Parte 2
EL
PARAÍSO: EL MOLDE DE LA PROFECÍA
Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso
río, que sin torcer su corriente, pasaba, sumergiéndose, por
debajo del agreste monte, colocado allí por Dios y levantado
sobre las raudas ondas como término del Paraíso. Incitada de
dulce sed la esponjosa tierra, absorbía por sus venas las
aguas hasta la cumbre de donde manaba una fuente cristalina
que esparcía por todas partes multitud de arroyos; juntos
los cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando
el río que salía de su tenebroso cauce, dividíalo en cuatro
corrientes principales que con diverso rumbo recorrían
vastas comarcas, celebérrimos imperios de que no es menester
hacer mención. Preferible sería pintar, si el arte llegase a
tanto, cómo los bullidores arroyos que nacían de aquella
fuente de zafiro, saltando entre orientales perlas y arenas
de oro, a la sombra de los árboles que sobre ellos se
inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban
todas aquellas plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso;
flores que un arte sutil no había dispuesto en regulares
líneas ni en vistosos ramos; la espléndida naturaleza las
prodigaba por colinas y valles y llanuras, unas abriéndose a
los primeros rayos del sol, otras resguardadas en
impenetrable sombra para mejor preservarse del resistero del
mediodía.
John Milton,
Paraíso Perdido [4.223-46].
Sabemos lo que sucede cuando algún gran rey entra a
una gran ciudad y habita en una de sus casas; debido a
que habita en esa sola casa, la ciudad entera es
honrada, y los enemigos y los ladrones dejan de
molestarla. Así es con el Rey de todo; vino a nuestro
país en un cuerpo en medio de muchos, y en consecuencia,
los planes del enemigo contra la humanidad han sido
desbaratados, y la corrupción de la muerte, que
anteriormente les retenía bajo su poder, simplemente ha
dejado de existir. Porque la raza humana habría perecido
completamente si el Señor y Salvador de todos, el Hijo
de Dios, no hubiese venido entre nosotros para poner fin
a la muerte.
Atanasio, On
the Incarnation [9]
Capítulo 2
CÓMO LEER LAS PROFECÍAS
Inicié mi viaje personal hacia la escatología
de señorío una noche en la iglesia, hace como una
docena de años. El pastor, un predicador famoso por
su método expositor en su enseñanza bíblica, acababa
de iniciar una serie de conferencias sobre profecía.
Mientras él defendía elocuentemente su escatología
de la derrota, me impresionó el hecho de que parecía
completamente incapaz de desarrollar sus puntos de
vista de la Biblia
orgánicamente. Oh, citaba algunos textos - un
versículo aquí, uno allá. Pero nunca pudo demostrar
que su explicación del futuro encajaba en el patrón
general de la Biblia. En otras palabras, era muy
hábil superponiendo sus puntos de vista de la
realidad sobre el texto bíblico, asegurándose de que
sus versículos fueran barajados en el orden
correcto. Pero no pudo mostrar cómo sus doctrinas
fluían de la Escritura; su escatología no parecía
ser una parte orgánica del relato que la Biblia
cuenta.
De lo que comencé a darme cuenta esa noche
fue que la manera de recuperar la escatología
bíblica debía ser comprender el relato bíblico.
En vez de tratar de hace encajar la Biblia en un
molde dispuesto previamente, debemos tratar de
descubrir los moldes que ya están allí. Debemos
permitir que la estructura de la propia Biblia
surja del texto mismo, que se superponga sobre
nuestra propia interpretación. Debemos
acostumbrarnos al vocabulario bíblico y a los
modos de expresión bíblicos, buscando conformar
nuestros propios pensamientos a los términos de
las categorías bíblicas.
Esta perspectiva arroja inapreciable luz
sobre el antiguo debate acerca de la
interpretación "literal" versus la
interpretación "simbólica". En alto grado, ese
debate está fuera de lugar, porque el hecho es
que todos los intérpretes son "literalistas" en
algunos puntos y "simbólicos" en otros.
Por ejemplo, estoy examinando un reciente
comentario sobre Apocalipsis, escrito por un
bien conocido erudito evangélico. La tapa
posterior proclama osadamente:
¡Ésta es
posiblemente la exposición más literal del
Apocalipsis que usted haya leído jamás!
Sin embargo, mirado más de cerca, el comentario
en realidad enseña una interpretación altamente
simbólica de muchos puntos de la profecía. He
aquí algunos de ellos:
- Las "vestiduras manchadas" de los
cristianos de Sardis (Apoc. 3:4).
- La promesa de que los cristianos se
convertirán en "columnas" del templo (3:12).
- La temperatura "tibia" de los
laodicenses (3:15-16).
- El ofrecimiento de Jesús de vender
"oro", "vestiduras blancas", y "colirio" (3:18).
- Jesús "tocando" a la "puerta" (3:20).
- El "león de la tribu de Judá" (5:5).
- El "Cordero" que tenía "siete ojos"
(5:6).
- Los "olivos" y los "candeleros" (11:4).
- La "mujer vestida de sol" (12:1).
- El "gran dragón escarlata" (12:3).
- La "bestia" de siete cabezas (13.1).
- La "gran ramera que está sentada sobre
muchas aguas" (17:1).
Pocos "literalistas" discreparían con la idea
de que estas imágenes de Apocalipsis deben
entenderse simbólicamente. Sin embargo, lo que
tenemos que reconocer es que también se usan
símbolos en todo el resto de la Escritura, al lado
mismo de lenguaje muy literal. Esto ocurre porque la
Biblia es
literatura: literatura divinamente inspirada
e infalible, pero todavía literatura. Esto significa
que tenemos que
leerla como literatura. Algunas partes tienen
el propósito de ser entendidas literalmente y, en
consecuencia, han sido escritas así - como
historia, o proposiciones teológicas, o lo que sea.
Pero uno no esperaría leer los Salmos o los Cantares
de Salomón con los mismos moldes literarios usados
para el libro de Romanos. Sería como leer el
soliloquio de Hamlet "literalmente":
"Las hondas y las
flechas de la fortuna agraviante ... tomar las armas
contra un mar de dificultades ...".
Vea usted, no podemos entender lo que la
Biblia realmente significa (literalmente) a
menos que apreciamos la manera en que usa los
estilos literarios. ¿Entenderíamos correctamente
el Salmo 23 si lo tomáramos "literalmente"? Si
lo hacemos, ¿no sonaría un poco tonto? En
realidad, si se toma literalmente, no sería
verdadero:
porque me atrevo a decir que el Señor
no hace
que cada cristiano yazca en pastos verdes
literales. Pero, por lo general, no cometemos
esos toscos errores al leer la poesía bíblica.
Sabemos que está escrita en un estilo que a
menudo utiliza lenguaje simbólico. Pero tenemos
que darnos cuenta de que lo mismo ocurre con los
profetas: ellos también hablaban en poesía, en
figuras y símbolos, utilizando la rica herencia
de imágenes bíblicas que, como veremos, en
realidad comenzaron en el paraíso original - el
huerto de Edén.
Y, ciertamente, es allí donde comienza la
profecía. Y vale la pena observar que la primera
promesa del Redentor venidero se expresó en
términos altamente simbólicos. Dios dijo a la
serpiente:
Enemistad pondré entre tí y la mujer, y entre tu
simiente y la simiente suya; ésta te herirá en
la cabeza, y tú le herirás en el calcañar (Gén.
3:15).
En consecuencia, la verdadera pregunta con
la que hay que comenzar no es algún debate
artificial entre simbolismo y literalismo, sino
un punto mucho más básico: ¿Debe nuestra
interpretación ser
bíblica
o
especulativa? En otras palabras, cuando
trato de entender o explicar algo de la Biblia,
¿debo ir a la misma Biblia para encontrar las
respuestas, o debo inventar algo "creativo" por
mi propia cuenta? Plantear la pregunta de esta
manera es mucho más exacto, y producirá
resultados más fructíferos.
Permítaseme usar un ejemplo extremo para
explicar lo que quiero decir. El libro de
Apocalipsis describe a una mujer vestida de sol,
de pie en la luna, y en labores de parto,
mientras un dragón revolotea cerca para devorar
al hijo. Probablemente, un intérprete
radicalmente
especulativo se volvería primero a las
noticias sobre los experimentos genéticos más
recientes para establecer si el tamaño y la
composición química de la mujer podría alterarse
lo suficiente como para vestirse de sol; también
averiguaría si el monstruo de Loch Ness ha
salido a la superficie recientemente. Por otra
parte, un intérprete
bíblico
comenzaría por preguntarse: ¿De qué parte de la
Biblia procede esta imagen? ¿Dónde habla la
Biblia de una mujer en labores de parto, y cuál
es su importancia en esos contextos? ¿Dónde
habla la Biblia de un dragón? ¿Dónde habla la
Biblia de alguien que trata de asesinar a un
bebé? Si vamos a entender el mensaje de la
Biblia, tenemos que adquirir el hábito de hacer
preguntas como éstas.
Por supuesto, cada enfoque tiene sus
inconvenientes. Los principales inconvenientes
del método
bíblico es que, por lo general, requiere
más trabajo, y se necesita estar más
familiarizado con la Biblia. El principal
inconveniente del método especulativo, con todo
su sensacionalismo, es que simplemente no es
bíblico.
El lenguaje de los profetas
Como mencioné más arriba, gran parte de
la Biblia se escribió en símbolos. Una
manera útil de entender esto, quizás, sería
hablar de estos símbolos como una serie de
moldes
y
asociaciones. Con esto quiero decir
que el
simbolismo bíblico no es un código.
En vez de eso, es una manera de ver, una
perspectiva. Por ejemplo, cuando Jesús habla
de "agua de vida" (Juan 4:10), reconocemos
correctamente que está usando el agua como
símbolo. Entendemos que, cuando le habló a
la mujer junto al pozo, no le estaba
ofreciendo sólo "agua". Le estaba ofreciendo
la vida eterna.
Pero la
llamó "agua". Inmediatamente, debemos
preguntar: ¿Por qué hizo eso? Podría haber
dicho simplemente "vida eterna". ¿Por qué
habló en metáforas? ¿Por qué quería que ella
pensara en agua?
Ahora bien, aquí es donde podemos
cometer un grave error, y éste es el
principal error de algunos intérpretes que
tratan de utilizar un enfoque "simbólico".
Es creer que el simbolismo bíblico es
principalmente un rompecabezas que nosotros
tenemos que resolver. Y de pronto tenemos
que decidir: "¡Ajá!
Agua
es una palabra clave especial que significa
vida
eterna. Eso significa que, cada vez
que la Biblia de agua simbólicamente,
en
realidad está hablando de la vida
eterna; cada vez que alguien bebe algo,
en
realidad se está convirtiendo en
cristiano". Simplemente, no funciona así
(como usted lo verá si trata de aplicar esto
en toda la Biblia). Además, ¿qué sentido
tendría que la Biblia simplemente pusiera
todo en clave? La Biblia no es un libro para
espías ni sociedades secretas; es la
revelación
de Dios acerca de Sí mismo para su pueblo
del pacto. La interpretación mística, como
de resolver un acertijo, tiende a ser
especulativa; no presta suficiente atención
a la manera en que la Biblia misma habla.
Cuando Jesús le ofreció "agua" a la
mujer, quería que ella pensara en las
múltiples imágenes relacionadas con el agua
en la Biblia. Por supuesto, en sentido
general, sabeoms que el agua está asociada
con el refrigerio espiritual y la
sustentación de la vida que viene con la
salvación. Pero las asociaciones bíblicas
con el agua son mucho más complejas que eso.
Esto es porque
entender
el simbolismo bíblico no significa descifrar
una clave. Se parece mucho más a leer
buena poesía.
El simbolismo de la Biblia no está
estructurado en un estilo llano, de
esto
significa aquéllo. En su lugar, se ha
de leer
visualmente. Debemos ver las imágenes
surgir delante de nosotros en sucesión, capa
tras capa, permitiéndoles que evoquen una
respuesta en nuestras mentes y nuestros
corazones. Los profetas no escribieron para
crear estimulantes ejercicios intelectuales.
Escribieron para
enseñar.
Escribieron en símbolos visuales,
dramáticos; y si queremos entender
plenamente su mensaje, tenemos que apreciar
su vocabulario. Tenemos que leer la Biblia
visualmente. Los símbolos visuales mismos, y
lo que la Biblia dice acerca de ellos, son
aspectos importantes de lo que Dios quiere
que aprendamos; de lo contrario, no habría
hablado de esa manera.
Así que, cuando la Biblia nos cuenta
una historia sobre agua, "en realidad" no
nos está hablando de nada más; nos está
hablando de
agua.
Pero, al mismo tiempo, se espera que
veamos
el agua y que pensemos en las
asociaciones bíblicas con respecto al
agua. El sistema de interpretación ofrecido
aquí no es ni "literalista" ni "simbólico";
toma el "agua" en serio y literalmente, pero
tambié toma en serio lo que la palabra de
Dios asocia con el agua a través de toda la
historia de la revelación bíblica.
¿Cuáles son algunas de las asociaciones
bíblicas que se le podrían haber ocurrido a
la mujer junto al pozo, y a los discípulos?
He aquí algunas de ellas:
- La masa acuosa, fluida, que era la
naturaleza original de la tierra en la
creación, y de la cual Dios creó toda la
vida (Gén. 1);
- El gran río de Edén que regaba toda
la tierra (Gén. 2);
- La salvación de Noé y de su familia
por medio de las aguas del diluvio, de las
cuales la tierra fue re-creada (Gén. 6-9).
- Las revelaciones de Dios por gracia
a Agar al lado de una fuente (Gén. 16) y de
un pozo (Gén. 21);
- El pozo llamado Rehoboth, donde
Dios dio señorío a Isaac (Gén. 26);
- El río del cual el bebé Moisés, el
futuro liberador de Israel, fue sacado y se
convirtió en príncipe (Éx. 2);
- El cruce redentor del Mar Rojo,
donde Dios nuevamente salvó a su pueblo por
medio de agua (Éx. 14);
- El agua que fluyó de la Roca
golpeada en Sinaí, dando vida al pueblo (Éx.
17);
- Los muchos rociamientos rituales en
el Antiguo Testamento, significando la
remoción de la suciedad, la contaminación,
la enfermedad y la muerte, y la imposición
del Espíritu a los sacerdotes (por ejemplo,
Lev. 14; Núm. 8);
- El cruce del río Jordán (Josué 3);
- El sonido del estruendo de aguas
causado por la columna de nube (Eze. 1);
- El río de vida que fluía desde el
templo y saneaba el Mar Muerto (Eze. 47).
Así que, cuando la Biblia habla de
agua,
se supone que tengamos en mente una vasta
hueste de conceptos asociativos, una
complejidad de imágenes bíblicas que afecta
nuestros pensamientos sobre el agua. Para
decirlo de manera diferente, se supone que
el agua sea como un "murmullo", un término
que evoca muchas asociaciones y
connotaciones. Cuando leemos la palabra
agua,
debe recordarnos los actos salvadores y las
revelaciones salvadoras de Dios por medio
del agua a través de la Escritura. La Biblia
usa muchos de estos "murmullos", y el número
de ellos aumenta a medida que se avanza
hasta que, para cuando llegamos al
Apocalipsis (la cabeza de ángulo de la
profecía), todos ellos vienen a la vez hacia
nosotros a gran velocidad, en una ventarrón
de referencias asociativas, algunas de las
cuales son obvias, otras oscuras. Para el
que conoce realmente su Biblia y ha
observado los patrones literarios y las
imágenes literarias, gran parte del libro
aparecerá familiar; para el resto de
nosotros, es confuso. En Apocalipsis, somos
confrontados por todas las connotaciones
bíblicas de numerosas imágenes: no sólo de
agua, sino también de luz, fuego, nubes,
ángeles, estrellas, lámparas, alimentos,
rocas, espadas, tronos, arcoiris,
vestiduras, truenos, voces, animales, alas,
aves de rapiña, ojos, llaves, trompetas,
plagas, montañas, vientos, mares, altares,
sangre, langostas, árboles, cabezas,
cuernos, y coronas.
Apocalipsis también nos presenta
imágenes de una mujer, un dragón, un
desierto, una marca en la frente, una hoz,
perlas, un lagar, una copa de vino, una
ramera, un río, Sodoma, Egipto, Babilonia,
resurrección, una boda, una cena de bodas,
el Esposo, y la ciudad/esposa en forma de
una pirámide. Y luego está al uso de números
simbólicos: dos, tres, cuatro, siete, diez,
doce, y múltiplos de ellos - 24, 42, 144,
666, 1000, 1260, 7000, 12000 y 144000.
Por eso es necesario entender la Biblia
y el uso que ella hace de símbolos y
patrones si es que alguna vez vamos a
entender el libro de Apocalipsis. Los
siguientes capítulos sobre el tema del
paraíso en la Escritura están diseñados para
introducir al lector al uso que la Biblia
hace de imágenes. Esencialmente, esto es un
ejercicio en
teología
bíblica, el término técnico para
designar el estudio de la revelación
progresiva de Dios sobre la salvación. En
principio, toda la historia de la redención
se enseña en los primeros capítulos de la
Biblia: el resto simplemente se construye
sobre el fundamento echado allí. Por eso,
como veremos más adelante, las revelaciones
posteriores dependen en gran medida del tema
del huerto de Edén.
Al entrar en este estudio de las
imágenes bíblicas, revisemos las reglas
básicas:
-
Lea visualmente; trate de
representarse lo que la Biblia está
diciendo.
-
Lea bíblicamente, no especule ni haga
abstracciones, sino preste mucha atención a
lo que la Biblia misma dice sobre sus
propios símbolos.
-
Lea el relato; trate de pensar en
cómo contribuye cada elemento de la Biblia a
su mensaje de salvación como un todo.
Capítulo 3
EL TEMA DEL PARAÍSO
Comenzaremos, pues, con la creación del mundo y con Dios su
creador, porque el primer hecho que se debe captar es éste:
la renovación de la creación
ha sido elaborada por el mismo Verbo que creó la tierra en el
principio. No hay, pues, ninguna inconsistencia entre la
creación y la salvación, porque el Padre ha empleado el mismo
Agente para ambas obras, efectuando la salvación del mundo por
medio del mismo Verbo que lo creó al principio.
Atanasio, On the Incarnation
[I]
La historia del Edén contiene tres ideas básicas, conceptos
que nos confrontan repetidamente al estudiar la Biblia: la
creación, la caída, y la redención en Cristo. Al desarrollar
estas ideas a través de la historia de la salvación, vemos
imágenes y acciones familiares que reaparecen y patrones que
comienzan a tomar forma, hasta que el último libro de la Biblia
finalmente responde a todas las preguntas que comienzan en el
primer libro. La revelación de Dios acerca de sí mismo es un
todo coherente,
consistente; y llega hasta nosotros en formas literarias muy
hermosas. Nuestra correcta interpretación del mensaje será
incorrecta, a menos que intentemos entender y apreciar la forma
en que ese mensaje es comunicado. Al comenzar nuestro estudio
donde la Biblia misma comienza, podemos entender más pronto, no
sólo el libro de Apocalipsis, sino la Biblia misma -
por qué los escritores
de la Biblia dijeron lo que
dijeron de la manera en
que lo dijeron. Y nuestras razones para hacerlo así es que, de
este modo, podemos confiar más plenamente en las promesas de
Dios, obedecer sus mandamientos, y heredar sus bendiciones.
La
naturaleza de la salvación
Uno de los temas básicos de la Escritura es que la
salvación restaura al hombre a
su propósito original. En el principio, Dios creó al
hombre a su propia imagen, para que el hombre tuviera
señorío (Gén. 1:26-28).
Esa tarea de señorío comenzó en el huerto de Edén, pero no se
suponía que terminase allí, porque al hombre se le ordenó tener
señorío sobre toda la tierra. Adán y Eva (y sus hijos) habrían
de extender las bendiciones del paraíso al mundo entero. Pero,
cuando el hombre se rebeló, perdió la capacidad de tener señorío
divino, porque perdió la comunión con su Creador. Aunque el
hombre caído es todavía la imagen de Dios (Gén. 9:6), ahora es
una imagen desnuda
(Gén. 3:7), porque ha perdido su cobertura original - la gloria
de Dios (Rom. 3:23). La imagen de Dios permanece, hasta cierto
punto, en todos los hombres, pero la imagen ha quedado torcida,
defectuosa, desfigurada, y rota como resultado del pecado. Y la
tierra, de la cual se había planeado que se convirtiera en el
huerto-templo de Dios, en vez de eso se ha convertido en un
desierto de espinas, abrojos, sudor, escasez, contaminación, y
muerte (Gén. 3:17-19; Isa. 24:1-6; Rom. 5:12). El hombre fue
expulsado del huerto, y se le prohibió volver a entrar.
Pero ese no es el fin de la historia. El mismo día en que
Dios pronunció juicio sobre el hombre y la tierra, pronunció un
juicio mayor sobre el tentador, declarando que el Redentor
vendría algún día para aplastar la caebza de la serpiente (Gén.
3:15). En consecuencia, el apóstol Juan nos dice que
"el Hijo de Dios apareció para
este propósito, para destruir las obras del diablo" (1
Juan 3:8). Cristo vino como el
segundo Adán, para deshacer el daño causado por medio del
primer Adán (1 Cor.
15:22, 45; Rom. 5:15-19). Dios había soplado en Adán el
aliento (en hebreo, el
Espíritu) de vida, pero
la rebelión de Adán trajo la muerte al mundo. En la salvación,
Cristo sopla nuevamente en su pueblo el Espíritu de vida (Juan
20:22) - la vida eterna, que nos libera de la maldición del
pecado y de la muerte (Rom. 8:2), lo cual resultará finalmente
en la restauración de toda la creación (Rom. 8:19-21). En
Cristo, somos realmente una
nueva creación (2 Cor. 5:17), porque hemos sido
re-creados a la imagen de Dios (Efe. 4:24; Col. 3:10), y
revestidos nuevamente con la gloria de Dios (Rom. 8:29-30). Y,
esta vez, la seguridad de la restaurada imagen de Dios está
garantizada, porque nuestra posición es en el Cristo que nunca
puede fracasar. En Él, tenemos la
vida eterna.
Esto presenta otro patrón bíblico básico, un patrón triple
que es asumido durante gran parte del material de este libro, y
que veremos una y otra vez durante nuestros estudios. La
Escritura presenta la salvación en términos de una estructura
definitiva-progresiva-final,
y por eso las profecías bíblicas a menudo parece que se
superponen. La salvación se ejecutó
definitivamente en la
obra perfecta y consumada de Jesucristo; es aplicada
progresivamente y
cada vez más durante
esta era; personal e institucionalmente; y se logrará
finalmente, en su
cumplimiento más completo, el final de la historia en el día
final. Hemos sido
salvados (2 Tim. 1:9), estamos
siendo salvados ahora (Fil. 2:12-13), y
seremos salvados en el
futuro (1 Ped. 1:9). Para decirlo de otra manera,
hemos sido re-creados a
imagen de Dios (Efe. 4:24),
estamos siendo re-creados progresivamente a su imagen (2
Cor. 3:18), y esperamos el día en que
seremos re-creados
perfectamente a su imagen (Fil. 3:20-21).
En consecuencia, la
salvación restaura el hombre a su llamado y a su propósito
originales, y garantiza que ese mandato original del hombre -
ejercer señorío sobre toda la tierra bajo la autoridad de Dios -
se cumplirá. Cornelius Van Til ha señalado que la
"revelación redentora de Dios tenía que ser tan
abarcante como lo había
sido el pecado". En la naturaleza del caso, la redención debía
ser para el mundo entero. Esto no quiere decir que debía salvar
a cada pecador individual en el mundo. Sin embargo, sí significa
que el universo creado, que lo ha sido en una sola unidad,
también debe ser salvado como una unidad" (An
Introduction to Systematic Theology [Presbyterian and
Reformed, 19741, p. 133]). En fin de cuentas, la salvación
bíblica revierte la maldición, revierte las condiciones
edénicas, repara las relaciones personales y sociales, y bendice
la tierra en todas las áreas. La tierra entera será salva, y
re-creada en el huerto de Dios. "Porque la tierra será llena del
conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar" (Isa.
11:9).
En consecuencia, en un sentido muy real (y progresivamente,
a medida que el evangelio conquista el mundo), el pueblo de Dios
siempre ha vivido "en el huerto". Por ejemplo, la tierra de
Egipto se describe en Génesis 13:10 "como el huerto de Jehová" -
y cuando el pueblo del pacto fue a vivir allí, se les dio la
tierra de Gosén, que era la
mejor de todo Egipto (Gén. 45:18; 47:5-6, 11, 27). En
esta localidad edénica,
fructificaron y se
multiplicaron (Éx. 1:7) - ¡la misma expresión que en el
mandamiento original que Dios había dado a Adán y Eva en el
Edén! Como era de esperarse, la tierra prometida era una tierra
en la que gran parte de la maldición se había revertido: era
"como el huerto de Edén" (Joel 2:3), y por lo tanto, de ella
"fluía leche y miel" (Éx. 3:8).
Como veremos en las páginas siguientes, la restauración de
Edén es un aspecto esencial de la salvación que Cristo
proporciona. Cuando el Antiguo Testamento predijo la venida de
Cristo y las bendiciones que Él traería, los profetas hablaban a
menudo en el lenguaje de restauración del Edén. Isaías escribió:
"Ciertamente consolará Jehová a Sión; consolará todas sus
soledades, y cambiará su desierto en paraíso, y su soledad en
huerto de Jehová; se hallará en ella alegría y gozo, alabanzas y
voces de canto" (Isa. 51:3). Y muchos años después, Ezequiel
profetizó:
"Así ha dicho Jehová el Señor: El día que os limpie de
todas vuestras iniquidades, haré también que sean habitadas las
ciudades, y las ruinas serán reedificadas. Y la tierra asolada
será labrada, en lugar de haber permanecido asolada a ojos de
todos los que pasaron. Y dirán: Esta tierra que era asolada ha
venido a ser como huerto del Edén; y estas ciudades que eran
desiertas y asoladas y arruinadas, están fortificadas y
habitadas. Y las naciones que queden en vuestros alrededores
sabrán que yo reedifiqué lo que estaba derribado, y planté lo
que antes estaba desolado; yo Jehová he hablado, y lo haré"
(Ezeq. 36:33-36).
Pero hay mucho más en estas profecías (y en otras) sobre la
restauración del Edén de lo que podríamos notar a primera vista.
En realidad, hay muchos, muchos pasajes de la Escritura que
hablan en términos de los
patrones edénicos que no mencionan al Edén por
nombre. El tema del
paraíso es recurrente en toda la Biblia, desde Génesis hasta
Apocalipsis; pero, para reconocerlo, primero debemos
familiarizarnos con lo que la Palabra de Dios dice acerca del
huerto de Edén mismo. Dios se ha puesto en el trabajo de darnos
información muy específica sobre el huerto, y el resto de la
Escritura está redactado sobre este fundamento, refiriéndose a
él regularmente. Nótese bien: este estudio no es meramente una
colección de curiosidades, de "hechos extraños e interesantes
sobre la Biblia" (es decir, la clase de información irrelevante
que a menudo se encuentra en las secciones "enciclopédicas" de
las grandes Biblias familiares). Repito, es un tema bíblico
principal, que ilumina dramáticamente el mensaje de Apocalipsis
- y, de paso, ayudándonos a entender el mensaje de la Biblia
como un todo. Por esto, en los capítulos que siguen,
examinaremos las varias características del huerto de Edén,
tomando nota especialmente de cómo cada una de ellas se
convierte en un "subtema" en sí misma, en términos del tema
general de la restauración edénica en la salvación.
Capítulo 4
EL
MONTE SANTO
Por lo tanto, cuando los siervos de los sumos
sacerdotes y los escribas vieron estas cosas, y oyeron decir
a Jesús: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba" [Juan
7:37b], percibieron que éste no era un simple hombre como
ellos mismos, sino que éste era Aquel que daba agua a los
santos, y que era el que fue anunciado por el profeta
Isaías. Porque él era ciertamente el esplendor de la luz, y
la Palabra de Dios. Y así, como un río, era también la
fuente del paraíso; pero ahora da el mismo don del Espíritu
a todos los hombres, y dice: "Si alguno tiene sed, venga a
mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su
interior correrán ríos de agua viva" [Juan 7:37-38]. Esto no
lo decía un hombre, sino el Dios viviente, que ciertamente
otorga la vida, y da el Espíritu Santo.
Atanasio, Letters [xliv]
El
monte santo
La ubicación del huerto
Aunque comúnmente usamos los términos
Edén y
huerto de Edén como
sinónimos (como lo hace la Biblia a veces también), Génesis 2:8
nos dice que el jardín fue plantado por Dios al
oriente del área
conocida como Edén - una tierra que originalmente estaba situada
al norte de Palestina
(consultar Sal. 48:2; Isa. 14:13; Eze. 28:14; y la discusión
sobre los ríos, más abajo). Cuando el hombre perdió la comunión
con Dios y fue expulsado del huerto, evidentemente salió del
lado oriental, puesto
que había sido allí donde Dios había puesto a los querubines que
guardaban el huerto contra intrusos (Gén. 3:24). Esto plantea
una pregunta interesante: ¿Por qué fueron puestos los querubines
sólo del lado oriental? Una respuesta probable es que el huerto
era inaccesible desde todos los otros lados (consultar Cantares
de Salomón 4:12), y que la entrada tenía que ser por la "puerta"
oriental (esto concordaría con el significado de la antigua
palabra paradise, que
significaba un jardín
encerrado); en el poema de Milton, el diablo entró al
huerto saltando por encima del muro (consultar Juan 10:1):
Así trepó este primer gran ladrón al redil de Dios:
Así trepan a la iglesia sus obscenos secuaces. [4.192-93]
Aparentemente, los piadosos tendían a permanecer cerca de
la entrada oriental del huerto por algún tiempo - quizás
llevando sus sacrificios a la "puerta" - porque cuando Caín huyó
de "la presencia de Jehová" (un término técnico en la Escritura
para el centro oficial de
culto), se dirigió a las partes
más al oriente (Gén.
4:16), lejos de Dios y de los hombres piadosos.
Por eso, es significativo que la entrada al tabernáculo
estuviese en el lado oriental
(Éx. 27:13-16): entrar a la presencia de Dios por medio de la
redención es una readmisión al Edén por gracia. La visión de
Ezequiel del triunfo universal del evangelio muestra el sanador
río de vida fluyendo desde las puertas del templo restaurado (la
iglesia, Efe. 2:19-22) hacia
el oriente (Eze. 47:1-129); y, como precursor del día en
que la riqueza de todas las naciones sea llevada a la casa de
Dios (Isa. 60:4-16); Hab. 2:6-9; Sal. 72:10-11; Apoc. 21:24-26),
el nacimiento del Rey de reyes fue honrado por los sabios que
trajeron dones del oriente
(Mat. 2:1-11).
Una clave principal para hallar la ubicación del huerto de
Edén original es el hecho de que los cuatro grandes ríos que
regaban la tierra se derivaban del solo río de Edén (Gén.
2:10-14). El diluvio alteró drásticamente la geografía del
mundo, y dos de estos ríos (Pisón y Gihón) ya no existen. Los
otros dos ríos son el Tigris (Hiddekel
en hebreo) y el Éufrates, que ahora no nacen de la misma fuente,
como lo hacían entonces. Pero la Biblia sí nos dice dónde
estaban situados estos ríos: el Pisón corría a través de la
tierra de Havila (Arabia); el Gihón corría a través de Cus
(Etiopía); el Tigris corría a través de Asiria; y el Éufrates
fluía a través de Siria y Babilonia (desde donde ahora se
encuentra con el Tigris, como a 40 millas sobre el golfo
Pérsico). Por supuesto, la fuente común de estos ríos era el
norte de Palestina, y probablemente el norte geográfico, en el
área de Armenia y el Mar Negro - que es, de modo interesante, el
lugar donde se inició la raza humana después del diluvio (Gén.
8:4). Como fuente del agua, el Edén era, pues, fuente de
bendición para el mundo, proporcionando la base para la vida, la
salud, y la prosperidad de todas las criaturas de Dios.
Por esta razón, el agua
se convierte en un símbolo importante en la Escritura a causa de
las bendiciones de la salvación. En el creyente individual, la
salvación es un pozo de agua que brota para vida eterna (Juan
4:14); pero, así como el río de Edén era alimentado por una
multitud de manantiales
(Gén. 2:6, NVI), el agua de la vida se convierte en un
río de agua viva, que
fluye de la iglesia para todo el mundo (Juan 7:37-39; Eze.
47:1-12; Zac. 14:8), sanando y restaurando toda la tierra, de
modo que hasta las tierras desérticas son transformadas en un
huerto (Isa. 32:13-17; 35:1-2). Así como el Espíritu es
derramado, "Jacob echará raíces, Israel florecerá y echará
renuevos, y llenará de fruto la faz del mundo" (Isa. 27:6).
Finalmente, un aspecto muy importante de la ubicación de
Edén es que estaba sobre un
monte (El Edén mismo era probablemente una meseta en la
cima de un monte). Esto se deduce del hecho de que el manantial
del agua para el mundo estaba en Edén: el río simplemente caía
del monte en forma de cascada, que se dividía en cuatro brazos
al correr. Además, cuando Dios habla del rey de Tiro
(refiriéndose a él como si fuera Adán, en términos del llamado
original del hombre) dice: "En
Edén, en el huerto de Dios estuviste ... Yo te puse en
el monte santo de Dios"
(Eze. 28:13-14).
Que Edén era originalmente "el monte santo" explica la
importancia de haber Dios elegido montes como sitios para sus
actos y sus revelaciones de redención. La expiación substitutiva
en lugar de la simiente de Abraham tuvo lugar en el monte Moriah
(Gén. 22:2). Fue también en el monte Moriah donde David vio al
ángel del Señor de pie, espada en mano, listo para destruir a
Jerusalén, hasta que David construyó un altar allí e hizo
expiación por medio de un sacrificio (1 Crón. 21:15-17). Y,
sobre el monte Moriah, Salomón construyó el templo (2 Crón.
3:1). La revelación por gracia de Dios de su presencia, su pacto
y su ley tuvo lugar en el monte Sinaí. Así como a Adán y Eva se
les había impedido entrar al huerto, al pueblo de Israel se le
prohibió acercarse al monte santo so pena de muerte (Éx. 19:12;
consultar Gén. 3:24). Pero a Moisés (el mediador del pacto
antiguo, Gál. 3:19), a los sacerdotes, y a los 70 ancianos del
pueblo se les permitió encontrarse con Dios en el monte (después
de hacer sacrificio de expiación), y allí comieron y bebieron la
comunión en presencia del Señor (Éx. 24:1-11). Fue sobre el
monte Carmelo donde Dios trajo al pueblo descarriado de vuelta a
sí mismo por medio de sacrificios en los días de Elías, y donde
los intrusos impíos en su huerto fueron tomados prisioneros y
destruidos (1 Reyes 18; es interesante que
carmel es una palabra
hebrea para jardín, plantación,
y huerto). Nuevamente,
sobre el monte Sinaí (también llamado Horeb), Dios reveló a
Elías su presencia salvadora, y le comisionó nuevamente como su
mensajero para las naciones (1 Reyes 19).
En su primer gran sermón, el Mediador del nuevo pacto
presentó la ley nuevamente, desde un monte (Mat. 5:1ss). Su
designación oficial de los apóstoles se hizo en un monte (Mar.
3:13-19). En un monte, Él se transfiguró en presencia de sus
discípulos en una cegadora revelación de su gloria (recordando
asociaciones con Sinaí, Pedro llama a esto "el monte santo" en 2
Ped. 1:16-18). Sobre un monte, Jesús hizo el anuncio final del
juicio contra el infiel pueblo del pacto (Mat. 24). Despúes de
la última cena, Jesús ascendió a un monte con sus discípulos, y
desde allí siguió al huerto donde, como el postrer Adán,
prevaleció sobre la tentación (Mat. 26:30; consultar 4:8-11, al
comienzo de su ministerio). Finalmente, ordenó a a sus
discípulos encontrarse con él en un monte, donde les comisionó
para que conquistaran las naciones con el evangelio, y les
prometió enviarles el Espíritu Santo; desde allí, ascendió a la
nube (Mat. 28:16-20; Hech. 1:1-19); para leer más sobre la
importancia de esta nube, vea el capítulo 7).
En modo alguno he agotado la lista que podría hacerse de
referencias bíblicas a las actividades redentoras de Dios en
montes; pero las que se han citado son suficientes para
demostrar el hecho de que, en la redención, Dios nos llama a
retornar al Edén: tenemos acceso al santo monte de Dios por
medio de la sangre derramada de Cristo. Hemos venido al monte de
Sión (Heb. 12:22), y podemos acercarnos libremente al Lugar
Santo (Heb. 10:19), se nos permite, por la gracia de Dios,
participar nuevamente del árbol de la vida (Apoc. 2:7). Cristo
ha construido su iglesia como una ciudad sobre un monte, para
dar luz al mundo (Mat. 5:14), y ha prometido que las naciones
vendrán a esa luz (Isa. 60:3). Los profetas están llenos de
estas imágenes de montañas, dando testimonio de que el mundo
mismo será transformado en Edén: "En lo postrero de los tiempos,
será confirmado el monte de la casa de Jehová como cabeza de los
montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él
todas las naciones" (Isa. 2:2; consultar Isa. 2:2-4; 11:9;
25:6-9; 56:3-8; 65:25; Miq. 4:1-4). Así, vendrá el día en que el
reino de Dios, su santo monte, "llenará toda la tierra" (véase
Dan. 2:34-35, 44-45), así como el señorío original de Dios se
cumple en el postrer Adán.
El río Pisón, que nacía en el Edén, fluía "alrededor de
toda la tierra de Havilah, donde hay oro. Y el oro de aquella
tierra es bueno; allí hay bedelio y piedra de ónix" (Gén.
2:11-12). El propósito de estos versículos es claramente
relacionar en nuestras mentes al huerto de Edén con piedras
preciosas y minerales; y este punto se enfatiza en otras
referencias bíblicas que hablan de Edén. La referencia más obvia
se encuentra en la declaración de Dios al caído Adán (parte de
la cual fue citada más arriba):
En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra
preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe,
crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro
... (Eze. 28:13).
En realidad, el suelo parece haber estado bastante cubierto
de chispeantes gemas de toda clase, según el siguiente
versículo: "En medio de las piedras de fuego te paseabas". La
abundancia de joyería es considerada aquí como una
bendición: la comunidad
con Dios en Edén significaba estar rodeado de belleza. Moisés
nos dice que el oro de aquella tierra era
bueno (es decir,
en su estado natural;
no estaba mezclado con otros minerales). El hecho de que el oro
deba ser extraído de la tierra por medio de costosos métodos es
resultado de la maldición, particularmente en el juicio del
diluvio.
La piedra llamada ónice en la Escritura
posiblemente es
idéntica a la piedra actual del mismo nombre, pero nadie está
seguro; y hay aun menos certeza en relación con la naturaleza
del bedelio. Pero, al estudiar la historia bíblica de la
salvación, aparecen algunas cosas muy interesantes acerca de
estas piedras. Cuando Dios redimió a su pueblo de Egipto, ordenó
al sumo sacerdote que usara vestiduras especiales. En los
hombros, el sumo sacerdote debía llevar dos piedras de
ónice con los nombres
de las 12 tribus escritos sobre ellas; y Dios declara que estas
piedras son "piedras memoriales" (Éx. 25:7; 28:9-12). ¿Un
memorial de qué? ¡La
única mención del ónice antes de Éxodo ocurre en Génesis 2:12,
con referencia al huerto de Edén! Dios quería que su pueblo
mirara al sumo sacerdote - que de muchas maneras era símboolo
del hombre plenamente restaurado a la imagen de Dios - y que así
recordara las
bendiciones del huerto, cuando el hombre estaba en comunión con
Dios. Las piedras debían servir como recordatorios para el
pueblo de que, al salvarles, Dios les estaba restaurando al
Edén.
Un ejemplo aun más notable de esto es en lo que se nos dice
acerca de la provisión del maná por parte de Dios. Por sí mismo,
el maná era un recordatorio de Edén, pues, aun mientras el
pueblo de Dios estaba en el desierto (en camino a la tierra
prometida de la abundancia), el alimento era abundante, tenía
buen sabor, y era fácil de hallar - como, por supuesto, lo había
sido en Edén. Pero, en caso de que no captaran el mensaje,
Moisés recordó que el maná tenía el color del
bedelio (Núm. 11:7) -
¡la única ocasión en que la palabra aparece aparte de su mención
original en el libro de Génesis! Y, dicho sea de paso, esto nos
dice el color del bedelio, pues en otra parte (Éx. 16:31) que el
maná era de color blanco.
En los mensaje de nuestro Señor para la iglesia en Apocalipsis,
se usan imágenes edénicas una y otra vez para decribir la
naturaleza de la salvación (véase Apoc. 2-3), y en una ocasión,
promete: "Al que venciere, le daré del
maná escondido, y una
piedrecita blanca"
(Apoc. 2:17).
¡Es digno de notarse que estas declaraciones con relación
al ónice y al bedelio se hicieron al estar Israel viajando a
través de la tierra de Havilah! Mientras viajaban, podían
observar los terribles efectos de la maldición, que había
convertido esta tierra hermosa y bien irrigada en un "desierto
devastado, en el cual aullaba el viento" - mientras ellos, por
gracia, podían disfrutar de las bendiciones del huerto de Edén.
Este tema de la restauración del Edén era también evidente en el
uso abundante del oro
en el mobiliario de tabernáculo y el templo (Éx. 25, 1 Reyes 6),
y en las vestiduras del sumo sacerdote (Éx. 28). Los privilegios
del primer Adán, a los cuales había renunciado, nos fueron
restaurados por el postrer Adán, al estar nosotros nuevamente en
la presencia de Dios por medio de nuestro Sumo Sacerdote.
En sus profecías del Mesías venidero y sus bendiciones, los
profetas del Antiguo Testamento se concentraron en esta imagen
edénica de joyería, describiendo la salvación en términos de
cómo Dios adornaría a su pueblo:
Yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros
te fundaré. Tus ventanas pondré de piedras preciosas, tus
puertas de piedras de carbunclo, y toda ut muralla de piedras
preciosas (Isa. 54:11-12).
Vendrá a ti la multitud del mar, y las riquezas de las
naciones se volverán a ti. Multitud de camellos te cubrirá;
dromedarios de Madián y de Efa; vendrán todos los de Sabá;
traerán oro e incienso y publicarán alabanzas de Jehová. ...
Ciertamente a mí esperarán los de la costa, y las naves de
Tarsis desde el principio, para traer tus hijos de lejos, su
plata y su oro con ellos, al nombre de Jehová tu Dios, y al
Santo de Israel, que te ha glorificado. ... Tus puertas estarán
de continuo abiertas; no se cerrarán de día ni de noche, para
que a tí sean traídas las riquezas de las naciones. (Isa.
60:5-6; 9, 11).
En consonancia con este tema, la Biblia nos describe a
nosotros (Mal. 3:17) y a nuestra obra para el reino de Dios (1
Cor. 3:11-15) en términos de joyería; y, al final de la
historia, toda la ciudad de Dios es un despliegue deslumbrante
y brillante de piedras preciosas (Apoc. 21:18-2).
Así, pues, la historia del paraíso nos proporciona
información importante sobre el origen y el significado de los
metales preciosos y las piedras preciosas y, en consecuencia,
del dinero también. Desde el mismo principio, Dios atribuyó
valor al oro y a las joyas, habiéndolas creado como reflejos de
su propia gloria y belleza.
Por consiguiente, el valor original de los metales preciosos y
las piedras preciosas era estético, no económico; su
importancia económica nació del hecho de que eran apreciados por
su belleza. La estética viene
primero que la economía.
Históricamente, el oro vino a servir como un medio de
intercambio precisamente porque su valor era independiente de, y
anterior a, su función monetaria. El oro no es
intrínsecamente valioso
(sólo Dios posee valor intrínseco); en vez de eso, el oro es
valioso porque el hombre, como imagen de Dios, le
atribuye valor.
Bíblicamente, un medio de intercambio es primero mercancía, un
artículo que los hombres valoran como tal. La Escritura siempre
mide el dinero por peso,
en moneda corriente (Lev. 19:35-37) y condena todas las formas
de inflación como degradación de la moneda (Prov. 11:1; 20:10,
23; Isa. 1:22; Amós 8:5-6; Miq. 6:10-12).
Dios ha asignado valor a los metales preciosos y a las
piedras preciosas, y ha creado en nosotros una atracción hacia
ellos; pero también ha dejado bien claro que estas cosas no
pueden poseerse o disfrutarse permanentemente aparte de la
comunión con Él. A los impíos se les permite extraer estos
metales de la tierra, y poseerlos por un tiempo, para que su
riqueza pueda ser finalmente la posesión del restaurado pueblo
de Dios.
Aunque [el impío] amontone plata como polvo y prepare ropa
como lodo; la habrá preparado él, mas el justo se vestirá (Job.
27:16-17).
Al pecador da el trabajo de recoger y amontonar, para darlo
al que agrada a Dios (Ecle. 2:26).
El que aumenta sus riquezas con usura y crecido interés,
las aumenta para aquél que se compadece de los pobres (Prov.
28:8).
En realidad, hay un principio básico que siempre está en
operación a través de la historia: "La riqueza del pecador está
guardada para el justo" (Prov. 13:22), "porque los malignos
serán destruidos, pero los que esperan en Jehová, ellos
heredarán la tierra" (Sal. 37:9). Una nación temerosa de Dios
será bendecida con la abundancia, mientras que las naciones
apóstatas a su tiempo perderán sus recursos, al pronunciar Dios
maldición sobre los pueblos rebeldes y su cultura.
Capítulo 5
EL HUERTO DE JEHOVÁ
¿Qué - o más bien, quién - era necesario para esta
gracia y este llamado que necesitábamos? ¿Quién, sino el
Verbo de Dios mismo, que en el principio también había hecho
todas las cosas de la nada? Fue Él, y sólo Él, quien
transformó lo corruptible en incorruptible y mantuvo para el
Padre su consistencia de carácter con todos. Porque sólo él,
siendo el Verbo del Padre y por encima de todos, era en
consecuencia tanto capaz de re-crear a todos, como dignos de
sufrir por todos y ser embajador para todos con el Padre.
Atanasio, On the
Incarnation [7]
El huerto de Jehová
Los animales del huerto
En Edén, antes de la caída, no había muerte (Rom. 5:12).
Los animales no eran "salvajes", y Adán podía nombrar (es
decir, clasificar) a
los animales sin temor (Gén. 2:19-20). Pero la rebelión del
hombre resultó en terribles cambios en el mundo entero. La
naturaleza de los animales se alteró, de manera que se
convirtieron en una amenaza para la paz y la seguridad del
hombre. El señorío que Adán había ejercido sobre ellos se
perdió.
Sin embargo, en Cristo el señorío ha sido restaurado (Sal.
8:5-8 con Heb. 2:6-9). Por eso, cuando Dios salvó a su pueblo,
este efecto de la maldición comenzó a ser revertido. Cristo les
condujo por un peligroso desierto, protegiéndoles de serpientes
y escorpìones (Deut. 8:15), y les prometió que siva en la Tierra
Prometida sería semejante a la del Edén en su libertad de los
ataques de animales salvajes: "Y yo daré paz en la tierra, y
dormiréis, y no habrá quien os espante; y haré quitar de vuestra
tierra las malas bestias, y la espada no pasará por vuestro
país" (Lev. 26:6). En realidad, esta es la razón por la que Dios
no permitió que Israel exterminara a los cananeos de una vez por
todas: los paganos sirvieron
como amortiguador entre el pueblo del pacto y los animales
salvajes (Éx. 23:29-30; Deut. 7:22).
Por consiguiente, cuando los profetas predijeron la futura
salvación en Cristo, la describieron en los mismos términos de
la bendición de Edén: "Y estableceré con ellos pacto de paz, y
quitaré de la tierra las fieras; y habitarán en el desierto con
seguridad y dormirán en los bosques" (Eze. 34:25). "No habrá
allí león, ni fiera subirá por él, ni allí se hallará, para que
caminen los redimidos" (Isa. 35:9). De hecho, la Biblia llega
hasta a decir que, a causa de la penetración del evangelio en el
mundo, la naturaleza salvaje de los animales será transformada a
su condición original y edénica:
Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el
cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia
doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca
y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león
comerá paja como el buey. Yel niño de pecho jugará sobre la
cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano
sobre la caverna de la víbora. No haránmal ni dañarán en
todo mi santo monte; porque la tierra será llena del
conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar (Isa.
11:6-9; consultar Isa. 65:25).
Por otra parte, advirtió Dios, la maldición reaparecería si
el pueblo se alejara de la ley de Dios: "Enviaré también contra
vosotros bestias fieras que os arrebaten vuestros hijos, y
destruyan vuestro ganado, y os reduzcan en número, y vuestros
caminos sean desiertos" (Lev. 26.22; consultar Núm. 21:6; Deut.
28:26;2 Reyes 2:24; 17:25; Eze. 5:17; 14:15, 32.4; Apoc. 6:8).
Cuando una cultura se aleja de Dios, Él entrega a ese pueblo al
dominio de los animales salvajes, para evitar que ese pueblo
tengan dominio impío sobre la tierra. Pero, en una cultura
piadosa, esta amenaza contra la vida y la propiedad desaparecerá
progresivamente, y finalmente, cuando el conocimiento de Dios
cubra la tierra, los animales serán domados y puestos nuevamente
al servicio del reino de Dios.
Finalmente, en relación con esto, tenemos que considerar a
los dinosaurios, pues hay toda una teología alrededor de ellos
en la Biblia. Aunquela Biblia habla de los dinosaurios
terrestres (consultar behemoth
en Job 40:15-24, que algunos confunden con un hipopótamo, pero
que en realidad se parece más a un brontosaurio), nuestro
interés aquí se centra en los
dragones y las serpientes marinas (consultar Job 7:12;
41:1-34) - algunos suponen que la criatura que se menciona en la
última referencia, un enorme dragón que arrojaba fuego y se
llamaba leviatán, ¡era un cocodrilo!). Esencialmente, como parte
de la buena creación de Dios (Gén. 1:21):
monstruos marinos), no
hay nada "malo" acerca de estas criaturas (Gén. 1:31; Sal.
148:7); pero, a causa de la rebelión dle hombre, se usan en la
Escritura para simbolizar al hombre rebelde en la cúspide de su
poder y su gloria.
En la Escritura se habla de tres clases de monstruos:
Tannin (dragón; Sal.
91:13), leviatán (Sal.
104:26), y rahab (Job
26:12-13); en hebreo, esta palabra es completamente diferente
del nombre de la prostituta cananea que salvó a los espías
hebreos en Josué 2. La Biblia relaciona a cada uno de estos
monstruos con la serpiente, que representa al enemigo sutil y
engañoso del pueblo de Dios (Gén. 3, 13-15). Por eso, para
demostrar la victoria divina y el señorío divino sobre la
rebelión del hombre, Dios convirtió la vara de Moisés en una
"serpiente" (Éx. 4:1-4), y la vara de Aarón en una culebra (tannin;
Éx. 7:8-12). Por consiguiente, en la Escritura, el dragón/la
serpiente se convierte en símbolo de la cultura satánicamente
inspirada y rebelde (Comp. Jer. 51:34), especialmente
ejemplificada por Egipto en su guerra contra el pueblo del
pacto. Esto es particularmente cierto con respecto al monstruo
rahab (que significa el altivo),
que a menudo es sinónimo de Egipto (Sal. 87:4; 89:10; Isa.
30:7). La liberación del pueblo del pacto por parte de Dios en
Éxodo se describe en términos tanto de la creación original de
Dios como de su triunfo sobre el dragón:
Despiértate, despiértate, vístete de poder, oh brazo de
Jehová; despiértate como en el tiempo antiguo, en los siglos
pasados. ¿No eres tú el que cortó a Rahab, y el que hirió al
dragón? ¿No eres tú el que secó el mar, las aguas del gran
abismo; el que transformó en camino las profundidades del mar
para que pasaran los redimidos? (Isa. 51:9-10).
La Biblia también habla del Éxodo como salvación contra el
leviatán:
Dividiste el mar con tu poder; quebrantaste cabezas de
monstruos en las aguas. Magullaste las cabezas del leviatán, y
lo diste por comida a los moradores del desierto (Sal.
74:13-14).
Por eso, en cumplimiento provisional de la promesa hecha en
Edén, la cabeza del dragón fue aplastada cuando Dios sacó a su
pueblo de Egipto. Por supuesto, la herida en la cabeza se sanó y
el dragón (acompañado por el dragón-estado en su imagen)
continuó atormentando y persiguiendo a la simiente de la mujer
(consultar Apoc. 12-13). Esto ocurre una y otra vez durante todo
el Antiguo Testamento, que registra numerosos aplastamientos de
la cabeza del dragón (Judas 4:21; 5:26-27; 9:50-57; 1 Sam.
5:1-5; 17:49-51; 2 Sam. 18:9; 20:21-22; Sal. 68:21; Hab. 3:13).
En términos de la triple estructura de la salvación que vimos en
un capítulo anterior, la derrota
definitiva del dragón
tuvo lugar a la muerte y la resurrección de Cristo, cuando
derrotó a los poderes de las tinieblas, desarmó a las fuerzas
demoníacas, echó fuera al diablo, y le dejó indefenso (Sal.
110:6; Juan 12:31-32; Col. 2:15; Heb. 2:14; Apoc. 12:5-10;
20:1.3). Los profetas esperaban esto:
En aquel día, Jehová castigará con su espada dura, grande y
fuerte, al leviatán serpiente veloz, y al leviatán serpiente
tortuosa; y matará al dragón que está en el mar.
Progresivamente,
las implicaciones de la victoria de Cristo son desarrolladas por
su pueblo a su tiempo y en la tierra (Juan 16:33; 1 Juan
2:13-14; 4:4; 5:4-5; Apoc. 12:1), hasta el triunfo
final en la consumación
de la historia, cuando el dragón sea por fin destruido (Apoc.
20:7-10). Sin embargo, el punto especial que se debe captar para
la época actual es que debemos esperar crecientes victorias
sobre la serpiente, que ha sido puesto bajo nuestros pies (Rom.
16:20). Al cosechar los piadosos constantemente las bendiciones
del Edén restaurado, el señorío de Satanás se encogerá y se
desvanecerá. Esto queda simbolizado por el hecho de que, cuando
todas las otras criaturas sean reaturadas a su naturaleza
edénica, la condición de la serpiente permanecerá igual. Dios
advirtió al dragón que mordería el polvo bajo los talones de los
justos, y este aspecto de la maldición alcanzará su pleno
efecto:
"El león y el cordero serán apacentados juntos, y el león
comerá paja como el buey; y el
polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni
harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová" (Isa. 65:25;
consultar Gén. 3:14).
Los árboles del huerto
Por supuesto, es innecesario decir que un aspecto
fundamental del huerto de Edén es que era un
jardín: toda clase de
árboles hermosos y que llevaban fruto había sido plantada allí
por Dios (Gén. 2:9). Antes de la caída, el alimento era
abundante y barato, y el hombre no tenía que gastar mucho tiempo
buscando el sostenimiento y el refrigerio. En vez de eso, pasaba
su tiempo en actividades científicas, productivas, y estéticas
(Gén. 2:15, 19-20). La mayor parte de su trabajo tenía que ver
con investigar y hermosear su ambiente. Pero, cuando se rebeló,
esto fue cambiado, y la maldición le cayó a su trabajo y sus
alrededores naturales: "Maldita será la tierra por tu causa: con
dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y
cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor
de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra,
porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo
volverás" (Gén. 3:17-19). Dios impuso la maldición de la
escasez, y la mayor parte del trabajo del hombre se convirtió en
una búsqueda de alimento.
Pero, en la salvación, Dios restaura a su pueblo al Edén, y
el alimento se vuelve más barato y más fácil de obtener. A su
vez, se puede dedicar más tiempo a otras actividades: el aumento
de la cultura es posible sólo cuando el alimento es
relativamente abundante. Dios da a su publo alimento para darle
señorío. La historia bíblica de la salvación demuestra esto una
y otra vez. En lugares demasiado numerosos para enumerarlos aquí
en su totalidad, se menciona a los hombres piadosos cerca de
árboles (véase Gén. 18:4, 8; 30:37; Judas 3:13; 4:5; 1 Reyes
19:5; Juan 1:48; y, en una traducción moderna, véase Gén. 12:6;
13:18; 14:13; Judas 4:11). En ninguna de estas referencias es
absolutamente esencial para la historia misma mencionar los
árboles; en cierto sentido, podríamos pensar que este detalle
podría haber sido dejado fuera: Pero Dios quiere que veamos en
nuestras mentes la imagen de su pueblo viviendo en medio de la
abundancia, rodeado por las bendiciones del huerto como aparecen
restaurados en la salvación. Cuando Israel es bendecido,
encontramos a cada uno de los hombres sentado bajo su propia
parra y su propia higuera (1 Reyes 4:25), y lo mismo se
profetiza de todos los que viven bajo las bendiciones del
Cristo, cuando todas las naciones acudan al Monte del Señor
(Miqueas 4:1-4; Zac. 3:10).
Por esta razón, la imagen edénica de
árboles, plantar, y
frutos se usa a través
de toda la Escritura para describir la obra de la salvación de
Dios. Al cantar acerca de la liberación del pueblo por Dios en
el nuevo Edén, Moisés dice: "Tú los introducirás y los
plantarás en el monte
de tu heredad" (Éx. 15:17). El hombre piadoso es "como árbol
plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su
tiempo, y su hoja no cae; y todo lo que hace prosperará" (Sal.
1:3; consultar Jer. 17:7-8). El pueblo del pacto es "como
huertos junto al río, como áloes plantados por Jehová, como
cedros junto a las aguas" (Núm. 24:6). "Israel echará renuevos,
y llenará de fruto la faz del mundo" (Isa. 27:6).
El candelabro en el tabernáculo era un recordatorio de
Edén: en realidad, era un
árbol estilizado, adornado con bulbos y flores
artificiales, todo hecho de
oro puro (Éx. 37:17-24). Además, el templo estaba
ricamente provisto de simbolismo de la restauración edénica: las
paredes de cedro exhibían esculturas de calabazas, flores,
palmeras y querubines, cubiertos de oro (1 Reyes 6:15-36;
consultar la visión del templo restaurado en Eze. 41:18-20). El
arca del pacto contenía no sólo la ley sino también una fuente
de oro con maná y la vara de Aarón que estaba milagrosamente
recubierta de capullos, flores, y almendras (Heb. 9:4).
El sumo sacerdote era un símbolo viviente del hombre
restaurado plenamente a la comunidad con Dios en el huerto de
Edén. Su frente estaba cubierta con una placa de oro, en la cual
estaba grabada la frase:
SANTIDAD A JEHOVÁ (Éx. 28:36), como símbolo de la
eliminación de la maldición en la frente de Adán. El pectoral
estaba cubierto de oro y piedras preciosas (Éx. 28:15-30), y el
borde de su túnica estaba circundado por granadas y campanillas
de oro (Éx. 28:33-35). Como otro símbolo de la liberación de la
maldición, la túnica misma estaba hecha de
lino (Éx. 28:6),
porque, mientras ministraban, a los sacerdotes se les prohibía
llevar sobre sí ninguna prenda de lana: "Y cuando entren por las
puertas del atrio interior, se vestirán vetiduras de lino; no
llevarán sobre ellos cosa de lana ...
no se ceñirán cosa que los
haga sudar" (Eze. 44:17-18). En Gén. 3:18-19, el sudor es
un aspecto del trabajo del hombre caído bajo la muerte y la
maldición; al sacerdote, como Hombre Restaurado, se le requería
llevar puesto el material ligero de lino para mostrar la
eliminación de la maldición en la salvación.
El simbolismo edénico aparecía también en las fiestas de
Israel, cuando celebraban la abundancia de la provisión de Dios
y disfrutaban de la plenitud de la vida y la prosperidad bajo
las bendiciones del pacto. Esto es particularmente cierto de las
fiestas de los tabernáculos y las cabañas (también llamadas de
la "recolección" en Éx. 23:16). En esta fiesta, se les requería
abandonar sus hogares y vivir durante siete días en pequeños
"tabernáculos", o cabañas, echas enteramente del "ramas con
fruto de árbol hermoso, ramas de palmeras, ramas de árboles
frondosos, y sauces de los arroyos" (Lev. 23:40). Por lo
general, Israel habitaba en ciudades amuralladas, como
protección contra sus enemigos; sin embargo, en el momento mismo
de prosperidad (el fin de la cosecha) - cuando un ataque parecía
más probable - ¡Dios les ordenaba abandonar la seguridad de sus
hogares y viajar a Jerusalén para vivir en cabañas desprotegidas
hechas de ramas, ramas de palmeras, y frutos! Sin embargo, Dios
prometía que impediría que los paganos les atacaran durante las
fiestas (Éx. 34:23-24), e Israel tenía que confiar en la
fortaleza de Él.
Obviamente, la fiesta era un recordatorio de la vida en
Edén, cuando las ciudades amuralladas eran innecesarias; y
miraba hacia adelante, hacia el día en que el mundo sería
convertido en Edén y las naciones convertirían sus espadas en
arados (Miq. 4:3). Por esta razón, también se les ordenó
sacrificar 70 bueyes durante la fiesta (Núm. 29:12-38). ¿Por
qué? Porque el número de las naciones originales de la tierra
era 70 (se enumeran en Gén. 10), y la fiesta celebraba la
reunión de todas las naciones en el reino de Dios; así que se
hacía expiación por todas ellas.
Es importante recordar que los judíos no guardaron esta
fiesta - en realidad, hasta se les olvidó que estaba en la
Biblia - hasta su regreso del cautiverio bajo Esdras y Nehemías
(Neh. 8:13-18). Durante este período de renovación y
restauración, Dios iluminó las mentes de los profetas para que
entendieran la importancia de esta fiesta como una profecía
cumplida de la conversión de todas las naciones a la fe
verdadera. El último día de la fiesta (Hag. 2:1), Dios habló por
medio de Hageo: "Haré temblar a todas las naciones; y vendrán
con la riqueza de todas las naciones; y llenaré esta casa [el
templo] con gloria. ... Mía es la plata, y mío es el oro, dice
Jehová de los ejércitos" (Hag. 2:7-8). Por este mismo tiempo,
Zacarías profetizó acerca del significado de esta fiesta en
términos de la conversión de todas las naciones y la
santificación de todas las áreas de la vida (Zac. 14:16-21). Y
cientos de años más tarde, durante la celebración de la misma
fiesta, Cristo mismo declaró su significado: el derramamiento
del Espíritu sobre el creyente restaurado, de modo que la
iglesia se convierta en un medio para la restauración del mundo
entero (Juan 7:37-39; consultar Eze. 47:1-12).
Israel habría de ser el medio para llevar al mundo las
bendiciones del huerto de Edén: La Escritura hace lo posible
para representar esto simbólicamente cuando nos cuenta (dos
veces: Éx. 15:27; Núm. 33:9) de Israel acampando en Elim,
donde había 12 pozos de agua
(las 12 tribus de Israel) y 70
palmeras (las 70 naciones del mundo). Así, pues, Dios
organizó a Israel como un modelo a pequeña escala del mundo,
dándole 70 ancianos (Éx. 24.1); y Jesús siguió este patrón al
enviar a 70 discípulos (Luc. 10:1). El pueblo de Dios es una
nación de sacerdotes (Éx. 19:6; 1 Ped. 2:9; Apoc. 1:6), escogido
para llevar la luz del evangelio a un mundo oscurecido por el
pecado y la maldición. Más y más, la esperanza expresada en la
fiesta de los tabernáculos se concretará cuando la tierra entera
se convierta en un huerto (Isa. 11:9; Dan. 2:35); al llenarse el
mundo de bendición y seguridad, y ya no haya más necesidad de
ciudades amuralladas (Lev. 23:3-6; Isa. 65:17-25; Eze.
34:25-29). El huerto de Edén, el monte del Señor, será
restaurado en la historia,
antes de la Segunda Venida, por el poder del evangelio; y el
desierto se regocijará, y florecerá como la rosa (Isa. 35:1).
Por contraste, la Biblia dice que Dios controla a los
paganos reteniéndoles el alimento y el agua. Para entender la
miseria de gran parte del llamado "Tercer Mundo", es necesario
que miremos primero su impía religión y su impía cultura. La
bendición edénica de abundancia jamás será suya sino hasta que
se arrepientan y crean al evangelio. Por otra parte, las
culturas cristianas (especialmente los países de la Reforma),
son bendecidos con alimento relativamente barato y abundante.
Pero la advertencia bíblica es clara: si nuestro país continúa
en su apostasía, vendrá la hambruna, tan seguramente como
nuestros primeros padres fueron expulsados del Edén. El campo
fructífero nuevamente se convertirá en desierto:
Pero acontecerá, si no oyeres la voz de Jehová tu Dios,
para procurar cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que
yo te intimo hoy, que vendrán sobre tí todas estas maldiciones,
y te alcanzarán. Maldito serás tú en la ciudad, y maldito en el
campo. Maldita tui canasta, y tu artesa de amasar. Maldito el
fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, la cría de tus
vacas, y los rebaños de tus ovejas. Maldito serás en tu entrar,
y maldito en tu salir (Deut. 28:15-19).
Sobre la tierra de mi pueblo subirán ... hasta que sobre
vosotros sea derramado el Espíritu de lo alto, y el desierto se
convierta en campo fértil, y el campo fértil sea estimado por
bosque (Isa. 32:13-15).
Capítulo 6
EL HUERTO Y EL DESIERTO RUGIENTE
Entonces, ¿qué podía hacer Dios? ¿Qué más podía hacer,
siendo Dios, excepto renovar su imagen en la humanidad, de
manera que, por medio de ella, el hombre pudiera llegar a
conocerle una vez más? ¿Y cómo podría hacerse esto como no fuese
por medio de la venida de la Imagen misma, nuestro Salvador
Jesucristo? Los hombres no podrían haberlo hecho, pues sólo han
sido hechos a su imagen; tampoco podían haberlo hecho los
ángeles, pues no son las imágenes de Dios. La palabra de Dios
vino en su propia persona, pues era sólo Él, la imagen del
Padre, el que podía re-crear al hombre hecho a su imagen.
Sin embargo, para recrear esta imagen, primero tenía que
destruir la muerte y la corrupción. Por consiguiente, asumió un
cuerpo humano, para que, en él, la muerte pudiese ser destruida
una vez por todas, y los hombres pudiesen ser renovados según su
imagen.
Atanasio, On the
Incarnation [13]
Cuando Dios creó a Adán, le puso en la
tierra, y le dio
señorío sobre ella. La tierra es básica para el señorío; por
consiguiente, la salvación involucra una restauración de la
tierra y la propiedad. Al anunciar su pacto a Abraham, la
primera frase que Dios pronunció fue una promesa de tierra (Gén.
12:1) y cumplió esa promesa completamente al salvar a Israel
(Josué 21:43-45). Por eso, las leyes bíblicas están llenas de
referencias a la propiedad, las leyes, y la economía; y es por
eso por lo que la Reforma hizo tanto énfasis en
este mundo, así como en
el venidero. El hombre no es salvado librándolo de su entorno.
La salvación no nos rescata del mundo material, sino del
pecado, y de los
efectos de la maldición. El ideal bíblico es que cada hombre
tenga propiedad - un lugar donde puede tener señorío y gobierno
bajo Dios.
Las bendiciones del mundo occidental han ocurrido a causa
del cristianismo y la libertad resultante que los hombres han
tenido en el uso y el desarrollo de la propiedad y el
cumplimiento de sus llamados bajo el mandato de señorío de Dios.
El capitalismo - el mercado libre - es producto de las leyes
bíblicas, en las cuales se le asigna una alta prioridad a la
propiedad privada, y condenan toda clase de robos (incluyendo el
robo por parte del estado).
Para los incrédulos economistas, profesores, y
funcionarios, es un misterio por qué el capitalismo no puede ser
exportado. Considerando la obvia y probada superioridad del
mercado libre en lo relativo a elevar el nivel de vida de todas
las clases sociales, ¿por qué las naciones paganas no
implementan el capitalismo en sus estructuras sociales? La razón
es ésta: La libertad no puede
ser exportada a una nación que no tiene mercado para el
evangelio. Las bendiciones del huerto no pueden obtenerse
aparte de Jesucristo. La regla de oro, que resume la ley y los
profetas (Mat. 7:12) es el inescapable fundamento ético del
mercado libre; y esta ética es imposible aparte de la obra del
Espíritu Santo, que nos posibilita cumplir los justos requisitos
de la ley de Dios (Rom. 8:4).
Todas las culturas paganas han sido estatistas y tiránicas,
porque un pueblo que rechaza a Dios se someterá y someterá sus
propiedades a un dictador (1 Sam. 8:7-20). Los hombres impíos
quieren las bendiciones del huerto, pero tratan de poseerlas por
medios ilícitos, como hizo Acab con la
viña de Nabot (1 Reyes
21:1-16), y el resultado es, como siempre, destrucción (1 Reyes
21:17-24). La posesión legítima y libre de la tierra es el
resultado de la salvación: Dios llevó a su pueblo a una tierra,
y la dividió entre ellos como herencia (Núm. 26:52-56); y, como
había hecho en Edén, Dios reguló la tierra (Lev. 25:4) y los
árboles (Lev. 19:23-25); Deut. 20:19-20).
Como hemos visto, cuando Dios expulsó a Adán y a Eva de su
tierra, el mundo comenzó a convertirse en un desierto (Gén.
3:17-19). Desde este punto, la Biblia comienza a desarrollar un
tema de la tierra vs. el
desierto, en el cual el pueblo de Dios, obediente y
redimido, se ve heredando una
tierra que es segura y abundante, mientras que los
desobedientes son maldecidos al ser expulsados hacia un
desierto. Cuando Caín
fue juzgado por Dios, se lamentó: "He aquí me echas hoy de la
tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y
extranjero en la tierra" (Gén. 4:14). Y tenía razón, como lo
registra la Escritura: "Salió, pues, Caín de delante de Jehová,
y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén" (Gén. 4:16).
Nod significa
errante: Caín fue el
primer nómada, que vagaba sin hogar ni destino.
De manera similar, cuando el mundo entero se volvió impío,
Dios dijo: "Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que
he creado" (Gén. 6:7), y así lo hizo, por medio del diluvio -
dejando vivos solamente a Noé y a su familia en el arca (que
Dios hizo reposar, dicho sea de paso, sobre una
montaña; Gén. 8:4). Los
impíos fueron echados de la tierra, y el pueblo del pacto la
repobló.
Nuevamente, los impíos trataron de construir su propio
"huerto", la torre de Babel. Trataban de hacerse un nombre -
definirse en términos
de sus propios modelos de rebeldía - y evitar ser
esparcidos de la tierra
(Gén. 11:4). Pero el hombre no puede construir el huerto bajo
sus propias condiciones. Dios es el Definidor, y Él es el único
que nos puede dar seguridad. El intento mismo del pueblo de
Babel para evitar su destrucción en realidad la precipitó. Dios
confundió sus lenguas - ¡no les sirvieron para "nombrar" nada! -
y los esparció de la tierra
(Gén. 11:8-9).
En marcado contraste, el siguiente capítulo registra el
pacto de Dios con Abram, en el cual Dios promete llevar a Abram
a una tierra, y
engrandecer su nombre
(Gén. 12:1-2). Como garantía adicional y recordatorio de su
pacto, Dios hasta cambió
el nombre de Abram por el de Abraham, en términos de llamamiento
predestinado. Dios es nuestro
Definidor; sólo Él nos da nuestro nombre, y "llama las
cosas que no son, como si lo fuesen" (Rom. 4:17). Por esto, al
ser bautizados en el nombre de Dios (Mat. 28:19), somos
redefinidos como el
pueblo viviente de Dios, libres en Cristo desde nuestra muerte
en Adán (Rom. 5:12-6:23). La circuncisión desempeñaba la misma
función en el Antiguo Testamento, que es la razón de que los
niños recibían oficialmente su nombre cuando eran circuncidados
(consultar Lucas 2:21). En la salvación, Dios nos trae de vuelta
al Edén y nos da un nuevo
nombre (Apoc. 2:17; consultar Isa. 65:13-25).
Cuando el pueblo de Dios se volvió desobediente cuando
estaba a punto de entrar en la Tierra Prometida, Dios le castigó
haciendo que vagase por
el desierto hasta que
la generación entera de los desobedientes desapareciera (Núm.
14:26-35). Luego, Dios se volvió y salvó a su pueblo de la
"rugiente soledad del yermo" (Deut. 32:10), y les llevó a una
tierra de la cual fluía leche y miel (otro sutil recordatorio
del Edén, dicho sea de paso: la leche es una forma más nutritiva
del agua, y la miel
procede de los árboles).
El pueblo obediente de Dios nunca ha sido nómada. Al contrario,
es notable por su estabilidad, y tiene señorío. Es verdad que la
Biblia nos llama peregrinos
(Heb. 11:13; 1 Ped. 2:11), pero de eso se trata precisamente:
somos peregrinos, no
vagabundos. Un
peregrino tiene un hogar, un destino. En la redención, Dios nos
salva de ser errabundos, y nos recoge en una tierra (Sal.
107:1-9). Un pueblo disperso y sin hogar no puede tener señorío.
Cuando los puritanos abandonaron Inglaterra, no vagaron por la
tierra; Dios les llevó a una tierra y les convirtió en
gobernantes y, aunque el fundamento que construyeron se ha
erosionado en gran manera, todavía está con nosotros en gran
medida después de 300 años. (¿Qué dirá la gente 300 años después
de ahora de los logros del evangelismo actual, superficial y en
retirada?).
La gente se vuelve nómada a causa de la desobediencia
(Deut. 28:65). Al funcionar la maldición en la historia, al
apostatar la civilización, el nomadismo se extiende, y el
desierto aumenta. Y, al extenderse la maldición,
el agua se seca. Desde
la caída, la tierra ya no es regada principalmente por
manantiales. En vez de esto, Dios nos envía lluvia (la lluvia es
mucho más fácil de abrir y cerrar en un instante que los
manantiales y los ríos). La retención de agua - lo que convierte
la tierra en un desierto reseco - está relacionada muy
estrechamente con la maldición (Deut. 29:22-28). La maldición se
describe también en términos de que el pueblo desobediente es
desarraigado de la
tierra (Deut. 29:28), en contraste con el hecho de que Dios
establece a su pueblo
en la tierra (Éx. 15:17). Dios destruye las raíces de una tierra
y un pueblo cortando el suministro de agua: la sequía es
considerada en la Escritura como un instrumento principal (y
efectivo) para el castigo nacional. Cuando Dios cierra el
suministro de agua, convierte la tierra en algo completamente
opuesto al Edén.
La historia de Sodoma y Gomorra es una especie de historia
encapsulada del mundo en este sentido. Descrita una vez como el
huerto de Edén en su belleza y abundancia (Gén. 13.10), se
convirtió, por medio del juicio de Dios, en "un yermo abrasado,
de azufre y sal, donde nada se plantaba, nada brotaba, y no
crecía ninguna vegetación" (Deut. 29:23). Sodoma y Gomorra
estaban situadas en el área que ahora se conoce como el Mar
Muerto - y se le llama muerto por una muy buena razón: nada
puede vivir allí. Los depósitos químicos (sal, potasa, magnesio,
y otros) constituyen el 25 por ciento del agua como resultado
del juicio de Dios sobre la tierra. Excepto donde el agua fluye
hacia ella (y unos
pocos manantiales aislados en el área), la tierra es
completamente árida. Es ahora lo más lejano posible del Edén, y
sirve como representación del mundo después de la maldición: el
Edén se ha convertido en desierto.
Pero eso no es todo lo que se nos dice sobre esta área. En
la visión de Ezequiel del templo restaurado (también sobre un
monte, Eze. 40:2), él ve el agua de la vida fluyendo hacia el
oriente desde el umbral hacia el Mar Muerto y sanando sus aguas,
resultando en "una gran multitud de peces" y exhuberante
vegetación (Eze. 47:8-12). No debemos mirar el mundo con ojos
que sólo ven la maldición; debemos ver con los ojos de la fe,
iluminados por la palabra de Dios para ver el mundo como la
arena de su triunfo. La historia no termina con el desierto. A
gran escala, la historia mundial será la de Sodoma: primero un
huerto, hermoso y fructífero; luego corrompido hasta convertirse
en un yermo de muerte por medio del pecado; finalmente,
restaurado a su primitiva abundancia edénica. "Se alegrarán el
desierto y la soledad; el yermo se gozará y florecerá como la
rosa" (Isa. 35:1).
Los afligidos y menesterosos buscan las aguas, y nos las
hay; seca está de sed su lengua; yo Jehová los oiré, yo el Dios
de Israel no los desampararé. En las alturas abriré ríos, y
fuentes en medio de los valles; abriré en el desierto estanques
de aguas, y manantiales de aguas en la tierra seca. Daré en el
desierto cedros, acacias, arrayanes y olivos; pondré en la
soledad cipreses, pinos y bojes juntamente, para que van y
conozcan, y adviertan y entiendan todos, que la mano de Jehová
hace esto, y que el santo de Israel lo creó (Isa. 41:17-20).
Esta, pues, es la dirección de la historia, en lo que puede
llamarse el "primer
rapto" - Dios desarraiga gradualmente de la tierra a los
incrédulos y a las culturas incrédulas, y lleva a su pueblo a la
plena herencia de la tierra.
Por supuesto, no estoy negando la enseñanza bíblica de que
el pueblo de Dios algún día se encontrará con el Señor en el
aire a su regreso (1 Tes. 4:17); pero la moderna doctrina del
rapto es demasiado a menudo una doctrina de
huida del mundo, en la
que a los cristianos se les enseña a anhelar escapar del mundo y
sus problemas, más bien que a anhelar lo que la palabra de Dios
nos promete: Señorío.
Cuán común es oir decir a los cristianos cuando se enfrentan a
un problema: "¡Espero que el rapto venga pronto!" en vez de
"¡Pongámonos a trabajar en la solución ahora mismo!". Aun peor
es la respuesta que es también demasiado común: "¿A quién le
importa? No tenemos que hacer nada, porque, de todos modos, el
rapto viene pronto!" La peor de todas es la actitud de algunos
de que todo trabajo para hacer de éste un mundo mejor es
absolutamente erróneo porque "mejorar la situación demorará la
Segunda Venida!". Gran parte de la moderna doctrina del rapto
debería ser reconocida por lo que es en realidad: un peligroso
error que está enseñando al pueblo de Dios a esperar la derrota
en vez de la victoria.
Y ciertamente, un punto de vista evangélico mundial es que
"la tierra es y su plenitud son
del diablo" - que el
mundo pertenece a Satanás, yy que los cristianos sólo pueden
esperar la derrota hasta que regrese el Señor. Y esa es
exactamente la mentira que Satanás quiere que los cristianos
crean. Si el pueblo de Dios cree que el diablo está ganando, su
trabajo es mucho más fácil. ¿Qué haría si los cristianos dejaran
de retroceder y comenzaran a avanzar contra él? Santiago 4:7 nos
dice lo que el diablo haría: ¡huiría de nosotros! Así que, ¿por
qué no está el diablo huyendo de nosotros en esta época? ¿Por
qué están los cristianos a merced de Satanás y sus siervos? ¿Por
qué no están los cristianos conquistando reinos con el evangelio,
como lo hicieron en tiempos pasados?
¡Porque los cristianos no
están resistiendo al diablo! ¡Peor aún, sus pastores y
sus líderes les están diciendo
que no resistan, sino
que retrocedan! Los líderes cristianos han puesto a Santiago
4:17 al revés, y en realidad están
ayudando y confortando al
enemigo porque, de hecho, le están diciendo al diablo: "¡Resiste
a la iglesia, y huiremos de tí!". Y Satanás les está tomando la
palabra. Así que, cuando los cristianos ven que están perdiendo
terreno en todos los frentes, lo consideran una "prueba" de que
Dios no ha prometido dar señorío a su pueblo. Pero lo único que
esto prueba es que Santiago 4:7 es verdad, después de todo,
incluyendo el "reverso de la moneda", es decir, que si usted
no resiste al diablo,
no huirá de usted.
Lo que tenemos que recordar es que Dios no "rapta" a los
cristianos para escapen al conflicto - ¡sino que "rapta" a los
no cristianos! De hecho, el Señor Jesús oró para que no fuésemos
"raptados": "No ruego que los quites del mundo, sino que los
guardes del mal" (Juan 17:15). Y este es el constante mensaje de
la Escritura. El pueblo de Dios heredará todas las cosas, y los
impíos serán desheredados y expulsados de la tierra. "Porque los
rectos habitarán la tierra, y los perfectos habitarán en ella;
pero los impíos serán cortados de la tierra y los prevaricados
serán de ella desarraigados" (Prov. 2:21-22). "El justo no será
removido jamás; pero los impíos no habitarán la tierra" (Prov.
10:30). Dios describía la tierra de Canaán diciendo que había
sido "contaminada" por los abominables pecados de su población
pagana,y que la tierra misma "vomitó a sus habitantes"; y
advirtió a su pueblo que no imitara aquellas abominaciones
paganas, "para que la tierra no les vomite a ustedes también"
(Lev. 18:24-28; 20:22). Usando el mismo lenguaje edénico, el
Señor advierte a la iglesia de Laodicea contra el pecado, y la
amenaza: "Te vomitaré de mi boca" (Apoc. 3:16). En la parábola
del trigo (los piadosos) y la cizaña (los impíos) - y observe
las imágenes edénicas hasta en la manera en que selecciona las
ilustraciones - Cristo declara que recogerá
primero la
cizaña para ser
destruida; el trigo es "raptado" más tarde (Mat. 13:30).
"La riqueza del pecador
está guardada para el justo" (Prov. 13:22). Este es el
modelo básico de la historia al salvar Dios a su pueblo y darle
señorío. Esto es lo que Dios hizo con Israel: Al salvarle, les
llevó a tierras ya colonizadas,
y heredaron ciudades que ya habían sido construidas (Sal.
105:43-45). En cierto sentido, Dios sí bendice a los paganos -
sólo para que puedan trabajar por su propia condenación,
mientras construye una herencia para los piadosos (consultar
Gén. 15:16; Éx. 4:21: Josué 11:19-20). Entonces Dios los hace
trizas y da a su pueblo el fruto del trabajo de ellos. Por eso
no es necesario que nos preocupemos por lo que hacen lo malo,
porque nosotros heredaremos la tierra (Sal. 37). La palabra
hebrea para salvación es yasha,
que significa traer a un
espacio grande, amplio y abierto - y en la salvación,
Dios hace justamente eso: Nos da el mundo, y lo convierte en el
huerto de Edén.
Capítulo 7
LA NUBE DE FUEGO
Fue él quien ganó la victoria sobre sus enemigos los
demonios y los trofeos de los idólatras aun antes de su
aparición corporal - a saber, todos los paganos que desde todas
las regiones han abjurado de la tradición de sus padres y el
falso culto a los ídolos y ahora ponen su esperanza en Cristo
transfieren su lealtad a Él. La cosa está ocurriendo delante de
nuestros propios ojos, aquí en Egipto; y por consiguiente, se
cumple otra profecía, porque en ningún otro tiempo han cesado
los egipcios en su falso culto salvo cuando el Señor de todos,
viajando como en una nube, bajó en cuerpo y dejó en la nada el
error de los ídolos y ganó a todos para sí mismo y por medio de
sí mismo para el Padre. Fue él quien fue crucificado con el sol
y la luna como testigos; y por su muerte, ha venido la salvación
a todos los hombres, y toda la creación ha sido redimida.
Atanasio, On the
Incarnation [37]
Lo que era más importante sobre el huerto - en
realidad, lo que lo hacía un hueerto en verdad - era
la presencia de Dios con su pueblo. Para entender
esto correctamente, comenzaremos nuestro estudio de
este capítulo con la revelación de la presencia de
Dios con Israel, el pueblo del pacto, y luego nos
moveremos tanto
hacia atrás, al Edén, como
hacia adelante,
la iglesia.
Dios reveló su presencia a su pueblo en la nube
de gloria. La nube hacía las veces de un "hogar
móvil" para Dios - su carruaje de fuego por medio
del cual manifestaba su presencia a su pueblo. La
nube servía como guía para Israel, dándoles luz
durante la osacuridad y sombra para protegerlos del
calor (Éx. 13:21-22; Sal. 105:39), pero trayendo
juicio para los impíos (Éx. 14:19-25). En Sinaí, la
nube estuvo acompañada por truenos, relámpagos,
fuego, humo y un terremoto (Éx. 19:16-20), y estaba
llena de innumerables ángeles (Deut. 33:2; Sal.
68:17). La nube no es nada menos que una revelación
del cielo invisible, donde Dios está sentado en su
trono de gloria, rodeado de su corte y su concilio
celestial (Éx. 24:9-15; Isa. 6:1-4), y desde donde
habló con Moisés (Éx. 33:9; Sal. 99:7).
Cuando el tabernáculo fue terminado, la nube
entró en él y lo llenó de la gloria de Dios (Éx.
40:34-38; consultar 2 Crón. 5:13-14), y de la nube
salió fuego para consumir los sacrificios (Lev.
9:23-24). El profeta Ezequiel miró a través de la
nube (Eze. 1) y vio fuego, relámpagos, y criaturas
aladas que volaban debajo del "firmamento" - el
"pavimento" o "mar de vidrio" que está alrededor de
la base (Eze. 1:28; consultar Gén. 9:12-17; Apoc.
4:3; 10:1).
La voz del Señor
Aunque hay muchos fenómenos asociados
con la nube (la mayoría está descrita en
Sal. 18:6-15), quizás la característica más
notable es el
ruido
o la voz
peculiares, inconfundibles: casi todos los
relatos los mencionan. Dependiendo de la
situación, pueden sonar como el viento,
truenos, agua que corre, un grito, una
trompeta (o muchas trompetas), un ejército
en marcha, el rugir de las ruedas de un
carruaje por el cielo, o la vibración o el
batir de alas (véanse los pasajes ya
citados: Eze. 3:12-13; 10:1-5; 2 Sam. 5:24;
2 Reyes 7:5-7); y Ezequiel nos dice que, en
realidad, el sonido tiene su origen en el
batir de las alas de las miríadas de ángeles
(Eze. 1:24; 3:12-13). Considérese la
siguiente descripción de la séptuple
voz
desde la nube:
Voz de Jehová sobre las aguas; truena
el Dios de gloria, Jehová sobre las muchas
aguas. Voz de Jehová con potencia; voz de
Jehová con gloria. Voz de Jehová que
quebranta los cedros; quebrantó Jehová los
cedros del Líbano. Los hizo saltar como
becerros; al Líbano y al Sirión como hijos
de búfalos. Voz de Jehová que derrama llamas
de fuego; voz de Jehová que hace temblar el
desierto; hace temblar Jehová el desierto de
Cades [consultar Núm. 16:19:33]. Voz de
Jehová que desgaja las encinas, y desnuda
los bosques; en su templo todo proclama su
gloria (Sal. 29:3-9).
Fue esta voz - un rugido ensordecedor -
lo que Adán y Eva oyeron en su último día en
el huerto: "Y oyeron la voz de Jehová que se
paseaba en el huerto ... y se escondieron de
la presencia de Jehová Dios entre los
árboles del huerto" (Gén. 3:8; este es un
texto importante, y tendremos que
considerarlo con más detalle en un capítulo
posterior).
La sombra
del Omnipotente
Es importante reconocer que la nube
era una
teofanía, una manifestación
visible de la presencia de Dios en su
trono para su pueblo del pacto. En
realidad, el Nuevo Testamento usa a
menudo el término
Espíritu como sinónimo de la
nube,
atribuyéndoles a ambos las funciones
(Neh. 9:19-20; Isa. 4:4-5; Joel 2:28-31;
Hag. 2:5). La ocasión más reveladora de
esta ecuación de Dios y la nube ocurre
cuando Moisés describe la salvación de
Israel por Dios en el desierto en
términos de un águila que
se
cierne o
revolotea sobre sus polluelos
(Deut. 32:11). ¿Cómo es que Dios
"revoloteaba" sobre Israel? ¿Por qué
busca refugio el salmista continuamente
bajo el abrigo de las "alas" de Dios
(por ej., Sal. 36:7; 57:1; 61:4; 91:4)?
Ciertamente, Dios mismo no tiene alas.
Pero sus ángeles sí las tienen - y la
revelación especial de la presencia
salvadora, juzgadora, y protectora de
Dios ocurrió por medio de la
nube-gloria, que contiene "muchos
millares de ángeles" (Sal. 68:17;
consultar 2 Reyes 6:17): "Con sus plumas
te cubrirá, y debajo de sus alas estarás
seguro ... pues a sus ángeles mandará
acerca de ti, que te guarden en todos
tus caminos" (Sal. 91:4, 11).
Ahora, lo fascinante de la
afirmación de Moisés en Deuteronomio
32:11 - en el sentido de que Dios
"revolotea" sobre su pueblo por
medio de la nube - es que Moisés usa
esa palabra hebrea sólo en otra
ocasión en todo el Pentateuco,
cuando nos cuenta que "la tierra
estaba sin forma y vacía ... y el
Espíritu de Dios se movía sobre la
faz de las aguas" (Gén. 1:2).
Ni es éste el único paralelo
entre estos dos pasajes; porque, en
Deuteronomio 32:10, Moisés describe
el desierto por el cual el pueblo
viajaba como un "yermo"
- la misma palabra traducida como
sin forma en Génesis 1:2 (y,
nuevamente, estas son las dos únicas
ocurrencias de la palabra en el
Pentateuco). Lo que Moisés está
diciendo, entonces - y este hecho
seguramente lo entendían sus
lectores hebreos -
es
que la salvación del pueblo de Dios
por Él por medio del Éxodo era una
representación de la historia de la
creación: Al salvar a Israel, Dios
estaba constituyéndole en una nueva
creación. Como en el
principio, la nube-espíritu se
cernía sobre la creación, trayendo
luz a la oscuridad (Gén. 1:3; Éx.
14:20; Juan 1:3-5), y conduciendo al
reposo sabático en la Tierra
Prometida, el nuevo Edén (Gén.
2:2-3; consultar Deut. 12:9-10 y
Sal. 95:11, donde la tierra es
llamada un
reposo).
Así, pues, la re-creación de su
pueblo por parte de Dios para
ponerlo en comunión con Él en el
Monte Santo fue presenciada por la
misma manifestación de su propia
presencia creadora que esruvo allí
en la creación original, cuando el
Espíritu gloriosamente arqueó su
dosel sobre la tierra. El brillante
resplandor de la nube-dosel fue
también la base para la señal del
arcoiris que Noé vio sobre el monte
Ararat, garantizándole la fidelidad
del pacto de Dios (Gén. 9:13-17). La
gloria de la nube-dosel de Dios,
formando un arco sobre un monte, es
una señal repetida en la Escritura
de que Dios está con su pueblo,
creándole nuevamente, restaurando su
obra a su estado edénico original y
llevando la creación adelante, hacia
la meta señalada.
Una promesa básica de la
salvación se da en Isa. 4:4-5:
"Cuando el Señor lave las
inmundicias de las hijas de Sión, y
limpie la sangre de Jerusalén de en
medio de ella, con
espíritu de juicio y con espíritu de
devastación, creará Jehová
sobre toda la morada del monte de
Sión, y sobre los lugares de sus
convocaciones, nube y oscuridad de
día, y de noche resplandor de fuego
que eche llamas; porque sobre toda
gloria habrá un dosel". Esta
nube-dosel de la presencia de Dios,
llena de alas de ángeles, es llamada
un
escondedero, una cubierta (2
Sam. 22:12; Sal. 18:11; Lam. 3:44;
Sal. 9:14). Y es por
eso por lo que la palabra
cubriendo se usa para
describir la posición de los
querubines esculpidos que fueron
colocados mirando el propiciatorio
del pacto (Éx. 25:20). Por
consiguiente, es significativo que
esta palabra hebrea es el término
traducido como
cabañas y
tabernáculos cuando Dios
ordena que su pueblo erija cabañas
de ramas frondosas para que
habitasen en ellas durante la fiesta
de los tabernáculos (Lev. 23:34,
42-43); como hemos visto, esta
fiesta era un recordatorio de Edén,
una represedntación simbólica del
hecho de que la salvación nos
restaura a las bendiciones edénicas.
El huerto de Edén servía, pues,
como tabernáculo-templo, una pequeña
copia del templo y el palacio de
mayor tamaño de Dios en el cual los
"cielos" son su trono y la "tierra"
es estrado de sus pies (Gén. 1:1;
Isa. 66:1) - formando los cielos
invisibles junto con eel universo
visible su gran templo cósmico. Un
examen de cerca de la arquitectura
del tabernáculo y el templo revelará
que fueron diseñados como copias, no
sólo del huerto de Edén, sino del
templo celestial original: la
nube-dosel (consultar Heb. 8:5;
9:11, 23-24).
Bajo la protección de la
nube-dosel alada, la responsabilidad
del hombre era cumplir el "mandato
cultural", "llenar la tierra y
sojuzgarla" (Gén. 1:28). En
obediente imitación a su Padre
celestial, el hombre debía reformar,
entender, interpretar, y gobernar el
mundo para gloria de Dios - en fin,
construir la ciudad de Dios.
La simple
restauración de Edén no es
nunca todo lo que está envuelto en
la salvación, del mismo modo que no
era el plan de Dios para Adán y su
posteridad que simplemente
permanecieran en el huerto. Debían
ir a todo el mundo, llevar el
potencial creado de la tierra a su
plena fructificación. El huerto de
Edén era una oficina principal, un
lugar donde comenzar. Pero el
gobierno divino del rey Adán debía
abarcar el mundo entero. Por eso, la
obra del segundo Adán no sólo es
restauradora (trae de vuelta el
Edén) sino
consumadora: lleva al mundo a
la Nueva Jerusalén.
El paraíso: restaurado y consumado
Durante toda la historia de
la redención, al llamar Dios a
su pueblo al paraíso restaurado,
lo llevó a Su ciudad. Podemos
ver esto en el contraste entre
los rebeldes y autónomos
constructores de ciudades de
Génesis 11 y Abraham, que viajó
a la Tierra Prometida "buscando
la ciudad que tiene fundamentos,
cuyo arquitecto y hacedor es
Dios" (Heb. 11:10); y la
Escritura asegura a la comunidad
del nuevo pacto que "hemos
venido al monte de Sión y a la
ciudad del Dios vivo, la nueva
Jerusalén" (Heb. 12:22).
En la vsión final de
Apocalipsis, se le muestra a
Juan el cumplimiento del
mandato cultural, la plena
restauración y consumación
de Edén. "Y me llevó en el
Espíritu a un monte grande y
alto, y me mostró la ciudad
santa, Jerusalén, que
descendía del cielo, de
Dios, teniendo la gloria de
Dios" (Apoc. 21:10-11). Como
el Lugar Santísimo, la
longitud, la anchura, y la
altura de la ciudad son
iguales (Apoc. 21:16; 1
Reyes 6:20): en la ciudad no
hay templo, porque la ciudad
misma es el santuario
interior (consultar Efe.
2:19-22); y, al mismo
tiempo, "el Señor Dios
Todopoderoso es el templo de
ella, y el Cordero" (Apoc.
21:22). La ciudad está en
llamas con la brillante
gloria de Dios, iluminando
las naciones (Apoc.
21:11-27), y por su calle
principal fluye el río de la
vida, como fluía
originalmente desde el
huerto de Edén (Apoc.
22:1-2); "y no habrá más
maldición" (Apoc. 22:3).
Además, no debemos
considerar esta visión como
enteramente futura, pues
nuestro Señor ha dicho casi
lo mismo sobre nosotros en
esta era: "Vosotros sois la
luz del mundo. Una
ciudad asentada sobre un
monte no se puede
esconder ...
Así alumbre vuestra luz
delante de los hombres ...".
(Mat. 5:14-16).
De muchas otras
maneras, las imágenes
edénicas son utilizadas y
expandidas en el Nuevo
Testamento, que registra el
cumplimiento de las promesas
de la nueva creación en
Cristo. Por supuesto, un
pasaje obvio es el prólogo
de Juan (Juan 1:1-18), que
comienza donde comienza
Génesis: "En el principio".
Vemos los mismos conceptos -
el Verbo, la creación, la
vida, la luz que brilla en
la oscuridad y la vence; y
Juan dice de Cristo que
habitó (literalmente, en
tabernáculos) entre
nosotros, y contemplamos su
gloria" (Juan 1:14;
consultar Éx. 40:34). Lo que
Juan quiere subrayar aquí es
que Jesucristo es la plena
revelación de la presencia
de Dios con su pueblo
(consultar Mat. 1:23).
Pero la totalidad del
evangelio de Juan se basa en
imágenes del Antiguo
Testamento. Por ejemplo, el
pasaje que sigue a su
prólogo (Juan 1:2-11)
contiene una sutil
estructura de siete días
cuyo propósito es
recordarnos los siete días
de la creación originales
(así como otros numerosos
paralelos del Antiguo
Testamento). El primer día,
Juan Bautista aparece como
"una
voz que clama en el
desierto" (1:23; ver
Gén. 1:2-3). Al día
siguiente, cuando Jesús es
bautizado (el bautismo es
una recapitulación de dos
sucesos de re-creación en el
Antiguo Testamento: el
diluvio [1 Ped. 3:20-21] y
el cruce del Mar Rojo [1
Cor. 10:1-21], el Espíritu
desciende con
alas, flotando y aleteando
sobre las aguas de la Nueva
Creación - y el
Espíritu viene como paloma,
ell mensajero alado que
anunció a Noé la re-creación
del mundo (1:32-33); ver
Gén. 8:11). El pasaje
continúa con otras imágenes
de la creación, y termina el
séptimo día, cuando
Jesús asiste a una boda y
convierte el
agua (ver Gén.
1:2ss.) en vino - y
vino del mejor (Juan
2:1-11). La bendición es
superabundante, más de lo
necesario (como 150
galones), como precursora de
las prometidas bendiciones
edénicas que vendrían por
medio de Él (Gén. 49:10-12;
Isa. 25:6; Amós 9:13-14;
Jer. 33:10-11). Justo antes
de hacer esto, menciona la
hora de su muerte - porque
es su sangre derramada, el
vino de la comunión, la que
proporciona las bendiciones:
el Edén es inaccesible
separado de la expiación. Y
por esto, a causa de este
milagro del séptimo día,
Jesús
manifestó su gloria
(Juan 2:11) - de la misma
manera que Dios lo había
hecho al entronarse en la
nube el primer sábado.
Pero, cuando Dios está
sentado reposando en su
trono, se sienta como juez,
examinando su
templo-creación; y cuando
por primera vez encuentra
maldad en él, lo purifica,
expulsando a los ofensores
(Gén. 3:24). De manera
similar, el siguiente evento
en el evangelio de Juan
muestra al Señor evaluando
el templo y pronunciando
juicio contra los que lo
profanaron (Juan 2:12-22).
(Es el sábado cuando
aparecemos delante del trono
del juicio de Dios para ser
examinados; y si somos
aprobados, entramos en su
reposo [Heb. 3-41]. Las
personas en el templo en
este sábado eran culpables,
y las expulsó en una
terrible y ruidosa
manifestación de juicio: una
imagen de los primeros y los
últimos días del Señor
(véase más adelante,
Cap.15). Luego, declaró que
su cuerpo - Él personalmente
y su cuerpo, la iglesia - es
personalmente el templo
verdadero (Juan 2:18-22),
pues la resurrección física
del cuerpo de Cristo es el
fundamento para que su
pueblo sea constituido como
el templo (Efe. 1:20; 2:5-6,
19-22; 1 Cor. 3:10-11,
16-17).
Como templo de Dios, la
iglesia es readmitida al
Edén y llena del Espíritu y
la gloria de Dios (Éx.
40:34; Núm. 9:15; Joel
2:28-31; Hech. 2:1-4,
16-21). La iglesia es el
nuevo templo-huerto de Dios,
restaurado al mandato
original de Dios para el
hombre: señorear sobre la
tierra, expandiendo el
huerto hasta que abarque el
mundo entero. Al rehacernos
a su imagen, Dios nos ha
dado su presencia. Ha
establecido residencia en su
templo, y ha prometido estar
con nosotros mientras
cumplimos su mandato hasta
los confines de la tierra
(Mat. 28:18-20).
Del río sus corrientes
alegran la ciudad de Dios,
el santuario de las moradas
del Altísimo. Dios está en
medio de ella; no será
conmovida. Dios la ayudará
al clarear la mañana. (Sal.
46:4-5).
Y toda alma viviente que
nadare por dondequiera que
entraren estos dos ríos,
vivirá; y habrá muchísimos
peces por haber entrado allá
estas aguas, y recibirán
sanidad; y vivirá todo lo
que entrare en este río. ...
Y junto al río, en la
ribera, a uno y otro lado,
crecerá toda clase de
árboles frutales; sus hojas
nunca caerán, ni faltará su
fruto. A su tiempo madurará,
porque sus aguas salen del
santuario; y su fruto será
para comer, y su hoja para
medicina. (Eze. 47:9-12).
PARTE
TRES: EL EVANGELIO DEL REINO
Capítulo 8
LA VENIDA DEL REINO
En seguida ascenderá el Salvador al cielo de los
cielos, llevando en pos la victoria, triunfante de sus
enemigos y de los tuyos, en su ascensión sorprenderá a la
Serpiente, como que es del aire, y arrastrándola encadenada
por todo su imperio, la dejará por último confundida.
Entrará luego en su gloria, y recobrará su trono a la
derecha de Dios, magníficamente exaltado sobre todas las
dignidades del cielo.
John Milton, Paradise Lost
[12.451-58].
Nuestro Señor Jesucristo, que tomó sobre sí la muerte de todos,
extendió las manos, no en cualquier parte de la tierra debajo,
sino en el mismo aire, para que la salvación efectuada por medio
de la cruz pudiese ser mostrada a todos los hombres en todas
partes: destruyendo al diablo que trabajaba en el aire: y para
que Él pudiese consagrar nuestro camino al cielo, y liberarlo.
Atanasio, Letters
[xxii]
Adán fue creado rey. Habría de subyugar la tierra y
enseñorearse sobre ella. Su señorío, sin embargo, no era
absoluto; Adán era un gobernante subordinado, un rey (príncipe)
bajo la autoridad de Dios. Era rey sólo porque Dios le había
creado como tal y le
había ordenado reinar.
El plan de Dios era que su imagen reinase en el mundo bajo sus
leyes y su supervisión. Mientras Adán fuese fiel a su comisión,
podría tener señorío sobre la tierra.
Pero Adán fue infiel. No estaba satisfecho con ser
gobernante subordinado a la imagen de Dios, aplicando las leyes
de Dios a la creación, y quiso ser autónomo. Quiso ser su propio
dios, hacer sus propias leyes. Por este crimen de rebelión, fue
expulsado de Edén. Pero, como hemos visto en los capítulos
precedentes, este incidente no hizo abortar el plan de Dios de
señorío por medio de su imagen. El segundo Adán, Jesucristo,
vino a cumplir la tarea que el primer Adán no había cumplido.
Durante todo el Antiguo Testamento, los profetas esperaban
más y más el momento en que el rey designado por Dios viniera a
sentarse en el trono. Uno de los salmos citados más a menudo por
los escritores del Nuevo Testamento muestra a Dios Padre
diciéndole a su Hijo, el rey:
Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como
posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con
vara de hierro; como vasija de alfarero los desmenuzarás. (Sal.
2:8-9).
Los profetas dejaron bien claro que, como Adán, el rey que
vendría habría de reinar sobre el mundo entero (no sólo sobre
Israel):
Dominará de mar a mar, y desde el río hasta los confines de
la tierra. Ante él se postrarán los moradores del desierto, y
sus enemigos lamerán el polvo. Los reyes de Tarsis y de las
costas traerán presentes; los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán
dones. Todos los reyes se postrarán delante de él; todas las
naciones le servirán. (Sal. 72:8-11).
Dios mostró a Daniel un bosquejo de la historia, en el cual
una gran estatua (que representaba los cuatro imperios de
Babilonia, Medo-Persia, Grecia y Roma) es derribada y aplastada
por una roca; "y la roca que golpeó a la estatua se convirtió en
un gran monte que llenó toda la tierra" (Dan. 2:35). El
significado de esta visión es la restauración de Edén bajo el
Rey, como explicó Daniel: "En los días de estos reyes [es decir,
durante el período del Imperio Romano], el Dios del cielo
establecerá un reino que jamás será destruido, ni será el reino
dejado a otro pueblo; desmenuzará y consumirá a todos estos
reinos, pero él permanecerá para siempre" (Dan. 2:44). Cristo,
el segundo Adán, llevará a cabo la tarea asignada al primer
Adán, haciendo que el Monte Santo crezca y abarque al mundo
entero.
Ascendiendo al trono
En una visión posterior, Daniel previó realmente la
entronización de Cristo como el Rey prometido:
Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes
del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el
Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue
dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos,
naciones y lenguas le sirvieran; su dominio es dominio eterno,
que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido. (Dan.
7:13-14).
En la actualidad, se supone comúnmente que este texto
describe la Segunda Venida y así, que el reino de Cristo
(llamado a menudo el milenio) comienza sólo después de su
regreso. Por supuesto, esto pasa por alto el hecho de que Daniel
ya había profetizado que el reino comenzaría en los días del
Imperio Romano. Pero nótese exactamente lo que Daniel dice: ¡Se
ve a Cristo acercándose,
no alejándose! ¡El Hijo
del hombre va hacia el
Anciano de Días, no en
dirección opuesta a él! ¡No está
descendiendo en las
nubes a la tierra, sino
ascendiendo en las nubes hacia su Padre! Daniel no estaba
prediciendo la segunda venida de Cristo, sino más bien el clímax
del primer advenimiento, en el cual, después de expiar los
pecados y derrotar la muerte y a Satanás, el Señor ascendió en
las nubes del cielo para sentarse en su glorioso trono a la
derecha del Padre. Vale la pena notar también que Daniel usó el
término Hijo del hombre,
la expresión que Jesús adoptó más tarde para describirse a sí
mismo. Claramente, debemos entender la expresión
Hijo del hombre
simplemente como hijo de Adán
- en otras palabras, el segundo Adán. Cristo
vino como el Hijo del hombre, el segundo hombre (1 Cor. 15:47),
para llevar a cabo la tarea que había sido asignada al primer
hombre. Vino para ser el Rey.
Este es el constante mensaje de los evangelios. El relato
de Mateo sobre la Natividad registra la historia de los magos de
oriente que llegaron a adorar al Rey, y el celoso intento de
Herodes de destruirle por considerarle rival de su propio
dominio injusto. En su lugar, Cristo escapa y es Herodes es el
que muere (Mat. 2). Inmediatamente, la historia de Mateo salta
30 años hacia adelante para subrayar lo que quiere decir:
En aquellos días, vino Juan el Bautista predicando en el
desierto de Judea, y diciendo: "Arrepentíos, porque el reino de
los cielos se ha acercado" (Mat. 3:1-2).
Luego, Mateo se vuelve hacia el ministerio de Jesús,
dándonos un resumen del mensaje básico de Cristo para Israel:
"Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado"
(Mat. 4:17). "Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las
sinagogas de ellas, y predicando el evangelio del reino, y
sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo" (Mat.
4:23). Un simple vistazo a una concordancia revelará cuán
central era el evangelio del reino al programa de Jesús. Y
nótese bien que el reino no era algún milenio lejano miles de
años en el futuro, después de la Segunda Venida. Jesús anunció:
"El tiempo se ha cumplido, y
el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en
el evangelio" (Mar. 1:15). Jesús dijo claramente a Israel que se
arrepintiera ahora,
porque el reino vendría pronto.
El reino estaba cerca. Jesús lo estaba introduciendo delante de
los propios ojos de ellos (véanse Mat. 12:28; Lucas 10:9-11;
17:21), y pronto ascndería al Padre para sentarse en el trono
del reino. Por eso, les dijo a los discípulos:
De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí que
no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre
viniendo en su reino (Mat. 16:28).
¿Estaba Jesús en lo cierto, o estaba equivocado? En los
términos de algunos maestros modernos, Jesús estaba errado. Y
esto no es un pequeño error de cálculo: ¡Jesús erró el blanco
por miles de años! ¿Podemos confiar en él como Señor y Salvador,
y todavía sostener que estaba equivocado, o que de alguna manera
su profecía se había descarrilado? Jesús no era sólo un hombre,
como el primer Adán. Es Dios, el Señor del cielo y de la tierra;
y si se dispone a traer el reino, ¿puede algo detenerle? Ni
siquiera la crucifixión fue un contratiempo, porque era un
aspecto crucial de su plan. Por eso dijo: "Pongo mi vida, para
volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la
pongo" (Juan 10:17-18). Tenemos que creer lo que Jesús dijo:
Durante la vida de los que le escuchaban, vendría en su reino. Y
eso es exactamente lo que hizo, culminando en su ascensión a su
trono celestial.
Dice Mateo que la entrada de Jesús en Jerusalén cumplió
específicamente la profecía veterotestamentaria de la
inauguración del reino:
Alégrate mucho, hija de Sión; da voces de júbilo, hija de
Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador,
humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de
asna. Y de Efraín destruiré los carros, y los caballos de
Jerusalén, y los arcos de guerra serán quebrados; y hablará paz
a las naciones, y su señorío será de mar a mar, y desde el río
hasta los fines de la tierra. (Zac. 9:9-10; ver Mat. 21:5).
El apóstol Pedro entendía que el significado de la
ascensión era la entronización de Cristo en el cielo Citando una
profecía del rey David, Pedro dijo:
Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le
había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne,
levantaría al Cristo para que
se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la
resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades,
ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo
cual todos nosotros somos testigos. Así que,
exaltado por la diestra de
Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del
Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el
Señor a mi Señor: Siéntate a
mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus
pies. Sepa, pues, ciertísimamemte toda la casa de Israel,
que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha
hecho Señor y Cristo (Hechos 2:30-36).
Es crucial que entendamos la interpretación de la propia
Biblia acerca del trono de Cristo. Según el inspirado apóstol
Pedro, la profecía de David acerca de Cristo sentado en un trono
no era una profecía de algún trono terrenal en Jerusalén (como
algunos insisten erróneamente).
David estaba profetizando
acerca del trono de Cristo en el cielo. Es la
entronización celestial
la que el rey David predijo, le dijo Pedro a su auditorio el día
de Pentecostés. Desde su trono en el cielo, Cristo ya está
reinando en el mundo.
El apóstol Pablo estuvo de acuerdo: Escribió así: A la
ascensión de Cristo, Dios "le hizo sentar a su diestra en
lugares celestiales, sobre todo principado y autoridad y poder y
señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este
siglo, sino también en el venidero; y sometió todas las cosas
bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la
iglesia" (Efe. 1:20-22). Ahora bien, si Cristo está sentado
ahora sobre sobre todo
principado y autoridad y poder y señorío, si
todas las cosas están
ahora bajo sus pies, ¿por qué
algunos cristianos están esperando que el reino de Cristo
comience? Según Pablo, Dios "nos
ha librado de la
potestad de las tinieblas, y
trasladado al reino de su amado Hijo" (Col. 1:13). La
Biblia dice que el reino ha
llegado; algunos teólogos modernos dicen que
no ha llegado. ¿Hay en
realidad alguna duda sobre a quién debemos creer?
El
encadenamiento de Satanás
La promesa original del evangelio estaba contenida en la
maldición de Dios sobre la serpiente, de que la simiente de la
mujer le aplastaría la cabeza (Gén. 3:15). En consecuencia,
cuando Jesús vino, comenzó inmediatamente a obtener victorias
sobre Satanás y sus legiones demoníacas, trabándose en combate
él solo y expulsándole efectivamente de la tierra, junto con la
enfermedad y la muerte. Se libró una guerra acérrima durante el
ministerio de Cristo, en la cual Satanás perdía terreno
continuamente y corría a esconderse. Después de observar a sus
discípulos en una misión que había tenido éxito, Jesús se
regocijó: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He
aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre
toda fuerza del enemigo, y nada os dañará" (Lucas 10:18-19).
Jesús explicó sus victorias sobre los demonios diciendo a sus
oyentes que "el reino de Dios a venido a vosotros". Y continuó:
"¿Cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y
saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá
saquear su casa" (Mat. 12:28-29). Eso es exactamente lo que
Jesús estaba haciendo en el mundo. Estaba atando a Satanás, el
"hombre fuerte", para saquear su casa, para rescatar a la gente
de las manos del diablo.
La derrota definitiva de Satanás ocurrió a la muerte y la
resurrección de Cristo. Una y otra vez, los apóstoles aseguraron
a los primeros cristianos del hecho de la victoria sobre el
diablo. Dice Pablo que, por medio de su obra consumada, el Señor
Jesús "despojó a los principados y a las potestades y los
exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz" (Col.
2:15). El Nuevo Testamento enseña incuestionablemente que, al
romper Cristo las ataduras de la muerte, Satanás fue dejado
impotente (Heb. 2:14). Juan escribió que "para esto apareció el
Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo" (1 Juan 3:8).
Nuevamente, debemos notar que esto está en tiempo pasado. Es un
hecho consumado. Esta no es una profecía acerca de la Segunda
Venida. Es una afirmación sobre el primer advenimiento de
Cristo. Cristo vino para atar y desarmar a Satanás, dejarlo
impotente, destruir sus obras, y establecer su propio reino como
Rey universal, como había sido el propósito de Dios desde el
comienzo. Según la Biblia, Cristo cumplió efectivamente lo que
se había propuesto; la Escritura considera a Satanás un enemigo
derrotado, que tiene que huir cuando los cristianos se le
oponen, que no puede resistir el ataque victorioso del ejército
de Cristo. Las puertas de su ciudad están condenadas a
derrumbarse delante de los inexorables ataques de la iglesia
(Mat. 16:18).
El
crecimiento del reino
En este punto, algunos objetarán: "Si Jesús es Rey ahora,
¿por qué no se han convertido todas las naciones? ¿Por qué hay
tanta impiedad? ¿Por qué no es todo perfecto?" En primer lugar,
no hay ningún "si" condicional en el asunto. Jesús
es el rey, y su reino
ha llegado. La Biblia
lo dice así. En segundo lugar, las cosas nunca serán "perfectas"
antes del juicio final, y hasta el milenio descrito por ciertos
escritores populares está lejos de ser perfecto (en realidad, el
suyo es mucho peor, porque enseñan que las naciones
nunca se convertirán
verdaderamente, sino que sólo fingirán haberse convertido
mientras esperan una oportuniudad para rebelarse).
Tercero, aunque el reino fue establecido
definitivamente en la
obra consumada de Cristo, es establecido
progresivamente durante
la historia (hasta que sea establecido
finalmente en el día
final). Por una parte, la Biblia enseña que Cristo Jesús está
ahora reinando sobre las naciones con vara de hierro; ahora está
sentado con poder sobre todos los otros poderes en el cielo y en
la tierra, poseyendo toda autoridad. Por otra parte, la Biblia
también enseña que el reino se desarrolla progresivamente,
haciéndose más fuerte y más poderoso con el correr del tiempo.
La misma carta a los Efesios que nos habla del gobierno absoluto
de Cristo sobre la creación (1:20-22), asegurándonos que estamos
reinando con él (2:6), también
nos ordena ponernos la armadura para combatir contra el enemigo
(6:10-17). No hay ninguna contradicción aquí - sólo dos aspectos
de la misma realidad. Y le hecho de que Jesús está ahora
reinando como rey de reyes es precisamente la razón de por qué
tenemos confianza en la victoria en nuestro conflicto con el
mal. Podemos experimentar el triunfo
progresivo ahora,
porque Cristo Jesús triunfó
definitivamente sobre Satanás en su vida, su muerte, su
resurrección y su ascensión.
Jesús contó dos parábolas que ilustran el crecimiento del
reino. Mateo nos dice:
Otra parábola les refirió, diciendo: "El reino de los
cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y
sembró en el campo; el cual a la verdad es la más pequeña de
todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las
hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves
del cielo y hacen nidos en sus ramas".
Otra parábolas les dijo: "El reino de los cielos es
semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres
medidas de harina, hasta que todo fue leudado" (Mat. 13:31-33).
El reino fue establecido cuando Cristo vino. Pero no ha
alcanzado su pleno desarrollo. Como el grano de mostaza, comenzó
siendo pequeño, pero crecerá hasta un tamaño enorme (de la misma
manera que la roca que Daniel vio se convirtió en un monte que
llenó toda la tierra). El reino crecerá en tamaño, extendiéndose
a todas partes, hasta que el conocimiento de Dios cubra la
tierra, como las aguas cubren el mar. El crecimiento del reino
será extensivo.
Pero el reino también crecerá intensivamente. Como la
levadura en el pan, transformará el mundo, tan seguramente como
transforma las vidas individuales. Cristo ha plantado en el
mundo su evangelio, poder de Dios para salvación. Como la
levadura, el poder del reino continuará obrando "hasta que todo
esté leudado".
Después de examinar esta parábola, usted se podría
preguntar cómo podría alguien negar una escatología de dominio.
¿Cómo puede uno soslayar la fuerza de este versículo? He aquí
cómo: el derrotista simplemente explica que la "levadura"
no es el reino, sino
¡una representación de cómo las herejías maléficas son plantadas
en la iglesia por el diablo! Increíblemente, su caso es tan
desesperado que recurrirá a juegos de manos, convirtiendo una
promesa de la victoria
del reino en una promesa de la derrota de la iglesia. Nótese
bien que todo está leudado; el versículo enseña la
victoria total, de un
lado o del otro.
Por consiguiente, según Jesús, ¿qué lado ganará?
Contrariamente a los pesimistas, Jesús no dijo que el reino es
como la masa, en la cual alguien introduce subrepticiamente
levadura mala. Jesús dijo que
el reino es como la levadura. El reino comenzó pequeño, y
su crecimiento a menudo ha sido inadvertido y algunas veces
virtualmente invisible, pero continúa fermentando y
transformando el mundo. ¿Dónde estaba el cristianismo hace 2000
años? Consistía de un mero puñado de personas que habían sido
comisionadas para hacer discípulas a las naciones - un pequeño
grupo que sería perseguido por sus propios compatriotas y al que
se le opondría el ejército del imperio más poderoso de la
historia. ¿Qué probabilidades les habríamos dado de que
sobrevivieran? Sin embargo, la iglesia salió victoriosa del
conflicto, ganadora por amplio margen; Roma y Jerusalén no
pasaron del punto de partida. Los últimos veinte siglos han sido
testigos del progreso que sólo podrían negar los ciegos
voluntarios. ¿Se ha extendido por todas partes la levadura del
evangelio? Por supuesto que no;
todavía no. Pero lo
hará. Dios nos ha predestinado a la victoria.
Capítulo 9
EL
RECHAZO DE ISRAEL
Él era como los que fueron enviados por el dueño de casa
para que recibieran los frutos de la viña de los labradores;
porque exhortaba a todos los hombres a devolver un rédito. Pero
Israel lo despreció y no quiso devolver, pues su voluntad no era
correcta, y además mataron a los que habían sido enviados, y ni
siquiera se detuvieron de atentar contra el señor de la viña,
sino que le mataron. Ciertamente, cuando llegó y no encontró
fruto en ellos, les maldijo por medio de la higuera, diciendo:
"Nunca más nazca de ti fruto" [Mat. 21:19]; y la higuera quedó
muerta y sin fruto, de manera que hasta los discípulos se
maravillaron cuado la higuera se secó.
Entonces se cumplió lo dicho por el profeta: "Y haré que
desaparezca de entre ellos la voz de gozo y la voz de alegría,
la voz de desposado y la voz de desposada; ruido de molino y luz
de lámpara. Toda esta tierra será puesta en ruinas y en espanto
[Jer. 25:10]. Porque el servicio entero de la ley ha sido
abolido de entre ellos, y de ahora en adelante y para siempre
permanecerán sin fiestas.
Atanasio, Letters
[vi]
Leer la Biblia en términos del tema del paraíso puede
profundizar nuestra comprensión hasta de los pasajes más
familiares de la Escritura. De repente, podemos entender por
qué, por ejemplo, Salmo 80 e Isaías 5 describen el pueblo del
pacto como "la viña del Señor". Como hemos visto, este era un
recordatorio del estado original del hombre en comunión con Dios
en el Edén. También era un recordatorio de que, cuando Dios
salva a su pueblo, le constituye en huerto renovado (o viña
renovada), y así, los escritores bíblicos usaban una y otra vez
las imágenes de plantar, árboles, viñas, y frutos para describir
la salvación en sus varios aspectos (Juan 15 es un ejemplo bien
conocido). Sin embargo, también es importante reconocer que las
imágenes del huerto pueden usarse para describir la apostasía y
la maldición, porque la primera violación del pacto tuvo lugar
en Edén. Dios había dado a Adán una comisión para que cultivara
y guardara su "viña"; en lugar de eso, Adán se había rebelado
contra el terrateniente, y había sido maldecido y expulsado,
perdiendo su herencia. Esta imagen doble de la viña como lugar,
tanto de bendición como de maldición, es un importante concepto
en la Biblia, y se convirtió en el escenario de una de las más
notables parábolas de Jesús, la historia de los labradores
malvados (Salmos 80 e Isaías 5 deben ser leídos junto con esto).
Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña,
la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y
la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. Y cuando se acercó
el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores,
para que recibiesen sus frutos. Mas los labradores, tomando a
los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro
apedrearon. Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros;
e hicieron con ellos de la misma manera. Finalmente, les envió
su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. Mas los
labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el
heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. Y
tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron. (Mat.
21:33-39).
En su gracia, Dios había enviado profetas a Israel a lo
largo de su historia, y los hombres de Dios siempre habían sido
tratados alevosamente. "Fueron apedreados, aserrados, puestos a
prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá
cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados,
maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por
los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas
de la tierra" (Heb. 11:37-38). El hecho es que Israel había
rechazado consistententemente la palabra de Dios y maltratado a
los profetas, desde el mismo comienzo. Como les acusó Esteban
(justo antes de ser asesinado por los dirigentes judíos):
"¡Duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos!
Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros
padres, así también vosotros. ¿A cuál de los profetas no
persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de
antemano la venida del Justo, de quien vosotros ahora habéis
sido entregadores y matadores" (Hechos 7:51-52).
El malvado tratamiento de los profetas por parte de Israel
alcanzó su clímax en el asesinato del Hijo de Dios, como Jesús
predijo en su parábola. Luego preguntó a sus oyentes: "Cuando
venga el señor de la viña, ¿qué hará a aquellos labradores?"
Le dijeron: "A los malos destruirá sin misericordia, y
arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a
su tiempo". Jesús les dijo: "¿Nunca leísteis en las Escrituras:
La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza
del ángulo. El Señor ha hecho esto, y es cosa maravillosa a
nuestros ojos"? Por tanto, os digo que
el reino de los cielos será
quitado de vosotros y será dado a gente que produzca los frutos
de él" (Mat. 21:40-43).
Los judíos habían pronunciado su propia sentencia de
condenación. Y ciertamente, la viña les sería quitada; el Señor
vendría y les destruiría,y daría la viña a obedientes obreros
que le rindieran el fruto que Él deseaba. El reino sería quitado
a los judíos y dado a otras "gentes".
¿Quiénes serían estas gentes? Después de citar el mismo texto
del Antiguo Testamento que Jesús había usado, el apóstol Pedro
dio la respuesta definitiva, escribiendo a la iglesia: "Vosotros
sois linaje escogido, real sacerdocio,
nación santa, pueblo
adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que
os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en
otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios;
que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora
habéis alcanzado misericordia" (1 Ped. 2:9-10). El argumento
decisivo es que Dios había usado este idéntico lenguaje al
hablar al pueblo del pacto, Israel, en el monte Sinaí. "Vosotros
seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos ... y vosotros
me seréis un reino de sacerdotes y gente santa" (Éx. 19:5-6).
Dice Pedro que lo que una vez había sido cierto con respecto a
Israel, ahora y para siempre es verdadero con respecto a la
iglesia. Israel era un huerto, una viña, en rebeldía contra su
dueño o, para cambiar la metáfora, era un árbol sin fruto, como
dijo Jesús en otra parábola:
Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a
buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí,
hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo
hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? El
entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año,
hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere
fruto, bien; y si no, la cortarás después" (Lucas 13:6-9).
Jesús, el Señor de la viña, pasó los tres años de su
ministerio viajando por Israel buscando fruto. Ahora era tiempo
de "cortarlo" . Juan el Bautista había advertido a los judíos,
aun antes de que Jesús comenzara su ministerio, que a la viña de
Israel se le estaba acabando el tiempo:
Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis
decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre;
porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de
estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de
los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es
cortado y echado en el fuego (Mat. 3:8-10).
Este era el problema con Israel. Aunque los judíos le
dieron la bienvenida a Jesús en Jerusalén haciendo ondear ramas
de árboles como reconocimiento de su venidera restauración de
Edén (Mat. 21:8-9), las ramas
no tenían frutos. De manera interesante, el mismo pasaje
continúa y muestra lo que sucedió después de que Jesús se fue de
Jerusalén. Mientras caminaba, se topó con una higuera y buscó
frutos, pero no encontró ninguno. Así que maldijo a la higuera,
diciendo: "Nunca jamás nazca de ti fruto". E inmediatamente la
higuera se secó (Mat. 21:18-19). Lo mismo ocurriría al Israel
estéril e impenitente.
La
generación terminal
Por supuesto, la culpa recaía principalmente en los líderes
de Israel, los ciegos guías de los ciegos, que conducían a la
nación entera hacia el hoyo (Mat. 15:14). Por eso Jesús dirigía
particularmente sus airadas acusaciones contra ellos (véase Mat.
23). Pero incluía también al pueblo en general en su condena,
como podemos ver en las palabras finales de su último mensaje
público:
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque
edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los
monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los
días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la
sangre de los profetas. Así que dais testimonio contra vosotros
mismos, de que sois hijos de aquéllos que mataron a los
profetas. ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!
¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la
condenación del infierno? Por tanto, he aquí yo os envío
profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos mataréis y
crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras sinagogas, y
perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros
toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde
la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías hijo de
Berequías, a quien matásteis entre el templo y el altar. De
cierto os digo que todo esto
vendrá sobre esta generación (Mat. 23:29-36).
Los pecados de Israel, sus rebeliones y sus apostasías, se
habían estado acumulando por siglos, llenando la copa hasta
rebosar. El punto crítico llegó cuando vino el Hijo. Su rechazo
de Él selló su suerte, y a su vez fueron rechazados por Dios. La
generación que crucificó al Señor y persiguió a sus apóstoles
era la verdadera "generación terminal". Israel, como el pueblo
del pacto, habría de ser destruido, final e irrevocablemente.
Había recibido la advertencia final. Años más tarde, poco antes
de que el holocausto del año 70 D. C. descendiera sobre Israel,
el apóstol Pablo escribió que "los judíos ... mataron al Señor
Jesús y a sus propios profetas, y a nosotros nos expulsaron; y
no agradan a Dios, y se oponen a todos los hombres,
impidiéndonos hablar a los gentiles para que éstos se salven;
así colman ellos siempre la medida de sus pecados, pues
vino sobre ellos la ira hasta
el extremo" (1 Tes. 2:14-16).
Como nación, Israel se había convertido en apóstata, una
ramera espiritual en rebeldía contra su Esposo (véase Eze. 16).
Las terribles palabras de Hebreos 6:4-8 se aplicaban
literalmente a la nación del pacto, que había renunciado a su
primogenitura:
Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y
gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del
Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios
y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez
renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí
mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la
tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y
produce hierba provechosa a aquéllos para los cuales es labrada,
recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos
es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser
quemada.
La misma multitud que dio la bienvenida a Jesús en
Jerusalén con hosannas clamó por su sangre en menos de una
semana. Como todos los esclavos, su actitud era inconstante;
pero, finalmente, su actitud se resumió en otra de las parábolas
de Jesús: "No queremos que éste reine sobre nosotros" (Luc.
19:14). Los principales sacerdotes revelaron la fe de la nación
cuando negaron vehementemente el señorío de Cristo y afirmaron:
"No tenemos más rey que César" (Juan 19:15).
Así que el pueblo del pacto heredó la maldición. Habían
hecho ondear sus ramas en dirección al Hijo del dueño cuando
entró en la viña, aparentemente para darle la bienvenida en su
propiedad legal; pero, cuando Él se acercó más e inspeccionó las
ramas, no encontró ningún fruto - sólo hojas. Para conservar el
modelo que hemos visto en nuestro estudio del huerto de Edén,
Israel estaba maduro para ser juzgado, desheredado, y expulsado
del la viña.
Pero no sólo tenían los ejemplos de Edén, el diluvio,
Babel, y los otros juicios históricos como amonestaciones. Por
medio de Moisés, Dios había dicho específicamente que la
maldición caería sobre ellos si apostataban de la verdadera fe.
Haríamos bien en recordar para nosotros mismos las advertencias
de Deuteronomio 28, donde Dios amenaza con la pérdida de la
familia y las posesiones, ser asolados por diversas
enfermedades, sufrir a causa de la guerra y la opresión por una
nación pagana victoriosa, volverse al canibalismo a causa de la
hambruna, y ser vendidos como esclavos y dispersados sobre la
faz de la tierra.
Así como Jehová se gozaba en haceros bien y en
multiplicaros, así se gozará Jehová en arruinaros y en
destruiros; y seréis arrancados de sobre la tierra a la cual
entráis para tomar posesión de ella.
Y Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un
extremo de la tierra hasta el otro extremo; y allí servirás a
dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres, al leño y a la
piedra. Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta
de tu pie tendrá reposo; pues allí te dará Jehová corazón
temeroso, y desfallecimiento de ojos, y tristeza de alma;
Y tendrás tu vida como algo que pende delante de ti, y
estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu
vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera que fuese la tarde!, y a
la tarde dirás: ¡Quién diera que fuese la mañana! por el miedo
de tu corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán
tus ojos (Deut. 28:63-67).
A causa de haber cometido Israel el supremo acto de
violación del pacto al rechazar a Cristo, Israel mismo fue
rechazado por Dios. Las terribles maldiciones pronunciadas por
Jesús, Moisés, y los profetas se cumplieron en la terrible
destrucción de Jerusalén, la desolación del templo y la
desaparición de la nación del pacto en el año 70 D. C. (Véase el
Apéndice B para leer la descripción de este suceso, y compararla
con las maldiciones descritas en Deuteronomio 28). Tal como Dios
había prometido, el reino fue realmente establecido cuando vino
Cristo. Pero, en vez de abarcar y asimilar en su estructura al
antiguo Israel, el reino vino e hizo polvo a Israel. El nuevo
templo de Dios, la iglesia, fue establecido cuando el antiguo
templo fue derribado y reducido a escombros.
Capítulo 10
LA GRAN TRIBULACIÓN
<>
Y cuando Aquél que habló a Moisés, el Verbo del Padre,
apareció en el fin del mundo, también dio mandamiento,
diciendo: "Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la
otra" [Mat. 10:23]; y poco después dice: "Por tanto, cuando
veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que
habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los
que estén en Judea, huyan a los montes. El que esté en la
azotea, no descienda para tomar algo de su casa; y el que
esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su capa" [Mat.
24:15]. Sabiendo estas cosas, los santos regulaban su
conducta en consecuencia.
Atanasio, Defence of His
Flight [11]
Uno de los principios más elementales para interpretar
correctamente el mensaje de la Biblia es que la
Escritura interpreta la
Escritura. La Biblia es la Palabra de Dios, santa,
infalible, libre de error. Es nuestra mayor autoridad. Esto
significa que no podemos buscar una interpretación
autorizada del significado de la Escritura fuera de la
Biblia misma. También significa que no debemos interpretar
la Biblia como si hubiese caído del cielo en el siglo
veinte. El Nuevo Testamento fue escrito en el siglo primero,
y por eso debemos tratar de entenderlo en términos de sus
lectores del siglo primero. Por ejemplo, cuando Juan llama a
Jesús "el cordero de Dios", ni él ni sus lectores tenían en
mente nada ni remotamente similar a lo que el hombre moderno
promedio, el hombre de la calle, podría pensar si oyera que
alguien era llamado "cordero". Juan no quería decir que
Jesús era dulce, abrazador, o mono. En realidad, Juan no se
refería en absoluto a la
personalidad de Jesús. Quería decir que Jesús era el
Sacrificio sin pecado por el mundo. ¿Cómo sabemos esto?
Porque la Biblia nos lo
dice así.
Este es el método que tenemos que usar para resolver
cada uno de los problemas de interpretación en la Biblia -
incluyendo los pasajes proféticos. Es decir, cuando leemos
un pasaje en Ezequiel, nuestra primera reacción no debe ser
ojear las páginas del New York
Times en una
búsqueda frenética de pistas acerca del significado del
pasaje. El periódico no interpreta la Escritura, en ningún
sentido primario. El periódico no debe decidir por nosotros
cuándo se han de
cumplir ciertos sucesos proféticos. La Escritura interpreta
la Escritura.
En Mateo 24 (y Marcos 13 y Lucas 21), Jesús habló a sus
discípulos acerca de una "gran tribulación" que sobrevendría a
Jerusalén. Durante los pasados 100 años más o menos, se ha
puesto de moda enseñar que Jesús hablaba del fin de la "era de
la iglesia" y el tiempo de la segunda venida. Pero, ¿era esto lo
que quería decir? Debemos observar cuidadosamente que Jesús
mismo dio la fecha (aproximada) de la venidera tribulación, no
dejando lugar para la duda después de cualquier examen cuidadoso
del texto bíblico. Jesús dijo:
De cierto os digo, que no
pasará esta generación hasta que todo esto acontezca
(Mat. 24:34).
Esto significa que el
todo de que Jesús hablaba en este pasaje, por lo menos
hasta el versículo 34, tuvo
lugar antes de que pasara la generación que entonces vivía.
"Espere un momento", dice usted. "¿Todo? El testimonio a todas
las naciones, la tribulación, la venida de Cristo en las nubes,
la caída de las estrellas ... ¿todo?"
Sí - y de paso, este punto es una prueba muy buena de su
compromiso con el principio con el cual iniciamos este capítulo:
la Escritura interpreta la
Escritura, dije; y usted asintió con la cabeza y bostezó,
pensando: "Claro, yo sé todo eso. Vaya al grano. ¿Dónde encajan
las explosiones atómicas y las abejas asesinas?" El Señor Jesús
declaró que "esta
generación" - la gente que
vivía entonces - no pasaría antes de que tuvieran lugar
las cosas que él profetizaba. La pregunta es: ¿Le cree usted?
Algunos han tratado de soslayar la fuerza de este texto
diciendo que aquí la palabra
generación significa en realidad raza, y que Jesús estaba
diciendo simplemente que la raza judía no moriría sino hasta que
estas cosas tuvieran lugar. ¿Es verdad eso? Le reto a usted:
Saque su concordancia y busque cada uno de los textos del Nuevo
Testamento en que aparece la palabra
generación (genea,
en griego) y vea si alguna vez
significa "raza" en cualquier otro contexto. He aquí todas las
referencias en los evangelios: Mateo 1:17; 11:16; 12:39, 41, 42,
45; 16:4; 17:17; 23:36; 24:34; Marcos 8:12; 38; 9:19; 13:30;
Lucas 1:48, 50; 7:31; 9:41; 1:29, 30, 31, 32, 50, 51; 16:8;
17:25; 21:32. Ni una sola
de estas referencias habla de totalidad de la raza judía por
miles de años; todas usan la palabra en su sentido normal de la
suma total de los que vivían
al mismo tiempo. Siempre se refiere a
contemporáneos. (En
realidad, los que dicen que la palabra significa "raza" tienden
a reconocer este hecho, ¡pero explican que la palabra cambia de
significado súbitamente
cuando Jesús la usa en Mateo 24! Podemos sonreír en presencia de
este error transparente, pero también debemos recordar que esto
es muy serio. Estamos tratando con la palabra del Dios
viviente).
Por consiguiente, la conclusión - antes de que comencemos
siquiera a investigar el pasaje en su totalidad - es que
los sucesos profetizados en
Mateo 24 tuvieron lugar dentro de la vida de la generación que
entonces vivía. Fue a a
esta generación a la que Jesús llamó "malvada y perversa"
(Mat. 12:39, 45; 16:4; 17:17); fue
esta "generación
terminal" la que crucificó al Señor; y fue
esta generación, dijo
Jesús, sobre la cual vendría el castigo por toda la sangre justa
derramada en la tierra" (Mat. 23:35).
Todas estas cosas
"De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta
generación. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar
a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las
alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta"
(Mat. 23:36-38).
La afirmación de Jesús en Mateo 23 prepara el escenario
para su enseñanza de Mateo 24. Jesús habló claramente de un
juicio inminente sobre Israel por rechazar la palabra de Dios, y
por la apostasía final de rechazar al Hijo de Dios. Los
discípulos quedaron tan alterados por esta profecía de
condenación sobre la presente generación y la "desolación" de la
"casa" judía (el templo) que, cuando estuvieron solos con Jesús,
no pudieron evitar pedir una explicación.
Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus
discípulos para mostrarle los edificios del templo. Respondiendo
él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os digo que no quedará
aquí piedra sobre piedra que no sea derribada. Y estando él
sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le
acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y
qué señal habrá de tu venida y del fin del siglo? (Mat. 24:1-3).
Nuevamente, debemos tomar nota cuidadosa de que
Jesús no estaba hablando de
algo que ocurriría miles de años más tarde, a algún templo
futuro. Estaba profetizando sobre "todo
esto", diciendo que "no
quedará aquí piedra
sobre piedra". Esto se ve aun más claramente si consultamos los
pasajes paralelos:
Saliendo Jesús del templo, le dijo uno de sus discípulos:
Maestro, mira qué piedras, y qué edificios. Jesús, respondiendo,
le dijo: ¿Ves estos grandes edificios? No quedará piedra sobre
piedra, que no sea derribada (Mar. 13:1-2).
Y a unos que hablaban de que el templo estaba adornado de
hermosas piedras y ofrendas votivas, dijo: En cuanto a estas
cosas que veis, días vendrán en que no quedará piedra sobre
piedra, que no sea destruida (Luc. 21:5-6).
Por consiguiente, la única interpretación posible que el
mismo Jesús permite de sus propias palabras es que estaba
hablando de la destrucción del templo, que
en ese momento existía
en Jerusalén, los mismos edificios que los discípulos
contemplaban en ese momento de la historia. El templo del cual
Jesús hablaba fue destruido en la caída de Jerusalén bajo los
ejércitos romanos en el año 70 D. C. Esta es la única
interpretación posible de la profecía de Jesús en este capítulo.
La gran tribulación terminó
con la destrucción del templo en el año 70 D. C. Aun en
el caso (improbable) de que se construyera otro templo en algún
momento en el futuro, las palabras de Jesús en Mateo 24, Marcos
13, y Lucas 21 no tienen nada que decir acerca de él. Jesús
estaba hablando sólo del templo de esa generación. No hay
ninguna base bíblica para afirmar que se tratase de algún otro
templo. Jesús confirmó los temores de los discípulos: El hermoso
templo de Jerusalén sería destruido dentro de esa generación; su
casa quedaría desolada.
Los discípulos entendieron el significado de esto. Sabían
que la venida de Cristo en juicio para destruir el templo
significaría la completa disolución de Israel como la nación del
pacto. Sería la señal de que Dios se había divorciado de Israel,
quitándose de en medio, quitándole el reino y dándoselo a otra
nación (Mat. 21:43). Sería la señal del fin de esa época, y de
la llegada de una era enteramente nueva en la historia mundial -
el nuevo orden mundial de
Cristo Jesús. Desde el principio de la creación hasta el
año 70 D. C., el mundo estuvo organizado alrededor de un
santuario central, una sola casa de Dios. Ahora, en el orden del
nuevo pacto, se establecen santuarios dondequiera que exista
culto verdadero, donde se observen los sacramentos y se
manifieste la presencia especial de Cristo. Anteriormente en su
ministerio, Jesús había dicho: "La hora viene cuando ni en este
monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. ... Mas la hora viene,
y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre
en espíritu y en verdad" (Juan 4:21-23). Ahora Jesús estaba
dejando claro que la nueva era estaba a punto de ser establecida
permanentemente sobre las cenizas de la antigua. Los discípulos
preguntaron urgentemente: "¿Cuándo serán estas cosas, y qué
señal habrá de tu venida y del fin del siglo?"
Algunos han intentado leer esto como si fuesen dos o tres
preguntas separadas, de manera que los discípulos estarían
preguntando primero
sobre la destrucción del templo, y
luego sobre las señales
del fin del mundo. Esto difícilmente parece creíble. El contexto
inmediato (el reciente sermón de Jesús) tiene que ver con la
suerte de aquella
generación. Los discípulos, consternados, habían señalado las
bellezas del templo, como argumentando que un espectáculo tan
magnífico no debía quedar en ruinas; acababan de ser silenciados
por la categórica declaración de Jesús de que no quedaría piedra
sobre piedra. No hay nada en absoluto que indique que los
discípulos cambiaron de tema súbitamente y preguntaron acerca
del fin del universo material. (La traducción "fin del mundo" en
la versión King James causa confusión, porque el significado de
la palabra inglesa world
(mundo) ha cambiado en los últimos siglos. Aquí la palabra
griega no es cosmos,
sino aion, que significa época
o era). Los discípulos tenían
una sola preocupación,
y sus preguntas giraban en torno a un solo punto: el hecho de
que su propia generación presenciaría el fin de la era
pre-cristiana y la llegada de la nueva era prometida por los
profetas. Todo lo que los discípulos querían saber era
cuándo llegaría y
qué señales debían
esperar, para poder estar bien preparados.
Señales del fin
Jesús respondió dándoles a los discípulos, no una señal,
sino siete señales del
fin. (Debemos recordar que "el fin" en este pasaje
no es el fin del mundo,
sino el fin de la época,
el fin del templo, del sistema de sacrificios, de la nación del
pacto, Israel, y de los últimos restos de la era pre-cristiana).
Es notable que hay una progresión en esta lista: las señales
parecen volverse más específicas y pronunciadas hasta que
llegamos a la final e inmediata precursora del fin. La lista
comienza con ciertos sucesos que ocurrirían sólo como "principio
de dolores" (Mat. 24:8). Jesús advirtió que, por sí mismas, las
señales no debían ser tomadas como señales de un fin inminente;
por eso, los discípulos debían estar alerta para no ser
confundidos sobre este punto (v. 4). Estos sucesos "iniciales",
que marcaban el período entre la resurrección de Cristo y la
destrucción del templo en el año 70 D. C., eran como sigue:
- Falsos mesías.
"Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: 'Yo soy el
Cristo', y a muchos engañarán (v. 5).
- Guerras. "Y
oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis,
porque es necesario que todo esto acontezca, pero aun no es el
fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra
reino" (v. 6-7a).
- Desastres naturales.
"Y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares.
Y todo esto será principio de dolores" (v. 7b-8).
Cualquiera de estas ocurrencias podría haber hecho que los
cristianos sintieran que el fin estaba sobre ellos
inmediatamente, si Jesús nos les hubiera advertido que tales
sucesos serían sólo tendencias
generales que caracterizarían a la generación final, y no
precisamente señales del fin. Las dos señales siguientes, aunque
todavía caracterizan el período en general, sí nos llevan hasta
un punto cerca del fin de la época:
- Persecución.
"Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis
aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre" (v. 9).
- Apostasía.
"Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y
unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se
levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la
maldad,el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta
el fin, éste será salvo" (v. 10-13).
Los últimos dos puntos de la lista son mucho más
específicos e identificables que las señales anteriores. Éstas
serían las señales finales y definitivas del fin - una, el
cumplimiento de un proceso, y la otra, un suceso decisivo:
- Evangelización
mundial. "Y será predicado este evangelio del reino en
todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces
vendrá el fin" (v. 14).
A primera vista, esto parece increíble. ¿Podría el
evangelio haber sido predicado al mundo entero dentro de la
generación en que se pronunciaron estas palabras? El testimonio
de la Escritura es claro. No sólo
podría haber ocurrido,
sino que ocurrió realmente.
¿Prueba? Algunos años antes de la destrucción de Jerusalén,
Pablo escribió a los cristianos de Colosas acerca de "la palabra
verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros,
así como a todo el mundo,
y lleva fruto y crece" (Col. 1:5-6), y les exhortó a no
apartarse "de la esperanza del evangelio que habéis oído,
el cual se predica
en toda la creación
que está debajo del cielo"
(Col. 1:23). A la iglesia de Roma, Pablo le anunció que "vuestra
fe se divulga por todo el mundo" (Rom. 1:8), porque la voz de
los predicadores del evangelio "ha salido por toda la tierra, y
hasta los fines de la tierra sus palabras" (Rom. 10:18). Según
la infalible palabra de Dios, el evangelio efectivamente se
había predicado al mundo entero mucho antes de que Jerusalén
fuera destruida en el año 70 D. C. Esta señal crucial del fin
se cumplió, como dijo Jesús. Todo lo que quedaba era la séptima
y última señal; y cuando este suceso ocurrió, a cualesquiera
cristianos que quedasen en o cerca de Jerusalén se les dijo que
escaparan inmediatamente:
- La abominación
desoladora. Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la
abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que
lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los
montes. El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo
de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás para
tomar su capa" (v. 15-18).
El texto del Antiguo Testamento al que aludía Cristo es
Daniel 9:26-27, que profetiza la llegada de ejércitos para
destruir a Jerusalén y el templo: "Y el pueblo de un príncipe
que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario; y su fin
será con inundación, y hasta el fin de la guerra durarán las
devastaciones. Después,
con la muchedumbre de las
abominaciones, vendrá el desolador, hasta que venga la
consumación, y lo que está determinado se derrame sobre el
desolador". La palabra
hebrea para abominación
se usa en todo el Antiguo Testamento para indicar
ídolos y suciedad, prácticas
idólatras, especialmente por los enemigos de Israel
(véase, por ejemplo, Deut. 29:17; 1 Reyes 11:5, 7; 2 Reyes
23:13; 2 Crón. 15:8; Isa. 66:3; Jer. 4:1; 7:30; 13:27; 32:34;
Eze. 5:11; 7:20; 11:18, 21; 20:7-8, 30). El significado tanto de
Danie como de Mateo se aclara por la referencia paralela en
Lucas. En vez de "abominación desoladora", Lucas dice:
Pero cuando viereis a
Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su
destrucción ha llegado.
Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes; y los que
en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos, no
entren en ella. Porque estos son días de retribución, para que
se cumplan todas las cosas que están escritas (Lucas 21:20-22).
Por consiguiente, la "abominación desoladora" habría de ser
la invasión armada contra
Jerusalén. Durante el período de las Guerras Judías,
Jerusalén fue rodeada varias veces por ejércitos paganos. Pero
el suceso específico denotado por Jesús como "la abominación
desoladora" parece ser la ocasión en que los edomitas (idumeos),
los enemigos de Israel de toda la vida, atacaron Jerusalén.
Varias veces en la historia de Israel, mientras la ciudad era
atacada por sus enemigos paganos, los edomitas habían irrumpido
para saquear y asolar la ciudad, agravando así la desgracia de
Israel (2 Crón. 20:2; 28:17; Sal. 137:7; Eze. 35:5-15; Amós 1:9,
11; Abdías 10-16).
Los edomitas permanecieron fieles a su naturaleza, y su
patrón característico se repitió durante la Gran Tribulación:
Una noche, en el año 68 D. C., los edomitas rodearon la santa
ciudad con 20,000 soldados. Josefo escribe que, mientras
estaban fuera del muro, se desató una terrible tormenta durante
la noche, con la mayor violencia, vientos muy fuertes, grandes
aguaceros, continuos relámpagos, terribles truenos, y asombrosos
retumbos y rugidos de la tierra, que era un terremoto. Estas
cosas eran una manifiesta indicación de que alguna destrucción
vendría sobre los seres humanos, cuando el sistema mundial había
sido puesto en este desorden; y cualquiera adivinaría que estas
maravillas presagiaban alguna gran calamidad venidera".
Esta era la última oportunidad para escapar de la ciudad de
Jerusalén, condenada a la destrucción. Todo el que deseaba huir
tenía que hacerlo inmediatamente, sin demora. Los edomitas
irrumpieron en la ciudad y fueron directamente al templo, donde
masacraron a 8,500 personas cortándoles la garganta. Mientras el
templo se desbordaba de sangre, los edomitas corrían como locos
por las calles de la ciudad, saqueando casas y asesinando a
todos los que encontraban, incluyendo al sumo sacerdote. Según
el historiador Josefo, este suceso marcó "el comienzo de la
destrucción de la ciudad ... a partir de este mismo día se puede
fechar el derribamiento del muro y la ruina de sus asuntos".
La
tribulación
Mas ¡ay de las que estén encinta, y de las que críen en
aquellos días! Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno
ni en día de reposo; porque habrá entonces gran tribulación,
cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora,
ni la habrá (Mat. 24:19-21).
El relato de Lucas da detalles adicionales:
Mas ¡ay de las que estén encinta, y de las que críen en
aquellos días! porque habrá gran calamidad en la tierra, e ira
sobre este pueblo. Y caerán a filo de espada, y serán llevados
cautivos a todas las naciones; y Jerusalén será hollada por los
gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan
(Lucas 21:23-24).
Como se señala en Mateo, la gran tribulación habría de
tener lugar, no al final
de la historia, sino a la
mitad, porque nada similar había ocurrido "desde el
principio del mundo hasta ahora,
ni la habrá". Así,
pues, la profecía de la tribulación se refiere a la destrucción
del templo en aquella generación (70 D. C.)
solamente. No puede
hacérsela encajar en algún esquema de interpretación de "doble
cumplimiento"; la gran tribulación del año 70 D. C. fue un
suceso absolutamente único, que jamás se repetiría.
Josefo nos ha dejado un registro presencial de gran parte
del horror de aquellos años, y especialmente de los días finales
de Jerusalén. Fue una época en que "el día se pasaba en
derramamiento de sangre, y la noche se pasaba en temor"; cuando
era "común ver ciudades llenas de cadáveres"; cuando los judíos
se llenaron de pánico y comenzaron a matarse unos a otros
indiscriminadamente; cuando los padres, con lágrimas en los
ojos, masacraban a familias enteras, para evitar que recibieran
un tratamiento peor por los romanos; cuando, en medio de la
terrible hambruna, las madres mataban, asaban y se comían a sus
propios hijos (ver Deut. 28:53); cuando el país entero "estaba
lleno de fuego y sangre"; cuando los lagos y los mares se teñían
de rojo, con cadáveres flotando por todas partes, atestando las
orillas, hinchándose al sol, pudriéndose y reventándose; cuando
los soldados romanos capturaban a personas que trataban de
escapar y luego les crucificaban a razón de 500 por día.
"Crucifícale! ¡Crucifícale!
¡Su sangre sea sobre nosotros,
y sobre nuestros hijos!", habían exclamado los apóstatas
cuarenta años antes (Mat. 27:22-25); y cuando todo hubo
terminado, más de un millón de judíos habían sido muertos en el
sitio de Jerusalén; cerca de un millón más fueron vendidos como
esclavos por todo el imperio, y toda Judea yacía en ruinas
humeantes, casi despoblada. Los días de retribución habían
llegado con horripilante e inmisericorde intensidad. Al romper
el pacto, la ciudad santa se había convertido en la ramera
babilónica; y ahora era un desierto, "habitación de demonios y
guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda
y aborrecible" (Apoc.18:2).
Capítulo 11
La venida en las nubes
Si no resucitó, sino que todavía está muerto, ¿cómo es que
pone en fuga, persigue y derriba los dioses falsos, que los
incrédulos creen que están vivos, y a los malos espíritus que
ellos adoran? Porque donde Cristo se sombra, la idolatría es
destruida y el fraude de los malos espíritus queda expuesto; de
hecho, ningún espíritu de esa clase puede soportar el Nombre,
sino que huye al sonido de él. Esta es la obra del que vive; y
más que eso, es la obra de Dios.
Atanasio, On the
Incarnation [30]
Hemos visto que el discurso de Jesús en el Monte de los
Olivos, registrado en Mateo 24, Marcos 13, y Lucas 21, trata del
"fin" - no del mundo, sino de Jerusalén y el templo; hace
referencia exclusivamente a los "últimos días" de la era del
pacto antiguo. Jesús habló claramente de sus propios
contemporáneos cuando dijo que "esta generación" vería "todas
estas cosas". La "gran tribulación" tuvo lugar durante la
terrible época de sufrimiento, guerras, hambruna, y asesinatos
en masa que condujo a la destrucción del templo en el año 70 D.
C. Lo que parece presentar un problema para esta
interpretación, sin embargo, es lo que Jesús dice a
continuación:
E inmediatamente después de la tribulación de aquellos
días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y
las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos
serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del
Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la
tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del
cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran
voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro
vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro (Mat.
24:29-31).
Jesús parece estar diciendo que la segunda venida ocurrirá
inmediatamente después de la tribulación. ¿Ocurrió la segunda
venida en el año 70 D. C.? ¿Nos la hemos perdido? Primero,
dejemos clara una cosa desde el comienzo: no hay manera de
soslayar esa palabra,
inmediatamente. Significa
inmediatamente.
Reconociendo que la tribulación tuvo lugar durante la generación
que entonces vivía, también tenemos que hacer frente a la clara
enseñanza de la Escritura de que, cualquier cosa de que Jesús
esté hablando en estos versículos, ocurrió
inmediatamente después.
En otras palabras, estos versículos describen lo que debe tener
lugar al final de la
tribulación - lo que forma su clímax.
Para entender el significado de las expresiones de Jesús en
este pasaje, debemos entender el Antiguo Testamento mucho más de
lo que mucha gente lo entiende hoy día. Jesús estaba hablando a
un auditorio que estaba íntimamente familiarizado con los más
oscuros detalles de la literatura del Antiguo Testamento. Habían
oído leer y exponer el Antuguo Testamento incontables veces
durante sus vidas, y habían memorizado largos pasajes. Las
imágenes y las formas de expresión bíblicas habían formado su
cultura, su ambiente, y su vocabulario desde la más tierna
infancia, y esto había ocurrido por generaciones. La diferencia
entre su perspectiva y la nuestra puede ilustrarse por el hecho
de que, aunque gran parte de la discusión de este libro acerca
del tema del paraíso probablemente era muy nueva para usted,
habría sido muy familiar para los discípulos.
El hecho es que, cuando Jesús habló a sus discípulos de la
caída de Jerusalén, usó
lenguaje profético. Había un "lenguaje" de profecía,
reconocible instantáneamente por los que estaban familiarizados
con el Antiguo Testamento (algo de lo cual ya hemos cubierto en
nuestro estudio de Edén). Al predecir Jesús el completo fin del
sistema del pacto antiguo - lo cual era, en cierto sentido, el
fin de todo un mundo - Jesús hablaba de él como lo habría hecho
cualquiera de los profetas, en el conmovedor lenguaje del juicio
de pacto. Consideraremos cada uno de los elementos de la
profecía, viendo cómo su uso anterior por los profetas del
Antiguo Testamento determinaba su significado en el contexto del
discurso de Jesús sobre la caída de Jerusalén. Recuérdese que
nuestro modelo final de verdad es la Biblia, y la Biblia
solamente.
El
sol, la luna y las estrellas
Jesús dijo que, al fin de la tribulación, el universo se
derrumbaría: la luz del sol y de la luna se extinguiría, las
estrellas caerían, las potencias de los cielos serían
conmovidas. La base para este simbolismo está en Génesis
1:14-16, donde se dice que el sol, la luna y las estrellas ("las
potencias de los cielos") son las "señales" que "gobiernan" el
mundo. Más tarde en la Escritura, estas luces celestiales se
usan para hablar de las autoridades y gobernantes terrenales; y
cuando Dios amenaza con ir contra ellos en juicio, se usa la
misma terminología del universo que se derrumba para
describirlo. Profetizando la caída de Babilonia ante los medos
en el año 539 A. C., Isaías escribió:
He aquí el día de Jehová viene, terrible, y de indignación
y ardor de ira, para convertir la tierra en soledad, y raer de
ella a sus pecadores. Por lo cual las estrellas de los cielos y
sus luceros no darán su luz; y el sol se oscurecerá al nacer, y
la luna no dará su resplandor. (Isa. 13:9-10).
De manera significativa, Isaías profetizó más tarde la
caída de Edom en términos de de-creación:
Y todo el ejército de los cielos se disolverá, y se
enrollarán los cielos como un libro; y caerá todo su ejército,
como se cae la hoja de la parra, y como se cae la de la higuera.
(Isa. 34:4).
El contemporáneo de Isaías, el profeta Amós, predijo la
destrucción de Samaria (722 A. C.) casi de la misma manera:
Acontecerá en aquel día, dice Jehová el Señor, que haré que
se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en
el día claro. (Amós 8:9).
Otro ejemplo es del profeta Ezequiel, que predijo la
destrucción de Egipto. Dios dijo esto por medio de Ezequiel:
Y cuando te haya extinguido, cubriré los cielos, y haré
entenebrecer sus estrellas; el sol cubriré con nublado, y la
luna no hará resplandecer su luz. Haré entenebrecer todos los
astros brillantes del cielo por tí, y pondré tinieblas sobre tu
tierra, dice Jehová el Señor. (Eze. 3:7-8).
Hay que enfatizar que
ninguno de estos sucesos tuvo lugar literalmente. Dios no
se proponía que nadie pusiera una construcción literalista en
estas declaraciones. Sin embargo, poéticamente, todas estas
cosas sí ocurrieron: por lo que concernía a estas naciones
impías, "las luces se apagaron". Este es simplemente lenguaje
figurado, que no nos sorprendería en absoluto si estuviésemos
más familiarizados con la Biblia y apreciáramos su carácter
literario.
Por consiguiente, lo que Jesús está diciendo en Mateo 24,
en terminología profética reconocible inmediatamente por sus
discípulos, es que la luz de Israel se apagaría; la nación del
pacto dejaría de existir. Cuando la tribulación terminara, el
antiguo Israel desaparecería.
La
señal del Hijo del Hombre
La mayoría de las traducciones modernas de Mateo 24:30 dice
algo como esto: "Y entonces la señal del Hijo del Hombre
aparecerá en el cielo ...". Este es un error de traducción,
basado, no en el texto griego, sino en las erróneas suposiciones
de los propios traductores sobre el tema de este pasaje (creían
que estaba hablando de la segunda venida). Una traducción del
texto griego, palabra por palabra, dice en realidad:
Y entonces aparecerá la señal
del Hijo del Hombre en el
cielo ...
Como usted puede ver, en la traducción correcta aparecen
dos diferencias importantes: primera, la ubicación de la que se
habla es el cielo, no
sólo el firmamento;
segunda, no es la señal
lo que está en el cielo, sino que es el
Hijo del Hombre el que
está en el cielo. Lo que queremos decir es simplemente que este
gran juicio sobre Israel, la destrucción de Jerusalén y el
templo, serían la señal de que Cristo Jesús está en su trono en
el cielo, a la diestra del Padre, gobernando las naciones y
trayendo venganza sobre sus enemigos. El cataclismo del año 70
D. C., divinamente ordenado, reveló que Cristo había quitado el
reino a Israel y lo había dado a la iglesia; la desolación del
antiguo templo era la señal final de que Dios lo había
abandonado y ahora moraba en un nuevo templo, la iglesia. Todos
estos son aspectos de la primera venida de Cristo, partes
cruciales de la obra que vino a llevar a cabo por medio de su
muerte, resurrección y ascensión al trono. Es por esto por lo
que la Biblia habla del derramamiento del Espíritu Santo sobre
la iglesia y la destrucción de Israel como
el mismo suceso, porque
estaban íntimamente conectadas entre sí teológicamente. El
profeta Joel predijo tanto el día de Pentecostés como la
destrucción de Jerusalén sin tomar aliento:
Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y
profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos
soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también
sobre los siervos y sobre las siervas derramará mi Espíritu en
aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra,
sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en
tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y
espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de
Jehová será salvo; porque en el monte de Sión y en Jerusalén
habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al
cual él habrá llamado. (Joel 2:28-32).
Como veremos en el capítulo 13, la inspirada interpretación
de Pedro de este texto en Hechos 2 establece el hecho de que
Joel está hablando del período desde el derramamiento inicial
del Espíritu hasta la destrucción de Jerusalén, desde Pentcostés
hasta el Holocausto. Para nosotros, es suficiente observar aquí
que en este pasaje se usa el mismo lenguaje de juicio. La
interpretación común y barata de que las "columnas de humo" son
nubes en forma de hongo de explosiones nucleares es una
distorsión radical del texto, y una interpretación completamente
errónea del lenguaje profético de la Biblia. Igualmente tendría
sentido decir que la columna de fuego y humo durante el Éxodo
era el resultado de una explosión nuclear.
Las nubes del cielo
De manera apropiada, esto nos lleva al siguiente
elemento de la profecía de Jesús sobre la destrucción de
Jerusalén: "y entonces se lamentarán todas las tribus de
la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las
nubes del cielo, con poder y gran gloria". Aquí la
palabra tribus
se refiere primero a
las tribus de la tierra de Israel; y el "lamento"
probablemente es en dos sentidos. Primero, se
lamentarían de tristeza por el sufrimiento y la pérdida
de su tierra; segundo, se lamentarían finalmente
arrepentidos de sus pecados, cuando se conviertan de su
apostasía (ver capítulo 14).
Pero, ¿cómo es que verían a Cristo viniendo en las
nubes? Los que hayan leído los capítulos 7 y 8 de este
libro tendrán pocas dificultades para responder a esta
pregunta. En primer lugar, durante todo el Antiguo
Testamento, Dios estuvo viniendo "en las nubes", para
salvar a su pueblo y destruir a sus enemigos: "El que
pone las nubes por su carroza, el que anda sobre las
alas del viento" (Sal. 104:3). Cuando Isaías profetizó
el juicio de Dios sobre Egipto, escribió: "He aquí que
Jehová monta sobre una ligera nube, y entrará en Egipto;
y los ídolos de Egipto temblarán delante de él" (Isa.
19:1). El profeta Nahum habló de forma parecida de la
destrucción de Nínive por parte de Dios: "Jehová marcha
en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el
polvo de sus pies" (Nah. 1:3). El que Dios "venga en las
nubes del cielo" es un símbolo bíblico casi común de su
presencia, su juicio y su salvación.
Sin embargo, más que esto, está el hecho de que
Jesús se está refiriendo a un suceso específico
relacionado con la destrucción de Jerusalén y el fin del
pacto antiguo. Habló de él nuevamente durante su juicio,
cuando el sumo sacerdote le preguntó si era el Cristo, y
Jesús contestó:
Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la
diestra del poder de Dios viniendo en las nubes del
cielo (Mar. 14:62; ver Mat. 26:64).
Obviamente, Jesús no se refería a un suceso miles
de años en el futuro. Hablaba de algo que sus
contemporáneos - "esta generación" - vería duurante su
vida. La Biblia nos dice exactamente cuándo vino Jesús
en las nubes del cielo:
Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue
alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos
(Hech. 1:9).
Y el Señor, después de que les habló, fue recibido
arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios
(Mar. 16:19).
Notamos en el capítulo 8 que fue este suceso, la
ascensión a la diestra de Dios, lo que Daniel había
previsto:
Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí
con las nubes del
cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino
hasta el Anciano de días, y
le hicieron acercarse
delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y un reino,
para que todos los pueblos, naciones y lenguas le
sirvieran; su dominio es dominio eterno, que nunca
pasará, y su reino uno que no será destruido (Dan.
7:13-14).
La destrucción de Jerusalén era la señal de que el
Hijo del Hombre, el segundo Adán, estaba en el cielo,
gobernando al mundo y disponiéndolo para sus propios
fines. A su ascensión, había venido en las nubes del
cielo para recibir el reino de parte de su Padre; la
destrucción de Jerusalén era la revelación de este
hecho. Por consiguiente, en Mateo 24 Jesús no estaba
profetizando que él vendría literalmente en las nubes en
el año 70 D. C. (aunque esto era cierto
figuradamente).
Su "venida en las nubes" literal, en cumplimiento de
Daniel 7, había tenido lugar como 40 años antes. Pero,
en el año 70 D. C., las tribus de Israel verían la
destrucción de la nación como resultado de haber Él
ascendido al trono en el cielo para recibir su reino.
Juntar a los escogidos
Finalmente, el resultado de la destrucción de Jerusalén
será que Cristo envíe sus "ángeles" para juntar a los escogidos.
¿No es esto el rapto? No. La palabra
ángeles significa
simplemente mensajeros
(ver Sant. 2:25), ya sea que su origen sea celestial o terrenal;
es el contexto lo que
determina si se habla de criaturas celestiales. A menudo, la
palabra significa predicadores
del evangelio (ver Mat. 1:10; Luc. 7:24; 9:52; Apoc.1-3).
En contexto, hay varias razones para suponer que Jesús estaba
hablando del evangelismo mundial y la conversión de las naciones
que seguirá a la destrucción de Israel.
El uso que Cristo hace de la palabra
juntar es significativo
en este respecto. Literalmente, la palabra es un verbo que
significa reunir en sinagoga;
el significado es que, con la detrucción del templo y el sistema
del pacto antiguo, el Señor envía a sus mensajeros para que
junten a su pueblo escogido en su nueva sinagoga. En realidad,
Jesús está citando a Moisés, que había prometido: "Y si tus
desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo
del cielo, de allí te recogerá Jehová tu Dios, y de allá te
tomará" (Deut. 30:4). Ninguno de los dos textos tiene nada que
ver con el rapto; ambos tienen que ver con la restauración y el
establecimiento de la casa de Dios, la congregación organizada
de su pueblo del pacto. Esto se vuelve aún más mordaz cuando
recordamos lo que Jesús había dicho justo antes de este
discurso:
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas
a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise
juntar a tus hijos,
como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no
quisiste! He aquí vuestra casa os es dejada desierta. (Mat.
23:37-38).
Debido a que Jerusalén apostató y rehusó ser recogida como
en sinagoga bajo Cristo, su templo sería destruido, y se
formaría una nueva sinagoga y un nuevo templo: la iglesia. Por
supuesto, el nuevo templo fue creado el día de Pentecostés,
cuando el Espíritu vino a morar en la iglesia. Pero el hecho de
la existencia del nuevo templo sólo sería obvio cuando el
andamiaje del antiguo templo y el sistema del pacto antiguo
fuera destruido. la congregaciones cristianas comenzaron
inmediatamente a llamarse a sí mismas "sinagogas" (que es la
palabra usada en Sant. 2:2), mientras que llamaban a las
reuniones judías "sinagogas de Satanás" (Apoc. 2:9; 3:9). Pero
vivían esperando el día del juicio sobre Jerusalén y el antiguo
templo, cuando la iglesia sería revelada como el templo
verdadera y la sinagoga verdadera de Dios. Debido a que el
sistema del pacto antiguo había sido "dado por viejo" y estaba
"próximo a desaparecer" (Heb. 8:13), el escritor de Hebreos les
instaba a tener esperanza, "no dejando de congregarnos [como en
una sinagoga], como
algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos, tanto más,
cuanto veis que aquel día se acerca" (Heb. 10:25; ver 2 Tes.
2:1-2).
La promesa del Antiguo Testamento de que Dios "juntaría"
[como en una sinagoga] a su pueblo sufre un gran cambio en el
Nuevo Testamento. En vez de la forma simple de la palabra, el
término usado por Jesús tiene la preposición griega
epi como prefijo. Esta
es una expresión favorita del nuevo pacto, que
intensifica la palabra
original. Por consiguiente, lo que Jesús está diciendo es que la
destrucción del templo en el 70 D. C. lo revelará a Él viniendo
en las nubes para recibir su reino; y exhibirá a su iglesia
delante del mundo como la plena, verdadera y super-sinagoga.
Capítulo 12
EL SURGIMIENTO DEL
ANTICRISTO
De acuerdo con las palabras
de Jesús en Mateo 24, una de las crecientes características de
la época que precedería el colapso de Israel sería la
apostasía dentro de la iglesia
cristiana. Esto ya se mencionó antes, pero un estudio más
concentrado en este punto arrojará mucha luz sobre buen número
de puntos de discusión relacionados en el Nuevo Testamento -
puntos que a menudo han sido malentendidos.
Por lo general, pensamos en
el período apostólico como una época de evangelismo
tremendamente explosivo y crecimiento de la iglesia, una "edad
de oro", cuando asombrosos milagros tenían lugar todos los días.
Esta imagen común es sustancialmente correcta, pero adolece de
una flagrante omisión. Tendemos a descuidar el hecho de que la
iglesia primitiva era el escenario del más dramático brote de
herejía de la historia mundial.
La
gran apostasía
La iglesia comenzó a ser infiltrada por la herejía temprano
en su desarrollo. Hechos 15 registra la reunión del primer
concilio de iglesia, que fue convocado para pronunciar un fallo
autorizado sobre el punto en discusión de la justificación por
la fe (algunos maestros habían estado abogando por la falsa
doctrina de que había que guardar las leyes ceremoniales del
Antiguo Testamento para ser justificado). Sin embargo, el
problema no murió; años más tarde, Pablo tuvo que lidiar con él
nuevamente, en una carta a las iglesias de Galacia. Como Pablo
les dijo, esta aberración doctrinal no era cosa de poca monta,
sino que afectaba la salvación misma: era un "evangelio
diferente", una completa distorsión de la verdad, y equivalía a
repudiar a Jesucristo mismo. Usando algunos de los más severos
términos de su carrera, Pablo pronunció una condena sobre los
"falsos hermanos" que enseñaban esta herejía (ver Gál. 1:6-9;
2:5, 11-21; 3:1-3; 5:1-12).
Pablo también previó que las herejías infectarían las
iglesias de Asia Menor. Convocando a los ancianos de Éfeso, les
exhortó a "mirar por ellos mismos y por todo el rebaño" porque
"yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros
lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos
se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar
tras de sí a los discípulos" (Hech. 20:28-30). Tal como lo había
predicho Pablo, las falsas doctrinas se convirtieron en puntos
de disputa de enormes proporciones en estas iglesias. Para
cuando se escribió el libro de Apocalipsis, algunas de estas
iglesias habían sido arruinadas casi completamente por el avance
de enseñanzas heréticas y la apostasía resultante (Apoc. 2:2, 6,
14-16, 20-24, 3:1-4, 15-18).
Pero el problema de las herejías no se limitaba a ninguna
área geográfica ni cultural. Estaba muy extendido, y se
convirtió más y más en tema de consejo apostólico y supervisión
pastoral a medida que avanzaba la época. Algunos herejes
enseñaban que la resurrección final ya había tenido lugar (2
Tim. 2:18), mientras que otros afirmaban que la resurrección era
imposible (1 Cor. 15:12); algunos enseñaban extrañas doctrinas
de ascetismo y culto a los ángeles (Col. 2:8, 18-23; 1 Tim.
4:1-3), mientras que otros abogaban por toda clase de
inmoralidades y rebeliones en nombre de la "libertad" (2 Ped.
2:1-3, 10-22; Judas 4, 8, 10-13, 16). Una y otra vez, los
apóstoles se encontraron pronunciando severas amonestaciones
contra la tolerancia de falsos maestros y "falsos apóstoles"
(Rom. 16:17-18; 2 Cor. 11:3-4, 12-15; Fil. 3:18-19; 1 Tim.
1:3-7; 2 Tim. 4:2-5), porque éstos habían sido la causa de
deserciones en masa de la fe, y la extensión de la apostasía
estaba aumentando a medida que el tiempo pasaba (1 Tim. 1:19-20;
6:20-21; 2 Tim. 2:16-18; 3:1-9, 13; 4:10, 14-16) Una de las
últimas cartas del Nuevo Testamento, el libro de Hebreos, fue
dirigido a una comunidad cristiana entera cuando estaba a punto
de ocurrir una deserción en masa de cristianos. La iglesia
cristiana de la primera generación no sólo se caracterizó por la
fe y los milagros; también se caracterizó por la creciente
impiedad, rebelión, y herejía dentro de la misma comunidad
cristiana - tal como Jesús había predicho en Mateo 24.
Los cristianos tenían un término específico para esta
apostasía. La llamaban
anticristo. Muchos escritores populares han especulado
sobre este término, por lo general dejando de considerar su uso
en la Escritura. En primer lugar, considérese un hecho que sin
duda causará impacto en algunas personas:
la palabra "anticristo" nunca
ocurre en el libro de Apocalipsis. Ni una sola vez. Pero
el término es usado rutinariamente por maestros cristianos como
sinónimo de la "bestia" de Apocalipsis 13. Obviamente, no hay
duda de que la bestia es un enemigo de Cristo, y que, por esta
razón, es un "anti"cristo en ese sentido; sin embargo, lo que
quiero decir es que el término
anticristo se usa en un sentido muy específico, y
esencialmente no está relacionado con la figura conocida como la
"bestia" y "666".
Un error adicional enseña que "el anticristo" es un
individuo específico; enlazada con esto está la idea de que "él"
es alguien que hará su aparición hacia el fin del mundo. El
Nuevo Testamento contradice ambas ideas, igual que la primera.
En realidad, los únicos
casos en que aparece el término
anticristo son los
siguientes versículos en las cartas del apóstol Juan:
Hijitos, ya es el último tiempo; y según vosotros oísteis
que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos
anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo.
Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si
hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros;
pero salieron para que se manifestase que no todos son de
nosotros. ... ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que
Jesús es el Cristo? Este es anticristo, el que niega al Padre y
al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre.
El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre. ... Os he
escrito esto sobre los que os engañan (1 Juan 2:18-19; 22-23,
26).
Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los
espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han
salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo
espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de
Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido
en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo,
el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en
el mundo. Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido;
porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el
mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo
los oye. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye;
el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu
de verdad y el espíritu de error (1 Juan 4:1-6).
Porque muchos engañadores han salido por el mundo, que no
confiesan que Jesucristo ha venido en carne. Quien esto hace es
el engañador y el anticristo. Mirad por vosotros mismos, para
que no perdáis el fruto de vuestro trabajo, sino que recibáis
galardón completo. Cualquiera que se extravía, y no persevera en
la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la
doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo. Si alguno
viene a vosotros, y no trae esta doctrina, no lo recibáis en
casa, ni le digáis: ¡Bienvenido! Porque el que le dice:
¡Bienvenido! participa en sus malas obras ( 2 Juan 7-11).
Los textos citados arriba comprenden todos los pasajes
bíblicos que mencionan la palabra
anticristo, y de ellos
podemos extraer varias conclusiones importantes:
Primera: los cristianos
ya habían sido advertidos de la venida del anticristo (1
Juan 2:18; 4:3).
Segunda, no había sólo uno, sino "muchos
anticristos" (1 Juan 2:18). Por consiguiente, el término
anticristo no puede ser
simplemente la designación de un individuo.
Tercera, el anticristo ya
estaba en operación, como escribió Juan: "han surgido
muchos anticristos" (1 Juan 2:18); "os he escrito esto sobre
los que os engañan" (1
Juan 2:26); "este es el espíritu del anticristo, el cual
vosotros habéis oído que viene, y que
ahora ya está en el mundo"
(1 Juan 4:3); "muchos engañadores han salido por el mundo. ...
Este es el engañador y el
anticristo" (2 Juan 7). Obviamente, si el anticristo ya
estaba presente en el siglo primero, no era alguna figura que se
levantaría en el fin del mundo.
Cuarta, el anticristo era
un sistema de incredulidad, particularmente la herejía de
negar la persona y la obra de Cristo Jesús. Aunque los
anticristos aparentemente afirmaban pertenecer al Padre,
enseñaban que Jesús no era el Cristo ( Juan 2:22); junto con los
falsos profetas (1 Juan 4:1), negaban la encarnación (1 Juan
4:3; 2 Juan 7, 9); y rechazaban la doctrina apostólica (1 Juan
4:6).
Quinta, los anticristos habían sido miembros de la iglesia
cristiana, pero habían apostatado (1 Juan 2:19). Ahora estos
apóstatas intentaban engañar a otros cristianos, para alejar a
la iglesia completamente de Cristo Jesús (1 Juan 2:26; 4:1; 2
Juan 7, 10).
Poniendo junto todo esto, no podemos dejar de ver que el
anticristo es una
descripción tanto de un
sistema de apostasía como de los
apóstatas individuales.
En otras palabras, el anticristo era el cumplimiento de la
profecía de Jesús de que vendría un tiempo de gran apostasía,
cuando "muchos tropezarían, se entregarían unos a otros, y se
aborrecerían unos a otros. Y muchos falsos profetas se
levantarían y engañarían a muchos" (Mat. 24:10-11). Como dijo
Juan, los cristianos habían sido advertidos de la llegada del
anticristo; y efectivamente, habían surgido "muchos
anticristos". Durante un tiempo, habían creído al evangelio; más
tarde, habían abandonado la fe, y habían ido por allí tratando
de engañar a otros, ya fuese iniciando nuevas sectas o, más
probablemente, tratando de atraer a los cristianos al judaísmo -
la falsa religión que afirmaba adorar al Padre mientras negaba
al Hijo. Cuando la doctrina del anticristo se entiende, encaja
perfectamente con el resto de lo que nos dice el Nuevo
Testamento sobre la época de la "generación terminal".
Uno de los anticristos que afligió a la iglesia primitiva
fue Cerinto, líder de una secta judaica del siglo primero.
Considerado por los padres de la iglesia como "el archihereje",
e identificado como uno de los "falsos apóstoles" que se oponían
a Pablo, Cerinto fue un judío que ingresó a la iglesia y comenzó
a atraer a cristianos fuera de la fe ortodoxa. Enseñaba que que
una deidad menor, no el Dios verdadero, había creado el mundo
(sosteniendo, como los gnósticos, que Dios era demasiado
"espiritual" para ocuparse de la realidad material).
Lógicamente, esto significaba también una negación de la
encarnación, puesto que Dios no asumiría un cuerpo físico y una
personalidad verdaderamente humana. Y Cerinto era consistente:
declaraba que Jesús había sido meramente un ser humano
ordinario, no nacido de una virgen; que "el Cristo" (un espíritu
celestial) había descendido sobre el hombre Jesús cuando fue
bautizado (permitiéndole hacer milagros), pero que luego le
habia abandonado en la crucifixión. También, Cerinto defendía
una doctrina de justificación por obras - en particular, la
absoluta necesidad de observar las ordenanzas ceremoniales del
pacto antiguo - para ser salvo.
Además, Cerinto fue aparentemente el primero en enseñar que
la segunda venida anunciaría un reino de Cristo literal en
Jerusalén durante mil años. Aunque esto era contrario a la
enseñanza apostólica del reino, Cerinto afirmaba que un ángel le
había revelado esta doctrina (de un modo muy parecido al de
Joseph Smith, un anticristo del siglo diecinueve, que más tarde
afirmaría haber recibido una revelación angélica).
Los verdaderos apóstoles se opusieron severamente a la
herejía de Cerinto. Pablo amonestó a las iglesias: "Pero si
nosotros, o un ángel del cielo, les predica un evangelio
contrario al que les hemos predicado, sea anatema" (Gál. 1:8).
En la misma carta, Pablo pasó a refutar las herejías legalistas
sostenidas por Cerinto. Según la tradición, el apóstol Juan
escribió su evangelio y sus cartas teniendo en mente a Cerinto.
(También se nos dice que, al entrar Juan al baño público, vio a
este anticristo delante de él. El apóstol dio la vuelta
inmediatamente y salió corriendo, mientras exclamaba: "¡Huyamos,
no sea que el edificio se derrumbe; porque Cerinto, el enemigo
de la verdad, está dentro!").
Volviendo a las afirmaciones de Juan sobre el espíritu del
anticristo, debemos notar que Juan hace énfasis en otro punto
adicional, muy significativo: como Jesús predijo en Mateo 24, la
venida del anticristo es una señal del "fin". "Hijitos,
ya es el último tiempo;
y según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han
surgido muchos anticristos;
por esto conocemos que es el último tiempo" (1 Juan
2:18). La conexión que la gente hace a menudo entre el
anticristo y "los últimos días" es bastante correcta; pero lo
que a menudo se pasa por alto es el hecho de que la expresión
"los últimos días", y términos similares, se usan en la Biblia
para referirse, no al
fin del mundo físico, sino a
los últimos días de la nación de Israel, los "últimos
días" que terminaron en la
destrucción del templo en el año 70 D. C. Esto también
será una sorpresa para muchos; pero tenemos que aceptar la clara
enseñanza de la Escritura. Los autores del Nuevo Testamento
usaron incuestionablemente lenguaje de "los últimos tiempos"
cuando hablaban del período en que estaban viviendo, antes de la
caída de Jerusalén. Como hemos visto, el apóstol Juan dijo dos
cosas sobre este punto: primera, que
el anticristo ya había venido;
y segunda, que la presencia
del anticristo era prueba de que él y sus lectores estaban
viviendo en "el último tiempo". En una de sus cartas
anteriores, Pablo había tenido que corregir una impresión
errónea concerniente al juicio venidero sobre Israel. Los falsos
maestros habían estado asustando a los creyentes diciéndoles que
el día del juicio ya estaba sobre ellos. Pablo les recordó a los
cristianos lo que les había explicado antes:
Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que
antes venga la apostasía ... (2 Tes. 2:3).
Sin embargo, para el final de la época, mientras Juan
escribía sus cartas, la gran apostasía - el espíritu del
anticristo, que el Señor había predicho - era una realidad.
Judas, que escribió uno de los últimos libros del Nuevo
Testamento, no nos deja ninguna duda sobre este punto de debate.
Pronunciando fuertas condenas sobre los herejes que habían
invadido la iglesia y estaban tratando de alejar a los
cristianos de lafe ortodoxa (Judas 1-16), él recuerda a sus
lectores que ellos habían sido advertidos de esto mismo:
Pero vosotros, amados, tened memoria de las palabras que
antes fueron dichas por los apóstoles de nuestro Señor
Jesucristo; los que os decían: En el postrer tiempo habrá
burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos son los
que causan divisiones, los sensuales, que no tienen el Espíritu
(Judas 17-19).
Claramente, Judas considera que las advertencias sobre los
"burladores" se refieren a los herejes de su propia época -
queriendo decir que su propio día era el período del "último
tiempo". Como Juan, Judas sabía que la rápida multiplicación de
estos falsos hermanos era una señal de del fin. El anticristo
había llegado, y ahora era el último tiempo.
Capítulo 13
LOS ÚLTIMOS DÍAS
¿Cuándo comenzó la gente
a abandonar el culto a los ídolos, sino desde que la misma
Palabra de Dios vino a morar entre los hombres? ¿Cuándo
cesaron los oráculos y quedaron vacíos de significado, entre
los griegos y en todas partes, sino desde que el Salvador se
reveló a sí mismo en la tierra? ¿Cuándo comenzaron a ser
considerados meros mortales aquéllos a los que los poetas
llaman dioses y héroes, sino cuando el Señor tomó los
despojos de la muerte y preservó incorruptible el cuerpo que
había tomado, levantándolo de entre los muertos? ¿O cuándo
cayó en desgracia la falsedad y la locura de los demonios,
sino cuando la Palabra, el poder de Dios, el Maestro de
todos éstos también, condescendió a cuenta de la debilidad
de la humanidad y apareció en la tierra? ¿Cuándo comenzó a
ser desdeñada la práctica y la teoría de la magia sino
cuando se manifestó a los hombres el Verbo divino? En una
palabra, ¿cuándo se convirtió en etupidez la sabiduría de
los griegos, sino cuando la verdadera sabiduría de Dios se
reveló en la tierra? En tiempos antiguos, el mundo entero y
todo lugar en él se descarrió por el culto a los ídolos, y
los hombres pensaron que los ídolos eran los únicos dioses
que existían. Pero ahora en todo el mundo los hombres están
abandonando el temor a los ídolos y refugiándose en Cristo,
y al adorarle como Dios, por medio de Él, llegan también a
conocer al Padre, al cual antes no habían conocido.
Atanasio,
On the Incarnation [46]
Como comenzamos a ver en el
capítulo anterior, el período que se describe en la Biblia como
"los últimos días" (o "el último tiempo" o "la última hora")
es el período entre el
nacimiento de Cristo y la destrucción de Jerusalén. La
iglesia primitiva estaba viviendo en el fin de la era antigua y
el comienzo de la nueva. Este período entero debe ser
considerado como el tiempo del primer advenimiento de Cristo.
Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, la prometida
destrucción de Jerusalén es considerada un aspecto de la obra de
Cristo, conectada íntimamente con su obra de redención. Su vida,
muerte, resurrección, ascensión, el derramamiento del Espíritu,
y el juicio de Jerusalén son todas partes de su única obra de
anunciar su reino y crear su nuevo templo (véase, por ejemplo,
cómo conecta Daniel 9:24-27 la expiación con la destrucción del
templo).
Observemos cómo usa la Biblia
misma estas expresiones sobre el fin de la época. En 1 Timoteo
4:1-3, Pablo advierte:
Pero el Espíritu dice
claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán
de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas
de demonios; por la hipocresía de mentirosos que, teniendo
cauterizada la conciencia, prohibirán casarse, y mandarán
abstenerse de alimentos que Dios creó para que con acción de
gracias participasen de ellos los creyentes y los que han
conocido la verdad.
¿Estaba Pablo hablando de los
"postreros tiempos" que ocurrirían miles de años más tarde? ¿Por
qué advertiría Pablo a Timoteo de sucesos que Timoteo y sus
tataranietos, y cincuenta o más
generaciones de
descendientes, jamás vivirían para ver? En realidad, Pablo le
dice a Timoteo: "Si instruyes a los hermanos en estas cosas,
serás un buen ministro de Jesucristo" (1 Timoteo 4:6). Los
miembros de la congregación de Timoteo necesitaban saber lo que
tendría lugar en los "últimos días", porque ellos serían
afectados personalmente por esos sucesos. En particular,
necesitaban la certeza de que la venidera apostasía era parte
del patrón general de sucesos que conducirían al fin del antiguo
orden y el pleno establecimiento del reino de Cristo. Como
podemos ver en pasajes como Colosenses 2:18-23, las "doctrinas
de demonios" sobre las cuales Pablo advertía eran corrientes
durante el siglo primero. Los "últimos tiempos" ya estaban
teniendo lugar. Esto queda claro en la última declaración de
Pablo a Timoteo:
También debes saber esto:
que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque
habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos,
soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos,
impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores,
intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno,
traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites
más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero
negarán la eficacia de ella;
a éstos evita.
Porque de éstos son
los que se meten en las casas y llevan cautivas a las
mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas
concupiscencias. Éstas siempre están aprendiendo, y nunca
pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera
que Janes y Jambres resistieron a Moisés,
así también éstos resisten
a la verdad; hombres corruptos de entendimiento,
réprobos en cuanto a la fe (2 Tim. 3:1-8).
La mismísimas cosas que Pablo
dijo que sucederían en los "últimos días" estaban sucediendo
mientras él escribía, y Pablo simplemente estaba advirtiendo a
Timoteo sobre lo que debía esperar al acercarse la época a su
clímax. El anticristo estaba comenzando a levantar la cabeza.
Otros escritores del Nuevo
Testamento compartían esta perspectiva con Pablo. La carta a los
Hebreos comienza diciendo que Dios "en
estos últimos días nos ha hablado por su Hijo" (Heb.
1:2); el escritor sigue adelante, y demuestra que "ahora,
en la consumación de los
siglos, se presentó una vez para siempre por el
sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado" (Heb.
9:26). Pedro escribió que Cristo "ya destinado desde antes de la
fundación del mundo, pero manifestado
en los postreros tiempos
por amor de vosotros, y mediante el cual creéis en Dios, quien
le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra
fe y esperanza sean en Dios" ( Ped. 1:20-21). El testimonio
apostólico es inconfundiblemente claro: cuando Cristo vino, los
"últimos días" llegaron con Él. Vino para anunciar la nueva era
del reino de Dios. La época antigua estaba terminando, y sería
completamente abolida cuando Dios destruyera el templo.
Desde Pentecostés hasta el
Holocausto
El día de Pentecostés, cuando
el Espíritu había sido derramado y la comunidad habló en otras
lenguas, Pedro declaró la interpretación bíblica del suceso:
Mas esto es lo dicho por
el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios,
derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos
y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán
visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto
sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días
derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios
arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y
fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas, y
a luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y
manifiesto; y todo aquel que invocare el nombre del Señor
será salvo (Hech. 2:16-21).
Ya hemos visto cómo la
"sangre y el fuego y el vapor de humo" y las señales en el sol y
la luna se cumplieron en la destrucción de Jerusalén (véanse pp.
100ss.). Lo que es crucial observar en este punto es la
afirmación precisa de Pedro de que
los últimos días habían
llegado. Contrariamente a algunas exposiciones modernas
de este texto, Pedro no dijo que los milagros de Pentecostés
eran como lo que Dios
había profetizado, o que eran una especie de "proto-cumplimiento"
de la profecía de Joel; Pedro dijo que
éste era el
cumplimiento: "Esto es
lo dicho por el profeta Joel". Los últimos días estaban aquí: El
Espíritu había sido derramado, el pueblo de Dios estaba
profetizando y hablando en lenguas, y Jerusalén sería destruida
con fuego. Las antiguas profecías se estaban revelando, y
aquella generación no pasaría antes de que "todas estas cosas"
se hubiesen cumplido. Por consiguiente, Pedro instó a sus
oyentes: "Sed salvos de esta perversa generación" (Hech. 2:40).
En relación con esto, debemos
tomar nota de la importancia escatológica del don de lenguas. En
1 Cor. 14:21-22, Pablo muestra que el milagro de las lenguas era
el cumplimiento de la profecía de Isaías contra el rebelde
Israel. Debido a que el pueblo del pacto estaba rechazando su
clara revelación, Dios advirtió que sus profetas les hablarían
en lenguas extrañas, con el expreso propósito de presentar un
testimonio final al incrédulo Israel durante los últimos días
que precederían a su juicio:
Porque en lengua de
tartamudos y en extraña lengua hablará a este pueblo ...
hasta que vayan y caigan de espaldas, y sean quebrantados,
enlazados y presos. Por tanto, varones burladores que
gobernáis a este pueblo que está en Jerusalén, oíd la
palabra de Jehová: Por cuanto habéis dicho: Pacto tenemos
hecho con la muerte, e hicimos convenio con el Seol; cuando
pase el turbión del azote, no llegará a nosotros, porque
hemos puesto nuestro refugio en la mentira, y en la falsedad
nos esconderemos; por tanto, Jehová el Señor dice así: He
aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra,
piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el
que creyere, no se apresure. Y ajustaré el juicio a cordel,
y a nivel la justicia; y granizo barrerá el refugio de la
mentira, y aguas arrollarán el escondrijo. Y será anulado
vuestro pacto con la muerte, y vuestro convenio con el Seol
no será firme; cuando pase el turbión del azote, seréis de
él pisoteados. Luego que comience a pasar, él os arrebatará;
porque de mañana en mañana pasará, de día y de noche; y será
ciertamente espanto el entender lo oído (Isa. 28:11-19).
El milagro de Pentecostés era
un impactante mensaje para Israel. Los israelitas sabían lo que
esto significaba. Era la señal de Dios de que la Piedra Angular
había llegado, y de que Israel le había rechazado para su propia
condenación (Mat. 21:42-44; 1 Ped. 2:6-8). Era la señal de
juicio y reprobación, la señal de que los apóstatas de Jerusalén
estaban a punto de "caer de espaldas, y ser quebrantados,
enlazados y presos". Los últimos días de Israel habían llegado:
la antigua era había terminado, y Jerusalén sería barrida en un
nuevo diluvio, para hacer lugar para la nueva creación de Dios.
Como dijo Pablo, las lenguas eran "por señal, no a los
creyentes, sino para los incrédulos" (1 Cor. 14:22) - una señal
para los incrédulos judíos del destino fatal que se les
aproximaba.
La iglesia primitiva esperaba
la llegada de la nueva era. Sabía que, con el fin visible del
sistema del pacto antiguo, la iglesia sería revelada como el
templo nuevo y verdadero; y la obra que Cristo vino a ejecutar
sería llevada a cabo. Este era un aspecto importante de la
redención, y la primera generación de cristianos esperaba que
este suceso ocurriera durante
su vida. Durante este período de espera y severas
pruebas, el apóstol Pedro les aseguró que estarían "protegidos
por el poder de Dios por medio de la fe para alcanzar la
salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo
postrero" (1 Ped. 1:5). Estaban en el umbral mismo del nuevo
mundo.
Esperando el fin
Los apóstoles y la primera
generación de cristianos sabían que estaban viviendo en los
últimos días de la era del pacto antiguo. Esperaban ansiosamente
su consumación y la plena entrada de la nueva era. Al avanzar la
era y aumentar e intensificarse las "señales del fin", la
iglesia podía ver que el día del juicio se aproximaba
rápidamente; se asomaba una crisis en el futuro cercano, cuando
Cristo les liberaría "del presente siglo malo" (Gál. 1:4). Las
declaraciones de los apóstoles están llenas de esta actitud
expectante, del seguro conocimiento de que este suceso
trascendental estaba sobre ellos. La espada de la ira de Dios
estaba puesta sobre Jerusalén, lista para caer en cualquier
momento. Pero los cristianos no debían temer, porque la ira
venidera no estaba dirigida a ellos, sino a los enemigos del
evangelio. Pablo instó a los tesalonicenses a "esperar de los
cielos a su Hijo, al cual resucitó de los muertos, a Jesús,
quien nos libra de la ira venidera" (1 Tes. 1:10). Haciéndose
eco de las palabras de Jesús en Mateo 23-24, Pablo subrayó que
el juicio inminente sería derramado sobre los judíos, "los
cuales mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y a
nosotros nos expulsaron; y no agradan a Dios, y se oponen a
todos los hombres, impidiéndonos hablar a los gentiles para que
éstos se salven; así colman ellos siempre la medida de sus
pecados, pues vino sobre ellos la ira hasta el extremo" (1 Tes.
2:14-16). Los cristianos habían sido advertidos y por lo tanto
estaban preparados, pero el incrédulo Israel sería tomado por
sorpresa:
Pero acerca de los tiempos y
de las ocasiones, no tenéis necesidad, hermanos, de que yo os
escriba. Porque vosotros sabéis perfectamente que el día del
Señor vendrá como ladrón en la noche; que cuando digan: Paz y
seguridad,entonces vendrá sobre ellos destrucción repentina,
como los dolores a la mujer encinta, y no escaparán. Mas
vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, para que aquel día
os sorprenda como ladrón. Porque todos vosotros sois hijos de
luz e hijos del día; no somos de la noche, ni de las tinieblas.
... Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar
salvación por medio de nuestro Señor Jesucrito (1 Tes. 5:1-5,
9).
Pablo amplió esto en su
segunda carta a la misma iglesia:
Porque es justo delante de
Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros
que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se
manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su
poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no
conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor
Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición,
excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder,
cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y
ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro
testimonio ha sido creído entre vosotros) (2 Tes. 1:6-10).
Claramente, Pablo no está
hablando de la venida final de Cristo al fin del mundo, porque
las venideras "tribulación" y retribución" estaban dirigidas
específicamente a los que perseguían a los cristianos de primera
generación de Tesalónica. El venidero día del juicio no era algo
que estaba a miles de años de distancia. Estaba cerca - tan
cerca que lo podían ver venir. La mayoría de las "señales del
fin" ya existían, y los inspirados apóstoles estimulaban a la
iglesia a esperar el fin en cualquier momento. Pablo instaba a
los cristianos de Roma a que perseveraran en la vida piadosa,
"conociendo el tiempo, que ya es hora de levantarnos del sueño;
porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que
cuando creímos. La noche está avanzada, y se acerca el día.
Desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las
armas de la luz" (Rom. 3:11-12). Así como la antigua era se
había caracterizado por el pecado, la desesperación, y la
esclavitud a Satanás, la nueva era se caracterizaría más y más
por la justicia y el gobierno universal del reino. Porque el
período de los "últimos días" fue también el tiempo en que el
reino celestial fue inaugurado en la tierra, cuando el "monte
santo" inició su crecimiento dinámico y todas las naciones
comenzaron a acudir a la fe cristiana, como los profetas habían
predicho (ver Isa. 2:2-4; Miq. 4:1-4). Obviamente, todavía hay
mucha impiedad en el mundo en la actualidad. Pero el
cristianismo ha estado ganando batallas gradual y constantemente
desde los días de la iglesia primitiva; y como los cristianos
continúan haciendo guerra contra el enemigo, vendrá el tiempo en
que los santos posean el reino (Dan. 7:22, 27).
Por esto Pablo pudo consolar
a los creyentes asegurándoles que "el Señor está cerca" (Fil.
4:5). De hecho, la consigna de la iglesia primitiva (1 Cor.
16:22) era ¡Maranatha! ¡El
Señor viene! Esperando la venidera destrucción de
Jerusalén, el escritor de Hebreos advirtió a los que se sentían
tentados a "retroceder" al judaísmo apóstata en el sentido de
que la apostasía sólo atraería "una horrenda expectación de
juicio y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios"
(Heb. 10:27).
Pues conocemos al que dijo:
Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez:
El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa es caer en manos
del Dios vivo! ... Porque os es necesaria la paciencia, para
que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa.
Porque aún un poquito, y el que ha de venir, vendrá, y no
tardará. Mas el justo vivirá por fe; y si retrocediere, no
agradará a mi alma. Pero nosotros no somos de los que retroceden
para perdición, sino de los que tienen fe para preservacióndel
alma (Heb. 10:30-31, 36-39).
Los otros autores del Nuevo
Testamento escribieron en términos similares. Después de que
Santiago advirtió a los creyentes ricos que oprimían a los
cristianos de las miserias que caerían sobre ellos, acusándoles
de haber "acumulado tesoros para los días postreros" (Sant.
5:1-6), alentó a los cristianos que sufrían:
Por tanto, hermanos, tened
paciencia hasta la venida del
Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de
la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia
temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia, y
afirmad vuestros corazones;
porque la venida del Señor se acerca. Hermanos, no os
quejéis unos contra otros, para que no seáis condenados; he
aquí, el juez está delante de
vosotros (Sant. 5:7-9).
El apóstol Pedro también
advirtió a la iglesia de que "el fin de todas las cosas se
acerca" (1 Ped. 4:7), e instó a los miembros a vivir en la
diaria expectativa del juicio que vendría en su generación:
Amados, no os sorprendáis
del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa
extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois
participantes de los padecimientos de Cristo, para que también
en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría ...
Porque es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios;
y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de
aquellos que no obedecen al evangelio? (1 Ped. 4:12-13, 17).
Los primeros cristianos
tuvieron que soportar tanto una severa persecución a manos del
Israel apóstata como la traición de los anticristos en su propio
seno, que trataban de desviar a la iglesia hacia la secta
judaica. Pero esta época de intensa persecución y sufrimiento
actuaba a favor de la bendición y la santificación de los
propios cristianos (Rom. 8:28-39); y mientras tanto, la ira de
Dios contra los perseguidores estaba aumentando. Finalmente,
llegó el fin, y la ira de Dios se desató. Los que habían causado
tribulación a la iglesia fueron lanzados a la más grande
tribulación de todos los tiempos. El mayor enemigo de la iglesia
fue destruido, y jamás volvería a representar una amenaza para
la victoria final de la iglesia.
Capítulo 14
LA
RESTAURACIÓN DE ISRAEL
Anteriormente, los
objetos de culto eran variados e incontables; cada lugar
tenía su propio ídolo y el llamado dios de un lugar no podía
pasar a otro para persuadir a la gente allí de que le
adorasen, sino apenas era reverenciado aun por sus propios
seguidores. Ciertamente que no. Nadie adoraba el ídolo de su
vecino, sino que cada uno tenía su propio ídolo y pensaba
que éste era señor de todos. Pero ahora sólo Cristo es
adorado, como Uno y el Mismo entre todos los pueblos en
todas partes; y lo que la debilidad de los ídolos no pudo
hacer, a saber, convencer siquiera a los que vivían cerca,
Él lo ha efectuado. Ha persuadido, no sólo a los que están
cerca, sino literalmente al mundo entero, de adorar a uno al
mismo Señor y al Padre por medio de él.
Atanasio,
On the Incarnation [46]
El antiguo Israel ha sido
excomulgado, cortado del pacto por el justo juicio de Dios.
Superficialmente, esto representa un serio problema. ¿Qué ha
pasado con las promesas de Dios a Abraham, Isaac, y Jacob? Dios
había jurado que sería el Dios de la simiente de Abraham, que el
pacto sería establecido con la simiente de Abraham "por sus
generaciones, por pacto perpetuo" (Gén. 17:7). Si la salvación
ha pasado de los judíos a los gentiles, ¿qué dice eso sobre la
fidelidad de Dios a su palabra? ¿Hay un lugar para el Israel
étnico en la profecía?
La mayoría de estas preguntas
están contestadas en la Escritura por medio del apóstol Pablo en
Romanos 11.
El rechazo de Israel no es total
Dios jamás rechazó por
completo al Israel étnico, señala Pablo. Después de todo, Pablo
mismo era "israelita, descendiente de Abraham, de la tribu de
Benjamín" (v. 1). Y el de Pablo no es un caso aislado. En
realidad, como él lo demuestra, es consistente con la historia
de Israel el hecho de que sólo unos pocos de ellos eran
verdaderos creyentes en la fe bíblica. Como ejemplo, cita la
historia de Elías (1 Reyes 19), que se quejó ante Dios de que él
era el único israelita fiel que quedaba. Dios reprendió a Elías
con la afirmación de que Él se había reservado para sí siete mil
fieles de Israel, hombres que no habían doblado sus rodillas
ante Baal. De manera similar, dice Pablo, "así también aun en
este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia" (v. 5).
En su gracia soberana, Dios ha escogido salvar a algunos de
Israel, aunque haya condenado a Israel en general, de modo que
"Israel no ha alcanzado lo que buscaba; pero los escogidos sí lo
han alcanzado, y los demás fueron endurecidos" en su
incredulidad, como el impío faraón de Egipto (v. 7; ver
9:14-18). A la mayoría del Israel étnico, "Dios ha dado espíritu
de estupor, ojos con que no vean y oídos con que no oigan, hasta
el día de hoy" (v. 8; ver Hech. 28:25-28). Sobre los
excomulgados del pacto vendrán las maldiciones del Antiguo
Testamento: "Sea vuelto su convite en trampa y en red, en
tropezadero y en retribución; sean oscurecidos sus ojos para que
no vean, y agóbiales la espalda para siempre" (v. 9-10). Sin
embargo, Dios todavía tenía sus propios elegidos en el Israel
étnico. Como Pablo, serían salvos. El rechazo de Israel por Dios
no fue total.
El rechazo de Israel no es final
No sólo es verdad que siempre
habrá una minoría fiel
en Israel, sino que la palabra de Dios también enseña que, algún
día, una mayoría de
entre el Israel étnico será salva. El pueblo de Israel, en
general, volverá a la fe de sus padres y reconocerá a Jesucristo
como Señor y Salvador. Su caída en la apostasía no es
permanente, dice Pablo. Porque, así como su excomunión resultó
en la salvación de los gentiles, algún día la salvación de los
gentiles resultará en la restauración de Israel: "Por su
transgresión vino la salvación a los gentiles, para provocarles
a celos. Y si su transgresión es la riqueza del mundo, y su
defección la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plena
restauración? ... Porque si su exclusión es la reconciliación
del mundo, ¿qué será su admisión, sino vida de entre los
muertos?" (v. 11-15).
El orden de los sucesos,
pues, parece ser como sigue:
-
La apostasía de los judíos
resultó en la salvación de los gentiles;
-
Algún día, la salvación de
los gentiles resultará en la restauración del Israel étnico; y
finalmente,
-
La restauración de Israel
causará un reavivamiento aun mayor entre los gentiles, que (en
comparación con todo lo ocurrido anteriormente) será mucha mayor
"riqueza" (v. 12), como "vida de entre los muertos" (v. 15).
El
olivo
Desde el principio, Dios tuvo
siempre un único pueblo del pacto. La iglesia del Nuevo
Testamento es simplemente la contiuación del verdadero "Israel
de Dios" (Gál. 6:16), después de que el falso Israel había sido
cortado. Pablo muestra cómo tuvo lugar esto, usando una
ilustración: los creyentes gentiles fueron "injertados" en el
tronco del pueblo de Dios, mientras las ramas israelitas estaban
siendo desgajadas.
Pues, si algunas de las
ramas fueron desgajadas, y tú, siendo olivo silvestre, has
sido injertado en lugar de ellas, y has sido hecho
participante de la raíz y de la rica savia del olivo, no te
jactes contra las ramas; y si te jactas, sabe que no
sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pues las ramas,
dirás, fueron desgajadas para que yo fuese injertado. Bien;
por su incredulidad fueron desgajadas, pero tú por la fe
estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme. Porque si Dios
no perdonó a las ramas naturales, tampoco a ti te perdonará.
Mira, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad
ciertamente para con los que cayeron, pero la bondad para
contigo, si permaneces en esa bondad; pues de otra manera tú
también serás cortado (Rom. 11:17-22).
Los que son infieles y
desobedientes al pacto son cortados, sin importar cuál haya sido
su posición anterior o cuál sea su herencia genética, mientras
que los que creen son injertados. Esto contiene una importante
advertencia para todos los que profesan la religión cristiana,
para que continúen en la fe. Los judíos que abandonaron a su
Señor no pudieron reclamar la bendición y el favor de Dios; y,
como señala Pablo, lo mismo ocurre con los cristianos gentiles.
Dios requiere obediencia y perseverancia - como dijo Calvino,
una vida de continuo arrepentimiento. "Mirad, hermanos, que no
haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para
apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros
cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de
vosotros se endurezca por el engaño del pecado. Porque somos
hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme
hasta el fin nuestra confianza del principio" (Heb. 3:12-14).
Pero el rechazo de Israel no
ha de ser el capítulo final de la historia. Aunque el cuerpo de
Israel fue excomulgado por su incredulidad, la restauración al
pacto ocurrirá por medio del arrepentimiento y la fe: "Y aun
ellos, si no permanecieren en incredulidad, serán injertados,
pues poderoso es Dios para volverlos a injertar. Porque si tú
fuiste cortado del que por naturaleza es olivo silvestre, y
contra naturaleza fuiste injertado en el buen olivo, ¿cuánto más
éstos, que son las ramas naturales, serán injertados en su
propio olivo?" (v. 23-24). Note cuidadosamente que el texto no
sólo dice que Dios puede
restaurar al Israel "natural", sino que Él lo hará. Este punto
queda reforzado en los siguientes versículos:
Porque no quiero,
hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis
arrogantes en cuanto a vosotros mismos; que ha acontecido a
Israel endurecimiento en parte, hasta que haya entrado la
plenitud de los gentiles; y luego todo Israel será salvo,
como está escrito: Vendrá de Israel el Libertador, que
apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con
ellos, cuando yo quite sus pecados" (v. 25-27).
Como vimos más arriba, Dios
endureció al pueblo de Israel en incredulidad (v. 7-10). Pero
este endurecimiento era sólo temporal, porque Israel como un
todo se volverá al Señor, como Pablo afirma en alguna otra
parte:
Pero el entendimiento de
ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el
antiguo pacto, les queda el mismo el mismo velo no
descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el
día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto
sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al
Señor, el velo se quitará (2 Cor. 3:14-16).
El endurecimiento y el
rechazo judicial de Israel no durará para siempre. Algún día, el
velo se quitará, y el pueblo en general se convertirá nuevamente
a la verdadera fe. Pero Israel no volverá
sino cuando haya entrado la
plenitud de los gentiles - en otras palabras,
cuando
los gentiles en general se
hayan convertido a Cristo (compárese con el uso de la
palabra "plenitud" en los versículos 12 y 25). Y por eso,
después de la conversión de los gentiles en masa,
todo Israel será salvo,
en cumplimiento de las promesas de Dios a su antiguo pueblo.
Aunque Israel ha sido infiel, Dios permanece fiel a su pacto.
Ahora Israel es enemigo del evangelio, pero Dios todavía le ama
por amor a sus antepasados. Los privilegios que Dios les
concedió a los israelitas no fueron retirados para siempre, y a
causa de las promesas de Dios, el llamado de Israel en el pacto
es finalmente irrevocable (v. 28-29). Pablo repite la lección
básica: "Pues como vosotros en otro tiempo erais desobedientes a
Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la
desobediencia de ellos, así también éstos ahora han sido
desobedientes, para que por la misericordia concedida a
vosotros, ellos también alcancen misericordia. Porque Dios
sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de
todos" (v. 30-32).
Resumen
Nuestro estudio de Romanos 11
ha sido necesariamente breve. Los que deseen una discusión más
profunda deben consultar los comentarios de Robert Haldane,
Matthew Henry, Charles Hodge, y John Murray, así como la extensa
exégesis en la importante obra de Iain Murray,
The Puritan Hope. Sin
embargo, los siguientes puntos han surgido claramente de nuestro
examen del texto.
-
Todo el mundo gentil se
convertirá a la fe de Jesucristo. La gran masa de los
gentiles entrará al pacto, hasta que la conversión de los
gentiles alcance el punto de "plenitud" (una palabra que
significa totalidad, lo
que es completo, v.
25).
-
El Israel genético o judío se
convertirá a la fe en Jesucristo. Aunque siempre habrá
algunos hebreos que sed hagan cristianos, el pueblo judío como
un todo sólo se convertirá después de la conversión de los
gentiles (v. 11-12, 15, 23-27). Esto significa que la clave para
la conversión de Israel es la ejecución
prioritaria de la gran
comisión (Mat. 28:19-20), la salvación de la nación.
-
No todos los gentiles o judíos
individuales se convertirán. La conversión tanto de
Israel como de los gentiles será análoga al rechazo de Israel.
Aunque Israel como un todo
fue cortado del pacto, algunos judíos han continuado en la fe
verdadera (v. 1-7). Aun así, cuando los gentiles e Israel se
hayan convertido como un todo,
esto no significa ni requiere que cada uno y hasta el último de
los individuos en cualquiera de ambos grupos se convierta al
cristianismo. Siempre habrá excepciones. Pero, así como la
abrumadora mayoría de judíos rechazaron a Cristo cuando vino,
así también la abrumadora mayoría tanto de judíos como de
gentiles será injertada en el tronco del fiel pueblo de Dios.
-
La conversión tanto de judíos
como de gentiles tendrá lugar por los medios normales de
evangelismo en esta era. Nada se dice aquí de ningún
suceso cataclísmico - como la Segunda Venida - que resultará en
conversiones en masa. La conversión del mundo a gran escala
ocurrirá a medida que el evangelio es predicado a las naciones;
en realidad, este mismo pasaje niega categóricamente cualquier
otro medio de conversión (10:14-17). La inserción de la Segunda
Venida en este pasaje por parte de algunos escritores es
completamente especulativa y conduce a confusión. El contexto
entero exige que la conversión del mundo tenga lugar como la
continuación normal de procesos ya en funcionamiento, como lo
indica claramente una simple lectura de v. 11-32. Como dijo
claramente Charles Spurgeon: "Yo mismo creo que el rey Jesús
reinará, y los ídolos serán completamente abolidos; pero espero
que el mismo poder que puso al mundo de cabeza una vez continúe
haciéndolo. El Espíritu Santo jamás toleraría que descanse sobre
su santo nombre la acusación de que no pudo convertir al mundo".
-
El motivo de la conversión de
Israel será los celos. Los judíos verán a todas las
naciones gentiles a su alrededor disfrutando las bendiciones del
pacto prometidas al antiguo pueblo de Dios; verán que la
misericordia de Dios se ha extendido al mundo entero; y se
pondrán celosos (v. 11, 31; ver 10:19). Nuevamente, esto no será
el resultado de ningún suceso cataclísmico (como el rapto),
porque es la continuación de
un proceso ya en funcionamiento en los días de Pablo (v.
14). Los judíos (como el mismo Pablo) ya se estaban convirtiendo
por medio de estos celos santos, y Pablo esperaba restaurar a
otros por el mismo medio. Pero apunta a un día en el futuro
cuando esto ocurrirá a gran escala, y los judíos regresarán a la
fe como pueblo.
-
En todos los tiempos, los
judíos convertidos pertenecen a la iglesia; no son un grupo
separado. Propiamente, no existe tal cosa como un "cristiano
hebreo", así como no hay categorías bíblicas separadas de "cristianos
indios", "cristianos irlandeses", "cristianos chinos", ni "cristianos
norteamericanos". El único modo en que los gentiles se salven es
siendo injertados en el "olivo", el fiel pueblo del pacto (v.
17-22). Y el único modo en que un judío se salve es
convirtiéndose en miembro del pueblo de Dios (v. 23-24).
No hay ninguna diferencia.
Por medio de su obra consumada, Cristo "hizo de ambos grupos uno"
(Efe. 2:14). Creer que judíos y gentiles han sido unidos "en un
cuerpo", la iglesia (Efe. 2:16). Hay una sola salvación y una
iglesia, en la cual todos los creyentes, sin distingo de
herencia étnica, vienen a ser hijos de Dios y herederos de las
promesas hechas a Abraham (Gál. 3:26-29). La creación de una
distinción especial judeo-gentil dentro del cuerpo de Cristo es
en fin de cuentas una negación del evangelio.
-
Israel no será restaurado como
reino (Mat. 21:43; 1 Ped. 2:9). La Biblia promete la
restauración de Israel como
pueblo, pero no necesariamente como
estado; nada requiere
que los dos vayan juntos. Sin embargo, aun suponiendo que haya
todavía un estado de Israel cuando los judíos se conviertan,
Israel sería simplemente una nación cristiana entre muchas, sin
ninguna importancia especial. El pueblo del Israel genético será
parte del árbol de la vida del pacto, pero ya no hay ninguna
importancia religiosa que pertenezca a Palestina. El mundo
entero se convertirá en el reino de Dios, en el cual todas las
naciones tendrán igual importancia dentro de ese reino.
En aquel tiempo Israel
será tercero con Egipto y con Asiria para bendición en medio
de la tierra; porque Jehová de los ejércitos los bendecirá
diciendo: Bendito el pueblo mío Egipto, y el asirio obra de
mis manos, e Israel mi heredad (Isa. 19:24-25).
-
La conversión de Israel
resultará en una era de grandes bendiciones para el mundo entero.
Habrá cumplimientos aun mayores de las promesas del pacto, una
abrumadora abundancia de riquezas espirituales, tanto así que,
en comparación con el estado anterior del mundo, será como vida
de los muertos (v. 12, 15). Aquí es cuando las promesas bíblicas
de las bendiciones terrenales del reino alcanzarán su
cumplimiento mayor y más completo. El monte santo de Dios habrá
abarcado al mundo, y "la llena será llena del conocimiento de
Jehová como las aguas cubren el mar" (Isa. 11:9).
Capítulo 15
EL DÍA DE JEHOVÁ
¿Quién, pues, es este
Cristo y cuán grande es él, que con su nombre y su
presencia sobrepasa y confunde todas las cosas en todos
lados, que él solo es fuerte contra todos y ha llenado
la tierra entera con su enseñanza? Que nos lo digan los
griegos, que se burlan de él sin restricción ni
vergüenza. Si es un hombre, ¿cómo es que un hombre ha
demostrado ser más fuerte que todos los que a sí mismos
se consideran como dioses, y por su propio poder ha
demostrado que ellos no son nada? Si le llaman mago,
¿cómo es que toda magia es destruida por un mago, en vez
de hacerse más fuerte? Si hubiese conquistado a ciertos
magos o demostrado que era superior a uno de ellos
solamente, ellos podrían pensar razonablemente que él
superó al resto sólo por su mayor habilidad. Pero el
hecho es que su cruz ha derrotado a toda la magia
enteramente y ha conquistado el nombre mismo de ella.
Atanasio,
On the Incarnation
[48]
Uno de los más graves errores
de interpretación que cometen los estudiantes bíblicos es
suponer que la Biblia no puede usar la misma expresión, como
"venida", en diferentes sentidos. Mucho de este libro se
escribió para refutar ese error básico. Como hemos visto, Dios
"vino en las nubes" en numerosas ocasiones en la Escritura, y se
usa la terminología del universo que se derrumba para describir
varios y diferentes sucesos históricos. Sin embargo, una vez que
entendemos esto, parece que se nos presenta un problema
diferente: ¿Y qué hacemos con la segunda venida de Cristo?
Puesto que tantas profecías resultan ser referencias a la
destrucción de Jerusalén en el año 70 D. C., ¿cómo podemos estar
seguros de que alguna
profecía se refiere a un regreso futuro y literal de Jesucristo?
Es posible enfocar esta
pregunta de varias maneras. Un método fructífero es examinar una
expresión bíblica común para "día del juicio":
el día de Jehová. Ahora
bien, no me malentienda - yo no estoy sugiriendo que el "día de
Jehová" se refiere sólo al fin del mundo y al juicio final.
Lejos de eso. Sin embargo, una sólida comprensión de este
concepto bíblico nos proporcionará una clave de interpretación,
un método para llegar a una exacta comprensión, basada en la
Escritura, de la segunda venida.
El primer uso bíblico del
término día de Jehová ocurre en el profeta Amós, en una
referencia muy extraña. Hablando a los rebeldes israelitas que
pronto serían destruidos por los asirios, Amós dice: "¡Y de los
que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis este día de
Jehová? Será de tinieblas, y no de luz ..." (Amós 5:18). Lo
importante que nosotros debemos notar al principio es que
esta expresión no se había
usado nunca antes, por lo menos no en la Escritura. Pero
parece haber sido una idea bastante común y familiar en el
Israel del siglo octavo A. C. Amós no cuestionó su validez: "el
día de Jehová" venía.
Lo que Amós trataba de corregir era la errónea
expectativa de Israel
del resultado de ese día para ellos mismos.
El punto interesante (para
comenzar) es éste. Aquí encontramos a Amós simplemente adoptando
un concepto teológico ya comprendido, completo, plenamente
desarrollado. La expresión misma (aparentemente) no se originó
por revelación directa, sino que los profetas la adoptaron, sin
preguntar, como parte de su vocabulario. Esto indica que el
término debe estar basado en algún concepto bíblico que era tan
bien conocido en Israel que la indiscutida expresión
día de Jehová surgió
casi espontáneamente para describirlo. ¿Cómo podemos explicar
esto? Nuestra respuesta a esta pregunta nos llevará a algunas
conclusiones sorprendentes en varias áreas. Además, nos
proporcionará firme información bíblica sobre la segunda venida
de Cristo - el día del juicio
final.
El día del juicio en Edén
La imagen bíblica del día
de Jehová, el día del juicio, comienza (como naturalmente
debemos suponer) en Génesis. Desde el mismo comienzo del
relato de la creación, se nos dice que Dios creó la luz y la
llamó día (Gén.
1:2-5). Debemos reconocer exactamente lo que sucedió en ese
momento. Como vimos en el capítulo 7, Dios flotaba sobre la
creación, envuelto en la gloriosa luz de la Nube,
resplandeciente como la Luz original (ver Juan 1:4-5). Esto
significa que, cuando Él creó la luz, fue como una
imagen-espejo, una especie de "copia" de sí mismo. Por
consiguiente, desde el principio, se nos enseña a asociar el
día y la
luz con Dios. Esta
asociación básica se desarrolló y se llevó adelante durante
todo el resto de la semana de la creación, como el primero
de dos conceptos importantes para entender la idea bíblica
de día: el día está en la
imagen de Dios. La luz del día es un recordatorio de
la brillante e inaccesible luz de Dios (1 Tim. 6:16). Por
esta razón, el sol y el amanecer se usan en la Biblia como
símbolos de Dios y su venida (Sal. 84:11; Isa. 30:26; 60:1;
Mal. 4:2; Luc. 1:78-79; Efe. 5:14; 2 Ped. 1:19; Apoc. 1:16).
El segundo concepto es
que el día es el tiempo de
la evaluación judicial, por parte de Dios, de sus criaturas,
cuando todas las cosas sean juzgadas por Él. Aquí Moisés
registra siete actos de
ver (evaluación) y
declarar: Dios vio
que era bueno"
(Gén. 1:4, 10, 12, 18, 21, 25), culminando con la séptima
declaración: "Y vio
Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era
bueno en gran manera"
(Gén. 1:31). Esta declaración nos lleva directamente al
resumen y a la conclusión:
Fueron, pues,
acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de
ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo,
y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y
bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en
él reposó de toda la obra que había hecho en la
creación. Estos son los orígenes de los cielos y de la
tierra cuando fueron creados, el día que Jehová Dios
hizo la tierra y los cielos (Gén. 2:1-4).
El hecho de que Dios
"reposó" el séptimo día es parte importante del tema del
juicio sobre el día, porque habla realmente de su
entronización en el cielo, inspeccionando y juzgando su
creación desde su trono en la Nube de Gloria. De hecho, al
sentarse en el trono se le llama a menudo un "reposo" en la
Escritura (1 Crón. 28:2; Sal. 132:7-8, 13-14; Isa. 11:10;
66:1).
Por eso, cuando pensamos
en el día, debemos
pensar primero en la luz
de Dios en el mundo; segundo, debemos pensar en el
juicio de Dios
sobre el mundo. En otras palabras, el mero primer "día de
Jehová" era también el mero primer
día. Es más fácil
para nosotros ver todo esto cuando leemos Génesis 1 a la luz
de otros pasajes bíblicos, pero tenemos que recordar también
que estaba implícito en el texto desde el principio.
Hay otro pasaje al
comienzo de Génesis que informa nuestra interpretación del
contenido del "día de Jehová". Vimos en un capítulo anterior
que, cuando Adán y Eva pecaron, oyeron el sonido
característico de la Nube de gloria resonando como un tren
expreso a través del huerto: la retumbante voz de Jehová
causada por el batir de las alas de ángeles. La traducción
literal de ese versículo dice:
Y oyeron la voz de
Jehová que recorría el huerto como el Espíritu del día,
y el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia de
Jehová entre los árboles del huerto (Gén. 3:8).
En otras palabras, Adán y
Eva oyeron el sonido que la Nube hace cuando Dios viene como
"el Espíritu del día", cuando viene como lo hizo en el
principio, en juicio. Hay que admitir que esta
interpretación del texto significa la muerte para aquel
himno pietista-evangélico "In the Garden" [A Solas al Huerto
Yo Voy] (este hecho por sí sólo hace a esta interpretación
especialmente atractiva). Dios no se paseaba en las tardes a
través del huerto, contrariamente a las sentimentales
reflexiones de poetas evangélicos de tercera categoría.
Cuando llegó el juicio a Adán y Eva, llegó en forma de la
Nube de gloria: con luz enceguecedora, calor abrasador, y
ruido ensordecedor - el Espíritu del día.
Por consiguiente, el día
de Jehová está definido
por la Escritura en términos de la Nube de gloria:
"Porque cerca está el día, cerca está el día de Jehová; día
de nublado, día de castigo de las naciones será (Eze. 30:3;
ver Joel 2:1-2; Sof. 1:14-15). Donde está la Nube, allí está
el día de Jehová, cuando Dios está manifestando su juicio.
Esto hace que nuestra
comprensión del día de Jehová dé un salto de un millón de
años luz hacia adelante. Más que meramente una referencia al
fin del mundo, debería entenderse más bien en los mismos
términos que tantos otros conceptos de la Escritura:
definitivamente, progresivamente, y finalmente. El día
definitivo ocurrió
al principio, el primer día (sería más preciso decir que la
semana entera fue
el día definitivo, en siete etapas). Pero también vemos el
día revelado
progresivamente, en los juicios históricos de Dios.
En un sentido final,
último, se nos dice que el último día vendrá cuando Dios
juzgue finalmente todas las cosas.
Día de nublado
Tan pronto vemos la conexión entre la Nube y el día de
Jehová - que el día de Jehová
es la Nube de Gloria que viene en juicio, y que la Nube
es el día de Jehová en acción - un gran número de ideas bíblicas
comienza a encajar en su lugar. Por ejemplo, los israelitas
experimentaron el día de Jehová en las orillas del Mar Rojo,
cuando la Nube descendió (Éx. 13:21-22) y se detuvo entre ellos
y los egipcios. Para el pueblo del pacto, la Nube era Luz y
salvación, pero para los egipcios, era oscuridad (Éx. 14:19-20),
que causó completa destrucción (Éx. 14:24-25). La venida de la
Nube era la venida de Jehová como el "Espíritu del Día" en
juicio. Y el juicio, como la Nube, tiene dos aspectos:
vindicación y protección de los fieles, por una parte, y
destrucción de los enemigos de Dios, por la otra. En juicio,
Dios trae tanto salvación como ira, tanto oscuridad como luz.
Esto es lo que Amós quiso decir cuando se dirigió al apóstata
pueblo del pacto de su tiempo, el pueblo que esperaba que la
llegada del día de Jehová les protegería de sus enemigos. El
problema era, como Amós señaló, que el
pueblo de Dios se había
convertido en el enemigo
de Dios.
¡Ay de los que desean el día de Jehová! ¿Para qué queréis
este día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz; como el que
huye de delante del león, y se encuentra con el oso; o como si
entrare en casa y apoyare su mano en la pared, y le muerde una
culebra. ¿No será el día de Jehová tinieblas, y no luz;
oscuridad que no tiene resplandor? (Amós 5:18-20).
Los profetas bíblicos vieron que el día de Jehová se
cumpliría en todos los juicios redentores de Dios en la historia
contra las naciones desobedientes: era el divino "día de pasar
la factura" a Judá, cuando los impíos serían aniquilados y los
justos salvados y bendecidos (Isa. 2-5; Joel 1-3); era también
el día en que Edom sufriría la venganza de Dios por medio de
sangrientas matanzas, en fuego y azufre, y en desolación,
mientras el pueblo de Dios es "reunido" con él en seguridad
(Isa. 3:4); el día en que la gran espada de Dios se llenaría de
sangre de los egipcios (Jer. 4:6); en realidad, "el día de
Jehová se acerca a todas las naciones" (Abdías 15). Cuando
ponemos juntos todos estos pasajes y textos como Sofonías 1 y
Salmos 18, se hace notablemente claro que el término profético
Día de Jehová significa
Juicio - un juicio que resulta tanto en la destrucción de los
impíos como en salvación de los justos.
Por eso se usa también para describir el primer
advenimiento del Salvador. En su última revelación del Antiguo
Testamento, Dios dijo: "He aquí yo os envío el profeta Elías,
antes que venga el día de Jehová, grande y terrible. Él hará
volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de
los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la
tierra con maldición" (Mal. 4:5-6). Tanto el ángel Gabriel (Luc.
1:17) como el Señor Jesús (Mat. 11:14) citan este versículo como
cumplido en el ministerio de de Juan el Bautista. "En el
Espíritu y el poder de Elías", Juan debía involucrarse en el
ministerio restaurador de
traer los rebeldes hijos de Israel de vuelta a la piedad de sus
padres, haciendo volver "los rebeldes a la prudencia de
los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto"
(Luc. 1:17). Pero, advirtió el Señor, si el pueblo no se volvía
de su apostasía para el tiempo del "día de Jehová, grande y
terrible", Él "vendría y golpearía la tierra con
maldición". Esta
palabra maldición (o
interdicción) era un
término técnico en la Escritura, usada para denotar que ciertos
objetos y hasta ciudades enteras eran tan aborrecidas por Dios
que debían ser puestas "en interdiccción", para ser
completamente destruidas por medio del fuego del altar de Dios -
ofrecidas como "holocausto completo" (ver Deut. 13:16). Eso es
exactamente lo que sucedió en el siglo primero. Vino "Elías",
pero el pueblo no se arrepintió; así que, cuando llegó el gran
día de Jehová, la tierra entera fue puesta en interdicción,
dedicada por completo para ser destruida.
El
día final de Jehová
Puesto que no todas las referencias al "día de Jehová"
pueden tomarse en el sentido de que se refieren al mismo suceso,
los cristianos pueden fácilmente quedar perplejos. ¿Cómo podemos
a cuál día se hace referencia en cualquier pasaje particular de
la Escritura? ¿Convierte esto a nuestra interpretación en
completamente arbitraria? No, en absoluto. Como sucede con todo
lo demás en la Escritura, su
significado preciso depende del contexto.
Siempre transmite la
idea general de que Dios viene para juicio y salvación; pero su
significado en cualquier versículo aislado debe discernirse
examinando el cuadro mayor.
Así, pues, regresamos a la pregunta con que comenzamos este
capítulo: ¿Cómo podemos estar seguros de que
cualquier referencia al
"día de Jehová", el "juicio", o la "venida" de Cristo se refiere
al fin del mundo y la segunda venida de Cristo? Puesto que la
terminología del universo que se derrumba se usa para el juicio
del año 70 D.C., y a causa de la tremenda importancia teológica
de ese juicio, algunos suponen que todos los sucesos
escatológicos deben haberse cumplido en la destrucción de
Jerusalén, y que la Segunda Venida tuvo lugar
entonces. Según esta
interpretación (que puede llamarse
post-todismo), ahora
estamos viviendo en una era de limbo interminable, en que
literalmente no queda ninguna profecía por cumplirse. El mundo
simplemente seguirá y seguirá y seguirá, hasta ...?
¿Es válida esta interpretación? Debemos notar, por lo menos
de pasada, que, a través de todas las edades, la iglesia jamás
ha permitido este punto de vista. Todos los credos han declarado
la futura venida de
Cristo, la resurrección de todos los hombres, y el juicio
general como artículos fundamentales y no negociables de la fe
cristiana. Las palabras finales del credo de Atanasio (uno de
los tres credos universales de la fe) subraya la importancia de
estas verdades:
Ascendió al cielo, se sentó a la derecha del Padre, Dios
Todopoderoso; desde donde vendrá a juzgar a los vivos y a los
muertos.
A cuya venida todos los hombres se levantarán nuevamente
con sus cuerpos y darán cuenta de sus propias obras.
Y los que han hecho lo bueno irán a la vida eterna; y los
que han hecho lo malo, al fuego eterno.
Esta es la fe católica, que el hombre no puede salvarse
excepto si cree fielmente.
Esta posición básica de la Iglesia Universal está
sólidamente basada en la Escritura. Aunque ha habido muchos
"días de Jehová" en la historia, la Biblia nos asegura que hay
un "día final" que ha de venir, el Juicio Final, cuando todas
las cuentas se saldarán y tanto justos como injustos recibirán
su recompensa eterna. Cada vez que usó el término, Jesús conectó
inseparablemente "el día final" con otro acontecimiento:
Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad,
sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del
Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda
yo nada, sino que lo resucite
en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha
enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida
eterna; y yo le resucitaré en
el día postrero (Juan 6:38-40).
Ninguno pude venir a mí, si el Padre que me envió no le
trajere; y yo le resucitaré en
el día postrero (Juan 6:44).
El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y
yo le resucitaré en el día
postrero (Juan 6:54).
Por consiguiente, la resurrección es un acontecimiento
inextricablemente unido a los acontecimientos del último día, el
día final en que el juicio del Espíritu en la Nube será
absolutamente abarcante y completo, cuando el veredicto final y
último de Dios se pronuncie sobre toda la creación. Ese es el
día en que los muertos serán resucitados: "los que hicieron lo
bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo
malo, a resurrección de condenación" (Juan 5:29).
La resurrección es la
clave de la interpretación. Puesto que Jesús relacionó la
resurrección con el día final, podemos usarla como "control" al
examinar pasajes escatológicos. Aunque el motivo día de
Jehová/universo que se derrumba corre a través de los textos
bíblicos sobre el juicio, la marca distintiva del día final es
que los muertos serán resucitados. La resurrección de todos los
seres humanos es, en la naturaleza del caso, irrepetible. No es
un motivo continuado, sino más bien parte del suceso
escatológico final. Por lo tanto,
cada vez que la Biblia
menciona la resurrección, está hablando del día final -
el juicio final, el día último de Jehová.
Capítulo 16
LA CONSUMACIÓN DEL REINO
La muerte ha venido a ser como un tirano completamente
derrotado por el monarca legítimo; atado de pies y manos como
ahora lo está, los transeúntes se mofan de él, golpeándole y
abusando de él, y ya no temen su crueldad ni su ira, a causa del
rey que le derrotó. Así ha sido derrotada y marcada con hierro
candente la muerte por lo que es por el Salvador en la cruz.
Está atada de pies y manos, todos los que están en Cristo le
pisotean al pasar, y los testigos de Cristo se burlan, diciendo:
"¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu
victoria?"
Atanasio, On the
Incarnation [27]
Ahora podemos comenzar a sacar algunas conclusiones
generales muy significativas del estudio que hemos
adelantado hasta ahora. Como vimos en el capítulo anterior,
el día final es sinónimo del juicio final, en el fin del
mundo. Además, Jesús declaró que los que creen en él serán
resucitados en el día postrero (Juan 6:39-40, 44, 54). Esto
significa que el día del juicio es también el día de la
resurrección; ambos sucesos ocurren juntos, al final de la
historia.
Podemos añadir a esto lo que el apóstol Pablo nos dice
sobre la resurrección: coincidirá con la Segunda Venida de
Cristo y el rapto de los creyentes vivos (1 Tes. 4:16-17).
Algunos han tratado de evadir la fuerza de este texto
indicando una serie de resurrecciones - una en el rapto,
otra en la Segunda Venida (quizás algunos años más tarde), y
por lo menos una más a la consumación del reino, al fin de
la historia (donde corresponde). Sin embargo, esto no
resuelve el problema en absoluto. Porque Jesús dijo
específicamente que todo
el que cree en él será resucitado en el el "día postrero".
Eso significa que todos los cristianos serán resucitados en
el día final. Nuevamente, 1 Tesalonicenses 4 dice que
todos los creyentes
serán resucitados en el día final. Y esta resurrección, que
coincida con el rapto, tendrá lugar en el día final.
<>Una
resurrección
Antes de que podamos
considerar estos puntos con mayor detalle, es necesario que
quedemos claros sobre un punto de discusión que se planteó, pero
al que se restó importancia hasta cierto punto en el capítulo
anterior. Una de mis suposiciones más cruciales es la de que
hay una sola resurrección,
tanto de los justos como de los impíos. Por supuesto,
para muchos esto parecería obvio. Pero debe ser expresada
explícitamente porque hay mucha confusión sobre este punto en
algunos círculos, encabezada por instructores que aseguran no
sólo que hay múltiples resurrecciones, sino que la resurrección
o las resurrecciones de los creyentes y no creyentes ¡tendrá o
tendrán lugar en ocasiones completamente diferentes! No hay
ninguna base bíblica para esta posición. Las Escrituras enseñan
claramente una sola resurrección, en el día final; y la Iglesia
Cristiana Ortodoxa, como lo reflejan sus credos históricos,
siempre y en todas partes ha afirmado esta verdad. La Biblia
dice:
Y muchos de los que
duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos
para vida eterna, y otros para vergüenza y confusión
perpetua (Dan. 12:2).
Porque como el Padre
tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener
vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer
juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis
de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en
los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno,
saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo
malo, a resurrección de condenación (Juan 5:26-29).
Habrá ciertamente una
resurección tanto de justos como de impíos (Hechos 24:15).
Y vi un gran trono blanco
y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyeron
la tierra y el cielo, y ningún lugar se encontró para ellos.
Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante Dios; y
los libros fueron abiertos, y otro libro fue abierto, el
cual es el libro de la vida; y fueron juzgados los muertos
por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus
obras. Y el mar entregó los muertos que había en él; y la
muerte y el Hades entregaron los muertos que había en ellos;
y fueron juzgados cada uno según sus obras. Y la muerte y el
Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte
segunda. Y el que no se halló inscrito en el libro de la
vida fue lanzado al lago de fuego (Apoc. 20:11-15).
La Biblia es abundantemente
clara: la resurrección de todos los seres humanos, tanto de los
justos como de los injustos, tiene lugar el mismo día, para ser
seguida inmediatamente por el juicio. ¿Por qué, entonces, ha
habido tanta confusión sobre este punto? Parte de la respuesta
es que el énfasis en la
Escritura es en la resurrección de los
justos, que es
radicalmente diferente en naturaleza y resultado de la de los
impíos. La resurrección del pueblo de Dios está íntimamente
relacionada con el hecho de que el Espíritu Santo actualmente
mora en ese pueblo (Rom. 8:11); así, el fundamento mismo de la
resurrección de los justos, su principio esencial, es de una
naturaleza completamente espiritual. Los cristianos serán
resucitados para vida por el Espíritu, mientras que los impíos
serán resucitados para muerte. En absoluto contraste con los
cuerpos revividos de los condenados, los cuerpos renovados de
los santos serán como el propio cuerpo glorioso de Cristo (1
Cor. 15.42-55; Fil. 3:21). Nuestra resurrección es el fruto de
la resurrección de Cristo, y en realidad es una extensión de la
de él (1 Cor. 6:13-20; 15:20).
Por consiguiente, para el
cristiano, la resurrección es algo para ser considerado con
esperanza y emocionada anticipación (2 Cor. 5:1-10; Fil.
3:10-11): La Escritura la ve como la final "redención de nuestro
cuerpo" (Rom. 8:18-23). Por esta razón, el destino de los justos
está siempre en primer plano cuando la Biblia habla de
resurrección. El problema es que un enfoque superficial de la
Escritura ha dejado en la gente la impresión de que hay dos
resurrecciones diferentes, una de los justos y la otra de los
impíos. Por supuesto, en un sentido
cualitativo, ¡se puede
decir que hay dos
resurrecciones, pero que ocurren el mismo día!
El
reino y la resurrección
La enseñanza bíblica más
detallada sobre la resurrección se encuentra cerca del final de
la primera carta de Pablo a los Corintios. El corazón de ese
capítulo dice:
Mas ahora Cristo ha
resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es
hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre,
también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque
así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán
vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las
primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Luego
el fin, cuando entregue el reino al Dios y Padre, cuando
haya suprimido todo dominio, toda autoridad y potencia.
Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos
sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que
será destruido es la muerte (1 Cor. 15:20-26).
Este texto nos proporciona
mucha información sobre la resurrección. En primer lugar, se nos
asegura la inseparable relación entre la resurrección de Cristo
y la nuestra. La resurrección tiene lugar en
dos etapas: primero
Cristo es resucitado, y luego nosotros somos resucitados - las
primicias, luego la cosecha. (Nótese bien: no se menciona
ninguna otra etapa).
Segundo, se nos dice
cuándo tiene lugar la
resurrección: "en su venida". Puesto que ya sabíamos que la
resurrección coincide con el juicio final, ahora sabemos que la
Segunda Venida de Cristo será en el día final, en el juicio.
Tercero, el texto también nos
informa que estos eventos ocurren en "el
fin". ¿El fin de qué?
Mucho debate innecesario se ha enfocado en esta frase. Pablo
continúa diciendo que el fin viene "cuando Él haya suprimido
todo dominio, toda autoridad y potencia". Aquí el fin es
simplemente el fin - el
fin del tiempo, de la historia, y del mundo. Por supuesto, esto
se sigue del hecho de que éste es el
último día; además,
éste es el fin de la conquista de la tierra por Cristo, cuando
haya establecido su reino total sobre todas las cosas,
destruyendo a todos sus enemigos. Es el fin del "milenio", la
consumación del reino - el momento preciso en que el libro de
Apocalipsis, en completa armonía con 1 Corintios, ubica la
resurrección y el juicio final (Apoc. 20:11-15).
Cuarto, el reino actual de
Cristo, que comenzó en su resurrección y ascensión, continúa
"hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies".
Esta afirmación procede de Salmos 110:1, donde Dios el Padre le
dice al Hijo: "Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus
enemigos por estrado de tus pies". Sabemos que, a la ascensión
de Cristo, Él efectivamente se sentó a la diestra del Padre
(Mar. 16:19; Luc. 22:69; Hech. 7:55-56; Rom. 8:34; Efe. 1:20-22;
Col. 3:1, Heb. 1:3; 8:1; 10:2, 12:2; 1 Ped. 3:22). Por
consiguiente, de acuerdo con la Escritura, Jesucristo está ahora
reinando desde su trono celestial, mientras todos sus enemigos
están siendo puestos debajo de sus pies. Las implicaciones de
estos textos son inescapables: Cristo ha ascendido al trono, y
no regresará sino hasta que el
último de sus enemigos haya sido derrotado, en la
resurrección del día final. "Porque debe reinar, hasta que ponga
a todos sus enemigos debajo de sus pies".
Debemos recordar que la
Biblia habla de salvación en términos del modelo
definitivo-progresivo-final que hemos notado antes.
Definitivamente, todas
las cosas fueron puestas bajo los pies de Cristo a su ascensión
al trono celestial; en principio, gobierna el mundo ahora como
el segundo Adán.
Progresivamente, está ahora ocupado en conquistar las
naciones por medio del evangelio, extendiendo su gobierno a los
rincones más alejados de la tierra.
Finalmente, vendrá el
día en que la real conquista del mundo por Cristo sea completa,
cuando todos los enemigos hayan sido destruidos. Éste será el
fin, cuando "en el nombre de Jesús se doble toda rodilla ... y
toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de
Dios Padre" (Fil. 2:10-11).
Quinto, subrayando el hecho
de que la resurrección ocurre al final del milenio, Pablo dice
que "el postrer enemigo que será destruido es la muerte". El
reino actual de Cristo verá la destrucción gradual de todos los
enemigos, la derrota progresiva de cada uno de los restos de la
rebelión de Adán, hasta que sólo quede una cosa por destruir: la
muerte. En ese momento, Cristo regresará en gloria para
resucitar a los muertos y transformar los cadáveres de su pueblo
a la perfección de la nueva creación que ha sido completada. Más
tarde en este pasaje, Pablo amplía este hecho:
He aquí, os digo un
misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos
transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos,
a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los
muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos
transformados. Porque es necesario que esto corruptible se
vista de incorrupción, y esto mortal se vista de
inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de
incorrupción y esto mortal se haya vestido de inmortalidad,
entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es
la muerte en victoria (1 Cor. 15:51-54).
Esto es paralelo a la otra
gran declaración de Pablo sobre la resurrección:
Porque si creemos que
Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a
los que durmieron en él. Por lo cual os decimos esto en
palabra del Señor: que nosotros que vivimos, que habremos
quedado hastala venida del Señor, no precederemos a los que
durmieron. Porque el señor mismo con voz de mando, con voz
de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y
los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros
los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos
arrebatados juntamente con ellos para recibir al Señor en el
aire, y así estaremos siempre con el Señor (1 Tes. 4:14-17).
Como afirman tan claramente
las palabras de Pablo, los sucesos del día final incluyen la
segunda venida, la resurrección, y el rapto (el "arrebatamiento"
de los santos vivos "para encontrarse con el Señor en el aire").
La Biblia no enseña ninguna separación entre la segunda venida y
el rapto; estos son simplemente diferentes aspectos del día
final. Y es un hecho que, durante toda la historia de la iglesia,
nadie oyó hablar nunca del (así llamado) "rapto pre-tribulación"
hasta el siglo diecinueve; no se difundió sino hasta hace unas
pocas décadas. Recientemente, al comenzar las nuevas
generaciones a reconocer la falta de fundamento bíblico para
este novedoso punto de vista, ha comenzado a tener lugar un
movimiento hacia una escatología con un fundamento más bíblico.
La escatología de dominio, la esperanza histórica de la iglesia,
está surgiendo nuevamente. A causa del renovado interés en el
desarrollo de un punto de vista bíblico mundial y la aplicación
de estándares bíblicos a todas las áreas de la vida, la
escatología de dominio está siendo discutida y aceptada más y
más. Y porque es la verdad, su establecimiento como la
escatología dominante es inevitable.
Conclusión
La doctrina bíblica de la
segunda venida es relativamente sin complicaciones y directa.
Podemos resumir nuestros hallazgos en los últimos varios
capítulos como sigue:
-
El reino de Jesucristo
comenzó con su resurrección y ascensión, como los profetas
habían prometido. Su reino ("el milenio" está ahora en vigor y
continuará hasta que Él sea reconocido universalmente como
Señor. Por medio del evangelio, su pueblo está extendiendo su
reino sobre la faz de la tierra, hasta que todas las naciones
sean discipuladas y el paraíso llegue a su más completo y
terrenal cumplimiento.
-
En el día final, en el fin
del mundo, Jesucristo regresará para resucitar a todos los seres
hmanos para juzgar tanto a los justos como a los impíos. Los
cristianos que esté vivos a la segunda venida serán arrebatados
para unirse al Señor y a los santos resucitados en la Nube de
Gloria, donde serán transformados y completamente restaurados a
la imagen de Dios.
La Santa Escritura contradice
completamente la doctrina de que el reino de Cristo comenzará
sólo después de la segunda venida. La Biblia enseña que la
segunda venida de Cristo, que coincide con el rapto y la
resurrección, tendrá lugar al
final del milenio, cuando la historia sea sellada en el
juicio. Hasta entonces, Cristo y su pueblo estarán marchando de
fortaleza en fortaleza, de victoria en victoria.
Venceremos.
Capítulo 17
INTERPRETACIÓN DE APOCALIPSIS
De repente, y con un
ruido semejante al fragor impetuoso del huracán, se lanzó el carro
de Dios Padre, despidiendo espesas llamas. Tenía sus ruedas unas
dentro de otras, y no se movía por impulso ajeno, sino por el
instinto de su propio espíritu; iba escoltado por cuatro custodios
con aspecto de querubines. Cada uno de éstos mostraba cuatro rostros
maravillosos, y sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables
ojos, refulgentes como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las
ruedas, las cuales despedían centellas; y sobre sus cabezas se
alzaba un firmamento de cristal en que se veía un trono de zafiro
matizado de purísimo ámbar y de los colores del arco iris.
Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra
divinamente labrada, ocupa el Mesías su carro. A su derecha lleva la
Victoria, que extiende sus alas de águila, y al costado el arco
y el carcaj divino lleno de rayos de puntas triples. Lo envuelven
en torno airados torbellinos de humo, de entre los cuales
brotan las llamas de ardientes exhalaciones.
John Milton,
Paradise Lost
[6.749-66]
El Salvador trabaja
poderosamente entre los hombres; todos los días persuade de
manera invisible a mucha gente por todo el mundo, tanto
dentro como más allá del mundo de habla griega, de que
acepten su fe y sean obedientes a sus enseñanzas. ¿Puede
alguien, en vista de todo esto, dudar todavía de que él ha
resucitado y vive,o más bien que Él mismo es la vida?
Atanasio,
On the Incarnation [30]
Interpretación del libro de
Apocalipsis
De entrada, confrontamos dos
problemas cuando intentamos el libro de Apocalipsis. El primero
es la cuestión de asegurarnos de que nuestra interpretación es
correcta - poniendo marcas en nuestra imaginación para no forzar
la santa Palabra de Dios a entrar en un molde de nuestra propia
invención. Debemos permitir que el libro de Apocalipsis diga lo
que Dios se propuso que dijera. El segundo problema es la
cuestión de la ética - qué hacer con lo que hemos aprendido.
El
modelo bíblico de
interpretación
En el mismísimo primer
versículo de Apocalipsis, Juan nos proporciona una importante
clave interpretativa: "La revelación de Jesucristo, que Dios le
dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder
pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su
siervo Juan" (Apoc. 1:1). El uso del término
declaró nos dice que la
profecía no debe ser considerada simplemente como "historia
escrita por anticipado". En vez de eso, Apocalipsis es un libro
de señales: representaciones
simbólicas de los acontecimientos venideros. Los símbolos
no deben entenderse de manera literal. Podemos ver esto en el
uso que hace Juan del término en su evangelio (véase Juan 12:33;
18:32; 21:19). En cada caso, está usado en el sentido de que
Cristo significó un
evento futuro mediante una indicación más o menos simbólica, más
bien que por medio de una descripción clara y literal. Y ésta es
generalmente la forma de las profecías en Apocalipsis. Esto no
significa que los símbolos son ininteligibles; la interpretación
no es la que a uno se le ocurra. Por otra parte, yo no estoy
diciendo que los símbolos están en alguna especie de código, de
modo que todo lo que necesitamos es un diccionario o una
gramática de simbolismos para "traducir" los símbolos al idioma
inglés. La profecía es poesía, no alegoría ingenua o estática.
La única manera de entender su simbolismo es familiarizándose
con la Biblia. El modelo bíblico de interpretación es la Biblia
misma.
Ya hemos tomado nota de las
falacias e inconsistencias involucradas en la así llamada
escuela "literalista" de interpretación bíblica. Otro problema,
que es especialmente severo entre ciertos teólogos "pop" es su
interpretación arbitraria de los símbolos proféticos. He oído a
predicadores hablar de las langostas de Apocalipsis 9:3-11 como
que muestran una desconcertante variedad de horrores:
bombarderos, proyectiles balísticos, helicópteros Cobra, y hasta
las temidas "abejas asesinas" de Sudamérica. ¿A cuál de todas
estas armas representan las langostas? Sin un
modelo de
interpretación, no hay manera objetiva alguna de saberlo - y
así, el libro de Apocalipsis se convierte,
en la práctica, en lo
que su título mismo insiste que
no es: una
ininteligible mescolanza de fuego y viento "apocalípticos" que
no significa nada.
En realidad, Juan nos dice
cientos de veces durante todo el libro de Apocalipsis
exactamente lo que es el modelo de interpretación, porque el
libro está positivamente atiborrado de citas del Antiguo
Testamento y alusiones a él.
El libro de Apocalipsis depende del Antiguo Testamento mucho más
que cualquier otro libro del Nuevo Testamento. Por sí
solo, este hecho debería advertirnos que no podemos comenzar a
penetrar su significado sin una sólida comprensión de la Biblia
como un todo - ésta es la razón de que yo haya escrito la Parte
Dos de este libro, y por qué estoy machacando sobre el tema
nuevamente. Las iglesias primitivas tenían esa clase de
comprensión. El evangelio se había predicado primero a los
judíos y a los prosélitos gentiles; a menudo, las iglesias
habían sido formadas por adoradores en sinagogas, y esto ocurría
hasta en la iglesias de Asia Menor (Hechos 2:9; 13:14; 14:1;
16:4;17:1-4, 10-12, 17; 18:4, 8, 19, 24-28; 19:1-10, 17).
Además, está claro en Gálatas 2:9 que el ministerio del apóstol
Juan era para los judíos en particular. Por consiguiente, los
primeros lectores de Apocalipsis estaban sumergidos en el
Antiguo Testamento hasta un punto en que la mayoría de nosotros
no lo está hoy día. El simbolismo de Apocalipsis está saturado
de alusiones bíblicas que eran comprendidas comúnmente por la
iglesia primitiva. Aun en las raras congregaciones que no tenían
ningún miembro hebreo,
las Escrituras usadas en la enseñanza y en el culto eran
principalmente del Antiguo Testamento. Los cristianos primitivos
poseían la clave autorizada e infalible para el significado de
las profecías de Juan. El que los modernos no apreciemos este
hecho crucial es la causa principal de nuestra incapacidad para
entender de qué estaba hablando Juan.
Por ejemplo, consideremos un
símbolo de Apocalipsis, del cual se ha abusado mucho, y
apliquemos este principio. En Apocalipsis 7, 9, 14 y 22, Juan ve
al pueblo de Dios sellado en sus frentes con su nombre; y en
Apocalipsis 13:16, Juan escribe sobre los adoradores de la
bestia, que tienen su marca en la mano derecha y en la frente.
(Dicho sea de paso: ¿No le parece extraño a usted que todo el
mundo esté tan excitado sobre "la marca de la bestia" cuando el
claro énfasis en Apocalipsis es sobre el sello de
Dios en las frentes de
los creyentes?) Se han
hecho muchas y fantásticas interpretaciones en relación con
estas marcas - que van desde tatuajes y validaciones de parque
de diversione hasta tarjetas de crédito y números de Seguro
Social - y todo sin observar en lo más mínimo las claras
alusiones bíblicas. Pero ¿qué habrían pensado los primeros
lectores de estos pasajes? Los símbolos les habrían hecho pensar
inmediatamente en varias referencias bíblicas: la "marca" del
sudor en la frente de Adán, significando la maldición de Dios
por su desobediencia (Gén. 3:19); la frente del sumo sacerdote,
marcada con letras de oro proclamando que ahora era
SANTO A JEHOVÁ (Éx.
28:36); Deuteronomio 6:6-8 y Ezequiel 9:4-6, en que los siervos
de Dios son "marcados" en la mano y en la frente con la ley de
Dios, y reciben así bendición y protección en nombre de Dios.
Por otra parte, los seguidores de la bestia reciben su marca de
propiedad: sometimiento a la ley impía, estatista,
anticristiana. En Apocalipsis, la marca no ha de ser tomada
literalmente. Es una alusión a un símbolo del Antiguo Testamento
que hablaba de la total obediencia de un hombre a Dios, y
representa una advertencia de que el dios de una sociedad - ya
sea el Dios verdadero o el estado deificado - exige completa
obediencia a su dominio.
Ése será el principio de
interpretación que se seguirá en este libro. La Revelación es
una revelación: el
propósito es que se entendiera. Sin embargo, no la entenderán
los perezosos y los indiciplinados buscadores de emociones, que
tienen tanta prisa que no tienen tiempo para estudiar la Biblia.
Muchos pasan presurosos desde su primera profesión de fe hasta
el último libro de la Biblia, tratándola poco más que como un
libro de alucinaciones, desdeñando apresuradamente un sobrio
intento de permitir que la Biblia se interprete a sí misma -
descubriendo, en fin de cuentas, sólo un reflejo de sus propios
prejuicios. Pero, para los que prestan atención a la palabra de
Dios como un todo, el mensaje es claro. Benjamin Warfield
escribió: "El Apocalipsis de Juan no necesita ser otra cosa que
fácil: todos sus símbolos son o naturalmente obvios o tienen sus
raíces en los poetas y profetas del Antiguo Testamento y el
lenguaje figurado de Jesús y sus apóstoles. Nadie que conozca su
Biblia necesita desesperar de leer este libro con provecho.
Sobre todo, el que puede entender el gran discurso de nuestro
Señor concerniente a las últimas cosas (Mat. 24) no puede dejar
de entender el Apocalipsis, que se basa en ese discurso, y
escasamente avanza más allá de él" (Selected
Shorter Writings [Presbyterian and Reformed, 1973], vol.
2, pp. 652s).
Profecía y ética
A menudo, el libro de
Apocalipsis es tratado como ejemplo del género "apocalíptico" de
escritos que florecieron entre los judíos entre el año 200 A. C.
y el año 100 D. C. No hay ninguna base en absoluto para esta
opinión, y es completamente desafortunado que la palabra
apocalíptico se use
para describir esta literatura. (Los mismos escritores de
literatura "apocalíptica" nunca usaron el término en este
sentido; más bien, los eruditos le robaron el término a Juan,
que llamó a su libro "El
Apocalipsis [la revelación] de Jesucristo". En realidad,
hay muchas y grandes diferencias entre los escritos
"apocalípticos" y el libro de Apocalipsis.
Los "apocalipsistas" se
expresaban en símbolos inexplicados e ininteligibles, y
generalmente no tenían ninguna intención de hacerse entender.
Sus escritos abundan en pesimismo: no es posible ningún
verdadero progreso, ni habrá ninguna victoria para Dios y su
pueblo en la historia. Ni siquiera podemos ver a Dios en la
historia. Todo lo que sabemos es que el mundo se está volviendo
peor y peor. Lo mejor que podemos hacer esperar el fin - pronto.
Pero, por ahora, las fuerzas del mal están en control. (¿Le
suena familiar?). El resultado práctico fue que los
apocalipsistas rara vz se preocupaban de la conducta ética. No
les interesaba mucho cómo vivir en el presente (y en realidad
asumir el dominio sería impensable); sólo querían especular
sobre los cataclismos venideros.
El enfoque de Juan en
Apocalipsis es vastamente diferente. Sus símbolos no son oscuras
divagaciones incubadas en una imaginación enfebrecida; están
firmemente enraizadas en el Antiguo Testamento (y la razón de su
aparente oscuridad es ese mismo hecho: tenemos problemas para
entenderlos sólo porque no conocemos nuestras Biblias). En
contraste con los apocalipsistas, que habían abandonado la
historia, Juan presenta la historia como el escenario de la
redención: Dios salva a su pueblo
en su ambiente, no
fuera de él; y Dios salva el
ambiente.
Leon Morris, en su
importante estudio de
Apocaliptica (Eerdmans, 1972), describe la visión mundial
de Juan: "Para él, la historia es la esfera en que Dios ha
forjado nuestra redención. Lo realmente crítico en la historia
de la humanidad ya ha tenido lugar, y tuvo lugar aquí, en esta
tierra, en los asuntos de los hombres. El Cordero 'como
inmolado' domina el libro entero. Juan ve a Cristo como
victorioso, y habiendo obtenido la victoria por su muerte, un
evento en la historia. Su pueblo comparte su triunfo, pero ha
derrotado a Satanás 'por la sangre del Cordero y por la palabra
de su testimonio' (Apoc. 12:11). Está ausente el pesimismo que
difiere la actividad salvadora de Dios hasta el fin. Aunque Juan
presenta el mal realísticamente, su libro es fundamentalmente
optimista" (p. 79).
Los apocalipsistas
dijeron: El mundo se acerca a
su fin: ¡Ríndanse! Los profetas bíblicos dijeron:
El mundo se acerca a su
principio: ¡Pónganse a trabajar!
Así, pues, el libro de
Apocalipsis no es un tratado de apocalíptica; en su lugar, es,
como Juan mismo nos recuerda repetidamente,
una profecía (1:3;
10:11; 22:7,10, 18-19), de acuerdo con los escritos de los otros
profetas bíblicos. Y - nuevamente en agudo contraste con los
apocalipsistas - si hubo una preocupación principal entre los
profetas bíblicos, fue la conducta ética. Ningún escritor
bíblico reveló jamás el futuro sólo para satisfacer la
curiosidad: la meta fue siempre dirigir al pueblo de Dios hacia
acciones correctas en el presente. La abrumadora mayoría de las
profecías bíblicas no tenían nada que ver con el erróneo
concepto de que la "profecía" predecía el futuro. Los profetas
hablaban del futuro para estimular la vida piadosa.
El propósito de la profecía es
ético.
El hecho de que muchos
de los que estudian los escritos proféticos en la actualidad
están más interesados en encontrar posibles referencias a viajes
espaciales y armas nucleares que en descubrir los mandamientos
de Dios para la vida es un repugnante tributo a la moderna
apostasía. "El testimonio de
Jesús es el espíritu de profecía" (Apoc. 19:10); ignorar
a Jesús en favor de explosiones atómicas es una perversión de la
Escritura, una extravagante distorsión de la santa Palabra de
Dios. De principio a fin, Juan está intensamente interesado en
la conducta ética de los que leen el libro de Apocalipsis:
Bienaventurado el
que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y
guardan las cosas en ella escritas (1:3).
Bienaventurado el
que vela, y guarda sus ropas (16:15).
Bienaventurado el
que guarda las palabras de la profecía de este libro (22:7).
Bienaventurados los
que guardan sus mandamientos (22:14).
Debo subrayar que, al
argumentar a favor de la escatología de dominio, no estoy
simplemente presentando un programa alterno como guía para el
futuro. La escatología bíblica no es sólo un calendario de
sucesos especiales. El significado fundamental de la esperanza
es el señorío de Jesucristo.
La meta de la escatología es llevar a las personas a adorar y a
servir a su Creador. La profecía no es nunca meramente un
ejercicio académico. Todos los profetas apuntaban a Jesucristo,
y todos ellos demandaban una respuesta ética. La palabra de Dios
demanda una total transformación de nuestras vidas, en todo
momento. Si ésa no es la meta, y el resultado, de nuestro
estudio de la Escritura, no nos servirá de nada.
Capítulo 18
EL
TIEMPO ESTÁ CERCA
¿Cuándo cesaron las
profecías y las visiones en Israel? ¿No fue cuando Cristo vino,
el Santo de los santos? En realidad, es una señal y una prueba
notable de la llegada del Verbo el hecho de que Jerusalén ya no
está, ni ha aparecido ningún profeta ni se ha revelado ninguna
visión entre ellos. Y es natural que deba ser así, porque cuando
vino el que tenía que venir, ¿qué más necesidad había de que
viniera otro? Y cuando la verdad hubo llegado, ¿qué más
necesidad había de las sombras? Sólo acerca de Él profetizaban
continuamente, hasta cuando hubo llegado la Justicia Esencial,
el que fue hecho rescate por los pecados de todos. Por la misma
razón permaneció Jerusalén hasta el mismo tiempo, para que los
hombres pudiesen pensar en los tipos antes de que se conociese
la verdad. Así que, por supuesto, una vez que el Santo de los
santos hubo llegado, tanto las visiones como las profecías
fueron selladas. Y el reino de Jerusalén cesó al mismo tiempo,
porque los reyes debieron ser ungidos entre ellos sólo hasta que
el Santo de los santos fue ungido. Moisés también profetiza que
el reino de los judíos permanecerá hasta el tiempo de
Jesucristo, diciendo: "No será quitado el cetro de Judá, ni el
legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se
congregarán los pueblos" [Gén. 49:10]. Y por eso el Salvador
mismo siempre estaba proclamando: "Todos los profetas y la ley
profetizaron hasta Juan" [Mat. 11:13]. Así que, si todavía hay
rey o profeta o visiones entre los judíos, hacen bien en negar
que Cristo ha venido; pero si no hay ni rey ni visiones, y desde
ese tiempo todas las profecías han sido selladas y la ciudad y
el templo han sido tomados, ¿cómo pueden ellos ser tan
irreligiosos, cómo pueden burlarse así de los hechos, hasta el
punto de negar al Cristo que ha traído todas estas cosas?
Atanasio,
On the Incarnation [40]
La cuestión de la fecha
del libro de Apocalipsis es importante para su correcta
interpretación. A menudo, los eruditos han aceptado la
declaración de Ireneo (120-122 D. C.) de que la profecía
apareció "hacia el fin del reinado de Domiciano" (es decir,
alrededor de 96 D.C.). Sin embargo, hay considerables dudas
sobre lo que Ireneo quiso decir con esto (puede haber querido
decir que el apóstol Juan en
persona "fue visto" por otros). El lenguaje de Ireneo es
ambiguo y, a pesar de lo que estaba diciendo, podría estar
equivocado. (Dicho sea de paso, Ireneo es la
única fuente para esta
tardía fecha de Apocalipsis; todas las otras "fuentes" están
basadas en Ireneo). Ciertamente, hay otros escritores tempranos
cuyas declaraciones indican que Juan escribió el Apocalipsis
mucho antes, bajo la persecución de Nerón. Por consiguiente,
nuestro curso de acción más seguro es estudiar el Apocalipsis
mismo para ver la evidencia
interna que el libro presenta en relación con su fecha -
evidencia que indica que fue escrito en algún momento antes o
alrededor del 68 D. C. Brevemente, esta prueba depende de dos
puntos: (1) Se habla de que Jerusalén todavía estaba en pie,
pero gran parte del libro profetiza la destrucción de Jerusalén
en el año 70 D. C.; (2) se dice que el emperador Nerón todavía
estaba vivo - pero Nerón murió en junio del año 68. (Estos
puntos y otros se demostrarán en los capítulos siguientes).
Sin embargo, mucho más
significativo es el hecho de que tenemos una enseñanza
a priori en la misma
Escritura en el sentido de que
toda la revelación especial terminó por el año 70 D. C.
El ángel Gabriel le dijo a Daniel que las "setenta semanas"
terminarían con la destrucción de Jerusalén (Dan. 9:24-27); y
ese período también serviría para "sellar la visión y la
profecía" (Dan. 9:24). En otras palabras, la revelación especial
se detendría - sería "sellada" - para cuando Jerusalén fuese
destruida. El canon de las
Sagradas Escrituras se completó enteramente antes de la caída de
Jerusalén.
La muerte, resurrección,
y ascensión de Cristo marcaron el fin del pacto antiguo y el
principio del nuevo; los apóstoles fueron comisionados para
entregar el mensaje de Cristo en la forma del Nuevo Testamento;
y cuando hubieron concluido, Dios envió a los edomitas y a los
ejércitos romanos para destruir completamente los últimos
símbolos que quedaban del pacto antiguo: el templo y la Santa
Ciudad. Este solo hecho es suficiente para establecer que
Apocalipsis fue escrito antes del año 70 D. C. Como veremos, el
libro mismo proporciona abundante testimonio en relación con su
fecha; pero, hay aún más; la naturaleza del Nuevo Testamento
como la palabra final de Dios nos los dice. La muerte de Cristo
a manos del Israel apóstata selló su suerte: el reino le sería
quitado (Mat. 21:33-43). Mientras la ira aumentaba "al extremo"
(1 Tes. 2:16), Dios detenía su mano del juicio hasta que la
escritura del documento del nuevo pacto se llevara a cabo. Hecho
esto, Dios puso fin dramáticamente al reino de Israel, barriendo
con la generación perseguidora (Mat. 23:34-36; 24:34; Luc.
11:49-51). La destrucción de Jerusalén (Apoc. 11) fue el último
trompetazo, que indicaba que el "misterio de Dios" estaba
consumado (Apoc. 10:7).
No habría más revelaciones especiales una vez que Israel hubiera
desaparecido. Para regresar al punto, el libro de Apocalipsis
definidamente se escribió antes de 70 D. C., y probablemente
antes de 68 D. C.
Destino
Juan dirigió el
Apocalipsis a las siete importantes iglesias de Asia Menor, y
fue ampliamente distribuido desde ellas. Asia Menor era
importante porque la secta del culto a César se trata
extensamente en la profecía - y Asia Menor era un centro
principal del culto a César. "Inscripción tras inscripción
atestigua la lealtad de las ciudades al imperio. En Éfeso,
Esmirna, Pérgamo, y de hecho por toda la región, la iglesia era
confrontada por un imperialismo popular y patriótico, y que
tenía el carácter de religión. En ninguna parte era el culto a
César más popular que en Asia" (H. B. Swete, Commentary on
Revelation [Kregel, 1977], p. lxxxix).
Después de que Julio
César murió, se construyó en Éfeso un templo honrándole como
divo (dios). Los césares que le siguieron no esperaron que la
muerte les proporcionara tales honores y, comenzando por
Octaviano, afirmaron su propia divinidad exhibiendo sus títulos
de deidad en templos y monedas, particularmente en las ciudades
de Asia. Octaviano reemplazó su nombre con el de
Augusto, un título de
suprema majestad, dignidad, y reverencia. Fue llamado
el Hijo de Dios, y como
mediador divino-humano entre el cielo y la tierra, ofrecía
sacrificios a los dioses. Fue proclamado ampliamente como
Salvador del mundo, y las inscripciones de sus monedas eran
francamente mesiánicas - su mensaje declaraba, como había
escrito Ethelbert Stauffer, que "la salvación no se encuentra en
ningún otro, salvo en Augusto, y no hay otro nombre dado a los
hombres en el cual pueden ser salvos"
(Cristo y los Césares
[Westminster, 1955], p. 88).
Esta actitud era común a
todos los Césares. César era Dios; César era Salvador; César era
el único Señor. Y reclamaban para sí no sólo los títulos sino
también los derechos de la deidad. Fijaban impuestos y
confiscaban propiedades a voluntad; tomaban las esposas de
ciudadanos (y a sus esposos) para su propio placer, causaban
escasez de alimentos, ejercían el poder de vida y muerte sobre
sus súbditos, y en general intentaban controlar cada uno de los
aspectos de la realidad a través del imperio. La filosofía de
los Césares puede resumirse en una frase que se usó más y más a
medida que pasaba el tiempo:
¡César es Señor!
Éste era el principal
punto de controversia entre Roma y los cristianos. ¿Quién es
Señor? Francis Schaeffer señaló: "No olvidemos por qué eran
asesinados los cristianos. No
porque adoraban a Jesús ... a nadie le importaba quién adoraba a
quién mientras el que adoraba no trastornara la unidad del
estado, que se centraba en el culto formal a César. La razón de
que los cristianos fueron asesinados es que eran rebeldes ...
adoraban a Jesús como Dios y adoraban solamente al Dios
infinito, personal. Los Césares no tolerarían que se adorase al
único Dios solamente.
Esto se consideraba traición"
(How Shall We Then Live? [Revell, 1976], p. 24).
Para Roma, la meta de
cualquier moralidad y piedad era subordinar todas las cosas al
estado; el hombre religioso y piadoso era el que, en todo
momento de su vida, reconocía la centralidad de Roma. R. J.
Rushdoony observa que "la estructura de los actos de piedad
religiosos y de familia era Roma misma, la comunidad central y
más sagrada. Roma controlaba estrictamente todos los derechos de
asociación, asamblea, reuniones religiosas, clubes, y reuniones
callejeras, y no toleraba ningún posible rival de su
centralidad... Sólo el estado podía organizar; los ciudadanos no
podían, a menos que conspirasen. Sólo sobre esta base, la
altamente organizada Iglesia Cristiana era un delito y una
afrenta contra el estado, y una organización ilegal que en
seguida aparecía como sospechosa de conspiración"
(The One and the Many
[Thoburn Press, 1978], pp. 92s).
El testimonio de los
apóstoles y la iglesia cristiana primitiva era nada menos que
una declaración de guerra contra las pretensiones del estado
romano. Juan dice que Jesús es el
unigénito Hijo de Dios
(Juan 3:16); que Él es, en efecto, "el Dios verdadero y la vida
eterna" (1 Juan5:20-21). El apóstol Pedro declaró, poco después
de Pentecostés: "En ningún otro hay salvación, porque no hay
otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en el cual
podamos ser salvos" (Hech. 4:12). "El conflicto del cristianismo
con Roma era, pues, político desde la perspectiva de Roma,
aunque religioso desde la perspectiva cristiana. A los
cristianos nunca se les pidió que adoraran a los dioses paganos
de Roma; sólo se les pedía que reconocieran la primacía
religiosa del estado. ... El punto de discrepancia era, pues,
éste: ¿debían las leyes del emperador, las leyes del estado,
gobernar tanto al estado como a la iglesia, o debían tanto el
estado como la iglesia, tanto el emperador como el obispo por
igual, estar bajo las leyes divinas? ¿Quién representaba el
verdadero y último orden, Dios o Roma, la eternidad o el tiempo?
La respuesta romana era Roma y el tiempo, y de aquí que el
cristianismo constituyese una fe traicionera y una amenaza para
el orden político" (Rushdoony,
The One and the Many, p. 93).
El cargo presentado por
los fiscales en un juicio contra cristianos en el siglo primero
era que "todos ellos desafían los decretos de César, diciendo
que hay otro rey, uno llamado Jesús" (Hechos 17:7). Ésta era la
acusación fundamental contra todos los cristianos del imperio.
El capitán de policía rogó al anciano obispo Policarpo que
renunciase a esta posición extrema: "¿Qué mal hay en decir
César es Señor?"
Policarpo rehusó, y fue quemado en la hoguera. Miles sufrieron
el martirio sólo a causa de este punto. Para ellos, Jesús no era
"Dios" en algún sentido irrelevante de razón e inteligencia;
Jesús era el único Dios, completo soberano en todas las áreas.
Ningún aspecto de la realidad podría estar exento de sus
demandas. Nada era neutral. La iglesia confrontó a Roma con la
inflexible afirmación de la autoridad imperial de Cristo: Jesús
es el unigénito Hijo; Jesús es Dios; Jesús es Rey, Jesús es
Salvador; Jesús es Señor. Aquí había dos imperios, ambos
intentando tener absoluto dominio mundial; y eran implacables en
la guerra.
Era necesario que las
iglesias de Asia reconocieran esto plenamente, con todas sus
implicaciones. La fe en Jesucristo requiere absoluta sumisión a
su señorío, en todos los puntos, sin ningún término medio.
Confesar a Cristo significaba entrar en conflicto con el
estadismo, particularmente en las provincias donde se requería
el culto oficial a César para la transacción de los asuntos
diarios. No reconocer las afirmaciones del estado resultaría en
dificultades económicas y la ruina, y a menudo prisión, tortura
y muerte.
Algunos cristianos
transaron: "Claro, Jesús es Dios. Yo le adoro en la iglesia y en
el culto privado. Pero todavía puedo conservar mi empleo y mi
posición en el sindicato, aunque requieren que yo rinda homenaje
técnico a las deidades paganas. Es un mero detalle: después de
todo, yo todavía creo en Jesús
de corazón ...". Pero el señorío de Cristo es
universal, y la Biblia
no distingue entre el corazón y la conducta. Jesús es Señor de
todo. Para reconocerle verdaderamente como Señor, debemos
servirle en todas partes. Este es el principal mensaje de
Apocalipsis, y el que los cristianos de Asia necesitaban
desesperadamente escuchar. Vivían en el corazón mismo del trono
de Satanás, el asiento del culto al emperador; Juan escribía
para recordarles a su verdadero Rey, la posición de ellos con Él
como reyes y sacerdotes, y la necesidad de perseverar en
términos de su palabra soberana.
El tema
El propósito de
Apocalipsis era revelar a Cristo como Señor a una iglesia
sufriente. Puesto que estaban siendo perseguidos, los primeros
cristianos podían sentirse tentados a temer que el mundo
estuviera quedándose sin control - que Jesús, que había
reclamado "toda autoridad ... en el cielo y en la tierra" (Mat.
28:18), en realidad no estuviese en control en absoluto. A
menudo, los apóstoles advertían contra este error centrado en el
hombre, recordándole a la gente que la soberanía de Dios es
sobre toda la historia (incluyendo nuestras tribulaciones
particulares). Esta era la base de algunos de los más hermosos
pasajes de consuelo en el Nuevo Testamento (por ejemplo, Rom.
8:28-39; 2 Cor. 1:3-7; 4:7-15).
La principal
preocupación de Juan al escribir el libro de Apocalipsis era
justamente esto: fortalecer la comunidad cristiana en la fe del
señorío de Jesucristo, para que se dieran cuenta de que las
persecuciones que sufrían estaban íntegramente involucradas en
la gran guerra de la historia. El Señor de la gloria había
ascendido a su trono, y los impíos gobernantes ahora resistían
su autoridad persiguiendo a sus hermanos. El sufrimiento de los
cristianos no era una
señal de que Jesús había abandonado este mundo al diablo; más
bien, el sufrimiento revelaba que Jesús era Rey. Si el señorío
de Jesús hubiese sido históricamente carente de significado, los
impíos no habrían tenido ninguna razón en absoluto para molestar
a los cristianos. Pero, en lugar de eso, los impíos perseguían a
los seguidores de Jesús, mostrando su involuntario
reconocimiento de la supremacía de Jesús sobre el gobierno de
ellos. El libro de Apocalipsis presenta a Jesús montado sobre un
caballo blanco como "Rey de reyes y Señor de señores" (19:16,
combatiendo contra las naciones, juzgando y haciendo guerra en
justicia. Los cristianos perseguidos no estaban en absoluto
abandonados por Dios. En realidad, estaban en la línea del
frente en el conflicto de los siglos, un conflicto en que
Jesucristo ya había ganado la batalla decisiva. Desde su
resurrección, toda la historia ha sido una operación de
"limpieza", en la cual las implicaciones de su obra están siendo
implementadas gradualmente en todo el mundo. Juan es realista:
las batallas no serán fáciles, ni los cristianos saldrán
indemnes. A menudo serán sangrientas, y gran parte de la sangre
será nuestra. Pero Jesús es Rey, Jesús es Señor, y (como dice
Lutero) "Él tiene que ganar la batalla". El Hijo de Dios sale a
la guerra, conquistando y a conquistar, hasta que haya puesto a
todos sus enemigos debajo de sus pies.
Así, pues, el tema del
Apocalipsis era contemporáneo, es decir, fue escrito a y para
los cristianos que vivían en la época en que se entregó por
primera vez. Estábamos equivocados al interpretarlo
futurísticamente, como si su mensaje estuviese dirigido
principalmente a un tiempo 2000 años después de cuando Juan lo
escribió. (Es interesante - pero no sorprendente - que los que
interpretan el libro "futurísticamente" siempre parecen
enfocarse en su propia
época como el tema de la profecía). Convencidos de su propia
importancia, son incapaces de pensar en sí mismos como viviendo
en cualquier otra época diferente del clímax de la historia).
Por supuesto, los sucesos que Juan predijo
estaban "en el futuro"
para Juan y sus lectores; pero ocurrieron poco tiempo después de
que él escribió acerca de ellos. Interpretar el libro de otra
manera es contradecir tanto el alcance de la obra como un todo
como los pasajes particulares que indica su tema. Para nosotros,
la mayor parte del Apocalipsis (es decir, todo, excepto unos
pocos versículos que mencionan el fin del mundo) es
historia: ya sucedió.
Esto puede ser un verdadero desengaño para los que esperaban
experimentar algunas de las emocionantes escenas del libro; así
que, para ellos, tengo una pequeña palabra de consuelo:
Alégrense - ¡las abejas asesinas todavía están en camino al
norte! Además, la bestia tiene un ejército de modernos
imitadores, así que ustedes todavía tienen una oportunidad de
ser decapitados. Desafortunadamente, los que habían abrigado la
esperanza de escapar a los fuegos artificiales en el rapto no
tienen tanta suerte. Tendrán que avanzar con dificultad hacia la
victoria junto con el resto de nosotros.
La iglesia primitiva
tenía dos grandes enemigos: el Israel apóstata y la Roma pagana.
Muchos cristianos murieron a manos de ellos (en realidad, estos
dos enemigos de la iglesia a menudo cooperaban el uno con el
otro ejecutando cristianos, como lo habían hecho en la
crucifixión del mismo Señor). Y el mensaje de Apocalipsis era
que estos dos perseguidores, inspirados por Satanás, pronto
serían juzgados y destruidos. Su mensaje era contemporáneo, no
futurista.
Algunos se quejarán de
que esta interpretación convierte a Apocalipsis en "irrelevante"
para nuestro tiempo. Una idea más errónea es inimaginable. ¿Son
irrelevantes los libros de Romanos y Efesios sólo porque fueron
escritos para los creyentes del siglo primero? ¿Deben ser hechos
a un lado los libros de 1 Corintios y Gálatas porque tratan de
problemas del siglo primero? ¿No es toda la Escritura útil para
los creyentes en todas las épocas (2 Tim. 3:16-17)? En realidad,
son los futuristas los
que han convertido a Apocalipsis en irrelevante - porque, en la
hipótesis futurista, ¡el libro ha sido inaplicable desde el
momento en que fue escrito hasta el siglo veinte! Sólo si vemos
a Apocalipsis en términos de su relevancia contemporánea es el
libro cualquier cosa menos letra muerta. Desde el comienzo, Juan
dijo que el libro estaba dirigido a "las siete iglesias que
están en Asia" (1:4), y tenemos que suponer que quería decir lo
que estaba diciendo. Claramente, esperaba que hasta los más
oscuros símbolos de la profecía fuesen comprendidos por sus
lectores del siglo primero (13:18). Ni una sola vez dio a
entender que su libro fue escrito teniendo en mente el siglo
veinte, y que los cristianos estarían desperdiciando el tiempo
intentando descifrarlo hasta que se inventasen las estaciones
espaciales. La principal relevancia del libro de Apocalipsis era
para sus lectores del siglo primero. Todavía es relevante para
nosotros hoy día al entender nosotros su mensaje y aplicar sus
principios a nuestras vidas y nuestra cultura. Jesucristo
todavía demanda de nosotros lo que demandaba de la iglesia
primitiva: absoluta fidelidad hacia él.
Pueden señalarse aquí
varias líneas de evidencia en favor de la naturaleza
contemporánea de Apocalipsis.
Primera, está el tono general del libro, que trata de los
mártires (véase, por ejemplo, 6:9; 7:14; 12:11). El tema es
claramente la actual situación de las iglesias: el Apocalipsis
se escribió a una iglesia sufriente para consolar a los
creyentes durante su tiempo de prueba.
Segunda, Juan escribe
que el libro concierne a "las cosas que deben suceder pronto"
(1:1), y advierte que "el tiempo está cerca" (1:3). En caso de
que se nos escape, Juan dice nuevamente, al final del libro, que
"el Señor, el Dios de los espíritus de los profetas, envió a su
ángel para mostrar a sus siervos las cosas que deben suceder
pronto" (22:6). Dado que una prueba importante de un verdadero
profeta reside en el hecho de que sus predicciones se cumplan
(Deut. 18:21-22), los lectores de Juan del siglo primero tenían
toda la razón de esperar que su libro tuviese importancia
inmediata. Simplemente, no se puede hacer que las palabras
pronto y
cerca signifiquen nada
diferente de lo que dicen. Si yo le digo a usted: "Estaré allí
pronto", y no me
aparezco en 2000 años, ¿no diría usted que yo estoy siendo un
poquito tardío? Algunos objetarán a esto basándose en 2 Pedro
3:8, que dice que "para el Señor un día es como mil años, y mil
años como un día". Pero el contexto allí es enteramente
diferente: Pedro nos está exhortando a tener paciencia con
respecto a las promesas de Dios, asegurándonos que la fidelidad
de Dios a su santa Palabra no se gastará ni disminuirá.
El libro de Apocalipsis
no es sobre la Segunda
Venida. Es sobre la destrucción de Israel y la victoria de
Cristo sobre Roma. En realidad, la palabra
venida, como se usa en
el libro de Apocalipsis, jamás
se refiere a la Segunda Venida. Apocalipsis profetiza el
juicio de Dios sobre los dos antiguos enemigos de la iglesia; y
aunque pasa a describir brevemente ciertos sucesos del fin del
tiempo, esa descripción es meramente un "resumen" para mostrar
que los impíos jamás
prevalecerán contra el reino de Cristo. Pero el foco principal
de Apocalipsis es sobre sucesos que habrían de tener lugar
pronto.
Tercera, Juan
identifica ciertas situaciones como contemporáneas: en 13:18,
Juan anima claramente a sus lectores contemporáneos a calcular
el "número de la bestia" y a descifrar su significado; en 17:10,
uno de los siete reyes
está actualmente en el trono; y Juan nos dice que la gran
ramera "es [tiempo verbal presente] la gran ciudad, que
reina [tiempo verbal
presente] sobre los reyes de la tierra" (17:18). Repetimos, el
propósito era que Apocalipsis se entendiese en términos de su
importancia contemporánea. Una interpretación futurista es
completamente opuesta a la manera en que el mismo Juan
interpreta su propia profecía.
Cuarta, debemos notar
cuidadosamente las palabras del ángel en 22:10: "No selles las
palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está
cerca". Por supuesto, nuevamente se nos dice explícitamente que
la profecía es de naturaleza contemporánea; pero hay más. La
declaración del ángel contrasta con el mandamiento que recibió
Daniel el final de su libro: "Cierra las palabras y
sella el libro hasta el
tiempo del fin" (Dan. 12:4). A Daniel se le ordenó
específicamente que sellara su profecía, porque se refería al
"tiempo del fin", al futuro distante. Pero a Juan se le dijo que
no sellara su profecía,
¡porque el tiempo del cual hablaba estaba
cerca!
Así, pues, la atención
del libro de Apocalipsis se centra en la situación contemporánea
de Juan y sus lectores del siglo primero. Se escribió para
mostrar a aquellos cristianos primitivos que Jesús es Señor,
"que gobierna sobre los reyes de la tierra" (Apoc. 1:5). Muestra
que Jesús es la clave de la historia mundial - que nada puede
ocurrir aparte de su soberana voluntad, que él será glorificado
en todas las cosas, y que sus enemigos morderán el polvo. Los
cristianos de esa época se sentían tentados a transar con el
estadismo y las falsas religiones de su tiempo, y necsitaban
este mensaje del absoluto dominio de Cristo sobre todos, para
que se sintieran fortalecidos en la lucha a la cual habían sido
llamados.
Y nosotros también
necesitamos este mensaje. Nosotros también estamos sujetos
diariamente a las amenazas y las seducciones de los enemigos de
Cristo. A nosotros también se nos pide - aun de parte de otros
cristianos - a transar con las modernas bestias y rameras para
salvarnos (o salvar nuestros empleos, nuestras propiedades, o
nuestra exención de impuestos). Nosotros también nos enfrentamos
a una elección: rendirnos a Jesucristo o rendirnos a Satanás.
Apocalipsis habla poderosamente de los temas en discusión a los
que nos enfrentamos hoy día, y su mensaje para nosotros es el
mismo que para la iglesia primitiva: que no hay una sola pulgada
de terreno neutral entre Cristo y Satanás, que nuestro Señor
demanda sumisión universal a su gobierno, y que Jesús ha
predestinado a su pueblo a una victoriosa conquista y un
victorioso dominio sobre todas las cosas en su nombre. No debe
haber ninguna transacción y no se debe dar cuartel en la gran
batalla de la historia. Se nos ordena
ganar.
Capítulo 19
UN
BREVE RESUMEN DE APOCALIPSIS
Porque el Señor tocó todas las
partes de la creación, y les liberó y les despojó de todo
engaño. Como dice Pablo: "Y despojando a los principados y a las
potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en
la cruz" [Col. 2:15], de modo que nadie podía ser engañado más,
sino que en todas partes podía encontrar la palabra de Dios.
Atanasio,
On the Incarnation [45]
El libro de Apocalipsis no es
imposible de entender, pero es extremadamente complejo. Se
necesitarían libros y libros para explicar completamente su
extenso uso de imágenes del Antiguo Testamento. Mi propósito en
el presente libro es, por supuesto, simplemente presentar, en un
amplio bosquejo, una exposición bíblica de la escatología de
señorío. (Los que deseen un tratamiento más completo de estos
temas deben consultar mi comentario sobre Apocalipsis,
Days of Vengeance, así
como otras obras listadas en la Bibliografía).
En general, el libro de
Apocalipsis es una profecía del fin del antiguo orden y el
establecimiento de un nuevo orden. Es un mensaje para la iglesia
de que las terribles convulsiones que recorren el mundo en todas
sus esferas comprendían las finales "conmociones del cielo y de
la tierra", poniendo fin, de una vez por todas, con el sistema
del pacto antiguo, anunciando que el reino de Dios había venido
a la tierra y quebrantado el dominio de Satanás sobre las
naciones. En la destrucción de Jerusalén, el reino antiguo, y el
templo, Dios reveló que ellos habían sido meramente la
estructura de su ciudad eterna, su nación santa, y el templo más
glorioso de todos.
Mirad que no desechéis al que
habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los
amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos
al que amonesta desde los cielos. La voz del cual conmovió
entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una
vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo.
Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas
movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles.
Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos
gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor
y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor (Heb.
12:25-29).
El siguiente delineamiento
proporciona meramente un bosquejo conciso del mensaje principal
de Apocalipsis. En interés de la brevedad, su carácter literario
formal (¡por ejemplo, el hecho de que está estructurado en
términos tanto de la semana de la creación como del calendario
de festividades del Antiguo Testamento!) será ignorado por
ahora.
El
Capítulo Uno introduce
el tema de la profecía, asegurando a los lectores que los
cristianos están gobernando
ahora, aun en tribulaciones, como reyes y sacerdotes.
Cierra con una visión de Jesucristo, haciendo uso de algunos
símbolos importantes que aparecen más tarde en el libro.
Los
Capítulos Dos y Tres
contienen mensajes del Señor para las siete iglesias de Asia
Menor. Las cartas tratan de los principales temas de la
profecía, particularmente los problemas del judaísmo, el
estadismo, y la persecución. Cristo declara que su iglesia es el
verdadero Israel, el heredero en derecho de las promesas del
pacto, e insta a su pueblo a "vencer", a conquistar y a reinar
en su nombre. Aunque estas cartas se descuidan po lo general, en
realidad comprenden la sección central de la profecía. En gran
medida, las visiones posteriores son simplemente ilustraciones
suplementarias de las lecciones de este pasaje.
Los
Capítulos Cuatro y Cinco
dan la filosofía bíblica de la historia: todas las cosas son
vistas desde la perspectiva del trono de Dios. Cristo es
revelado como el Conquistador, digno de abrir el libro de los
juicios de Dios; la creación y la historia se centran en Él.
Los
Capítulos Seis y Siete
muestran el rompimiento de los siete sellos en el pergamino,
simbolizando los juicios que están a punto de caer sobre el
Israel apóstata. Se muestra específicamente que estos juicios
son respuestas divinas a las oraciones imprecatorias de la
iglesia contra sus enemigos; las acciones gubernamentales y
litúrgicas de la iglesia es el medio de cambiar la historia
mundial.
Los
Capítulos Ocho y Nueve
extienden este mensaje a la apertura real del rollo, revelando
la coordinación entre las declaraciones judiciales de la iglesia
en la tierra y los decretos de Dios desde el cielo. Jerusalén es
entregada a Satanás y sus legiones demoníacas, que inundan la
ciudad para poseer y consumir a sus impíos habitantes, hasta que
la nación entera es conducida a una locura suicida.
Los
Capítulos Diez y Once
presentan nuevamente una visión de Cristo, que anuncia que la
nueva creación y el nuevo pacto son un hecho consumado. La
iglesia testificante y profética, aparentemente aniquilada por
la persecución judía, es resucitada; y son los perseguidores los
que son aplastados. Con la destrucción de Jerusalén y el colapso
de la estructura del pacto antiguo, se revela al mundo que el
templo nuevo y final se ha completado y llenado.
El
Capítulo Doce forma un
dramático interludio, presentando la batalla básica de la
historia en el conflicto cósmico entre Cristo y Satanás. El Hijo
de Dios asciende al trono de su reino, incólume y victorioso, y
Satanás se vuelve entonces para perseguir a la iglesia.
Nuevamente, esto asegura al pueblo de Dios que todas sus
persecuciones se originan en la guerra total de las fuerzas del
mal contra Cristo, la simiente de la mujer, que ha sido
predestinado para aplastar la cabeza del dragón. Con Cristo, la
iglesia será más que vencedora.
El
Capítulo Trece revela
la guerra total que se aproximaba entre la fiel iglesia y el
Imperio Romano pagano (la bestia). Al pueblo de Dios se le
advierte que las fuerzas religiosas del judaísmo apóstata se
alinearán con el estado romano, tratando de hacer cumplir el
culto a César en lugar del culto a Jesucristo. Con la fe en el
señorío de Jesucristo, la iglesia ha de ejercer una paciencia
firme; la revolución está condenada.
Los
Capítulos Catorce, Quince y
Dieciséis revelan el victorioso ejército de los
redimidos, de pie sobre el monte Sión cantando un canto de
triunfo. Se ve a Cristo viniendo en la nube de juicio sobre el
rebelde Israel, pisando las uvas maduras de la ira. El templo se
abre, y mientras la nube de gloria llena el santuario, los
juicios divinos son derramados desde él, trayendo las plagas
egipcias sobre los apóstatas.
Los
Capítulos Diecisiete y
Dieciocho revelan la esencia del pecado de Jerusalén como
adulterio espiritual. Jerusalén ha abandonado a su esposo
legítimo y está fornicando con los gobernantes paganos, adorando
a César, "ebria con la sangre de los santos"; la santa ciudad se
ha convertido en otra Babilonia. Dios hace un llamado final a su
pueblo para que se separe de la prostitución de Jerusalén y la
abandone a los devastadores ejércitos del imperio. A la vista de
la completa ruina del Israel apóstata, se regocijan los santos
en el cielo y en la tierra.
El
Capítulo Diecinueve
comienza con la comunión - la gozosa fiesta de bodas de Cristo y
su Esposa, la iglesia. Luego, la escena cambia para revelar el
venidero dominio mundial del evangelio, mientras el Rey de reyes
cabalga con su ejército de santos para librar una guerra santa
para reconquistar la tierra. El agente de la victoria es su
Palabra, que sale de su boca como una espada.
El
Capítulo Veinte da una
historia resumida del nuevo orden mundial, desde la primera
venida de Cristo hasta el fin del mundo. El Señor ata a a
Satanás y entroniza a su pueblo como reyes y sacerdotes con el
Señor. El intento final de Satanás para derribar al Rey es
aplastado, y comienza el juicio final. Los justos y los impíos
son separados eternamente, y el pueblo de Dios entra en su
herencia eterna.
Los
Capítulos Veintiuno y
Veintidós registran una visión de la iglesia en toda su
gloria, comprendiendo aspectos tanto terrenales como
celestiales. La iglesia es revelada como la ciudad de Dios, el
principio de la nueva creación, que extiende una influencia
mundial, atrayendo a sí misma a todas las naciones, hasta que la
tierra entera es un sólo templo glorioso. La metas del paraíso
se consuman en el cumplimiento del mandato de dominio.
Con esta amplia vista general
en mente, ahora podemos proceder a un estudio más detallado de
las imágenes de Apocalipsis, concentrándonos en cuatro de los
símbolos más dramáticos y controversiales: la bestia, la ramera,
el milenio, y la nueva Jerusalén. Como veremos, cada una de
estas imágenes le habló a la iglesia del siglo primero sobre
realidades contemporáneas, asegurando al pueblo de Dios el
señorío universal de Cristo y animándole en la esperanza del
triunfo universal del evangelio.
Capítulo 20
LA BESTIA Y EL FALSO
PROFETA
(Apocalipsis 13)
Por lo tanto, el
bienaventurado Moisés de la antigüedad ordenó la gran fiesta
de la Pascua, y nuestra celebración de ella porque, a saber,
Faraón fue muerto y el pueblo fue librado de la esclavitud.
Porque en aquellos tiempos ocurría especialmente que, cuando
los que tiranizaban al pueblo habían muerto, las
festividades temporales y los días especiales se celebraban
en Judea.
Sin embargo, mis
amados, ahora que el diablo, ese tirano contra el mundo
entero, es muerto, no nos acercamos a ninguna fiesta
temporal, sino a una fiesta eterna y celestial. No en
sombras, sino que venimos a ella en verdad. Porque ellos,
habiéndose llenado de la carne de un cordero inocente,
tuvieron la fiesta y, habiendo ungido con la sangre los
dinteles de sus puertas, imploraron ayuda contra el
destructor. Pero ahora nosotros, comiendo el Verbo del
Padre, y teniendo nuestros corazones sellados con la sangre
del Nuevo Testamento, reconocemos la gracia que nos ha dado
el Salvador, que dijo: "He aquí os doy potestad de hollar
serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y
nada os dañará" [Lucas 10:19]. Porque ya no reina más la
muerte; porque, en vez de la muerte, de ahora en adelante
reina la vida, pues nuestro Señor dijo: "Yo soy la vida"
[Juan 14:6]; así que todo está lleno de gozo y alegría; como
está escrito: "Jehová reina; regocíjese la tierra" [Sal.
97:1].
Atanasio,
Letters
[iv]
El libro de Apocalipsis
es un documento de pacto.
Es una profecía, como las profecías del Antiguo Testamento. Esto
significa que no tiene que ver con hacer "predicciones" de
sucesos asombrosos como tales. Como profecía, el centro de su
tema es redención y ética. Tiene que ver con el
pacto. No hay ninguna
oportunidad de que los escritores bíblicos hubiesen considerado
importante profetizar sobre helicópteros Cobra (que habrían
quedado anticuados a causa del "Blue Thunder"), o computadoras
personales, o goma de mascar, o naves espaciales. Tampoco les
habría interesado predecir el futuro de los Estados Unidos de
América, la Unión Soviética, o el Gran Ducado de Luxemburgo. El
punto no es que estas cosas no son importantes (en grados
variables), ni que los cristianos "espirituales" no deben
preocuparse de todas las áreas de la vida; debemos hacerlo. Pero
el punto es que la Biblia es
la revelación de Dios acerca de su pacto con su pueblo.
El libro no se escribió para satisfacer nuestra curiosidad sobre
el Mercado Común ni la tasa de interés
prime.
Se escribió para mostrar lo
que Dios ha hecho para salvar a su pueblo y glorificarse a Sí
mismo por medio de ese pueblo.
Por lo tanto, aun cuando
Dios habla del Imperio Romano en el libro de Apocalipsis, su
propósito no es contarnos emocionantes noticias sobre la vida en
la corte de Nerón. Dios habla de Roma sólo en relación con el
pacto y la historia de la redención. El Imperio Romano no es
visto en términos de sí mismo, sino solamente en términos de (1)
la tierra (Israel) y
(2) la Iglesia.
La bestia que sube del mar
El Imperio Romano está
simbolizado en Apocalipsis como un animal voraz y feroz, salvaje
y bajo maldición. Juan dice que su aspecto era como el de un
leopardo, un oso, y un león (Apoc. 13:2) - los mismos animales
que se usan para describir a los tres primeros de los cuatro
grandes imperios mundiales en Daniel 7:1-6 (Babilonia,
Medo-Persia, y Grecia; véase la descripción que hace Daniel de
los mismos imperios bajo un símbolo diferente, en Dan. 2:31-45).
El cuarto imperio, Roma, participa de las características
malvadas y bestiales de los otros imperios, pero es mucho peor.
"Después de esto, miraba yo en las visiones de la noche, y he
aquí la cuarta bestia, espantosa y terrible y en gran manera
fuerte, la cual tenía unos dientes grandes de hierro; devoraba y
desmenuzaba, y las sobras hollaba con sus pies, y era muy
diferente de todas las bestias que vi antes de ella, y tenía
diez cuernos" (Dan. 7:7). La bestia de Apocalipsis es claramente
el Imperio Romano.
Sin embargo, esta bestia
no es sólo una institución, sino una persona; específicamente,
como veremos, el emperador Nerón. ¿Cómo podía este símbolo
haberse referido tanto al emperador como al imperio? Porque, en
cierto sentido (particularmente la manera en que la Biblia
considera las cosas), los dos
podrían ser considerados como
uno. Roma era identificada con su líder; el el imperio
estaba personificado en Nerón. Por ello, la Biblia puede moverse
hacia atrás y hacia adelante entre ellos, o considerarlos a
ambos juntos, bajo la misma designación. Y tanto Nerón como el
imperio estaban hundidos en actividades degradantes, degeneradas
y bestiales. Nerón, que asesinó a numerosos miembros de su
propia familia (incluyendo a su esposa embarazada, a la cual
mató a patadas); que era homosexual, la etapa final de la
degradación (Rom. 1:24-32); cuyo afrodisíaco consistía de
observar a personas sufrir las torturas más horripilantes y
repugnantes; que se vestía como una bestia salvaje para atacar y
violar a prisioneros y prisioneras; que usaba los cadáveres de
cristianos que ardían en la hoguera como las originales "velas
romanas" para iluminar sus obscenas fiestas de jardín; que
desató la primera persecución imperial de los cristianos a
instigación de los judíos, para destruir la iglesia.
Este pervertido
animalístico era el jefe del imperio más poderoso de la tierra.
Y fijó la tónica para sus súbditos. Roma era la cloaca moral del
mundo.
Consideremos lo que el libro de Apocalipsis nos dice sobre
Nerón/Roma, la bestia. Primero,
Juan lo vio "saliendo del mar" (Apoc. 13:1). En un sentido
visual, dramático, por supuesto, el poderoso Imperio Romano sí
pareció surgir del mar, desde la península itálica a través del
océano. Sin embargo, más que esto, hay el simbolismo bíblico del
mar. En la creación original, la tierra era una masa de
oscuridad, fluida, informe, inhabitable, que la luz del Espíritu
"venció" (Gén. 1:2; Juan 1:5). Obviamente, no había ningún
conflicto verdadero entre Dios y su creación; en el principio,
todo era "muy bueno". El mar es más fundamentalmente una imagen
de vida. Pero, después de la caída, se usa la
imagen del abismo
rugiente y se desarrolló en la Escritura como símbolo del mundo
en caos por medio de la rebelión de los hombres y las naciones
contra Dios: "Los impíos son como el mar en tempestad, que no
puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo" (Isa.
57:20; ver 17:12). Por eso se le dice a Juan más tarde que "las
aguas que viste ... son pueblos y multitudes y naciones y
lenguas" (Apoc. 17:15). De esta caótica y rebelde masa de
humanidad surgió Roma, un imperio entero fundado en la premisa
de oposición a Dios.
Segundo, Juan vio que
la bestia tenía "diez cuernos y siete cabezas" (Apoc. 13:1), a
la imagen del dragón (12:3), que le da a la bestia "su poder y
su trono y gran autoridad" (13:2). Los diez cuernos (poderes) de
la bestia se explican en Apocalipsis 17:12 en términos de los
gobernadores de las diez provincias imperiales, mientras que las
siete cabezas se explican como la línea de los Césares
(17:9-11). Nerón es una de las "cabezas" (regresaremos a esto en
el próximo capítulo).
Tercero, "y sobre sus
cabezas, un nombre blasfemo" (13:1). Como ya hemos visto, los
Césares eran dioses. Cada emperador era llamado
Augusto o
Sebasto, que significa
Al que debe rendírsele culto;
también, tomaban el nombre de
divus (dios) y hasta los de
Deus y
Theos (Dios). Se les
erigieron muchos templos por todo el Imperio, especialmente,
como hemos visto, en Asia Menor. Los Césares romanos recibían
honores que pertenecían sólo al único Dios verdadero; Nerón
exigía absoluta
obediencia, y hasta se hizo construir una imagen, de 120 pies de
altura. Por esta razón, Pablo llamó a César "el hombre de
pecado"; Pablo dijo que César era "el hijo de perdición, que se
opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto
de culto; tanto, que se sienta en el templo de Dios como Dios,
haciéndose pasar por Dios" (2 Tes. 2:3-4). Juan subraya este
aspecto de la bestia: "También se le dio boca que hablaba
grandes cosas y blasfemias ... Y abrió su boca en blasfemias
contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo, y
de los que moran en el cielo" (13:5-6). Los cristianos fueron
perseguidos precisamente porque rehusaron participar en este
idolátrico culto al emperador.
Cuarto, Juan vio "una
de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue
sanada" (13:3). Algunos han señalado que, después de que Nerón
fue asesinado, comenzó a circular el rumor de que resucitaría y
recuperaría el trono; se supone que, de algún modo, Juan debe
estar refiriéndose a ese mito. Esto me parece un modo muy
insatisfactorio de tratar con la Escritura. Juan menciona la
"herida mortal" de la bestia tres veces en este pasaje (ver v.
12, 14); claramente, este es mucho más que un símbolo casual, y
debemos intentar una explicación bíblica para él.
Como ya vimos, la bestia
se parece a la serpiente. El hecho de que recibe una
herida en la cabeza
debería hacernos pensar en la escena del huerto de Edén, cuando
Dios prometió que Cristo vendría y aplastaría la cabeza de la
serpiente. Daniel había profetizado que, en los días de los
gobernantes romanos, el reino de Cristo aplastaría a los
imperios satánicos y los reemplazaría, llenando la tierra. En
consecuencia, el testimonio apóstolico proclamó que eñ reino de
Cristo había llegado, que el diablo había sido derrotado,
desarmado, y atado, y que todas las naciones comenzarían a
confluir hacia el monte de la casa de Jehová. Dentro de la
primera generación, el evangelio se difundió rápidamente
alrededor del mundo, a todas las naciones; surgieron iglesias
por doquiera, y los miembros de la propia casa de César vinieron
a la fe (Fil. 4:22). En realidad, Tiberio César hasta solicitó
formalmente que el Senado romano reconociera oficialmente la
divinidad de Cristo. En consecuencia, durante un tiempo, pareció
que estuviese ocurriendo un golpe: el cristianismo estaba en
ascnso, y pronto asumiría el control. La cabeza de Satanás había
sido aplastada, y con ella, el Imperio Romano había sido herido
de muerte con la espada (Apoc. 13:14) del evangelio.
Pero entonces la
situación se invirtió. Aunque el evangelio se había difundido
por todas partes, también lo habían hecho la herejía y la
apostasía; y bajo la persecución de los judíos y el estado
romano, gran número de cristianos comenzó a apostatar. El Nuevo
Testamento da la definida impresión de que
la mayor parte de las
iglesias se desmoronó y abandonó la fe; bajo la persecución de
Nerón, la iglesia parecía haber sido aplastada enteramente. La
bestia había recibido la herida en la cabeza, la herida de
muerte - pero todavía vivía. La realidad, por supuesto, era que
Cristo había derrotado
al dragón y a la bestia; pero las implicaciones de su victoria
todavía tenían que ser resueltas; los santos todavía que vencer,
y tomar posesión (Dan. 7:21-22; Apoc. 12:11).
Quinto, "y se maravilló
toda la tierra en pos de la bestia; y adoraron al dragón, porque
dio su autoridad a la bestia; y adoraron a la bestia, diciendo:
¿Quién como la bestia, y quién podrá hacer guerra contra ella?
(13:3-4). Juan está hablando ahora del
mundo después de la
bestia; la palabra que él usa aquí debe traducirse como tierra,
que significa Israel.
Sabemos esto por el contexto porque el contxto identifica a sus
adoradores como los que moran
en la tierra (Apoc. 13:8, 12, 14) - una frase técnica
usada varias veces en Apocalipsis para denotar al Israel
apóstata. En el Antiguo Testamento griego (la versión usada por
la iglesia primitiva), es una expresión profética común para
referirse al Israel rebelde,
idólatra que estaba a punto de ser destruido y expulsado de la
tierra (Jer. 1:14; 10:18; Eze. 7:7; 36:17; Oseas 4:1,3;
Joel 1:2, 14; 2:1; Sof. 1:8), basándose en el uso original en
los libros históricos de la Biblia
para referirse a los paganos
rebeldes e idólatras que estaban a punto de ser destruidos y
expulsados de la tierra (Núm. 32:17; 33:52, 55; Josué
7:9; 9:24; Judas 1:32; 2 Sam.5:6; 1 Crón. 11:4; 22:18; Neh.
9:24). Israel se había convertido en una nación de paganos, y
estaba a punto de ser destruido, exiliado, y suplantado por una
nueva nación. Por supuesto, es verdad que Nerón era amado en
todo el imperio como el benévolo proveedor de bienestar y
entretenimiento. Pero es
Israel en particular el que es condenado por el culto al
emperador. Enfrentados con una elección entre Cristo y César,
habían proclamado: ¡No tenemos más rey que César! (Juan 19:15).
Su reacción a la guerra aparentemente victoriosa de César contra
la iglesia (Apoc. 11:7) fue de asombro y adoración.
Israel se puso de parte de
César y el imperio contra Cristo y la iglesia. Por
consiguiente, en fin de cuentas, estaban adorando al dragón, y
por esta razón, Jesús mismo llamó a sus asambleas de culto
sinagogas de Satanás
(Apoc. 2:9; 3:9).
Sexto, a la bestia se
le dio "autoridad para actuar durante cuarenta y dos meses"
(13:5), "para hacer guerra contra los santos y vencerlos"
(13:7). El período de 42 meses (tres años y medio) -
un siete roto) es una
figura simbólica en lenguaje profético, que significa un tiempo
de tristeza, cuando los enemigos de Dios están en el poder, o
cuando el juicio está siendo derramado (tomado del período de
sequía entre la primera aparición de Elías y la derrota de Baal
en el monte Carmelo). Su uso profético no es
principalmente literal,
aunque es interesante que la
persecución de Nerón contra la iglesia sí ocurrió durante 42
meses, desde mediados de noviembre de 64 hasta principios
de 68.
Séptimo, Juan les
proporcionó a sus lectores una identificación positiva de la
bestia: "Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, cuente
el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es
seiscientos sesenta y seis. Hay varios aspectos importantes de
este extraño número; sólo examinaremos dos de ellos aquí.
El primer punto es que
el Antiguo Testamento ya nos ha hablado del 666. Se encuentra en
los libros de Reyes y Crónicas, ciertamente algunos de los
libros más descuidados de la Biblia. Sin embargo, es interesante
notar que Juan toma muchos de sus números simbólicos de estos
libros (por ejemplo, compárese a 1 Crón. 24:1-19 con Apoc. 4:4).
Estos escritos históricos nos dicen que Salomón (un tipo bíblico
tanto de Cristo como de la bestia) recibió
666 talentos de oro en
un año, en la cúspide de su poder y su gloria (1 Reyes 10:14; 2
Crón. 9:13). Ese número marca tanto la cúspide de su reino como
el principio de su declinación; de allí en adelante, todo va
cuesta abajo hasta llegar a la apostasía. Una por una, Salomón
viola las tres leyes de reinado piadoso registradas en
Deuteronomio 17:16-17: no amontonar oro (1 Reyes 10:14-25), no
tener muchos caballos (1 Reyes 10:26-29), y no tener muchas
mujeres (1 Reyes 11:1-8). Para los hebreos,
el 666 era un signo terrible
de apostasía, la marca tanto de un rey como un estado a imagen
del dragón.
El segundo punto que
debemos considerar sobre el número 666 es éste. Tanto en griego
como en hebreo, cada letra del alfabeto es también un numeral
(véase la tabla de los numerales al final de este capítulo). Por
eso, el "número" del nombre de cualquier persona podría
calcularse simplemente sumando el valor numérico de sus letras.
Es claro que Juan esperaba que sus lectores
contemporáneos fuesen
capaces de usar este método para descubrir el número de la
bestia - indicando así, nuevamente, el mensaje
contemporáneo de
Apocalipsis; Juan no esperaba que sus lectores calculasen el
número de algún funcionario de un gobierno extranjero del siglo
veinte. Sin embargo, al mismo tiempo, Juan les dice que no será
tan fácil como piensan: será necesario que alguien "entienda".
Porque Juan no dio un número que pudiese ser interpretado en
griego, que es lo que esperaría un funcionario romano que
examinara Apocalipsis en busca de contenido subversivo. El
elemento inesperado en el cómputo era que tenía que ser
interpretado en hebreo,
un idioma que conocerían por lo menos algunos miembros de las
iglesias. Para ahora, sus lectores habrían adivinado que estaba
hablando de Nerón, y los que entendían hebreo probablemente
captaron el mensaje inmediatamente. Los valores numéricos de las
letras hebreas
en
Nerón Kesar (Nerón César) son:
Es significativo que
todos los primeros escritores cristianos, aun los que no
entendían hebreo y, por lo tanto, estaban confundidos por el
número 666, relacionaron al Imperio Romano, y especialmente a
Nerón, con la bestia. No debería haber ninguna duda razonable en
cuanto a esto. Juan estaba escribiendo para los cristianos del
siglo primero, advirtiéndoles de cosas que tendrían lugar
"pronto". Estaban involucrados en la batalla más crucial de la
historia, contra el dragón y el malvado imperio que el dragón
poseía. El propósito de Apocalipsis era reconfortar a la iglesia
con la certeza de que Dios estaba en control, de modo que ni
siquiera el tremendo poderío del dragón y la bestia podrían
sostenerse delante de los ejércitos de Jesucristo. El número de
hombre es seis (Gén. 1:27, 31); Cristo fue herido en el calcañar
el sexto día (viernes) - pero ése es el día en que aplastó la
cabeza del dragón. Juan dice que, en su poderío máximo, Nerón es
sólo un seis, o una
serie de seises; nunca un
siete. Sus planes de dominio mundial jamás se cumplirían,
y la iglesia vencería.
La bestia que sube de la tierra
Así como la bestia que
sube del mar era una imagen del dragón, así también vemos otra
criatura en Apocalipsis 13, que es una imagen de la bestia. Juan
vio a esta bestia que "subía de la tierra" (13:11), que surgía
desde dentro del mismo Israel. En Apocalipsis 19:20 se nos da la
identidad de esta bestia de la tierra: es "el falso profeta".
Como tal, representa lo que Jesús había predicho que ocurriría
en los últimos días de Israel: "Porque vendrán muchos en mi
nombre, diciendo. Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán ...Y
muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos"
(Mat. 24:5, 11). El surgimiento de los falsos profetas era
paralelo al de los anticristos; pero, mientras que los
anticristos habían apostatado hacia el judaísmo desde dentro de
la iglesia, los falsos profetas eran líderes religiosos judíos
que trataban de seducir a los cristianos desde fuera.
Es importante recordar
que el judaísmo no es
religión del Antiguo Testamento, sino más bien un completo
rechazo de la fe bíblica en favor de la herejía farisaica,
talmúdica. Como los Mormones, los Testigos de Jehová, la Iglesia
de la Unificación, y otras sectas, el judaísmo afirma que está
basado en la Biblia; pero su verdadera autoridad procede de las
tradiciones de hombres. Jesús hablaba bastante claro: el
judaísmo niega a Cristo
porque niega a Moisés.
Sólo el cristianismo
ortodoxo es la verdadera continuación y el verdadero
cumplimiento de la religión del Antiguo Testamento (véase Mat.
5:17-20; 15:1-9; Mar. 7:1-13; Luc. 16:29-31; Juan 5:45-47; 8:
42-47).
Los falsos profetas
judíos tenían la apariencia de un cordero (Apoc. 13:11), como
Jesús había advertido (Mat. 7:15); pero "hablaban como dragón"
(Apoc. 13:11). ¿Cómo habla el dragón? Usa un lenguaje engañoso,
sutil, seductor para alejar al pueblo de Dios de la fe y
llevarlo a una trampa (Gén. 3:1-6, 13; 2 Cor. 11:3; Apoc. 12:9);
además, es mentiroso, calumniador, y blasfemo (Juan 8:44; Apoc.
12:10). El libro de Hechos registra numerosos ejemplos de falso
testimonio draconiano por los judíos contra los cristianos, un
gran problema para la iglesia cristiana (Hech. 6:9-15; 13:10;
14:2-5; 17:5-8; 18:6, 12-13; 19:9; 21:27-36; 24:1-9; 25:2-3, 7).
Los dirigentes judíos,
simbolizados por esta bestia que surgía de la tierra, unieron
fuerzas con la bestia de Roma en un intento por destruir a la
iglesia (Hech. 4:24-28; 12:1-3; 13:8; 14:5; 17:5-8; 18:12-13;
21:11; 24:1-9; 25:2-3, 9, 24). Llevaron a Israel a rendirle
culto al emperador (Apoc. 13:12); y, al servicio de la
apostasía, los falsos profetas hasta hicieron milagros (Apoc.
13:13-15). Jesús había advertido que "se levantarían falsos
Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios,
de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los
escogidos" (Mat. 24:24). Nuevamente, Hechos registra casos de
milagros llevados a cabo por los falsos profetas judíos,
incluyendo el hecho de que, como había predicho Jesús (Mat.
7:22-23), algunos de ellos hasta usaron el nombre de Él en sus
encantamientos (Hech. 13:6-11;19:13-16).
Los líderes judíos
hacían cumplir la sumisión al emperador. De hecho, su acusación
contra Cristo mismo era que era rival de la abarcante autoridad
de César (Juan 19:12-15). De manera similar, organizaban boycots
económicos contra los que rehusaban someterse a César como
Señor, y llegaron hasta a ejecutarles (Apoc. 13:15-17). El libro
de los Hechos está tachonado de incidentes de persecución judía
organizada contra la iglesia (Hech. 4:1-3, 15-18; 5:17-18,
27-33, 40; 7:51-60; 9:23, 29; 13:45-50; 14:2-5; 17:5-8, 13;
18:17; 20:3; 22:22-23; 23:12, 20-21; 24:27; 26:21; 28:17-29; ver
1 Tes. 2:14-16).
El Nuevo Testamento da
abundante testimonio de este hecho. Los altos dirigentes judíos
estaban envueltos en un intento organizado y a gran escala por
destruir la iglesia por medio del engaño y la persecución. En
procura de esta meta diabólica, se aliaron en conspiración con
el gobierno romano contra la cristiandad. Algunos de ellos
consiguieron hacer milagros al servicio de Satanás. Y esto es
exctamente lo que se nos dice de la bestia que surge de la
tierra. El falso profeta de Apocalipsis no era otro que la
dirigencia del Israel apóstata, que rechazó a Cristo y adoraba a
la bestia.
Hay una interesante
reversión de imágenes en el texto. El libro de Job nos ha
preparado para la profecía de Juan, porque también nos habla de
la bestia terrestre (behemoth,
Job 40:15-24) y una bestia marina (leviatán, Job 41:1-34). Pero
las visiones de Juan amplían las descripciones de Job de estos
dinosaurios, y el orden de su aparición se ha invertido. Primero,
vemos a Satanás como el dragón,el verdadero leviatán (Apoc. 12);
luego viene la bestia marina, que es la imagen del dragón (Apoc.
13:1); finalmente, caminando a la zaga de ellos y sirviéndoles,
va la bestia terrestre, a imagen de la bestia marina. Al mostrar
así las bestias en orden inverso, Juan subraya su punto: Israel,
que debió haber sido un reino de sacerdotes para las naciones
del mundo, ha entregado a leviatán su posición de prioridad. En
vez de poner un sello piadoso sobre toda cultura y toda sociedad,
Israel ha sido rehecho a imagen del estado pagano y
anticristiano. Los hijos de Abraham se han convertido en la
simiente del dragón (Juan 8:37-44).
Durante los tres años de
ministerio en Éfeso, el apóstol Pablo sufrió persecución
continuamente a causa de las "asechanzas de los judíos" (Hech.
20:19); al describir sus conflictos con ellos, les llama
"fieras" (1 Cor. 15:32). La bestia judía era el enemigo más
engañoso y peligroso de la iglesia primitiva, y Pablo amonestaba
vigorosamente a la iglesia acerca de estos seductores judaicos:
Porque hay muchos
contumaces, habladores de vanidades y engañadores, mayormente
los de la circuncisión, a los cuales es preciso tapar la boca;
que trastornan casas enteras, enseñando por ganancia deshonesta
lo que no conviene. Uno de ellos, su propio profeta, dijo: Los
cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos.
Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente,
para que sean sanos en la fe, no atendiendo a fábulas judaicas,
ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad. Todas
las cosas son puras para los puros, mas para los corrompidos e
incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia
están corrompidas. Profesan conocer a Dios, pero con los hechos
lo niegan, siendo abominables y rebeldes, reprobados en cuanto a
toda buena obra (Tito 1:10-16).
TABLA DE NUMERALES EN USO
DURANTE EL PERÍODO BÍBLICO
Capítulo 21
La gran
ramera
(Apocalipsis 17-19)
Un rey que ha
fundado una ciudad, lejos de abandonarla cuando, por el
descuido de sus habitantes, es atacada por ladrones, la
venga y la salva de la destrucción, preocupándole más su
propio honor que el descuido de la gente. Mucho menos, pues,
abandonó la Palabra del Padre bondadoso a la raza humana que
Él había llamado a la vida; pero, más bien, ofreciendo su
propio cuerpo, abolió la muerte en la cual los seres humanos
habían incurrido, y corrigió el descuido de ellos con sus
propias enseñanzas. Así, con su propio poder, restauró la
completa naturaleza del hombre.
Atanasio,
On he Incarnation [10]
El libro de Apocalipsis
nos presenta dos grandes ciudades, antitéticas entre sí:
Babilonia y la Nueva Jerusalén. Como veremos en un capítulo
posterior, la Nueva Jerusalén es el paraíso consumado, la
comunidad de los santos, la ciudad de Dios. La otra ciudad, a la
que constantemente se la contrasta con la Nueva Jerusalén, es la
antigua Jerusalén, que se ha vuelto infiel a Dios. Si
conociéramos mejor nuestras Biblias, esto sería evidente
inmediatamente, porque la mayor parte del lenguaje que describe
a "Babilonia" ha sido tomado de otras descripciones bíblicas de
Jerusalén. Consideremos algo de la información que Juan
proporciona sobre esta perversa ciudad.
Primero, se nos dice que
ella es "la gran ramera ... con la cual han fornicado los reyes
de la tierra" (Apoc. 17:1-2). Esta llamativa descripción de una
ciudad-ramera que fornica con las naciones procede de Isaías 57
y Ezequiel 16 y 23, donde Jerusalén es representada como la
Esposa de Dios que se ha vuelto prostituta. El pueblo de
Jerusalén había abandonado la verdadera fe y se había vuelto a
los dioses paganos y a las naciones impías en busca de ayuda,
más bien que a la confianza en Dios para que fuese su protector
y libertador. Usando lenguaje tan explícito que la mayoría de
los pastores no quieren predicar sobre estos capítulos, Ezequiel
condena a Jerusalén como una ramera degradada y lasciva.
"Abriste tus piernas a cualquiera que pasaba, y fornicaste sin
cesar" (Eze. 16.25). Juan ve a la ramera sentada en un desierto,
un símbolo que ya hemos considerado bastante como imagen de la
maldición; además, la imagen específica de Jerusalén como ramera
en un desierto se usa en Jeremías 2-3 y Oseas 2.
La ramera en el
desierto, dice Juan, está
sentada sobre la bestia (Apoc. 17:3), representando su
dependencia del Imperio Romano para su existencia nacional y
poderío; por el testimonio del Nuevo Testamento, no hay duda de
que Jerusalén estaba , política y religiosamente, "fornicando"
con el imperio pagano, cooperando con Roma en la crucifixión de
Cristo y la persecución homicida de los cristianos.
Desarrollando aun más este aspecto del simbolismo, un ángel le
dice a Juan más sobre la bestia: "Las siete cabezas son siete
montes, sobre los cuales se sienta la mujer, y son siete reyes.
Cinco de ellos han caído; uno es, y el otro aún no ha venido; y
cuando venga, es necesario que dure breve tiempo" (Apoc.
17:9-10). Los "siete montes" nuevamente identifican la bestia
como Roma, famosa por sus "siete colinas"; pero éstas también
corresponden a la línea de los Césares.
Cinco han caído: los
primeros cinco Césares eran Julio, Augusto, Tiberio, Calígula,
Claudio. Uno es: Nerón,
el sexto César, estaba en el trono cuando Juan escribía el
Apocalipsis. El otro ... debe
permanecer breve tiempo: Galba, el séptimo César, reinó
durante siete meses.
El nombre simbólico dado
a la ramera era Babilonia la
grande (Apoc. 17:5), un recordatorio de la ciudad del
Antiguo Testamento que era el epítome de la rebelión contra Dios
(ver Gén. 11:1-9; Jer. 50-51). Esta nueva y mayor Babilonia, la
"madre de las rameras", está ebria con la sangre de los santos,
y con la sangre de los testigos de Jesús" (Apoc. 17:6). Más
tarde, Juan nos dice que "en
ella se halló la sangre de los profetas y de los santos, y de
todos los que han sido muertos en la tierra" (Apoc.
18:24). Esta afirmación suena familiar, ¿verdad? Viene de un
pasaje que hemos considerado varias veces antes: la condena de
Jerusalén por Jesús.
Por tanto, he aquí
yo os envío profetas y sabios y escribas; y de ellos, a unos
mataréis y crucificaréis, y a otros azotaréis en vuestras
sinagogas, y perseguiréis de ciudad en ciudad; para que
venga sobre vosotros toda
la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra
... (Apoc. 18:24). De cierto os digo que todo esto vendrá
sobre esta generación.
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que te son enviados! (Mat. 23:34-37).
Históricamente,
Jerusalén es la que
siempre había sido la gran ramera, cayendo constantemente en la
apostasía y persiguiendo a los profetas (Hech. 7:51-52);
Jerusalén era el lugar
donde los profetas eran asesinados (Lucas 13:33). No podemos
captar el mensaje de Apocalipsis si no reconocemos su carácter
central como documento de
pacto, legal; como los escritos de Amós y otros profetas
del Antiguo Testamento, Apocalipsis representa una
demanda de pacto, que
acusa a Jerusalén de violar el pacto y declara su juicio.
Juan recuerda que los
"diez reyes", los gobernantes sujetos al imperio, se unen a la
bestia contra Cristo: "Estos tienen un mismo propósito, y
entregarán su poder y su autoridad a la bestia. Pelearán contra
el Cordero" - ¿y cuál será el resultado? "Y
el Cordero los vencerá, porque él es Señor de señores y
Rey de reyes; y los que están con él son llamados y elegidos y
fieles" (Apoc. 17:13-14). Juan asegura a la iglesia que, en su
terrible y terrorífico conflicto con el tremendo poder de la
Roma imperial, la victoria de
Cristo está garantizada.
En este punto, el centro
de atención parece cambiar. Dice Juan que, cuando la guerra
entre César y Cristo se caliente, los pueblos del imperio
"aborrecerán a la ramera y la dejarán
desolada [ver Mat.
24:15] y desnuda; y devorarán sus carnes, y la quemarán con
fuego; porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que
él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta
que se cumplan las palabras de Dios" (Apoc. 17:16-17; ver
18:6-8). Jerusalén había fornicado con las naciones paganas,
pero, en el año 70 D. C. , éstas se volvieron contra ella y la
destruyeron. Nuevamente, este cuadro ha sido tomado de los
profetas del Antiguo Testamento que hablaban de Jerusalén como
ramera: habían dicho que, así como la hija del sacerdote que se
había vuelto ramera debía ser "quemada con fuego" (Lev. 21:9),
así también Dios usaría a los anteriores "amantes" de Jerusalén,
las naciones paganas, para destruirla y quemarla hasta los
cimientos (Jer. 4:11-13, 30-31; Eze. 16:37-41; 23:22, 25-30).
Sin embargo, vale la pena observar que
la bestia destruye a Jerusalén
como parte de su guerra contra Cristo; los primeros
historiadores informan que el motivo de los líderes romanos para
destruir el templo era, no sólo destruir a los judíos, sino
borrar el cristianismo.
¡La bestia pensaba que podía matar a la ramera y a la Esposa de
un solo golpe! Pero, cuando el polvo se asentó, la estructura de
la Jerusalén antigua y apóstata yacía en ruinas, y la iglesia
quedó revelada como el templo nuevo y más glorioso, la eterna
morada de Dios.
Juan nos dice que la
ramera "es la gran ciudad que reina sobre los reyes de la
tierra" (Apoc. 17:18). Este versículo ha confundido a algunos
intérpretes. Aunque todas las otras señales apuntan a Jerusalén
como la ramera, ¿cómo puede decirse de ella que blande esta
clase de poder político mundial? La respuesta es que
Apocalipsis no es un libro sobre política; es un libro sobre el
pacto. Jerusalén sí reinó sobre las naciones. Tenía una
prioridad de pacto sobre los reinos de la tierra. Rara vez se
aprecia lo suficiente el hecho de que Israel era un reino de
sacerdotes (Éx. 19:6), y que ejercía este ministerio en nombre
de las naciones del mundo. Mientras Israel fue fiel a Dios, y
ofreció sacrificios a nombre de las naciones, el mundo estuvo en
paz; cuando Israel rompió el pacto, el mundo quedó envuelto en
confusión. Las naciones gentiles reconocieron esto (1 Reyes
10:24; Esdras 1; 4-7; ver Rom. 2:17-24). Pero, perversamente,
las naciones paganas trataron de seducir a Israel para que
cometiera adulterio contra el pacto - y cuando lo hizo, se
volvieron contra ella y la destruyeron. Ese patrón se repite
varias veces, hasta la excomunión final de Israel en el 70 D.
C., cuando Jerusalén fue destruida como señal de que el reino
había sido transferido a su nuevo pueblo, la iglesia (Apoc.
11:19; 15:5; 21:3).
Puesto que Israel debía
ser destruido, los apóstoles pasaron gran parte de su tiempo en
los últimos días advirtiendo al pueblo de Dios que se separara
de él y se alineara con la iglesia (ver Hech. 2:37-40; 3:19, 26;
4:8-12; 5:27-32). Este es el mensaje de Juan en Apocalipsis. La
apostasía de Jerusalén ha sido tan grande, dice Juan, que su
juicio es permanente e irrevocable. Ahora ella es
Babilonia, la
implacable enemiga de Dios. "Y se ha hecho habitación de
demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda
ave inmunda y aborrecible" (Apoc. 18:2). Puesto que Israel
rechazó a Cristo, la nación entera es habitación de demonios,
sin ninguna esperanza (ver Mat. 12:38-45; Apoc. 9:1-11). Por
consiguiente, el pueblo de Dios no debía tratar de reformar a
Israel, sino abandonarlo a su suerte. La salvación está en
Cristo y la iglesia, y sólo la destrucción aguarda a los que se
ponen de parte de la ramera: "Salid de ella, pueblo mío, para
que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus
plagas" (Apoc. 18:4; ver Heb. 10:19-39; 12:15-29; 13:10-14).
Y así, Jerusalén fue
destruida, para no levantarse más: "Y un ángel poderoso tomó una
piedra, como una gran piedra de molino, y la arrojó en el mar
[ver Lucas 17:21] diciendo: Con el mismo ímpetu será derribada
Babilonia, la gran ciudad, y nunca más será hallada" (Apoc.
18:21). Pero "Jerusalén" todavía está en pie en el siglo veinte,
¿no? ¿Cómo es que fue destruida
para siempre en el 70
D. C.? Lo que esto significa es que Israel, como
el pueblo del pacto,
dejará de existir. Jerusalén - como la
gran ciudad, la santa
ciudad - no se hallará más. Es verdaad que, como hemos
visto en Romanos 11, los descendientes de Abraham entrarán al
pacto nuevamente. Pero no
serán una nación separada y santa de sacerdotes especiales. Se
unirán a los pueblos del mundo en la multitud de los salvados,
sin ninguna distinción (Isa. 19:19-25; ver Efe. 2:11-22). Así,
pues, Jerusalén, que abandonó la religión del pacto y se volvió
a un culto demoníaco de hechicería, brujería, y culto al estado,
quedará en la ruina para siempre. Lo que una vez fue un paraíso,
nunca más volverá a conocer las bendiciones del huerto de Edén
(Apoc. 18:22-23).
El pueblo de Dios había
estado orando por la destrucción de Jerusalén (Apoc. 6:9-11).
Ahora que sus oraciones son contestadas, la gran multitud de los
redimidos prorrumpe en alabanza antifónica:
¡Aleluya! Salvación
y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque
sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la
gran ramera que ha corrompido a la tierra con su
fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la
mano de ella. Otra vez dijeron: ¡Aleluya! Y el humo de ella
sube por los siglos de los siglos" (Apoc. 19:1-3; ver
18:20).
Contrariamente a lo que
esperaba Roma, la destrucción de Jerusalén no fue el fin de la
iglesia. En vez de eso, fue el pleno establecimiento de la
iglesia como el nuevo templo, la declaración final de que la
ramera ha experimentado el divorcio y ha sido ejecutada, y que
Dios ha tomado para sí una nueva Esposa.
El juicio y la salvación son
inseparables. El colapso de la cultura impía no es el fin
del mundo sino su re-creación, como en al diluvio y el éxodo. El
pueblo de Dios ha sido salvado de las fornicaciones del mundo
para que se convierta en su Esposa; y la señal constante de este
hecho es la celebración de la comunión en la iglesia, la "cena
de bodas del Cordero" (Apoc. 19:7-9).
Pero hay otra gran
fiesta registrada aquí, la "gran cena de Dios", en la cual todas
las aves carroñeras son invitadas a "comer las carnes de reyes y
capitanes, carnes de fuertes, carnes de caballos y de sus
jinetes, y carnes de todos, libres y esclavos, pequeños y
grandes" (Apoc. 19:17-18) - todos los enemigos de Cristo, los
que rehusan someterse a su ley. Porque Él cabalga en su corcel
de guerra, seguido por su ejército de santos, conquistando a las
naciones con la Palabra de Dios, el evangelio, simbolizado por
una espada que salía de su boca (Apoc. 19:11-16). Esta no es la
segunda venida; es más bien una declaración simbólica de
esperanza, la certeza de que la Palabra de Dios será victoriosa
en todo el mundo, de modo que el gobierno de Cristo será
establecido universalmente. Cristo será reconocido en todas
partes como Rey de reyes y Señor de señores. Desde el comienzo
de Apocalipsis, el mensaje de Cristo a su iglesia ha sido una
orden de vencer, conquistar
(Apoc. 2:7, 11, 17, 26-28, 3:5, 12, 21); aquí, le asegura a la
iglesia sufriente que, a pesar de la feroz persecución por
Israel y Roma, Cristo y su pueblo serán victoriosos sobre todos
los enemigos. El destino de la bestia, del falso profeta, y de
todos los que se oponen al señorío de Cristo es la muerte y la
destrucción, en el tiempo y la eternidad (Apoc. 19:19-21).
Los cristianos del siglo
primero, rodeados por la persecución y la apostasía, podrían
haberse visto tentados fácilmente a considerar su generación
como la del fin. El gran testimonio de Apocalipsis era que estas
cosas no eran el fin, sino el principio. En el peor de los
casos, la bestia y sus co-conspiradores están meramente
cumpliendo los decretos del Dios soberano (Apoc. 17:17). Él ha
ordenado cada uno de sus movimientos, y ha ordenado su
destrucción. La naciones rugen, pero Dios ríe: Él ya ha
establecido a su rey en su santo monte, y todas las naciones
serán gobernados por Él (Sal. 2).
Toda potestad
le ha sido dada a Cristo
en el cielo y en la tierra
(Mat. 28:18); como cantaba Lutero, "Él
tiene que ganar la
batalla". Al progresar el evangelio en todo el mundo, vencerá, y
vencerá, y vencerá, hasta que todos los reinos vengan a ser los
reinos de nuestro Señor y de su Cristo; y Él reinará por
siempre. No cederá al enemigo ni una sola pulgada de terreno ni
en el cielo ni en la tierra. Cristo y su ejército cabalgan por
lo alto, conquistando y para conquistar, y nostros, por medio de
Él, heredaremos todas las cosas.
Entonces vi el cielo
abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se
llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos
eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas,
y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo.
Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es:
EL VERBO DE DIOS. Y los ejércitos celestiales,
vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en
caballos blancos. De su boca sale una espada aguda, para herir
con ella a las naciones, y él las regirá con vara de hierro; y
él pisa el lagar del vino del furor y de la ira del Dios
Todopoderoso. Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este
nombre: REY DE REYES Y SEÑOR
DE SEÑORES (Apoc. 19:11-16).
Capítulo 22
EL REINO DE SACERDOTES
(Apocalipsis 20)
¿Quién, entonces,
es el que ha hecho estas
cosas y ha unido en paz a los que se odiaban entre sí, sino
el amado Hijo del Padre, el común Salvador de nosotros,
Jesucristo, quien, por su amor, soportó todas las cosas por
nuestra salvación? Además, esta paz que él habría de
administrar fue predicha desde el principio, porque la
Escritura dice: "Volverán sus espadas en rejas de arado, y
sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación,
ni se adiestrarán más para la guerra" [Isa. 2:4].
Atanasio,
On the Incarnation [52]
Hay tres sistemas
principales de interpretación en relación con el milenio, los "mil
años" de Apocalipsis 20. Los
premilenialistas dicen que este pasaje enseña que Cristo
regresará y resucitará a los cristianos
antes (pre-) del milenio,
que serán 1000 añs literales con Cristo reinando en Jerusalén como
un gobernante político, terrenal, de las naciones. Los
amilenialistas dicen que no
hay ni nunca habrá un "milenio" de ninguna clase en la tierra; en
vez de eso, dicen, Apocalipsis 20 se refiere al estado de los
cristianos que han muerto y ahora están "reinando" en el cielo. Los
postmilenialistas dicen que
el milenio se refiere al período entre el primer y el segundo
advenimiento de Cristo; el milenio es
ahora, con los cristianos
reinando como reyes en la tierra.
¿Cuál de estas tres posiciones
es la correcta? Como he tratado de mostrar a lo largo de este
libro, la respuesta es de importancia más que casual para
nuestras actitudes y acciones prácticas operando para el reino
de Dios. También como he tratado de mostrar, la respuesta se da
en toda la Escritura. El
postmilenialismo - la escatología de dominio - es el
mensaje de la Biblia entera. Sin embargo, ahora es el momento de
demostrar que se enseña en Apocalipsis también.
La
primera resurrección
La clave para la
interpretación del capítulo es lo que Juan nos dice sobre lo que
él llama la primera
resurrección:
Y vi tronos, y se sentaron
sobre ellos los que recibieron facultad de juzgar; y vi las
almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y por
la palabra de Dios, los que no habían adorado a la bestia ni a
su imagen, y que no recibieron la marca en sus frentes ni en sus
manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros
muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron mil años.
Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que
tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no
tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y
de Cristo, y reinarán con él mil años (Apoc. 20:4-6).
En primer lugar, podemos
despachar la posición amilenial en seguida, señalando lo obvio:
esta es una resurección, un
levantarse nuevamente de los muertos. Es maravilloso
morir e ir al cielo pero, para lo que eso sirve, no es una
resurrección. Este pasaje no puede ser una descripción del
estado de los santos incorpóreos en el cielo; además, el
contexto en general ocurre en la
tierra (ver. v. 7-9).
Segundo, sin embargo, ésta no
es una resurrección corporal. Juan nos da una pista enel sentido
de que quiere decir algo especial al llamarla
la primera resurrección.
¿Qué podría significar esto? En un capítulo anterior, vimos que
sólo hay una resurrección corporal, en el fin del mundo. Para
encontrar la respuesta, regresamos nuevamente a Génesis, que nos
habla de la primera muerte:
"Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del
huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del
mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente
morirás" (Gén. 2:16, 17). Como sabemos, Adán yEva no murieron
físicamente el día que comieron del fruto prohibido. Pero
ése fue el día de su
muerte espiritual, su
alejamiento de Dios. Esta muerte espiritual fue heredada por los
hijos de Adán y Eva, de modo que nacemos "muertos en delitos y
pecados" (Efe. 2:1). La primera muerte es esta muerte
espiritual. Y por eso, la primera resurrección es espiritual
también:
Pero Dios, que es rico en
misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando
nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo
(por gracia sois salvos) y juntamente con él nos resucitó, y
asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo
Jesús (Efe. 2:4-6; ver Col. 2:11-13; 1 Juan 3:14).
Es la resurrección corporal,
física, la que tiene lugar en el día final, cuando "habrá
ciertamente una resurrección tanto de los justos como de los
injustos" (Hech. 24:15). Pero, ¿habría usado Juan el término
resurrección en dos
sentidos radicalmente diferentes en el mismo pasaje?
Ciertamente, y con excelente precedente, porque Jesús mismo lo
hizo así, en otro pasaje registrado por Juan:
De cierto, de cierto os digo:
El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida
eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a
vida. De cierto, de cierto os digo:
Viene la hora, y ahora es,
cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la
oyeren vivirán ... No os maravilléis de esto; porque
vendrá hora cuado todos los
que están en los sepulcros oirán su voz; y los que
hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que
hicieron lo malo, a resurrección de condenación (Juan 5:24-25,
28-29).
Los que creen en Él son ahora
partícipes de la primera resurrección, dijo Jesús; y algún día,
todos los hombres, justos e injustos, se levantarán de sus
tumbas. La primera resurrección es espiritual y ética, nuestra
regeneración en Cristo y unión ética con Dios, nuestra
re-creación a su imagen. Esta interpretación es confirmada por
la descripción en Apocalipsis de los que participan en la
primera resurrección: son
bienaventurados y santos;
la segunda muerte no tiene
poder sobre ellos; son
sacerdotes (Juan comienza el Apocalipsis informándonos
que todos los cristianos son
sacerdotes: Apoc. 1:6); y
reinan con Cristo (la
Biblia dice que ahora estamos sentados con Cristo, reinando en
su reino: Efe. 1:20-22; 2:6; Col. 1:13; 1 Ped. 2:9). El mayor
error al tratr con este pasaje es no reconocer que habla de las
realidades presentes de la vida cristiana. La Biblia es clara:
hemos sido resucitados para vida eterna y reinamos con Cristo
ahora, en esta era. La primera resurrección está teniendo lugar
ahora. Y, por necesidad, esto significa que
el milenio está teniendo lugar
ahora también.
El
encadenamiento de Satanás
Vi a un ángel que descendía
del cielo, con la llave del abismo, y una gran cadena en la
mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el
diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo,
y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que engañase más a
las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de
esto debe ser desatado por un poco de tiempo.
El encadenamiento del dragón
expresa en lenguaje simbólico, profético, gran parte de lo que
hemos visto en capítulos anteriores: la derrota de Satanás por
Cristo. El ángel (mensajero)
con la autoridad para controlar el abismo es el Hijo de Dios
(ver Apoc. 1:18; 10:1; 18:1), que "apareció para destruir las
obras del diablo" (1 Juan 3:8). Como ya hemos observado, nuestro
Señor comenzó a "atar al hombre fuerte" durante su ministerio
terrenal (Mat. 12:28-29). El Nuevo Testamento (ver Lucas
10:17-20); Juan 12:31-32; Efe. 4:8; Col. 2:15; Heb. 2:14) hace
énfasis en que Satanás fue definitivamente derrotado en la vida,
la muerte, la resurrección, y la ascensión de Jesucristo. Y es
derrotado diariamente en la experiencia de los cristianos,
cuando le resistimos (Sant. 4:7) y proclamamos la palabra de
Dios (Apoc. 12:11). ¡El reino ha venido!
Debemos notar, además, el
sentido específico en
el cual se dice que Satanás es atado: es con referencia a
su capacidad para engañar a
las naciones. Antes de la venida de Cristo, Satanás
controlaba las naciones. Pero ahora su dominio mortal ha sido
hecho añicos por el evangelio, al difundirse las buenas nuevas
del reino por todo el mundo. El Señor Jesús envió al apóstol
Pablo a las naciones gentiles "para que abras sus ojos, para que
se conviertan de las tinieblas a la luz, y
de la potestad de Satanás a
Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de
pecados y herencia entre los santificados" (Hech. 26:18). Cristo
vino a "regir los gentiles" (Rom. 15:12). Que Satanás haya sido
atado no significa que todas sus actividades hayan cesado. El
Nuevo Testamento nos dice específicamente que los demonios han
sido desarmados y atados (Col. 2:15; 2 Ped. 2:4; Judas 6), pero
todavía están activos. Es sólo que su actividad ha sido
restringida. Y, a
medida que el evangelio progresa en todo el mundo, su actividad
estará más y más limitada.
Satanás es incapaz de impedir la victoria del reino de Cristo.
Venceremos ( 1 Juan 4:4). "Sabed, pues,
que a los gentiles es enviada
esta salvación de Dios, y ellos oirán" (Hech. 28:28).
Satanás será aplastado bajo nuestros pies (Rom. 16:20).
Los mil años
Como los otros números de
Apocalipsis, el "1000" es simbólico, un número simbólico,
grande, redondeado. Donde el número
siete denota una
plenitud de calidad en
las imágenes bíblicas, el número diez contiene la idea de una
plenitud de cantidad;
en otras palabras, representa la cualidad de
muchos. Un millar
multiplica e intensifica esto (10 x 10 x 10), y se usa en las
Escrituras en forma muy parecida a la manera en que nosotros,
con una mentalidad más inflacionaria, usamos el término
millón: "¡Te lo he
dicho un millón de veces!" (Quizás los "literalistas" nunca
hablen así, pero estoy seguro de que el resto de nosotros lo
hacemos a veces). Sin embargo, hay una diferencia. Cuando la
Biblia habla de 1000, en realidad no es para exagerar, de la
manera en que lo hacemos nosotros, sino simplemente para
expresar una gran vastedad. Por eso, Dios afirma poseer
"millares de animales en los collados" (Sal. 50:10). ¿Pertenece
a alguien más el collado No. 1001? Por supuesto que no. Dios
posee todos los
animales en todos los
collados. Pero Él dice "un millar" para indicar que hay muchos
collados, y muchos animales. (Para algunos usos similares de
1000, véase Deut. 1:11; 7:9; Sal. 68:17; 84:10; 90:4). De la
misma manera - particularmente con respecto a un libro altamente
simbólico - debemos ver que los "1000 años" de Apocalipsis 20
representan un vasto e indefinido período de tiempo. Ya ha
durado casi 2000 años, y probablemente continuará por muchos
más. "¿Exactamente cuántos años?", alguien me preguntó. "Me
gustaría poder decirle", contesté alegremente, "tan pronto usted
me diga exactamente cuántos collados hay en Salmos 50".
Según algunos, la reino de
Cristo comenzará sólo cuando Él regrese en la segunda venida;
entonces, dicen, Jesucristo comenzará a residir en Jerusalén,
donde habrá un templo restaurado y activo, con verdaderos
sacrificios - ¡algunas veces me pregunto si estass queridas
personas leen el Nuevo Testamento alguna vez! Ninguna de estas
ideas está contenida en este texto (ni en ningún otro, vale
decir). Como hemos visto repetidamente, Jesucristo está reinando
ahora (Hech. 2.29-36; Apoc. 1:5), y
permanecerá en el cielo hasta
el juicio final (Hech. 3:2).
Los
tronos de Apocalipsis
20:4 representan el reino de los santos, los fieles vencedores
sobre el dragón y la bestia (Apoc. 12:9-11). Nuestro gobierno
está en vigencia en este momento, en esta tierra (Mat. 19:28;
Lucas 18:28-30; 22:29-30; Efe. 2:6), y la extensión de nuestro
gobierno coincide con el progreso del evangelio. A medida que
éste aumenta, aumenta también el dominio de los cristianos. Los
dos van juntos, como dijo Jesús en su gran comisión (Mat.
28:20): hemos de enseñar
y hacer discípulas a
las naciones, y al ser discipuladas de acuerdo con la orden de
la palabra de Dios, los linderos del reino se expandirán. A su
debido tiempo, por medio del evangelismo, el reino de los
cristianos se volverá tan extenso que "la tierra será llena del
conocimiento de Dios, como las aguas cubren el mar" (Isa. 11:9).
las bendiciones edénicas abundarán en todas partes del mundo, a
medida que la ley de Dios es obedecida más y más (Lev. 26:3-13;
Deut. 28:1-14). ¡Qué tremendo motivo para el evangelismo
mundial! De hecho, este punto de vista sobre la conversión
mundial ha sido la inspiración básica para la actividad
misionera durante toda la historia de la iglesia,
particularmente puesto que la Reforma protestante (para
documentación de esto, véase el excelente libro de Ian Murray,The
Puritan Hope: Revival and the Interpretation of Prophecy).
La
última batalla
La Biblia no enseña que
absolutamente todos en el mundo se convertirán. El simbolismo de
la profecía de Ezequiel indica que algunas áreas del mundo
permanecerán sin ser renovadas por el río de la vida
(Eze.47:11). Y sabemos que el trigo y la cizaña crecerán juntos
hasta la cosecha en el fin del mundo (Mat. 13:37-43). En ese
punto, al llegar a la madurez el potencial de ambos grupos, a
medida que cada lado se vuelve plenamente consciente en su
decisión de obedecer o rebelarse, habrá un conflicto final. El
dragón será suelto por un poco de tiempo, para engañar a las
naciones una vez más en un último y desesperado intento de
derribar el reino (Apoc. 20:7-8).
Al describir esto, Juan usa
las vívidas imágenes de Ezequiel 38-39, que presentan
proféticamente la derrota de los macabeos por los sirios en el
siglo segundo A. C.: las fuerzas impías son llamadas
Gog y Magog. De acuerdo
con algunos escritores populares, esta expresión se refiere a
Rusia, y predice una guerra entre los soviéticos e Israel
durante la "tribulación". De los muchos problemas con esta
hipótesis, mencionaré sólo dos. Primero, Apocalipsis 20 dice que
la guerra de "Gog y Magog" tiene lugar
al fin del milenio; ¡estos
escritores de profecía están colando a Gog y a Magog todo el
camino hacia atrás, hasta el punto antes de que el milenio ni
siquiera ha comenzado! Segundo, la expresión
Gog y Magog no se
refiere a Rusia, y nunca lo hizo. Eso ha sido fabricado
enteramente de la nada, y simplemente ha sido repetido tantas
veces que muchos se imaginan que es verdad.
Regresando a la realidad: Se
demuestra que la rebelión final de Satanás es un desastre. Es
derribado, sus seguidores son devorados por el fuego que cae del
cielo, y él es lanzado al lago de fuego para el tormento eterno
(Apoc. 20:9-10). En este punto, el fin del milenio, tiene lugar
la resurrección (Apoc. 20:5), y todos los seres humanos son
juzgados (Apoc. 20:11-15).
El propósito de Apocalipsis 20
no es dar un bosquejo detallado del fin del mundo, porque eso no
cae dentro del ámbito del libro. Apocalipsis se escribió para
hablarles a los cristianos del siglo primero de cosas que debían
ocurrir pronto, y que
trataban especialmente de la lucha de la iglesia contra la
bestia, el falso profeta, y la ramera. Todos ellos encuentran su
fin cuando llega el fin de la profecía. Pero, por supuesto,
detrás de las malvadas conspiraciones de los enemigos de la
iglesia está la sombría figura del dragón. Así que Juan da un
breve bosquejo del destino del dragón, desde el triunfo
definitivo de Cristo sobre él hasta el día final, cuando el
dragón y su malvada simiente son destruidos y el pueblo de Dios
es plena y finalmente vencedor; cuando el paraíso, en el sentido
más completo, es restaurado y consumado.
Capítulo
23
LA
NUEVA CREACIÓN
(Apocalipsis 21-22)
El Salvador obra poderosamente
todos los días, atrayendo a los hombres a la religión,
persuadiéndoles a la virtud, enseñándoles sobre la inmortalidad,
despertando su sed de cosas celestiales, revelando el
conocimiento del Padre, inspirando fortaleza en presencia de la
muerte, manifestándose a cada uno, y desplazando la irreligión
de los ídolos; mientras que los dioses y los espíritus malos de
los incrédulos no pueden hacer ninguna de estas cosas, sino
morir en presencia de Cristo, anulada y vacía toda su
ostentación. Por el contrario, por la señal de la cruz, toda
magia es detenida, toda hechicería confundida, todos los ídolos
abandonados y renunciados, y cesa todo placer sin sentido, a
medida que el ojo de la fe mira desde la tierra hacia el cielo.
Atanasio,
On the Incarnation [31]
Bien, finalmente hemos llegado
a un punto en Apocalipsis acerca del cual todo el mundo está de
acuerdo, ¿verdad? "Los nuevos cielos y la nueva tierra" - eso
tiene que ser literal,
y se refiere a la eternidad después del fin del mundo, ¿verdad?
Error. O, para ser
absolutamente preciso, debería decir:
Sí y no. La verdad es
que la Biblia nos dice muy poco sobre el cielo; de hecho, sólo
lo justo para dejarnos saber que vamos para allá. Pero el
interés principal de la Escritura es la vida presente. Por
supuesto, las bendiciones de los capítulos finales de
Apocalipsis sí se refieren al cielo. No es realmente una
cuestión de "una cosa o la otra". Pero lo importante es que
estas cosas son ciertas ahora.
El cielo es una continuación y un perfeccionamiento de lo que es
cierto de la iglesia en esta vida. No hemos de esperar
simplemente estas bendiciones en una eternidad por venir, sino
que debemos disfrutar de ellas y regocijarnos en ellas aquí y
ahora. Juan le hablaba a la iglesia primitiva de las realidades
presentes, de bendiciones que ya existían y que aumentarían a
medida que el evangelio se extendiera y renovara la tierra.
"He
aquí, yo hago nuevas todas las cosas"
Juan dice que, primero, vio
"un cielo nueva y una nueva tierra, porque el primer cielo y la
primera tierra pasaron" (Apoc. 21:1). Para entender esto,
necesitamos recordar una de las lecciones más básicas del tema
del paraíso: la salvación es
una re-creación. Por eso se usan en la Escritura el
lenguaje y el simbolismo de la creación cada vez que Dios habla
salvar a su pueblo. El diluvio, el éxodo, y la primera venida de
Cristo son vistos como Dios creando un nuevo mundo. Así, pues,
cuando Dios habló por medio de Isaías, profetizando las
bendiciones terrenales
del reino venidero, dijo:
Porque he aquí yo crearé
nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria,
ni más vendrá al pensamiento. Mas os gozaréis y os alegraréis
para siempre en las cosas que yo he creado; porque he aquí que
yo traigo a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo. Y me alegraré
con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán
en ella voz de lloro, ni voz de clamor. No habrá más allí niño
que muera de pocos días, ni viejo que sus días no cumpla; porque
el niño morirá de cien años, y el pecador de cien años será
maldito. Edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas,
y comerán de ellas. No edificarán para que otro habite, ni
plantarán para que otro coma; porque según los días de los
árboles serán los días de mi pueblo, y mis escogidos disfrutarán
de la obra de sus manos. No trabajarán en vano, ni darán a luz
para maldición; porque son linaje de los benditos de Jehová, y
sus descendientes con ellos. Y antes que clamen, responderé yo;
mientras aun hablan, yo habré oído. El lobo y el cordero serán
apacentados juntos; y el león comerá paja como el buey; y el
polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán
mal en todo mi santo monte, dijo Jehová (Isa. 65:17-25).
Esto no puede estar hablando
del cielo, ni de un tiempo después del fin del mundo; porque en
estos "nuevo cielo y nueva tierra" todavía hay muerte (a muy
avanzada edad - "los días de los árboles"), la gente construye,
planta, trabaja, y tiene hijos. Podríamos pasarnos el resto de
este capítulo examinando las implicaciones de este pasaje de
Isaías, pero lo único que quiero subrayar aquí es que es
claramente una declaración para esta
era,
antes del fin del
mundo, y muestra lo que pueden esperar las futuras generaciones
a medida que el evangelio penetra en el mundo, restaura la
tierra a la condición de paraíso, y hace fructificar las metas
del reino. Isaías está describiendo las bendiciones de
Deuteronomio 28 en lo que es probablemente el mayor logro
terrenal. Por eso, cuando Juan nos dice que vio "un cielo nuevo
y una nueva tierra", debemos reconocer que el significado
principal de esa frase
es simbólico, y tiene que ver con las bendiciones de la
salvación.
Después, Juan vio "la santa
ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios,
dispuesta como una esposa ataviada para su marido" (Apoc. 21:2).
No, no es una estación espacial. Es algo que
debería ser mucho más
emocionante: es la iglesia.
La esposa no sólo está en la ciudad: la esposa
es la ciudad (ver Apoc.
21:9-10). Estamos en la nueva Jerusalén ahora. ¿Prueba? La
Biblia nos dice categóricamente: "Os habéis acercado al monte de
Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la
compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los
primogénitos que están inscritos en los cielos
... (Heb. 12:22-23;
ver Gál. 4:26; Apoc. 3:12). La
nueva Jerusalén es una realidad
presente; se dice que
viene del cielo porque el origen de la iglesia es celestial.
Hemos "nacido de lo alto" (Juan 3:3) y ahora somos ciudadanos de
la ciudad celestial (Efe. 2:19; Fil. 3:20).
Este pensamiento es ampliado
en la declaración posterior de Juan. Oyó una gran voz del cielo
que venía de trono, diciendo: "He aquí el tabernáculo de Dios
con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo,
y Dios mismo estará con ellos como su Dios" (Apoc. 21:3). Como
Pablo, Juan relaciona estos dos conceptos: somos ciudadanos del
cielo, y somos morada de Dios, su santo templo (Efe. 2:19-22).
Una de las bendiciones edénicas que Dios prometió en Levítico
fue: "Y pondré mi morada en medio de vosotros" (Lev. 26:11);
esto se ha cumplido en la iglesia del Nuevo Testamento (2 Cor.
6:16). La voz que Juan escuchó continuó:
"Enjugará Dios toda lágrima de
los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni
clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que
estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas
las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles
y verdaderas. Y me dijo: Hehco está. Yo soy el Alfa y la Omega,
el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré
gratuitamente de la fuente del agua de la vida" (Apoc. 21:4-6).
Finalmente, esto se cumplirá
en el cielo hasta lo máximo. Pero tenemos que reconocer que
ya es cierto. Dios
ha enjugado nuestras
lágrimas. La prueba de esto es la obvia diferencia entre los
funerales cristianos y paganos: nos lamentamos, pero no como los
que no tienen esperanza (1 Tes. 4.13). Dios ha quitado el
aguijón a la muerte (1 Cor. 15:55-58). Y más impactante es la
siguiente frase: "Las primeras cosas pasaron ... He aquí, yo
hago nuevas todas las cosas". ¿Dónde hemos leído eso antes?
Viene de 2 Cor. 5:17: "De modo que, si alguno está en Cristo,
nueva criatura es; las cosas
viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas". ¿Es
verdad esto ahora? ¡Por supuesto! La única verdadera diferencia
entre los temas de 2 Cor. 5 y Apoc. 21 es que Pablo está
hablando del individuo
redimido, mientras que Juan está hablando de la
comunidad redimida.
Pero tanto el individuo redimido como la comunidad redimida son
restaurados al estado de paraíso en la salvación, y la
restauración ya ha comenzado. El agua de vida nos alimenta
libremente ahora, dando
vida a los individuos y fluyendo para dar vida al mundo entero
(Juan 4:14; 7:37-39). Dice Dios: "El que venciere heredará todas
las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo" (Apoc. 21:7);
el hijo de Dios se caracteriza por la victoria contra la
oposición (1 Juan 5:4). El lenguaje usado aquí ("Yo seré su
Dios") es la promesa básica de pacto de salvación (ver Gén.
17:7-8; 2 Cor. 6:16-18). El mayor logro tendrá lugar en el cielo
por la eternidad. Pero,
definitiva y progresivamente, es verdad ahora. Vivimos en
el nuevo cielo y la nueva tierra; somos ciudadanos de la nueva
Jerusalén. Las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas.
La
ciudad sobre un monte
Juan es llevado en el Espíritu
"a un monte grande y alto" (Apoc. 21:10) para que viera la
belleza de este paraíso consumado, que resplandece con la gloria
de Dios. Las doce puertas de la ciudad tienen los nombres de las
doce tribus de Israel sobre ellas, y en los doce cimientos están
los nombres de los doce apóstoles (Apoc. 21:12-14). ¿Es este
simbolismo difícil de entender? Esto representa claramente el
hecho de que la ciudad de Dios contiene la iglesia entera, el
pueblo entero de Dios, que comprende a los creyentes tanto del
Antiguo Testamento como del Nuevo - lo cual, como escribió
Pablo, está edificado sobre el fundamento de los apóstoles y
profetas (Efe. 2:20).
Lo absurdo de errónea
interpretación "literalista" se hace dolorosamente evidente
cuando ellos intentan habérselas con las medidas de la ciudad
(Apoc. 21:15-17). Juan dice que la ciudad es una pirámide (o un
cubo), 12000 "estadios"
por lado, con un muro de 144
"codos" de altura. Obviamente, los números son simbólicos,
siendo los múltiplos de doce una referencia a la majestad, la
vastedad, y la perfección de la iglesia. Pero el "literalista"
se siente obligado a traducir
esos números a medidas modernas, dando como resultado un muro de
1500 millas de largo y 216 pies de altura. Los claros símbolos
de Juan son borrados, y al desafortunado lector de la Biblia le
queda sólo una mescolanza de números que no significan nada.
¡Los "literalistas" se hallan en la ridícula posición de borrar
los números literales
de la palabra de Dios y reemplazarlos por
símbolos que no
significan nada!
Juan continúa describiendo la
ciudad en términos de joyería: cada uno de los cimientos está
adornado de piedras preciosas, cada una de las puertas es "una
sola perla",el muro está hecho de jaspe, y la ciudad y las
calles son de "oro puro, como vidrio transparente" (Apoc.
21:18-21). Por nuestro estudio de los minerales relacionados con
el huerto de Edén, entendemos que este también es lenguaje
simbólico, que habla de la restauración y el cumplimiento del
paraíso en la salvación. Ochocientos años antes, Isaías había
descrito la salvación venidera en términos de una ciudad
adornada con joyas:
Pobrecita, fatigada con
tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus piedras
sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré. Tus ventanas pondré
de piedras preciosas, tus puertas de piedras de carbunclo, y
toda tu muralla de piedras preciosas (Isa. 54:11-12).
Es interesante que la palabra
traducida como carbunclo
equivale en hebreo a sombra de
ojos. Esto suena absurdo, ¿verdad? El propósito de los
muros es proporcionar protección; este muro es meramente
decorativo. ¿Quién construiría un muro de
joyas, usando
cosméticos como
"mortero"? Alguien fabulosamente rico, y supremamente confiado
contra un ataque. Este, dice Isaías, es el futuro de la iglesia,
la ciudad de Dios. Ella será rica y estará a salvo de sus
enemigos, como lo explica el resto del pasaje:
Y todos tus hijos serán
enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos. Con
justicia serás adornada; estarás lejos de opresión, porque no
temerás, y de temor, porque no se acercará a ti. Si alguno
conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti
conspirare, delante de ti caerá. He aquí que yo hice al herrero
que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para
su obra; y yo he creado al destruidor para destruir. Ninguna
arma forjada contra ti prosperará,y condenarás toda lengua que
se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los
siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová
(Isa. 54:13-17).
Juan vio que, en esta nueva
ciudad de Dios, no hay templo, "porque el Señor Dios
Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no
tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la
gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera" (Apoc.
21:22-23). Esto también se basa en Isaías (Isa. 60:1-3; 19-20),
haciendo énfasis en que la iglesia es iluminada por la gloria de
Dios, y en ella mora la nube, que resplandece con la Luz
original. Esta es la ciudad sobre un monte (Mat. 5:14-16), la
luz del mundo, que brilla delante de los hombres para que
glorifiquen a Dios el Padre. Inspirándose en el mismo pasaje de
Isaías (Isa. 60:4-18), Juan habla de la influencia de la ciudad
sobre las naciones del mundo:
Y las naciones que hubieren
sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra
traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán
cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria
y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna
cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente
los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero
(Apoc. 21:24-27; ver Sal. 22:27; 66:4;86:9, Isa. 27:6; 42:4;
45:22-23; 49:5-13; Hag. 2:7-8).
Esto está escrito acerca de un
tiempo en que las naciones todavía existen como tales; pero
todas las naciones están convertidas, y confluyen a la ciudad
llevando a ella sus tesoros. A medida que la luz del evangelio
brilla en el mundo por medio de la iglesia, las naciones son
hechas discípulas, y la riqueza de los pecadores es heredada por
los justos. Esta es una promesa básica de la Escritura de
principio a fin. Este es el patrón de la historia, la dirección
en que el mundo se está moviendo. Este es nuestro futuro, la
herencia de las generaciones venideras.
El río
de vida
Esperamos que la maldición
sea revertida en cada una de las áreas de la vida, tanto en este
mundo como el venidero, a medida que el evangelio fluya a todo
el mundo. En un capítulo anterior, estudiamos cómo la imagen del
río de Edén se usa en toda la Escritura para indicar las
bendiciones del paraíso que regresan a la tierra por el poder
del Espíritu a través de la iglesia (ver Eze. 47:1-12; Zac.
14:8). Apropiadamente, Juan termina su cuadro de la nueva
creación con este otro, tomado de la visión de Ezequiel sobre la
iglesia:
Después me mostró un río
limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía
del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la
ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida,
que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas
del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más
maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y
sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará
en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad
de de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor
los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos (Apoc.
22:1-5).
El río de vida está fluyendo
ahora (Juan 4:14, 7:37-39), y continuará fluyendo en un torrente
siempre creciente de bendiciones para la tierra, sanando a las
naciones, poniendo fin a la ilegalidad y la guerra por medio de
la aplicación de la ley bíblica (Miq. 4:1-3). Esta visión del
futuro glorioso de la iglesia, terrenal y celestial, repara la
tela que se rasgó en Génesis. En Apocalipsis vemos al hombre
redimido, traido de vuelta al monte, sustentado por el río y el
árbol de vida, recuperando su perdido dominio y gobernando como
rey-sacerdote sobre la tierra. Este es nuestro privilegio y
nuestra herencia ahora, definitiva y progresivamente, en esta
era; y serán nuestros plenamente en la era por venir. El paraíso
está siendo restaurado.
Parte
Cinco: Hasta los confines de la tierra
Capítulo 24
Cumplimiento de la gran comisión
Sé para el futuro que lo
mejor es obedecer solamente a Dios; amarlo y temerlo a un
tiempo; proceder como si estuviera siempre delante de El; no
desconfiar jamás de su Providencia; entregarse del todo a El,
que misericordioso en todas sus obras, hace que el bien triunfe
sobre el mal, y convierte las cosas más pequeñas en las más
grandes, y sorprende con el impulso que se cree más ineficaz los
mayores poderes de la Tierra, y toda la ciencia mundana con la
más humilde sencillez. Sé que el que padece por la verdad
adquiere valor bastante para lograr el supremo triunfo, y que
para el fiel, la muerte no es más que la puerta de la vida. Esto
he aprendido con el ejemplo de Aquel a quien reconozco ya como
mi Redentor siempre bendito.
John Milton, Paradise
Lost [12:561-73]
¿Qué mero hombre o
mago o tirano o rey pudo jamás hacer tanto por sí mismo?
¿Pudo alguien jamás luchar contra el sistema entero de culto
a los ídolos y la hueste entera de demonios y toda la magia
y toda la sabiduría de los griegos, en un momento en que
todos ellos eran fuertes y florecientes y recogían a todos,
como lo hizo nuestro Señor, la mismísima Palabra de Dios?
Pero él está aun ahora revelando invisiblemente los errores
de todos los hombres, y él solo está llevando con él a
todos, de modo que los que solían adorar ídolos ahora los
pisotean, los magos de reputación queman sus libros y los
sabios prefieren la interpretación de los evangelios antes
que todos los estudios. Están abandonando a aquellos a los
que antes adoraban, adoran y confiesan a Cristo y a Dios a
quien antes solían ridiculizar como crucificado. Sus así
llamados dioses son derrotados por la señal de la cruz, y el
Salvador crucificado es proclamado en todo el mundo como
Dios e Hijo de Dios.
Atanasio,
On the Incarnation [53]
"Por tanto, id, y haced
discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden
todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con
vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mat.
28:19-20).
La gran comisión a la
iglesia no termina simplemente con
testificar a las
naciones. La orden de Cristo es que hagamos
discípulos a las
naciones - todas las
naciones. Los reinos del mundo deben llegar a ser los reinos de
Cristo. Deben ser hechos discípulos, obedientes a la fe. Esto
significa que todos los aspectos de la vida en todo el mundo han
de ser puestos bajo el señorío de Jesucristo: las familias, los
individuos, los negocios, la ciencia, la agricultura, las artes,
las leyes, la educación, la economía, la psicología, la
filosofía, y cada una de las otras esferas de la actividad
humana. Nada puede quedar fuera. Cristo debe "reinar", hasta que
haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies" (1 Cor.
15:25). Tenemos la responsabilidad de convertir al mundo entero.
En su segunda carta a la
iglesia de Corinto, Pablo delinea una
estrategia para el dominio
mundial:
Pues aunque andamos
en la carne, no militamos según la carne; porque las armas
de nuestra milicia
no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción
de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se
levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo
todo pensamiento a la obediencia a Cristo, y estando prontos
para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia
sea perfecta (2 Cor. 10:3-6).
Como observa Pablo, el
ejército de Cristo es invencible: no luchamos con mero poder
humano, sino con armas que son "poderosas en Dios" (ver Efe.
6:10-18), divinamente poderosas, más que adecuadas para llevar a
cabo el trabajo. Con estas armas a nuestra disposición, podemos
destruir todo lo que el enemigo levante en oposición al señorío
de Jesucristo. "Estamos llevando cautivo
todo pensamiento a la
obediencia a Cristo": Cristo ha de ser reconocido como Señor en
todas partes, en toda esfera de la actividad humana. Hemos de
"pensar los pensamientos de Dios según Él" en todo punto,
obedeciendo su palabra autorizada, el libro de la ley del reino.
Esta es la raíz de todo genuino programa de rconstrucción
cristiana.
Pablo nos dice que la
meta de nuestra guerra es la victoria total, el dominio completo
para el reino de Cristo. No aceptaremos nada menos que el mundo
entero. "Estamos listos para castigar toda desobediencia, una
vez que vuestra obediencia es completa", dice Pablo. La
traducción Moffatt presenta este texto así:
Estoy preparado para someter a
corte marcial a cualquiera que continúe siendo insubordinado,
una vez que vuestra sumisión sea completa. La meta de
Pablo es obediencia universal a nuestro Señor.
Pero es importante notar
el orden aquí. Pablo no comienza su obra de reconstrucción
fomentando una revolución social. Tampoco comienza buscando un
puesto político. Comienza con la iglesia, y se dispone a poner
el resto del mundo bajo el dominio de Cristo "una vez que la
obediencia de la iglesia sea completa".
El centro de la reconstrucción
cristiana es la iglesia. El río de vida no fluye de las
puertas de las cámaras de los congresos y parlamentos. Fluye del
templo restaurado del Espíritu Santo, la iglesia de Jesucristo.
Nuestra meta es el dominio mundial bajo el señorío de Cristo,
una "ocupación mundial", si se quiere; pero nuestra estrategia
comienza con la reforma y la reconstrucción de la iglesia. De
alli fluirá la reconstrucción social y política, en verdad un
florecimiento de la civilización cristiana (Hag. 1:1-15; 2:6-9;
18-23).
Esto es lo que siempre
ha sucedido. Cuando Moisés exigió que Faraón liberara a los
israelitas, no dijo: "Iniciemos una república cristiana". Dijo:
Jehová el Dios de
Israel dice así: Deja ir a mi pueblo
a celebrarme fiesta
en el desierto (Éx. 5:1; ver 7:16).
Ciertamente, Dios
planeaba hacer de su pueblo una nueva nación. La ley que estaba
a punto de darles proporcionaría el fundamento para un orden
social y un sistema judicial. Sin embargo, por importante que
sea todo esto, lo que es infinitamente más importante es
Dios. Y lo que es
básico para nuestra continua relación con Él y nuestro servicio
para Él es nuestro culto
a Él. La disputa fundamental entre Egipto e Israel era la
cuestión del culto. Todo lo demás partía de allí.
Liturgia e historia
Conocemos la historia de
Israel. Dios obligó a Faraón a dejar ir a Israel, y éste siguió
adelante a heredar la Tierra Prometida. Pero el aspecto
realmente crucial de todo el evento del Éxodo, por lo que
concierne a la actividad del
pueblo, era el culto.
La fe cristiana ortodoxa no puede reducirse a experiencias
personales, discusiones académicas, ni actividades para
construir la cultura - por importantes que sean todas ellas en
ggrados variables. La esencia de la religión bíblica es el culto
a Dios. Y con culto no
sólo quiero decir escuchar sermones, aunque la predicación
ciertamente es necesaria e importante. Quiero decir
oraciones organizadas,
congregacionales, alabanza, y celebración sacramental.
Además, esto significa que la reforma del
gobierno de la iglesia
es crucial para el dominio bíblico. La verdadera reconstrucción
cristiana de la cultura está lejos de ser simplemente un asunto
de aprobar una ley X y elegir al congresista Y. El cristianismo
no es un culto político. Es el culto divinamente ordenado del
Dios Altísimo.
Por eso el libro de
Apocalipsis comienza con una visión de Cristo y pasa a tratar
del gobierno (los "ángeles", u
oficiales) de la iglesia. De hecho, la profecía entera
está estructurada como un
servicio de culto el día del Señor (Apoc. 1:10). Durante
todo el libro, vemos un patrón repetido: primero, los "ángeles"
guían a los santos en un culto organizado; segundo, Dios
responde al culto de su pueblo trayendo juicio para salvación.
Por ejemplo, Juan nos muestra los mártires reunidos al pie del
altar de incienso, implorando a Dios que les vengue de sus
perseguidores (Apoc. 6:9-11). Poco después, un "ángel" ofrece
formalmente las oraciones de ellos a Dios, luego
toma fuego del altar y lo
arroja a la tierra: el resultado es devastación y
destrucción para Israel; la tierra se incendia; una montaña en
llamas es lanzada al mar (Apoc. 8:1-8). Esta no es sino una
ilustración entre muchas de una verdad central en Apocalipsis:
la inseparable conexión entre
la liturgia y la historia. El libro de Apocalipsis
muestra que los juicios de Dios en la historia son respuestas
directas al culto oficial de la iglesia. Cuando la iglesia, en
su capacidad oficial, pronuncia juicios legales, esas
declaraciones son aceptadas en la Corte Suprema del cielo (Mat.
16:19; Juan 20:23), y Dios mismo ejecuta el veredicto de la
iglesia.
De hecho, Jesús había
mandado específicamente a su pueblo que oraran para que el monte
de Israel fuese lanzado al mar (Mat. 21:21-22), y eso es
exactamente (de manera figurada) lo que sucedió. Esta es una
importante lección para la iglesia hoy día. Nuestra primera
respuesta a la persecución y la opresión no debe ser política.
Es decir, no debemos poner nuestra confianza en el estado.
La primera respuesta de la
iglesia a la persecución debe ser litúrgica. Debemos orar
por ello personalmente, en familia, y en el culto organizado y
corporativo de la iglesia, cuyos oficiales están divinamente
autorizados para pronunciar juicio. Por supuesto, esto significa
que la iglesia debe regresar a la práctica ortodoxa de cantar y
orar salmos imprecatorios
contra los enemigos de Dios. (Los "salmos imprecatorios" son los
salmos que consisten principalmente de
imprecaciones, o
maldiciones, contra los impíos; algunos de estos salmos son los
números 35, 55, 59, 69, 79, 83, 94, 109, y 140). Los oficiales
de iglesia deben pronunciar sentencia contra los opresores, y
los cristianos deben seguir esto con fieles oraciones para que
los opresores se arrepientan o sean destruidos.
Para dar otro ejemplo:
¿Qué debe hacer la iglesia acerca de la moderna forma de
sacrificio humano, la diaria abominación conocida como aborto?
Si nuestra respuesta central
es una acción social o política, somos,
en principio, ateos;
estamos confesando nuestra fe en las acciones humanas como las
últimas determinadoras de la historia. Es verdad que
debemos trabajar para
que el aborto sea declarado un crimen: los asesinos deben
recibir la pena capital (Éx. 21:22-25). También debemos trabajar
para salvar las vidas de los inocentes y los indefensos. Pero
nuestras acciones
fundamentales deberían ser
gubernamentales y
litúrgicas. Los
oficiales de iglesia deben pronunciar juicios sobre los
abortistas - dando los nombres
de los que abogan por la muerte, incluyendo jueces, médicos, y
publicistas.
Si la iglesia invoca
fielmente a Dios para que juzgue a los asesinos y perseguidores,
¿qué ocurrirá? La respuesta está dada en la totalidad del libro
de Apocalipsis: Los ángeles de Dios arrojarán fuego sobre la
tierra, y los malvados serán consumidos. Pero tenemos que
recordar que las ascuas de la
retribución de Dios tienen que proceder del altar. La
ardiente ira de Dios procede del trono, donde nos encontramos
con Él en el culto público. Un "movimiento de resistencia" que
no esté centrado en el culto estará bajo el juicio de Dios. En
principio, es como la ofrenda de "fuego extraño" de Nadab y Abiú
(Lev. 10:1-2).
W. S. Plumer escribió
sobre el poder de las oraciones imprecatorias de la iglesia: "De
los 30 emperadores romanos, gobernadores de provincias, y otros
oficiales de alta jerarquía, que se distinguieron por su celo y
encarnizamiento en la persecución de los cristianos primitivos,
uno pronto se volvió loco después de haber cometido alguna
crueldad atroz; otro fue asesinado por su propio hijo; otro
quedó ciego; los ojos de otro comenzaron a salírsele de las
órbitas; otro se ahogó; otro fue estrangulado; otro murió en un
cautiverio miserable; otro cayó muerto de una manera
indescriptible; otro murió de una enfermedad tan repugnante que
varios de sus médicos fueron ejecutados porque no pudieron
soportar el hedor que llenaba la habitación; dos se suicidaron;
un tercero lo intentó, pero tuvo que pedir ayuda para terminar
el trabajo; cinco fueron asesinados por su propio pueblo o sus
propios sirvientes; otros cinco murieron de la manera más
miserable e intolerable; varios de ellos sufrieron una indecible
complicación de enfermedades, y ocho murieron en combate o
después de haber sido tomados prisioneros. Entre éstos se
encontraba Julián el apóstata. Se dice que, en los días de su
prosperidad, apuntó su daga hacia el cielo desafiando al Hijo de
Dios, al cual llamaba comúnmente el galileo. Pero, cuando fue
herido en combate, viendo que todo había terminado para él,
recogió su sangre coagulada y la arrojó al aire, exclamando:
"¡Has vencido, galileo!".
Por supuesto, el culto
de la iglesia no es principalmente negativo sino positivo: Hemos
de ofrecer peticiones para la conversión del mundo. Debemos
pedirle a Dios que haga que todas las naciones acudan a su
templo, orando para que su monte crezca y llene la tierra más y
más, y para que nuestra era presencie triunfos crecientes para
el evangelio en todos los órdenes de la vida. No hay ninguna
razón para no esperar
la victoria; si somos fieles a la palabra de Dios, hay todas las
razones para suponer que los poderes de las tinieblas serán
hechos trizas por nuestro avance. Las puertas del infierno deben
caer y caerán delante de la iglesia agresiva y militante (Mat.
16:18).
Es una señal de nuestra
incredulidad el hecho de que ponemos nuestra confianza en los
hombres y en los príncipes antes que en el Espíritu de Dios.
¿Cuál es más poderosa, la depravación humana o la soberanía de
Dios? ¿Puede Dios
convertir al mundo? ¡Por supuesto! Más que eso, ¡ha prometido
que Él convertirá al
mundo! Nos ha dicho que "la tierra será llena del conocimiento
del Señor como las aguas cubren el mar" (Isa. 11:9). ¿Cómo
cubren las aguas el mar? ¿Hay
alguna parte del mar que no esté cubierta por agua? Ése
es justamente el punto: algún día, la gente de todas partes del
mundo conocerán el evangelio. Todas las naciones le servirán.
La salvación del mundo
es la razón de que Jesús viniera, como el Él mismo le dijo a
Nicodemo:
Porque de tal manera
amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito para que todo
aque que en Él crea no se pierda, sino que tenga vida
eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para
condenar al mundo, sino
para que el mundo sea salvo por él (Juan 3:16-17).
¡Para que el mundo sea salvo!
Este es uno de los pasajes bíblicos que se citan más a menudo,
pero a menudo no vemos su mensaje. Cristo Jesús vino a salvar al
mundo - no sólo a un
pecador aquí, otro allá. Él quiere que hagamos discípulas a las
naciones - no sólo a unos pocos individuos. El Señor Jesús no
quedará satisfecho del éxito de su misión sino hasta que la
tierra entera cante sus alabanzas. Sobre la base de las
infalibles promesas de Dios, la iglesia debe orar y trabajar
para que se expanda el reino, en la Esperanza de que Dios
llenará su iglesia con "una grande muchedumbre, que nadie podía
contar, de toda nación y tribu y lengua y pueblo" (Apoc. 7:9).
Tenemos que dejar de
actuar como si estuviéramos destinados para siempre a ser una
subcultura. Estamos destinados
al señorío; debemos enderezarnos y actuar en
consecuencia. Nuestras vidas y nuestro culto deben reflejar
nuestra Esperanza de dominio y nuestra creciente capacidad para
adquirir responsabilidades. No debemos vernos a nosotros mismos
como avanzadillas solitarias, rodeados por un mundo cada vez más
hostil; eso es dar falso testimonio contra Dios. La verdad es
exactamente opuesta a eso. Es el diablo el que está huyendo; es
el paganismo el que está condenado a la extinción. En fin de
cuentas, el cristianismo es la cultura dominante, predestinada a
ser la religión final y universal. La iglesia llenará la tierra.
El gran san Agustín
entendía esto. Refiriéndose a los que se veían a sí mismos como
el último remanente de una iglesia que se dirigía a una
inevitable declinación, se rió: "Las nubes retumban con los
truenos, de que la casa del Señor se construirá por toda la
tierra; y estas ranas se sientan en su pantano y croan:
'¡Nosotros somos los únicos cristianos'!"
Nosotros damos forma a
la historia mundial. Dios ha vuelto a crearnos a su imagen para
que dominemos el mundo; Él ha derramado su Espíritu sobre
nosotros, con "poder de lo alto" (Lucas 24:49); Él nos ha
confiado el evangelio del reino, y nos ha encargado que tomemos
posesión del mundo. Si
confiamos en Él y le obedecemos, no hay ninguna posibilidad de
que fracasemos.
El mandato teocrático
Nuestra meta es un mundo
cristiano, hecho de naciones explícitamente cristianas. ¿Cómo
podría un cristiano desear alguna otra cosa? Nuestro Señor mismo
nos enseñó a orar: "Venga tu reino:
Hágase tu voluntad, así en el
cielo como en la tierra" (Mat. 6:10). Oramos para que las
órdenes de Dios sean obedecidas en la tierra, así como son
obedecidas inmediatamente por los ángeles y los santos en el
cielo. El Padre Nuestro es una oración para el dominio mundial
del reino de Dios - no un gobierno mundial centralizado, sino un
mundo de repúblicas teocráticas descentralizadas.
Ahora bien, con
teocracia, yo no quiero
decir un gobierno regido por sacerdotes y pastores. Eso no es en
absoluto lo que la palabra significa. Una teocracia es
un gobierno regido por Dios,
un gobierno cuyo código de leyes está sólidamente fundamentado
en las leyes de la Biblia. A los gobernantes civiles se les
exige que sean ministros de Dios, tal como lo son los pastores
(Rom. 13:1-4). Según la santa e infalible palabra de Dios, las
leyes de la Biblia son las
mejores leyes (Deut. 4:5-8). No pueden ser mejoradas.
El hecho es que toda ley
es "religiosa". Toda ley está basada en algún modelo último de
moralidad y ética. Todo sistema de leyes se funda en el valor
último de ese sistema, y ese valor último es el dios de ese
sistema. La fuente de las leyes para una sociedad es el dios de
esa sociedad. Esto significa que
una teocracia es inescapable.
Todas las sociedades son teocracias. La diferencia es que una
sociedad que no es explícitamente cristiana es una teocracia de
un dios falso. Por eso, cuando Dios dio instrucciones a los
israelitas para la entrada en la tierra de Canaán, les advirtió
que no adoptaran el sistema de leyes de los paganos:
Habló Jehová a
Moisés diciendo: Habla a los hijos de Israel, y diles: Yo
soy Jehová vuestro Dios. No haréis como hacen en la tierra
de Egipto, en la cual morásteis; ni haréis como hacen en la
tierra de Canaán, a la cual yo os conduzco, ni andaréis en
sus estatutos. Mis ordenanzas pondréis por obra, y mis
estatutos guardaréis, andando en ellos. Yo Jehová vuestro
Dios. Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis ordenanzas,
los cuales haciendo el hombre, vivirá en ellos. Yo Jehová
(Lev. 18:2-5).
Esa es la única opción:
ley pagana o ley cristiana. Dios prohibe específicamente el
"pluralismo". A Dios no le interesa en lo más mínimo compartir
el dominio mundial con Satanás. Dios quiere que le honremos
individualmente, en nuestras familias, en nuestras iglesias, en
nuestros negocios, en nuestras ocupaciones culturales de todo
tipo, y en nuestros estatutos y juicios. "La justicia engrandece
a la nación, mas el pecado es afrenta de las naciones" (Prov.
14:34). Según los humanistas, las civilizaciones sólo "surgen" y
"caen" a causa de algún mecanismo naturalista, evolucionario.
Pero la Biblia dice que la clave de la historia de las
civilizaciones es juicio.
Dios evalúa nuestra reacción a sus mandatos, y responde con
maldiciones y bendiciones. Si una nación le obedece, la bendice
y la hace prosperar (Deut. 28:1-4); si una nación le desobedece,
la maldice y la destruye (Deut. 28:15-68). La historia de Israel
es una advertencia para todas las naciones: porque, si Dios se
lo hizo a Israel, seguramente hará lo mismo al resto de nosotros
(Jer. 25:29).
La escatología de
dominio no es alguna cómoda doctrina de que el mundo se está
volviendo "mejor y mejor" en un sentido abstracto, automático.
Tampoco es una doctrina de protección contra el juicio y la
desolación nacionales. Por el contrario, la escatología de
dominio es una garantía
de juicio. Enseña que la historia mundial es juicio, una serie
de juicios que conducen al juicio final. En todo momento, Dios
está observando su mundo, sopesando y evaluando nuestra reacción
a su palabra. Zarandea las naciones hacia atrás y hacia adelante
en la criba de la historia, colando la paja inútil y arrojándola
lejos, hasta que no quede nada sino su trigo puro. La opción
delante de cada nación no es pluralismo. La opción es obediencia
o destrucción.
Mil generaciones
Para el satanista, el
tiempo es la gran maldición. A medida que la historia progresa,
las fuerzas del mal sienten que
su tiempo se está
acabando (ver Apoc. 12:12). Por eso, Satanás trabaja a menudo
por medio de la revolución: tiene que hacer su trabajo
ahora, mientras tiene
oportunidad. No puede darse el lujo de esperar, porque el tiempo
trabaja contra él. Está condenado a ser derrotado, y lo sabe.
Pero el cristiano no
tiene que temer el paso del tiempo, porque
el tiempo está de nuestro lado.
La historia trabaja en favor de nuestros objetivos. Cada día nos
acerca más a la realización de que el conocimiento de Dios
cubrirá el mundo entero. Las naciones adorarán y obedecerán al
único Dios verdadero, y dejarán de hacer la guerra; la tierra
será cambiada, restaurada a las condiciones edénicas; y la gente
será bendecida con vidas largas y felices - ¡tan largas, de
hecho, que será raro que alguien muera a la corta edad de 100
años (Isa. 65:20)!
Consideremos esta
promesa de la ley: "Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios,
Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le
aman y guardan sus mandamientos, hasta
mil generaciones"
(Deut. 7:9). El Dios del pacto le dijo a su pueblo que les
bendeciría hasta la milésima generación de sus descendientes.
Esa promesa se hizo (en números redondos) hace aproximadamente
3,400 años. Si calculamos cada generación bíblica es más o menos
de 40 años, mil generaciones equivalen a
cuarenta mil años. ¡Nos
quedan 36,600 años antes de que esta promesa se cumpla!
Posiblemente algunos me
acusen de caer en un inconsistente "literalismo" en este punto,
tomando la palabra mil
literalmente en Deuteronomio pero no en Apocalipsis. No es así.
Admito que, cuando Dios usa el término
mil, está hablando de
vastedad, más bien que de un número específico. Sin embargo,
habiendo admitido eso, miremos más de cerca la manera en que
este término se usa en le simbolismo. Cuando Dios dijo que él es
dueño de los animales en un millar de collados, quiso decir un
vasto número de animales en un vasto número de collados, pero
existen más de 1,000 collados o colinas. La Biblia promete que
los miembros del pueblo de Dios serán reyes y sacerdotes durante
mil años, queriendo decir un vasto número de años - pero los
cristianos han sido reyes y sacerdotes durante
más de 1,000 años (casi
2,000 años ahora). Lo que quiero subrayar es esto: El
término mil se usa a
menudo simbólicamente en la Escritura para expresar vastedad;
pero, en realidad, esa vastedad es mucho
más que el millar
literal.
Dios promete que
bendecirá a su pueblo durante mil generaciones. Luego, por la
analogía de la Escritura, esto significa que una cifra de
cuarenta mil años es apenas el
mínimo. Este mundo tiene por delante decenas de miles,
quizás centenas de miles, de años de creciente impiedad antes de
la segunda venida de Cristo.
No me interesa fijar
fechas. No voy a tratar de calcular la fecha de la segunda
venida. La Biblia no la revela, y no es asunto nuestro. Lo que
la Biblia sí revela es nuestra responsabilidad de trabajar por
el reino de Dios, nuestro deber de ponernos nosotros mismos y
poner a nuestras familias, y todas nuestras esferas de
influencia, bajo el dominio de Jesucristo. "Las cosas secretas
pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para
nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos
todas las palabras de esta ley" (Deut. 29:29). Dios no nos ha
dicho cuándo ocurrirá la segunda venida. Pero sí nos ha dicho
que hay mucho trabajo por hacer y espera que lo hagamos.
¿Qué diría usted si
contratara a un obrero, le diera instrucciones detalladas, y
todo lo que él hiciera fuera sentarse preguntándose a qué
sonaría el timbre de salida? ¿Le consideraría usted un obrero
fiel? ¿Le considera Dios a
usted un obrero fiel de su reino? Repito: El propósito de
la profecía es ético. Es la certeza que nos da Dios de que la
historia está bajo su control, de que Él está llevando a cabo
sus propósitos eternos en todas las circunstancias, y de que su
plan original de la creación se cumplirá. Nos ha colocado en la
gran guerra de la historia del mundo, con la absoluta garantía
de que ganaremos. Aunque tenga que detener el universo entero
para nosotros (Josué 10:12-13), el día durará lo suficiente para
que obtengamos la victoria. El tiempo está de nuestro lado. El
reino ha llegado, y el mundo ha comenzado nuevamente.
Ahora, póngase a
trabajar.
(APÉNDICE A)
LA ESCATOLOGÍA DE DOMINIO:
RESUMEN
Para aquellos a los que les
les gusta que su escatología esté envuelta en un nítido paquete,
he preparado una lista de los 45 principales argumentos de este
libro, en el orden general en que fueron presentados (los
números de los capítulos están en paréntesis). El lector debería
considerar cada uno a la luz de los argumentos bíblicos en el
texto del libro. Después de estas "proposiciones sobre la
Esperanza", sigue una breve sección que responde a algunos de
los malentendidos de la escatología de dominio.
Proposiciones sobre la esperanza
- La Biblia nos enseña a
tener esperanza, no desesperanza; a esperar la victoria y el
señorío del evangelio, no la huida y la derrota. (1)
- La profecía bíblica está
escrita en lenguaje tanto literal como simbólico. La opción no
es entre "literalismo" y "simbolismo", sino entre un método de
interpretar la Biblia
bíblicamente o
especulativamente. (2)
- La salvación es una
re-creación. En la
redención, Jesucristo restaura al hombre a la imagen de Dios.
(3)
- La salvación y sus
bendiciones se presentan en la Biblia como
definitivas,
progresivas, y
finales. (3)
- No somos salvos fuera de
nuestro entorno; más bien, la salvación obra para restaurar la
tierra como un todo. El santo monte de Dios (el huerto) crecerá
hasta llenar el mundo entero. (3-7).
- Dios bendice la obediencia
y maldice la desobediencia; este patrón se volverá dominante a
medida que la historia progresa. (3-7)
- A través de generaciones
de obediencia, los santos se volverán más y más competentes y
poderosos, mientras que los impíos se volverán débiles e
impotentes. (3-7)
- Los impíos son
"arrebatados" primero (es decir, quitados de la tierra y
desheredados), mientras los justos entran más y más en posesión
de todas las cosas. (6)
- Jesucristo vino como Hijo
del hombre (el segundo Adán) para establecer el reino de Dios en
la tierra. (8)
- La profecías bíblicas de
que Cristo reinaría como rey se cumplieron en la entronización
de Cristo a su ascensión. (8)
- La profecía de Daniel
sobre el Hijo del hombre "viniendo en las nubes" se cumplió en
la ascensión de Cristo. (8)
- Jesucristo derrotó
definitivamente y ató a Satanás y a los demonios en la
expiación, la resurrección, y la ascensión. (8)
- El reino fue establecido
durante el primer advenimiento de Cristo (incluyendo el juicio
del año 70 D.C.); ahora está en progreso y aumentará hasta el
fin del mundo. (8-16)
- El Israel étnico fue
excomulgado por su apostasía y nunca más volverá a ser el reino
de Dios. (9, 14)
- Ahora el reino está
compuesto de todos (judíos y gentiles) los que han sido
redimidos por Jesucristo. (9)
- La iglesia es ahora el
templo de Dios, habiendo morado en ella el Espíritu Santo en
Pentecostés y habiendo sido plenamente establecida en la
destrucción del antiguo templo en el año 70 D. C. (10-13)
- El discurso del Monte de
los Olivos (Mateo 24, Marcos 13, y Lucas 21) no es sobre la
segunda venida de Cristo. Es una profecía de la destrucción de
Jerusalén en el año 70 D. C. (10-11)
- La gran tribulación tuvo
lugar en la caída de Israel. No se repetirá y por ello no es un
evento futuro (aunque los cristianos de todas las edades han
tenido que soportar sufrimientos por su fe). (10-11)
- La Biblia no predice que
se establecerá ningún futuro templo literal ni sistema de
sacrificios en Jerusalén. Las profecías bíblicas sobre el templo
se refieren a Cristo y a su iglesia, definitivamente,
progresivamente, y finalmente. (10-13)
- Aunque Israel será
restaurado a la verdadera fe algún día, la Biblia no habla de
ningún plan futuro para Israel como nación
especial. (14)
- El lenguaje bíblico de la
re-creación (el "universo que se derrumba") simboliza el juicio
de Dios, y recuerda especialmente el diluvio y las plagas de
Egipto y el éxodo. (15)
- Anticristo es un término
usado por Juan para describir la difundida apostasía de la
iglesia cristiana antes de la caída de Jerusalén. En general,
cualquier instructor o sistema apóstata puede ser llamado
"anticristo"; pero la palabra no se refiere a ningún "futuro
Fuhrer". (12-13)
- La "gran apostasía"
ocurrió en el siglo primero. Por lo tanto, no tenemos ninguna
garantía bíblica de que podemos esperar una creciente apostasía
a medida que la historia progresa; en su lugar, debemos esperar
la creciente cristianización del mundo. (12-13)
-
Los últimos días es una
expresión bíblica para designar el período entre el
advenimiento de Cristo y la destrucción de Jerusalén en 70 D.
C.: los "últimos días" de Israel. (13)
- Antes de la segunda venida
de Cristo, la vasta mayoría de judíos y gentiles se convertirá a
la fe cristiana. (14)
- Todos los enemigos de
Cristo están siendo sometidos gradualmente a su reino desde el
cielo. Él permanecerá en el cielo hasta que todos los enemigos
sean derrotados. El último enemigo, la muerte, será destruido
cuando Jesucristo regrese. (16)
- Jesucristo regresará en el
día final, cuando la resurrección y el juicio final tengan
lugar. (16)
- El rapto y la segunda
venida ocurrirán juntos. (16)
- Habrá una resurrección
general; los justos resucitarán para vida eterna, y los impíos
resucitarán para condenación. (16)
- La principal preocupación
de la profecía es la conducta
ética: obediencia a los mandatos de Dios. (17)
- El canon de la Escritura
se cerró en 70 D. C., cuando el pacto antiguo pasó a la
historia. (18)
- El libro de Apocalipsis no
debe interpretarse "futurísticamente"; para sus primeros
lectores, su mensaje era
contemporáneo, y el tiempo de su cumplimiento estaba
"cerca". (18)
- La "bestia" de Apocalipsis
era un símbolo tanto de Nerón en particular como del Imperio
Romano en general. (20)
- El "falso profeta"
simbolizaba a los líderes religiosos judíos. (20)
- La "ramera" simbolizaba a
la Jerusalén apóstata, que había dejado de ser la ciudad de
Dios. (21)
- El "milenio" es el reino
de Jesucristo, que Él estableció en su primer advenimiento. (22)
- La "primera resurrección"
es espiritual: nuestra justificación y regeneración en Cristo.
(22)
- Los "mil años" de
Apocalipsis 20 son un símbolo de un vasto número de años - más
probablemente, muchos miles. (22, 24)
- Todos los cristianos son
sacerdotes en esta era: todos los cristianos están sentados
ahora en lugares celestiales con Cristo. (22)
- La nueva creación ya ha
comenzado: La Biblia describe nuestra salvación en Cristo, tanto
ahora como en la eternidad, como "nuevos cielos y nueva tierra".
(23)
- La "Nueva Jerusalén", la
ciudad de Dios, es la iglesia, ahora y para siempre. (23)
- El centro de la
reconstrucción cristiana del mundo es la iglesia. La esencia de
la religión bíblica, y la fuente de la cultura cristiana, es el
culto a Dios. (24)
- El culto de la iglesia y
su gobierno son reconocidos oficialmente en la corte celestial.
Cuando la iglesia pronuncia juicios legales, éstos son
ejecutados en la tierra, en la historia, por medio de la
providencial administración del mundo. (24)
- La meta cristiana para el
mundo es el desarrollo universal de repúblicas teocráticas
bíblicas, en las cuales cada área de la vida es redimida y
puesta bajo el señorío de Jesucristo y el reinado de la ley de
Dios. (24)
- El modelo cristiano de
ética en todas las áreas - los individuos, las familias, los
negocios, y los gobiernos - es la ley bíblica. El cristiano no
puede estar satisfecho con el "pluralismo", sino que el llamado
es a trabajar por el señorío de Jesucristo y su reino por medio
del mundo. La prosperidad del mundo vendrá de Jesucristo, y sólo
de Jesucristo. (24).
Malentendidos sobre la esperanza
La mayoría de las objeciones
usuales contra la Esperanza se basa en malentendidos radicales
de la posición. El siguiente pasaje del éxito literario de Hal
Lindsey, Late Great Planet
Earth, es típico de muchas declaraciones desinformadas y
mal investigadas sobre el tema:
Solía haber un grupo llamado
"postmilenialistas". Creían que los cristianos desarraigarían el
mal del mundo, abolirían los gobiernos impíos, y convertirían al
mundo a través de un creciente evangelismo hasta introducir el
reino de Dios en la tierra por sus propios esfuerzos. Luego,
después de 1,000 años de que la iglesia institucional estuviese
reinando en la tierra en paz, en igualdad, y en justicia, Cristo
regresaría y el tiempo llegaría a su fin. Esta gente rechazaba
gran parte de la Escritura como literal y creían en la bondad
inherente del hombre. La Primera Guerra Mundial desanimó mucho a
este grupo y la Segunda Guerra Mundial prácticamente hizo
desaparecer este punto de vista. Ningún erudito que se respete y
que examine las condiciones mundiales y la acelerada declinación
de la influencia cristiana hoy día es "postmilenialista" (p.
176).
Aunque la declaración de
Lindsey contiene casi tantos errores como palabras, es un
resumen notablemente conciso de las numerosas representaciones
falsas de la posición postmilenial por parte de los evangélicos.
En las siguientes secciones numeradas, responderé brevemente a
los principales errores de las observaciones de Lindsey.
1.
Solía haber un grupo llamado "postmilenialistas".
No, todavía estamos aquí. En
realidad, más y más cristianos se están convenciendo de la base
bíblica para una escatología de dominio todo el tiempo. (Las
razones de la declinación del postmilenialismo en el siglo
veinte se discutirán en el apartado número 6, más adelante).
Como he indicado en varios puntos de este libro. la escatología
de dominio es la posición histórica de la iglesia. Esto no
quiere decir que todo el mundo tenía en mente algún calendario
específico de sucesos conocido como "postmilenialismo". En
realidad, no se consideraba un
ismo, porque la expectativa del dominio de Cristo sobre
el mundo por medio del evangelio era precisamente la fe ortodoxa
- la actitud comúnmente aceptada por los cristianos.
Por otra parte,
había un punto de vista
que era considerado excéntrico por la mayoría de los cristianos
- era siempre un "ismo". Desde el tiempo de Cerinto, a esto se
le llamaba chiliasm
(que significa mil-añ-ismo).
Se conoce hoy día como
premilenialismo, la doctrina de que la "era del reino" no
tendrá lugar sino hasta la segunda venida de Cristo. Este punto
de vista estuvo siempre en los límites del cristianismo hasta
que fue revivido en el siglo diecinueve por cierto número de
sectas milenialistas; finalmente obtuvo amplia publicidad
después de la aparición de la Biblia de Scofield en 1909. Sin
embargo, ahora este antiguo ismo está siendo abandonado por
muchos en favor de la posición mayoritaria de la iglesia
ortodoxa a través de las edades: la escatología de dominio.
2.
Creían que los cristianos ...
[introducirían] el reino de Dios en la tierra por sus propios
esfuerzos.
Esta es una de las objeciones
a la Esperanza que se oyen más comúnmente. Se compara al punto
de vista del dominio con el movimiento liberal del "Evangelio
Social" de principios de la década de 1900. Tal identificación
es completamente absurda, desprovista en absoluto de todo
fundamento. Los líderes del movimiento del Evangelio Social eran
humanistas evolucionistas y socialistas, y eran abiertamente
hostiles hacia el cristianismo bíblico. Es verdad que tomaron
prestados ciertos
términos y conceptos del cristianismo, para pervertirlos para
sus propios usos. Por eso hablaban del "reino de Dios", pero lo
que querían decir estaba muy lejos de la fe cristiana
tradicional. Los maestros postmilenialistas ortodoxos como
Benjamin Warfield y J. Gresham Machen se opusieron vigorosamente
al Evangelio Social. El verdadero postmilenialismo siempre ha
sido verdaderamente evangélico. Enseña que el reino fue
establecido por Jesucristo solamente, y que el reino es avanzado
mediante la difusión del evangelio y la aplicación de la Biblia
a todas las áreas de la vida.
Sin embargo, hay otra
dimensión en esta controversia. Puesto que creemos que los
cristianos vencerán toda oposición y llevarán el evangelio a los
confines de la tierra, los postmilenialistas son acusados de
tener fe en el hombre.
Esta es una distorsión radical. La verdad es que los
postmilenialistas creen en Dios, que actúa en la historia por
medio del hombre redimido.
Creemos que el Señor Omnipotente del cielo y la tierra mora en
su iglesia y no permitirá que seamos derrotados en la misión que
nos ha encomendado. San Agustín oraba: "Danos lo que ordenas, y
ordena lo que deseas". Esa es nuestra actitud también. Puesto
que Dios actúa en la historia para bendecir a los justos y
maldecir a los impíos, la historia está de nuestro lado. En la
batalla entre los redimidos y los impíos, tenemos fe en los
redimidos. Creemos que el pueblo de Dios vencerá, en el tiempo y
en la tierra, así como en la eternidad. En Cristo, somos
herederos de todas las cosas.
3.
Luego, después de 1,000 años de haber reinado en la tierra la
iglesia institucional
...
Como mostré en los capítulos
22 y 24, no creemos que el reino durará sólo 1,000 años. Es
verdad que algunos postmilenialistas han creído que un período
venidero de paz y bienaventuranza mundial durará mil años
literales, pero definitivamente son la minoría. En realidad, de
decenas de sobresalientes maestros postmilenialistas en la
historia, sólo recuerdo uno o dos que sostenían ese punto de
vista. La mayoría ha enseñado que el "milenio" de Apocalipsis 20
es idéntico al reino establecido por Cristo a su primer
advenimiento.
Lindsey afirma además que
nosotros creemos que "la iglesia institucional" reinará en la
tierra. No estoy seguro de cómo interpretar eso. Nunca he oído
ni leído que eso sea defendido por nadie. Suena como si
estuviera diciendo que nosotros creemos que los dirigentes de la
iglesia deberían ejercer poderes policíacos, o deberían estar
encaegados del gobierno civil. En caso de que haya alguna duda
sobre ese punto, permítaseme afirmar categóricamente que
nosotros no creemos que la iglesia
institucional debería
gobernar por encima del estado. Sin embargo, sí creemos que los
gobernantes deberían ser
cristianos, y que deberían aplicar principios bíblicos de
justicia dentro de sus áreas de responsabilidad. El punto no es
que la iglesia y el estado están fundidos en una sola
organización; más bien, el punto es que tanto la iglesia como el
estado están bajo Dios y la absoluta autoridad de su Palabra. La
iglesia es el ministerio de gracia divinamente comisionado; el
estado es el ministerio de justicia divinamente comisionado.
Ambos reciben su comisión de la Palabra de Dios.
4. Esta gente rechazó gran
parte de la Escritura por ser literal ...
Nuevamente, es difícil estar
seguro del significado exacto de Lindsey en este punto. Si
simplemente quiere decir que los postmilenialistas rechazan la
idea de que toda la Escritura debe ser interpretada
"literalmente", tenemos que declararnos culpables; pero estamos
en buena compañía. Mateo, Marcos, Lucas, y Juan no eran
"literalistas", a juzgar por la forma en que interpretaban la
profecía. Reconocían el carácter simbólico de este pasaje de
Isaías:
Voz que clama en el desierto:
Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a
nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y
collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se
manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la
verá; porque la boca de Jehová lo ha hablado. (Isa. 40:3-5).
Una interpretación
estrictamente "literalista" debería entender esto como una
profecía de un proyecto de construcción de carreteras a gran
escala en Paledstina. Pero, cada uno de los cuatro evangelios
declara que las palabras de Isaías se cumplieron en el
ministerio de predicación y bautismo de Juan (Mat. 3:3; Mar.
1:3; Luc. 3:4-6; Juan 1:23). El hecho es que en la Biblia
existen formas de hablar tanto literales como simbólicas, y
tenemos que tener cuidado e interpretar las afirmaciones
bíblicas en términos de la dirección de la Biblia.
Por supuesto, el mismo Hal
Lindsey tampoco es un "literalista". Cuando el libro de
Apocalipsis habla de estrellas que caen, Lindsey sólo puede ver
armas termonucleares; cuando Apocalipsis menciona a langostas,
él contempla helicópteros Cobra (There´s
a New World Coming [Eugene, OR: Harvest House, 1973, pp.
132, 138s). Lo que sea que se diga de las singulares
interpretaciones de Lindsey, ellas son cualquier cosa menos
"literales".
Sin embargo, como observé más
arriba, la acusación de Lindsey contra los postmilenialistas es
algo confusa. De acuerdo con él, "esta gente rechaza gran parte
de la Escritura por ser literal". Esto puede ser sólo lenguaje
impreciso, pero da a entender fuertemente que la escatología de
dominio es una posición liberal que
rechaza la Escritura.
Nada podría estar más lejos de la verdad (como confío que este
libro haya dmostrado). En realidad, a través de la historia, los
postmilenialistas han sido defensores sobresalientes de la
inspiración y autoridad final de la Escritura. La mayoría de los
miembros de la histórica Asamblea de Westminster eran firmes
postmilenialistas, y en el mismo primer capítulo de su
influyente documento de 1646,
The Westminster Confession of Faith, declaran que todos
los sesenta y seis libros de la Biblia "fueron dados por
inspiración de Dios, para que fuesen la regla de la fe y la vida
...".
La autoridad de la Santa
Escritura, por la cual debería ser creída y obedecida, depende,
no del testimonio de ningún hombre ni de la iglesia, sino
enteramente de Dios (que es la verdad misma), el Autor de ella;
y por consiguiente ha de ser recibida, porque es la Palabra de
Dios...
La infalible regla de
interpretación de la Escritura es la Escritura misma ...
El juez supremo, por el cual
se han de dirimir todas las controversias de la religión y todos
los decretos de los concilios, las opiniones de antiguos
escritores, las doctrinas de los hombres, y los espíritus
privados, han de ser examinados, y en cuya sentencia debemos
reposar, no puede ser otro que el Espíritu Santo hablando en la
Escritura.
Quizás el exponente más
sobresaliente de la Esperanza a principios de este siglo fue el
Dr. Benjamin B. Warfield, cuyos escritos han influido en muchos
para inclinarlos hacia una comprensión de la escatología de
dominio. Sin embargo, quizás él es mejor conocido por sus
escritos recogidos en el libro titulado
The Inspiration and Authority
of the Bible, que se ha convertido en un clásico
reconocido de erudición conservadora. Podríamos multiplicar los
ejemplos, pero tal vez sea suficiente señalar que los
postmilenialistas han sido tan rotundos defensores de la
infalibilidad de la Biblia que, en años recientes, algunos
oponentes les han acusado de de "bibliolatría".
5. ...
y creían en
la bondad inherente del hombre.
Desafortunadamente, esta
acusación no parece ser solamente lenguaje "impreciso" o
descuidado. Lindsey está acusando directamente a la escuela
postmilenialista de pensamiento de creer en la falsa doctrina de
la "bondad inherente del hombre". Yo contestaría simplemente:
Nombre uno. Yo no
acusaría a Lindsey de mentir deliberadamente, pero por lo menos
es culpable de haber efectuado una investigación muy pobre y de
utilizar retórica sin fundamento e inflamatoria. En todo caso,
permanece el hecho de que ningún postmilenialista ha enseñado
jamás la herejía de que el hombre es inherentemente bueno.
Podemos refutar esto con una declaración representativa del
reformador Juan Calvino:
La mente del hombre ha estado
alejada de la justicia de Dios tan completamente que concibe,
desea, y emprende sólo lo que es impío, perverso, asqueroso,
impuro, y abyecto. El corazón está tan sumergido en el veneno
del pecado, que no puede exhalar sino un hedor repugnante. Pero,
si algunos hombres de vez en cuando hacen una demostración de lo
bueno, sus mentes empero permanecen siempre envueltas en la
hipocresía y en el arte del engaño, y sus corazones continúan
atados por la perversidad interior
(Institutes of the Christian
Religion, 2:5:19).
Esto quizás es poner las cosas
un poco más fuertes de lo que hasta Lindsey podría desear. Pero
la declaración de Calvino ciertamente no refleja ninguna
doctrina de la "bondad inherente" del hombre. Y lo mismo podría
decirse de todos los otros postmilenialistas a lo largo de la
historia de la iglesia, porque la escatología de la victoria es
simplemente el Esperanza ortodoxa del cristianismo histórico.
6.
La Primera Guerra Mundial desanimó mucho a este grupo, y la
Segunda Guerra Mundial prácticamente hizo desaparecer este punto
de vista.
Supongamos momentáneamente,
por cuestión de argumento, que esta afirmación es correcta. La
respuesta correcta es: ¿Y qué? Eso no prueba que la Esperanza
cristiana no es verdadera - sólo prueba que la gente dejó de
creer lo que es verdad.
Sin embargo, la implicación del argumento es que el
hecho de dos guerras
mundiales constituye evidencia de que la Esperanza es errónea,
puesto que el mundo no se está "volviendo mejor y mejor". Admito
hasta esto: Las dos guerras mundiales (y la amenaza de una
tercera) causó considerable daño a las esperanzas de los
humanistas que creían en la doctrina herética del progreso
humano "automático" hacia la paz y la hermandad. Falsamente
confundido a menudo con el postmilenialismo, en realidad eso no
está más cerca de la escatología de dominio de lo que los
sacrificios paganos están de la Santa Cena. El cristiano no
necesita desanimarse por una guerra mundial o una persecución
general. Su fe está puesta en Dios, no en el hombre; su
esperanza no está ligada al destino de ninguna cultura en
particular. Si esta nación o civilización cae bajo el justo
juicio de Dios, el cristiano fiel es consciente de que Dios está
siendo fiel a sus promesas de bendición y maldición. La
Esperanza no es garantía de bendición para el desobediente. Es
una garantía de juicio para la bendición del mundo.
Pero ahora enfrentemos la
pregunta: ¿Las dos guerras mundiales destruyeron la Esperanza?
En realidad, los orígenes de la declinación del postmilenialismo
comenzaron mucho antes de la Primera Guerra Mundial, con el
surgimiento del liberalismo teológico (que enseñaba que no se
podía confiar en las predicciones bíblicas) y el "progresivismo"
evolucionista (que enseñaba que el progreso era "natural" más
bien que ético). En reacción a estos enemigos del cristianismo
bíblico, muchos cristianos evangélicos perdieron toda esperanza
de ver al evangelio victorioso. Abandonaron la esperanza. Como
Pedro cuando caminó sobre el mar de Galilea, miraban la
"naturaleza", no al Señor Jesucristo; como los israelitas en la
frontera con Canaán, contemplaron los "gigantes en la tierra" en
vez de confiar en las infalibles promesas de Dios; se llenaron
de temor, y huyeron. Comenzaron a escuchar a los falsos profetas
del desaliento que enseñaban que la iglesia estaba condenada al
fracaso, y que "no es espiritual" que los cristianos procuren el
dominio sobre la civilización. Entonces demostraron un
importante principio de la vida: Si uno cree que va a perder,
probablemente perderá. Eso es lo que le ocurrió al evangelicismo
del siglo veinte, y se batió en una retirada cultural que ha
durado décadas.
Por fin, después de mucho
tiempo, el cuadro ha comenzado a cambiar. Creo que dos factores
principales proporcionaron el ímpetus para el reciente
resurgimiento del activismo cristiano en los Estados Unidos.
Primero, ocurrió el tristemente famoso fallo pro-aborto
Roe vs. Wade por parte
de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Esto despertó a los
cristianos. Se dieron cuenta de que millares de niños estaban
siendo masacrados legalmente todos los días, y sabían que debían
hacer algo para detener los asesinatos. Creo que 1973 podría muy
bien ser considerado como un año decisivo en la historia de los
Estados Unidos - el momento en que los cristianos
norteamericanos iniciaron la larga marcha de vuelta hacia el
arrepentimiento nacional.
El segundo punto de
controversia ha sido la educación cristiana. Más y más
cristianos han rconocido que la Palabra de Dios nos mana a
educar a nuestros hijos en términos del modelo de Dios para cada
área de la vida. Los movimientos en favor de la escuela
cristiana y la escuela en el hogar han aumentado tremendamente
en la última década, y están aumentando rápidamente en número e
influencia. El malvado intento del gobierno federal de destruir
el movimiento de la escuela cristiana en 1978 sólo sirvió para
unir a muchos más cristianos en una decisión más fuerte de criar
a sus hijos en la fe mundial de la Biblia. Además, la misma
existencia de las escuelas cristianas ha hecho que los
cristianos se den cuenta de que la verdadera espiritualidad no
significa una huida del mundo, sino que exige que conquistemos
el mundo en el nombre de nuestro Señor. Los cristianos han visto
la necesidad de desarrollar un consistente "punto de vista
cristiano "del mundo y la vida", una perspectiva claramente
bíblica sobre la historia, la ley, el gobierno, las artes, las
ciencias, y cada uno de los otros campos del pensamiento y la
acción.
Y Dios está bendiciendo esta
obediencia. Los cristianos han comenzado finalmente a luchar
contra el enemigo - y, para su gran asombro - han comenzado a
ganar. Una y otra vez, han visto que resistir al diablo le ha
hecho huir, como Dios ha prometido. Están descubriendo la verdad
del alarde del padre de las iglesia del siglo tercero,
Tertuliano, contra los demonios: "A la distancia, se nos oponen,
pero a corta distancia miden clemencia". Habiendo saboreado la
victoria, los cristianos actuales hablan mucho menos de escapar
en el rapto, y mucho más sobre los requisitos de Dios en esta
vida. Hasta están pensando en la clase de mundo que están
preparando para sus nietos, y la herencia de piedad que dejarán
atrás. Instintivamente, porque
nuevamente están actuando en obediencia a los mandatos de Dios,
los cristianos están regresando a una escatología de dominio.
Haciendo la voluntad de Dios, están viniendo al conocimiento de
la doctrina (ver Juan 7:17; 2 Ped. 1:5-8). Debido a que una
fuerte fe bíblica está aumentando nuevamente, la escatología
bíblica de la esperanza está recuperando terreno también.
7.
Ningún erudito que se respete
y que mire las condiciones del mundo, así como la acelerada
declinación de la influencia cristiana hoy día es un
"postmilenialista".
Había una vez un cortesano que
debe haber tranquilizado a un nervioso Faraón con estas
palabras: "Ningún erudito que se respete y que mire las
condiciones del mundo y la acelerada declinación de la
influencia hebrea concuerda con Moisés". Después de todo, Egipto
era la nación más poderosa del mundo. ¿Qué oportunidades tenían
los esclavos hebreos contra aquel poderoso imperio? Consideremos
otros ejemplos. ¿Cómo se veían las "condiciones mundiales" el
día antes del diluvio? ¿Cómo eran las condiciones mundiales el
día antes de la primera Navidad? ¿Cómo eran después de la
Navidad, cuando el rey Herodes estaba masacrando bebés en Belén?
¿Y no sufría la "influencia cristiana" de una terrible
declinación el viernes santo?
Hal Lindsey y su grupo de
eruditos que se respetan a sí mismos han cometido un error
crucial que socava todo su sistema de interpretación.
Su atención se enfoca en las
condiciones del mundo, no en las promesas autorizadas e
inmutables de Dios. Este enfoque de la profecía, lleno de
falacias, ha sido correctamente descrito como "exégesis de
periódico" - estudia los sucesos actuales, no la Biblia, en
busca de pistas sobre el futuro. La pregunta no es si las
condiciones actuales parecen favorables para el triunfo mundial
del evangelio: La presunta es sólo ésta:
¿Qué dice la Biblia?
Como cristianos, sabemos que Dios es el Señor de la historia. "Nuestro
Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho" (Sal.
115:3). "Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en
la tierra" (Sal. 135:6). Si Dios ha dicho que el mundo será
lleno de su gloria, entonces sucederá, y ningún poder en el
cielo y en la tierra o debajo de la tierra puede detenerlo.
Su dominio es sempiterno, y su
reino por todas las edades. Todos los habitantes son
considerados como nada; y él hace según su voluntad en el
ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay
quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? (Dan. 4:34-35).
No debemos derivar nuestra
teología de los periódicos o del notieicro vespertino. Nuestra
fe y nuestra esperanza deben basarse en la infalible Palabra de
Dios, que hace suceder todas las cosas de acuerdo con su
voluntad inalterable. Y cuando acudimos a la Palabra de Dios,
debemos reconocer que nuestro propósito no es seleccionar
jugosos bocadillos de información sobre el futuro. Más bien,
como dice el gran teólogo y educador R. J. Rushdoony, acudimos
para recibir nuestras "órdenes de marcha":
Demasiado a menudo, el moderno
teólogo y líder de iglesia acude a la Biblia buscando
discernimiento, no órdenes.
En realidad, yo puedo acudir a Calvino, Lutero, Agustín, y
otros, a eruditos cristianos y no cristianos, en busca de
discernimiento, información, y estudios eruditos, pero, cuando
acudo a la Biblia, debo acudir para escuchar las órdenes de
marcha de Dios para mi vida. No puedo tratar la Biblia como un
manual devocional diseñado para proporcionarme paz mental o un
"plano superior" de vida; es un libro de órdenes que puede
alterar mi paz con sus órdenes, y me dice que sólo puedo
encontrar la paz obedeciendo al Todopoderoso. La Biblia no es un
libro devocional para mi edificación personal, ni un libro de
hermosos pensamientos para mi placer. Es la palabra del Dios
Todopoderoso y soberano: debo escuchar y obedecer, debo creer y
ser fiel, porque Dios lo
requiere. Yo soy propiedad suya, y su posesión absoluta.
No puede haber nada mejor que eso (Law
and Society [Vallecito, CA: Ross House, 1982], pp. 691s).
BIBLIOGRAFÍA SELECTA
Los libros son importantes en el desarrollo del
crecimiento en la fe de cualquier cristiano. Este libro
no es en modo alguno la última palabra sobre el tema.
Cuando mucho, es sólo el comienzo. He preparado una
lista de algunos libros que deberían ser útiles para
todos los que deseen indagar más. Muchos de estos libros
han sido importantes en mi propia interpretación de la
escatología. Ciertamente, la lista no es completa (por
ejemplo, podría haberse añadido una extensa sección
sobre la historia de la iglesia), pero lo básico está
aquí. El hecho de que yo haya incluido en mi lista algún
libro en particular no constituye un pleno respaldo de
su contenido, pero creo que, en general, estas obras
recompensarán a cualquier estudiante serio de la
Escritura.
Dominio: Teología y aplicaciones
Atanasio:
On
the
Incarnation.
Traducido y editado por la hermana Penelope Lawson, C.S. M. V.
New York: MacMillan Publishing Company, 1946.
Bark, William Carroll.
Origins of the Medieval World.
Stanford: Stanford University Press, 1958.
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