de gentiles ya es inminente. Sobre Judea y
Jerusalén, sobre Roma y su imperio, sobre Nerón y sus
adoradores, caerá el juicio. Espada y fuego, hambre y
pestilencia, tormenta y terremoto, agonía social y terror
político no son sino los ayes que introducen el reino mesiánico.
Las cosass viejas están pasando rápidamente. La luz sobre el
aspecto de la antigua dispensación se está desvaneciendo y
apagándose hasta convertirse en oscuridad, pero el rostro de
Aquél que es el sol ya está alboreando por el oriente. El pacto
nuevo y final ha de establecerse instantáneamente en medio de
terribles juicios; y ha de establecerse para hacer imposible la
continuación del antiguo. ¡Maranatha! ¡El Señor viene! ¡Aun así,
ven, Señor Jesús!" .
EPÍLOGO DEL EDITOR
Por Gary North
Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es
entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser
echado al infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el
fuego nunca se apaga. Porque todos serán salados con fuego, y
todo sacrificio será salado con sal. Buena es la sal; mas, si la
sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en
vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros (Marcos
9:47-50).
La
Gran Tribulación es un libro acerca del juicio de Dios.
Posiblemente no es el juicio que usted tenía en mente cuando lo
compró. Cualquiera que sea la clase de sucesos bíblicos con los
cuales usted asocie la palabra "juicio", o las palabras "gran
tribulación", nunca olvide al leer este libro que estos juicios
terrenales no son nada en comparación con el juicio eterno que
Jesús dijo que vendría al final del tiempo. Ellos son
"adelantos" de la santa ira de Dios en la eternidad.
En realidad, nuestro uso del lenguaje conduce a confusión
cuando hablamos del juicio de Dios exclusivamente como castigo.
En la Biblia, castigo tiene dos significados:
bendición
y maldición.
Vemos esto en el juicio final, después de la resurrección de
toda la humanidad, Dios juzgará a los hombres. Él juzga entre
los hombres: las "ovejas" a un lado y los "cabritos" al otro
(Mateo 25:33). (Espero que ninguno de los que lean este libro
sea tan "literalista" que crea que Jesús está hablando de ovejas
y cabritos literales. El liberalismo tiene sus límites. La
Biblia está llena de símbolos, un hecho que usted debe tener
presente al leer este libro. Jesús hablaba de personas, no
animales. Usted y yo estaremos en aquella gran división).
Aquella gran división conduce a dos estados diferentes y
eternos:
Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos
de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la
fundación del mundo. ... Entonces dirá también a los de la
izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado
para el diablo y sus ángeles (Mateo 25:34, 41).
Habrá personas
bendecidas
eternamente y personas
maldecidas
eternamente. Cada grupo irá a su respectivo lugar de "reposo"
eterno, aunque no hay reposo para los impíos. En realidad, los
dos lugares pueden definirse en términos de reposo: reposo
ético para los que
viven para siempre en el reino de Dios, y cero reposo ético para
los que viven (existen) en la segunda muerte del lago de fuego.
La segunda muerte es la maldición última y eterna. Es una
muerte en vida, la muerte espiritual con snsación de dolor. La
Biblia habla del peor dolor imaginable: el fuego. 'Y la muerte y
el infierno fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte
segunda' (Apocalipsis 20:14). Esto no es aniquilación, como
enseñan algunas sectas. No es olvido. No es una no existencia.
Los condenados al lago de fuego eterno cambiarían gustosamente
sus cuerpos eternos por el mero olvido El olvido significaría un
escape de las eternas agonías de la maldición de Dios, el
anhelado silencio de Dios. Pero Dios no está en silencio. Los
pecadores en el infierno y más tarde en el lago de fuego nunca
tienen esta oportunidad de silenciar a Dios. El pecado tiene
consecuencias eternas. Es el juicio final de Dios que marcará
para siempre a los benditos y a los malditos, a los vivos y a
los muertos, los que guardan el pacto y los que lo violan, los
cristianos y los no cristianos.
Nótese que la Biblia enseña que tanto reino de Dios después
de la resurrección como el lugar del tormento eterno fueron
creados desde la fundación del mundo. El reino de Dios fue
creado para personas redimidas, mientras que el lago de fuego
fue creado para el diablo y sus ángeles, aunque Dios lo abre
para los seres humanos violadores del pacto (Mat. 25:41). El
lago de fuego está marcado por algo llamado "el gusano". No
sabemos qué es, pero sabemos lo que no es. No es un ángel caído,
porque los ángeles caídos quedan eternamente impotentes. El
gusano no es la conciencia humana, porque no hay ningún sentido
de sometimiento voluntario ante Dios y su ley. Los violadores
del pacto continúan siendo violadores del pacto para siempre.
Puede que el gusano sea remordimiento de que los hombres no sean
Dios. Lo que sí sabemos es que nunca muere. Y si nunca muere,
entonces sus víctimas entran en la esperada paz del olvido
eterno de los sectarios. El gusano atormenta para siempre a los
condenados violadores del pacto.
Este libro trata del juicio terrenal. Lo que viene en la
eternidad ha sido visto de antemano en la tierra: las
bendiciones y las maldiciones. La gran tribulación fue (no
"será") un acontecimiento en la historia que reflejó en alguna
pequeña medida el horror de la maldición venidera. En
comparación con el lago de fuego, la gran tribulación fue una
incomodidad breve y de menor importancia para un puñado de
personas. Sin embargo, en comparación con las bendiciones de
pacto condicionales de Dios para su pueblo escogido, los judíos
- bendiciones que fueron revocadas en 70 dd. C. - la gran
tribulación fue una catástrofe que cambió el mundo. Este libro
trata de esa catástrofe.
DEFINITIVIDAD IGUAL: BENDICIÓN Y MALDICIÓN
Los juicios de Dios ocurren en la historia y también en la
resurrección de los muertos. Esto nos trae a la doctrina
fundamental de la Biblia, una doctrina que rara vez es
mencionada en nuestros días, ni siquiera por pastores y
teólogos
(especialmente por teólogos): la definitividad igual de
las bendiciones y las maldiciones. En el lenguaje común, esto se
expresa algunas veces como la definitividad igual entre el cielo
y el infierno, pero esta frase es incorrecta. El cielo y el
infierno no son el modelo final, porque, históricamente, son
lugares incompletos. Las personas no tienen sus cuerpos en el
cielo y en el infierno. Son reunidas con sus cuerpos en el
juicio final. Esto significa que las personas son resucitadas
tanto desde el cielo como desde el infierno. Así que tenemos que
llegar a la conclusión de que el cielo todavía no es perfecto,
porque las personas no poseen sus cuerpos perfectos resucitados.
Todavía es incompleto. Además, en los días de Juan, clamaban
para que Dios trajera su juicio, otra marca de incompletividad:
"¡Hasta cuándo, Señor, santo y verddero, no juzgas y vengas
nuestra sangre sobre los que moran en la tierra" (Apocalipsis
6:10). Las bendiciones de Dios en el cielo son históricament
incompletas.
De manera similar, el infierno es un lugar de comparativa
gracia, si lo comparamos con el lago de fuego. En el infierno,
las personas no poseen cuerpos perfectos que arden eternamente,
sólo almas. En consecuencia, la maldición de Dios para ellos es
limitada. Además, la historia de Jesús sobre el rico que muere y
va al infierno indica que hay una especie de comunicación entre
los que están en el infierno y por lo menos una persona en el
cielo, "padre Abraham" (Lucas 16:23-31). Por lo tanto, las
maldiciones de Dios son históricamente incompletas. Después del
juicio final, ya no hay más un fuego infernal limitado, "de baja
temperatura", libre del cuerpo. No hay tampoco ninguna
comunicación con nadie en el reino de Dios. Los últimos
vestigios de la gracia en la historia son eliminados de los
maldecidos, cuando el infierno, el diablo, sus ángeles, y los no
cristianos resucitados son lanzados ceremoniosamente al lago de
fuego (Apocalipsis 20:14), de la misma manera que la ausencia
final de gracia en la historia es eliminada de los santos cuando
parten del cielo y sus cuerpos entran al nuevo cielo y a la
nueva tierra restaurados. En ese punto y para siempre jamás, los
que están en el infierno pueden recordar las comparativas
comodidades del infierno y decir correctamente de Dios: "Ya no
es más un Señor amable".
Ni a los cristianos ni a los no cristianos les gusta pensar
en tales cosas. Esto no hace que estos acontecimientos sean
menos reales ni menos inevitables.
DEFINITIVIDAD DESIGUAL, RESULTADOS DESIGUALES
Una posible fuente de confusión necesita ser aclarada. He
dicho que la bendición y la maldición son igualmente
definitivas. Me refiero a la definitividad de pacto en el
juicio, no a la definitividad histórica. El bien y el mal no son
poderosos por igual con el correr del tiempo. Las bendiciones de
Dios fortalecen a los guardadores de su pacto, mientras que sus
maldiciones debilitan a los violadores del pacto. La promesa de
Dios a Eva de la simiente venidera (Gén. 3:15) fue más poderosa
que todos los intentos de Satanás por destruir la línea del
pacto. El arca de Noé fue más poderosa que el diluvio. El éxodo
fue más poderoso que la esclavitud en Egipto. La resurrección de
Cristo fue más poderosa que la cruz. La iglesia se volvió
visiblemente más poderosa que Israel después del 70 d. C. El
cristianismo es más poderoso en principio que el humanismo, y
esto se manifestará eventualmente en la historia. El poder a
largo plazo procede de la conformidad observadora del pacto al
Espíritu Santo. La impotencia a largo plazo procede de la
violación del pacto: la desobediencia a la ley de Dios por medio
del poder que da Satanás. (Véase mi libro
Dominion and Common Grace: The
Biblical Basis of Progress; Box 8000. Tyler, Texas:
Institute for Christian Economics, 1987: 8.95).
El cielo y el infierno son igualmente definitivos como
lugares. Son igualmente definitivos en relación con el pacto. El
infierno como lugar de la ira de Dios es igualmente definitivo
como lugar de la bendición de Dios, y tanto el infierno como el
cielo son limitados por la historia. Dios hace su declaración de
"perdidos" a los que están en el infierno, de la misma manera
que declara "salvados" a los que están en el cielo. El infierno
no es menos real que el cielo; es simplemente impotente en
comparación con el cielo. La muerte es igualmente definitiva a
la vida según el pacto. De hecho, la vida y la muerte son
principalmente conceptos de pacto, no fisicos, como veremos.
Existen en relación con el pacto de Dios. La vida y la muerte
deben definirse siempre en términos de la estructura de pacto de
cinco puntos de Dios, una estructura que se describe mejor en el
libro de Ray Sutton
That You
May Prosper: Dominion By Covenant (Box 8000, Tyler,
Texas: Institute for Christian Economics, 1987; $14.95):
1. La trascendencia (pero también la presencia) de Dios
2 La jerarquía de la creación de Dios
3. La ley de Dios
4. El juicio (las sanciones) de Dios
5. La herencia (o la no herencia) de Dios
El cielo y el infierno están limitados por el tiempo y por
sus relaciones con lo que sucede en la tierra. Los dos mundos
post-resurrección no estarán limitados por el tiempo. La gracia
de Dios brillará perfectamente en un lugar, y su ira brillará
perfectamente en otro. No hay escapatoria de Dios en la
historia: "¿A dónde me iré de tu espíritu? ¿Y a dónde huiré de
tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el
Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás" (Salmos
139:7-8). ¡Cuánto más está Dios presente en el juicio eterno,
tanto en el lugar de las bendiciones irrestrictas como en el
lugar de las maldiciones irrestrictas! La presencia de Dios es
eterna; de aquí que, una vez creados, los seres humanos sean
criaturas de interminable duración futura. Muchas personas
desearían no ser eternas. Para los que están en el lago de
fuego, la duración eterna es lo opuesto a la vida eterna: es la
segunda muerte eterna.
La Biblia habla aquí de la presencia de Dios en el sentido
de conocer y observar todas las cosas, determinando todas las
cosas. No está hablando de su presencia en el sentido de
presencia ética:
mostrando al pueblo gracia (gracia común o gracia salvadora).
Esa clase de presencia no existirá en el lago de fuego. Los
residentes del lago de fuego están separados de Dios
eternamente, no en el sentido de que los hombres pueden escapar
de la presencia de Dios, sino en el de que no pueden orar a
Dios, buscar el rostro de Dios, ni esperar la misericordia de
Dios. Él está presente con ellos en algún sentido, tal como
estuvo presente en la zarza ardiente: como
fuego
consumidor. Está presente en algún sentido como el gusano
que nunca muere. (No es Satanás ni un ángel caído el que sirve
como el gusano, porque ellos son igualmente impotentes, e
igualmente están bajo la maldición). Está presente porque Dios
es omnipresente; presente en todas partes. Esta misma presencia
como el juez es la maldición última de Dios: ninguna presencia
ética con las personas como el Salvador y la fuente de gracia.
Pasan la eternidad en presencia de la ira de Dios, no la gracia
de Dios.
El punto clave en discusión aquí, como siempre, es la
ética. La vida es una función de la ética de pacto, no de la
duración como tal. Así lo es la muerte. La vida es un don de la
gracia de Dios, una bendición no mitigada: "El que cree en el
Hijo, tiene vida eterna: y el que no cree en el Hijo no verá la
vida, sino que la ira de Dios mora en él" (Juan 3:36). Los
violadores del pacto tienen
existenciaLa vida es ética, no simplemente una función de
percepción física. Los que están en rebelión ética contra Dios
están éticamente muertos. No poseen vida.
La mentira del propio diablo es que la mera percepción
física es vida, y que la muerte física es el fin de la vida. Es
también mentira suya que los hombres muertos físicamente no
tendrán percepción, especialmente la percepción de dolor
incomparable, inconcebible. En el infierno no físico y también
en el lago de fuego eternamente físico, los muertos no tendrán
percepción. ¡Qué no darían para no tenerla! En este caso, la
nada sería mejor que algo.
Acepte el sacrificio de Jesucristo en el Calvario como
sustituto legal a los ojos de Dios. No alimente ninguna falsa
esperanza de un mundo de la nada más allá de la tumba. Los
pecadores merecen mucho más que la nada.
en la tierra, pero no vida: no verán la vida, es decir, la vida
de pacto, dijo Jesús. Tendrán la misma existencia en el lago de
fuego: no verán la vida.
TOMAR EN SERIO EL SUFRIMIENTO DE CRISTO
Puesto que la gente rara vez considera la realidad eterna
del lago de fuego, no entiende plenamente ni toma en serio las
implicaciones cósmicas y eternas de los sufrimientos del Hijo de
Dios en el Calvario. "Mucho, pero no
tanto",
piensan para sí mismos. No toman en serio la ley de Dios. No
toman en serio el juicio eterno de Dios. Por supuesto, el pecado
se trata precisamente de eso: no tomar en serio a Dios.
¿Y qué sucede con los que rehusan aceptar la obra del
sacrificio de Cristo como su sustituto? Su suerte es la misma
que la de los que, en el Antiguo Testamento, rehusaron durante
su vida en la tierra aceptar los animales representativos
quemados en el altar de Dios. Recuérdese que no hay ni toros ni
machos cabríos que tomen su lugar. Ellos mismos reemplazarán a
los toros y a los machos cabríos en el altar eterno de Dios.
Todavía no. En comparación con lo que les espera después del
juicio final, están disfrutando de un breve respiro en el
infierno. Después del juicio final, las cosas se pondrán
verdaderamente calientes para ellos, finalmente y para siempre,
en cuerpo y alma, "donde su gusano no muere, y el fuego no se
apaga". Mirarán hacia atrás, con interés, hacia el infierno como
lugar de maldición de Dios sin restricciones. El infierno será
considerado como un lugar de comparativo descanso y recreación.
El sistema de campos de concentración soviético, Gulag, será
recordado por sus víctimas violadoras del pacto como un positivo
paraíso.
No hay purgatorio para los pecadores. Nada purga las
consecuencias del pecado después de que el pecador ha muerto. El
infierno es el único "purgatorio" del pecador, en el sentido de
un lugar maldición restringida
temporal. La función del infierno es comparable a la de
una prisión en una comunidad bíblica: un lugar de detención
hasta que se dicte la sentencia final. Es mejor estar allí que
en el tribunal del juez, y ciertamente mejor que en el lugar de
ejecución - la ejecución eterna.
LA SAL DEL PACTO DE DIOS
En la Biblia, la sal simboliza el juicio. Recuerde que el
juicio es doble: bendición y maldición. En consecuencia, la sal
es tanto para bendición como para maldición.
Por el lenguaje del Nuevo Testamento, sabemos que la sal es
una bendición, porque los cristianos son descritos como sal. "La
sal es buena. Pero, si la sal pierde su sabor, ¿con qué se
salará? Tened sal en vosotros, y paz los unos con los otros"
(Marcos 9:50). Nuevamente, Jesús dice en el Sermón del Monte:
"Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal pierde su
sabor, ¿con qué será salada? No es buena para nada, excepto para
echarla fuera, para que sea hollada por los hombres" (Mateo
5:13). Obviamente, la sal no pierde su sabor, pero puede ser
mezclada con otras sustancias y volverse insípida o amarga. Esto
es lo que el pecado le hace a algo bueno. Cuando los hombres
buenos se corrompen, sirven para maldición en la historia, para
ser "hollados". Se vuelven buenos para nada.
¿Y qué acerca de la maldición? El primer ejemplo es la
esposa de Lot. Miró hacia atrás, hacia la llanura donde Sodoma y
Gomorra estaban siendo sometidas al encendido juicio de Dios.
Dios la convirtió en estatua de sal (Gén. 19:26). ¿Por qué de
sal? Porque en el sistema sde sacrificios de Dios, la sal
siempre acompaña al juicio. "Y sazonarás con sal toda ofrenda
que presentes, y no harás que falte jamás de tu ofrenda la sal
del pacto de tu Dios; en toda ofrenda tuya ofrecerás sal" (Lev.
2:13). Aquí encontramos la frase "la sal del pacto de tu Dios".
En un sentido, Dios sazona con sal sus juicios de pacto. La sal
es buena. Es una bendición. Los guardadores del pacto son la sal
de la tierra en la historia. Pero, si mezclamos nuestra sal con
corrupción, como hizo la esposa de Lot, según el pacto nos
convertimos en sal muerta, sal corrupta, inútil para Dios.
La sal era un aspecto requerido en el sistema de
sacrificios de Dios.
Al segundo día ofrecerás un macho cabrío sin defecto, para
expiación; y purificarán el altar como li purificaron con el
becerro. Cuando acabes de expiar, ofrecerás un becerro de la
vacada sin defecto, y un carnero sin tacha de la manada; y los
ofrecerás delante de Jehová, y los sacerdotes echarán sal sobre
ellos, y los ofrecerán en holocausto a Jehová (Eze. 43:22-24).
Debe haber sal sobre el altar siempre. Los cristianos son
esa sal. En sus cuerpos rsucitados y libres de pecado, servirán
como sal eterna para el altar eterno de Dios. Siempre habrá un
sacrificio en ese altar, tan seguramente como que siempre habrá
una iglesia, la sal sagrada de Dios. En ese altar encendido, el
juicio arderá mientras exista la iglesia. No puede haber ningún
sacrificio aceptable sin sal. Dios no tolerará sarificios sin
sal. Él conservará su iglesia, pues siempre comservará su altar.
Su ley es perpetua, su justicia es perpetua, y su juicio es
perpetuo, tanto las bendiciones como las maldiciones.
En la historia, la sal también se usa como destructor. No
sólo añade sabor, sino que también mata, y mata
"para
siempre". Se usaba en el mundo antiguo como medio para
destruir una ciudad enemiga, porque salar el área agrícola de
una ciudad destruía su productividad futura. "Y Abimelec peleó
contra la ciudad todo aquel día, y tomó la ciudad, y mató al
puebnlo que en ella estaba; y asoló la ciudad, y la sembró de
sal" (Jue, 9:45). Dios saló a Sodoma y a Gomorra, y más tarde a
otras ciudades. ¿Por qué? Para preservar el pacto de Dios,
Chilton reproduce completo este pasaje en
Days of
Vengeance en relación con los sacrificios del templo. Lo
hace en sus observaciones introductorias a la sección del libro
que trata de las sanciones del pacto de Dios (p. 226):
Y lo apartará Jehová de todas las tribus de Israel para
mal, conforme a todas las maldiciones del pacto escrito en este
libro de la ley. Y dirán todas las generaciones venideras,
vuestros hijos que se levanten después de vosotros, y el
extranjero que vendrá de lejanas tierras, cuando vieren las
plagas de aquella tierra, y sus enfermedades de que Jehová la
habrá hecho enfermar (azufre y sal, abrasada toda su tierra; no
será sembrada, ni producirá, ni crecerá en ella hierba alguna,
como sucedió en la destrucción de Sodoma y Gomorra, de Adma y
Zeboim, las cuales Jehová destruyó en su furor y en su ira); más
aún, todas las naciones dirán: ¿Por qué hizo Jehová esto a esta
tierra? ¿Qué significa el ardor de esta gran ira? Y responderán:
Por cuanto dejaron el pacto de Jehová el Dios de sus padres, que
él concertó con ellos cuando los sacó de la tierra de Egipto, y
fueron y sirvieron a dioses ajenos, se inclinaron a ellos,
dioses que no conocían, y que ninguna cosa les habían dado. Por
tanto, se encendió la ira de Jehová contra esta tierra, para
traer sobre ella todas las maldiciones escritas en este libro
(Deut. 29:21-27).
Las frases de maldición están orientadas a la temperatura:
"azufre y sal, abrasada toda su tierra"; "el ardor de esta gran
ira"; "las cuales Jehová destruyó en su furor y en su ira". Es
totalmente conducente a confusión hablar de los juicios de Dios
en la historia aparte del lenguaje del fuego. Pero también
conduce a confusión hablar del fuego del juicio de Dios sin sal.
La sal es el sabor del juicio. Así, pues, la presencia de la
iglesia en la historia es el sabor del juicio en la historia.
Las sanciones del pacto de Dios son dobles: bendición y
maldición.
Lo que es cierto de las maldiciones del pacto de Dios en la
historia es igualmente cierto de sus maldiciones del pacto en la
eternidad. El lago de fuego es el lugar "donde su gusano no
muere, y su fuego no se apaga. Porque cada uno será salado con
fuego, y todo sacrificio será salado con sal". El nuevo cielo y
la nueva tierra están tan seguros de su situación eterna como lo
es el lago de fuego, y viceversa. Las sanciones del pacto de
Dios nunca terminan.
LA MUERTE DE PACTO Y EL BAUTISMO DE FUEGO
La muerte es un fenómeno de pacto. Dios le dijo a Adán que
moriría el día en que comiera del fruto prohibido. Adán comió y
murió. Murió según el pacto. Las sanciones de maldición según el
pacto cayeron sobre él. No murió físicamente (una señal de la
gracia de Dios para él en la hisrtoria), aunque su cuerpo
definitivemente murió aquel día. Llevaba las marcas de la
maldición: sudor en la frente (Gén. 3:19). Esta misma marca de
la maldición no era permitida al sumo sacerdote, y por eso se
requería que llevase puesta una mitra en la cabeza y también se
requería que llevase puesto lino (Éx. 29:38-43). Se nos dice
específicamente en la visión de Ezequiel que el sumo sacerdote
debía usar lino para evitar que sudara (Eze. 44:18). El cuerpo
de Adán murió progresivamente por medio del proceso de
envejecimiento durante más de nueve siglos; luego murió
finalmente (Gén. 5:5). No pudo escapar a la maldición de la
sanción de pacto de Dios.
La muerte física es sólo la primera muerte. Hay una segunda
muerte, la muerte después de la resurrección después del juicio
final (Apoc. 20:14). ¿Por qué se requiere esta segunda muerte?
Porque si se persiste en la
violación
del pacto hasta el día de la primera muerte, esto se
convierte en una condición
permanente.
El pacto de Dios es eterno. Por lo tanto, la posición y la
condición como violador o guardador del pacto se convierte en
permanente a la muerte del cuerpo antes de la resurrección. Si
la gente pudiera escapar en su posición como violadores de pacto
en la eternidad por cualquier medio, incluyendo la aniquilación,
podría en consecuencia eliminar la permanencia de las sanciones
de pacto de Dios. Dios no permite un ataque tal a su soberanía
en el tiempo y la eternidad. Sus sanciones no terminan nunca,
porque su pacto no termina nunca.
LA EXPOSICIÓN DE KLINE SOBRE LAS SANCIONES RITUALES
Estas sanciones de pacto son sanciones dobles: maldiciones
y bendiciones. Esta doble naturaleza de las sanciones de pacto
es presentada en gran detalle por Meredith G. Kline en su libro
By Oath Consigned
(Eerdmans, 1968). Kline se refiere al resumen de Juan Bautista
sobre el ministerio de Cristo. "Yo a la verdad os bautizo en
agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo
calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os
bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Mat. 3:11). ¿En qué estaba
pensando Juan cuando dijo "bautizará en fuego"? Kline cita a
Malaquías 4:1: "Porque he aquí viene el día ardiente como un
horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán
estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de
los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama". La estopa no
crece. No puede enviar raíces dentro del suelo para alimentarse,
ni le pueden crecer hojas ni ramas para que absorban la luz. Sin
raíz ni ramas, la estopa muere, se seca, y arde fácimente.
Pero hay otra fuente de luz que no es el que consume a la
estopa, como dice Malaquías 4:2-3. "Mas a vosotros los que
teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas
traerá salvación; y saldréis y saltaréis como becerros de la
manada. Hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las
plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho
Jehová de los ejércitos".
¿Cuáles son las siguientes palabras de Malaquías? Un
llamado a recordar la ley de pacto de Dios. "Acordaos de la ley
de Moisés mi siervo, al cual encargué en Horeb ordenanzas y
leyes para todo Israel". (v. 4) "He aquí yo os envío al profeta
Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible" (v.
5). Kline comenta: "Para los que hacen maldad, el fuego de ese
día es como el fuego de un horno que los consume, pero para los
que tienen temor del nombre de Dios, son los rayos sanadores del
sol que los refina" (p. 58). El bautismo de Juan "no era una
ordenanza para que la observara Israel en sus generaciones sino
una señal especial para aquella generación terminal, una señal
que resume la crisis particular en la historia de pacto
representada por la misión de Juan como mensajero del ultimátum
del Señor" (p. 61).
Considerado desde un punto de vista ventajoso más
abarcante, el bautismo de Juan era una señal de la dura por la
cual Israel tenía que pasar para recibir un juicio de maldición
o bendición. ... Por medio de su mensaje y su bautismo, Juan
pues proclamó nuevamente a la simiente de Abraham el significado
de su circuncisión. La circuncisión no era una garantía de
privilegio inviolable. Era una señal de la prueba divina en la
cual el hacha, puesta a las raíces de los árboles sin fruto
maldecidos por el Mesías, los cortaría de raíz (Mat. 3:10; Luc.
3:9). En realidad, el bautismo de Juan era una recircuncisión
(p. 62).
Kline concluye: "El bautismo, pues, tiene que ver con el
hombre en presencia del trono de juicio de Dios" (p. 67). El
bautsmo es una señal de pacto, y lleva la marca de la dobe
naturaleza de las sanciones de pacto: bendición y maldición.
Este sistema de dobles sanciones de pacto se manifestará en el
juicio final:
Nuevamente, cuando el Señor aparezca en la teofanía de la
prueba final como juez de los vivos y los muertos, vengándose en
fuego de los que no obedecen al evangelio, traerá ante su trono
del juicio a todos los que han estado en su iglesia del nuevo
pacto. Allí su declaración de la maldición de pacto caerá en los
oídos de algunos que en este mundo han estado dentro de la
comunidad que posee formalmente su señorío de pacto, de modo que
todavía en aquel día pensarán en clamar: "Señor, Señor, ¿no
profetizamos en tu nombre y en tu nombre echamos fuera demonios
e hicimos muchos milagros?" ... Hay, pues, un cumplimiento del
señorío del pacto de Cristo por encima de su iglesia del Nuevo
Testamento para condenación y muerte, así como parajustificación
y vida. En la ejecución de ambos veredictos, sea para vida o
para muerte, el nuevo pacto será cumplido y perfeccionado (pp.
77-78).
LAS SANCIONES PERMANENTES
El nuevo pacto se cumple y es perfeccionado en el juicio
final de Dios. Ese juicio futuro es tan permanente como el pacto
mismo. Las sanciones de bendición y maldición son eternas. La
generación terminal de Israel no entendió la amenaza contra
ella. Ignoraron el bautismo de Juan. No tomaron en serio el
bautismo como una señal permanente (eterna) de pacto. No
acataron la advertencia de Juan sobre la suprema capacidad de
Aquél que le seguía para imponer el bautismo del fuego
consumidor permanente. Por eso, cuando crucificaron a Cristo,
sellaron su suerte. El día del Señor vino en el 70 d. C. y
visiblemente destruyó el templo y sus sacrificios animales. El
día final del Señor vendrá y establecerá el único sacrificio
que, en principio, Dios honró jamás: juicio verdadero, completo,
y permanente.
¿Es final la bendición de Dios? Sí: la resurrección de los
impolutos cuerpos de los santos que han de fundirse con sus
almas recientemente liberadas del cielo, y su transferencia
post-juicio a su nuevo y permanente entorno: el nuevo cielo
perfeccionado y la nueva tierra perfeccionada. ¿Es final la
maldición de Dios? Sí: la resurrección de los cuerpos impolutos
de los pecadores muertos que han de fundirse con sus almas
recientemente liberadas del infierno, y su transferencia
post-juicio a su nuevo y permanente entorno: el lago de fuego.
Dios les maldice con cuerpos perfectos resucitados para que
sirvan como rastrojo eterno, para que puedan soportar la agonía
eterna en el lago de fuego.
La muerte en el pacto es permanente, de acuerdo con la
muerte del cuerpo. La muerte en el pacto es tan permanente como
el pacto mismo. Por consiguiente:
Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es
entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser
echado en el infierno, donde el gusano de ellos no muere, y el
fuego nunca se apaga. Porque todos serán salados con fuego, y
todo sacrificio será salado con sal. Buena es la sal; mas, si la
sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en
vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros (Marcos
9:47-50).
Los que arguyen a favor de cualquier cosa diferente del
juicio eterno han adoptado lo que los filósofos llaman
nominalismo: "El infierno es sólo un nombre, no un lugar real",
o "el lago de fuego es simplemente lenguaje simbólico, no un
lugar real". Esto es lo que arguye el moderno liberalismo
teológico. Así lo hacen las sectas, con su doctrina de
aniquilamiento. Pero el infierno y el lago de fuego son lugares
reales, porque desempeñan papeles eternos en el pacto de Dios.
Son realidades del pacto, no símbolos verbales de la ira de Dios
- una "ira sin ira". El infierno es tan real como el cielo; el
lago de fuego es tan real como el nuevo cielo y la nueva tierra
después de la resurrección. Son tan reales porque tienen
manifestaciones en la historia.
EL CIELO Y
EL INFIERNO EN LA TIERRA
El libro de Chilton Days
of Vengeance tiene un capítulo titulado "Se desata el
infierno". en la página 257, cita el libro de Herbert
Schlossberg Idols for
Destruction (Thomas Nelson, 1983): "Cuando una
civilización se vuelve idólatra, su pueblo es cambiado
profundamente por esa experiencia. En una especie de
santificación a la inversa, el idólatra es transformado a la
semejanza del objeto de su culto. Israel 'fue tras la vanidad, y
se hizo vano' (Jer. 2:5).
Esta es una observación brillante. Pero Schlossberg se
detiene antes de alcanzar la meta. Esto no es "una
especie de
santificación a la inversa"; es santificación a la inversa. Los
observadores del pacto desarrollan progresivamente las
implicaciones de su fe en la historia, manifestando el reino
celestial de Dios en el tiempo y en la tierra. Dios responde
progresivamente la requerida oración: 'Venga tu reino. Hágase tu
voluntad así en la tierra como en el cielo" (Mat. 6:10). Esto es
santificación progresiva: el desarrollo en la historia de
la perfecta justicia moral de la perfecta humanidad de Cristo
(no su divinidad) que Dios atribuye a los cristianos en el
momento de su salvación. Lo que Dios nos imputa a nosotros
definitivamente en principio en el momento de nuestra conversión
a Cristo - la mente y la justicia de Jesucristo - que hemos de
manifestar progresivamente con el correr del tiempo.
En lo que Schlossberg hace énfasis es que los seguidores de
Satanás manifiestan un proceso paralelo de santificación.
"Santificar" significa poner aparte. Satanás pone aparte a sus
seguidores de la misma manera en que lo hace Dios. Los
seguidores de Satanás han de desarrollar en la historia los
malvados principios de pacto del infernal reino de Satanás de la
misma manera en que los cristianos han de desarrollar en la
historia los justos principios de pacto del reino celestial de
Dios.
Hay una queja constante, de parte de los que sostienen
escatologías de derrota terrenal, de que es tonto trabajar para
establecer la ley de Dios en la tierra. Llaman a este punto de
vista "utopía". Niegan que pueda haber jamás una manifestación
amplia del reino de Dios en la tierra en el curso de la
historia. Descartan esta visión como totalmente falsa, "buscando
el cielo en la tierra". Pero rehusan trabajar para traer el
cielo a la tierra enseñando a la gente a obedecer los justos
principios del cielo en la tierra para entregar la historia al
diablo. Los discípulos del diablo trabajan fuerte para traer el
infierno a la tierra enseñando a la gente a obedecer los
rebeldes principios del infierno en la tierra.
Hay una guerra entre Dios y Satanás, la justicia y el mal,
los guardadores del pacto y los violadores del pacto, el cielo y
el infierno. Esta guerra está teniendo lugar
en la
historia. Es principalmente una guerra terrenal. En
definitiva, el punto acerca del cual se está librando esta
guerra es la soberanía. ¿Quién es soberano, Dios o Satanás? La
disputa histórica también se está librando acerca de la
soberanía: ¿Las fuerzas humanas de quién triunfarán en la
historia, las de Dios o las de Satanás? ¿El nuevo orden mundial
de quién triunfará en la historia, el de Cristo o el de Satanás?
Resumiendo, la guerra se está librando acerca de esta cuestión:
¿El cielo en la tierra o el infierno en la tierra?
No hay ninguna posibilidad de ningún otro reino en la
tierra. No hay ninguna posibilidad de ningún reino neutral del
hombre, que funcione por medio de una hipotética ley natural
neutral. Los seres humanos nunca son neutrales, y no existe tal
cosa como la ley natural. Existe la ley de Dios, y existen las
numerosas alternativas de Satanás, incluyendo la ley natural
"neutral".
No existe la neutralidad. Por consiguiente, nos
enfrentamos a la pregunta: ¿Será el cielo en la tierra o el
infierno en la tierra? ¿Será la ley del pacto de Dios como la
ley de las naciones, o uno o más de los falsos sistemas de leyes
de Satanás? Cualquier intento de implantar una tercera opción,
como la ley natural, es simplemente otro intento de reemplazar
la ley del pacto de Dios con la ley de Satanás. Es simplemente
otro intento por construir el infierno en la tierra.
Tristemente, los cristianos pesimistas que esperan poco más
que la derrota para el pueblo de Dios se aferran a la fe en la
ley natural como terreno neutral entre la supuestamente
creciente influencia de Satanás en la historia y la decreciente
influencia de la iglesia. Ven la ley de Dios revelada en la
Biblia como una amenaza para su retirada de la responsabilidad
histórica, así que deciden predicar una "ley natural neutral"
indefinida (y siempre indefinible), que no pone sobre ellos
ninguna responsabilidad cívica cristiana singular.
CONCLUSIÓN
El juicio de Dios sobre Israel en el 70 d. C. debería
persuadirnos de la futilidad de tratar de escapar a los
progresivos juicios de Dios en la historia. En nuestros días,
nos enfrentamos a las bendiciones potencialmente mayores desde
Pentecostés: reavivamiento mundial, la revolución informática
causada por las computadoras, y un redescubrimiento de la ley de
Dios revelada como herramienta del dominio divino (Gén.
1:26-28). En nuestros días, también nos enfrentamos a las
maldiciones potencialmente peores desde la caída de Jerusalén:
la plaga del SIDA, el triunfo de los dos imperios comunistas, o
la destrucción de los Estados Unidos (y la libertad de
occidente) dentro de 30 minutos después de un primer ataque
nuclear soviético. Necesitamos entender el juicio de Dios.
Involucra bendición y maldición.
La bendición de Dios es
definitiva:
la gracia de la salvación en Cristo. Sus bendiciones son también
promesa progresiva de la simiente venidera (Gén. 3:15) y su
provisión de ropa para ellos, el arca de Noé, el éxodo de
Egipto, el regreso a la tierra bajo la dirección de Nehemías y
Esdras, la resurrección de Cristo, y la expansión de la iglesia.
La bendición de Dios es también
final y
eterna: la culminación, libre de pecado, del nuevo cielo
y la nueva tierra después de la resurrección.
La maldición de Dios es
definitiva:
la muerte de la humanidad. Sus maldiciones son también
progresivas: la maldición de Adán y Eva y su entorno, su
expulsión del jardín, el diluvio, la esclavitud en egipto, el
cautiverio en Asiria y Babilonia, la muerte de Cristo en la
cruz, y la caída de Jerusalén. La maldición de Dios es también
final y eterna: el lago de fuego.
Como dice la Confesión de Fe de Westminster (1646) en
relación con la bendición eterna y la maldición eterna,
comenzando en el día del juicio:
El propósito de que Dios haya señalado este día es para
manifestar la gloria de su misericordia en la salvación eterna
de los escogidos; y de su justicia, en la condenación de los
réprobos, que son malvados y desobedientes. Porque entonces los
justos irán a la vida eterna, a recibir la plenitud del gozo y
el refrigerio que vendrán de la presencia del Señor. Pero los
impíos, que no conocen a Dios, ni obedecen al evangelio de
Jesucristo, serán lanzados al tormento eterno y castigados con
la destrucción eterna delante de la presencia del Señor y de la
gloria de su poder. (Capítulo XXXIII:II).
Gozo eterno o tormento eterno: debemos predicar la
definitiva igualdad de la bendición y la maldición en la
eternidad. Rehusar hacerlo es abandonar la teología de pacto
bíblica. Es amañar el cristianismo ortodoxo. Que la experiencia
de Israel en 70 d. C. sea nuestra guía sobre la importancia de
ser fieles a la palabra de Dios revelada. Si somos lo bastante
descuidados y arrogantes como para negar la realidad eterna de
las maldiciones de Dios, corremos el riesgo de tener que
experimentarlas de primera mano. "Aprender haciendo" no es lo
que usted desea en
esta
lección de teología.