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James Stuart Russell | Handheld .Pdb File (Isilo PC) | Single Text File | PalmReader .Pdb File | Handheld .Clie File | Online Bible File
"Esta es actualmente la introducción y la defensa impresa más popular del punto de vista preterista de la profecía bíblica. La mayoría de los teólogos de Europa de hace un siglo adoptaron la posición preterista, así que no es sorprendente oír a algunos de los bien conocidos contemporáneos de Russell decir cosas amables sobre este libro: F. W. Farrar dijo que el libro estaba "lleno de sugestividad". Milton Terry, que escribió Hermenéutica Bíblica, citó extensamente el libro de Russell y respaldó plenamente el enfoque preterista. Charles H. Spurgeon, que no sostenía la posición preterista, afirmó, sin embargo, que el libro "arroja tanta luz nueva sobre porciones oscuras de las Escrituras, y está acompañado de tantas investigaciones críticas y tanto razonamiento detallado, que no puede hacer daño a nadie y puede beneficiar a todos". (Para el texto completo de esta revisión, léase el comentario de C. H. Spurgeon sobre "The Parousia"). Bien conocidos escritores y teólogos conservadores de nuestros días dicen cosas similares de Russell y del punto de vista preterista. Escuchemos las siguientes afirmaciones de Gary De Mar, del Dr. R. C. Sproul, del Dr. Kenneth Gentry, y de Walt Hibbard. (Edward E. Stevens). "¿Cuántas veces ha luchado usted con la interpretación de ciertos textos bíblicos relacionados con el tiempo del regreso de Jesús porque no encajaban en un sistema preconcebido de escatología? La Parusía de Russell toma la Biblia en serio cuando nos habla de la cercanía del regreso de Cristo. Los que afirman que interpretan la Biblia literalmente, tropiezan con el significado obvio de estos textos de tiempo haciendo que la Escritura diga lo opuesto de lo que ella declara inequívocamente. Leer a Russell es un soplo de aire fresco en una habitación llena de humo y hermenéutica de espejo". (Gary De Mar, autor de Last Days Madness). "Creo que la obra de Russell es uno de los importantes tratados sobre escatología bíblica disponibles para la iglesia en la actualidad. Los puntos de controversia discutidos en esta obra con respecto a las referencias del marco de tiempo de la Parusía en el Nuevo Testamento son de importancia vital, no sólo para al escatología, sino también para el futuro debate sobre la credibilidad de las Sagradas Escrituras". (Dr. R. C. Sproul, president de los Ministerios Ligonier). "Aunque no concuerdo con todas las conclusiones de J. Stuart Russell en The Parousia, recomiendo en alto grado, a estudiantes de la Biblia serios y maduros, esta bien organizada defensa del preterismo, una obra que está cuidadosamente argumentada e impositivamente escrita. Es uno de los libros más persuasivos y estimulantes que yo haya leído sobre el tema de la escatología, un libro que ha tenido gran impacto sobre mi propia manera de pensar. El estudio bíblico-teológico que hace Russell de la escatología del Nuevo Testamento establece un modelo de excelencia". (Dr. Kenneth Gentry, Jr., autor de Before Jerusalem Fell). "En vista de las maravillosas y penetrantes observaciones del Dr. Russell, ningún estudiante serio de la escatología bíblica debería intentar construir un esquema sistemático de sucesos apocalípticos sin consultar primero esta obra del siglo diecinueve, La Parusía". Walt Hibbard, presidente de Great Christian Books).
CONTENIDO Prefacio Las últimas palabras de la profecía en el Antiguo Testamento El Libro de Malaquías El intervalo entre Malaquías y Juan el Bautista LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS La Parusía Predicha Por Juan el Bautista
La
Enseñanza de Nuestro Señor Sobre la Parusía, En los Evangelios
Indicaciones proféticas de la próxima consumación del reino de Dios:
Examen de
la profecía del Monte de los Olivos:
(a) Sucesos que más remotamente habrían de preceder a la consumaciónII.Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos (continuación): (i) La Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos como los enemigos de Cristo (Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas) (k) La Parusía, un tiempo de juicio (Parábola de los talentos) (l) La Parusía, un tiempo de juicio (Las ovejas y los cabritos) Declaración de Nuestro Señor Ante el Sumo Sacerdote Predicción de los ayes que vienen sobre Jerusalén Oración del ladrón penitente La comisión apostólica La Parusía en el Evangelio de Juan La Parusía y la resurrección de los muertos La resurrección, el juicio, y el último día El juicio de este mundo, y del príncipe de este mundo El regreso de Cristo (la Parusía) será pronto Juan ha de vivir hasta la Parusía Resumen de la enseñanza de los evangelios con respecto a la Parusía Apéndice a la Parte I Nota A.- Sobre la teoría de interpretación del doble sentido Nota B.- Sobre el elemento profético en los evangelios LA PARUSÍA EN LOS HECHOS Y EN LAS EPÍSTOLAS
En los
Hechos de los Apóstoles
En las
Epístolas Apostólicas
En la
Segunda Epístola a los Tesalonicenses
1. La apostasíaEn las Epístolas a los Corintios La Primera Epístola a los Corintios Actitud de los cristianos de Corinto en relación con la Parusía Carácter judicial del 'día del Señor' (I Cor. 3:13) Carácter judicial del 'día del Señor (I Cor. 4:5) Cercanía de la consumación que se aproxima El fin del mundo ya ha llegado Sucesos que acompañan a la Parusía Los santos (vivos) transformados en la Parusía La Parusía y la 'final trompeta' 'Maranatha', la contraseña apostólica La Segunda Epístola a los Corintios Anticipaciones del 'fin' y del 'día del Señor' Los muertos en Cristo han de ser presentados junto con los vivos en la Parusía Esperanza de la futura bienaventuranza en la Parusía En la Epístola a los Gálatas 'La edad presente' Las dos Jerusalenes - la antigua y la nueva En la Epístola a los Romanos El día de la ira La escatología de Pablo Cercanía de la próxima salvación Esperanza de una pronta liberación En la Epístola a los Colosenses La manifestación de Cristo se aproxima La ira venidera En la Epístola a los Efesios La dispensación de la plenitud de los tiempos El día de redención La edad presente y la venidera La (s) edad (es) venidera (s) En la Epístola a los Filipenses El día de Cristo Esperanza de la Parusía Cercanía de la Parusía En las Epístolas a Timoteo En la Primera Epístola: Apostasía de los postreros días Tabla escatológica, o sinopsis, de los pasajes relacionados con los postreros tiempos Frases equivalentes que se refieren al mismo período Tabla de pasajes relacionados con la apostasía de los postreros tiempos Conclusión con respecto a la apostasía Timoteo y la Parusía La apostasía ya se está manifestando En la Segunda Epístola: Esperanza de 'aquel día', es decir, la Parusía La apostasía de los 'postreros días' es inminente Espera del fin que se aproxima En la Epístola a Tito Anticipación de la Parusía En la Epístola a los Hebreos Los últimos días ya han llegado Las edades, o períodos mundiales El mundo venidero, o el nuevo orden El fin del tiempo La promesa del reposo de Dios El fin de los tiempos Esperanza de la Parusía La Parusía se aproxima La Parusía es inminente La Parusía y los santos del Nuevo Testamento La gran consumación se acerca Cercanía y fin de la consumación Expectativa de la Parusía En la Epístola de Santiago Vienen los últimos días Cercanía de la Parusía En las Epístolas de Pedro En la Primera Epístola: La salvación a punto de ser revelada en los postreros tiempos La revelación cercana de Jesucristo Relación entre la redención de Cristo y el mundo antediluviano Cercanía del juicio y el fin de todas las cosas Las buenas nuevas anunciadas a los muertos El fuego de prueba y la gloria venidera Ha llegado el tiempo del juicio La gloria a punto de ser revelada En la Segunda Epístola: Burladores en 'los postreros días' La escatología de Pedro Certeza de la consumación que se aproxima Lo repentino de la Parusía Actitud de los cristianos primitivos en relación con la Parusía Los nuevos cielos y la nueva tierra La cercanía de la Parusía, un motivo para ser diligentes Los creyentes no deben desanimarse por la aparente demora de la Parusía Alusión de Pedro a las enseñanzas de Pablo concernientes a la Parusía En las Epístolas de Juan El mundo pasa: viene la última hora Viene el anticristo, prueba de que es la última hora El anticristo no es una persona, sino un principio Marcas del anticristo Esperanza de la Parusía En la Epístola de Judas Nota
A.- El reino de los cielos, o el reino de Dios
La Parusía en el Apocalipsis Interpretación del Apocalipsis
La Primera
Visión
La Segunda
Visión
La Tercera
Visión
La Cuarta
Visión
La Quinta
Visión
La Sexta
Visión
La Séptima
Visión
Resumen y Conclusión
Apéndice a
la Parte III
Ningún lector atento del Nuevo Testamento puede dejar de impresionarse con la prominencia que los evangelistas y los apóstoles le dan a la PARUSÍA, o 'venida del Señor'. Ese suceso es el gran tema de la profecía del Nuevo Testamento. Apenas si hay un solo libro, desde el evangelio de Mateo hasta el Apocalipsis de Juan, en el que la Parusía no se presente como la gloriosa promesa de Dios y la bendita esperanza de la iglesia. Fue predicha por Nuestro Señor con frecuencia y solemnidad; fue mantenida sin cesar por los apóstoles ante los ojos de los primeros cristianos; y fue creída firmemente y esperada ansiosamente por las iglesias de la era primitiva. No puede negarse que hay una notable diferencia entre la actitud de los primeros cristianos y la de los cristianos actuales en relación con la Parusía. Esa gloriosa esperanza, a la cual se volvieron ansiosamente todos los ojos y todos los corazones en la era apostólica, casi ha desaparecido de la vista de los modernos creyentes. Cualesquiera sean las opiniones teóricas expresadas en símbolos y credos, debe admitirse con franqueza que la 'segunda venida de Cristo' casi ha dejado de ser una creencia viva y práctica. Se pueden invocar varias causas para explicar este estado de cosas. Los apresurados vaticinios de los que con demasiada confianza se han dedicado a interpretar la profecía, y el consiguiente discrédito por el fracaso de sus predicciones, sin duda han disuadido a hombres reverentes y sensatos de adentrarse en la investigación de 'profecías no cumplidas'. Por otra parte, hay razones para pensar que la crítica racionalista ha engendrado dudas sobre si hubo alguna vez el propósito de que las predicciones del Nuevo Testamento tuvieran cumplimiento literal o histórico. Entre el racionalismo, por una parte, y el irracionalismo, por la otra, ha venido a haber un estado, ampliamente prevaleciente, de incertidumbre y confusión de pensamiento en relación con las profecías del Nuevo Testamento, lo cual explica hasta cierto punto, aunque quizás no justifica, el hecho de que se envíe el tema entero a la región de los problemas oscuros e insolubles, sin esperanza. Sin embargo, ésta es sólo una explicación parcial. Merece consideración, ya sea que haya o no una diferencia fundamental entre la relación de la iglesia de la era apostólica con la Parusía predicha y la relación con ese suceso sostenida en épocas subsiguientes. Sin duda, los primeros cristianos creían que estaban al borde de una gran catástrofe, y sabemos cuánta intensidad y cuánto entusiasmo inspiraba la esperanza de la casi inmediata venida del Señor; pero, si no puede demostrarse que los cristianos actuales tienen una actitud similar, habría una falta de verdad y realismo al simular la ansiosa anticipación y esperanza de la iglesia primitiva. Un mismo suceso no puede ser inminente en dos períodos diferentes separados por casi dos mil años. Por lo tanto, debe haber alguna grave equivocación por parte de los que sostienen que la iglesia cristiana actual tiene precisamente la misma relación con, y debería tener la misma actitud hacia, la 'venida del Señor' que la iglesia en los días de Pablo. En un espíritu franco y reverente, esta obra es un intento de aclarar este malentendido, y establecer el verdadero significado de la Palabra de Dios sobre un tema que ocupa un lugar tan conspicuo en las enseñanzas de Nuestro Señor y de sus apóstoles. Es el fruto de muchos años de paciente investigación, y el autor no ha escatimado esfuerzos para poner a prueba al máximo la validez de sus conclusiones. Ha sido su única meta establecer lo que dice la Escritura, y su único deseo, ser gobernado por una leal sumisión a la autoridad de ella. El ideal de interpretación bíblica que ha mantenido ante sí es el que fue tan bien expresado por un teólogo alemán: 'Explicatio plana non tortuosa, facilis non violenta, eademque et exegeticce et Chistance conscientium pariter arridens'. (1) Aunque la naturaleza de la investigación hace necesario referirse con alguna frecuencia al original del Nuevo Testamento y a las leyes de construcción gramatical e investigación, ha sido el propósito del autor presentar esta obra de la manera más popular posible, de modo que cualquier persona de educación e inteligencia normales pueda leerla con facilidad e interés. La Biblia es un libro para todo hombre, y el autor no ha escrito esta obra para eruditos y críticos solamente, sino para los muchos que están profundamente interesados en la interpretación bíblica, y que piensan, con Locke, que 'una búsqueda imparcial del verdadero significado de las Sagradas Escrituras es la mejor manera que tenemos de emplear el tiempo'. (2) Para el autor será suficiente recompensa de sus trabajos si logra dilucidar en alguna medida las enseñanzas de la revelación divina que han sido oscurecidas por prejuicios tradicionales, o malinterpretadas por una exégesis errónea. 1878.
1. Tratado de Donier, De Oratione Christi Eschatologica, p. 1. 2. Locke, Notes on Ephesians 1:10.
El canon de las Escrituras del Antiguo Testamento se cierra de manera muy diferente de lo que podría esperarse después del espléndido futuro revelado a la nación del pacto en las visiones de Isaías. Ninguno de los profetas es portador de una carga más pesada que el último del AT. Malaquías es el profeta de la destrucción. Parecía que la nación, por medio de su incorregible obstinación y desobediencia, había renunciado al favor divino y demostrado ser, no sólo indigna, sino incapaz, de las glorias prometidas. La partida del espíritu profético estaba llena de malos presagios, y parecía indicar que el Señor estaba a punto de abandonar el país. En consecuencia, la luz de la profecía del Antiguo Testamento se apaga en medio de nubes y densa oscuridad. El Libro de Malaquías es una larga y terrible acusación contra la nación. El Señor mismo es el acusador, y con la evidencia más clara, sustenta cada uno de los cargos contra el pueblo culpable. La larga acusación incluye sacrilegio, hipocresía, desprecio contra Dios, infidelidad conyugal, perjurio, apostasía, blasfemia; mientras, por otro lado, el pueblo tiene el descaro de repudiar la acusación, y declararse 'no culpable' de cada uno de los cargos. El pueblo parece haber alcanzado esa etapa de insensibilidad moral en que los hombres llaman a lo malo bueno, y a lo bueno malo, y están madurando rápidamente para ser juzgados. Como resultado, el juicio venidero es 'la carga de la palabra del Señor a Israel por medio de Malaquías'.
Que esta no es una amenaza vaga y sin significado es evidente a juzgar por los términos claros y definidos con que es anunciada. Todo apunta a una inminente crisis en la historia de la nación, cuando Dios administre juicio sobre su pueblo rebelde. "Viene el día ardiente como un horno", "el día grande y terrible de Jehová". Que este "día" se refiere a cierto período y a un suceso específico no admite duda. Ya había sido predicho, y precisamente con las mismas palabras, por el profeta Joel (2:31): "El día grande y espantoso de Jehová". Y encontraremos una clara referencia a él en el discurso del apóstol Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:20). Pero el período queda definido más precisamente por la notable declaración de Malaquías en 4:5: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible". La declaración explícita de nuestro Señor de que el Elías predicho no es otro que su precursor, Juan el Bautista (Mat. 11:14), nos permite establecer el momento y el suceso a los que se hace referencia como "el día de Jehová. grande y terrible". El suceso no debe ser buscado a gran distancia del período de Juan el Bautista. Es decir, la alusión al juicio de la nación judía, cuando su ciudad y su templo fueron destruidos, y la estructura entera del estado mosaico fue disuelta. Merece notarse que tanto Isaías como Malaquías predicen la aparición de Juan el Bautista como el precursor de nuestro Señor, pero en términos muy diferentes. Isaías le representa como el heraldo del Salvador venidero: "Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios". (Isa. 40:3). Malaquías representa a Juan como el precursor del Juez venidero: "He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos". (Mal. 3:1). Que esta es una venida de juicio se pone de manifiesto por las palabras que siguen inmediatamente después, y que describen la alarma y la consternación causadas por su aparición: "Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste?" (Mal. 3:2). No puede decirse que este lenguaje es apropiado para la primera venida de Cristo; pero es altamente apropiado para su segunda venida. Hay una clara alusión a este pasaje en Apoc. 6:17, donde "los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes," etc. son representados como ocultándose "del rostro de aquél que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, diciendo: El gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?" Nada puede estar más claro que "el día de su venida" en Mal. 3:2 es el mismo que "el día de Jehová, grande y terrible" de 4:5, y que ambos responden al "gran día de su ira" en Apoc. 6:17. Por lo tanto, concluimos que el profeta Malaquías habla, no del primer advenimiento de nuestro Señor, sino del segundo. Esto queda probado además por el hecho significativo de que, en 3:1, el Señor es representado como viniendo "súbitamente a su templo". Entender esto como que se refiere a la presentación del Salvador niño en el templo por sus padres, a los suyos en los atrios del templo, o a los suyos de entre los compradores y vendedores del sagrado edificio es ciertamente una explicación de lo más inadecuada. Ésas no son ocasiones de terror y consternación, como está implícito en el segundo versículo: "¿Quién podrá estar en pìe cuando él se manifieste?" Sin embargo, la expresión sugiere vívidamente la visitación final y judicial sobre la casa de su Padre, cuando habría de quedar "desierta", según su predicción. El templo era el centro de la vida de la nación, el símbolo visible del pacto entre Dios y su pueblo; era el lugar en que "el juicio debía comenzar", y que habría de ser alcanzado por "destrucción repentina". Entonces, tomando en cuenta todos estos detalles, la "súbita venida del Señor a su templo", la consternación que acompaña "el día de su venida", su venida como "fuego purificador", su venida "para juicio", "viene el día ardiente como un horno", "todos los que hacen maldad serán estopa", "no les dejará ni raíz ni rama", y la aparición de Juan el Bautista, el segundo Elías, antes de la llegada del "día grande y terrible de Jehová", es imposible resistirse a la conclusión de que aquí el profeta predice la gran catástrofe nacional en la cual el templo, la ciudad, y la nación perecieron juntas; y que esto es designado como "el día de su venida". Sin embargo, aunque parezca extraño, el hecho indudable es que Malaquías no alude a la primera venida de nuestro Señor. Esto lo reconoce claramente Hengstenberg, que observa: "Malaquías omite del todo la primera venida de Cristo en humillación, y deja completamente en blanco el intervalo entre su precursor y el juicio de Jerusalén". (1) Esto debe explicarse por el hecho de que el principal objeto de la profecía es predecir la detrucción nacional y no la liberación nacional. Al mismo tiempo, mientras el juicio y la ira son los elementos predominantes de la profecía, los rasgos de un carácter diferente no están completamente ausentes. El día de la ira es también un día de redención. Hay un remanente fiel, aun en la nación apóstata: hay oro y plata que deben ser refinados y joyas que deben ser reunidas, así como escoria que debe ser rechazada y rastrojo que debe ser quemado. Hay hijos a quienes perdonar la vida, así como enemigos que ser destruidos; y el día que trajo consternación y oscuridad para los impíos, verá "el Sol de justicia nacer trayendo salvación en sus alas" para los fieles. Hasta Malaquías sugiere que la puerta de la misericordia todavía no está cerrada. Si la nación regresa a Dios, Él regresará a ellos. Si quieren restituir lo que sacrílegamente han retenido del servicio del templo, Él los compensará con bendiciones mayores de las que ellos podrían recibir. Todavía pueden ser una "tierra deliciosa", la envidia de todas las naciones. En la hora undécima, si la misión del segundo Elías tiene éxito en ganar los corazones del pueblo, la catástrofe inminente puede ser alejada, después de todo (3:3, 16-18; 4:2, 3, 5). Sin embargo, existe la conclusión inevitable de que las amonestaciones y las amenazas no servirán de nada. Las últimas palabras suenan como el tañido de campanas anunciando destrucción. (Mal. 4:6): "No sea que yo venga y hiera la tierra con maldición". El pleno significado de esta ominosa declaración no es evidente en seguida. Para la mente hebrea, esta declaración indicaba la más terrible suerte que podría sobrevenirle a una ciudad o a un pueblo. La 'maldición' era el anatema, o cherem, que denotaba que la persona o cosa sobre la que recaía la maldición era entregada a una completa destrucción. Tenemos un ejemplo del cherem, o ban, en la maldición pronunciada sobre Jericó (Josué 6:17; y una declaración más detallada de la ruina que ello significaba, en el libro de Deuteronomio (13:12-18). La ciudad habría de ser herida a filo de espada, toda cosa viviente en ella debía ser ejecutada, el botín no debía ser tocado, todo era maldito e inmundo, la ciudad debía ser consumida por el fuego, y el lugar entregado a desolación perpetua. Hengstenberg observa: "Todas las cosas imaginables están incluídas en esta sola palabra"; (2) y cita el comentario de Vitringa sobre este pasaje: "No cabe duda de que Dios quería decir que entregaría a una segura destrucción tanto a los obstinados transgresores de la ley como a su ciudad, y que debían sufrir el extremo castigo de su justicia, como dirigentes consagrados a Dios, sin ninguna esperanza de obtener favor o perdón". Tal es la terrible maldición que dejó suspendida sobre la tierra de Israel el espíritu profético en el momento de partir y guardar un silencio que duraría siglos. Es importante observar que todo esto hace referencia clara y específica a la tierra de Israel. El mensaje del profeta es a Israel; los pecados que son reprobados son los de Israel; la venida del Señor es a su templo en Israel; la tierra amenazada con maldición es la tierra de Israel. (3) Todo esto apunta manifiestamente a una específica catástrofe local y nacional, de la cual la tierra de Israel habría de ser el escenario, y sus culpables habitantes las víctimas. La historia registra el cumplimiento de la profecía, en exacta correspondencia con el tiempo, el lugar, y las circunstancias, en la ruina que devastó a la nación judía durante el período de la destrucción de Jerusalén. EL INTERVALO
ENTRE MALAQUÍAS Los cuatro siglos que transcurren entre la conclusión del Antiguo Testamento y el principio del Nuevo están en blanco en la historia de las Escrituras. Sin embargo, sabemos, por los libros de los Macabeos y los escritos de Josefo, que fue un período agitado en los anales judíos. Judea fue, por turnos, vasalla de las grandes monarquías que la circundaban - Persia, Grecia, Egipto, Siria, y Roma - con un intervalo de independencia bajo los príncipes macabeos. Pero, aunque durante este período la nación pasó por grandes sufrimientos, y produjo algunos ilustres ejemplos de patriotismo y de piedad, en vano buscamos algún oráculo divino, o algún mensajero inspirado, que declarase la palabra de Dios. Israel podía decir en verdad: "No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta, ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo". (Sal. 74:9). Y sin embargo, esos cuatro siglos no dejaron de ejercer una poderosa influencia en el carácter de la nación. Durante este período, se establecieron sinagogas por todo el territorio, y el conocimiento de las Escrituras se extendió ampliamente. Surgieron las grandes escuelas religiosas de los fariseos y de los saduceos, cuyos dos grupos profesaban ser expositores y defensores de la ley de Moisés. En gran número, los judíos se asentaron en las grandes ciudades de Egipto, Asia Menor, Grecia, e Italia, llevando consigo y a todas partes el culto de la sinagoga y la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento. Sobre todo, la nación acariciaba en lo más recóndito de su corazón la esperanza de un libertador venidero, un heredero de la casa real de David, que debía ser el rey teocrático, el liberador de Israel de la dominación gentil, cuyo reino fuera tan feliz y glorioso que mereciera llamarse "el reino de los cielos". Pero, en su mayor parte, el concepto popular del rey venidero era terrenal y carnal. En cuatrocientos años, no había habido ningún mejoramiento en la condición moral del pueblo y, entre el formalismo de los fariseos y el escepticismo de los saduceos, la verdadera religión se había hundido hasta llegar a su punto más bajo. Sin embargo, todavía había un fiel remanente que tenía conceptos más verdaderos del reino de los cielos, y "que esperaba la redención en Israel". Al acercarse el tiempo, hubo indicios del regreso del espíritu profético, y presagios de que el prometido liberador estaba cerca. A Simeón se le aseguró que, antes de morir, vería al "ungido de Jehová"; parece que una indicación parecida se le había hecho a la anciana profetisa Ana. Es razonable suponer que tales revelaciones deben haber despertado gran expectación en los corazones de muchos, y les prepararon para el pregón que poco después se oyó en el desierto de Judea: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado". Nuevamente se había levantado profeta en Israel, y "el Señor había visitado a su pueblo". Volver
1. Véase, de Hengstenberg, Nature of Prophecy. Christology. Vol. 4, p. 8. 2. Hengstenberg, Christology, vol. 4, p. 227. 3. El significado de este pasaje (Mal. 4:6) está oscurecido por la desafortunada traducción de earth en lugar de land. La expresión hebrea ch, a, como el griego gh/, se emplea con mucha frecuencia en sentido restringido. La alusión en el texto es claramente a la tierra de Israel. Véase Hengstenberg, Christology, vol. 4. p. 224.
PARTE I LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS LA PARUSÍA PREDICHA POR JUAN EL BAUTISTA No hay nada más claramente afirmado en el Nuevo Testamento que la identidad de Juan el Bautista con el heraldo en el desierto por medio de Isaías y el Elías de Malaquías. Cuán bien concuerda la descripción de Juan con la de Elías es evidente al primer vistazo. Cada uno era austero y asceta en su estilo de vida; cada uno era un celoso reformador de la religión; cada uno era un severo censurador del pecado. Los tiempos en que vivieron eran singularmente semejantes. En ambos períodos, la nación judía era degenerada y corrupta. Elías tuvo su Acab, Juan su Herodes. No es objeción a esta identificación de Juan como el Elías predicho el hecho de que el Bautista mismo rechazó el nombre cuando los sacerdotes y levitas de Jerusalén exigieron: "¿Eres tú Elías?" (Juan 1:21). Los judíos esperaban la reaparición del Elías literal, y la respuesta de Juan estaba dirigida a esa opinión errónea. Pero su verdadero derecho a la designación es afirmado expresamente en el anuncio hecho por el ángel a su padre Zacarías: "E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías (Lucas 1:17); así como en las declaraciones de nuestro Señor: "Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir". (Mat. 11:14). "Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron ... Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista". (Mat. 17:10-13). Juan era el segundo Elías, y cumplió exhaustivamente las predicciones de Isaías y Malaquías concernientes a él. Por lo tanto, soñar con un "Elías del futuro" equivale a poner en duda la afirmación expresa de la palabra de Dios, y no descansa en ninguna justificación bíblica en absoluto. Ya hemos aludido al doble aspecto de la misión de Juan presentada por los profetas Isaías y Malaquías. La misma diversidad se ve en las descripciones del Nuevo Testamento tocantes al segundo Elías. El aspecto benigno de su misión presentada por Isaías se reconoce también en las palabras del ángel por medio del cual había sido predicho su nacimiento, como ya se ha citado, y en el pronunciamiento inspirado de su padre Zacarías: "Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados" (Lucas 1:76, 77). Encontramos el mismo aspecto de gracia en los versículos iniciales de evangelio de Juan: "Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él" (Juan 1:7). Pero el otro aspecto de su misión no es reconocido con menos claridad en los evangelios. Es representado, no sólo como el heraldo del Salvador venidero, sino como el del Juez venidero. En realidad, sus propias afirmaciones registradas hablan mucho más de ira que de salvación, y están concebidas más en el espíritu del Elías de Malaquías que en el del heraldo del desierto en Isaías. Amonesta a los fariseos y a los saduceos, y a las multitudes que venían a su bautismo, a que "huyeran de la ira venidera". Les dice que "el hacha está puesta a la raíz de los árboles". Anuncia la venida de Uno más poderoso que él, "cuyo aventador está en su mano, y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará" (Mat. 3:12). Es imposible no impresionarse con la correspondencia entre el lenguaje del Bautista y el de Malaquías. Como observa Hengstenberg: "A través de todo el texto, es la profecía de Malaquías la que Juan comenta". (1) En ambos, la venida del Señor se describe como un día de ira; ambos hablan de su venida con fuego que refina y prueba, con fuego que quema y consume. Ambos hablan de un tiempo de discriminación y separación entre los justos y los impíos, el oro y la escoria, el trigo y la paja; y ambos hablan de la completa destrucción de la paja, o rastrojo. con fuego que no se apaga. Estas no son semejanzas fortuitas: las dos predicciones son la contraparte la una de la otra, y sólo pueden referirse al mismo suceso, el mismo "día del Señor", el mismo juicio venidero. Pero lo que merece observarse más especialmente es la evidente cercanía de la crisis que Juan predice. "La ira venidera" es una interpretación muy inadecuada del lenguaje del profeta. (2) Debería ser "la ira que viene"; esto es, no meramente futura, sino inminente. "La ira venidera" puede ser indefinidamente distante, pero "la ira que viene" es inminente. Como observa justamente Alford: "Juan está hablando ahora en el verdadero carácter de un profeta que predice la ira que pronto ha de ser derramada sobre la nación judía". (3) Así sucede con las otras representaciones en el discurso del Bautista; todo indica la rápida aproximación de la destrucción. "Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles". El aventador estaba realmente en las manos del labrador; el proceso de cribado estaba a punto de comenzar. Estas advertencias de Juan el Bautista no son las vagas e indefinidas exhortaciones al arrepentimiento, dirigidas a los hombres en todo tiempo, que algunas veces se supone que son; son palabras urgentes, ardientes, que tienen relevancia específica y presente para la generación que entonces existía, los hombres que vivían, y a los cuales les traía el mensaje de Dios. La nación judía estaba ahora en su última prueba; el segundo Elías había venido como precursor del "día grande y terrible de Jehová": si rechazaban sus advertencias, la destrucción profetizada por Malaquías seguiría con toda certeza y rapidez. "Vendré y heriré la tierra con maldición". Nada puede ser más obvio que la catástrofe a la que Juan alude es específica, nacional, local, e inminente, y la historia nos dice que, dentro del período de la generación que escuchaba su clamor de amonestación, "vino sobre ellos la ira al máximo".
1. Christol., vol. 4, p. 232. 2. thj mellousj orghj 3. Testamento griego in loc.
LA ENSEÑANZA
DE NUESTRO SEÑOR SOBRE A consecuencia de haber sido encarcelado por Herodes Antipas, el fin del ministerio de Juan el Bautista marca una nueva orientación en el ministerio de nuestro Señor. En verdad, antes de ese tiempo, había enseñado al pueblo, efectuado milagros, ganado adherentes, y obtenido amplia popularidad; pero, después de ese suceso, que puede considerarse como una indicación del fracaso de la misión de Juan, nuestro Señor se retiró a Galilea, y allí entró en una nueva fase de su ministerio público. Se nos dice que "desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mat. 4:17). Éstos son los términos precisos con los que se describe la predicación de Juan el Bautista (Mat. 3:2). Tanto nuestro Señor como su precursor llamaron "a la nación al arrepentimiento", y anunciaron el acercamiento del "reino de los cielos". Se deduce que, con la frase "el reino de los cielos se ha acercado", Juan no podría significar meramente que el Mesías estaba a punto de aparecer, porque, cuando Cristo en efecto apareció, hizo el mismo anuncio. "El reino de los cielos se ha acercado". De manera semejante, cuando los doce discípulos fueron enviados en su primera misión evangelística, se les ordenó predicar, no que el reino de los cielos había venido, sino que se había acercado (Mat. 10:7). Además, que el reino no vino en el tiempo de nuestro Señor, ni en el día de Pentecostés, es evidente por el hecho de que, en su discurso profético en el Monte de los Olivos, nuestro Señor dio a sus discípulos ciertas señales por medio de las cuales podían saber que el reino de los cielos estaba cerca (Lucas 21:31). Por lo tanto, arribamos a ciertas conclusiones claramente deducibles de las enseñanzas de nuestro Señor:
Pero el tema entero de "el reino de los cielos" debe ser reservado para una discusión más completa en un tiempo futuro. PREDICCIÓN DE
LA IRA VENIDERA SOBRE Hay otro punto de semejanza entre la predicación de nuestro Señor y la de Juan el Bautista. Ambos dieron las más claras indicaciones de la estrecha cercanía de un tiempo de un tiempo de juicio que debía abatirse sobre la generación existente, a causa de su rechazo de las amonestaciones e invitaciones de la misericordia divina. Así como el Bautista habló de la "ira venidera", así también nuestro Señor, con igual claridad, advirtió al pueblo del "juicio venidero". Jesús reconvino a "las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido", y predijo que les sobrevendría un infortunio mayor que el que había caído sobre Tiro y Sidón, Sodoma y Gomorra (Mat. 11:20-24). Que todo esto apunta a una catástrofe que no era remota, sino cercana, y que realmente se abatiría sobre aquella generación actual, es evidente por las expresas afirmaciones de Jesús.
Este pasaje es de gran importancia para establecer el verdadero significado de la frase "esta generación" [genea]. En este lugar, sólo puede referirse al pueblo de Israel que entonces vivía - la generación entonces actual. Ningún comentarista ha propuesto jamás llamar "genea" aquí a la raza judía de todos los tiempos. Nuestro Señor acostumbraba referirse a sus contemporáneos como a esta generación: "Mas, ¿a qué compararé esta generación?" - esto es, a los hombres de ese tiempo que no escuchaban ni a su precursor ni a Él mismo (Mat. 11:16; Luc. 7:31). Hasta comentaristas como Stier, que sostiene la interpretación de "genea" como raza o linaje en otros pasajes, admite que la referencia en estas palabras es "a la generación que estaba viva en ese entonces y en esa época, que era de lo más importante". (1) Así que, en el pasaje que tenemos delante, no puede haber controversia con respecto a la aplicación de las palabras exclusivamente a la generación que existía entonces, los contemporáneos de Cristo. Nuestro Señor da aquí testimonio de la exacerbada y enorme maldad de ese período. Jesús se acaba de dirigir a aquella generación con las mismas palabras del Bautista: "¡Generación de víboras!". Se declara que su culpa supera a la de los paganos; se la compara con un endemoniado, de quien el espíritu inmundo se ha apartado por un tiempo, pero ha regresado con mayor fuerza que antes, acompañado por otros siete espíritus peores que él, de manera que "el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero". En el testimonio de Josefo tenemos una impresionante confirmación de la descripción que hace nuestro Señor de la condición moral de aquella generación. "Como sería imposible relatar en detalle sus enormidades, diré brevemente que ninguna otra ciudad sufrió jamás calamidades similares, y que ninguna generación existió jamás que fuese más prolífica en el crimen. Confesaban que eran esclavos - y lo eran - la escoria misma de la sociedad, los engendros espurios y contaminados de la nación". (2) "Y aquí no puedo contenerme, y debo expresar lo que mis sentimientos me indican. Soy de la opinión de que, si los Romanos hubiesen diferido el castigo de estos miserables, o la tierra se hubiese abierto y se hubiese tragado la ciudad, o ésta habría sido barrida por un diluvio, o compartido el destino de Sodoma. Porque produjo una raza mucho más impía que la de los que fueron así visitados. Porque, por medio de la locura desesperada de estos hombres, la nación entera se vio envuelta en la ruina de ellos". (3) "De alguna manera, aquel período se había vuelto tan prolífico en iniquidad de todo tipo entre los judíos, que ninguna obra mala quedó sin ser perpetrada; ... tan universal era el contagio, tanto en público como en privado, y tal la emulación para superarse los unos a los otros en actos de impiedad hacia Dios e injusticia hacia sus prójimos". (4) Tal era la terrible condición hacia la que la nación se apresuraba cuando nuestro Señor pronunció estas palabras proféticas. El clímax todavía no había llegado, pero ya estaba plenamente a la vista. El espíritu inmundo no había regresado a su casa todavía, pero estaba en camino. Como observa Stier: "En el período entre la ascensión de Cristo y la destrucción de Jerusalén, especialmente hacia el fin de ella, podríamos decir que esta nación aparece como poseída por siete mil demonios". (5) ¿No es éste un cumplimiento adecuado y completo de la predicción del Salvador? ¿Tenemos la más ligera justificación para, o la más ligera necesidad de, decir que significa alguna otra cosa, o algo más que esto? ¿Qué razón hay para suponer un cumplimiento adicional y futuro de sus palabras? ¿No es un virtual descrédito de la profecía buscar algo más que el sentido obvio que apunta tan claramente a una catástrofe inminente que estaba a punto de acontecerle a aquella generación? Seguramente mostramos la mayor reverencia a la palabra de Dios cuando aceptamos implícitamente sus obvias enseñanzas, y rehusamos las especulaciones injustificadas y meramente humanas que los críticos y los teólogos han extraído de su propia fantasía. Concluimos, entonces, que, en el escandaloso libertinaje de la época, y las señaladas calamidades que, antes de que terminara, destruirían al pueblo judío, tenemos el testimonio histórico del exhaustivo cumplimiento de esta profecía. ALUSIONES
ADICIONALES
Cuán vívidamente percibió nuestro Señor las inminentes calamidades de la nación, y cuán claras y distintas fueron sus advertencias, puede inferirse de este pasaje. La matanza de algunos galileos que habían subido a Jerusalén a la fiesta de la Pascua, ya fuera por orden o con la confabulación del gobernador romano, y la súbita destrucción de dieciocho personas mediante la caída de la torre cerca del estanque de Siloé, eran incidentes que formaban los temas de conversación del pueblo en ese tiempo. Nuestro Señor declara que las víctimas de estas calamidades no eran excepcionalmente impías, sino que una suerte semejante alcanzaría a las mismas personas que ahora hablaban de ellas, a menos que se arrepintieran. El punto de su obervación, que a menudo se pasa por alto, reside en la similitud de la amenaza de la destrucción. No es "todos vosotros pereceréis también", sino "todos vosotros pereceréis del mismo modo". Que nuestro Señor tenía a la vista la ruina final que estaba a punto de alcanzar a Jerusalén y a la nación difícilmente puede dudarse. La analogía entre los casos es real e impresionante. Fue en la fiesta de la Pascua cuando la población de Judea se había agolpado en Jerusalén, y allí fue encerrada por las legiones de Tito. Josefo nos cuenta cómo, en la agonía final del sitio, la sangre de los sacerdotes que oficiaban fue derramada al pie del altar de los sacrificios. Los soldados romanos fueron los ejecutores del juicio divino; y al caer al suelo el templo y la torre, sepultaron en sus ruinas muchas víctimas de la impenitencia y la incredulidad. Es satisfactorio descubrir que tanto Alford como Stier reconocen la alusión histórica en este pasaje. El primero observa: la fuerza se pierde en la versión inglesa "likewise", [parecida], que debería traducirse "in like manner" [de la misma manera], como de hecho pereció el pueblo judío por la espada de los romanos". (6) EL DESTINO INMINENTE DE LA NACIÓN JUDÍA Parábola de la Higuera Estéril
El mismo significado profético se pone de manifiesto en esta parábola, que es casi la contraparte de la que aparece en Isaías 5, tanto en forma como en significado. La verdadera interpretación es tan obvia que apenas es necesaria alguna explicación. Su aplicación al pueblo judío es de lo más clara y directa, más especialmente cuando se la considera en relación con las advertencias que anteceden. Israel es la higuera inútil, cultivada por mucho tiempo, pero sin producir fruto para su dueño. Ahora se encuentra en su última prueba: el hacha, como había declarado Juan el Bautista, estaba puesta a la raíz del árbol; pero el golpe fatal fue aplazado por la intercesión de la misericordia. Aún en ese momento, el Salvador estaba ocupado en su obra de gracia de alimentarla y cultivarla; un poco más, y saldría el decreto: "Córtala. ¿Para qué inutiliza también la tierra?" No hay duda de que, en ésta como en otras parábolas, hay principios generales aplicables a todas las naciones y todos los tiempos; pero no debemos perder de vista su referencia original y primaria al pueblo judío. Stier y Alford parecen perderse en la búsqueda de significados recónditos y místicos en los detalles menores de las imágenes; pero Neander da una luminosa explicación de su verdadera importancia: "Como la higuera inútil, que no reconoció el propósito de su existencia, fue destruida, así también la nación teocrática, por la misma razón, después de habérsele tenido mucha paciencia, habría de ser alcanzada por los juicios de Dios, y cortada de su reino". (7) EL FIN DEL
SIGLO, O EL TÉRMINO Parábolas de la cizaña y la red
En los pasajes aquí citados, encontramos un ejemplo de una de esas interpretaciones que han hecho mucho para confundir y desorientar a los lectores ordinarios de nuestra versión inglesa. Es probable que, con la frase "el fin del mundo", noventa y nueve de cada cien lectores entienden el fin de la historia humana y la destrucción de la tierra material. No se imaginarían que "el mundo" del versículo 38 y el "mundo" de los versículos 39, 40 [en la versión inglesa KJV] son palabras totalmente diferentes, con significados totalmente diferentes. Pero así es. En el versículo 38, koinos es traducido correctamente como mundo, y se refiere al mundo de los hombres, pero aeon en los versículos 39, 40 se refiere a un período de tiempo, y debería ser traducida como era o época. Lange la traduce como eón. Es de la mayor importancia entender correctamente los dos significados de esta palabra, y de la frase "el fin del eón", o de la "era". Aion es, como hemos dicho, un período de tiempo, o época. Es exactamente equivalente a la palabra latina aevum, que es meramente aion con ropaje latino; y la frase (griego - venida), traducida a nuestra versión inglesa, "el fin del mundo", debería ser "el fin de esta época". Tittman observa: (griego - venida), como ocurre en el Nuevo Testamento, no denota el fin, sino más bien la consumación del eón, que ha de ser seguida por una nueva era. Así ocurre en Mateo 13:39, 40, 49; 24:3; es de temer que este último pasaje se malentienda al aplicarlo a la destrucción del mundo". (8) Era creencia de los judíos que el Mesías entronizaría un nuevo eón, o una nueva era: y a este nuevo eón, o a esta era, la llamban "el reino de los cielos". Por lo tanto, el eón existente era la dispensación judía, que ahora se acercaba a su fin; y el Señor muestra en estas parábolas de manera impresionante cómo terminaría. Es en verdad sorprendente que los expositores hayan dejado de reconocer en estas solemnes predicciones la reproducción y la reiteración de las palabras de Malaquías y de Juan el Bautista. Aquí encontramos la misma separación final entre los justos y los impíos; la misma purificación de la tierra; el mismo recoger el trigo en el granero; el mismo quemar de la paja [la cizaña, el rastrojo] en el fuego. ¿Puede haber alguna duda de que es al mismo acto de juicio, al mismo período de tiempo, al mismo suceso histórico, al que se refieren Malaquías, Juan y nuestro Señor? Pero hemos visto que Juan el Bautista predijo un juicio que entonces era inminente - una catástrofe tan cercana que ya el hacha estaba puesta a la raíz de los árboles - de acuerdo con la profecía de Maalaquías, de que "el día grande y terrible de Jehová" habría de seguir a la venida del segundo Elías. Llegamos, por lo tanto, a la conclusión de que esta discriminación entre justos e impíos, este recoger el trigo en el granero, y quemar la cizaña en el horno de fuego, se refieren a la misma catástrofe, es decir, a la ira que vino sobre aquella misma generación, cuando Jerusalén se convirtió, literalmente, en un "horno de fuego", y la era del judaísmo terminó en "el día grande y terrible de Jehová". Esta conclusión está apoyada por el hecho de que hay una estrecha relación entre esta gran época judicial y la venida del "reino de los cielos". Nuestro Señor representa la separación entre los justos y los impíos como la característica de la gran consumación que se llama "el reino de Dios". Pero se había declarado que el reino estaba a las puertas. Se sigue, por lo tanto, que las parábolas que tenemos delante de nosotros se refieren, no a un remoto suceso todavía en el futuro, sino a uno que, en el tiempo de nuestro Salvador, estaba cerca. Un argumento adicional a favor de este punto de vista se deriva de la consideración de que nuestro Señor, en su explicación de la parábola de la cizaña, habla de sí mismo como el sembrador de la buena semilla: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre". Es a su propio ministerio personal y sus resultados a lo que Él se refiere, y por lo tanto, nosotros debemos considerar la parábola como que tiene una relación especial con sus contemporáneos. Esto está en perfecta armonía con su solemne advertencia de Lucas 13:26 [-28], donde Él describe la condenación de los que tuvieron el privilegio de disfrutar de su presencia personal y de su ministerio, los que pretendían el discipulado, que eran cizaña y no trigo. "Entonces comenzaréis a decir: Delante de tí hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el lloro y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos". Por aplicable que sea este lenguaje a los hombres en general bajo el evangelio, es claro que tenía una aplicación directa y específica a los contemporáneos de nuestro Señor - la generación que presenció sus milagros y oyó sus parábolas; y que tiene una relación con ellos como no la puede tener con nadie más. Al final de la parábola de la cizaña, encontramos una impresionante nota bene, que llama la atención de manera especial a la instrucción contenida en ella: "El que tiene oídos para oír, oiga". Podemos tomar ocasión de esto para hacer una observación acerca de la vasta importancia de tener un verdadero concepto del período en el que nuestro Señor y los apóstoles enseñaron. Esto es indispensable para entender correctamente la doctrina del Nuevo Testamento con respecto al "reino de Dios", el "fin de la era", y la "era venidera" o mundo por venir. Ese período estaba cerca del fin de la dispensación judía. La economía mosaica - como se le llama - el sistema de leyes e instituciones dadas a la nación por Dios mismo, y que había existido por más de cuarenta generaciones,- estaba a punto de ser reemplazada y desaparecer. La última generación que habría de poseer la tierra, - la última y también la peor, la hija y heredera de sus predecesoras - ya estaba en escena. El largo período durante el cual Jehová había agotado todos los métodos que la divina sabiduría y el divino amor podían idear para cultivar y reformar a Israel estaba a punto de terminar. Habría de terminar desastrosamente. La ira, por largo tiempo contenida y reprimida, habría de estallar y destruir a aquella generación. Su "útimo día" habría de ser un "dies irae", "el día grande y terrible de Jehová". Este es "el fin del siglo" al que a menudo se refería nuestro Señor, y que sus apóstoles constantemente predecían. Ya estaban dentro de la penumbra de aquella tremenda crisis, que cada día se acercaba más y más, y que por fin habría de llegar repentinamente "como ladrón en la noche". Esta es la verdadera explicación de aquellas constantes exhortaciones a vigilar, ser pacientes, y esperar, que abundan en las epístolas apostólicas. Vivían esperando una consumación que habría de llegar en su propio tiempo, y que podrían presenciar con sus propios ojos. Este hecho es evidente en los escritos del Nuevo Testamento; es la clave para interpretar gran parte de lo que, de otro modo, sería oscuro e ininteligible, y veremos durante esta investigación cuán consistentemente es sostenido este punto de vista durante todas las Escrituras del Nuevo Testamento. LA VENIDA DEL
HIJO DEL HOMBRE (LA PARUSÍA)
En este pasaje encontramos la primera mención clara de aquel gran suceso al cual veremos que aluden con tanta frecuencia de aquí en adelante nuestro Señor y sus apóstoles, es decir, su segunda venida, o Parusía. En realidad, se puede preguntar, como lo veremos, si este pasaje pertenece correctamente a esta porción de la historia del evangelio. (9) Pero, dejando de lado la pregunta por el momento, preguntémosnos qué es realmente la venida de la que se habla aquí. ¿Puede ser, como sugiere Lange, que Jesús habría de seguir tan rápidamente a sus mensajeros en su circuito evangelístico como para alcanzarles antes de que se terminara? ¿Se refiere, como piensan Stier y Alford, a dos diferentes venidas, separadas entre sí por millares de años: la una comparativamente cercana, la otra indefinidamente remota? ¿O debemos aceptar, con Michaelis y Mayor, el significado claro y obvio que indican las palabras mismas? La interpretación de Lange es ciertamente inaceptable. ¿Quién puede dudar de lo que significa aquí "la venida del Hijo", lo que significa en todo otro lugar, y que esta es la fórmula mediante la cual se expresa la Parusía, la segunda venida de Cristo? Esta frase tiene un significado definido y constante, tanto como su crucifixión, o su resurrección, y no admite ninguna otra interpretación en este lugar. Pero, ¿no puede tener una doble referencia: primera, al juicio inminente de Jerusalén, y segunda, a la destrucción final del mundo, siendo la primera considerada como simbólica de la segunda? Alford sostiene el doble significado, y es severo con los que vacilan en aceptarlo. Nos dice lo que él cree que Cristo quiso decir; pero, por otra parte, tenemos que considerar lo que Él dijo. ¿Están seguros los defensores del doble sentido de que Él quiso decir más de lo que dijo? Miremos sus palabras. ¿Puede algo ser más específico y más definido en cuanto a personas, el lugar, el tiempo, y las circunstancias que esta predicción de nuestro Señor? Es a los doce que él habla; son las ciudades de Israel las que han de evangelizar; el tema es su pronta venida; y el tiempo está tan cerca que antes de que la obra de ellos esté terminada Su venida tendrá lugar. Pero si se nos ha de decir que éste no es el significado, ni siquiera la mitad de él, y que esto incluye otra venida, a otros evangelistas, a otras épocas, y otras tierras - una venida que, después de dieciiocho siglos, todavía es futura, y quizás remota - entonces surge la pregunta: ¿Qué no puede significar la Escritura? El sentido gramatical de las palabras ya no es suficiente para la interpretación; la Escritura es un acertijo que debe advininarse, un oráculo que pronuncia respuestas ambiguas; y nadie puede estar seguro, sin una revelación especial, de que entiende lo que lee. Por lo tanto, estamos a dispuestos a concordar con Meyer en que esta doble referencia "no es sino una evasión forzada y antinatural", y que las palabras significan simplemente lo que dicen, que antes de que los apóstoles completaran la obra de su vida de evangelizar el país de Israel, la venida del Señor tendría lugar. Este es el punto de vista del pasaje que asume el Dr. E. Robinson. (10). "La venida a la que se alude es la destrucción de Jerusalén y la dispersión de la nación judía; y el significado es, que los apóstoles apenas tendrían tiempo, antes de que sobreviniera la catástrofe, de ir por el país advirtiendo al pueblo que se salvara de la destrucción de una generación desgraciada; de modo que no podían darse el lujo de demorarse en ninguna localidad después de que sus habitantes hubiesen escuchado y rechazado el mensaje". LA PARUSÍA HA
DE TENER LUGAR DURANTE
Esta notable declaración es de la mayor importancia en esta discusión, y puede considerarse como la clave para interpretar correctamente la doctrina de la Parusía en el Nuevo Testamento. Aunque no puede decirse que haya ninguna dificultad especial con el idioma, ha causado gran perplejidad entre los comentaristas, que están muy divididos en sus explicaciones. Ciertamente es innecesario preguntar qué es la venida del Hijo del Hombre que se predice aquí. Suponer que se refiere meramente a la gloriosa manifestación de Jesús en el monte de la transfiguración, aunque ésta es una hipótesis apoyada por grandes nombres, es tan palpablemente inadecuado como interpretación que apenas si requiere ser refutado. La misma observación se aplica a los comentarios del Dr. Lange, quien supone que esta venida se cumplió parcialmente con la resurrección de Cristo. Esta exégesis de Lange es una ilustración tan curiosa de los expedientes a los que se ven obligados a recurrir los defensores de una teoría de interpretación de doble sentido, que merece citarse. "En nuestra opinión", dice, "es necesario distinguir entre el advenimiento de Cristo en la gloria de su reino dentro del círculo de sus discípulos, y ese mismo suceso aplicado al mundo en general y para juicio. Esto último es lo que generalmente se entiende por el segundo advenimiento: el primero tuvo lugar cuando el Salvador resucitó de los muertos y se apareció en medio de sus discípulos. De aquí que el significado de las palabras de Jesús sea: se acerca el momento en que vuestros corazones descansarán en la manifestación de mi gloria; ni será la suerte de todos los que están aquí morir durante el intervalo. El Señor podría haber dicho que sólo dos de los de ese círculo morirían hasta entonces, es decir, Él mismo y Judas. Pero, en su sabiduría, escogió la expresión: "Algunos de los que están aquí no gustarán de la muerte", para darles exactamente la medida de esperanza y ansiosa expectación que necesitaban". (12) Baste decir que tal interpretación de las palabras de nuestro Salvador jamás podría haber pasado por la mente de los que las escucharon. Es tan inverosímil, intrincada, y artificial, que queda desacreditada por su misma ingenuidad. Pero la interpretación tampoco satisface las exigencias del idioma. ¿Cómo podría la resurrección de Cristo ser llamada su venida en la gloria de su Padre, con los santos ángeles, en Su reino, y para juicio? ¿O cómo podemos suponer que Cristo, hablando de un suceso que habría de tener lugar más o menos en veinte meses, diría: "De cierto os digo: Algunos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios?" La forma misma de la expresión muestra que el suceso del que se habla no podría ser dentro del espacio de unos pocos meses, ni siquiera dentro de algunos años: es un modo de hablar, que indica que no todos los presentes vivirían para presenciar el suceso del que se habla; que no muchos lo harían; pero que algunos sí. Es exactamente el modo de hablar que encajaría en un intervalo de treinta o cuarenta años, cuando la mayoría de las personas entonces presentes habrían fallecido, pero algunos sobrevivirían y presenciarían el suceso de referencia. Más razonablemente, Alford y Stier entienden el pasaje como que se refiere a "la destrucción de Jerusalén y a la plena manifestación del reino de Cristo mediante la aniquilación del estado judío", aunque ambos desconciertan y confunden su interpretación con la hipótesis de una oculta y ulterior alusión a otra "venida final", de la cual la destrucción de Jerusalén habría de ser "tipo y señal". De esto, sin embargo, no se da ningún atisbo ni por Cristo mismo ni por los evangelistas. La verdad es que no puede negarse que nuestro Señor a veces usaba lenguaje ambiguo. A los judíos les dijo: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" (Juan 2:19), pero el evangelista tiene cuidado de añadir: "Pero él hablaba del templo de su cuerpo". Así que cuando Jesús habló de "ríos de agua viva que correrán del interior del creyente", Juan añade una nota explicativa: "Esto dijo del espíritu", etc. (Juan 7:36). Nuevamente, cuando el Señor alude a la manera de su propia muerte, diciendo: "Y yo, si fuere levantado de la tierra", el evangelista añade: "Y decía esto, dando a entender de qué muerte iba a morir" (Juan 12:33). Por lo tanto, es razonable suponer que, si los evangelistas hubiesen conocido un significado más profundo y oculto de las predicciones de Cristo, habrían dado alguna indicación de ello; pero no dicen nada que nos lleve a inferir que su significado aparente no es su sentido pleno y verdadero. No hay, en verdad, ninguna ambigüedad en cuanto a la venida a la que se alude en el pasaje bajo consideración en este momento. No es una de varias posibles venidas, sino el único, el único y supremo acontecimiento, tan frecuentemente predicho por nuestro Señor, tan constantemente esperado por sus discípulos. Es su venida en gloria; su venida en juicio; su venida en su reino; la venida del reino de Dios. No es un proceso, sino un acto. No es lo mismo que "la destrucción de Jerusalén" - ese es otro suceso relacionado y contemporáneo; pero los dos no deben ser confundidos el uno con el otro. El Nuevo Testamento conoce de sólo una Parusía, una venida en gloria del Señor Jesucristo. Es un completo abuso del idioma hablar de varios sentidos en los cuales puede ocurrir la venida de Cristo -- como en su propia resurrección; en el día de Pentecostés; en la destrucción de Jerusalén; en la muerte de un creyente; y en varias épocas providenciales. Esta no es la costumbre en el Nuevo Testamento, ni es lenguaje exacto bajo ningún punto de vista. Por sí solo, este pasaje contiene tantas importantes verdades con respecto a la Parusía, que puede decirse que cubre todo el tema; y, correctamente usado, se descubrirá que es la clave para la verdadera interpretación de la doctrina del Nuevo Testamento sobre este tema. Concluimos entonces: 1. Que la venida de la que se habla aquí es la Parusía, la segunda venida del Señor Jesucristo. 2. Que el modo de su venida habría de ser glorioso - "en su gloria", "en la gloria de su Paddre", "con los santos ángeles". 3. Que el propósito de su venida era juzgar aquella "generación perversa y adúltera" (Marcos 8:38) y "dar a cada uno según sus obras". 4. Que su venida sería la consumación del "reino de Dios"; el final de la época; "la venida del reino de Dios con poder". 5. Que nuestro Salvador había declarado expresamente que esta venida estaba cerca. Lange observa correctamente que las palabras están "colocadas enfáticamente al principio de la oración; no es un simple futuro, sino que significan: El acontecimiento es inminente que Él vendrá; está a punto de venir". (14) 6. Que algunos de los que oyeron a nuestro Salvador hacer esta predicción habrían de vivir para presenciar el acontecimiento del cual hablaba, es decir, su venida en gloria. Por lo tanto, se deduce que Él mismo declaró que la Parusía, o la gloriosa venida de Cristo, ocurriría dentro de los límites de la generación que entonces existía, una conclusión que encontraremos abundantemente justificada en la secuela. LA VENIDA DEL
HIJO DEL HOMBRE, Parábola de la Viuda Importuna
El carácter intensamente práctico y de actualidad, si podemos llamarlo así, de los discursos de nuestro Señor, es una característica de sus enseñanzas que, aunque pasada por alto a menudo, requiere que no se le pierda de vista. Él hablaba a su propio pueblo, en su propio tiempo. Era el mensajero de Dios para Israel; y, aunque es muy cierto que sus palabras son para todos los hombres en todo tiempo, se aplicaban principal y directamente a su propia generación. Por no prestar atención a este hecho, a muchos expositores se les ha escapado por completo la intención de la parábola delante de nosotros. En sus manos, se convierte en una predicción vaga e indefinida de una vindicación de los justos, en algún período más o menos remoto, pero sin ninguna aplicación especial al pueblo y al tiempo de nuestro Señor mismo. Seguramente, lo que sea esta parábola para nosotros o para las edades futuras, tenía una aplicación estrecha y directa para los discípulos a los cuales se les dirigió originalmente. El Señor estaba a punto de dejar a sus discípulos "como ovejas en medio de lobos"; habrían de ser perseguidos y afligidos, y odiados por todos los hombres, por amor a su Maestro; y podría muy bien ocurrir que el valor les faltara, y que sus corazones desmayaran. En esta parábola, el Salvador les anima a "orar siempre, y no desmayar", mediante el ejemplo de lo que puede hacer la oración perseverante, aún con los hombres. Si la importunidad de una pobre viuda podía constreñir a un juez sin principios para que le hiciera justicia, cuánto más no sería conmovido Dios, el Juez justo, por las oraciones de sus propios hijos para que se les repararan sus agravios. Sin alegorizar todos los detalles de la parábola, como hacen algunos expositores, es suficiente subrayar su gran moraleja. Es ésta. Los perseguidos hijos de Dios serían vengados con seguridad y prontitud. Dios les vindicaría, y pronto. Pero, ¿cuándo? El punto en el tiempo no ha sido dejado indefinido. Es "cuando venga el Hijo del hombre". La Parusía habría de ser la hora de reparación y liberación del sufriente pueblo de Dios. La reflexión de nuestro Señor al final del versículo ocho merece particular atención. "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?" En este punto, debemos regresar a los hechos ya mencionados con respecto al ministerio de Juan el Bautista. Hemos visto cuán oscuro y ominoso era el punto de vista del profeta que predicaba arrepentimiento a Israel. Era el precursor del "día grande y terrible de Jehová"; era el segundo Elías enviado para proclamar la venida de aquél que "heriría la tierra con maldición". La reflexión de nuestro Señor indica que él preveía que el arrepentimiento, lo único que podría evitar el desastre de la nación, no sería buscado. No habría fe en Dios, ni en sus promesas, ni en sus amenazas. Por lo tanto, el día del Señor sería el "día de retribución" (Lucas 21:22). Doddridge ha captado bien el alcance de esta parábola, y parafrasea el versículo de apertura como sigue: "Así disertaba nuestro Señor con sus discípulos acerca de la inminente destrucción de Jerusalén por los romanos; y para animarles en vista de las calamidades que entretanto podrían esperar de sus incrédulos compatriotas o de otros, les dijo una parábola para inculcarles esta gran verdad, que, por angustiosas que fuesen las circunstancias, debían orar siempre con fe y perseverancia, y no desmayar bajo las pruebas". (15) La siguiente es su paráfrasis del versículo 8: "Sí, os digo que Él ciertamente les vindicará; y cuando lo haga, lo hará rápidamente; y esta generación de hombres lo verá y lo sentirá con terror. Sin embargo, cuando el Hijo del hombre, habiendo entrado en posesión de su reino glorioso, venga para aparecer con este importante propósito, ¿encontrará fe en la tierra?" (16) LA RECOMPENSA
DE LOS DISCÍPULOS
¿A qué período hemos de asignar el acontecimiento o estado que nuestro Señor llama aquí "la regeneración"? Evidentemente, es contemporáneo con "el Hijo del Hombre sentado en el trono de gloria"; ni puede haber ninguna duda de que las dos frases, tanto "El Hijo del hombre viniendo en su reino", como "El Hijo del hombre sentado en el trono de su gloria" se refieren a la misma cosa y al mismo tiempo. Es decir, es a la Parusía a la que apuntan ambos sucesos. Tenemos otra nota de tiempo, y otro punto de coincidencia entre la "regeneración" y la Parusía, en la referencia que nuestro Señor hace a "la edad venidera o el siglo venidero" como el período en que sus fieles discípulos habrían de recibir su recompensa (Mar. 10:30; Luc. 18:30). Pero, como ya hemos visto, "el siglo venidero" habría de suceder a la época actual, es decir, el período de la dispensación judía, cuyo fin nuestro Señor había declarado que estaba a las puertas. Concluimos, por lo tanto, que la "regeneración", "el siglo venidero", y "la Parusía" son virtualmente sinónimos, o, en todo caso, contemporáneos. Se afirma claramente que la venida del Hijo del hombre en su reino, o en su gloria, sería una venida para juzgar - "para pagar a cada uno según suss obras" (Mateo 16:27); y el sentarse en el trono de su gloria, en la regeneración, es evidentemente sentarse para juzgar. En este juicio, los apóstoles habrían de tener el honor de ser asesores con el Señor, según su declaración (Lucas 22:29-30). "Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel". Pero nuestro Señor afirma expresamente que esta gloriosa venida para juzgar ocurriría dentro de los límites de la generación que vivía en ese entonces: "Hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:28). No era, por lo tanto, ninguna esperanza largo tiempo diferida o distante la que Jesús ofrecía a sus discípulos. No era una expectativa que todavía se ve en la distancia en la borrosa perspectiva de un futuro indefinido. Pedro y los otros discípulos eran plenamente conscientes de que "el reino de los cielos" estaba cerca. Lo habían aprendido de su primer maestro en el desierto; acerca de ello habían sido tranquilizados por su Señor y Maestro; habían ido por Galilea proclamando la verdad a sus compatriotas. Por lo tanto, cuando el Señor pometió que en la era venidera sus discípulos se sentarían en tronos, ¿es concebible que quisiera que edades tras edades, siglos tras siglos, y hasta milenios tras milenios debían transcurrir lentamente antes de que ellos pudieran cosechar los prometidos honores? ¿Están la herencia de la "vida eterna" y el "sentarse en doce tronos" todavía entre "las cosas esperadas pero no vistas" por los discípulos? Ciertamente una hipótesis tal se refuta a sí misma. La promesa les habría sonado a burla a los discípulos si se les hubiese dicho que el cumplimiento iba a tardar tanto. Por otra parte, si concebimos la "regeneración" como contemporánea con la Parusía, y la Parusía con la terminación de la era judía y la destrucción de la ciudad y del templo de Jerusalén, tenemos un punto definido en el tiempo, no muy distante, sino casi al alcance de la vista de los hombres que vivían, cuando ocurrirían el predicho juicio de los enemigos de Cristo y la gloriosa recompensa de sus amigos.
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1. Reden Jesu, in loc. 2. Jewish War, bk v.c.x sec.5. Traducción de Traill. 3. Ibid. G. Xiii. sec. 6. 4. Ibid. bk.vii. c. viii. sec. I. 5. sec. Reden Jesu; Mat. 12:43-45. 6. Testamento Griego. in loc. 7. Life of Christ, sec. 245. 8. Synonyms of the New Test. vol. i. a. 70; Bib. Cab. N. iii. 9. Hay una verdadera dificultad en este pasaje, que no debería ser pasada por alto. Parece inexplicable que nuestro Señor, en una ocasión como ésta, cuando envió a los doce en una misión corta, aparentemente dentro de un distrito limitado, del cual habrían de regresar en corto tiempo, les hablase de su venida como alcanzándoles antes de que concluyeran su tarea. Parece apenas apropiado para ese período en particular, y que corresponde más a un encargo subsiguiente, es decir, el que está registrado en el discurso del Monte de los Olivos (Mat. 26; Marcos 13; Lucas 21). En realidad, una comparación de estos pasajes hará mucho para satisfacer a cualquier mente sincera de que el párrafo entero (Mat. 10:16-23) ha sido traspuesto de su conexión original e insertado en la primera misión que nuestro Señor encomendó a sus discípulos. Encontramos las mismas palabras relativas a la persecución de los apóstoles, que serían entregados a los concilios, azotados en las sinagogas, llevados ante gobernadores y reyes, etc., que están registrados en el capítulo décimo de Mateo, asignado por Marcos y Lucas a un período subsiguiente, es decir, el discurso del Monte de los Olivos. No hay ninguna evidencia de que los discípulos sufrieran semejante tratamiento durante su primera gira evangelística. Hay, por lo tanto, una evidencia tan fuerte como lo permite el caso, de que el vers. 23 y su contexto pertenecen al discurso del Monte de los Olivos. Esto eliminaría la dificultad que el pasaje presenta en la relación que aquí encontramos, y daría coherencia y consistencia al lenguaje que, tal como está, no es fácil descubrir. Es un hecho aceptado que ni siquiera los evangelios sinópticos relatan todos los acontecimientos en el mismo orden preciso; por lo tanto, tiene que haber mayor exactitud cronológica en uno que en otro. Stier dice: "Mateo es descuidado en la cronología de los detalles" (Reden Jesu, vol. iii, p. US). Neander, hablando de esta misma comisión, dice: "Es evidente que Mateo conecta muchas cosas con las instrucciones dadas a los apóstoles en vista de su primer viaje, que cronológicamente corresponde a más tarde". (Life of Christ, _ 174, nota b); y nuevamente, hablando de la comisión encomendada a los setenta, como aparece registrada en Lucas, dice: "Según Lucas, toda la característica coherencia de todo lo que habló Cristo, con las circunstancias (tan superiores a la disposición de Mateo)", etc. (Life of Christ, _204, nota 1). El Dr. Blaike observa: "Se entiende generalmente que Mateo dispuso su narración más por temas y lugares que cronológicamente" (Bible History, p. 372). Por lo tanto, parece haber abundante justificación para asignar la importante predicción contenida en Mat. 10:23 al discurso pronunciado en el Monte de los Olivos. 10. Véase la nota en Harmony of the Four Gospels. 11. The Training of the Twelve, p. 117. 12. Lange, Comm. on St. Mat. in loc. 13. Alford, Greek Test. in loc. 14. Véase Lange in loc. 15. Family Expos. on Luke 18:1-8 16. Doddridge tiene la siguiente nota sobre "¿Hallará fe en la tierra?" "Es evidente que la palabra a menudo significa, no la tierra en general, sino algún territorio en particular o país, como en Hechos 7:3, 4, 11, y en otros innumerables lugares. Y el contexto aquí lo limita al significado menos extenso. Es evidente que los creyentes hebreos estaban en mayor peligro de cansarse de las persecuciones y las angustias. Comp. con Heb. 3:12-14; 10:23-39; 12:1-4; Sant. i:1-4; 2:6". La interpretación proporcionada por el prudente Campbell añade confirmación, si es que se necesita, a este punto de vista sobre el pasaje. "Hay una estrecha relación en todo lo que nuestro Señor dice sobre cualquier tema de conversación, que rara vez escapa a un lector atento. Si aquí, como es muy probable, se refiere a la destrucción inminente sobre la nación judía como juicio del cielo por su rebelión contra Dios al rechazar y asesinar al Mesías, y al perseguir a sus seguidores, (el griego) debe entenderse que significa "esta creencia", o la creencia en una verdad particular que Él había estado inculcando, a saber, que Dios a su debido tiempo vengaría a sus elegidos, y castigaría señaladamente a sus opresores; y (el griego) debe significar "el territorio", a saber, Judea. Las palabras pueden traducirse de un modo o del otro -- la tierra como planeta o el territorio; pero es evidente que éste último les da un significado más definido, y les une más estrechamente con las que ls preceden. (Campbell sobre los Evangelios, vol. ii, p. 384). La enseñanza de esta instructiva parábola no está agotada en manera alguna; y encontraremos que arroja luz inesperada sobre un pasaje muy oscuro, en una futura etapa de esta investigación. Mientras tanto, podemos referirnos a 2 Tesa. 1:4-10, que proporciona un notable comentario sobre la parábola entera, y muestra la conexión entre la Parusía y la venganza de los elegidos. INDICACIONES
PROFÉTICAS DE LA CERCANA I. Parábola de las Minas
No puede dejar de impresionar a todo lector atento de la historia del evangelio cuántas de las enseñanzas de nuestro Señor, al acercarse el fin de su ministerio, trataban del tema del juicio venidero. Cuando pronunció esta parábola, estaba en camino a Jerusalén para celebrar la última Pascua antes de padecer; y es notable cuántos de sus discursos desde este tiempo parecen estar casi completamente absortos, no en su propia muerte que se aproximaba, sino en la inminente catástrofe de la nación. No sólo esta parábola de las minas, sino su lamento por Jerusalén (Luc. 19:41); su maldición sobre la higuera (Mat. 21; Mar. 11); la parábola de los agricultores malvados (Mat. 21; Mar. 12; Luc. 20); la parábola de las bodas del hijo del rey (Mat. 22); los ayes pronunciados sobre aquella generación (Mat. 23:29-36); el segundo lamento por Jerusalén (Mat. 23:37-38); y el discurso profético en el Monte de los Olivos, con las parábolas y las ilustraciones parabólicas añadidas como apéndices por Mateo, todo esto se ocupa de este tema absorbente. La consideración de estas indicaciones proféticas mostrará que la catástrofe anticipada por nuestro Señor no era un suceso remoto, distante cientos y miles de años en el futuro, sino un acontecimiento cuya sombra ya caía sobre aquella época y sobre aquella nación; y que las Escrituras no nos autorizan en absoluto para suponer que ninguna otra cosa, ni nada más que esto, está incluido en las palabras de nuestro Salvador. La parábola de las minas fue pronunciada por nuestro Señor para corregir una errónea expectativa de parte de sus discípulos, de que "el reino de Dios" estaba a punto de comenzar en seguida. No es de sorprenderse que hayan caído en este error. Juan le Bautista había anunciado: "El reino de Dios se ha acercado". Jesús mismo había proclamado el mismo hecho; y les había comisionado para que lo publicaran por las ciudades y aldeas de Galilea. Como patriotas israelitas, se retorcían bajo el yugo de Roma, y anhelaban las antiguas libertades de la nación. Como piadosos hijos de Abraham, deseaban ver a todas las naciones bendecidas en él. Y había otros sentimientos menos nobles que tenían cabida en sus mentes. ¿No era su propio Maestro el Hijo de David, el rey que vendría? ¿Qué no podrían esperar ellos, que eran sus seguidores y sus amigos? Esto les hacía competir entre ellos por el lugar de honor en el reino. Esto hizo que los hijos de Zebedeo ansiaran obtener la promesa de las posiciones más honorables, a la derecha y a la izquierda de Jesús, cuando él asumiera la soberanía. Y ahora se acercaban a Jerusalén. El gran festival nacional de la Pascua se acercaba; todo Israel acudía a la Santa Ciudad; y no había ninguna persona allí que no ansiara ver a Jesús de Nazaret. ¿Qué más probable que el entusiasmo popular pondría a su Maestro en el trono de su padre David? Lo que deseaban, eso creían; y "pensaban que el reino de Dios aparecería inmediatamente". Pero el Señor refrenó sus entusiastas esperanzas y les indicó, en una parábola, que cierto intervalo debía transcurrir antes de que se cumplieran sus expectativas. Tomando como base de la parábola un incidente bien conocido de la historia judía reciente, es decir, el viaje de Arquelao a Roma para procurar del emperador la sucesión a los dominios de su padre, Herodes el Grande, Jesús lo empleó como ilustración apropiada de su propia partida de la tierra, y su subsiguiente retorno en gloria. Mientras tanto, durante el tiempo de su ausencia, dio a sus siervos una tarea que cumplir. "Negociad entre tanto que vengo". Debían ser diligentes y fieles, hasta que su Señor regresase, cuando los siervos leales serían aplaudidos y recompensados, y sus enemigos destruidos completamente. Nada puede ser mejor que la explicación de Neander de esta parábola, aunque, en realidad, puede decirse que se explica por sí sola. Sin embargo, puede ser bueno insertar sus observaciones. "En esta parábola, en vista de las circunstancias en las cuales fue pronunciada, y de la catástrofe que se aproximaba, se dan indicaciones especiales de la partida de Cristo de la tierra, su ascensión, su regreso para juzgar a la rebelde nación teocrática, y para consumar su dominio. Describe a un gran hombre que viaja a la corte distante del poderoso emperador para recibir de él autoridad sobre sus conciudadanos, y regresar con poder real. Así, Cristo no fue reconocido inmediatamente en su posición real, sino que primero debía abandonar la tierra, dejar a sus agentes para que adelantaran su reino, ascender al cielo, ser nombrado rey teocrático, y regresar nuevamente para ejercer el poder que se le disputaba". (2) Tal es la enseñanza de la parábola de las minas. Pero, aunque el reino de Dios no habría de aparecer en el momento preciso en que sus discípulos lo esperaban, no se sigue de ello que fue pospuesto desde entonces, y que la esperada consumación no tendría lugar por cientos o miles de años. Esto falsificaría las más expresas declaraciones de Cristo y de su precursor. ¿Cómo podrían haber dicho que el reino se había acercado si no habría de aparecer durante milenios? ¿Cómo podría decirse de un acontecimiento que estaba cerca, si en realidad estaba más distante que el período entero de la economía judía desde Moisés hasta Cristo? El reino todavía podría estar cerca, aunque no tan cerca como los discípulos suponían. Era conveniente que su Señor "se fuese", pero sólo "por un poco de tiempo", cuando viniera a ellos nuevamente, y viniera "en su reino". Esta era la esperanza con la cual vivían, la fe que habían predicado; y no podemos creer que ni su fe ni su esperanza fuesen un engaño. II. Lamento de Jesús Sobre Jerusalén
Aquí pisamos terreno que no es debatible. Esta profecía es clara y perspicaz como la historia. Ningún defensor de la teoría de interpretación del doble sentido ha propuesto descubrir aquí nada que no sea Jerusalén y la desolación que se aproximaba. No es la conflagración de la tierra, ni la disolución de la creación: es el sitio y la demolición de la Ciudad Santa, y la matanza de sus ciudadanos, todo lo cual se cumpliría históricamente antes de cuarenta años, y nada más. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no es posible el doble sentido aquí, como en la predicción hecha en el Monte de los Olivos? La respuesta será, sin duda: Porque aquí todo es homogéneo y consecutivo; el Salvador está mirando a Jerusalén, y hablando a Jerusalén, y prediciendo un acontecimiento que habría de ocurrir prontamente. Pero esto es también lo que sucede con la profecía de Mateo 24, donde los expositores encuentran, a veces a Jerusalén, y a veces al mundo; a veces la terminación del gobierno judío, y a veces la conclusión de la historia humana; a veces el año 70 d. C., y a veces un período de tiempo todavía desconocido. Todavía veremos que la profecía del Monte de los Olivos es no menos consecutiva, no menos homogénea, no menos una e indivisible, que esta predicción clara y sencilla de la inminente destrucción de Jerusalén. Si la teoría del doble sentido sirviera para algo, se encontraría que es igualmente aplicable a la predicción que tenemos delante. Aquí, sin embargo, sus propios defensores la descartan; porque el sentido común rehusa ver en este conmovedor lamento otra cosa que no sea Jerusalén, y solamente Jerusalén. III. Parábola de los Labradores Malvados
Esta parábola, registrada en términos casi idénticos por los sinopticistas, apenas necesita intérpretación. Su referencia local, personal, y nacional es demasiado manifiesta para ser puesta en duda. La viña es la tierra de Israel; el señor de la viña es el Padre; sus mensajeros son sus siervos los profetas; su único y amado hijo es el Señor Jesús mismo; los labradores son los judíos rebeldes y perversos; el castigo es la catástrofe venidera en la Parusía, cuando, como bien lo expresa Neander, "la relación teocrática se rompe, y el reino es traspasado a otras naciones que produzcan los frutos correspondientes". (2) La aplicación de esta parábola al pueblo del tiempo de nuestro Salvador es tan directa y explícita, que podría suponerse que ningún crítico tendría que buscarle un significado oculto o una referencia ulterior. Los principales sacerdotes y los fariseos pensaban que "la había pronunciado contra ellos"; e hicieron un gesto de dolor bajo el látigo. Tal como está, es perfectamente clara e inteligible; pero la exégesis de un teólogo puede volverla realmente turbia y oscura. Por ejemplo, Lange comenta así el versículo 41. La Parusía de Cristo es consumada en su última venida, pero no es una con ella. En principio, comienza con la resurrección (Juan 16:16); continúa como un poder a través del período del Nuevo Testamento (Juan 14:3-19); y es consumada en el más estricto sentido en el advenimiento final (I Cor. 15:23; Mat. 25:31; 2 Tesa. 2, etc.). (3) Aquí tenemos, no una venida, ni la venida de Cristo, pero nada menos que tres venidas, separadas y distintas, o una venida de tres clases diferentes - una venida continua que ha estado ocurriendo ya por casi dos mil años, y puede continuar por dos mil años más, que sepamos. Pero de todo esto no se da ni un indicio en el texto, ni en ninguna otra parte. Es meramente adorno humano, sin una sola partícula de autoridad bíblica, inventado en virtud de una teoría de interpretación de doble o triple sentido. Mucho más sobria es la explicación de Alford: "Podemos observar que nuestro Señor hace que 'cuando el Señor venga' [o[tan e[lth o/ kuriov] coincida con la destrucción de Jerusalén, que es, incontestablemente, la destrucción de los labradores malvados. Por lo tanto, este pasaje forma una clave importante de las pofecías de nuestro Señor, y una justificación decisiva para los que, como yo, sostienen que la venida del Señor, en muchos lugares, ha de identificarse principalmente con esa destrucción". (4) Es lamentable que esta nota, por lo demás acertada y sensata, esté estropeada por las frases "en muchos lugares" y "principalmente", pero es, sin embargo, una admisión importante. Sin duda, aquí encontramos efectivamente "una clave importante de las profecías de nuestro Señor", pero la clave maestra es la que ya hemos encontrado en Mat. 16:27, 28, que sirve para abrir, no sólo éste, sino muchos otros dichos oscuros en los oráculos proféticos. IV. Parábola de las bodas del hijo del rey
Esta parábola guarda un gran parecido con la de la Gran Cena de Lucas 14. Es posible que las dos parábolas sean sólo versiones diferentes del mismo original. La cuestión, sin embargo, no afecta la discusión actual, y no puede probarse que estas parábolas no fueron pronunciadas en ocasiones diferentes. La moraleja de ambas es la misma; pero la naturaleza de la parábola registrada por Mateo es más claramente escatológica que la de Lucas. Apunta claramente a la cercana consumación del "reino de los cielos". La venganza que el rey tomó de los asesinos de su hijo y contra su ciudad fija la aplicación a Jerusalén y a los judíos. Los ejércitos romanos no eran sino los ejecutores de la justicia divina; y Jerusalén pereció por su culpa y su rebelión contra su Rey. En sus notas sobre esta parábola, y aunque reconoce una referencia parcial y primaria a Israel y a Jerusalén, Alford también encuentra que se extiende mucho más allá de su alcance aparente, y se divide en dos actos, el primero de los cuales es pasado, y termina en el versículo 10; mientras que un nuevo acto se abre con el versículo 11, que todavía está en el futuro. Esto implica que el juicio de Israel y de Jerusalén no proporciona un cumplimiento pleno y exhaustivo de las palabras de nuestro Señor. Por una parte, tenemos las enseñanzas de Cristo mismo - sencillas, claras, y nada ambiguas; por la otra, la especulación conjetural del crítico, sin una chispa de evidencia ni autoridad de la palabra de Dios. Algunos se mofarán diciendo que exponer la parábola de acuerdo con su sencillo significado histórico es poco profundo, superficial, y poco espiritual, y tratan de encontrar en ella significados ulteriores y ocultos, enigmas oscuros y profundos, profundidades místicas, que nadie sino los teólogos pueden explorar - ¡esto es perspicacia crítica, aguda penetración, gran espiritualidad! En nuestra opinión, todo este atribuir hipótesis humanas y dobles sentidos a las predicciones de nuestro Señor es completamente incompatible con la crítica sobria, o con la verdadera reverencia por la palabra de Dios; esto no es crítica, sino misticismo, y oscurece la verdad, en vez de aclararla. Entonces, a riesgo de ser considerados superficiales y poco profundos, nos aferraremos a las sencillas enseñanzas de las palabras de la Biblia, haciendo oídos sordos a todas las especulaciones fantásticas y conjeturales de origen meramente humano, no importa cuán instruída o digna sea la dirección de donde vengan. V. Ayes Pronunciados Sobre los Escribas y los Fariseos
Se verá que Lucas da este pasaje como pronunciado en una relación diferente, y en una ocasión diferente, de las de Mateo. Si nuestro Señor pronunció las mismas palabras en dos ocasiones diferentes, o si las palabras fueron transpuestas por Lucas de su relación original, no es una cuestión fácil de establecer. La primera hipótesis no parece probable, y no se recomienda ella misma a la mente crítica. Los apotegmas y dichos cortos parabólicos, como "muchos son los llamados pero pocos los escogidos", "los últimos serán los primeros, y los primeros, últimos", pueden haberse repetido en varias ocasiones; pero difícilmente puede imaginarse que discursos relacionados y detallados, como el Sermón del Monte, el discurso profético sobre el Monte de los Olivos, y esta acusación contra los escribas y fariseos, hayan sido repetidos palabra por palabra en diferentes ocasiones. Como ya hemos visto, es un error buscar un estricto orden cronológico en las narraciones de los evangelistas; se admite de modo general que ellos algunas veces ponían juntos hechos que tenían una relación natural, de manera bastante independiente del orden cronológico en que ocurrieron. Stier dice de la cronología de Lucas en general: "Dos cosas están suficientemente claras: Primera, que él menciona ocurrencias individuales sin tener en cuenta estrictamente la cronología, aún repitiendo e intercalando algunas cosas registradas en otros lugares", etc. Neander hace la siguiente observación sobre el pasaje que tenemos delante: "Del mismo modo que este último discurso narrado por Mateo contiene varios pasajes narrados por Lucas en la conversación de la mesa (cap. 11), Lucas inserta allí este anuncio profético, cuya correcta posición se encuentra en Mateo". (5) Sin embargo, no podemos concordar con la opinión de Neander, de que "este discurso, como aparece en Mat. 23, contiene muchos pasajes pronunciados en otras ocasiones" (6). Nos parece imposible leer el capítulo veintitrés de Mateo sin percibir que es un discurso continuo y relacionado, pronunciado en una ocasión, derivándose sus diferentes partes de, y siguiéndose, las unas a las otras naturalmente. Su misma estructura, que consiste de siete ayes (7), pronunciados contra los hipócritas que pretendían ser santos y eran los guías ciegos del pueblo - y la solemne ocasión en la que fue pronunciado, siendo el discurso público filial [sic] de nuestro Señor - obligan irresistiblemente la conclusión de que es un todo completo, y que Mateo nos da la forma original del discurso. Pero dilucidar esta cuestión no es esencial para esta investigación. Mucho más importante es observar cómo nuestro Señor cierra su ministerio público en términos casi idénticos a aquellos con los cuales su precursor se dirigía a la misma clase de gentes: "¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?" Esta no es ninguna coincidencia fortuita. Evidentemente, es la deliberada adopción de las palabras del Bautista, cuando habló de la "ira venidera". Israel había rechazado asimismo el severo llamado al arrepentimiento que le había hecho el segundo Elías, y las tiernas amonestaciones del Cordero de Dios. La medida de su culpa estaba casi llena, y el "día de la ira" llegaba rápidamente. Pero el punto que merece atención especial es la particular aplicación de este discurso a la misma época del Salvador. "De cierto os digo: Todo esto acontecerá a esta generación". "Esto será requerido de esta generación". Ciertamente no hay aquí la pretensión de una referencia primaria y una secundaria. Ningún expositor negará que estas palabras tienen una única y exclusiva explicación a la generación del pueblo judío que entonces vivía sobre la tierra. Hasta Dorner, que arguye de lo más enérgicamente a favor de una gran variedad de significados de la palabra genea [generación], admite con franqueza que aquí sólo puede referirse a los contemporáneos de nuestro Señor: "Hoc ipsum hominum aevum". (8) Esta es una admisión de la mayor importancia. Nos permite fijar el verdadero significado de la frase: "Esta generación", que juega un papel tan importante en varias de las predicciones de nuestro Señor, y notablemente en la gran profecía pronunciada en el Monte de los Olivos. En el pasaje que tenemos delante, las palabras son incapaces de ninguna otra aplicación que no sea la generación existente de la nación judía, que es representada por nuestro Señor como heredera de todas las generaciones precedentes, que había heredado la depravación y la rebeldía del carácter nacional, y estaba destinada a perecer en el diluvio de ira que se había estado acumulando a través de los siglos, y por fin estaba a punto de arrollar a la tierra culpable. VI. El Segundo Lamento de Jesús Sobre Jerusalén
Aquí tenemos nuevamente otro ejemplo de esas discrepancias en la historia del evangelio que causan perplejidad a los armonistas. Lucas registra este conmovedor apóstrofe de nuestro Señor en una relación bastante diferente de la de Mateo. Sin embargo, apenas podemos suponer que estas ipsissima verba fueron pronunciadas en más de una ocasión, a saber, las especificadas por Mateo. Dice Dorner: "Que estas palabras: 'He aquí, vuestra casa os dejada desierta', fueron pronunciadas por Cristo, no donde las coloca Lucas, sino donde las pone Mateo, lo muestran las palabras mismas; porque fueron pronunciadas cuando nuestro Señor partía del templo para no regresar más a él hasta que viniera en juicio". (9) Lange dice que el pasaje es colocado antes por Lucas "por razones pragmáticas". En todo caso, podemos correctamente considerar las palabras como pronunciadas en la ocasión indicada por Mateo. Como tal, su colocación es de lo más sugerente. Esta patética amonestación mitiga la severidad de las anteriores acusaciones, y cierra el ministerio de nuestro Señor con un estallido de humana ternura y divina compasión. Como bien dice el Dr. Lange: "El Señor llora y se lamenta sobre su propia Jerusalén en ruinas ... Su peregrinaje entero en la tierra fue agitado por su angustia sobre Jerusalén, como la gallina que ve al águila amenazante en el cielo, y ansiosamente trata de juntar a sus polluelos bajo sus alas. Con una tal angustia veía Jesús a las legiones romanas aproximarse para juicio sobre los hijos de Jerusalén, y trataba de salvarles con las más fuertes solicitaciones de amor, pero en vano. ¡Eran como hijos muertos a la voz del amor maternal!" (10) ¿Es necesario decir que aquí está Jerusalén, y sólo Jerusalén? No hay ninguna ambigüedad, ninguna referencia doble; ningún cumplimiento próximo y final se conciba aquí. Un pensamiento, un sentimiento, un propósito llenaba el corazón de Jesús - ¡Jerusalén, la ciudad de Dios, la amada, la culpable, la condenada! Su suerte estaba ahora poco menos que sellada, y el corazón de nuestro Salvador se le oprimía de angustia al darle el último adiós. Pero, ¿cómo debemos entender las palabras finales: "No me veréis más, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor"? Esta frase: "Bendito el que viene en el nombre del Señor" es la fórmula reconocida que empleaban los judíos al hablar de la venida del Mesías - el saludo mesiánico: equivalente a "Salve, ungido de Dios". Se supone generalmente que fue adoptado de Sal. 118:26. Por lo tanto, vendría un momento en que esta salutación sería apropiada. El Señor que salía del templo retornaría a su templo una vez más. Más que esto, aquella misma generación presenciaría aquel regreso. Esto se da a entender claramente en la forma del lenguaje del Salvador: "No me veréis más hasta que digáis", etc. - palabras que estarían desprovistas de la mitad de su significado si las personas a las que se refiere la primera parte de la oración no fuesen las mismas que aquéllas a las que se refiere la segunda parte. Nada puede ser más claro y explícito que la referencia de principio a fin al pueblo de Jerusalén, los contemporáneos de Cristo. Ellos y Él habrían de encontrarse otra vez; y el Mesías, el Señor a quien profesaban buscar tan ansiosamente, vendría súbitamente a su templo, según el dicho de Malaquías el profeta. Ellos esperaban aquella venida como un acontecimiento para ser recibido con gozo; pero habría de ser de muy distinta manera. "¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste?" Ese día habría de traer la desolación de la casa de Dios, la destrucción de su existencia nacional, el estallido de la ira contenida de Dios sobre Israel. Este era el regreso, el reunirse nuevamente, al cual el Salvador alude aquí. ¿Y no es ésta la mismísima cosa que Él había declarado una y otra vez? ¿No había Él dicho hacía bien poco que "sobre esta generación" vendrían los siete ayes que Él acababa de pronunciar? (Ver. 36). ¿No había afirmado solemnemente que algunos que entonces vivían verían al Hijo del hombre viniendo en gloria, con sus ángeles, "para dar a cada uno según sus obras" -- esto es, que vendría a juzgar? ¿Es posible adoptar la extraña hipótesis de algunos comentaristas de nota, de que con estas palabras nuestro Salvador quiere decir que nunca volvería a ser visto por aquéllos a los cuales hablaba, hasta que un Israel convertido y cristiano, en alguna época muy distante en el tiempo, estuviese preparado para recibirle como Rey de Israel? Esto sería realmente tomarse injustificadas libertades con las palabras de la Escritura. Nuestro Señor no dice: "No me veréis hasta que ellos digan, o, hasta que otra generación diga; sino, "hasta que [vosotros] digáis", etc. No se sigue de ninguna manera que, porque la salutación mesiánica se cita aquí, el pueblo que se supone que la usa estaba preparado para entrar en su verdadero significado. Aquellas mismas palabras habían sido exclamadas por multitudes en las calles de Jerusalén sólo uno o dos días antes, pero fueron cambiadas por "¡Crucifícale, crucifícale!" en muy breve espacio de tiempo. Aquellas palabras simplemente denotan el hecho de su venida. Los infelices a quienes nuestro Salvador hablaba no podían adoptar el saludo mesiánico en su sentido verdadero y más alto; ellos jamás dirían: "Bendito el que", etc., pero presenciarían su venida - la venida con la cual aquella fórmula estaba asociada indisolublemente, es decir, la Parusía. Sostenemos, entonces, que, no
sólo estamos justificados, sino obligados, a llegar a la conclusión
de que aquí nuestro Señor se refiere a su venida para destruir a
Jerusalén y cerrar la era judía, según sus expresas declaraciones,
dentro del período de la generación que entonces existía. La
historia verifica la profecía. Menos de cuarenta años después del
tiempo en que fueron pronunciadas estas palabras, Judea y su pueblo
fueron abrumados por el diluvio de ira predicho por el Señor. Su
tierra fue asolada; su casa fue dejada desierta; Jerusalén, y sus
hijos con ella, fueron sumergidos en una ruina común. VII. La Profecía Del Monte de los Olivos LA VENIDA DEL
HIJO DEL HOMBRE [LA PARUSÍA] MAT. 24; MAR. 13; LUC. 21 Ahora entramos a considerar el que es, con mucho, el pronunciamiento más completo y más explícito de nuestro Señor tocante a su venida, y los solemnes acontecimientos relacionados con ella. El discurso o la conversación en el Monte de los Olivos es la gran profecía del Nuevo Testamento, y no sería incorrecto llamarla el Apocalipsis de los evangelios. De la interpretación de este discurso profético dependerá que comprendamos correctamente las predicciones contenidas en los escritos apostólicos; porque casi se puede decir que no hay nada en las epístolas que no esté en los evangelios. Esta profecía de nuestro Salvador es el gran depósito del cual se derivan principalmente las declaraciones proféticas de los apóstoles. La opinión comúnmente aceptada de la estructura de este discurso, que casi se da por sentada, tanto por expositores como por los lectores en general, es que nuestro Señor, al responder a la pregunta de sus discípulos con respecto a la destrucción del templo, mezcla con ese acontecimiento la destrucción del mundo, el juicio universal, y la consumación final de todas las cosas. Imperceptiblemente, se supone, la profecía se desliza de la ciudad y el templo de Jerusalén, y su destino inminente en el futuro inmediato, a otra catástrofe, infinitamente más tremenda, en el futuro lejano e indefinido. Sin embargo, tan entremezcladas están las alusiones - ya a Jerusalén, ya al mundo en ggeneral; ya a Israel, ya a la raza humana; ya a los acontecimientos cercanos, ya a acontecimientos indefinidamente remotos - que distinguir y asignar las varias referencias y los varios temas es extremadamente difícil, si no imposible. Quizás la manera más justa de mostrar los puntos de vista de los que arguyen a favor de un doble significado en este discurso profético sea presentar el esquema o plan de la profecía propuesto por el Dr. Lange, y adoptado por muchos notables expositores.
No muy diferente es el esquema propuesto por Stier, que encuentra tres venidas diferentes de Cristo, "que en perspectiva se cubren entre sí":
Tal es el elaborado y complicado esquema adoptado por algunos expositores; pero hay contra él obvias y graves objeciones que, mientras más son consideradas, más formidables parecen, si no fatales. 1. Puede hacerse una objeción, in limine, a los principios envueltos en este método de interpretar la Escritura. ¿Debemos buscar significados dobles, triples, y múltiples, profecías dentro de profecías, y misterios envueltos en misterios, donde podríamos razonablemente haber esperado una respuesta sencilla a una pregunta sencilla? ¿Puede alguien estar seguro de entender las Escrituras si éstas son enigmáticas u obscuras? ¿Es ésta la manera en que el Salvador enseñaba a sus discípulos, dejando que tanteasen el camino a través de intrincados laberintos, que irrestiblemente sugieren la astronomía ptolemaica - "Ciclo y epiciclo, orbe en orbe"? Ciertamente, una revelación tan ambigua y obscura puede difícilmente llamarse revelación, y más parece un oráculo de Delfos, o una sibila de Cuma, que la enseñanza de Aquél a quien el pueblo escuchaba gustosamente. (13) 2. Apenas se pretenderá que, si la exposición de Lange y la de Stier es correcta, los discípulos que escuchaban los dichos de Jesús en el Monte de los Olivos pudieron haber comprendido o seguido la dirección de su discurso. En todo momento, eran lentos para entender las palabras de su Maestro; pero sería darles crédito a su asombroso poder de penetración suponer que eran capaces de sortear su camino a través de tal laberinto de venidas, que se extendían a través de "una serie de ciclos, cada uno de los cuales presenta el futuro entero, pero de tal manera que, con cada nuevo ciclo, la escena parece aproximarse y parecerse más de cerca a la catástrofe final". Para el lector corriente, no es fácil seguir al crítico ingenioso a través de su tortuoso esquema; pero es claro que los discípulos deben haberse sentido irremediablemente desconcertados en medio de una avalancha de crisis y catástrofes desde la caída de Jerusalén hasta el fin del mundo. Quizás debe decírsenos, sin embargo, que no es importante si los discípulos entendieron o no la respuesta de nuestro Señor: no era a ellos a los que Él hablaba; era a las edades futuras, a las generaciones que todavía no habían nacido, que sin embargo estaban destinadas a encontrar la interpretación de la profecía tan embarazosa para ellos como lo era para los portadores originales. Ninguna palabra para repudiar tal sugerencia es demasiado fuerte. Los discípulos fueron a su Maestro con una pregunta sencilla y honesta, y es increíble que Él se burlase de ellos dándoles por respuesta un acertijo ininteligible. Debe suponerse que el Salvador quería que sus discípulos entendieran sus palabras, y debe suponerse que las entendieron. 3. La interpretación que estamos considerando parece estar fundamentada en una errónea interpretación de la pregunta que los discípulos hicieron a nuestro Señor, así como de la respuesta a la pregunta. Se supone por lo general que los discípulos vinieron a nuestro Señor con tres preguntas diferentes, relativas a diferentes acontecimientos separados entre sí por un largo intervalo de tiempo; que la primera pregunta: "¿Cuándo serán estas cosas?", se refería a la próxima destrucción del templo; que la segunda y la tercera preguntas, "¿Qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?", se refería a sucesos muy posteriores a la destrucción de Jerusalén y que, de hecho, todavía no han tenido lugar. Se supone que la respuesta de nuestro Señor se conforma a esta triple pregunta, y que esto da forma a su discurso entero. Ahora, considérese cuán completamente improbable es que los discípulos tuvieran en sus mentes algún esquema del futuro, como si fuera un mapa. Sabemos que ellos acababan de ser sacudidos y quedar estupefactos por la predicción de su Maestro tocante a la total destrucción de la gloriosa casa de Dios que tan recientemente habían estado contemplando con admiración. Todavía no habían tenido tiempo de recuperarse de su sorpresa, cuando fueron a Jesús con la pregunta: "¿Cuándo serán estas cosas?", etc. ¿No es razonable suponer que sólo un pensamiento les poseía en ese momento - la portentosa calamidad que esperaba a la magnífica estructura, gloria y belleza de Israel? ¿Era ése un momento en que sus mentes estarían ocupadas con un futuro distante? ¿No debía su alma entera estar concentrada en el destino del templo? ¿Y no debían estar ansiosos de saber qué señales se darían de la proximidad de la catástrofe? Es imposible decir si relacionaron en su imaginación la destrucción del templo con la disolución de la creación y el fin de la historia humana; pero podemos, sin peligro, llegar a la conclusión de que en sus mentes predominaba el anuncio que el Señor acababa de hacer: "De cierto os digo, que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada". Por el lenguaje del Salvador, deben haber colegido que la catástrofe era inminente; y su ansiedad era por saber el momento y las señales de su llegada. Marcos y Lucas hacen que la pregunta de los discípulos se refiera a un suceso y una ocasión - "¿Cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?" Por lo tanto, no es sólo presumible, sino indudable, que las preguntas de los discípulos se refieren sólo a diferentes aspectos del mismo y gran acontecimiento. Esto armoniza las afirmaciones de Mateo con las de los otros evangelistas, y claramente lo requieren las circunstancias del caso. 4. La interpretación que estamos discutiendo descansa también en una concepción errónea y engañosa de la frase "fin del mundo" (época) [ton/ai=w/noj]. No es sorprendente que simples lectores de habla inglesa del Nuevo Testamento supongan que esta frase significa en realidad la destrucción del mundo material; pero tal error no debería recibir el apoyo de hombres de saber. Ya hemos tenido ocasión de subrayar que el verdadero significado de (aion) no es mundo, sino época; que, como su equivalente en latín, aevum, se refiere a un período de tiempo: así, "el fin de la época" [ton/ai=w/noj] significa la proximidad del fin de la época o era o dispensación judía, como nuestro Señor lo indicaba con frecuencia. Todos los pasajes que hablan del "fin" [to.te,loj] "el fin del tiempo", o "el fin de los tiempos", se refieren a la misma consumación, y siempre como que está a las puertas. En I Cor. 10:11, Pablo dice: "Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos", dando a entender que se consideraba a sí mismo y a sus lectores como viviendo cerca de la conclusión de un aeon, o era. Así, en la epístola a los Hebreos, encontramos la notable expresión: "Pero ahora, en la consumación de los siglos (erróneamente traducida: El fin del mundo), se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo" (Heb. 9:26), mostrando claramente que el escritor consideraba la encarnación de Cristo como teniendo lugar cerca del fin del eon, o período dispensacional. Suponer que quería decir cerca del fin del mundo, o cerca de la destrucción del planeta material, sería hacerle escribir falsa historia y mala gramática. De hecho, no sería verdad, porque el mundo ha durado más desde la encarnación que la duración de toda la economía mosaica, desde el éxodo hasta la destrucción del templo. Por lo tanto, es inútil decir que el "fin del siglo" puede significar un período prolongado, que se extiende desde la encarnación hasta nuestro propio tiempo, y aún más allá. Eso sería un eón, no el fin de todos los hombres. El eón del que hablaba nuestro señor estaba a punto de terminar en una gran catástrofe; y una catástrofe no es un proceso prolongado, sino un acto definitivo y culminante. Nos vemos obligados, por lo tanto, a llegar a la conclusión de que "el fin del siglo", o [ton/ ai=w/noj] se refiere solamente a la cercana terminación de la era o dispensación judía. 5. Ciertamente puede objetarse que, aún admitiendo que los apóstoles hayan estado ocupados exclusivamente con la suerte del templo y los acontecimientos de su propio tiempo, no hay razón para que el Señor no excediera los límites de la visión de ellos y no extendiera una mirada profética hacia los siglos de un futuro distante. No hay duda de que podía hacerlo; pero, en ese caso, deberíamos esperar algún atisbo o sugerencia de ese hecho; alguna línea bien definida entre el futuro inmediato y el indefinidamente remoto. Si el Salvador pasa de Jerusalén y su día de condenación, al mundo y su día del juicio, sería sólo razonable buscar alguna frase como "Después de muchos días", o "Sucederá después de estas cosas", que marcara la transición. Pero en vano buscamos alguna indicación de este tipo. Son por entero insatisfactorios los intentos de los expositores de trazar líneas de transición en esta profecía, mostrando dónde deja de hablar de Jerusalén e Israel y pasa a hablar de acontecimientos remotos y generaciones que todavía no habían nacido. Nada puede ser más arbitrario que las divisiones que se intentan establecer; no soportan ni el examen de un momento, y son incompatibles con las expresas afirmaciones de la profecía misma. ¿Puede creerse que algunos expositores encuentran un punto de transición en Mateo 24:29, donde las propias palabras de nuestro Señor hacen totalmente inadmisible la idea misma por medio de su propia observación sobre el tiempo, pues dice "inmediatamente"? Si, en presencia de tal autoridad, puede hacerse una sugerencia tan precipitada, ¿qué no puede esperarse en casos señalados con menos fuerza? Pero, la verdad es que todos los intentos de establecer divisiones y transiciones imaginarias en la profecía fracasan de modo notable. Que cualquier lector imparcial y honesto juzgue el esquema del Dr. Lange, que puede ser considerado representante de la escuela de los expositores del doble sentido, en su distribución de este discurso de nuestro Señor, y diga si es posible discernir algún vestigio de una división natural donde él traza líneas de transición. Su primera sección, desde el ver. 4 al ver. 14, la titula "Señales, y la manifestación del fin del mundo en general". ¡Cómo! ¿Es concebible que nuestro Señor, a punto de responder a los corazones ansiosos y palpitantes, llenos de ansiedad por las calamidades que Él decía eran inminentes, comenzara hablando del "fin del mundo en general"? Ellos pensaban en el templo y el futuro inmediato. ¿Hablaría Jesús del mundo y del tiempo indefinidamente remoto? Pero, ¿hay algo en esta primera sección que no sea aplicable a los discípulos mismos y a su tiempo? ¿Hay algo que no ocurrió realmente en su propio tiempo? "Sí," se dirá, "el evangelio del reino no se ha predicado todavía a todo el mundo por testimonio a todas las naciones". Pero tenemos este mismo hecho atestiguado por Pablo (Col. 1:5, 6): "La palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo", etc.; y nuevamente (Col. 1:23): "El evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo". Existía, pues, en el tiempo de los apóstoles, tal difusión mundial del evangelio como para satisfacer las predicciones del Salvador: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo" (oikemene). Pero la objeción decisiva a este esquema es que es evidente que el pasaje entero está dirigido a los discípulos, y habla de lo que ellos verían, de lo que ellos harían, de lo que ellos sufrirían; todo esto cae dentro de su propia observación y experiencia, y no se puede hablar de ellos como si se tratara de un auditorio invisible en una época muy distante en el futuro lejano, que aún hoy no ha tenido lugar en la tierra. La siguiente división de Lange, que comprende desde el ver. 15 hasta el ver. 22, se titula "señales del fin del mundo en particular: (a) La Destrucción de Jerusalén". Sin detenernos a investigar la relación de estas ideas, es satisfactorio ver que por fin se introduce a Jerusalén. Pero, ¡cuán antinatural es la transición de "el fin del mundo" a la invasión de Judea y al sitio de Jerusalén! ¿Podrían los discípulos haber dado tan súbito e inmenso salto? ¿Podría haber sido inteligible para ellos, o es inteligible en la actualidad? Pero, obsérvese el punto de transición, como lo fija Lange en el vers. 15: "Por tanto, cuando veáis la abominación desoladora", etc. Esto ciertamente no es transición, sino continuidad: todo lo que precede conduce a este punto; las guerras, las hambrunas, las pestilencias, las persecuciones, y los martirios; todo esto preparaba y era la introducción para el "fin"; esto es, para la catástrofe final que habría de sobrevenir a la ciudad, al templo, y a la nación de Israel. Luego sigue un párrafo desde el ver. 23 hasta el ver. 28, que Lange llama "(b) Intervalo de juicio parcial y suprimido". Este título es en sí mismo un ejemplo de exposición fantástica y arbitraria. En las palabras mismas algo incongruente y contradictorio. Un día de juicio implica publicidad y manifestación, no silencio y supresión. Pero, ¿cuál puede ser el significado de "días de juicio silencioso y suprimido", que continúa desde la destrucción de Jerusalén hasta el fin del mundo? Si se quiere decir que hay un sentido en que Dios está siempre juzgando al mundo, esto es un truísmo que podría afirmarse de cualquier período, antes o después de la destrucción de Jerusalén. Pero la parte más objetable de esta exposición es el violento tratamiento de la palabra "entonces" (p. 62) [to,te] (ver. 23). Dice Lange: "Entonces (es decir, en el tiempo que transcurre entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo)". ¡Este es ciertamente un prodigioso entonces! Ya no es un punto en el tiempo, sino un eón - un período vasto e indefinido; y se supone que durante todo ese tiempo las afirmaciones del párrafo, ver. 23 al 28, están en proceso de cumplimiento. Pero, cuando regresamos a la profecía misma, no encontramos ningún cambio de tema, ninguna interrupción en la continuidad del discurso, ningún indicio de transición de una época a la otra. La nota de tiempo, "entonces", [to,te], es decisiva contra cualquier hiato o transición. Nuestro Salvador está poniendo a los discípulos en guardia contra los engañadores e impostores que infestaban la comunidad judía en los últimos días, y les dice: "Entonces", (es decir, en ese tiempo, en la agonía de la guerra judía) "si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis", etc. Es Jerusalén, siempre Jerusalén, y sólo Jerusalén, de lo que nuestro Señor habla aquí. Por fin llegamos a "El Verdadero Fin del Mundo" (ver. 24-31). Habiendo hecho la transición del "fin del mundo hacia atrás hasta la destrucción de Jerusalén, el proceso ahora se invierte, y hay otra transición, de la destrucción de Jerusalén al "verdadero fin del mundo". Este fin verdadero ha sido puesto después de la aparición de aquellos falsos Cristos y falsos profetas contra los cuales eran amonestados los discípulos. Esta alusión a "falsos Cristos" debería haberle ahorrado al crítico el error en que ha caído, y haberle indicado el período al cual se refiere la predicción. Pero, ¿dónde hay aquí alguna señal de división o transición? No hay rastro ni señal de ninguna. Por el contrario, el lenguaje expreso de nuestro Señor excluye en absoluto cualquier intervalo de tiempo, pues dice: "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días", etc. Esta nota en cuanto al tiempo es decisiva, y prohibe perentoriamente suponer cualquier interrupción o hiato en la continuidad de su discurso. Pero hemos ido bastante lejos en la demostración del tratamiento arbitrario y nada crítico que ha recibido esta profecía, y sido seducidos para efectuar una exégesis prematura de alguna porción de su contenido. Lo que argumentamos es a favor de la unidad y la continuidad del discurso entero. Desde el principio del capítulo veinticuatro de Mateo hasta el final del veinticinco, es uno e indivisible. El tema es la próxima consumación de la época, con los acontecimientos acompañantes y concomitantes, los ayes que habrían de alcanzar a la "generación perversa", que comprendían la invasión por los ejércitos romanos, el sitio y la captura de Jerusalén, la destrucción total del templo, las terribles calamidades del pueblo. Junto con esto encontramos la verdadera Parusía, o venida del Hijo del hombre, el derramamiento judicial de la ira divina sobre los impenitentes, y la liberación y la recompensa de los fieles. De principio a fin, estos dos capítulos forman un discurso continuo, consecutivo, y homogéneo. Así debe haber sido considerado por los discípulos, a los cuales fue dirigido; y así, en ausencia de cualquier atisbo o indicación en contrario en el registro, nos sentimos vinculados a él. 6. En conclusión, no podemos evitar referirnos a otra consideración, que, estamos persuadidos, ha tenido mucho que ver con la errónea interpretación de esta profecía; es decir, la inadecuada apreciación de la importancia y la grandeza del acontecimiento que forma su tema, la consumación de la era o del eón, y la abrogación de la dispensación judía. Ese fue un suceso que formó una época en el gobierno divino del mundo. La economía mosaica, que había sido entronizada con tanta pompa y grandeza en medio de los truenos y los relámpagos de Sinaí, y había existido por casi dieciséis siglos, que había sido el medio de comunicación divinamente instituído entre Dios y el hombre, y cuyo propósito había sido establecer un reino de Dios en la tierra, había demostrado ser un comparativo fracaso por medio de la incapacidad moral del pueblo de Israel, estaba condenada a llegar a su fin en medio de la más terrífica demostración de la justicia y la ira de Dios. El templo de Jerusalén, por siglos gloria y corona del Monte de Sión - el santuario sagrado, en cuyo lugar sannto se complacía en habitar Jehová - la casa santa y hermosa, que era el paladio de la seguridad de la nación, y más cara que la vida para cada hijo de Abraham - estaba a punto de ser profanado y destrruído, de modo que no quedaría piedra sobre piedra. El pueblo escogido, los hijos del Amigo de Dios, la nación favorecida, con la cual el Dios de toda la tierra se dignó entrar en pacto y ser llamado su Rey, habría de ser abrumado por las más terribles calamidades que jamás cayeron sobre nación alguna; habría de ser expatriado, privado de su nacionalidad, excluído de su antigua y peculiar relación con Dios, y ser expulsados para que anduviesen como peregrinos sobre la faz de la tierra, refrán y burla entre todas las naciones. Pero junto con todo esto habría cambios para bien. Primero, y principalmente, el fin de la época sería la inauguración del reino de Dios. Habría honor y gloria para los fieles y verdaderos siervos de Dios, que luego entrarían en plena posesión de la herencia celestial. (Esto se desarrollará más plenamente en la secuela de nuestra investigación). Pero habría también un glorioso cambio en este mundo. Lo antiguo dio lugar a lo nuevo; la Ley fue reemplazada por el Evangelio; Cristo tomó el lugar de Moisés. El sistema estrecho y exclusivo, que abarcaba sólo a un pueblo, fue sucedido por un pacto nuevo y mejor, que abarcaba la familia entera del hombre, y no conocía diferencia entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos. La dispensación de los símbolos y las ceremonias, adaptados a la niñez de la humanidad, fue incorporada en un orden de cosas en que la religión se convirtió en un servicio espiritual, cada lugar en un templo, cada adorador en un sacerdote, y Dios en Padre universal. Esta era una revolución mucho mayor que cualquiera que jamás hubiese ocurrido en la historia de la humanidad. Hizo un mundo nuevo; era el "mundo por venir", el [o.ikonge,nh me, llonoa] de Hebreos 2:5; y es imposible sobreestimar la magnitud e importancia del cambio. Es esto lo que da tal significado al arrasamiento del templo y la destrucción de Jerusalén: éstas son las señales externas y visibles de la abrogación del orden antiguo y la introducción del nuevo. La historia del sitio y la captura de la Santa Ciudad no es simplemente un emocionante episodio histórico, como el sitio de Troya o la caída de Cartago; no es meramente la escena final en los anales de una antigua nación; tiene un significado sobrenatural y divino; tiene relación con Dios y la raza humana, y marca una de las más memorables épocas en el tiempo. Esta es la razón de que el acontecimiento se describa en la Biblia en términos que a algunos les parecen exagerados, o requieran alguna catástrofe mayor los justifique. Pero, si fue adecuado que la introducción de esta economía fuera señalada por portentos y maravillas, terremotos, relámpagos, truenos, y bocinas, no menos adecuado fue que terminara en medio de fenómenos similares, terribles espectáculos y grandes señales en el cielo. Si los expositores hubiesen captado mejor el verdadero significado y la grandeza del acontecimiento, no habrían encontrado extravagante o exagerado el lenguaje con el cual nuestro Señor lo describe. (14) Ahora estamos preparados para entrar en un examen más particular del contenido de este discurso profético, lo cual trataremos de hacer tan concisamente como sea posible.
1. Life of Christ, sec. 239. 2. Life of Christ, sec. 256. 3. Lange acerca de Mat., p. 388. 4. Alford, Testamento griego. in loc. 5. Life of Christ, sec. 253, note n. 6. Life of Christ, sec. 253, note m. 7. Tischendorf rechaza el ver. 14, que está omitida por el Codice Sinaítico y Vaticano. 8. Véase Dorner´s tractae, De Oratione Christi Eschatologica, p. 41. 9. Dorner, Orat. Christ. Esch. p. 43. 10. Com. sobre Mat. p. 416. 11. Lange, Com. sobre Mat. p. 418 12. Stier. Red. Jes. vol. iii. 251. 13. Véase Nota A, Part I., sobre la Teoría de Interpretación de Doble Sentido. 14. La terminación del eón judío en el siglo primero, y de la era romana en el quinto y el sexto, fueron narcadas por la misma ocurrencia de calamidades, guerras, tumultos, pestilencias, terremotos, etc., todas marcando el tiempo de una de las peculiares temporadas de visitación de Dios. Para la misma creencia en relación con la convulsión física y moral, véase de Niebuhr, Leben´s Nachrichten, ii. p. 672, Dr. Arnold: Véase "Life by Stanley", vol. i, p. 311. I. PREGUNTAS DE LOS DISCÍPULOS
Podemos concebir la sorpresa y la consternación que sintieron los discípulos cuando Jesús les anunció la completa destrucción que se avecinaba sobre el templo de Dios, cuya belleza y cuyo esplendor había excitado su admiración. No es sorprendente que cuatro de ellos, que parecen haber sido admitidos a una más íntima familiaridad que el resto, buscasen información más completa sobre un tema tan intensamente interesante. El único punto que requiere aclaración aquí se refiere a la extensión de su interrogatorio. Marcos y Lucas lo representan como haciendo referencia al tiempo de la catástrofe predicha y a la señal de la inminencia de su cumplimiento. Mateo varía la forma de la pregunta, pero es evidente que tiene el mismo sentido: "Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo [época]?" Aquí nuevamente es el tiempo y la señal lo que forma el tema de la pregunta. No hay razón en absoluto para suponer que en sus mentes consideraban la destrucción del templo, la venida del Señor, y el fin de la época, como tres acontecimientos distintos o ampliamente separados entre sí; sino que, por el contrario, es completamente natural suponer que los consideraban a todos ellos como coincidentes y contemporáneos. Qué idea precisa tenían con respecto al fin de la época y a los acontecimientos conectados con él, no lo sabemos; pero sí sabemos que estaban acostumbrados a oir hablar a su Maestro de que vendría nuevamente con su reino, en su gloria, y durante la vida de algunos de ellos. También le habían oído hablar del "fin del siglo"; y es evidente que relacionaban su "venida" con el fin de la época. Por lo tanto, los tres puntos abarcados por su pregunta, como los presenta Mateo, eran considerados por ellos como contemporáneos; por eso, no encontramos ninguna diferencia práctica en los términos de la pregunta de los discípulos como está registrada por los autores de los evangelios sinópticos. II. RESPUESTA
DE NUESTRO SEÑOR (a) Sucesos que más remotamente debían preceder la consumación
Es imposible leer esta sección sin percibir su clara referencia al período entre la crucifixión de nuestro Señor y la destrucción de Jerusalén. Cada una de las palabras fue dirigida a los discípulos, y solamente a ellos. Imaginar que el "vosotros" de este discurso se aplica, no a los discípulos a quienes Jesús hablaba, sino a algunas personas desconocidas y todavía inexistentes en una lejana época en el futuro es una suposición tan absurda que no merece que se le preste atención seria. De que las palabras de nuestro Señor tuvieron plena verificación durante el intervalo entre su crucifixión y el fin de aquella época, tenemos el más amplio testimonio. Falsos Cristos y falsos profetas comenzaron a aparecer al comienzo mismo de la era cristiana, y continuaron infestando el país hasta el final mismo de la historia judía. En la procuraduría de Pilatos (36 d. C.), apareció uno de ellos en Samaria, y engañó a grandes multitudes. Hubo otro en la procuraduría de Cuspio Fado (45 d. C.). Josefo nos dice que, durante el gobierno de Félix (53-60), "el país estaba lleno de ladrones, magos, falsos profetas, falsos mesías, e impostores", que engañaban al pueblo con promesas de grandes acontecimientos. (1) La misma autoridad nos informa que en aquellos días abundaban las conmociones civiles y enemistades internacionales, especialmente entre los judíos y sus vecinos. En Alejandría, Seleucia, Siria, y Babilonia, hubo violentos tumultos entre judíos y griegos, y entre judíos y sirios, que habitaban en las mismas ciudades. "Cada ciudad estaba dividida", dice Josefo, "en dos bandos". En el reinado de Calígula, había gran aprensión en Judea por la posibilidad de una guerra con los romanos, a consecuencia de la propuesta del tirano de poner una estatua suya en el templo. Durante el reinado del emperador Claudio (41-54 d. C.), hubo cuatro temporadas de gran escasez. En el cuarto año de su reinado, la hambruna en Judea fue tan severa, que el precio de los alimentos era enorme, y pereció gran número de habitantes. Ocurrieron terremotos durante los reinados de Calígula y de Claudio. (2) El Señor dio a entender a sus discípulos que tales calamidades precederían el "fin". Pero no eran sus antecedentes inmediatos. Eran el "principio del fin"; pero "todavía no es el fin". En este punto (ver. 9-13), nuestro Señor pasa de lo general a lo particular; de lo público a lo personal; de las fortunas de naciones y reinos a las fortunas de los discípulos mismos. Mientras estos sucesos ocurrían, los apóstoles habrían de ser objetos de sospecha por parte de los poderes gobernantes. Habrían de ser llevados delante de los concilios, gobernantes, y reyes; habrían de ser encarcelados, azotados en las sinagogas, y odiados por todos los hombres por amor a Jesús. Cuán exactamente se verificó todo esto en la experiencia personal de los discípulos, podemos leerlo en los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas de Pablo. Pero la divina promesa de protección en la hora de peligro se cumplió de modo notable. Con la sola excepción de "Santiago, el hermano de Juan", ningún apóstol parece haber sido víctima de malévola persecución por parte de sus enemigos hasta el fin de la historia apostólica, como se registra en Hechos (63 d. C.). Otra señal habría de preceder y entronizar la consumación. "Será predicado este evangelio del reino en todo el mundo [oi.koume,ne] por testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin". Ya hemos notado el cumplimiento de esta predicción en la era apostólica. Tenemos la autoridad de Pablo para la difusión universal del evangelio en sus días, que verificaría el dicho de nuestro Señor. (Véase Col. 1:6, 23). De no ser por este testimonio explícito del apóstol, sería imposible persuadir a algunos expositores de que las palabras de nuestro Señor se habían cumplido en algún sentido antes de la destrucción de Jerusalén; tal idea habría sido considerada mera extravagancia y capricho. Ahora, sin embargo, la objeción no puede alegarse razonablemente. Aquí puede ser adecuado recordar la observación de tiempo, dada a los discípulos en una ocasión anterior como indicación de la venida de nuestro Señor: "De cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23). Comparando esta declaración con la predicción que tenemos delante (Mat. 24:14), podemos ver la perfecta consistencia de las dos afirmaciones, y también el "terminus ad quem" en ambas. En un caso, es la evangelización del territorio de Israel; en el otro, la evangelización de Imperio Romano al cual se hace referencia como el precursor de la Parusía. Ambas afirmaciones son verdaderas. Ocuparía el espacio de una generación llevar las buenas nuevas a cada ciudad en Israel. Los apóstoles no tenían mucho tiempo para su misión en su propio país, pues tenían en sus manos una misión tan vasta en territorio extranjero. Obviamente, tenemos que tomar en sentido popular el lenguaje empleado por Pablo, así como por nuestro Señor, y no sería justo llevarlo al extremo de la letra. La amplia difusión del evangelio tanto en Israel como a través del Imperio Romano es suficiente para justificar la predicción de nuestro Señor. Hasta ahora, tenemos un discurso continuo, relacionado con un solo acontecimiento, y referido y dirigido a personas particulares. Encontramos cuatro señales, o series de señales, que habrían de anunciar la aproximación de la gran catástrofe. 1. La aparición de falsos Cristos y falsos profetas. 2. Grandes disturbios sociales, y calamidades y convulsiones naturales. 3. Persecución de los discípulos y apostasía de los creyentes profesos. 4. Difusión general del evangelio a través del imperio romano. Esta última señal anunciaba
especialmente la cercana proximidad del "fin". (b) Más indicaciones de la cercana condenación de Jerusalén
No se necesita ningún argumento para probar la referencia estricta y exclusiva de esta sección a Jerusalén y a Judea. Aquí no podemos detectar ningún rastro de doble sentido, de cumplimiento primario y ulterior, de sentidos subyacentes y típicos. Todo es nacional, local, y cercano; "la tierra" es la tierra de Judea; "este pueblo" es el pueblo de Israel, y "la vida de los discípulos" -- "cuando veáis". La mayoría de los expositores encuentran una alusión a los estandartes de las legiones romanas en la expresión "la abominación desoladora", y la explicación es altamente probable. Las águilas eran para los soldados objetos de culto religioso; y el pasaje paralelo en Lucas es evidencia casi concluyente de que éste es el verdadero significado. Sabemos por Josefo que el intento de un general romano (Vitelio) en el reinado de Tiberio, de hacer marchar sus tropas a través de Judea, fue resistido por las autoridades judías basándose en que las imágenes idólatras de sus emblemas serían una profanación de la ley (3). ¡Cuánto mayor fue la profanación cuando esos emblemas idólatras fueron exhibidos a plena luz en el templo y la Santa Ciudad! Esta sería la última señal que anunciaba que la hora de la destrucción de Jerusalén había llegado. Su aparición había de ser la señal para que todos los que estaban en Judea escaparan más allá de las montañas [e.pi.ta.o.rh], pues luego se iniciaría un período de sufrimiento y horror sin paralelo en los anales de la historia. Que la "gran tribulación" [qliyij mega,lh] (Mat. 24:21) hace referencia expresa a las terribles calamidades que acompañaron al sitio de Jerusalén, que fueron especialmente severas para el sexo femenino, es demasiado evidente para ser puesto en duda. Que aquellas calamidades fueron literalmente sin paralelo, lo pueden creer fácilmente todos los que han leído la horrorosa narración en las páginas de Josefo. Es notable que el historiador comienza su relato de la guerra judía con la afirmación de "que, en su opinión, la suma del sufrimiento humano desde el principio del mundo sería ligero en comparación con el de los judíos". (4) La siguiente descripción gráfica presenta la trágica historia de la desdichada madre cuya horrible comida puede haber estado en el pensamiento de nuestro Salvador cuando pronunció las palabras registradas en Mateo 24:19:
Que nuestro Señor tenía en mente los horrores que habrían de descender sobre los judíos durante el sitio, y no ningún acontecimiento subsiguiente al final del tiempo, es perfectamente claro por las palabras finales del versículo 21: "Ni la habrá". (c) Los discípulos advertidos contra los falsos profetas
Todavía no hemos encontrado ninguna interrupción en la continuidad del discurso; ni la más ligera indicación de que ha tenido lugar una transición hacia algún otro tema o algún otro período. La narración es perfectamente homogénea y consecutiva, y fluye hacia adelante sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda. Lo mismo es cierto con respecto a la sección que ahora nos ocupa. La mera primera palabra indica continuidad. "Entonces" [to,te], y cada una de las palabras subsiguientes está claramente dirigida a los discípulos mismos, para su advertencia e instrucción personales. Es claro que nuestro Señor les da indicios de lo que ocurriría en breve, o por lo menos lo que podían esperar ver con sus propios ojos si estaban vivos. Es una vívida representación de lo que en realidad ocurrió en los últimos días de la comunidad judía. Los desdichados judíos, y especialmente el pueblo de Jerusalén, eran alentados con falsas esperanzas por impostores especiosos que infestaban el país y trajeron ruina sobre sus miserables primos. Tal era el engaño producido por las jactanciosas pretensiones de estos impostores que, como nos enteramos por Josefo, cuando el templo estaba de veras en llamas, una vasta multitud del pueblo engañado cayó víctima de su credulidad. El historiador judío afirma:
Nuestro Señor advierte a sus discípulos que su venida a aquella escena de juicio sería conspicua y repentina como el relámpago, que se revela y parece estar en todas partes al mismo tiempo. "Porque", añade, "dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas". Esto es, dondequiera que se encontraran los culpables y devotos hijos de Israel, allí les abrumarían los destructores ministros de la ira, las legiones romanas. (d) La llegada del "fin", o la catástrofe de Jerusalén
Aquí también la fraseología prohibe absolutamente la idea de cualquier transición del tema de que se habla a otro. No hay nada que indique que la escena ha cambiado, o que un nuevo tema ha sido introducido. La sección que tenemos delante se conecta con toda claridad con la "gran tribulación" de que se habla en el versículo 21 de Mateo 24, y es inadmisible suponer cualquier intervalo de tiempo en vista de la presencia del adverbio "inmediatamente" (e.uqe,uj de). Pero la escena de la gran tribulación es innegablemente Jerusalén y Judea (ver. 15, 16), de manera que no hay lugar para ninguna interrupción en el tema del discurso. Nuevamente, en el versículo 30, leemos que "lamentarán todas las tribus de la tierra [pa/sai ai, fulai. th/j gh/j], refiriéndose evidentemente a la población del territorio de Judea; y nada puede ser más forzado ni antinatural que hacer que la expresión incluya, como hace Lange, a "todas las razas y todos los pueblos" del globo terráqueo. El sentido restringido de la palabra (gh) [=tierra] en el Nuevo Testamento es común; y cuando está conectada, como lo está aquí, con la palabra "tribus" [fulaii], su limitación a la tierra de Israel es obvia. Esta es la posición adoptada por el Dr. Campbell y Moses Stuart, y en realidad se explica por sí sola. Encontramos una expresión similar en Zac. 12:12 - "Todas las familias [tribus] de la tierra", donde su sentido restringido es obvio e indiscutible. Los dos pasajes son, de hecho, exactamente paralelos, y nada podría ser más confuso que entender la frase como si incluyera a "todas las razas de la tierra". La estructura del discurso, pues, resiste inflexiblemente la suposición de un cambio de tema. Tiempo, lugar, circunstancias, todo continúa lo mismo. Por lo tanto, es con no fingido asombro que encontramos a Dean Alford comentando de la siguiente manera: "Toda la dificultad que se ha supuesto que esta palabra [inmediatamente - e.uqe,wj] involucra ha surgido de confundir el cumplimiento de la profecía con su cumplimiento último. La importante inserción en los ver. 23, 24 de Lucas 21 nos muestra que la 'tribulación' [qliyij] incluye a o.rgh. e,n tw/law tou,tw (ira sobre este pueblo), qur todavía está siendo infligida, y el hollamiento de Jerusalén por los gentiles, continúa todavía; e inmediatamente después de aquella tribulación, que sucederá cuando se llene la copa de iniquidad de los gentiles, y cuando este evangelio haya sido predicado por testimonio, y rechazado por los gentiles, sucederá la venida del Señor mismo ... (La expresión en Marcos indica igualmente un intervalo considerable - en aquellos días después de aquella tribulación). Siéndo conocidos de Él el hecho de su venida y sus circunstancias acompañantes, pero desconocido el tiempo exacto, habla sin tener en cuenta el intervalo, que sería empleado en espera de Él hasta que todas las cosas sean puestas bajo sus pies", etc. (7) Puede decirse que en este comentario hay casi tantos errores como palabras. En realidad, no es la explicación de una profecía cuanto una profecía hecha por el propio comentarista. Primero, está la hipótesis sin fundamento de su doble sentido, su cumplimiento parcial y su cumplimiento final, para lo cual no hay fundamento en el texto, sino que es una mera suposición arbitraria y gratuita. Luego, tenemos su "tribulación", no "acortada", como declara el Señor, sino prolongada, de modo que todavía continúa en la actualidad. Cuando se hace que la palabra "inmediatamente" se refiera a un período que todavía no ha llegado, de modo que entre el ver. 28 y el ver. 29, donde el ojo por sí solo no puede percibir ningún rastro de línea de transición, el crítico intercala un inmenso período de más de dieciocho siglos, con la posibilidad de duración infinita, además. Más todavía. Tenemos una contradicción implícita de la afirmación de Pablo de que el evangelio fue predicado "en todo el mundo" (Col. 1:5, 23), y la suposición de que el evangelio ha de ser rechazado por los gentiles. Luego el comentarista descubre que Marcos sugiere un "considerable intervalo", mientras que Marcos dice expresamente "en aquellos días, después de aquella tribulación" [en ekeinaij taij hmeraij meta thn qliyin ekeinhn], imposibilitando en absoluto cualquier intervalo, y por último tenemos lo que parece una excusa por la veracidad de la predicción, con el argumento de que nuestro Señor, no sabiendo el momento en que tendría lugar su venida, "habla sin tener en cuenta el intervalo", etc. Es obvio que, si esta es la manera en que la Escritura ha de ser interpretada, las leyes ordinarias de exégesis deben ser echadas a un lado por inútiles. El mejor intérprete es el adivinador más osado. ¿Hay algún libro antiguo que un gramático pueda tratar así? ¿No sería declarado intolerable y anticrítico si se tomara tales libertades con Homero o con Platón? ¿No sería burla proponer tales acertijos a los discípulos como respuesta a su pregunta: "¿Cuándo serán estas cosas?"? ¿Cómo podían ellos saber de cumplimientos parciales y finales, y dobles sentidos? ¿Qué efecto se produciría en sus mentes, excepto amarga perplejidad y desconcierto? No podemos evitar protestar contra tal tratamiento de las palabras de la Escritura, por ser, no sólo nada erudito y nada crítico, sino presuntuoso e irreverente al más alto grado. Pero, se nos contesta, el carácter del lenguaje de nuestro Señor en este pasaje requiere esta aplicación a una grande y terrible catástrofe que está todavía en el futuro, y puede entenderse correctamente nada menos que de la disolución total de la estructura del universo y del fin todas las cosas. ¿Cómo puede alguien pretender, se dice, que el sol se ha oscurecido, que la luna ha dejado de dar su resplandor, que las estrellas han caído del cielo, que el Hijo del hombre ha sido visto en las nubes del cielo con poder y gran gloria? ¿Ocurrieron estos fenómenos en la destrucción de Jerusalén, o pueden aplicarse a cualquier cosa menos la consumación de todas las cosas? Argumentar de esta manera es perder de vista la naturaleza misma y el espíritu de la profecía. El símbolo y la metáfora pertenecen a la gramática de la profecía, como lo debe saber todo lector de los profetas del Antiguo Testamento. ¿No es razonable que la destrucción de Jerusalén fuera presentada en lenguaje tan vivo y retórico como la destrucción de Babilonia, o Bosra, o Tiro? ¿Cómo entonces describe el profeta Isaías la caída de Babilonia?
Se verá en seguida que las imágenes empleadas en este pasaje son casi idénticas a las de nuestro Señor. Por lo tanto, si estos símbolos eran correctos para representar la caída de Babilonia, ¿por qué serían incorrectos para describir una catástrofe aun mayor, la destrucción de Jerusalén? Consideremos otro ejemplo. El profeta Isaías anuncia la desolación de Bosra, la capital de Edom, con el siguiente lenguaje:
Aquí tenemos nuevamente las mismas imágenes usadas por nuestro Señor en su discurso profético. Y si la suerte de Bosra pudo ser descrita correctamente en un lenguaje tan elevado, ¿por qué debe considerarse extravagante emplear términos similares al describir la suerte de Jerusalén? Nuevamente, el profeta Miqueas habla de una "venida del Señor" para juzgar y castigar a Samaria y a Jerusalén - una venida para juicio que incuestionabblemente había tenido lugar mucho antes del tiempo de nuestro Salvador - ¡y con qué magnífico lenguaje representa esta escena!
Sería fácil multiplicar ejemplos de esta cualidad característica del lenguaje profético. La naturaleza de la profecía es la de la poesía, y representa los acontecimientos, no en el estilo prosaico del historiador, sino en las vívidas imágenes del poeta. Añádase a esto que la Biblia no habla con la corrección fría y lógica de los pueblos occidentales, sino con el fervor tropical del oriente espléndido. Pero sería incorrecto llamar a tal lenguaje extravagante o sobrecargado. La grandiosidad moral de los acontecimientos que tales símbolos representan puede ser más correctamente descrita como convulsión y cataclismo en el mundo natural. Ni es necesario construir una gramática de simbologías y una analogía para cada jeroglífico sagrado, por medio de las cuales traducir cada metáfora particular a su equivalente correcto, porque esto sería convertir la profecía en alegoría. Las siguientes observaciones sobre el lenguaje figurado de la Escritura son sensatas. "Lo que es grandioso en la naturaleza se usa para expresar lo que es digno e importante entre los hombres - cuerpos celestes, montañas, árboles majestuosos, reinos, o los que están en posición de autoridad ... Los cambios políticos son representados por terremotos, eclipses, tempestades, el convertirse las aguas y los mares en sangre". (8) La conclusión, entonces, a la que somos llevados irresistiblemente, es que las imágenes empleadas por nuestro Señor en su discurso profético no son inapropiadas para describir la disolución del estado y el gobierno judíos, que tuvo lugar en la destrucción de Jerusalén. Son apropiadas porque concuerdan con el estilo reconocido de los antiguos profetas, y también porque la grandiosidad moral del acontecimiento es tal que justifica el uso de tal lenguaje en este caso particular. Pero podemos ir más allá, y afirmar que la imágenes son, no sólo apropiadas al aplicárselas a la destrucción de Jerusalén, sino que esta es su aplicación verdadera y exclusiva. No encontramos ningún vestigio ni indicación de que nuestro Señor tuviese en mente ningún significado ulterior u oculto. Pero sí encontramos que difícilmente hay algún rasgo de esta sublime y tremenda descripción que Él mismo ya no hubiese anticipado, y fijado en su aplicación a un suceso particular y a un tiempo en particular. Compare el lector cuidadosamente la descripción que se da en el pasaje que nos ocupa, del "Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo, con poder y gran gloria" (Mat. 24:30) (9) con la declaración de nuestro Señor (Mat. 16:27) - "Porque el Hijo del Hombre vendráe; en la gloria de su Padre con sus ángeles" - un acontecimiento que Él afirma expresamente sería presenciado por algunos de los discípulos que entonces vivían. Nuevamente, el enviar a sus ángeles a reunir a los escogidos corresponde exactamente a la representación de lo que tendría lugar en la "siega" al final del eón, como se describe en las parábolas de la cizaña y la red (Mat. 12:41-50). "Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a todos los que hacen iniquidad". "Así será al fin del siglo [eón]: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego". Aquí la profecía y la parábola representan la misma escena, el mismo período: ambos hablan del fin de la era o época, no del fin del mundo o del universo material; y ambos hablan de la gran época judicial diciendo que se ha acercado. Con cuánta claridad Lucas, en su registro de la profecía del Monte de los Olivos, representa la gran catástrofe como ocurriendo durante la vida de los discípulos: "Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca" (Lucas 21:28). ¿No fueron dichas estas palabras a los discípulos, que escuchaban el discurso? ¿No se les aplicaban a ellos? ¿Hay en alguna parte una sospecha siquiera de que se referían a otro auditorio, a miles de años de distancia, y no al ansioso grupo que bebía las palabras de Jesús? Ciertamente, tal hipótesis lleva colgada al frente su propia refutación. Pero, como para
impedir toda posibilidad de equivocación o error, en el siguiente
párrafo nuestro Señor traza alrededor de su profecía una línea tan
clara y tan palpable, encerrándola por completo dentro de un límite
tan definido y claro, que debería ser decisivo para zanjar toda la
cuestión. (e) La Parusía ha de tener lugar antes de que pase la actual generación
Si este lenguaje, pronunciado en una ocasión tan solemne, y que es de una importancia tan precisa y expresa, no afirma la estrecha cercanía del gran acontecimiento que ocupa el discurso entero de nuestro Señor, entonces las palabras no tienen ningún significado. Primero, la parábola de la higuera indica que, así como las ramas tiernas en los árboles anuncian la cercanía del verano, así también las señales que él acababa de especificar anunciarían que la consumación predicha estaba cerca. Ellos, los discípulos a quienes Jesús estaba hablando, habrían de ver aquellas señales, y cuando las vieran, reconocerían que el fin estaba cerca, a las puertas. Luego, nuestro Señor hace un resumen, con una afirmación calculada para eliminar todo vestigio de duda o incertidumbre: "DE CIERTO OS DIGO, QUE NO PASARÁ ESTA GENERACIÓN SIN QUE TODO ESTO ACONTEZCA" Uno supondría razonablemente que, después de una nota de tiempo tan clara y expresa, no habría lugar para la controversia. Nuestro Señor mismo ha dirimido la cuestión. Noventa y nueve personas de cada cien sin duda entenderían sus palabras en el sentido de que la catástrofe predicha ocurriría durante la vida de la generación existente. No que todos vivirían probablemente para presenciarlo, sino que la mayoría o muchos de ellos estarían vivos cuando aquello ocurriese. No puede haber duda de que ésta sería la interpretación que los discípulos le darían a sus palabras. A menos, por lo tanto, que nuestro Señor se propusiera deconcertar a sus discípulos, les dio a entender claramente que su venida, el juicio de la nación judía, y el fin de aquella época, ocurrirían antes de que aquella generación hubiese pasado por completo, o sea, dentro de los límites de su propia existencia. Como ya hemos visto, esta no era una idea nueva, sino una idea que él mismo había expresado antes. Sin embargo, lejos de aceptar esta decisión de nuestro Salvador como final, los comentaristas han resistido violentamente lo que parece ser el significado natural y sensato de sus palabras. Han insistido en que, porque los sucesos predichos no ocurrieron así en aquella generación, la palabra generación (genea) no puede significar lo que generalmente se entiende que significa, la gente de aquella era o aquel período particular, los contemporáneos de nuestro Señor. Afirmar que estas cosas no ocurrieron es dar la respuesta por sentada, y algo más. Pero entendemos que a los gramáticos les toca no ser aprensivos de posibles consecuencias, sino establecer el verdadero significado de las palabras. Sin peligro, podemos dejar que las predicciones de nuestro Señor se cuiden por sí solas; a nosotros nos toca tratar de entenderlas. Muchos argumentan que en este lugar la palabra genea debe traducirse como "raza, o "nación", y que las palabras de nuestro Señor sólo significan que la raza o nación judía no pasaría, o no perecería, sino hasta que ocurrieran las predicciones que Jesús había pronunciado. Este es el significado que Lange, Stier, Alford, y muchos otros expositores, le atribuyen a la palabra, y que es sostenido con conspicua capacidad y copiosa erudición por Dorner en su tratado "Do Oratione Christi Eschatologica". No hay duda de que es verdad que la palabra genea, como muchas otras, tiene diferentes matices de significado, y que, a veces, en la Septuaginta y los autores clásicos, puede referirse a una nación o a una raza. Pero creemos que es demostrable, sin sombra de duda, que la expresión "esta generación", tan a menudo empleada por nuestro Señor, siempre se refiere única y exclusivamente a sus contemporáneos, el pueblo judío de su propia época. Puede dejarse sin peligro al honesto juicio de cada lector, sea erudito en griego o no, decidir si esto es o no así. Pero, como el punto es de gran importancia, puede ser deseable aducir las pruebas de este aserto. 1. En el discurso final de nuestro Señor al pueblo, pronunciado el mismo día que su discurso del Monte de los Olivos, declaró: "Todo esto vendrá sobre esta generación" (Mat. 23:36). Ningún comentarista ha propuesto jamás entender esto como que se refiere a otra que no sea la generación existente. 2. "¿A qué compararé esta generación?" (Mat. 11:6). Aquí admiten Lange y Stier que la palabra se refiere a "la última generación de Israel entonces existente" (Lange, in loc, Stier, vol. ii, 98). 3. "La generación mala y adúltera demanda señal". "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación". "La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación". "Así también acontecerá a esta mala generación" (Mat. 12:39, 41, 42, 45). En estos cuatro pasajes, Dorner trata de establecer que nuestro Señor no está hablando de sus contemporáneos, los hombres de su propia época. "Porque" - dice - "los gentiles (los habitantes de Nínive y la reina del Sur) se oponen a los judíos; por lo tanto, "esta generación" [h, genea.a[uth] "debe significar la nación o raza de los judíos" (Dorner, Orat. Christ. Esch., p. 81). Su argumento, sin embargo, no es convincente. Ciertamente la generación que demandaba señal era la que entonces existía; ¿y puede suponerse que era contra cualquier otra generación, diferente de la que resistía predicaciones como la de Juan el Butista y de Cristo, que los gentiles habrían de levantarse en juicio? Hay una sola interpretación posible de las palabras de nuestro Señor, y es la de que sus palabras se refieren a su propios perversos e incrédulos contemporáneos. 4. "Para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas" (Lucas 11:50, 51). Aquí Dorner mismo admite que es de la generación existente (hoc ipsum hominum ovum) de la que se dicen estas palabras (p. 41). 5. "Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora" (Marcos 8:38). 6. "Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación" (Lucas 17:25). Sólo es necesario citar estos pasajes para establecer que Jesús sólo se refiere a la generación particular que rechazó al Mesías. Estos son todos los ejemplos en los que ocurre la expresión "esta generación" en los dichos de nuestro Señor, y estos ejemplos establecen, más allá de todo cuestionamiento razonable, la referencia de las palabras en la importante dclaración que ahora consideramos. Pero, supongamos que adoptáramos la traducción propuesta, y aceptáramos que genea significa raza, ¿qué propósito o significado tendría entonces la predicción? ¿Puede alguien creer que la afirmación que nuestro Señor hizo tan solemnemente: "De cierto os digo", etc. no equivale más que a esto: "La raza hebrea no se habrá extinguido sino hasta que todas estas cosas se hayan cumplido"? Imaginemos a un profeta en nuestro propio tiempo prediciendo una gran catástrofe en la cual Londres sería destruido, la catedral de San Pablo y las Cámaras del Parlamento serían arrasadas, y se perpetraría una terrible matanza de los habitantes; y que cuando se le preguntase: "¿Cuándo sucederán estas cosas?" contestase: "¡La raza anglosajona no se extinguirá sino hasta que todas estas cosas se hayan cumplido!" ¿Sería ésta una respuesta satisfactoria? ¿No sería una respuesta como ésta considerada como despectiva para el profeta, y como una afrenta para sus oyentes? ¿No tendrían ellos razón para decir: "¡No hay peligro en profetizar cuando el suceso es colocado a una interminable distancia!"? Pero la mera suposición de tal sentido en la predicción de nuestro Señor demuestra que es un reductio ad absurdum. ¿Era para esto que los discípulos debían esperar y velar? ¿Era ésta la lección que enseñaba la parábola de la higuera? ¿No era sino hasta que la raza judía estuviese a punto de extinguirse que ellos debían "erguirse, y levantar sus cabezas"? Una hipótesis tal es su propia refutación. Nos sostenemos, por lo tanto, en la única interpretación sostenible y posible, la que entendemos que nuestro Señor tenía en mente, en la que, en otras tantas palabras, Él dice que los acontecimientos especificados en su predicción ocurrirían con toda certeza antes de que pasara por completo la generación actual. Esta es la única interpretación que las palabras soportan; todas las demás involucran forzar el lenguaje y hacer violencia a la interpretación. Además, la interpretación está en armonía con la uniforme enseñanza de nuestro Salvador. Mucho tiempo antes, había asegurado a sus discípulos que algunos de ellos vivirían para presenciar su retorno en gloria (Mat. 16:27, 28). Les había dicho que, antes de que hubiesen completado su misión apostólica a las ciudades de Israel, el Hijo del hombre vendría (Mat. 10:23). Había declarado que toda la sangre derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, sería requerida de aquella generación (Mat. 23:35, 36). Era, por lo tanto, de aquella generación de la cual hablaba. Jamás debe olvidarse que había algo especial en aquella generación. Era la última y la peor de todas las generaciones de Israel, que había heredado la culpa de todas sus predecesoras, y estaba a punto de ser visitada con juicios señalados y sin paralelo. Si la catástrofe predicha ocurrió o no, es otra cuestión, que será considerada en su propio lugar. (10) Otras interpretaciones que se han sugerido, como la de la "raza humana", "la generación de los justos", y "la generación de los impíos", no requieren discusión. Puede que se necesite decir una palabra o dos con respecto al tiempo que cubre una generación. Por supuesto, no es una medida de tiempo exacta, como una década o un siglo, sino que posee cierta cualidad de indefinición o elasticidad, pero dentro de ciertos límites, digamos de treinta o cuarenta años. En el libro de Números, encontramos que la generación que provocó que el Señor le excluyera de la tierra de Canaán, y que fue condenada a caer en el desierto, habría de morir en el espacio de cuarenta años. En el Salmo 95 leemos: "Cuarenta años estuve disgustado con la nación". En la tabla genealógica que da Mateo, tenemos información para estimar la duración de una generación. Allí encontramos que "desde la deportación a Babilonia hasta Cristo", hubo catorce generaciones. (Mat. 1:17). Ahora, se dice que la fecha de la cautividad, en el reino de Sedequías, fue cerca del año 586 a. C., lo cual, dividido entre catorce, da cuarentiún años y fracción como duración promedio de cada generación. La guerra judía bajo el emperador Nerón estalló en el año 66 d. C., y suponiendo que nuestro Señor haya tenido como treinta y tres años de edad cuando fue crucificado, esto nos daría un espacio de como treinta y tres años en que las señales que anunciaban la aproximación del "fin" comenzaron "a suceder". La destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén tuvo lugar en septiembre del año 70 d. C., esto es, como treinta y siete años después de la profecía del Monte de los Olivos, un espacio de tiempo que satisface ampliamente los requisitos del caso. No es ni tan corto que sea inapropiado decir: "No pasará esta generación", etc., ni tan largo que exceda la duración de la vida de muchos que podrían haber visto y oído al Salvador, o la vida de los mismos discípulos. "Aquella generación" ciertamente habría estado pasando, pero no habría pasado por completo. (f) Certeza de la consumación, pero incertidumbre de su fecha precisa
Aunque nuestro Señor ha definido los límites de tiempo dentro de los cuales tendría lugar la consumación predicha, queda un cierto grado de indefinición con respecto al momento de su llegada. Él no especifica la fecha exacta, ni "la hora, ni el día", ni siquiera el mes del año. Esto no significa que la cuestión entera del tiempo haya quedado sin especificar: se refiere meramente a la fecha precisa. La consumación habría de caer dentro del término de la generación existente, pero la hora precisa en que el campanazo de condenación sonaría no fue revelada a hombre, ni a ángel, ni (lo que es aún más extraño) al mismo Hijo del hombre. Era el secreto que el Padre "puso en su sola potestad". Sin duda, había suficientes razones para esta reserva. Haber especificado "el día y la hora" - haber dicho: "En el año treinta y siete, en el mes sexto, al octavo día del mes, la ciudad será tomada y el templo destruido a fuego" - no sólo habría sido inconsistente con la manera de la profecía, sino que habría quitado una de las más fuertes motivaciones para la vigilancia constante y la oración - la incertidumbre del momento preciso. (g) Lo repentino de la Parusía, y el llamado a estar vigilantes
Todas las representaciones dadas por nuestro Señor de la catástrofe venidera y sus acontecimientos concomitantes implican que tomarían a los hombres por sorpresa. Así como el diluvio vino de repente sobre los antediluvianos, y la tormenta de fuego y azufre cayó sobre las ciudades de la llanura, así también la catástrofe final alcanzaría a Jerusalén y a Judea a una hora inesperada, cuando los negocios y los placeres de la vida ocupasen las manos y los corazones de los hombres. En Lucas 17, tenemos tenemos el registro más completo del discurso de nuestro Señor sobre este punto. Si el pasaje de Lucas fue traspuesto por él desde su conexión original, o si nuestro Señor pronunció las mismas palabras en ocasiones separadas, no es asunto que nos concierna particularmente aquí. Neander es de opinión que "Lucas proporciona la conexión natural de estas palabras", y que en Mateo "están puestas con muchos otros pasajes similares que se refieren a la última crisis". (11) Dudamos de esto; pero, soslayando esta cuestión, una cosa es indudable, a saber, que tanto Mateo como Lucas describen la misma cosa, el mismo período, la misma catástrofe. Es sorprendente encontrar a Alford afirmando, en relación con el pasaje de Lucas: "No hay una sola palabra en todo esto acerca de la destrucción de Jerusalén". Sería más correcto decir: "Cada una de las palabras en este pasaje habla de la destrucción de Jerusalén". Obsérvese la nota de tiempo tan claramente marcada por nuestro Señor: "Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación" (Lucas 17:25). ¿Cuál otra catástrofe pertenece al período de esa generación, que podría correctamente compararse con la destrucción del mundo antediluviano por medio de un diluvio de aguas, y con la destrucción de Sodoma y Gomorra por medio de un diluvio de fuego? De la certeza y lo repentino de la cercana consumación, nuestro Señor extrae la lección que impresiona en sus discípulos - la necesidad de estar vigilantes. Aqu&iiacute; pronuncia por primera vez la amonestación que desde aquel tiempo nunca dejó de ser la consigna de sus discípulos a través de la era apostólica: "¡Velad y orad!" Descubriremos cuán constante y urgentemente dirigían los apóstoles este llamado a los fieles en sus días, y cómo se repite constantemente, hasta el último momento en que captamos el sonido de una voz apostólica. Esta vigilancia era esencial para la seguridad de los seguidores de Jesús, porque, tan súbita sería la catástrofe, que alcanzaría a los no preparados y a los descuidados, como aves que son atrapadas en una red. "Porque como lazo vendrá sobre todos los que moran en la faz de toda la tierra (pashj thj ghj) - palabras que sugieren claramente la naturaleza local del acontecimiento. En la historia de Josefo, tenemos un notable comentario sobre este pasaje. Dando cuenta del prodigioso número de los masacrados durante el sitio de Jerusalén - un millón cien mil - dice: "De éstos, la mayor parte eran de sangre judía, aunque no nativos del lugar. Habiéndose congregado desde todas partes del país para la fiesta de los panes sin levadura, fueron súbitamente rodeados por la guerra. En esta ocasión, la nación entera había sido encerrada, como en una prisión, por el destino; y la guerra encerró a la ciudad cuando ésta estaba atestada de gente". (12) Es imposible concebir una verificación más exacta de la predicción de nuestro Señor (Lucas 21:35). En todo esto, observamos la continuación de aquel discurso personal directo que demuestra que nuestro Señor hablaba a sus discípulos de aquello que a ellos personalmente les concernía. No hay el más leve asomo de que hubiese un significado "subterráneo" en sus palabras, y de que cuando dijo "Jerusalén" y "esta generación" y "vosotros", quisiera decir "el mundo" y "épocas distantes" y "discípulos que todavía no han nacido". En este punto, Marcos y Lucas cierran su registro de la profecía del Monte de los Olivos, y no puede negarse que la terminación es natural y apropiada. Si embargo, en el evangelio de Mateo tenemos una serie de parábolas añadidas al discurso de nuestro Señor, como las que Él solía emplear para enseñar a la gente. Nos llama la atención como un poco singular el hecho de que nuestro Señor hablase a sus discípulos en parábolas, especialmente en esta ocasión; y no es poco lo que hay que decir en favor de la opinión de Neander, que "era peculiar que el editor de nuestro Mateo en griego dispusiese juntos los dichos similares de Jesús, aunque hubiesen sido pronunciados en diferentes ocasiones y en diferentes circunstancias. Por lo tanto, no es necesario que nos asombremos si encontramos imposible trazar líneas de distinción en este discurso con entera exactitud; ni es necesario que tal resultado nos lleve a interpretaciones forzadas, inconsistentes con la verdad, y con el amor de la verdad. Es mucho más fácil hacer tales distinciones en el relato de Lucas (cap. 21), aunque esto no carece de dificultades. Al comparar Mateo con Lucas, sin embargo, podemos trazar el origen de la mayoría de estas dificultades al hecho de haber mezclado juntas diferentes porciones, cuando los discursos de Cristo fueron dispuestos en colecciones". (13) Pero, sin discutir esta cuestión, es muy evidente que las parábolas registradas por Mateo en relación con este discurso, aunque no hubiesen sido pronunciadas en esta ocasión particular, están estrictamente relacionadas con el tema; mientras que, si este es su verdadero lugar en la narración, su relación con el asunto que nos ocupa es aún más estrecho e íntimo. Ahora procedemos a considerar las
parábolas y los dichos parabólicos de nuestro Señor, registrados en
relación con esta profecía, principalmente por Mateo. (h) Los
discípulos advertidos de lo súbito de la Parusía
Se verá que este dicho parabólico de nuestro Señor está registrado en una relación bastante diferente por Mateo y por Lucas. La semejanza verbal, sin embargo, es demasiado exacta para hacer probable que fuese pronunciado en dos ocasiones diferentes. La más ligera atención satisfará al lector de que el informe de Lucas es el más completo y circunstancial, y que él le asigna su verdadera posición cronológica. Esto se ve por el hecho de que la pregunta de Pedro, registrada sólo por Lucas, dio lugar a las observaciones concluyentes de nuestro Señor, las cuales, como las presenta Mateo sin este eslabón, parecen algo incoherentes y abruptas. Además, apenas podemos suponer que Pedro, conversando en privado con sólo otros tres discípulos en compañía del Señor, preguntase: "¿Dices esta palabra a nosotros, o también a todos?" - una pregunta que era de lo más natural cuando, como nos lo dice Lucas, Jesús hablaba a sus discípulos en presencia de una gran multitud. (Lucas 12:1). Es digno de notarse también que en Marcos 13:34-37, donde podemos detectar trazas de esta parábola, la pregunta de Pedro es contestada claramente: "Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad", una afirmación que estaría fuera de lugar cuando nuestro Señor hablaba a cuatro personas, pero bastante apropiada cuando hablaba a una multitud. No hay ninguna impropiedad, por lo tanto, en suponer que Mateo, percibiendo las palabras de Jesús, pronunciadas en otra ocasión, y que ilustran admirablemente la necesidad de velar en vista de la venida del Señor, las insertase en este discurso escatológico. Stier sugiere que Marcos da un breve resumen de Mateo 24:43, con las dos parábolas del siervo, Mat. 24:45-51 y 24:14, y aún con un ligero eco de la parábola de las vírgenes. (14) No tenemos más razón para esperar una disposición estrictamente cronológica en los evangelistas que informes estrictamente al pie de la letra: ni lo uno ni lo otro entraba en sus planes. Pero lo que es principalmente importante para nosotros es la relación de esta parábola, si así se le puede llamar, entre el mayordomo de la casa que vigila contra el ladrón de medianoche, y el discurso precedente de nuestro Señor. Nada puede ser más evidente que esta relación está entrelazada en la trama misma de ese discurso. No se introduce ningún nuevo tema en el versículo cuarenta y tres del capítulo veinticuatro de Mateo: ninguna transición a otra catástrofe, ni otra venida, diferentes de las que Él había estado hablando desde el principio. No hay ningún hiato, ninguna interrupción, en la continuidad del discurso; ninguna indicación de pasar del gran acontecimiento que absorbía los pensamientos de los discípulos a otro en el muy distante futuro. Parece increíble que cualquier juicio crítico eligiera a Mateo 24:43 como el comienzo de un nuevo tema de discurso. Y sin embargo, esto es lo que hace el Dr. Ed. Robinson, que dice: "Aquí nuestro Señor hace una transición, y procede a hablar de su venida final en el día del juicio. Esto se ve por el hecho de que la materia de estas secciones es añadida por Mateo después de que Marcos y Lucas han concluído sus informes paralelos relativos a la catástrofe judía; y aquí Mateo comienza, con el vers. 43, el discurso que Lucas ha presentado en otra ocasión, Lucas 12:39, etc." (15) Pero no hay la más leve sombra de ninguna transición. El instrumento más fino no consigue trazar ninguna línea divisoria entre las partes del discurso, y asignar una porción al juicio de la nación judía y otra al juicio de la raza humana. No hay transición, sino continuación, en el ver. 43. Nada pueder ser más consecutivo y concatenado. "Velad, pues", les dice nuestro Señor a los discípulos en el ver. 42, "porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor". "Por tanto, también vosotros estad preparados", les dice en el ver. 44, "porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis". La sugerencia de que un nuevo tema, que se refiere a un suceso totalmente diferente, en una época muy distante en el tiempo, se introduce aquí, es completamente arbitraria y sin fundamento.
1. Jos. Antiq. bk. xx.x.xiii, § 5, 6. 2. Conybeare and Howson, Life and Epist. of St. Paul, c. iv. 3. Jos. Antiq. bk. xviii. c. v, § 3. 4. Traill´s Jos. Jewish War, pref. ~ 4. 5. Traill's Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 3. 6. Traill´s Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 2. 7. Véase Alford Gr. Test, Matt. xxiv.29. 8. Angus' Bible Handbook, p. 20, p. 20, § i. 9. Los fenómenos descritos por nuestro Señor como que acompañan la Parusía (ver. 29) no pueden explicarse con los portentos y prodigios que, según Josefo, precedieron la toma de Jerusalén (Jewish War, bk. vi.c.v. § 3). Que por lo menos algunos de esos portentos aparecieron realmente allí no parece haber razón para dudarlo, y sirven para verificar la predicción de Lucas 21:11: "Habrá terror y grandes señales en el cielo". 10. La nota en la obra de Robinson "Armonía de los Cuatro Evangelios", parte vii, § 128, es excelente. "Esta generación", etc. Estas palabras (genea) no pueden entenderse (como algunos han explicado) como que se refieren a la nación judía o a la raza humana. El significado es que no todos los hombres de aquella época morirían (Véase Mat. 16:28, en el párr. 74) antes de que la profecía se cumpliera, lo cual comenzó a ocurrir treinta y siete años después de que se pronunció, en la destrucción de Jerusalén", etc. 11. Life of Christ. c. xii, § 214, nota. 12. Traill´s Josephus, Jewish War, b. -vi. ch. ix, §§ 3, 4. 13. Life of Christ, § 254, Nota. 14. Reden Jesu, vol. iii, p. 304. 15. Harmony of the Four Gospels, § 129. (i) La
Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas
Casi todos los expositores suponen que ahora Jerusalén e Israel desaparecen enteramente de la escena, y que nuestro Señor se refiere exclusivamente a la consumación final de todas las cosas y al juicio de la raza humana. Esta supuesta transición se le facilita al lector de habla inglesa por medio de un nuevo capítulo que comienza en este punto. Pero, ¿ha abandonado realmente nuestro Señor el tema con el cual Él y sus discípulos han estado ocupados hasta ahora? ¿Ha pasado del tiempo cercano e inminente a una lejana y distante, separada de su propio tiempo por cientos y miles de años? Si fuese así, seguramente podríamos esperar alguna indicación muy clara del cambio de tema. Pero no hay absolutamente ninguna. Por el contrario, la suposición de que un nuevo tema es introducido por esta parábola queda completamente impedida por los términos expresos con los cuales la parábola comienza y termina. Comienza con una nota de tiempo muy explícita: "Tote", entonces, en aquel tiempo. No hay absolutamente ningún hiato entre el final del capítulo 24 y el comienzo del capítulo 25. El eslabón "entonces" lleva adelante el discurso, y entreteje en él una estrecha conexión con relación al tema, el tiempo, y las personas a las cuales se dirigió. Esto queda confirmado, además, por el hecho de que la moraleja de la parábola de las diez vírgenes es precisamente la misma que la del señor de la casa en el capítulo anterior, es decir, la necesidad de vigilar. Las palabras finales: "Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora", tan evidentemente dirigidas a los discípulos, son las mismas que nuestro Señor ya ha pronunciado en el capítulo 24:42; de modo que en ambos pasajes debe ser al mismo suceso. No entra en nuestros propósitos hacer una exposición detallada de esta parábola. Hay teólogos que encuentran un misterio en cada palabra; en el número diez, en la virginidad, en las lámparas, en el aceite, etc. (Véase Lange in loc.) Como observa Calvino sarcásticamente: "Multum se torquent quidam, in lucernis, in vasis, in oleo". Baste notar aquí la gran lección de la parábola. Es la necesidad de estar preparados constantemente y estar vigilantes, esperando el súbito y pronto regreso del Hijo del hombre. El no estar vigilantes y no estar preparados conllevaría al castigo que recayó sobre las vírgenes insensatas, es decir, la exclusión de la cena de bodas del Cordero. Encontramos, pues, en esta parábola una conexión orgánica con todo el discurso anterior de nuestro Señor. Todavía es el gran tema del cual está hablando - la consumación que habría de tener lugar dentro de los límites de la generación que existía - y en relación con la cual los discípulos expresaban una ansiedad tan natural. (k) La Parusía, un tiempo de juicio Parábola de los talentos
En esta parábola encontramos una evidente continuación del mismo tema, aunque presentado en un aspecto algo diferente. La moraleja de la parábola precedente era vigilancia; la de la ésta es diligencia. Difícilmente puede decirse que en esta parábola se ha introducido un nuevo elemento, porque la representación de la venida de Cristo como un tiempo de juicio corre a través de todo el discurso profético de nuestro Señor. Es este hecho lo que da propósito y urgencia al llamado, a menudo reiterado, a ser vigilantes. No sólo habría de ser un tiempo de juicio para Jerusalén e Israel, sino hasta para los discípulos mismos de Cristo. También ellos tenían que "estar de pie delante del Hijo del hombre". Había peligro de que "aquel día" viniera sobre ellos sin que estuvieran preparados y estando descuidados. Esta asociación de juicio con la Parusía aparece en la parábola del señor de la casa, y todavía más en la de los siervos buenos y malos. Queda expresada aún más vívidamente en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas, y tiene todavía mayor prominencia en la parábola de los talentos; pero alcanza el clímax en la parábola final, si puede decirse, de las ovejas y los carneros. No es necesario entrar en los detalles de la parábola de los talentos. Sus principales características son sencillas y obvias. Contiene una solemne amonestación para que los siervos de Cristo sean fieles y diligentes en ausencia de su Señor. La parábola apunta a un día en que Él regresaría y haría cuentas con ellos. Establece la abundante recompensa de los buenos y los fieles, y el castigo del siervo infiel. Sin embargo, el punto que nos concierne principalmente en esta investigación es la relación de esta parábola con el discurso precedente. ¿Qué puede ser más claro que la íntima conexión entre la una y la otra? La partícula conectiva "porque" en el versículo 14 marca claramente la continuación del discurso. El tema es el mismo, el tiempo es el mismo, la catástrofe es la misma. Hasta este punto, pues, no encontramos ninguna interrupción, ningún cambio, ninguna introducción a un tema diferente; todo es continuo, homogéneo, uno. Ni por un momento se ha desviado el discurso del gran tema que todo lo absorbe, la cercana condenación de la ciudad culpable, con los solemnes acontecimientos que la acompañan, todo lo cual debe tener lugar dentro del período de aquella generación, y todo lo cual presenciarían los discípulos, o algunos de ellos. (l) La Parusía, un tiempo de juicio Parábola de las ovejas y los cabritos
Hasta este punto, hemos encontrado que el discurso de Jesús sobre el Monte de los Olivos es una profecía conectada y continua, que se refiere únicamente a la gran catástrofe que se cernía sobre la nación judía, y que habría de tener lugar, según la predicción de nuestro Señor, antes de que pasara la generación que existía. Ahora, sin embargo, encontramos un pasaje que, en opinión de casi todos los comentaristas, no puede entenderse como que se refiere a Jerusalén o Israel, sino a toda la raza humana y a la consumación de todas las cosas. Si el consenso de los expositores puede establecer una interpretación, sin duda este pasaje debe ser considerado como que se aparta por completo del tema de las preguntas de los discípulos, y describe la última escena de todas en la historia del mundo. Puede admitirse libremente que esta parábola, o descripción parabólica, tiene muchos puntos de diferencia con la porción precedente del discurso de nuestro Señor. Parece estar separada y ser distinta del resto, sin los enlaces que hemos encontrado en otras secciones. Aún más, parece tener un alcance mayor que Jerusalén e Israel; parece el juicio, no de una nación, sino de todas las naciones; no de una ciudad o un país, sino del mundo; no una crisis pasajera, sino la consumación final. Es, pues, con un profundo sentido de la dificultad de la tarea que nos atrevemos a impugnar la interpretación de tantos hombres sabios y buenos, y argumentar que el pasaje, no sólo es parte integral de la profecía, sino que pertenece por entero al tema del discurso de nuestro Señor, el juicio de Israel y el fin de la era [judía]. 1. Esta parábola, aunque en nuestra versión inglesa está separada y desconectada del contexto, está en realidad conectada con ,i un enlace muy suficiente con lo que aparece antes. Este es un vocablo padre en griego, donde encontramos la partícula (griego), cuya fuerza reside en indicar transición y conexión -- transición hacia una nueva ilustración, y conexión con el contexto anterior. Alford, en su Nuevo Testamento revisado, conserva la partícula de continuidad: "Pero el Hijo del hombre habrá venido en su gloria", etc. Con igual propiedad, podría haber sido traducida -- "Y cuando", etc. 2. Esta "venida del Hijo del hombre" ya ha sido predicha por nuestro Señor (Mat. 24:30 y pasajes paralelos), y el tiempo expresamente definido, siendo incluido en la abarcante declaración: "De cierto os digo: No pasará esta generación, sin que todo esto acontezca" (Mat. 24:34). 3. Merece observarse en particular que la descripción de la venida del Hijo del hombre en su gloria, que se hace en esta parábola, se ajusta en todos los puntos a la de Mat. 16:27,28, de la cual se afirma expresamente que sería presenciada por algunos que estaban presentes en el momento en que la predicción se hizo. Puede ser bueno comparar las dos
descripciones.
Aquí el lector notará que: a) En ambos pasajes, el tema al que se refieren es el mismo, es decir, la venida del Hijo del hombre - la Parusía. b) En ambos pasajes, Él es descrito como viniendo en gloria. c) En ambos, es acompañado por los santos ángeles. d) En ambos, viene como Rey. "Viniendo en su reino". "Se sentará en su trono. Entonces el Rey", etc. e) En ambos, viene para juicio. f) En ambos, el juicio es representado como universal en cierto sentido. "Dará a cada uno" "Delante serán reunidas todas las naciones". g) En Mateo 16:28, se afirma expresamente que esta venida en gloria, etc., habría de tener lugar durante la vida de algunos de los que estaban allí presentes. Esto fija la ocurrencia de la Parusía dentro de los límites de una vida humana, estando así en perfecto acuerdo con el período definido por nuestro Señor en su discurso profético. "No pasará esta generación", etc. Nos sentimos plenamente autorizados, pues, para considerar la venida del Hijo del hombre de Mat. 25 como idéntica a aquella a la que se hace referencia en Mat. 16, que algunos discípulos habrían de vivir para presenciar. Así, pues, a pesar de las palabras "todas las naciones" de Mat. 25:32, llegamos a la conclusión de que de lo que se habla aquí no es "la consumación final de todas las cosas", sino del juicio de Israel al final de la era judía, o del eón judío. 4. Pero todavía se objetará que queda una formidable dificultad en la expresión "todas las naciones". Sin embargo, la dificultad es más aparente que real; porque 1) No es nada raro encontrar en las Escrituras proposiciones universales que deben entenderse en un sentido limitado o restringido. Hay un ejemplo de esto en este mismo discurso de nuestro Señor. En Mat. 24:22, hablando de la "gran tribulación", Él dice: "Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo". Ahora, es evidente que esta "gran tribulación" estaba limitada a Jerusalén, o, en todo caso, a Judea, y sin embargo, tenemos una expresión usada en relación con los habitantes de una ciudad o país, que es lo bastante amplia para incluir a la raza humana entera, en el sentido en que Lange y Alford en realidad la entienden. 2) Hay gran probabilidad en la opinión de que la frase "todas las naciones" equivale a "todas las tribus de la tierra" (Mat. 24:30). No hay ninguna impropiedad en designar a las tribus como naciones. La promesa de Dios a Abraham era que sería padre de muchas naciones (Gén. 17:5; Rom. 4:17, 18). En el tiempo de nuestro Señor, era usual hablar de los habitantes de Palestina como que comprendían varias naciones. Josefo habla de "la nación de los samaritanos", "la nación de los bataneos", "la nación de los galileos" - usando la misma palabra (e;tnoj) que encontramos en el pasaje que estamos considerando. Judea era una nación distinta, a menudo con su propio rey; lo mismo ocurría con Samaria, Idumea, Galilea, Perea, Batanea, Traconitis, Iturea, Abilene -- todas las cuales, en diferentes épocas, tuvieron príncipes con el título de Etnarca, un nombre que significa gobernante de una nación. No es, pues, violentar el lenguaje entender (pa,nta ta.e;nh) en el sentido de que se refiere a "todas las naciones" de Palestina, o "todas las tribus de la tierra". Esta posición recibe fuerte confirmación del hecho de que la misma frase en la comisión apostólica (Mat. 28:19): "Id y haced discípulos a todas las naciones" no parece haber sido entendida por los discípulos en el sentido de que se refería a la población entera del globo, o a alguna nación más allá de Palestina. Se supone comúnmente que los apóstoles sabían que habían recibido la tarea de evangelizar al mundo. Si efectivamente lo sabían, eran culpables de haber descuidado el ocuparse de ello. Pero puede suponerse que las palabras de nuestro Señor no transmitieron ninguna idea como ésta a sus mentes. El erudito profesor Burton observa: "No fue sino hasta 14 años después de la ascensión de nuestro Señor cuando Pablo viajó por primera vez, y predicó el evangelio a los gentiles. Y no hay ninguna evidencia de que, durante ese período, los otros apóstoles traspasaron los límites de Judea". (1) El hecho parece ser que el lenguaje de la comisión apostólica no llevó a las mentes de los apóstoles ninguna idea ecuménica de esta clase. Nada les dejó más atónitos que el descubrimiento de que "también a los gentiles había dado Dios arrepentimiento para vida" (Hechos 11:18). Cuando Pedro fue acusado de "reunirse con incircuncisos y comer con ellos", no parece que él defendiese su conducta apelando a los términos de la comisión apostólica. Si la frase "todas las naciones" hubiese sido entendida por los discípulos en su sentido literal y más abarcante, es difícil imaginar cómo habrían dejado de reconocer una vez el carácter universal del evangelio y su comisión de predicarlo a judíos y gentiles por igual. Se necesitó una clara revelación del cielo para vencer los prejuicios judíos de los apóstoles, y darles a conocer el misterio de "que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (Efesios 3:6). En vista de estas consideraciones, tenemos por razonable y y justificable dar a la frase "todas las naciones" un significado restringido, y limitarla a las naciones de Palestina. En este sentido, la frase armoniza bien con las palabras de nuestro Señor: "No acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23). 5. Una vez más, a la peculiar prueba de carácter aplicada por el juez en esta descripción parabólica se opone fuertemente la idea de que esta escena representa el juicio final de la raza humana entera. Se observará que el destino de los justos y los impíos se hace girar alrededor del tratamiento que respectivamente ofrecieron a los sufrientes discípulos de Cristo. Todas las cualidades morales, toda conducta virtuosa, toda fe verdadera, quedan aparentemente fuera de las cuentas, y sólo se toman en cuenta los actos de caridad y beneficencia hacia los angustiados discípulos. No es de sorprenderse que esta circunstancia haya causado gran perplejidad tanto a teólogos como a lectores en general. ¿Es ésta la doctrina de Pablo? ¿Es ésta la base para la justificación delante de Dios que se establece en el Nuevo Testamento? ¿Debemos llegar a la conclusión de que el destino eterno de la raza humana, desde Adán hasta el último hombre, dependerá finalmente de su caridad y su simpatía hacia los perseguidos y sufrientes discípulos de Cristo? La dificultad es seria, en la suposición de aquí tenemos una descripción del "juicio general en el día final", y no debería ser pasada por alto, como comúnmente lo es. ¿Cómo podrían las naciones que existieron antes del tiempo de Cristo ser enjuiciadas por este modelo? ¿Cómo podrían las naciones que nunca oyeron hablar de Cristo, o las que florecieron en las épocas en que el cristianismo era próspero y poderoso, ser enjuiciadas por este modelo? Es manifiestamente inapropiado e inaplicable. Pero la dificultad se resuelve fácil y completamente si consideramos esta transacción judicial como el juicio de Israel al final de la era judía. Es el rechazado Rey de Israel el que es el juez: es la generación hostil e incrédula, la última y la peor de la nación, a la que se hace comparecer ante Su tribunal. El tratamiento que le dieron a los discípulos, especialmente a los apóstoles, podría, apropiada y justamente, ser el criterio de carácter para "discernir entre los justos y los impíos". Una prueba como ésta sería muy apropiada en una época en que el cristianismo fue una fe perseguida, y es evidente que esto se supone por los términos mismos de las palabras del Rey: "Tuve hambre y sed, fui extranjero, estuve desnudo, enfermo, y en prisión". Las personas designadas como "estos mis hermanos", y que son tomados como representantes de Cristo mismo, son evidentemente los apóstoles de nuestro Señor, en los cuales tuvo hambre y sed, estuvo desnudo, enfermo y en prisión. Todo esto está en perfecta armonía con las palabras de Cristo a sus discípulos, cuando les envió a predicar: "El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa" (Mat. 10:40-42). Llegamos, pues, a la conclusión, la única que en todos los respectos se ajusta al tenor del discurso entero, de que aquí tenemos, no el juicio final de la raza humana entera, sino el de la nación culpable o las naciones culpables de Palestina, que rechazaron a su Rey y menospreciaron y mataron a sus mensajeros (Mat. 22:1-14), y cuyo día de condena estaba ahora a las puertas. Siendo esto así, se ve que la profecía entera del Monte de los Olivos es un todo homogéneo y conectado: "simplex duntaxat et unum". Ya no es una mezcla confusa e ininteligible, que frustra toda interpretación, que parece hablar con dos voces, y que señala en diferentes direcciones al mismo tiempo. Es una representación clara, consecutiva, e históricamente correcta del juicio de la nación teocrática al final de la era judía o del período judío. La teoría de interpretación que considera este discurso como típico del juicio final de la raza humana, y de una catástrofe mundial que acompaña este suceso, en realidad no encuentra ningún apoyo en la predicción misma, al tiempo que conlleva inextricable perplejidad y confusión. Si, por una parte, pudiera demostrarse que la profecía, como un todo, es aplicable igualmente en cada una de sus partes a dos acontecimientos diferentes y ampliamente separados; o, por la otra, que en cierto punto se separa de un tema, y trata del otro, entonces el doble sentido, o la referencia doble, se sostendría sobre alguna base inteligible. Pero no encontramos ninguna línea divisoria en la profecía entre lo cercano y lo remoto, y todos los intentos de trazar dicha línea son insatisfactorios y arbitrarios hasta el extremo. Aún más insostenible es la hipótesis de un doble significado que corre a través del todo; una hipótesis que supone una "facultad verificadora" en el expositor o en el lector, y da un poder de discreción tan grande al crítico ingenioso que parece completamente incompatible con la reverencia debida a la Palabra de Dios. La perplejidad que la teoría del doble sentido involucra es puesta bajo una fuerte luz por la confesión de Dean Alford, quien, al final de sus comentarios sobre esta profecía, expresa honestamente su insatisfacción con los puntos de vista que había propuesto. "Creo que es correcto", dice, "expresar en esta tercera edición que, habiendo entrado en un estudio más profundo de las porciones proféticas del Nuevo Testamento, no siento en modo alguno la plena confianza que una vez tuve en la exégesis, quoad interpretación profética, que aquí se da de las tres porciones de este capítulo 25. Pero no tengo ningún otro sistema con el cual reemplazarla, y algunos de los puntos tratados aquí me parecen tan de peso como siempre. Me pregunto mucho si el estudio exhaustivo de la profecía de la Escritura me volverá más y más desconfiado de toda sistematización humana, y menos dispuesto a correr el riesgo de hacer un fuerte aserto sobre cualquier porción del tema". (Julio de 1855). En la cuarta edición, Alford añade: "Aprobado, Octubre de 1858)". Esta es una sinceridad altamente honorable para el crítico, pero sugiere esta reflexión: Si, con toda la luz y la experiencia de dieciocho siglos, la profecía del Monte de los Olivos todavía continúa siendo un enigma sin resolver, ¿cómo podría haber sido inteligible para los discípulos, que la escucharon ansiosamente de los labios del Maestro? ¿Podemos suponer que, en ese momento, él les hablaría en acertijos ininteligibles? ¿Que cuando le pidieran pan les daría una piedra? Imposible. No hay razón para creer que los discípulos eran incapaces de comprender las palabras de Jesús, y, si estas palabras han sido malinterpretadas en tiempos posteriores, es porque un método de interpretación falso y antinatural ha oscurecido y desfigurado lo que en sí mismo es bastante luminoso y simple. Es cosa de sorprenderse que los expositores hayan demostrado tal indiferencia hacia las expresas limitaciones de tiempo establecidas por nuestro Señor; que se les haya dado significados forzados y antinaturales a palabras como ai,w n genea.ente,j, etc.; que se hayan trazado líneas divisorias en el discurso donde no existe ninguna - y en general, que se haya sometido a la profecía a un tratamiento que no sería tolerado en la crítica de ningún clásico griego o latino. Permítase solamente que el lenguaje de la Escritura sea tratado con justicia común, e interpretado por los principios de la gramática y el sentido común, y quedará eliminada gran parte de la oscuridad y de los malentendidos, y saldrá a la luz la forma y la substancia mismas de la verdad. (2). Antes de pasar adelante de esta profecía profundamente interesante, puede ser apropiado referirnos al cumplimiento maravillosamente minucioso que recibió, según un testigo irreprochable, el historiador judío Josefo. Es un hecho de singular interés e importancia que se conservara para la posteridad un registro completo y auténtico de los tiempos y las transacciones a las que se hace referencia en la profecía de nuestro Señor; y que este registro fuera de la pluma de un estadista, soldado, sacerdote, y hombre de letras judío, que no sólo tiene acceso a las mejores fuentes de información, sino que él mismo es testigo presencial de muchos de los acontecimientos que relata. Da peso adicional a este testimonio el hecho de que no procede de un cristiano, que podría haber sido sospechoso de partidismo, sino de un judío, que era indiferente, si no hostil, a la causa de Jesús. Tan llamativa es la coincidencia entre la profecía y la historia, que la antigua objeción de Porfirio contra el libro de Daniel, de que debe haber sido escrito después del acontecimiento, podría refutarse plausiblemente, si hubiese el más ligero pretexto para tal insinuación. Aunque el pueblo judío siempre se sintió intranquilo y molesto bajo el yugo de Roma, no había síntomas urgentes de desafecto en el tiempo en que nuestro Señor hizo esta profecía de la cercana destrucción del templo, la ciudad, y la nación. Las clases más altas abundaban en manifestaciones de lealtad al gobierno imperial. "¡No tenemos más rey que César!", exclamaron. Era política de Roma conceder a las provincias subyugadas el libre ejercicio de su propia religión. No había, pues, ninguna razón aparente para que el nuevo y espléndido templo de Jerusalén no permaneciera en pie por siglos, y para que Judea no disfrutara de mayor tranquilidad y prosperidad bajo la égida de César que la que había conocido bajo los príncipes nativos. Pero, antes de que hubiese pasado por completo la generación que rechazó y crucificó al Hijo de David, la nacionalidad judía fue extinguida: Jerusalén se convirtió en desolación; "la casa santa y hermosa"sobre el monte de Sión fue arrasada hasta el suelo; y el pueblo infeliz, que no conoció el tiempo de su visitación, fue abrumado por calamidades sin paralelo en los anales del mundo. Todo esto es innegable; pero sería demasiado esperar que esto fuese considerado como cumplimiento adecuado de las palabras de nuestro Salvador por muchos a los cuales el prejuicio o las interpretaciones tradicionales les han enseñado a ver más en la profecía de lo que jamás incluyó la inspiración. El lenguaje, se dice, es demasiado magnífico, las transacciones demasiado estupendas para ser satisfechas por un suceso tan inadecuado como el juicio de Israel y la destrucción de Jerusalén. Ya hemos tratado se señalar el verdadero significado y la verdadera grandeza de ese acontecimiento. Pero la única respuesta suficiente a todas esas objeciones es la expresa declaración de nuestro Señor, que cubre el ámbito entero de este discurso profético. "De cierto os digo, que no pasará esta generación sin que todo esto acontezca". Sin duda, hay algunas porciones de esta predicción que pueden ser verificadas por el testimonio humano. ¿Espera alguien que Tácito, Suetonio, o Josefo, o cualquier otro historiador, relate que "el Hijo del hombre fue visto viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria; que Él convocó a las naciones a este tribunal, y recompensó a cada uno según sus obras"? Hay una región en la cual no pueden entrar los testigos y los reporteros; carne y sangre no pueden contemplar los misterios de lo espiritual o lo inmaterial. Pero hay también una gran porción de la profecía que puede ser verificada, y que puede ser ampliamente verificada. Hasta un atacante del cristianismo, que impugna el conocimiento sobrenatural de Cristo, se ve obligado a admitir que "la porción relativa a la destrucción de la ciudad es singularmente definida, y corresponde muy de cerca al acontecimiento verdadero". (4) El puntual cumplimiento de la parte de la profecía que entra en el campo de la observación humana garantiza la verdad del resto, que no cae dentro de esa esfera. En la secuela de esta discusión, descubriremos que los sucesos que ahora parecen increíbles a muchos eran la confiada expectación y la esperanza de la era apostólica, y que los primeros cristianos estaban plenamente persuadidos de su realidad y su cercanía. Quedamos, pues, en este dilema: O las palabras de Jesús han fallado, y las esperanzas de sus discípulos han sido falsificadas, o de lo contrario esas palabras y esas esperanzas se han cumplido, y la profecía se ha cumplido plenamente en todas sus partes. Una cosa es cierta. La veracidad de nuestro Señor queda comprometida con la afirmación de que la totalidad y cada una de las partes de los acontecimientos contenidos en esta profecía habrían de tener lugar antes del fin de la generación existente. Si algún lenguaje puede reclamar para sí el ser preciso y definido, es el que nuestro Señor emplea para marcar los límites del tiempo dentro del cual se cumplirían sus palabras. Nuestro Señor guarda silencio sobre cualesquiera otras catástrofes, de otras naciones, en otras épocas, que puedan haber en el futuro. Él habla de su propia nación culpable, y de su venida judicial al final de la era, como habían predicho a menudo y claramente Malaquías, Juan el Bautista, y Jesús mismo. (5) De esto sus palabras han de ser tenidas por responsables; más allá de esto es mera especulación humana, las hipótesis de los teólogos, sin ninguna base segura en la Escritura. Hemos, pues, tratado de rescatar esta gran profecía del método impreciso y nada crítico de interpretación por medio del cual ha sido tan oscurecida y embrollada; así que dejemos que nos transmita a nosotros el mismo significado distinto y claro que transmitió a los discípulos. Reverencia hacia la Palabra de Dios, y la debida consideración por los principios de interpretación, nos prohiben imponer construcciones no naturales y dobles sentidos, que en efecto "añadirían a las palabras de esta profecía". No nos atrevemos a jugar irresponsablemente con las expresas y precisas afirmaciones de Cristo. No encontramos sino una Parusía; un fin de la era; una catástrofe inminente; un terminus ad quem - "esta generación". Protesstamos contra la exégesis que manipula la Palabra de Dios tan libremente que se recomienda a sí misma a los ojos de muchos. "El Señor", se dice, "siempre está viniendo a los que esperan su aparición. Vemos su venida a gran escala en cada crisis de la gran historia humana. En revoluciones, en reformas, y en las crisis de nuestra historia individual. Para cada uno de nosotros, hay un advenimiento del Señor, tan a menudo como se nos presentan nuevos y mayores aspectos de la verdad, o somos llamados a entrar en deberes nuevos y quizás más laboriosos y emocionantes". (6) De esta manera, podría ser más difícil decir lo que no es una "venida del Señor". Pero, al convertirla en cualquier cosa y en todas las cosas, la convertimos en nada. Está vacía de toda precisión y realidad. No hay razón para que la encarnación, la crucifixión, y la resurrección no puedan, de manera similar, llegar a ser transacciones comunes y diarias, así como la Parusía. Una cosa es decir que los principios del gobierno divino son eternos e inmutables, y que, por lo tanto, lo que Dios hace a un pueblo, o a una época, hará en circunstancias similares a otras naciones y a otras épocas; otra cosa es decir que esta profecía tiene dos significados: uno para Jerusalén e Israel, y otro para el mundo y la consumación final de todas las cosas. Sostenemos, con Neander, que "las palabras de Cristo, como sus obras, contienen en sí mismas el germen de un desarrollo infinito, reservado para que lo revelen las edades futuras". (7) Pero esto no implica que la profecía es cualquier cosa que pueda concebir una fantasía ingeniosa, o que tenga sentidos ocultos o ulteriores que subyacen el significado aparente y natural del lenguaje. El deber del intérprete y estudiante de la Escritura es, no intentar lo que la Escritura pueda hacérsele decir, sino someter su comprensión de "los verdaderos dichos de Dios", que son por lo general tan sencillos como profundos. (8)
Notas: 1. Bampton Lecture, del Profesor Burton, p. 20. 2. El siguiente extracto ha sido tomado de un excelente artículo en el primer tomo de la Biblioteca Sacra (1843), por el Dr. E. Robinson, titulado "La Venida de Cristo". Hasta el ver. 42 del cap. 24 de Mateo, el Dr. Robinson sostiene la exclusiva referencia de la predicción a Jerusalén, y por esta razón menciona las interpretaciones que se refieren a ella como el "fin del mundo:" "Ahora surge la pregunta de si, bajo estas limitaciones de tiempo, es posible una referencia del lenguaje de nuestro Señor al día del juicio y al fin del mundo en nuestro sentido de estos términos. Los que sostienen este punto de vista intentan de varias maneras deshacerse de las dificultades que surgen de estas limitaciones. Algunos asignan a (e.nqe,nj) el significado de súbitamente, como lo emplea la Sepuaginta en Job ver. 3 para el hebreo. Pero, aún en este pasaje, el propósito del escritor es simplemente marcar una secuencia inmediata - indicar que otro suceso más consecuente ocurre en seguida. Ni se ganaría nada aunque se pudiera disponer de la palabra (nqe,wj), con tal de que permaneciera la subsiguiente limitación a "esta generación". Y en esto también otros han tratado de referir genea a la raza de los judíos, o a los discípulos de Cristo, no sólo sin el más ligero fundamento, sino contrariamente a todo uso y a toda analogía. Todos estos intentos de aplicar la fuerza al significado del lenguaje son en vano, y ahora han sido abandonados por la mayoría de los comentaristas de nota". Después de una exposición tan luminosa, es decepcionante descubrir que el Dr. Robinson deja de llevar consistentemente hasta el fin los principios con los cuales comenzó. Desconcertado por la conclusión anticipada de que "el juicio final" y "el fin del mundo" se encuentran en alguna parte de la profecía, e incapaz de ver dónde termina el tema de Jerusalén y dónde comienza el otro y mayor tema de la catástrofe mundial, adopta el siguiente método. Comenzando con la suposición de que la parábola de las ovejas y los cabritos tiene que describir el último evento, tantea su camino hacia atrás hasta la parábola anterior, la de los talentos, en la cual encuentra el mismo tema, la doctrina de la retribución final. Yendo aún más atrás, a la parábola de las diez vírgenes, descubre que el objeto de esa parábola es inculcar la misma verdad importante. Llega a la conclusión de que el capítulo veinticinco de Mateo debe, por lo tanto, referirse por entero a las transacciones del último gran día. "Pero", continúa, "la última parte del cap. 24, es decir, desde el ver. 43 hasta el 51, está íntimamente conectada con la parábola inicial del ca. 25", que parece proporcionar suficiente base para considerar que este pasaje también se refiere al juicio futuro. En el ver. 43 de Mat. 24, por lo tanto, el Dr. Robinson cree que nuestro Señor abandona por completo el tema de Jerusalén y entra en un tema nuevo, el juicio del mundo. En seguida es evidente que la totalidad de su razonamiento queda viciado por la falsa premisa con la cual comienza, o sea, la suposición de que la parábola de las ovejas y los cabritos se refiere al juicio de la raza humana. Ya hemos demostrado que no hay ningún nuevo comienzo en Mat. 24:48. 4. Contemporary Review, Nov. 1876. Véase la Nota B, Parte I. 5. Refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, dice Jonathan Edwards: "Así, pues, hubo un final definitivo del mundo del Antiguo Testamento: Todo quedó concluído con una especie de día del juicio, en el cual el pueblo de Dios fue salvo, y sus enemigos destruidos de manera terrible". Historia de la Redención, vol. i, p. 445. 6. Evang. Meg. Feb. 1877, p. 69. 7. Life of Christ, 165. 8. Véase Nota A, Parte I. DECLARACIÓN DE
NUESTRO SEÑOR
La respuesta de nuestro Salvador a la solemne orden del sumo sacerdote para que declarase bajo juramento es la repetición, casi palabra por palabra, de lo que Jesús había declarado a los discípulos en el Monte de los Olivos: "Verán al Hijo del Hombre viniendo viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria" (Mat. 24:30). Son, evidentemente, el mismo suceso y el mismo período a los que se hace referencia. El lenguaje implica que las personas a las que Jesús se dirige, o algunas de ellas, presenciarían el acontecimiento predicho. La expresión: "Veréis" no sería apropiada si se refiriera a algo que ninguno de los oyentes viviría para presenciarlo, y que no tendría lugar por miles de años. Nuestro Señor, pues, les dijo a sus jueces que ellos, o algunos de ellos, vivirían para verle venir en juicio, o viniendo en su reino. Esta declaración está en armonía con lo que nuestro Salvador dijo a sus discípulos: "El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles ... De cierto os digo, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:27,28). Algunos de sus discípulos, y algunos de sus jueces, vivirían lo suficiente para presenciar aquella gran consumación, menos de cuarenta años después, cuando el Hijo del Hombre vendría en su reino a ejecutar los juicios de Dios sobre la nación culpable. Esto es precisamente lo que afirma la profecía del Monte de los Olivos: "No pasará esta generación", etc. Nuevamente aquí no tenemos ni oscuridad ni ambigüedad. Pero, ¿puede decirse otro tanto de la interpretación que hace que las palabras de nuestro Señor se refieran a un tiempo todavía futuro, y un suceso que todavía no ha tenido lugar? ¿Puede decirse otro tanto de la interpretación que encuentra en esta escena, que el Sanedrín judío habría de presenciar, no un suceso dintinto y particular, sino un proceso prolongado y continuo, que comenzó en la resurrección de Cristo, que continúa todavía, y que continuará hasta el fin del mundo? Esta extraña interpretación, que es la de Lange y de Alford, se basa en parte en la suposición de que la predicción de nuestro Señor no se ha cumplido todavía, y en parte en la palabra "de aquí en adelante", que se cree indica un proceso continuo. (1) Pero, ¿es esa explicación creíble, o siquiera concebible? ¿Es verdad que el sumo sacerdote y el Sanedrín comenzaron, desde ese momento, a ver el Hijo del hombre venir en las nubes del cielo?, etc. ¿Cómo podría tal aparición ser un proceso continuo? Claramente, las palabras sólo pueden referirse a un acontecimiento definido y específico; y no podemos sentirnos inseguros al establecer de qué acontecimiento se trata. No puede ser otro que la Parusía, tan a menudo predicha antes. Ése no fue un proceso prolongado, sino un acto sumario - súbito, rápido, conspicuo, como el relámpago. El sentido queda bien expresado por los editores del Critical English Testament: "El sentido no puede ser que él vendría y así le verían inmediatamente después del momento de su respuesta; sino más bien, que él ahora partiría de ellos, y que la siguiente vez que le vieren, después de su rechazo por ellos, sería en su venida en gloria, como lo predijo el profeta Daniel". (2) En esta declaración de nuestro Señor encontramos, entonces, una confirmación adicional de sus anteriores afirmaciones de que su venida por segunda vez tendría lugar durante la generación existente. Algunos de sus jueces, así como algunos de sus discípulos, habrían de presenciarla; ¡y esa afirmación no tendría ningún significado si no implicara que ellos habrían de presenciarla con sus propios ojos! Predicción de los ayes que vendrían sobre Jerusalén
Aquí tenemos una afirmación tan clara, tan definida en cada punto que puede fijar su referencia - tiempo, lugar, personas, circunstancias - que no queda lugar para la incertidumbre. Apunta a un tiempo que no estaba muy distante, sino a las puertas - "vendrán días" - un tiempo que las personas a las cuales se hablaba y sus niños vivirían para presenciar; un tiempo de gran tribulación, que caería con particular severidad sobre las mujeres y los niños; un tiempo cuando, en la agonía de su terror, las multitudes desesperadas clamarían a los montes y a los collados para que cayeran sobre ellos y les cubrieran. Se encontrará que aquellos memorables detalles serán sumamente valiosos en la elucidación de la profecía bíblica en la etapa subsiguiente de de esta investigación. Mientras tanto, es claro que esta patética descripción puede referirse solamente a la catástrofe de Jerusalén en los últimos días de su historia. Sólo tenemos que ir a las páginas de Josefo para encontrar los hechos que ilustran y confirman el lenguaje de nuestro Salvador. Los horrores de aquella trágica historia culminan en el episodio de María de Perea, cuyo banquete tiesteano horrorizó hasta a los despiadados bandidos que merodeaban como lobos hambrientos por la ciudad. Es a la luz de incidentes como éste que vemos el pleno significado de las palabras: "Bienaventuradas las estériles, y [bienaventurados] los vientres que no concibieron". Es con un movimiento de algo como impaciencia que escuchamos a Stier, seducido por el ignis fatuus de un doble significado, insistir en un oculto significado de las palabras de nuestro Salvador: "Habló expresa y principalmente del juicio de Jerusalén e Israel, pero contemplaba y se refería a lo que se había anunciado en este tipo histórico, el juicio de todos los impenitentes, y de todos los incrédulos en común, hasta el fin". (3) Así dice también Alford, siguiendo a Stier. Sin embargo, está sólo en la imaginación del expositor el que esta referencia ulterior existe: no hay sugerencia de él en el texto; y es con cierto grado de asombro que encontramos a un crítico erudito que va tan lejos en el olvido de su verdadera vocación que declara que "el cumplimiento histórico, real, y específico" es "lo de menos: el significado de la palabra llega mucho más allá". Si alguna vez hubo un caso en el cual no se debe pensar en significados dobles y cumplimientos típicos, seguramente es aquí". En esa hora de angustia, no podía haber sino un solo pensamiento presente en el corazón de Jesús. Veía la tormenta de ira que cobraba fuerza, y en la que la ciudad dedicada pronto habría de quedar envuelta, y que estallaría con tal violencia sobre la tierna y delicada, los niños y las madres de Jerusalén, y reciprocaba la lástima de aquellos corazones compasivos, más conmovido en ese momento por los sufrimientos anticipados de ellos que por los suyos. ¿Qué necesidad hay de ir más allá de aquella trágica catástrofe, y buscar otra, concerniente a la cual el contexto guarda completo silencio? La Oración del Ladrón Penitente
El único punto que nos concierne en este memorable incidente es la referencia que el malhechor hizo a la venida de nuestro Señor en su reino". Cualquiera sea el modo en que había adquirido este conocimiento, reconoció en el rechazado Profeta que estaba a su lado al Rey de Israel, el Hijo de Dios. Creía que, a pesar de que Israel lo había rechazado y crucificado, un día vendría otra vez "en su reino". ¡Maravillosa fe en un hombre como éste y en un momento como éste! Si el ladrón en la cruz hubiese escuchado el testimonio de Jesús delante del sumo sacerdote, o si hubiese sabido lo que Jesús había dicho a sus discípulos, de que "algunos de ellos no verían muerte hasta que hubiesen visto al Hijo del hombre viniendo en su reino", podríamos explicarnos mejor su fe y su oración. De todos modos, no podría haber habido más inteligencia y precisión en el lenguaje de un discípulo que en las palabras de este "tizón arrebatado del incendio". No tenemos modo de saber qué idea tenía el malhechor con respecto al tiempo de esa venida - si la había concebido como cercana o como distante; pero es presumible que la consideraba cercana. Un moribundo difícilmente oraría para que fuese recordado en alguna época distante, después de que hubiesen pasado siglos y milenios. En esa crisis, sólo lo inminente o lo inmediato podría estar en sus pensamientos. Una cosa parece segura: la más inverosímil de todas las interpretaciones es la que representaría su oración como todavía sin contestar, y la "venida" de la cual hablaba como todavá entre los sucesos de un futuro desconocido. La Comisión Apostólica
Es usual considerar esta comisión como si estuviera dirigida a toda la Iglesia Cristiana en todos los tiempos. No hay duda de que es permisible inferir de estas palabras la obligación perpetua, que descansa sobre todos los cristianos en todos los tiempos, de propagar el evangelio a todas las naciones; pero es importante considerar las palabras en su referencia correcta y original. Es la comisión de Cristo a mensajeros escogidos, designándoles para su obra evangelística, y asegurándoles su constante presencia y protección. Tiene una especial aplicación para los apóstoles que no puede tener para nadie más. Ya hemos advertido el hecho de que los discípulos, a los que se les dio esta misión, no parecen haberla entendido en el sentido de que debían extender su obra evangelística más allá de los linderos de Palestina, o predicar el evangelio a judíos y a gentiles indiscriminadamente. Es seguro que no llevaron a cabo esta comisión inmediatamente, ni lo hicieron por años, en su sentido más amplio; ni parece probable que jamás lo hubiesen hecho así sin una revelación expresa. Como la mostrado el Dr. Burton, no menos de quince años pasaron entre la conversión de Pablo y su primer viaje apostólico para predicarles a los gentiles. "Tampoco hay ninguna evidencia de que, durante ese período, los otros apóstoles rebasaran los confines de Judea". (4) Hay, pues, mucha probabilidad en la opinión de que el lenguaje de la comisión apostólica no transmitió a sus mentes la misma idea que a nosotros, y que, como ya hemos visto, la frase "todas las naciones" [pa,nta ta e[qnj] equivale realmente a todas las tribus de la tierra" [pa/sai a,i,qnlai.gh/j]. Pero lo que especialmente merece notarse es la notable limitación de tiempo, el "terminus ad quem" especificado aquí por el Salvador. "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" [suntelei,aj ton/ai.w/nj]. Nada puede ser más confuso para el lector de habla inglesa que la traducción "fin del mundo", que inevitablemente sugiere el fin de la historia humana, el fin del tiempo, y la destrucción de la tierra, un significado que las palabras no soportan. Lange, aunque está lejos de aprehender el verdadero significado de la frase, da el sentido correcto: "la consumación de la era secular, o el período de tiempo que termina con la Parusía". ¿Qué puede ser más evidente que el hecho de que la promesa de Cristo de estar con sus discípulos hasta el fin del tiempo implica que ellos habrían de vivir hasta el fin de esa época? Aquella gran consumación no estaba lejos; el Señor había hablado de ella a menudo, y siempre como un suceso que se aproximaba, un suceso que algunos de ellos vivirían para ver. Era la conclusión de la dispensación mosaica; el fin del gran período de prueba de la nación teocrática; cuando la estructura entera del sistema judío habría de ser barrida, y "el reino de Dios vendría con poder". Este gran suceso, había declarado nuestro Señor, habría de ocurrir dentro de los límites de la generación que entonces existía. El "fin del tiempo" coincidió con la Parusía, y la señal externa y visible por la cual se distingue es la destrucción de Jerusalén. Este es el terminus por el cual el campo está delimitado en el Nuevo Testamento. Para Israel era "el fin", "el fin de todas las cosas", "el pasar del cielo y la tierra", la abrogación del antiguo orden, la inauguración del nuevo. De esta época providencial, la historia nos dice mucho, pero la profecía nos dice más. La historia nos muestra las señales predichas que se cumplían; los síntomas premonitorios de la catástrofe que se aproximaba - los falsos Cristos, las guerras y los rumores de guerras; las insurrecciones y los disturbios; los terremotos, las hambres y pestilencias; las persecuciones y tribulaciones; las legiones invasoras de Roma; la ciudad sitiada y capturada; el templo en llamas; las multitudes masacradas; las nación extinguida. Pero la historia no puede levantar el velo que cuelga sobre el mundo espiritual; nos conduce hasta el borde mismo, y nos invita a adivinar el resto. Pero nosotros tenemos una palabra profética más segura que, en vez de conjeturas, nos da seguridad. Revela al "Hijo del hombre viniendo en su gloria"; al Rey sentado en el trono; el juicio iniciado, y los libros abiertos. Revela las ovejas y los cabritos separados los unos de las otras; los justos entrando en la vida eterna; los impíos enviados al castigo eterno. Si no tenemos verificación histórica de lo invisible y lo espiritual, como la tenemos de los elementos visibles y materiales de esta consumación, es porque ellos no están en la naturaleza de las cosas que se pueden conocer igualmente por medio de los sentidos. Pero los aceptamos por la fe en su palabra, que declaró: "De cierto os digo, todas estas cosas vendrán sobre esta generación"; y nuevamente: "De cierto os digo, que no pasará esta generación sin que se cumplan todas estas cosas". "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". El cumplimiento literal de todo lo que cae dentro de la esfera de la observación humana es garante de la credibilidad del resto, que pertenece al ámbito de lo invisible y lo espiritual.
Notas: 1. (a/rti) en el griego posterior vino a significar "pronto", "en la actualidad". Véase a Liddell y Scott, y por eso, nuestros traductores, escriben correctamente "desde ahora", que deja el tiempo real del suceso en el futuro, pero no necesariamente inmediato. Critical English Test, vol. iii, p. 860, nota. 2. Critical English Test, vol. iii, p. 860. 3. Reden Jesu, vol. vii. p. 426. LA PARUSÍA EN EL EVANGELIO DE JUAN En los evangelios sinópticos, hemos podido, por lo general, comparar unas con las otras las alusiones a la Parusía registradas por los evangelistas; y a menudo hemos encontrado ventajoso hacerlo. No es fácil, sin embargo, entrelazar el cuarto evangelio con los sinópticos, y a menudo es un poco notable que ni una sola alusión a la Parusía en los últimos se encuentre en el primero. Es, pues, preferible, por todas las razones, considerar el evangelio de Juan por sí mismo, y encontraremos que las referencias al tema de nuestra investigación, aunque no muchas en número, son muy importantes y están llenas de interés. La Parusía y la Resurrección de los Muertos
En las referencias a la cercana consumación que hemos encontrado en los evangelios sinópticos, es imposible no impresionarse con la constante asociación de la Parusía con un gran acto de juicio. Desde la primera noticia de este gran suceso hasta el fin, la idea de juicio aparece de modo prominente. Juan el Bautista advierte a la nación de "la ira venidera". Los hombres de Nínive y la reina del sur han de aparecer en el juicio con esta generación. En la siega al final del tiempo, la paja ha de ser quemada, y el trigo recogido en el granero. El Hijo del hombre habría de venir en su gloria para dar a cada uno según sus obras. El juicio de Capernaum y Corazín habría de ser más severo que el de Tiro y Sidón. Casi todas las últimas parábolas en el ministerio de nuestro Señor declaran el juicio venidero - las minas, el labrador malvado, las bodas del hijo del rey, las diez vírgenes, los talentos, las ovejas y los cabritos. La gran profecía del Monte de los Olivos se ocupa enteramente del mismo tema. Es notable que la primera alusión de Juan a este suceso reconoce su carácter judicial. Pero ahora encontramos un nuevo elemento introducido en la descripción de la cercana consumación. Está relacionado con la resurrección de los muertos; de "todos los que están en la tumba". "La hora viene cuando todos los que están en la tumba oirán su voz, y saldrán", etc. No puede haber ninguna duda de que el pasaje que se acaba de citar (ver. 28,29) se refiere a la resurrección literal de los muertos. También puede admitirse que los versículos precedentes (25,26) se refieren a la comunicación de vida espiritual a los que están muertos espiritualmente. (1) El tiempo para este proceso vivificante ya había comenzado. "La hora viene, y ahora es". Los muertos en delitos y pecados estaban a punto de ser vivificados por el poder resucitador del Espíritu divino actuando en las almas de los hombres para que predicasen el evangelio de Cristo. Este poder vivificador pertenecía, por designio divino, al Hijo de Dios, al cual también había sido entregado, en virtud de su humanidad, el oficio de Juez supremo (ver. 27). Anticipándose al hecho de que esta afirmación de ser el Juez de la humanidad haría tambalear a sus oyentes, nuestro Señor procede a reforzar su afirmación y aumentar la admiración de ellos declarando que, a su voz, y antes de mucho, los muertos saldrían de de sus tumbas para estar de pie delante de su trono de juicio. El lector notará en particular las indicaciones de tiempo especificadas por nuestro Señor en estos importantes pasajes. Primero tenemos: "viene la hora, y ahora es". Esto indica que la acción de la cual se habla, o sea, la comunicación de vida espiritual a los espiritualmente muertos, ya ha comenzado a tener lugar. Luego tenemos: "vendrá hora", sin la adición de las palabras "y ahora es", indicando que el suceso especificado, es decir, el levantarse los muertos de sus tumbas, está a una mayor distancia en el tiempo, aunque todavía no muy lejos. La fórmula "viene la hora" siempre denota que el suceso al que se refiere no está muy distante. En realidad, no define el tiempo, sino que lo ubica dentro de un período comparativamente breve. Encontramos estas dos expresiones. "viene la hora" y "viene la hora, y ahora es", empleadas por nuestro Señor en su conversación con la mujer de Samaria (Juan 4:21,23), y su uso aquí puede ayudarnos a establecer su fuerza en el pasaje que tenemos delante. Cuando nuestro Señor dice: "Viene la hora, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad", está indicando que el tiempo ya era presente, pues, ¿no había empezado a reunir los materiales de aquella iglesia espiritual de verdaderos adoradores de la cual hablaba? Sin embargo, cuando dice: "Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre", habla de un tiempo que, aunque no estaba distante, todavía no había llegado. Preveía el período del cual hablaba, cuando cesaría la adoración en el templo, cuando el monte Sión sería "arado como campo", y el monte Gerizim también sería abrumado por el diluvio de ira. Pero era necesaria la abrogación de lo local y lo material para la entronización de lo universal y lo espiritual; y, por lo tanto, el templo con su ritual debía ser suprimido para hacer lugar para la más noble adoración "en espíritu y en verdad". Por supuesto, no puede probarse absolutamente que la frase "la hora viene" se refiere precisamente al mismo punto en el tiempo en estos dos casos, aunque es fuerte la presunción de que así es. Para esta etapa, baste notar que nuestro Señor habla aquí de la resurrección de los muertos y el juicio como sucesos que no estaban distantes, pero tan distantes que podía decirse correctamente: "La hora viene", etc. La Resurrección, el Juicio, y el Día Postrero
En estos pasajes tenemos otra nueva frase en relación con la consumación que se acercaba, que es peculiar al cuarto evangelio. En los sinópticos nunca encontramos la expresión "el día postrero", aunque encontramos sus equivalentes, "aquel día" y "el día del juicio". No puede dudarse que estas expresiones son sinónimas, y se refieren al mismo período. Pero ya hemos visto que el juicio es contemporáneo con "el fin del tiempo" (sonteleia ton aiwnoj), e inferimos que "el día postrero" es sólo otra forma de la expresión "el fin del tiempo" o Peón. La Parusía también está representada constantemente como coincidente en el tiempo con "el fin del tiempo", de modo que todos estos grandes sucesos, la Parusía, la resurrección de los muertos, el juicio, y el día postrero, son contemporáneos. Entonces, puesto que el fin del tiempo no es, como se imagina generalmente, el fin del mundo, o la destrucción total de la tierra, sino la terminación de la economía judía; y puesto que nuestro Señor mismo clara y frecuentemente coloca ese suceso dentro de los límites de la genración existente, llegamos a la conclusión de que la Parusía, la resurrección, el juicio, y el día postrero, pertenecen todos al período de la destrucción de Jerusalén. Por muy alarmante o increíble que
pueda parecer esta conclusión al principio, es la enseñanza a la
cual el Nuevo Testamento está dedicado absolutamente, y, al
avanzar en esta investigación, encontraremos que la evidencia en
apoyo de esta conclusión se acumula hasta tal grado que es
irresistible. Nos encontraremos con expresiones como "los últimos
tiempos", "los últimos días", y "la útima hora", que evidentemente
denotan el mismo período que "el día postrero", pero de las cuales,
sin embargo, se habla como no lejanas, y hasta como que ya han
llegado. Mientras tanto, sólo podemos pedir al lector que reserve su
juicio, y calmada e imparcialmente sopese la evidencia derivada, no
de autoridad humana, sino de la misma palabra de inspiración.
El Juicio del Mundo y del Príncipe de Este Mundo
Se acostumbra explicar estas palabras en el sentido de que había llegado una gran crisis en la historia espiritual del mundo: que la muerte de Cristo en la cruz era un momento crucial, por decirlo así, del gran conflicto entre el bien y el mal, entre el Dios vivo y verdadero y el falso dios usurpador de este mundo - que el resultado de la muerte de Cristo sería la derrota final del poder de Satanás y el establecimiento del reino de verdad y justicia sobre las ruinas del imperio de Satanás. No hay duda de que hay mucha verdad importante en esta explicación, pero no satisface todos los requisitos del lenguaje muy claro y enfático de nuestro Señor con respecto a la cercanía y lo completo del suceso al cual se refiere: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera". No es suficiente decir que, para la previsión profética de nuestro Salvador, el futuro distante era como si fuera el presente; ni que, por la cercanía de su muerte, el juicio del mundo y la expulsión de Satanás estarían virtualmente asegurados, y que por lo tanto podrían ser considerados como hechos consumados. Tampoco es suficiente decir que, desde el momento en que se ofreció el gran sacrificio de la cruz, el poder y la influencia de Satanás comenzaron a menguar, y tiene que disminuir constantemente hasta que él sea finalmente aniquilado. El lenguaje de nuestro Señor apunta manifiestamente a una transacción judicial grande y final, que pronto habría de tener lugar. Pero juicio es un acto que difícilmente puede concebirse como extendiéndose sobre un período indefinido, y especialmente cuando está restringida por la palabra ahora, a un punto distinto e inminente en el tiempo. La frase "echado fuera", también, es evidentemente una alusión a la expulsión de un demonio de un cuerpo poseído por un espíritu inmundo. Pero esto indica un acto súbito, violento, y casi instantáneo, y no un proceso gradual y prolongado. Ninguna figura podría ser menos apropiada para describir la lenta decadencia y el agotamiento final del poder satánico que la expulsión de un demonio. Nos vemos obligados, pues, a hacer a un lado la explicación que hace que las palabras de nuestro Señor se refieran a un juicio que, después de transcurridos muchos siglos, todavía continúa; o a una expulsión de Satanás que todavía no se ha efectuado. Él no hablaría de un juicio, que no habría de tener lugar por miles de años, como si fuera "ahora", ni de una inminente "expulsión" de Satanás, que habría de ser el resultado de un proceso lento y prolongado. Concluimos, entonces, que, cuando nuestro Señor dijo: "Ahora es el juicio de este mundo", etc., se refería a un suceso que estaba cercano, y, en cierto sentido, era inmediato: es decir, tenía a la vista aquella gran catástrofe que apenas parece haber estado ausente de sus pensamientos - la solemne transacción judicial cuando "el Hijo del hombre habría de sentarse sobre el trono de su gloria" - la gran "cosecha" al final del tiempo, cuando los ángeles segadores habrían de "recoger de su reino todas las cosas que ofenden y hacen inquidad". Si se objeta a esto que la palabra ko.smoj (mundo) es demasiado abarcante para que quede restringida a una tierra o una nación, puede replicarse que kosmoj se emplea aquí, como en algunos otros pasajes, especialmente en los escritos de Juan, más bien en un sentido ético que como expresión geográfica. (Véase Juan 7:7; 8:23; 1 Juan 2:15; v.14). Pero puede decirse: ¿Cómo podría hablarse de este juicio de Israel como si fuese "ahora" más que de un juicio que todavía está en el futuro? Cuarenta años de aquí en adelante no es más ahora que cuatro mil años. A esto puede replicarse: Más que ningún otro, el suceso que ahora era inminente precipitaría la condenación de Israel. La crucifixión de Cristo habría de ser el clímax del crimen, el acto culminante de apostasía y culpabilidad que llenó la copa de la ira, y selló la suerte de "aquella generación malvada". El intervalo entre la crucifixión de Cristo y la destrucción de Jerusalén fue sólo el breve espacio entre el pronunciamiento de la sentencia y la ejecución del criminal; y de la misma manera, nuestro Señor, cuando abandonó el templo por última vez, exclamó: "He aquí, vuestra casa os es dejada desierta", aunque su desolación no tuvo lugar realmente sino hasta casi cuarenta años más tarde, pudo decir: "Ahora es el juicio de este mundo", aunque un espacio de tiempo semejante transcurriría entre el pronunciamiento y la ejecución de sus palabras. De manera semejante, la "expulsión del príncipe de este mundo" está representada como coincidente con el "juicio de este mundo", y ambos son manifiestamente el resultado de la muerte de Cristo. Pero, ¿cómo puede decirse que Satanás fue expulsado en el período al que se refiere, o sea, el juicio al final del tiempo? Aquel suceso marcó una gran época en la administración divina. Fue la inauguración de un nuevo orden de cosas: la "venida del reino de Dios" en un sentido alto y especial, cuando se disolvió la peculiar relación entre Jehová e Israel, y Él vino a ser conocido como Dios y Padre de toda la raza humana. De allí en adelante, Satanás no habría de ser ya más el dios de este mundo, sino que el Altísimo habría de tomar el reino para sí mismo. Esta revolución se efectuó por la muerte expiatoria de Cristo en la cruz, que se declara que es "la reconciliación consigo de todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos" (Col. 1:20). Pero la inauguración formal del nuevo orden es representada como teniendo lugar al "fin del tiempo", el período en que "el reino de Dios vendría con poder", y el Hijo del hombre se sentaría como Juez "en el trono de su gloria". ¿Qué podría ser más apropiado, entonces, que la "expulsión" del príncipe de este mundo en el período en que su reino, "este mundo", fuese juzgado? Puede objetarse que, si realmente tuvo lugar entonces un suceso como la expulsión de Satanás, debería estar marcado por alguna muy palpable disminución del poder del diablo sobre los hombres. La objeción es razonable, y puede rebatirse con la afirmación de que sí existe evidencia de la disminución de la influencia satánica en el mundo. La historia de los tiempos de nuestro Salvador proporciona prueba abundante del ejercicio de un poder sobre las almas y cuerpos de hombres que entonces estaban poseídos por Satanás, un poder que felizmente es desconocido en nuestros días. La misteriosa influencia llamada "posesión demoníaca" se atribuye siempre en la Escritura a los agentes satánicos; y era una de las credenciales de la comisión divina de nuestro Señor que Él, "por el poder de Dios, echaba fuera demonios". ¿En qué período cesó de manifestarse la sujeción de los hombres al poder demoníaco? Era común en los días de nuestro Señor: continuó durante la época de los apóstoles, porque tenemos muchas alusiones al hecho de que ellos echaban fuera espíritus inmundos; pero no tenemos evidencia de que esta sujeción continuó existiendo en los tiempos post-apostólicos. El fenómeno ha desaparecido tan completamente que, para muchos, su anterior existencia es increíble, y la resuelven con una superstición popular, o con una teoría no científica de enfermedad mental - una explicación que es totalmentee incompatible con las representaciones del Nuevo Testamento. Vale la pena observar que nuestro Señor, en una ocasión anterior, hizo una declaración muy parecida a la que ahora estamos considerando. Cuando los setenta discípulos regresaron de su misión evangélica, informaron con regocijo de su éxito al echar fuera demonios en el nombre de su Maestro: "Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre" (Lucas 10:17). Al responderles, Jesús les dijo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo", una expresión que es casi equivalente a las palabras: "Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera", y sobre la cual Neander hace las siguientes sugestivas observaciones:
Al comparar estas dos notables afirmaciones de nuestro Señor, hay tres puntos que merecen particular atención: 1. Ambas son pronunciadas en ocasiones en que el triunfo de su causa, que se acercaba, aparecía vívidamente delante de él. 2. En ambas, la expulsión de Satanás es representada como un hecho consumado. 3. En ambas, se considera como un acto rápido y sumario, no como un proceso lento y prolongado: en un caso, Satanás cae "del cielo como un rayo"; en el otro, es "echado fuera" de un endemoniado como espíritu inmundo. Neander, pues, ha pasado un poco por alto el verdadero énfasis de la expresión, en sus observaciones, por lo demás, admirables. Creemos que las palabras apuntan claramente a una gran transacción judicial, que tiene lugar en un punto particular del tiempo, que ese tiempo estaba muy cercano, y que es la consecuencia y el resultado de la muerte del Salvador en la cruz. Tal transacción y tal período los podemos encontrar sólo en la gran catástrofe tan vívidamente presentada por nuestro Señor en su discurso profético, y por lo tanto, no podemos titubear al entender que sus palabras se refieren a aquel suceso memorable. Ninguna otra explicación
satisface los requisitos de la declaración: "Ahora es el juicio de
este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera".
EL RÁPIDO RETORNO DE CRISTO [LA PARUSÍA]
Por simples que puedan parecer estas palabras, han causado gran perplejidad a los comentaristas. La misma simplicidad de las palabras es posiblemente la causa de la dificultad de ellos: porque es muy difícil creer que significan lo que parecen decir. Se ha supuesto que nuestro Señor se refiere, en algunos pasajes, a su cercana partida de la tierra y a su regreso final al "fin de los días", a la consumación de la historia humana; y que, en otros, se refiere a su ausencia temporal durante el intervalo entre su crucifixión y su resurrección. Un examen cuidadoso de las alusiones de nuestro Señor a su partida y a su venida otra vez satisfará a cada lector inteligente de que la venida del Señor, o "segunda venida", siempre se refiere a un suceso particular y a un período en particular. Ningún suceso está más claramente marcado en el Nuevo Testamento que la Parusía, la segunda venida del Señor. Se la describe siempre como un acto, no como un proceso; un acontecimiento grandioso y feliz; una "bendita esperanza", ansiosamente anticipada por sus discípulos y de la cual se creía confiadamente que estaba a las puertas. Los apóstoles y los primeros creyentes no sabían nada de una Parusía extendida a lo largo de un período de tiempo vasto e indefinido, ni de varias "venidas", todas distintas y separadas la una de la otra; sino de una sola venida - la Parusía, "la gloriosa aparición del gran Dios y nuestro Salvador Jesucristo" (Tito 2:13). Si algo está escrito claramente en la Escritura es esto. Es con asombro, pues, que leemos los comentarios de Dean Alford sobre nuestras palabras en Juan 14:3.
¡Todo esto se desarrolla a partir de una sola palabra, ercomai! Pero, si ercomai tiene tal variedad y complejidad de significados, por qué no npayw y porenomai? ¿Por qué no debería tener "fuere" tantas partes y procesos como "vendré otra vez"? De la misma manera, puede preguntarse: ¿Cómo podrían haber entendido los discípulos el lenguaje de nuestro Señor, si el lenguaje tenía un "gran complejo" de significados? ¿O cómo puede esperarse que hombres sencillos capten jamás el significado de las Escrituras si las expresiones más simples son tan intrincadas y desconcertantes? Este comentario no ha sido concebido en el lúcido espíritu del sentido común inglés, sino en la jerga mística de Lange y Stier. ¿Qué puede ser más sencillo que el "vendré otra vez" es un acto tan definido como el "me fuere", y que sólo puede referirse a la profecía y la promesa del Nuevo Testamento, la Parusía? Que este suceso no habría de ser diferido por mucho tiempo es evidente por el lenguaje en que se anuncia: "Ercomai - Vendré". Todo el tenor del discurso de nuestro Señor supone que la separación entre sus discípulos y Él mismo ha de ser breve, y su reunión rápida y perpetua. ¿Por qué se va? A preparar un lugar para ellos. ¿Todavía no está preparado, entonces? ¿Todavía no los ha recibido a sí mismo? ¿Todavía no están donde él está? Si la Parusía está todavía en el futuro, estas esperanzas todavía no se han cumplido. Que este esperado regreso y esta reunión no eran un suceso lejano, que estaba a una distancia de muchos siglos, sino un suceso que estaba a las puertas, lo demuestran las subsiguientes referencias a él que hace nuestro Señor. "Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre". (Juan 16:16). Pronto habría de dejarles; pero no para siempre, ni por mucho tiempo - "un poco", unos pocos y cortos añ;os, y su tristeza y su separación terminarían; porque "os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo" (Juan 16:22). Se observará que nuestro Señor no dice que la muerte les reuniría, sino que lo haría su venida. Esa venida, pues, no podía estar distante. Que es a este intervalo entre su partida y la Parusía a lo que se refiere nuestro Señor cuando habla de "un poco" es evidente por dos consideraciones: Primera, porque Él afirma claramente que va al Padre, lo cual muestra que su ausencia se relaciona con el período subsiguiente a la ascensión; y segunda, porque, en la epístola a los Hebreos, este mismo período, es decir, el intervalo entre la partida de nuestro Señor y su venida otra vez, es denominado expresamente "un poco". "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (Heb. 10:37). Aquí nuevamente nos vemos constreñidos a protestar contra la interpretación forzada y antinatural que hace Alford de este pasaje (Juan 16:16):
Imagínese un acto de visión, "veréis", dividido en tres operaciones distintas, cada una separada de la otra por una era, un intervalo, y la última todavía sin completarse después de dieciocho siglos, y esto choca de frente con la expresa declaración de nuestro Señor de que habría de ser después de "un poco de tiempo". Esto no es crítica, sino misticismo. Una explicación tan artificial e intrincada jamás se les podría haber ocurrido a los discípulos, y es sorprendente que se le haya ocurrido a cualquier intérprete sobrio de la Escritura. Pero hasta los discípulos, aunque perplejos al principio por el "un poco", pronto captaron lo que quería decir nuestro Señor cuando dijo:
Auméntese esto con otras tres palabras de Jesús, y tenemos la substancia de su enseñanza con respecto a la Parusía:
El lenguaje es incapaz de transmitir el pensamiento con exactitud si estas palabras no afirman que el regreso de nuestro Salvador a sus discípulos habría de ser rápido. JUAN HABRÍA DE VIVIR HASTA LA PARUSÍA
Sería unútil especificar y discutir las varias interpretaciones de este pasaje que hombres eruditos han conjeturado. Si hubiese sido un enigma para la Esfinge, no podría haber causado más perplejidad y sido más desconcertante. Los que deseen ver algunas de las numerosas opiniones que han sido traídas a colación sobre el tema las encontrarán en las referencias de Lange. (5) Las palabras mismas son suficientemente sencillas. Toda la oscuridad y todas las dificultades han sido importadas a ellas por la renuencia de los intérpretes a reconocer, en la "venida" de Cristo, un punto en el tiempo, claro y definido, dentro del espacio de la generación existente. A menudo, al reiterar nuestro Señor la certeza de que vendría en su reino, vendría en gloria, vendría a juzgar a sus enemigos y a recompensar a sus amigos, antes de que pasara por completo la generación que entonces existía en la tierra, parece haber una repugnancia casi invencible, de parte de los teólogos, a aceptar las palabras de Jesús en su sentido obvio y sencillo. Persisten en suponer que Él debe haber querido decir alguna otra cosa o algo más. Admítase una vez lo que es innegable, que nuestro Señor mismo declaró que su venida habría de tener lugar durante la vida de algunos de sus discípulos (Mat. 16:27,28), y la dificultad desaparece. Acababa de revelar a Simón Pedro con qué muerte habría de glorificar a Dios, y Pedro, con característica impulsividad, se atrevió a preguntar cuál sería el destino del discípulo amado, en quien se fijó en ese momento. Nuestro Señor no dio una respuesta explícita a esta pregunta, que sonaba un poco a intromisión, pero los discípulos entendieron que su respuesta quería decir que Juan viviría para ver el regreso de Jesús. "Si quiero que él quede hasta que yo venga". Este lenguaje es muy significativo. Supone como posible que Juan viviera hasta la venida del Señor. Es más, lo sugiere como probable, aunque no lo afirma como cierto. Los discípulos lo interpretaron como que Juan no moriría en absoluto. El evangelista mismo ni afirma ni niega lo correcto de esta interpretación, sino que se contenta con repetir las palabras de Jesús: "Si quiero que él quede hasta que yo venga". Es, sin embargo, una circunstancia del mayor interés que sabemos cómo se entendieron generalmente las palabras de Jesús en ese momento en la hermandad de los discípulos. Evidentemente, llegaron a la conclusión de que Juan viviría para presenciar la venida de Jesús; y dedujeron que, en ese caso, él no moriría en absoluto. Es esta última inferencia la que Juan se guarda de hacer. Que él viviría hasta la venida del Señor, Juan parece admitirlo sin duda. Si esto implicaba, además, que no moriría en absoluto, era un punto dudoso que las palabras de Jesús no decidieron. Tampoco era esta inferencia de "los hermanos" una cosa tan increíble o irrazonable como les puede parecer a muchos. Vivir hasta la venida del Señor era, de acuerdo con la creencia y la enseñanza apostólica, equivalente a gozar de la exención de muerte. Pablo enseñaba a los corintios: "No todos dormiremos [moriremos], pero todos seremos transformados" (1 Cor. 15:51). Habló a los tesalonicenses de la posibilidad de estar vivos a la venida del Señor: "Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor" (1 Tesa. 4:15). Expresaba su propia preferencia personal de no "ser desnudados [de la vestimenta del cuerpo], sino revestidos [con la vestimenta espiritual] -- en otras palabras, no morir, sino ser transformados (2 Cor. 5:4). Los discípulos podrían estar justificados en esta creencia por las palabras de Jesús en la noche de la cena pascual: "Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo". ¿Cómo podrían ellos suponer que esto significaba la muerte? O ellos pueden haber recordado las palabras de Él en el Monte de los Olivos: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos", etc. (Mat. 24:31). Esto, les había asegurado, tendría lugar antes de que pasara la actual generación. No estaban, pues, por completo sin preparación para recibir un anuncio como el que el Señor hizo con respecto a Juan. (6). Podemos, pues, hacer legítimamente las siguientes deducciones de este importante pasaje: 1. Que no había nada increíble ni absurdo en la suposición de que Juan viviría hasta la venida del Señor. 2. Que las palabras de nuestro
Señor indican la posibilidad de que, en efecto, 3. Que los discípulos entendieron
la respuesta de nuestro Señor como implicando 4. Que el mismo Juan no da
ninguna señal de que hubiese nada increíble ni 5. Que tal opinión armonizaría
con la expresa enseñanza de nuestro Señor con 6. Que todos estos sucesos, según
las afirmaciones de Jesús, ocurrirían dentro del Habiendo visto así los cuatro evangelios y examinado todos los pasajes que se relacionan con la Parusía, o venida del Señor, puede ser útil recapitular y poner en un solo panorama la enseñanza general de estos registros inspirados sobre este importante tema. RESUMEN DE LA
ENSEÑANZA DE LOS EVANGELIOS 1. Tenemos el enlace entre la profecía del Antiguo Testamento y la del Nuevo en el anuncio de Juan el Bautista (el Elías de Malaquías) sobre la cercanía de la ira venidera, o el juicio de la nación teocrática. 2. El anuncio es seguido de cerca por el Rey, que anuncia que el reino de Dios está a las puertas, y llama a la nación al arrepentimiento. 3. Las ciudades que fueron favorecidas con la presencia de Cristo, pero rechazaron su mensaje, son amenazadas con una destrucción más intolerable que la de Sodoma y Gomorra. 4. Nuestro Señor asegura expresamente a sus discípulos que su venida tendría lugar antes de que ellos hubiesen completado la evangelización de las ciudades de Israel. 5. Jesús preedice un juicio al "fin del tiempo" o de la era [sunteleia ton aiwnos], una frase que no significa la destrucción de la tierra, sino la consumación de la era, es decir, de la dispensación judía. 6. Nuestro Señor declara expresamente que Él vendría presto [mellei epcesqai] en gloria, en su reino, con sus ángeles, y que algunos de entre sus discípulos no morirían hasta que su venida tuviera lugar. 7. En varias parábolas y en varios discursos, nuestro Señor predice la destrucción que se cierne sobre Israel en el período de su venida. (Véase Lucas 18, parábola de la viuda importuna. Lucas 19, parábola de las minas. Mateo 21, parábola de los labradores malvados. Mateo 22, parábola de la fiesta de bodas). 8. Con frecuencia, nuestro Señor denuncia la maldad de la generación a la cual predicaba, y declara que los crímenes de épocas anteriores y la sangre de los profetas sería requerida de su mano. 9. La resurrección de los muertos, el juicio del mundo, y la expulsión de Satanás son representados como coincidentes con la Parusía, y que están a las puertas. 10. Nuestro Señor aseguró a los discípulos que vendría otra vez a ellos, y que su venida sería dentro de "poco". 11. La profecía del Monte de los Olivos es un discurso relacionado y continuo, que se refiere exclusivamente a la destrucción de Jerusalén e Israel, que se acercaba, de acuerdo con la expresa afirmación de nuestro Señor (Mat. 24:34; Mar. 13:30; Luc. 21:32). 12. Las parábolas de las diez vírgenes, los talentos, y las ovejas y los cabritos pertenecen todas al mismo acontecimiento, y se cumplen en el juicio de Israel. 13. Se exhorta a los discípulos a velar y a orar, y a vivir en la común esperanza de la Parusía, porque sería súbita y rápida. 14. Después de su resurrección, nuestro Señor dio a Juan razón para esperar que viviría para presenciar su venida.
1. Algunos intérpretes prefieren entender "los muertos" del versículo 25 como que se refieren a casos tales como la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín, y Lázaro de Betania, personas literalmente levantadas de los muertos y restauradas a la vida por Jesús. Entienden que el argumento de Jesús es algo así: "Vosotros os asombráis de la obra maravillosa que he llevado a cabo en este hombre indefenso, pero vosotros veréis maravillas mucho mayores. Llegará el momento en que llamaré aun a los muertos a la vida; y si esto os parece increíble, un día mi poder efectuará una obra aun más poderosa: porque viene la hora en que todos los que están en la tumba saldrán al oir mi llamado, y estarán de pie ante mí en el juicio". (Dr. J. Brown. Discursos y dichos de nuestro Señor, vol. i, p. 98). Esta explicación tiene la ventaja de la consistencia al dar el mismo sentido de la palabra "muertos" durante todo el pasaje; pero parece imposible admitir que nuestro Señor esté hablando en el versículo 24 de la muerte literal. Decir que el creyente ya ha pasado de muerte a vida es obviamente lo mismo que decir que ha pasado de la condenación a la justificación. Nos sentimos obligados, pues, a adoptar la interpretación generalmente aceptada, en relación con los versículos 24 y 25, en el sentido de que se refieren a los espiritualmente muertos, y en relación con los versículos 28 y 29, en el sentido de que se refieren a los corporalmente muertos. 2. Life of Christ, cap. 12, p. 205. 3. Greek Testament, in loc. 4. Alford, Greek Testament, in loc. 5. Commentary of St. John. 6. Es apenas necesario señalar que, acerca de la hipótesis de que la "venida" de Cristo no habría de tener lugar sino hasta "el fn del mundo", en la aceptación popular de la frase, la respuesta de nuestro Señor entrañaría una extravagancia, si no un absurdo. Habría equivalido a decir: "Supón que a mí me pareciera bien que él viviera mil años o más, ¿qué a tí?" Pero es evidente que los discípulos tomaron la respuesta en serio. APÉNDICE A LA PARTE I Nota A Sobre la Teoría de Interpretación del Doble Sentido Los siguientes extractos, de teólogos de diferentes épocas, países, e iglesias, demuestran un poderoso consenso de autoridades que se oponen al método de interpretación inexacto y arbitrario adoptado por muchos comentaristas alemanes e ingleses:
Las consecuencias de admitir esta principio deberían ser bien sopesadas. ¿Qué libro en el mundo tiene doble sentido, a menos que sea un libro que contenga enigmas a propósito? Y hasta un libro así no tiene sino un solo significado verdadero. Los oráculos paganos podían realmente decir: "Aio te, Pyrrhe, Romanos vincere posse"; pero, ¿puede un equívoco tal ser admisible en los oráculos del Dios viviente? Y si un sentido literal y un sentido oculto pueden transmitirse a la misma vez y con las mismas palabras, ¿quién que no sea inspirado puede decirnos cuál es el sentido oculto? ¿Mediante qué leyes de interpretación ha de ser juzgado? Por ninguna que pertenezca al lenguaje humano; porque otros libros aparte de la Biblia no llevan consigo un doble sentido.
Procedamos hasta las predicciones sobre la destrucción de Jerusalén. Como es bien sabido, estas predicciones, en todas las narraciones de los evangelios, (que, dicho sea de paso, ocurren singularmente por consentimiento, implicando que todos los evangelistas bebieron de una sola tradición consolidada) están inextricablemente mezcladas con profecías de la segunda venida de Cristo y el fin del mundo, una confusión que Hutton admite libremente. La porción relativa a la destrucción de la ciudad es singularmente definida, y corresponde muy de cerca al acontecimiento real. La otra porción, por el contrario, es vaga y grandilocuente, y se refiere principalmente a fenómenos y catástrofes naturales. De la precisión de una porción, la mayoría de los críticos deduce que los evangelios fueron compilados durante el sitio y la conquista de Jerusalén. De la confusión de las dos porciones, Hutton hace la inferencia opuesta, a saber, que la predicción existía en la forma registrada actualmente antes de ese acontecimiento. Es improbable en el más alto grado, arguye, que, si Jerusalén había caído, y las otras señales de la venida de Cristo no mostraban ninguna indicación de seguirlas, los escritores no hayan reconocido y desenmarañado la confusión, y corregido sus registros para ponerlos en armonía con lo que entonces estaba comenzando a verse que podría ser el verdadero significado de Cristo o la verdad real de la historia. "Pero aquí reside la verdadera perplejidad. La predicción, como la tenemos, hace que Cristo afirme claramente que su segunda venida seguirá - "inmediatamente", "en aquellos días" - después de la destrucción de Jerusalén, y que "esta generación" (la generación a la cual se dirigía) no pasaría hasta que "todas estas cosas se cumplan". Hutton cree que estas últimas palabras Cristo se proponía aplicarlas sólo a la destrucción de la Santa Ciudad. Tiene derecho a su opinión; y, en sí misma, ésta no es una solución improbable. Pero, bajo las circunstancias, es una construcción algo forzada, pues debe recordarse, primero, que se hace necesaria sólo por la suposición que mantiene Hutton - a saber, que los poderes proféticos de Jesús no podían fallar; segundo, supone o implica que las narraciones evangélicas de los pronunciamientos de Jesús son de fiar, aunque en estas predicciones especiales admite que son esencialmente confusas, y tercero, (aunque creemos que él no lo debería haber pasado por alto), la frase que él cita no es en modo alguno la única que indica que Jesús mismo tenía la convicción, que sin duda comunicó a sus seguidores, de que su segunda venida para juzgar al mundo tendría lugar en una fecha muy temprana. No sólo tendría lugar "inmediatamente" después de la destrucción de la ciudad (Mat. 24:29), sino que sería presenciada por muchos de los que lo escuchaban. Y estas predicciones no están en modo alguno mezcladas con las de la destrucción de Jerusalén: "De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:28); "De cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23); "Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a tí?" (Juan 21:23), y los pasajes correspondientes en los otros sinópticos. "Si, pues, Jesús no dijo estas cosas, los evangelios deben ser extrañamente inexactos. Si las dijo, su facultad profética no puede haber sido lo que Hutton cree. De que todos sus discípulos tenían esta esperanza errónea, y la sostenían con la supuesta autoridad de su Maestro, no puede haber ninguna duda en absoluto. (Véase 1 Cor. 10:11, 15:51; Fil. 14:5; 1 Tesa. 14:15; Sant. 5:8; 1 Pedro 4:7; 1 Juan 2:18; Apoc. 1:13; 22:7,0,12). La verdad es que Hutton reconoce esto por lo menos tan franca y plenamente como lo hemos dicho".- W. R. Greg, en Contemporary Review, Nov. 1876. Para los que sostienen que nuestro Señor predijo el fin del mundo antes de que pasara aquella generación, las objeciones del escéptico presentan una formidable dificultad - insuperable de veras, sin recurrir a evasiiones forzadas y antinaturales, o admisiones que son fatales para la autoridad y la inspiración de las narraciones evangélicas. Nosotros, por el contrario, reconocemos plenamente la construcción de sentido común que adelanta Greg sobre el lenguaje de Jesús, y la no menos obvia aceptación de ese significado por parte de los apóstoles. Pero llegamos a una conclusión directamente contraria a la del crítico, y apelamos a la profecía del Monte de los Olivos como señalado ejemplo y demostración de la visión sobrenatural del Señor. LA PARUSÍA EN
LOS HECHOS EL "IRSE" Y EL "VENIR OTRA VEZ" Hechos 1:11. - "Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo". La última conversación de Jesús con sus discípulos antes de su crucifixión trató de que regresaría, y la última palabra que les dejó a su ascensión fue la promesa de que vendría otra vez. La expresión "así vendrá" no debe ser enfatizada demasiado. Hay puntos obvios de diferencia entre la manera de su ascensión y la Parusía. Se fue solo, y sin esplendor visible: habría de regresar en gloria con sus ángeles. Las palabras, sin embargo, dan a entender que su venida sería visible y personal, lo cual excluiría la interpretación que la considera como providencial, o espiritual. La visibilidad de la Parusía está apoyada por la enseñanza uniforme de los apóstoles y la creencia de los primeros cristianos: "Todo ojo le verá" (Apoc. 1:7). No hay indicación
de tiempo en esta promesa final, pero es sólo razonable
suponer que los discípulos la considerarían como dirigida a ellos,
y que ellos abrigarían la esperanza de verle pronto otra vez, según
las propias palabras de Él: "Un poquito, y me veréis". Esta creencia
les llevó de vuelta a Jerusalén con gran gozo. ¿Es creíble que ellos
habrían podido experimentar este regocijo si hubiesen concebido que
su venida no tendría lugar durante dieciocho siglos? ¿O podemos
suponer que su gozo descansaba en un engaño? No hay conclusión
posible sino la que sostiene que la creencia de los discípulos
estaba bien fundada, y que la Parusía estaba a las puertas.
VIENEN LOS ÚLTIMOS DÍAS
Este derramamiento del Espíritu Santo introdujo otros acontecimientos, que ocurrirían de manera semejante. El día del juicio para la nación teocrática había llegado, y antes de mucho, los presagios de "aquel día grande y terrible de Jehová" serían manifestados. Es imposible dejar de reconocer la correspondencia entre los fenómenos que precedieron al día del Señor como lo predijo Joel, y los fenómenos descritos por nuestro Señor como precedentes a su venida, y el juicio de Israel (Mat. 24:29). Las palabras de Joel sólo pueden referirse a los últimos días de la era judía o el eón judío, la ounteleia ton aiwnoj, que fue también el tema de la profecía de nuestro Señor en el Monte de los Olivos. De manera semejante, las palabras de Malaquías evidentemente se refieren al mismo acontecimiento y al mismo punto en el tiempo - "el día de su venida", "el día ardiente como un horno", "el día grande y terrible de Jehová" (Mal. 3:2; 4:1-5). No puede concebirse nada más autorizado y decisivo que el consenso de testimonios que tenemos aquí - Joel, Malaquías, Pedro, y el grann Profeta del nuevo pacto en persona. Todos ellos hablan del mismo suceso y del mismo período, el gran día del Señor, la Parusía, y hablan de ellos como cercanos. ¿Por qué estorbar y desconcertar una predicción tan clara con suposiciones, referencias dobles, y cumplimientos ulteriores? Ninguna otra cosa encajará en esta profecía excepto ese suceso, que es el único al cual se refiere, y con el cual se corresponde como la impresión con el sello y la cerradura con la llave. La catástrofe de Israel y Jerusalén estaba cerca, había sido prevista hacía mucho tiempo, a menudo había sido predicha, y ahora era inminente. La misma generación que había visto, rechazado, y crucificado al Rey, presenciaría el cumplimiento de sus advertencias cuando Jerusalén perecería en "sangre y fuego, y vapor de humo". LA DESTRUCCIÓN
VENIDERA
Este versículo fija la referencia del discurso del apóstol. Era la generación existente cuya destrucción venidera él preveía, y fue de la participación en su destino de lo que urgía a sus oyentes a escapar. No era sino el eco del clamor del Bautista: "Huid de la ira venidera". Aquí, nuevamente, no puede haber duda del significado de "genea"; era aquella "generación perversa", que estaba colmando la medida de su predecesora, la nación perversa e incorregible sobre la cual pendía el juicio. Antes de
abandonar este discurso de Pedro, podemos señalar otro ejemplo de
una proposición universal que debe tomarse en sentido restringido.
"Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne". La efusión del
Espíritu Santo el día de Pentecostés no fue literalmente universal,
sino indiscriminada y general en comparación con ocasiones
anteriores. El uso necesariamente limitado de una frase tan larga
muestra cómo puede justificarse una limitación similar en
expresiones como "todas las naciones", "toda criatura", y "todo el
mundo". LA PARUSÍA Y
LA RESTAURACIÓN
Apenas es posible dudar de que, en este discurso, el apóstol habla de lo que él concebía que sus oyentes podrían experimentar y experimentarían, si obedecían su exhortación a arrepentirse y creer. En realidad, cualquier otra suposición sería absurda. No era imposible que ni el apóstol ni sus oyentes pudieran pensar en "tiempos de refrigerio" y "restauración de todas las cosas" en épocas remotas del mundo; las bendiciones que estaban a una distancia de siglos y milenios difícilmente serían motivos poderosos para el arrepentimiento inmediato. Debemos, por lo tanto, considerar los tiempos de refrigerio y de restauración como los considera el apóstol, cercanos, y al alcance de aquella generación. Pero, si es así, ¿qué hemos de entender por "tiempos de refrigerio" y "restauración de todas las cosas"? Sin duda, casi lo mismo; y la una frase nos ayudará a entender la otra. Se dice que la restauración [apokatustasij] de todas las cosas es el tema de toda la profecía; entonces, sólo puede referirse a lo que la Escritura designa como "el reino de Dios", fin y propósito de todas las relaciones de Dios con Israel. Era una frase bien entendida por los judíos de aquel período, que esperaban los días del Mesías, el reino de Dios, como cumplimiento de todas sus esperanzas y aspiraciones. Era la era venidera o el eón venidero, aiwn o mellwn, cuando todas las injusticias habrían de corregirse, y reinarían la verdad y la justicia. La nación entera estaba impregnada de la creencia de que esta época feliz estaba a punto de iniciarse. ¿Cuál era la doctrina de nuestro Señor sobre este tema? Dijo a sus discípulos: "Elías a la verdad vendrá primero, y restaurará todas las cosas" (Mar. 9:12). Es decir, el segundo Elías, Juan el Bautista, y había iniciado la restauración que Él mismo habría de completar; había echado los cimientos del reino que Él habría de consumar y coronar. Porque la misión de Juan era, en un aspecto, restauradora, esto es, en intención, aunque no en efecto. Vino a hacer volver la nación a su lealtad, a renovar su relación de pacto con Dios: iba delante del Señor, "en el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a lo hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Luc. 1:17). ¿Qué es todo esto, sino la descripción de "los tiempos de refrigerio de la presencia del Señor", y "la restauración de todas las cosas", que eran presentados como dones de Dios para Israel? Pero, ¿tenemos alguna indicación clara del período en que podrían esperarse estas bendiciones ofrecidas? ¿Estaban en el futuro distante, o a las puertas? La nota de tiempo aparece marcada claramente en el versículo 20. La venida de Cristo está especificada como el período en que estas gloriosas expectativas han de convertirse en realidad. Nada puede ser más claro que la conexión y la coincidencia de estos sucesos, la venida de Cristo, los tiempos de refrigerio, y la restauración de todas las cosas. Esto armoniza con la uniforme representación que se da en la escatología del Nuevo Testamento: la Parusía, el fin del tiempo, la consumación del reino de Dios, la destrucción de Jerusalén, el juicio de Israel, todos sincronizan. Encontrar la fecha de uno es establecer la fecha de todos. Ya hemos visto cuán definidamente fue fijado el tiempo del cumplimiento de algunos de estos sucesos. El Hijo del hombre había de venir en su reino antes de la muerte de algunos de algunos de los discípulos. La catástrofe de Jerusalén había de tener lugar antes de que pasara la generación que entonces existía. El día grande y terrible del Señor es representado por Pedro en el capítulo anterior como alcanzando a aquella "desgraciada generación". Y ahora, en el pasaje que consideramos, da a entender, con la misma claridad, que la llegada de los tiempos de refrigerio y la restauración de todas las cosas, eran contemporáneas con "enviar a Cristo" desde el cielo. Pero puede decirse: ¿Cómo puede una catástrofe tan terrible como la destrucción de Jerusalén estar asociada con tiempos de refrigerio o restauración? La medalla tenía dos lados: había el reverso y el anverso. La incredulidad y la impenitencia cambiarían los "tiempos de refrigerio" en "días de retribución". Si ellos "menospreciaban las riquezas de su benignidad, paciencia, y longanimidad" de Dios, entonces, en vez de restauración, habría destrucción; y en vez del día de salvación, habría "día de ira, y revelación del justo juicio de Dios" (Rom. 2:4,5). Sabemos la elección fatal que hizo Israel; cómo "vino la ira sobre ellos al máximo"; y sabemos cómo ocurrió todo en el período señalado y predicho, al "fin del tiempo", dentro de los límites de aquella generación. Así, podemos definir el período al cual hace alusión el apóstol en este pasaje, y llegar a la conclusión de que coincide con la Parusía. Somos conducidos a la misma conclusión por otro camino. En Mateo 19:28, nuestro Señor declara a sus discípulos: "De cierto os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria", etc. Ya hemos comentado este pasaje, pero es bueno observar otra vez que la "regeneración" [paliggenesia] en Mateo es el equivalente preciso de la "restauración" [apokastastasij] de Hechos. Lo que se quiere decir con la regeneración es claro más allá de toda sombra de duda, porque es el tiempo "cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria". Pero este es el período cuando venga a juzgar a la nación culpable (Mat. 25:31). No hay posibilidad de equivocar el tiempo; no hay ninguna dificultad en identificar el suceso; es el fin del tiempo, y el juicio de Israel. Llegamos así a la
misma conclusión por una ruta diferente e independiente, reforzando
inconmensurablemente la fuerza de la demostración. CRISTO HA DE JUZGAR PRONTO AL MUNDO
Ya hemos visto que se dclara que el Señor Jesucristo es constituído Juez de los hombres (Juan 5:22,27). Con la misma claridad se declara que el tiempo de juicio es la Parusía. Con igual claridad, se nos enseña que la Parusía habría de ocurrir dentro del término de la generación que entonces vivía. Por lo tanto, Pablo ve el juicio como cercano. En el pasaje ahora delante de nosotros, tenemos una confirmación incidental pero inadvertida de este hecho. Las palabras "él juzgará" no expresa un simple futuro, sino un futuro rápido, mellei krinein, está a punto de juzgar, o juzgará pronto. Este matiz de significado no se conserva en nuestra versión de habla inglesa, pero no carece de importancia. Aquí, pues, nos encontramos nuevamente con la a menudo recurrente asociación de la Parusía con el juicio, los cuales eran evidentemente considerados por el apóstol como a las puertas. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS Introducción Hemos visto cómo la Parusía, o venida de Cristo, está difundida en los evangelios de principio a fin. La encontramos claramente anunciada por Juan el Bautista al comienzo mismo de su ministerio, y es el último pronunciamiento de Jesús registrado por Juan. Entre estos dos puntos, encontramos constantes referencias al suceso en varias formas y en varias ocasiones. También hemos visto que la Parusía está asociada generalmente con el juicio; esto es, el juicio de Israel y la destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén. La razón de esta asociación de la venida de Cristo con el juicio de Israel es muy evidente. La Parusía era el suceso culminante en lo que puede llamarse la historia mesiánica, o el gobierno teocrático del pueblo judío. La encarnación y la misión del Hijo de Dios, aunque tenían una relación general con la raza humana entera, tenía al mismo tiempo una relación especial y peculiar con la nación del pacto, los hijos de Abraham. Cristo era en verdad el "segundo Adán", la nueva Cabeza y el nuevo Representante de la raza, pero, antes de eso, era el Hijo de David y el Rey de Israel. Su propia y declarada visión de su misión era que era, primero que todo, especial para el pueblo escogido: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mat. 15:24). El título mismo que reclamaba para sí, "Cristo", el Mesías, o el Ungido, indicaba su relación con el judaísmo y la teocracia, porque le reconocía como verdadero Rey, venido en la plenitud del tiempo "a los suyos", para tomar posesión del trono de su padre David. Este especial carácter judaico de la misión del Señor Jesús es constantemente reconocido en el Nuevo Testamento, aunque es ignorado por los teólogos y casi olvidado por los cristianos en general. Pablo hace mucho énfasis en esto. "Pues os digo que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres" (Rom. 15:8); y, podríamos muy bien añadir: "para cumplir las amenazas" también. La frase "el reino de Dios" es claramente una idea mesiánica y teocrática, y hace referencia especial y única a Israel, sobre el cual el Señor era Rey, en cierto sentido peculiar a esa nación solamente (Deut. 7:6; Amós 3:2). Veremos que "el reino de Dios" está representado como llegando a su consumación en el período de la destrucción de Jerusalén. Ese suceso marca el desenlace del gran plan de la providencia, o economía, divina, como se le llama, que comenzó con el llamado de Abraham y estuvo en operación durante dos mil años. Podemos considerar ese plan, la dispensación judía, no sólo como un importante factor en la educación del mundo, sino también como un experimento, a gran escala y bajo las más favorables circunstancias, para, si fuere posible, formar un pueblo para el servicio, y el temor, y el amor de Dios; una nación modelo, cuya influencia moral podría bendecir al mundo. En algunos respectos, sin duda, fue un fracaso, y su fin fue trágico y terrible; pero lo que es importante que notemos, en relación con esta investigación, es que la relación entre Cristo, el Hijo de David y Rey de Israel, con la nación judía explica la prominencia que los evangelios dan a la Parusía, y los sucesos que la acompañaron, como poseedores de una relación especial con aquel pueblo. El no prestar atención a esto ha engañado a muchos teólogos y comunicadores. Han leído "el planeta tierra", donde sólo se quería decir "el territorio"; "la raza humana", cuando sólo se quería decir "Israel"; "el fin del mundo", donde se aludía al "fin de la era o dispensación". Al mismo tiempo, sería un grave error subestimar la importancia y la magnitud del suceso que tuvo lugar en la Parusía. Fue una gran época en el gobierno divino del mundo: el fin de una economía que había durado dos mil años; la terminación de un eón y el comienzo de otro; la abrogación del "antiguo orden" y la inauguración del nuevo. Es, sin embargo, su especial relación con el judaísmo lo que da a la Parusía su principal significado e importancia. Pasando de los evangelios a las epístolas, encontramos que la Parusía ocupa un lugar conspicuo en las enseñanzas y los escritos de los apóstoles. Es natural y razonable que fuese así. Si su Maestro les enseñó durante su vida que vendría otra vez; que algunos de ellos vivirían para verle regresar; si, en su conversación de despedida con ellos en la cena pascual Él se espació en lo corto del intervalo de su ausencia, y lo llamó "un poco"; si, a su ascensión, los mensajeros divinos les habían asegurado que Él vendría otra vez como le habían visto irse, sería realmente extraño que hubiesen olvidado o perdido de vista la inspiradora esperanza de una pronta reunión con el Señor. Ciertamente, a menudo expresan la esperanza de su venida. Esa esperanza era la estrella matutina y la alborada que les alegraba en la noche tenebrosa de tribulación a través de la cual tenían que pasar; se consolaban los unos a los otros con la consigna familiar: "El Señor está a las puertas". Sentían que, en cualquier momento, su esperanza podía convertirse en realidad. La esperaban, la buscaban, la anhelaban, y se exhortaban los unos a los otros a velar y a orar. Eso les había mandado el Señor, y eso hacían. ¿Podrían estar equivocados? ¿Es posible que acariciaran ilusiones sobre este tema? ¿Podrían haber malentendido las enseñanzas del Señor? Si esto era posible, estremecería los fundamentos de nuestra fe. Si los apóstoles podían estar en error con respecto a un hecho sobre el cual ellos tenían el más amplio medio de información, y sobre el cual profesaban hablar con autoridad como órganos de inspiración divina, ¿qué confianza podía tenérseles con respecto a otros temas, que por su naturaleza eran obscuros, abstrusos, y misteriosos? 2 Nadie que tenga alguna fe en la certeza que el Salvador dio a sus discípulos de que enviaría al Espíritu Santo "para guiarles a toda verdad" y para "recordarles todas las cosas que les había dicho" puede dudar que la autoridad con que los apóstoles hablaban concerniente a la Parusía es igual a la de nuestro Señor mismo. La hipótesis de que puede hacerse una distinción entre lo que ellos creían y enseñaban sobre este tema, y lo que creían y enseñaban sobre otros temas, no soporta ni el más ligero examen. La totalidad de la enseñanza de los discípulos descansa en el mismo fundamento, y ese fundamento es el mismo sobre el cual descansa la doctrina de Cristo mismo. Ahora procedemos a examinar las referencias a la Parusía contenidas en las epístolas de Pablo, considerándolas en orden cronológico, hasta donde se puede establecer. LA PARUSÍA EN
LAS EPÍSTOLAS LA PRIMERA EPÍSTOLA A LOS TESALONICENSES Se cree generalmente que ésta es la primera de todas las epístolas apostólicas, y su fecha es asignada al año 52 d. C., dieciséis años después de la conversión de Pablo [1] y veintidós años después de la crucifixión de nuestro Señor. Es evidente, por lo tanto, que cualesquiera sugerencias de inexperiencia, o entusiasmo recién nacido, que sean visibles en esta epístola y que más tarde hayan sido atenuadas por el juicio más maduro de años subsiguientes, están bastante fuera de lugar. No podemos detectar ninguna diferencia en la fe y la esperanza de "Pablo el anciano" y el del "importante y poderoso" escritor de esta epístola. Es, por lo tanto, sumamente instructivo observar los sentimientos y las creencias que eran manifiestamente actuales y prevalecientes en las mentes de los primeros cristianos. Bengel observa: "Los tesalonicenses estaban llenos de la esperanza del advenimiento de Cristo. Tan laudable era su posición, tan libre y desembarazada era la regla del cristianismo entre ellos, que cada hora podían esperar la venida del Señor Jesús". [2] Este es un extraño razonamiento. Es verdad que los tesalonicenses estaban llenos de la esperanza de la pronta venida de Cristo, pero, si en esta esperanza ellos estaban engañados, ¿dónde está lo laudable de trabajar bajo un engaño? Si era una debilidad amigable, "sancta simplicitas", esperar el pronto regreso de Cristo, parece un pobre cumplido alabar su credibilidad a expensas de su entendimiento. Descubriremos, sin embargo, que los cristianos de Tesalónica no necesitan ninguna disculpa para su fe. LA ESPERANZA
DE LA PRONTA
Este pasaje es interesante en que muestra muy claramente el lugar que la esperada venida de Cristo ocupaba en la creencia de las iglesias apostólicas. Estaba en primera fila; era una de las principales verdades del evangelio. Pablo describe la nueva actitud de estos conversos tesalonicenses cuando se "volvieron de sus ídolos para servir al Dios vivo y verdadero"; era la actitud de "esperar a su Hijo". Es muy significativo que esta verdad particular fuera seleccionada de entre todas las grandes doctrinas del evangelio, y debería ser hecha la característica prominente que distinguía a los conversos cristianos de Tesalónica. Toda la vida cristiana está aparentemente resumida bajo dos encabezados, uno general, el otro particular: el primero, el servicio del Dios viviente; el segundo, la expectativa de la venida de Cristo. Es imposible resistir la inferencia: (1) Que esta última doctrina constituía una parte integral de la enseñanza apostólica. (2) Que la esperanza del pronto regreso de Cristo era la fe de los cristianos primitivos. (3) Porque, ¿cómo iban a esperar? Seguramente, no en sus tumbas; no en el cielo; ni en el Hades; es claro que mientras estuviesen vivos en la tierra. La forma de expresión "esperar de los cielos a su Hijo" manifiestamente implica que ellos, mientras estaban en la tierra, esperaban la venida de Cristo desde el cielo. Alford observa que "el aspecto especial de la fe de los tesalonicenses era la esperanza; esperanza en el regreso del Hijo de Dios desde el cielo", y añade un comentario singular: "Evidentemente, ellos sostenían esta esperanza como señalando a un suceso más inmediato de lo que la iglesia desde entonces ha creído que era. Ciertamente, estas palabras les darían una idea de la cercanía de la venida de Cristo; y quizás el malentendido de ellos haya contribuido a la idea que el apóstol corrige en 2 Tes. 2:1". Esta es una sugerencia de que los tesalonicenses estaban equivocados al esperar el regreso del Señor en sus días. Pero, ¿de dónde derivaban esta expectativa? ¿No era del apóstol mismo? Veremos que los tesalonicenses erraron, no en esperar la Parusía, o en esperarla en sus propios días, sino en suponer que el tiempo ya había llegado en realidad. La última cláusula del versículo
no es menos importante: "Jesús, quien nos libra de la ira venidera".
Estas palabras nos retrotraen a la proclamación de Juan el Bautista:
"Huid de la ira venidera". Sería un error suponer que Pablo se
refiere aquí a la retribución que aguarda a cada alma pecadora en un
estado futuro: lo que él tenía en mente era una catástrofe
particular y predicha. "La ira venidera" [h orgh h ercomenh] de este
pasaje es idéntica a la "ira venidera" [orgh mellousa] del
segundo Elías; es idéntica a los "días de retribución" y a la "ira
sobre este pueblo" predichas por nuestro Señor, Lucas 26:23. Es "el
día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios" de lo
cual habla Pablo en Rom. 2:5. Esa venidera "dies irae"
siempre se destaca clara y visiblemente durante todo el Nuevo
Testamento. Ahora no estaba distante, y, aunque Judea podría ser el
centro de la tormenta, el ciclón del juicio arrasaría otras regiones
y afectaría a multitudes que, como los tesalonicenses, podrían haber
pensado que estaban fuera de su alcance. Sabemos por Josefo cómo el
estallido de la guerra de los judíos fue la señal para la masacre y
el exterminio en cada ciudad en que habitantes judíos se habían
asentado. Fue a esta ubicuidad de la "ira venidera" a la que se
refirió nuestro Señor cuando dijo: "Donde esté el cuerpo muerto,
allí se juntarán las águilas" (Lucas 17:37). Aquí nuevamente, como
con tanta frecuencia hemos tenido ocasión de observar, la Parusía
está asociada con el juicio. LA IRA VENIDERA SOBRE EL PUEBLO JUDÍO 1 Tes. 2:16. "Vino sobre ellos la ira hasta el extremo". Aquí el apóstol representa la "ira venidera" como si ya hubiese venido. Ahora, es verdad que el juicio de Israel, esto es, la destrucción de Jerusalén y la extinción de la nacionalidad judía, no habían tenido lugar todavía. Bengel parece pensar que el apóstol alude a una terrible matanza de judíos que acababa de suceder en Jerusalén, donde "una inmensa multitud de personas (algunos dicen que más de treinta mil) fue asesinada". [4] La explicación de Alford es: "Él considera el hecho del consejo divino como una cosa en tiempo pasado, q.d. "que estaba señalada para que viniese", no ha "venido". Jonathan Edwards, en su sermón sobre este texto, lo refiere a la destrucción de Jerusalén que se acercaba. "La ira ha venido", es decir, está justo aquí; a las puertas: como está probado con respecto a esa nación: su terrible destrucción por los romanos ocurrió poco tiempo después de que el apóstol escribió esta epístola". [5] O la suposición de Bengel es correcta, o la catástrofe final estaba, según lo veía el apóstol, tan cercana y era tan segura que hablaba de ella como de un hecho consumado. En los versículos 15 y 16,
podemos detectar una alusión bien clara en el lenguaje del apóstol a
las acusaciones de nuestro Señor contra "aquella generación malvada
(Mat. 23:31,32,36). LA RELACIÓN
ENTRE LA PARUSÍA
La uniforme enseñanza del Nuevo Testamento es que el suceso que habría de ser tan fatal para los enemigos de Cristo habría de ser favorable para sus amigos. Por todas partes, los más malévolos opositores y perseguidores del cristianismo fueron los judíos; la aniquilación de la nacionalidad judía, por tanto, eliminó al más formidable antagonista del evangelio y trajo reposo y alivio a los sufridos cristianos. Nuestro Señor había dicho a los discípulos, hablando de esta catástrofe que se aproximaba: "Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca" (Lucas 21:28). Pero esta explicación está lejos de agotar el significado entero de tales pasajes. No puede dudarse de que la Parusía, en todas partes, está representada como la corona de las esperanzas y aspiraciones cristianas; cuando ellos "heredarían el reino" y "entrarían en el gozo de su Señor". Tal es la clara enseñanza tanto de Cristo como de sus apóstoles, y la encontramos claramente expresada en las palabras de Pablo que ahora tenemos delante. La Parusía habría de ser la consumación de la gloria y la felicidad para los fieles, y el apóstol buscaba "su corona" en la "venida" de Cristo. CRISTO VENDRÁ CON TODOS SUS SANTOS
Este pasaje proporciona otra prueba de que el apóstol consideraba el período de la venida de nuestro Señor como la consumación de la bienaventuranza de su pueblo. Aquí él la representa como una época judicial en que la condición moral y el carácter de los hombres serían escrutados y revelados. Esto concuerda con 1 Cor. 4:5: "Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios". De manera similar, en Col. 1:22 encontramos una expresión casi idéntica: "Para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él", palabras que sólo pueden ser entendidas como que se refieren a una investigación y aprobación judiciales. Que este prospecto no estaba distante, sino, por el contrario, muy cercano, lo implica el tenor entero del lenguaje del apóstol. ¿Está Pablo todavía sin su corona de gozo? ¿Están sus conversos de Tesalónica todavía esperando al Hijo de Dios que venga del cielo? ¿No están todavía "establecidos en santidad delante de Dios"? ¿Todavía no han sido presentados santos, sin mancha, e irreprensibles delante de él? Porque ésta habría de ser su felicidad "a la venida de Jesús" y no antes. Si, por lo tanto, ese suceso nunca hubiera tenido lugar, ¿qué habría sido de su ansiosa expectativa y su esperanza? Si ellos hubieran podido saber que cientos y miles de años tenían que transcurrir lentamente, ¿podrían Pablo y sus hijos en la fe haberse llenado de alegría con el pensamiento de la gloria venidera? Pero, en la suposición de que la Parusía estaba a las puertas; que todos ellos podían esperar presenciar su llegada, entonces, cuán natural e inteligible se vuelven esta ansiosa expectación y esta esperanza. Que tanto el apóstol como los tesalonicenses creían que "la venida del Señor estaba cerca" es tan evidente que apenas requiere algún argumento para probarlo. La única pregunta es: ¿Estaban equivocados, o no? Puede añadirse una observación sobre la palabra que concluye la frase: "Agioi", santo, puede referise a ángeles, o a hombres, o ambos. No hay nada en el texto para establecer la referencia. Es verdad que, en el siguiente capítulo (ver. 14), se nos dice que a los que durmieron en Jesús traerá Dios con él, pero esto parece referirse a la resurrección de los santos que duermen en sus tumbas, más bien que a su venida desde el cielo con Él. Por lo tanto, estamos impedidos de referir agioi a los muertos en Cristo. Tanto más cuanto que Cristo, a su venida, siempre es representado como asistido por sus ángeles. "Él vendrá con sus ángeles" (Mat. 16:27); "con los santos ángeles" (Mar. 8:38); "con los ángeles de su poder" (2 Tes. 1:7); "todos los santos ángeles con él" (Mat. 25:31). Esto concuerda también con el uso
en el Antiguo Testamento. El estado real de Jehová cuando vino a dar
la ley en Sinaí se describe así: "Vino de entre diez millares de
santos", es decir, ángeles (Deut. 33:2). "Los carros de Dios se
cuentan por veintenas de millares de millares; el Señor viene del
Sinaí a su santuario" (Sal. 68:17). "Vosotros que recibísteis la ley
por disposición [por mandato de - Alford] ángeles" (Hech. 7:53).
Podemos, por lo tanto, considerar como probable que la referencia en
este pasaje es a los ángeles. SUCESOS QUE ACOMPAÑAN LA PARUSÍA 1. La resurrección de los muertos
en Cristo.
Evidentemente, estas explicaciones de Pablo tenían el propósito de enfrentarse a un estado de cosas que había comenzado a manifestarse entre los cristianos de Tesalónica, y que le había sido informado por Timoteo. Esperando ansiosamente la venida de Cristo, deploraban la muerte de sus compañeros cristianos, pues esto les excluía de participar en el triunfo y la bienaventuranza de la Parusía. "Temían que estos cristianos fallecidos perdieran la felicidad de presenciar la segunda venida de su Señor, que ellos esperaban contemplar pronto". [6] Para corregir este malentendido, el apóstol da las explicaciones contenidas en este pasaje. Primero, les asegura que no tenían razón para lamentar la partida de sus amigos en Cristo, como si aquellos hubiesen quedado en alguna desventaja al morir antes de la venida del Señor; porque, así como Dios había resucitado a Jesús de entre los muertos, así también, cuando regresara en gloria, resucitaría de sus tumbas a sus discípulos que dormían. Segundo, les informa, por autoridad del Señor Jesús, que los de entre ellos que vivieran para ver su venida no precederían, o no tendrían ninguna ventaja sobre, los fieles que hubiesen muerto antes de ese acontecimiento. Tercero, describe el orden de los sucesos que acompañan a la Parusía:
La legítima deducción de las palabras de Pablo en el vers. 15, "nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor", es que él esperaba como posible, y hasta como probable, que sus lectores y él mismo estuviesen vivos a la venida del Señor. Tal es la interpretación obvia y natural de su lenguaje. Dean Alford observa, con mucha fuerza y sinceridad:
Pero, aunque admite que el apóstol tenía esta esperanza, Alford lo trata como un error, pues continúa diciendo:
De la misma manera, encontramos las siguientes observaciones en Conybeare y Howson, (cap. 11):
Pero la pregunta es: ¿Tenían los
apóstoles suficiente base para sus esperanzas? ¿No estaban
plenamente justificados al creer como creían? ¿No había predicho el
Señor expresamente su propia venida dentro de los límites de la
generación existente? ¿No había conectado su venida con la
destrucción del templo y la subversión del gobierno nacional de
Israel? ¿No había asegurado a sus discípulos que dentro de "un
poco" le verían de nuevo? ¿No había declarado que algunos de
ellos vivirían para presenciar su regreso? Y, después de todo esto,
¿es necesario encontrar excusas para Pablo y los primitivos
cristianos, como si hubiesen actuado bajo engaño? Si lo hicieron, no
fue su culpa, sino la de su Maestro. Habría sido realmente extraño
que, después de todas las exhortaciones que habían recibido de estar
alerta, de velar, de vivir continuamente esperando la Parusía, los
apóstoles no hubiesen creído confiadamente en la pronta venida de
Jesús, y no hubiesen enseñado a otros a hacer lo mismo. Pero
parecería que Pablo hace descansar sus explicaciones a los
tesalonicenses en la autoridad de una especial comunicación divina a
él mismo. "Esto os digo por palabra del Señor", etc. Esto puede
difícilmente significar que el Señor lo había predicho así en su
discurso profético en el Monte de los Olivos, porque ninguna
declaración de esta clase aparece registrada; por lo tanto, debe
referirse a una revelación que él mismo había recibido. ¿Cómo,
entonces, podría equivocarse en sus esperanzas? Es extraño que en
sus días existiera tan grande incredulidad con respecto al sencillo
significado de las expresas afirmaciones de nuestro Señor sobre este
tema. Cumplido o no, acertado o equivocado, no hay ninguna
ambigüedad ni incertidumbre en su lenguaje. Puede decirse que no
tenemos ninguna evidencia de que tales hechos hayan ocurrido como se
describe aquí - el descenso del Señor con aclamación, el sonar de la
trompeta, la resurrección de los muertos que duermen, el
arrebatamiento de los santos vivos. Cierto; pero, ¿es cierto que
estos hechos son cognoscibles por los sentidos? ¿Está su lugar en la
región de lo material y lo visible? Como ya hemos dicho, sabemos y
estamos seguros de que una gran parte de los sucesos predichos por
nuestro Señor, y esperados por sus apóstoles, en realidad ocurrieron
en aquella misma crisis llamada "el fin de la época". No hay
diferencia de opinión concerniente a la destrucción del templo, el
derrumbe de la ciudad, la matanza sin paralelo de la gente, la
extinción de la nacionalidad, el fin de la dispensación legal. Pero
la Parusía está inseparablemente ligada a la destrucción de
Jerusalén; y, de manera semejante, la resurrección de los muertos, y
el juicio de la "generación malvada", a la Parusía. Son partes
diferentes de una gran catástrofe; escenas diferentes de un gran
drama. Nosotros aceptamos los hechos verificados por el historiador
por la palabra de un hombre; han de titubear los cristianos
en aceptar los hechos que están garantizados por la palabra del
Señor? EXHORTACIONES
A VELAR EN ESPERA
Es manifiesto que estos llamados urgentes a velar no tendrían ningún significado, a menos que el apóstol creyera en la cercanía de la crisis venidera. ¿Era para los tesalonicenses, o para alguna generación nonata en el muy distante futuro, que Pablo escribía estas líneas? ¿Por qué instar a los hombres en el año 52 a velar y estar alertas para una catástrofe que no habría de tener lugar durante cientos y miles de años? Cada una de las palabras de esta exhortación supone que la crisis se cierne sobre el pueblo y es inminente. Decir que el apóstol no escribe
para ninguna generación ni para ningunas personas en particular es
lanzar un aire de irrealidad sobre sus exhortaciones, contra el cual
se revuelve la crítica reverente. Ciertamente se refería a las
mismas personas a las cuales escribió, y que leyeron su epístola, y
no pensó en ningunas otras. No podemos aceptar la sugerencia de
Bengel de que "nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado"
son sólo personajes imaginarios, como los nombres de Cayo y Ticio
(Juan Pérez y Ricardo Perico); porque nadie puede leer esta epístola
sin ser consciente de la cálida adhesión personal y el afecto hacia
los individuos que se respiran en cada línea. Concluimos, por lo
tanto, que el todo tenía que ver, directa y actualmente, con la
posición real y las expectativas de las personas a las cuales está
dirigida la epístola. ORACIÓN PARA
QUE LOS TESALONICENSES
Si todavía quedase una sombra de duda sobre la cuestión de si Pablo creía y enseñaba la incidencia de la Parusía en sus propios días, esta pasaje la disiparía. Ningunas palabras pueden implicar esta creencia más claramente que esta oración de que los cristianos tesalonicenses no murieran antes de la aparición de Cristo. La muerte es la disolución de la unión entre el cuerpo, el alma, y el espíritu, y la oración del apóstol es que el espíritu, el alma, y el cuerpo pudieran "todos juntos" [oloklhron] ser preservados en santidad hasta la venida del Señor. Esto implica la continuación de su vida corporal hasta aquel acontecimiento.
Notas: 1. Conybeare and Howson. 2. Gnomon, in loc. 3. "Todo lector de la Escritura sabe que la Primera Epístola a los Tesalonicenses habla de la venida de Cristo en términos que indican una expectativa de su pronta aparición: 'Os digo por la palabra de Dios', etc. (cap. 4:15-17; 5:4). Cualesquiera otras construcciones que estos textos puedan soportar, la idea que ellos dejan en la mente de un lector ordinario es la de que el autor de la epístola espera que el día del juicio tenga lugar en sus propios días, o cerca de ellos" - Paley´s Horae Paulinae, cap. ix. "Si se nos preguntase la característica que distinguía a los primeros cristianos de Tesalónica, deberíamos señalar su abrumador sentido de la cercanía del segundo advenimiento, acompañado de pensamientos melancólicos concernientes a los que podrían morir antes de él, y con ideas tenebrosas e imprácticas sobre lo corto de la vida y la vanidad del mundo. Cada capítulo de la primera epístola a los Tesalonicenses termina con una alusión a este tema; y era evidentemente el tema de frecuentes conversaciones cuando el apóstol estaba en Macedonia. Pero Pablo nunca habló ni escribió sobre el futuro como si el presente hubiera de ser olvidado. Cuando los tesalonicenses fueron amonestados sobre el advenimiento de Cristo, Él también les habló de otros sucesos futuros, llenos de advertencias prácticas para todas las edades, aunque para nuestros ojos todavía están envueltos en misterio - de la "apostasía" y del "hombre de pecado". 'Estas terribles revelaciones', dijo, 'deben preceder a la revelación del Hijo de Dios. ¿No recordáis', añade con énfasis en su carta, 'que, cuando todavía estaba con vosotros, os decía esto a menudo? Sabéis, por tanto, qué impide hasta ahora que sea revelado, como lo será en su propio tiempo'. Les dijo, en palabras de Cristo mismo, que 'los tiempos y las sazones de las venideras revelaciones eran conocidas sólo por Dios'; y les advirtió, como los primeros discípulos habían sido advertidos en Judas, que el gran día vendría de repente contra los hombres que no estuviesen preparados, como los dolores de la mujer cuyo tiempo se ha cumplido', y como 'ladrón en la noche', y les mostró tanto por precepto como por ejemplo que, aunque es cierto que la vida es corta y el mundo es vanidad, la obra de Dios debe hacerse con diligencia y hasta el fin' "- Conybeare and Howson, Life and Epistles of St. Paul, cap. 9. 4. Gnomon, in loc. 5. Works, vol. iv., p. 281. 6. Conybeare and Howson, cap. xi. 7. Greek Testament, in loc. 8. Conybeare and Howson´s translation. LA PARUSÍA EN
LAS EPÍSTOLAS LA SEGUNDA
EPÍSTOLA A La Segunda Epístola a los Tesalonicenses parece haber sido escrita poco después de la Primera, para corregir el malentendido en que algunos habían incurrido con respecto al tiempo de la Parusía, ya fuera por una errónea interpretación de la carta anterior del apóstol, o a consecuencia de alguna pretendida comunicación que circulaba entre ellos haciendo ver que era de él. De esta epístola aprendemos la naturaleza precisa del error que habían cometido algunos de los tesalonicenses en relación con que el tiempo de la Parusía había llegado en realidad. A consecuencia de esta opinión, algunos habían comenzado a descuidar sus ocupaciones seculares y a subsistir de la caridad ajena. Para detener los males que pudieran surgir, o que habían surgido, de tales impresiones erróneas, Pablo escribió esta segunda epístola, recordándoles que ciertos sucesos, que todavía no habían tenido lugar, tenían que preceder al "día del Señor". Sin embargo, no hay nada en la epístola que indique que la Parusía era un suceso distante, sino todo lo contrario. LA PARUSÍA, UN
TIEMPO DE JUICIO PARA LOS ENEMIGOS
Por las alusiones al comienzo de esta epístola, es obvio que los tesalonicenses sufrieron severamente en este tiempo a causa de la maldad de sus perseguidores judíos, y de aquellos "ociosos hombres malos" que se les habían unido (Hechos 17:5). El apóstol les consuela con la esperanza de liberación cuando aparezca el Señor Jesús, lo cual traería reposo para ellos y retribución para sus enemigos. Esto concuerda perfectamente con las representaciones que se hacen constantemente con respecto a la Parusía - de que sería un tiempo de juicio para los impíos y de recompensa para los justos. El apóstol parece no anticipar el "reposo" del cual habla hasta la Parusía, "cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo", etc. De ello se sigue que Pablo concebía el reposo como muy cercano; pues, si la revelación del Señor Jesús fuera un acontecimiento todavía en el futuro, entonces deberíamos concluir que ni el apóstol ni los sufrientes cristianos han entrado todavía en ese reposo. Se observará que no se dice que la muerte ha de traerles reposo, sino "el apocalipsis" del Señor Jesús desde el cielo; una clara prueba de que el apóstol no consideraba ese apocalipsis como un suceso distante. Que este "apocalipsis", o revelación del Señor Jesús desde el cielo, es idéntico a la Parusía predicha por nuestro Salvador es tan evidente que no necesita ninguna prueba. Es "el día del Señor" (Lucas 17:24). "el día en que el Hijo del hombre es revelado" (Lucas 17:30), "el día que será revelado en fuego" (1 Cor. 3:13); "el día que arderá como un horno" (Mal. 4:1); "el día del Señor, grande y terrible" (Mal. 4:5). Es el día cuando "el Hijo del hombre venga en la gloria de su Padre con sus ángeles, para recompensar a cada uno según sus obras" (Mat. 16:27). Y una vez más, es el día concerniente al cual declaró nuestro Señor: "De cierto os digo, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:28). Somos, pues, traídos de vuelta a la misma verdad que encontramos por todas partes en el Nuevo Testamento, que la Parusía, el día del juicio de Israel, y la terminación de la dispensación judía, no era un suceso distante, sino que estaba dentro de los límites de la generación que rechazó al Mesías. Se objetará: ¿Qué tenía eso que
ver con Tesalónica y los cristianos allí? ¿Cómo podían la
destrucción de Jerusalén, o la extinción de la nacionalidad judía, o
el fin de la economía judía, afectar a personas a una distancia tan
grande de Judea como Tesalónica? Aunque fuese imposible dar una
respuesta satisfactoria a esta objeción, ello no alteraría el
significado sencillo y natural de las palabras, ni nos incumbiría
forzar una interpretación de ellas que no les correspondiese. Debe
permitírseles a las Escrituras hablar por sí mismas - una libertad
que muchos no desean concederles. Pero, con relación a la relación
entre la Parusía y los cristianos en Tesalónica, o fuera de Judea en
general, no puede negarse que el lenguaje de este pasaje, como el de
muchos otros, indica que fue un suceso en el cual todos tenían un
interés profundo y personal. Ni es suficiente decir que los más
encarnizados antagonistas del evangelio en Tesalónica eran judíos, y
que la revuelta judía fue la señal para la matanza de los habitantes
judíos en casi todas las ciudades del imperio. Puede que esto sea
verdad, pero no es toda la verdad, según la enseñanza apostólica.
Debemos admitir, por lo tanto, que, como se desarrolla el esquema
escatológico del Nuevo Testamento, se hace evidente que la Parusía y
los sucesos que la acompañan no se relacionaban con Judea
exclusivamente, sino que tenían un aspecto ecuménico o mundial, de
modo que los cristianos de todas partes podían buscarla y anhelarla,
y saludar su llegada como el día de triunfo y de gloria. Al seguir
adelante, encontraremos amplia evidencia de este apecto más amplio
del "día de Cristo", como una gran época en la divina administración
del mundo. SUCESOS QUE DEBEN PRECEDER A LA PARUSÍA 1. La
Apostasía
Pocos pasajes han preocupado y desconcertado más a los comentaristas, o han sido considerados hasta la fecha como sumergidos en mayor oscuridad, que el que tenemos delante de nosotros. No hay razón, sin embargo, para suponer que era ininteligible para los tesalonicenses, pues se refiere a cuestiones que habían sido tema de frecuentes conversaciones entre ellos y el apóstol, y posiblemente no poco de la obscuridad de la que se quejan los expositores surge del hecho de que, para los tesalonicenses, sólo era necesario dar indicios, más bien que explicaciones completas. El apóstol comienza declarando los temas sobre los cuales desea corregir a los tesalonicenses. Son: (1) "la venida de Cristo", y (2) "nuestra reunión con él". Es evidente que el apóstol las considera simultáneas o, en todo caso, estrechamente relacionadas. ¿Qué debemos entender por "reunirnos con Cristo" en la Parusía? No hay duda de que hay aquí una referencia a las propias palabras de nuestro Señor, Mat. 26:31: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos de los cuatro vientos", etc. El [juntarán] en el evangelio es evidentemente la [reunión] de la epístola; y tenemos otra referencia al mismo suceso y al mismo período en 1 Tes. 4:16,17: "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios descenderá del cielo", etc. Luego, esto no puede ser otra cosa que el llamado a los muertos y a los vivos a comparecer ante el tribunal de Cristo. A los tesalonicenses se les había enseñado a esperar aquella "reunión" grande y solemne; pero parece que pesaba sobre ellos algún malentendido concerniente al tiempo de su llegada. Algunos de ellos se habían formado la opinión de que el "día de Cristo" ya había llegado en realidad. Es importante observar que nuestra versión inglesa no traduce esta palabra correctamente. El apóstol no dice: "pues el día de Cristo está muy cerca", sino "pues el día de Cristo está presente, o ha venido en realidad". La constante enseñanza de Pablo era que el día de Cristo estaba muy cerca, y se habría contradicho a sí mismo si les hubiese dicho a los cristianos de Tesalónica que aquel día no estaba cerca. Pedro nada es más común que encontrar a algunos de nuestros más respetados eruditos y críticos negando que los apóstoles y los primeros cristianos esperaban la Parusía en sus propios días, basándose en la fuerza de una errónea traducción de esta palabra. Hasta una autoridad tan eminente como Moses Stuart dice, en respuesta a Tholuck:
Así lo expresa también Albert Barnes:
La más singular de todas es la explicación del Dr. Lange:
¿Qué puede ser más arbitrario y caprichoso que una distinción como ésta? ¿Qué puede ser más empírico que un tratamiento tal de la Escritura, por medio del cual se le hace decir sí y no; afirmar y negar; declarar que un suceso está cercano y distante, al mismo tiempo? ¿Quién pretendería interpretar la Escritura si ella hablara un lenguaje tan ambiguo como éste? Nos atenemos al "sentido histórico y cronológico definido" de la Parusía, y a ningún otro. Es el único sentido que respeta la Palabra de Dios y satisface a la crítica sobria. El apóstol no se corrige a sí mismo, ni se refiere a dos diferentes "venidas", sino que corrige el error de los tesal |