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BOOKS: BIBLICAL STUDIES (1500BC-AD70) / EARLY CHRISTIAN PRETERISM (AD50-1000) / FREE ONLINE BOOKS (AD1000-2008)
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James Stuart Russell | Handheld .Pdb File (Isilo PC) | Single Text File | PalmReader .Pdb File | Handheld .Clie File | Online Bible File
"Esta es actualmente la introducción y la defensa impresa más popular del punto de vista preterista de la profecía bíblica. La mayoría de los teólogos de Europa de hace un siglo adoptaron la posición preterista, así que no es sorprendente oír a algunos de los bien conocidos contemporáneos de Russell decir cosas amables sobre este libro: F. W. Farrar dijo que el libro estaba "lleno de sugestividad". Milton Terry, que escribió Hermenéutica Bíblica, citó extensamente el libro de Russell y respaldó plenamente el enfoque preterista. Charles H. Spurgeon, que no sostenía la posición preterista, afirmó, sin embargo, que el libro "arroja tanta luz nueva sobre porciones oscuras de las Escrituras, y está acompañado de tantas investigaciones críticas y tanto razonamiento detallado, que no puede hacer daño a nadie y puede beneficiar a todos". (Para el texto completo de esta revisión, léase el comentario de C. H. Spurgeon sobre "The Parousia"). Bien conocidos escritores y teólogos conservadores de nuestros días dicen cosas similares de Russell y del punto de vista preterista. Escuchemos las siguientes afirmaciones de Gary De Mar, del Dr. R. C. Sproul, del Dr. Kenneth Gentry, y de Walt Hibbard. (Edward E. Stevens). "¿Cuántas veces ha luchado usted con la interpretación de ciertos textos bíblicos relacionados con el tiempo del regreso de Jesús porque no encajaban en un sistema preconcebido de escatología? La Parusía de Russell toma la Biblia en serio cuando nos habla de la cercanía del regreso de Cristo. Los que afirman que interpretan la Biblia literalmente, tropiezan con el significado obvio de estos textos de tiempo haciendo que la Escritura diga lo opuesto de lo que ella declara inequívocamente. Leer a Russell es un soplo de aire fresco en una habitación llena de humo y hermenéutica de espejo". (Gary De Mar, autor de Last Days Madness). "Creo que la obra de Russell es uno de los importantes tratados sobre escatología bíblica disponibles para la iglesia en la actualidad. Los puntos de controversia discutidos en esta obra con respecto a las referencias del marco de tiempo de la Parusía en el Nuevo Testamento son de importancia vital, no sólo para al escatología, sino también para el futuro debate sobre la credibilidad de las Sagradas Escrituras". (Dr. R. C. Sproul, president de los Ministerios Ligonier). "Aunque no concuerdo con todas las conclusiones de J. Stuart Russell en The Parousia, recomiendo en alto grado, a estudiantes de la Biblia serios y maduros, esta bien organizada defensa del preterismo, una obra que está cuidadosamente argumentada e impositivamente escrita. Es uno de los libros más persuasivos y estimulantes que yo haya leído sobre el tema de la escatología, un libro que ha tenido gran impacto sobre mi propia manera de pensar. El estudio bíblico-teológico que hace Russell de la escatología del Nuevo Testamento establece un modelo de excelencia". (Dr. Kenneth Gentry, Jr., autor de Before Jerusalem Fell). "En vista de las maravillosas y penetrantes observaciones del Dr. Russell, ningún estudiante serio de la escatología bíblica debería intentar construir un esquema sistemático de sucesos apocalípticos sin consultar primero esta obra del siglo diecinueve, La Parusía". Walt Hibbard, presidente de Great Christian Books).
CONTENIDO Prefacio Las últimas palabras de la profecía en el Antiguo Testamento El Libro de Malaquías El intervalo entre Malaquías y Juan el Bautista LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS La Parusía Predicha Por Juan el Bautista
La
Enseñanza de Nuestro Señor Sobre la Parusía, En los Evangelios
Indicaciones proféticas de la próxima consumación del reino de Dios:
Examen de
la profecía del Monte de los Olivos:
(a) Sucesos que más remotamente habrían de preceder a la consumaciónII.Respuesta de Nuestro Señor a los discípulos (continuación): (i) La Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos como los enemigos de Cristo (Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas) (k) La Parusía, un tiempo de juicio (Parábola de los talentos) (l) La Parusía, un tiempo de juicio (Las ovejas y los cabritos) Declaración de Nuestro Señor Ante el Sumo Sacerdote Predicción de los ayes que vienen sobre Jerusalén Oración del ladrón penitente La comisión apostólica La Parusía en el Evangelio de Juan La Parusía y la resurrección de los muertos La resurrección, el juicio, y el último día El juicio de este mundo, y del príncipe de este mundo El regreso de Cristo (la Parusía) será pronto Juan ha de vivir hasta la Parusía Resumen de la enseñanza de los evangelios con respecto a la Parusía Apéndice a la Parte I Nota A.- Sobre la teoría de interpretación del doble sentido Nota B.- Sobre el elemento profético en los evangelios LA PARUSÍA EN LOS HECHOS Y EN LAS EPÍSTOLAS
En los
Hechos de los Apóstoles
En las
Epístolas Apostólicas
En la
Segunda Epístola a los Tesalonicenses
1. La apostasíaEn las Epístolas a los Corintios La Primera Epístola a los Corintios Actitud de los cristianos de Corinto en relación con la Parusía Carácter judicial del 'día del Señor' (I Cor. 3:13) Carácter judicial del 'día del Señor (I Cor. 4:5) Cercanía de la consumación que se aproxima El fin del mundo ya ha llegado Sucesos que acompañan a la Parusía Los santos (vivos) transformados en la Parusía La Parusía y la 'final trompeta' 'Maranatha', la contraseña apostólica La Segunda Epístola a los Corintios Anticipaciones del 'fin' y del 'día del Señor' Los muertos en Cristo han de ser presentados junto con los vivos en la Parusía Esperanza de la futura bienaventuranza en la Parusía En la Epístola a los Gálatas 'La edad presente' Las dos Jerusalenes - la antigua y la nueva En la Epístola a los Romanos El día de la ira La escatología de Pablo Cercanía de la próxima salvación Esperanza de una pronta liberación En la Epístola a los Colosenses La manifestación de Cristo se aproxima La ira venidera En la Epístola a los Efesios La dispensación de la plenitud de los tiempos El día de redención La edad presente y la venidera La (s) edad (es) venidera (s) En la Epístola a los Filipenses El día de Cristo Esperanza de la Parusía Cercanía de la Parusía En las Epístolas a Timoteo En la Primera Epístola: Apostasía de los postreros días Tabla escatológica, o sinopsis, de los pasajes relacionados con los postreros tiempos Frases equivalentes que se refieren al mismo período Tabla de pasajes relacionados con la apostasía de los postreros tiempos Conclusión con respecto a la apostasía Timoteo y la Parusía La apostasía ya se está manifestando En la Segunda Epístola: Esperanza de 'aquel día', es decir, la Parusía La apostasía de los 'postreros días' es inminente Espera del fin que se aproxima En la Epístola a Tito Anticipación de la Parusía En la Epístola a los Hebreos Los últimos días ya han llegado Las edades, o períodos mundiales El mundo venidero, o el nuevo orden El fin del tiempo La promesa del reposo de Dios El fin de los tiempos Esperanza de la Parusía La Parusía se aproxima La Parusía es inminente La Parusía y los santos del Nuevo Testamento La gran consumación se acerca Cercanía y fin de la consumación Expectativa de la Parusía En la Epístola de Santiago Vienen los últimos días Cercanía de la Parusía En las Epístolas de Pedro En la Primera Epístola: La salvación a punto de ser revelada en los postreros tiempos La revelación cercana de Jesucristo Relación entre la redención de Cristo y el mundo antediluviano Cercanía del juicio y el fin de todas las cosas Las buenas nuevas anunciadas a los muertos El fuego de prueba y la gloria venidera Ha llegado el tiempo del juicio La gloria a punto de ser revelada En la Segunda Epístola: Burladores en 'los postreros días' La escatología de Pedro Certeza de la consumación que se aproxima Lo repentino de la Parusía Actitud de los cristianos primitivos en relación con la Parusía Los nuevos cielos y la nueva tierra La cercanía de la Parusía, un motivo para ser diligentes Los creyentes no deben desanimarse por la aparente demora de la Parusía Alusión de Pedro a las enseñanzas de Pablo concernientes a la Parusía En las Epístolas de Juan El mundo pasa: viene la última hora Viene el anticristo, prueba de que es la última hora El anticristo no es una persona, sino un principio Marcas del anticristo Esperanza de la Parusía En la Epístola de Judas Nota
A.- El reino de los cielos, o el reino de Dios
La Parusía en el Apocalipsis Interpretación del Apocalipsis
La Primera
Visión
La Segunda
Visión
La Tercera
Visión
La Cuarta
Visión
La Quinta
Visión
La Sexta
Visión
La Séptima
Visión
Resumen y Conclusión
Apéndice a
la Parte III
Ningún lector atento del Nuevo Testamento puede dejar de impresionarse con la prominencia que los evangelistas y los apóstoles le dan a la PARUSÍA, o 'venida del Señor'. Ese suceso es el gran tema de la profecía del Nuevo Testamento. Apenas si hay un solo libro, desde el evangelio de Mateo hasta el Apocalipsis de Juan, en el que la Parusía no se presente como la gloriosa promesa de Dios y la bendita esperanza de la iglesia. Fue predicha por Nuestro Señor con frecuencia y solemnidad; fue mantenida sin cesar por los apóstoles ante los ojos de los primeros cristianos; y fue creída firmemente y esperada ansiosamente por las iglesias de la era primitiva. No puede negarse que hay una notable diferencia entre la actitud de los primeros cristianos y la de los cristianos actuales en relación con la Parusía. Esa gloriosa esperanza, a la cual se volvieron ansiosamente todos los ojos y todos los corazones en la era apostólica, casi ha desaparecido de la vista de los modernos creyentes. Cualesquiera sean las opiniones teóricas expresadas en símbolos y credos, debe admitirse con franqueza que la 'segunda venida de Cristo' casi ha dejado de ser una creencia viva y práctica. Se pueden invocar varias causas para explicar este estado de cosas. Los apresurados vaticinios de los que con demasiada confianza se han dedicado a interpretar la profecía, y el consiguiente discrédito por el fracaso de sus predicciones, sin duda han disuadido a hombres reverentes y sensatos de adentrarse en la investigación de 'profecías no cumplidas'. Por otra parte, hay razones para pensar que la crítica racionalista ha engendrado dudas sobre si hubo alguna vez el propósito de que las predicciones del Nuevo Testamento tuvieran cumplimiento literal o histórico. Entre el racionalismo, por una parte, y el irracionalismo, por la otra, ha venido a haber un estado, ampliamente prevaleciente, de incertidumbre y confusión de pensamiento en relación con las profecías del Nuevo Testamento, lo cual explica hasta cierto punto, aunque quizás no justifica, el hecho de que se envíe el tema entero a la región de los problemas oscuros e insolubles, sin esperanza. Sin embargo, ésta es sólo una explicación parcial. Merece consideración, ya sea que haya o no una diferencia fundamental entre la relación de la iglesia de la era apostólica con la Parusía predicha y la relación con ese suceso sostenida en épocas subsiguientes. Sin duda, los primeros cristianos creían que estaban al borde de una gran catástrofe, y sabemos cuánta intensidad y cuánto entusiasmo inspiraba la esperanza de la casi inmediata venida del Señor; pero, si no puede demostrarse que los cristianos actuales tienen una actitud similar, habría una falta de verdad y realismo al simular la ansiosa anticipación y esperanza de la iglesia primitiva. Un mismo suceso no puede ser inminente en dos períodos diferentes separados por casi dos mil años. Por lo tanto, debe haber alguna grave equivocación por parte de los que sostienen que la iglesia cristiana actual tiene precisamente la misma relación con, y debería tener la misma actitud hacia, la 'venida del Señor' que la iglesia en los días de Pablo. En un espíritu franco y reverente, esta obra es un intento de aclarar este malentendido, y establecer el verdadero significado de la Palabra de Dios sobre un tema que ocupa un lugar tan conspicuo en las enseñanzas de Nuestro Señor y de sus apóstoles. Es el fruto de muchos años de paciente investigación, y el autor no ha escatimado esfuerzos para poner a prueba al máximo la validez de sus conclusiones. Ha sido su única meta establecer lo que dice la Escritura, y su único deseo, ser gobernado por una leal sumisión a la autoridad de ella. El ideal de interpretación bíblica que ha mantenido ante sí es el que fue tan bien expresado por un teólogo alemán: 'Explicatio plana non tortuosa, facilis non violenta, eademque et exegeticce et Chistance conscientium pariter arridens'. (1) Aunque la naturaleza de la investigación hace necesario referirse con alguna frecuencia al original del Nuevo Testamento y a las leyes de construcción gramatical e investigación, ha sido el propósito del autor presentar esta obra de la manera más popular posible, de modo que cualquier persona de educación e inteligencia normales pueda leerla con facilidad e interés. La Biblia es un libro para todo hombre, y el autor no ha escrito esta obra para eruditos y críticos solamente, sino para los muchos que están profundamente interesados en la interpretación bíblica, y que piensan, con Locke, que 'una búsqueda imparcial del verdadero significado de las Sagradas Escrituras es la mejor manera que tenemos de emplear el tiempo'. (2) Para el autor será suficiente recompensa de sus trabajos si logra dilucidar en alguna medida las enseñanzas de la revelación divina que han sido oscurecidas por prejuicios tradicionales, o malinterpretadas por una exégesis errónea. 1878.
1. Tratado de Donier, De Oratione Christi Eschatologica, p. 1. 2. Locke, Notes on Ephesians 1:10.
El canon de las Escrituras del Antiguo Testamento se cierra de manera muy diferente de lo que podría esperarse después del espléndido futuro revelado a la nación del pacto en las visiones de Isaías. Ninguno de los profetas es portador de una carga más pesada que el último del AT. Malaquías es el profeta de la destrucción. Parecía que la nación, por medio de su incorregible obstinación y desobediencia, había renunciado al favor divino y demostrado ser, no sólo indigna, sino incapaz, de las glorias prometidas. La partida del espíritu profético estaba llena de malos presagios, y parecía indicar que el Señor estaba a punto de abandonar el país. En consecuencia, la luz de la profecía del Antiguo Testamento se apaga en medio de nubes y densa oscuridad. El Libro de Malaquías es una larga y terrible acusación contra la nación. El Señor mismo es el acusador, y con la evidencia más clara, sustenta cada uno de los cargos contra el pueblo culpable. La larga acusación incluye sacrilegio, hipocresía, desprecio contra Dios, infidelidad conyugal, perjurio, apostasía, blasfemia; mientras, por otro lado, el pueblo tiene el descaro de repudiar la acusación, y declararse 'no culpable' de cada uno de los cargos. El pueblo parece haber alcanzado esa etapa de insensibilidad moral en que los hombres llaman a lo malo bueno, y a lo bueno malo, y están madurando rápidamente para ser juzgados. Como resultado, el juicio venidero es 'la carga de la palabra del Señor a Israel por medio de Malaquías'.
Que esta no es una amenaza vaga y sin significado es evidente a juzgar por los términos claros y definidos con que es anunciada. Todo apunta a una inminente crisis en la historia de la nación, cuando Dios administre juicio sobre su pueblo rebelde. "Viene el día ardiente como un horno", "el día grande y terrible de Jehová". Que este "día" se refiere a cierto período y a un suceso específico no admite duda. Ya había sido predicho, y precisamente con las mismas palabras, por el profeta Joel (2:31): "El día grande y espantoso de Jehová". Y encontraremos una clara referencia a él en el discurso del apóstol Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:20). Pero el período queda definido más precisamente por la notable declaración de Malaquías en 4:5: "He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible". La declaración explícita de nuestro Señor de que el Elías predicho no es otro que su precursor, Juan el Bautista (Mat. 11:14), nos permite establecer el momento y el suceso a los que se hace referencia como "el día de Jehová. grande y terrible". El suceso no debe ser buscado a gran distancia del período de Juan el Bautista. Es decir, la alusión al juicio de la nación judía, cuando su ciudad y su templo fueron destruidos, y la estructura entera del estado mosaico fue disuelta. Merece notarse que tanto Isaías como Malaquías predicen la aparición de Juan el Bautista como el precursor de nuestro Señor, pero en términos muy diferentes. Isaías le representa como el heraldo del Salvador venidero: "Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios". (Isa. 40:3). Malaquías representa a Juan como el precursor del Juez venidero: "He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos". (Mal. 3:1). Que esta es una venida de juicio se pone de manifiesto por las palabras que siguen inmediatamente después, y que describen la alarma y la consternación causadas por su aparición: "Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste?" (Mal. 3:2). No puede decirse que este lenguaje es apropiado para la primera venida de Cristo; pero es altamente apropiado para su segunda venida. Hay una clara alusión a este pasaje en Apoc. 6:17, donde "los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes," etc. son representados como ocultándose "del rostro de aquél que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, diciendo: El gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?" Nada puede estar más claro que "el día de su venida" en Mal. 3:2 es el mismo que "el día de Jehová, grande y terrible" de 4:5, y que ambos responden al "gran día de su ira" en Apoc. 6:17. Por lo tanto, concluimos que el profeta Malaquías habla, no del primer advenimiento de nuestro Señor, sino del segundo. Esto queda probado además por el hecho significativo de que, en 3:1, el Señor es representado como viniendo "súbitamente a su templo". Entender esto como que se refiere a la presentación del Salvador niño en el templo por sus padres, a los suyos en los atrios del templo, o a los suyos de entre los compradores y vendedores del sagrado edificio es ciertamente una explicación de lo más inadecuada. Ésas no son ocasiones de terror y consternación, como está implícito en el segundo versículo: "¿Quién podrá estar en pìe cuando él se manifieste?" Sin embargo, la expresión sugiere vívidamente la visitación final y judicial sobre la casa de su Padre, cuando habría de quedar "desierta", según su predicción. El templo era el centro de la vida de la nación, el símbolo visible del pacto entre Dios y su pueblo; era el lugar en que "el juicio debía comenzar", y que habría de ser alcanzado por "destrucción repentina". Entonces, tomando en cuenta todos estos detalles, la "súbita venida del Señor a su templo", la consternación que acompaña "el día de su venida", su venida como "fuego purificador", su venida "para juicio", "viene el día ardiente como un horno", "todos los que hacen maldad serán estopa", "no les dejará ni raíz ni rama", y la aparición de Juan el Bautista, el segundo Elías, antes de la llegada del "día grande y terrible de Jehová", es imposible resistirse a la conclusión de que aquí el profeta predice la gran catástrofe nacional en la cual el templo, la ciudad, y la nación perecieron juntas; y que esto es designado como "el día de su venida". Sin embargo, aunque parezca extraño, el hecho indudable es que Malaquías no alude a la primera venida de nuestro Señor. Esto lo reconoce claramente Hengstenberg, que observa: "Malaquías omite del todo la primera venida de Cristo en humillación, y deja completamente en blanco el intervalo entre su precursor y el juicio de Jerusalén". (1) Esto debe explicarse por el hecho de que el principal objeto de la profecía es predecir la detrucción nacional y no la liberación nacional. Al mismo tiempo, mientras el juicio y la ira son los elementos predominantes de la profecía, los rasgos de un carácter diferente no están completamente ausentes. El día de la ira es también un día de redención. Hay un remanente fiel, aun en la nación apóstata: hay oro y plata que deben ser refinados y joyas que deben ser reunidas, así como escoria que debe ser rechazada y rastrojo que debe ser quemado. Hay hijos a quienes perdonar la vida, así como enemigos que ser destruidos; y el día que trajo consternación y oscuridad para los impíos, verá "el Sol de justicia nacer trayendo salvación en sus alas" para los fieles. Hasta Malaquías sugiere que la puerta de la misericordia todavía no está cerrada. Si la nación regresa a Dios, Él regresará a ellos. Si quieren restituir lo que sacrílegamente han retenido del servicio del templo, Él los compensará con bendiciones mayores de las que ellos podrían recibir. Todavía pueden ser una "tierra deliciosa", la envidia de todas las naciones. En la hora undécima, si la misión del segundo Elías tiene éxito en ganar los corazones del pueblo, la catástrofe inminente puede ser alejada, después de todo (3:3, 16-18; 4:2, 3, 5). Sin embargo, existe la conclusión inevitable de que las amonestaciones y las amenazas no servirán de nada. Las últimas palabras suenan como el tañido de campanas anunciando destrucción. (Mal. 4:6): "No sea que yo venga y hiera la tierra con maldición". El pleno significado de esta ominosa declaración no es evidente en seguida. Para la mente hebrea, esta declaración indicaba la más terrible suerte que podría sobrevenirle a una ciudad o a un pueblo. La 'maldición' era el anatema, o cherem, que denotaba que la persona o cosa sobre la que recaía la maldición era entregada a una completa destrucción. Tenemos un ejemplo del cherem, o ban, en la maldición pronunciada sobre Jericó (Josué 6:17; y una declaración más detallada de la ruina que ello significaba, en el libro de Deuteronomio (13:12-18). La ciudad habría de ser herida a filo de espada, toda cosa viviente en ella debía ser ejecutada, el botín no debía ser tocado, todo era maldito e inmundo, la ciudad debía ser consumida por el fuego, y el lugar entregado a desolación perpetua. Hengstenberg observa: "Todas las cosas imaginables están incluídas en esta sola palabra"; (2) y cita el comentario de Vitringa sobre este pasaje: "No cabe duda de que Dios quería decir que entregaría a una segura destrucción tanto a los obstinados transgresores de la ley como a su ciudad, y que debían sufrir el extremo castigo de su justicia, como dirigentes consagrados a Dios, sin ninguna esperanza de obtener favor o perdón". Tal es la terrible maldición que dejó suspendida sobre la tierra de Israel el espíritu profético en el momento de partir y guardar un silencio que duraría siglos. Es importante observar que todo esto hace referencia clara y específica a la tierra de Israel. El mensaje del profeta es a Israel; los pecados que son reprobados son los de Israel; la venida del Señor es a su templo en Israel; la tierra amenazada con maldición es la tierra de Israel. (3) Todo esto apunta manifiestamente a una específica catástrofe local y nacional, de la cual la tierra de Israel habría de ser el escenario, y sus culpables habitantes las víctimas. La historia registra el cumplimiento de la profecía, en exacta correspondencia con el tiempo, el lugar, y las circunstancias, en la ruina que devastó a la nación judía durante el período de la destrucción de Jerusalén. EL INTERVALO
ENTRE MALAQUÍAS Los cuatro siglos que transcurren entre la conclusión del Antiguo Testamento y el principio del Nuevo están en blanco en la historia de las Escrituras. Sin embargo, sabemos, por los libros de los Macabeos y los escritos de Josefo, que fue un período agitado en los anales judíos. Judea fue, por turnos, vasalla de las grandes monarquías que la circundaban - Persia, Grecia, Egipto, Siria, y Roma - con un intervalo de independencia bajo los príncipes macabeos. Pero, aunque durante este período la nación pasó por grandes sufrimientos, y produjo algunos ilustres ejemplos de patriotismo y de piedad, en vano buscamos algún oráculo divino, o algún mensajero inspirado, que declarase la palabra de Dios. Israel podía decir en verdad: "No vemos ya nuestras señales; no hay más profeta, ni entre nosotros hay quien sepa hasta cuándo". (Sal. 74:9). Y sin embargo, esos cuatro siglos no dejaron de ejercer una poderosa influencia en el carácter de la nación. Durante este período, se establecieron sinagogas por todo el territorio, y el conocimiento de las Escrituras se extendió ampliamente. Surgieron las grandes escuelas religiosas de los fariseos y de los saduceos, cuyos dos grupos profesaban ser expositores y defensores de la ley de Moisés. En gran número, los judíos se asentaron en las grandes ciudades de Egipto, Asia Menor, Grecia, e Italia, llevando consigo y a todas partes el culto de la sinagoga y la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento. Sobre todo, la nación acariciaba en lo más recóndito de su corazón la esperanza de un libertador venidero, un heredero de la casa real de David, que debía ser el rey teocrático, el liberador de Israel de la dominación gentil, cuyo reino fuera tan feliz y glorioso que mereciera llamarse "el reino de los cielos". Pero, en su mayor parte, el concepto popular del rey venidero era terrenal y carnal. En cuatrocientos años, no había habido ningún mejoramiento en la condición moral del pueblo y, entre el formalismo de los fariseos y el escepticismo de los saduceos, la verdadera religión se había hundido hasta llegar a su punto más bajo. Sin embargo, todavía había un fiel remanente que tenía conceptos más verdaderos del reino de los cielos, y "que esperaba la redención en Israel". Al acercarse el tiempo, hubo indicios del regreso del espíritu profético, y presagios de que el prometido liberador estaba cerca. A Simeón se le aseguró que, antes de morir, vería al "ungido de Jehová"; parece que una indicación parecida se le había hecho a la anciana profetisa Ana. Es razonable suponer que tales revelaciones deben haber despertado gran expectación en los corazones de muchos, y les prepararon para el pregón que poco después se oyó en el desierto de Judea: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado". Nuevamente se había levantado profeta en Israel, y "el Señor había visitado a su pueblo". Volver
1. Véase, de Hengstenberg, Nature of Prophecy. Christology. Vol. 4, p. 8. 2. Hengstenberg, Christology, vol. 4, p. 227. 3. El significado de este pasaje (Mal. 4:6) está oscurecido por la desafortunada traducción de earth en lugar de land. La expresión hebrea ch, a, como el griego gh/, se emplea con mucha frecuencia en sentido restringido. La alusión en el texto es claramente a la tierra de Israel. Véase Hengstenberg, Christology, vol. 4. p. 224.
PARTE I LA PARUSÍA EN LOS EVANGELIOS LA PARUSÍA PREDICHA POR JUAN EL BAUTISTA No hay nada más claramente afirmado en el Nuevo Testamento que la identidad de Juan el Bautista con el heraldo en el desierto por medio de Isaías y el Elías de Malaquías. Cuán bien concuerda la descripción de Juan con la de Elías es evidente al primer vistazo. Cada uno era austero y asceta en su estilo de vida; cada uno era un celoso reformador de la religión; cada uno era un severo censurador del pecado. Los tiempos en que vivieron eran singularmente semejantes. En ambos períodos, la nación judía era degenerada y corrupta. Elías tuvo su Acab, Juan su Herodes. No es objeción a esta identificación de Juan como el Elías predicho el hecho de que el Bautista mismo rechazó el nombre cuando los sacerdotes y levitas de Jerusalén exigieron: "¿Eres tú Elías?" (Juan 1:21). Los judíos esperaban la reaparición del Elías literal, y la respuesta de Juan estaba dirigida a esa opinión errónea. Pero su verdadero derecho a la designación es afirmado expresamente en el anuncio hecho por el ángel a su padre Zacarías: "E irá delante de él con el espíritu y el poder de Elías (Lucas 1:17); así como en las declaraciones de nuestro Señor: "Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir". (Mat. 11:14). "Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron ... Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista". (Mat. 17:10-13). Juan era el segundo Elías, y cumplió exhaustivamente las predicciones de Isaías y Malaquías concernientes a él. Por lo tanto, soñar con un "Elías del futuro" equivale a poner en duda la afirmación expresa de la palabra de Dios, y no descansa en ninguna justificación bíblica en absoluto. Ya hemos aludido al doble aspecto de la misión de Juan presentada por los profetas Isaías y Malaquías. La misma diversidad se ve en las descripciones del Nuevo Testamento tocantes al segundo Elías. El aspecto benigno de su misión presentada por Isaías se reconoce también en las palabras del ángel por medio del cual había sido predicho su nacimiento, como ya se ha citado, y en el pronunciamiento inspirado de su padre Zacarías: "Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; para dar conocimiento de salvación a su pueblo, para perdón de sus pecados" (Lucas 1:76, 77). Encontramos el mismo aspecto de gracia en los versículos iniciales de evangelio de Juan: "Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él" (Juan 1:7). Pero el otro aspecto de su misión no es reconocido con menos claridad en los evangelios. Es representado, no sólo como el heraldo del Salvador venidero, sino como el del Juez venidero. En realidad, sus propias afirmaciones registradas hablan mucho más de ira que de salvación, y están concebidas más en el espíritu del Elías de Malaquías que en el del heraldo del desierto en Isaías. Amonesta a los fariseos y a los saduceos, y a las multitudes que venían a su bautismo, a que "huyeran de la ira venidera". Les dice que "el hacha está puesta a la raíz de los árboles". Anuncia la venida de Uno más poderoso que él, "cuyo aventador está en su mano, y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará" (Mat. 3:12). Es imposible no impresionarse con la correspondencia entre el lenguaje del Bautista y el de Malaquías. Como observa Hengstenberg: "A través de todo el texto, es la profecía de Malaquías la que Juan comenta". (1) En ambos, la venida del Señor se describe como un día de ira; ambos hablan de su venida con fuego que refina y prueba, con fuego que quema y consume. Ambos hablan de un tiempo de discriminación y separación entre los justos y los impíos, el oro y la escoria, el trigo y la paja; y ambos hablan de la completa destrucción de la paja, o rastrojo. con fuego que no se apaga. Estas no son semejanzas fortuitas: las dos predicciones son la contraparte la una de la otra, y sólo pueden referirse al mismo suceso, el mismo "día del Señor", el mismo juicio venidero. Pero lo que merece observarse más especialmente es la evidente cercanía de la crisis que Juan predice. "La ira venidera" es una interpretación muy inadecuada del lenguaje del profeta. (2) Debería ser "la ira que viene"; esto es, no meramente futura, sino inminente. "La ira venidera" puede ser indefinidamente distante, pero "la ira que viene" es inminente. Como observa justamente Alford: "Juan está hablando ahora en el verdadero carácter de un profeta que predice la ira que pronto ha de ser derramada sobre la nación judía". (3) Así sucede con las otras representaciones en el discurso del Bautista; todo indica la rápida aproximación de la destrucción. "Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles". El aventador estaba realmente en las manos del labrador; el proceso de cribado estaba a punto de comenzar. Estas advertencias de Juan el Bautista no son las vagas e indefinidas exhortaciones al arrepentimiento, dirigidas a los hombres en todo tiempo, que algunas veces se supone que son; son palabras urgentes, ardientes, que tienen relevancia específica y presente para la generación que entonces existía, los hombres que vivían, y a los cuales les traía el mensaje de Dios. La nación judía estaba ahora en su última prueba; el segundo Elías había venido como precursor del "día grande y terrible de Jehová": si rechazaban sus advertencias, la destrucción profetizada por Malaquías seguiría con toda certeza y rapidez. "Vendré y heriré la tierra con maldición". Nada puede ser más obvio que la catástrofe a la que Juan alude es específica, nacional, local, e inminente, y la historia nos dice que, dentro del período de la generación que escuchaba su clamor de amonestación, "vino sobre ellos la ira al máximo".
1. Christol., vol. 4, p. 232. 2. thj mellousj orghj 3. Testamento griego in loc.
LA ENSEÑANZA
DE NUESTRO SEÑOR SOBRE A consecuencia de haber sido encarcelado por Herodes Antipas, el fin del ministerio de Juan el Bautista marca una nueva orientación en el ministerio de nuestro Señor. En verdad, antes de ese tiempo, había enseñado al pueblo, efectuado milagros, ganado adherentes, y obtenido amplia popularidad; pero, después de ese suceso, que puede considerarse como una indicación del fracaso de la misión de Juan, nuestro Señor se retiró a Galilea, y allí entró en una nueva fase de su ministerio público. Se nos dice que "desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado" (Mat. 4:17). Éstos son los términos precisos con los que se describe la predicación de Juan el Bautista (Mat. 3:2). Tanto nuestro Señor como su precursor llamaron "a la nación al arrepentimiento", y anunciaron el acercamiento del "reino de los cielos". Se deduce que, con la frase "el reino de los cielos se ha acercado", Juan no podría significar meramente que el Mesías estaba a punto de aparecer, porque, cuando Cristo en efecto apareció, hizo el mismo anuncio. "El reino de los cielos se ha acercado". De manera semejante, cuando los doce discípulos fueron enviados en su primera misión evangelística, se les ordenó predicar, no que el reino de los cielos había venido, sino que se había acercado (Mat. 10:7). Además, que el reino no vino en el tiempo de nuestro Señor, ni en el día de Pentecostés, es evidente por el hecho de que, en su discurso profético en el Monte de los Olivos, nuestro Señor dio a sus discípulos ciertas señales por medio de las cuales podían saber que el reino de los cielos estaba cerca (Lucas 21:31). Por lo tanto, arribamos a ciertas conclusiones claramente deducibles de las enseñanzas de nuestro Señor:
Pero el tema entero de "el reino de los cielos" debe ser reservado para una discusión más completa en un tiempo futuro. PREDICCIÓN DE
LA IRA VENIDERA SOBRE Hay otro punto de semejanza entre la predicación de nuestro Señor y la de Juan el Bautista. Ambos dieron las más claras indicaciones de la estrecha cercanía de un tiempo de un tiempo de juicio que debía abatirse sobre la generación existente, a causa de su rechazo de las amonestaciones e invitaciones de la misericordia divina. Así como el Bautista habló de la "ira venidera", así también nuestro Señor, con igual claridad, advirtió al pueblo del "juicio venidero". Jesús reconvino a "las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido", y predijo que les sobrevendría un infortunio mayor que el que había caído sobre Tiro y Sidón, Sodoma y Gomorra (Mat. 11:20-24). Que todo esto apunta a una catástrofe que no era remota, sino cercana, y que realmente se abatiría sobre aquella generación actual, es evidente por las expresas afirmaciones de Jesús.
Este pasaje es de gran importancia para establecer el verdadero significado de la frase "esta generación" [genea]. En este lugar, sólo puede referirse al pueblo de Israel que entonces vivía - la generación entonces actual. Ningún comentarista ha propuesto jamás llamar "genea" aquí a la raza judía de todos los tiempos. Nuestro Señor acostumbraba referirse a sus contemporáneos como a esta generación: "Mas, ¿a qué compararé esta generación?" - esto es, a los hombres de ese tiempo que no escuchaban ni a su precursor ni a Él mismo (Mat. 11:16; Luc. 7:31). Hasta comentaristas como Stier, que sostiene la interpretación de "genea" como raza o linaje en otros pasajes, admite que la referencia en estas palabras es "a la generación que estaba viva en ese entonces y en esa época, que era de lo más importante". (1) Así que, en el pasaje que tenemos delante, no puede haber controversia con respecto a la aplicación de las palabras exclusivamente a la generación que existía entonces, los contemporáneos de Cristo. Nuestro Señor da aquí testimonio de la exacerbada y enorme maldad de ese período. Jesús se acaba de dirigir a aquella generación con las mismas palabras del Bautista: "¡Generación de víboras!". Se declara que su culpa supera a la de los paganos; se la compara con un endemoniado, de quien el espíritu inmundo se ha apartado por un tiempo, pero ha regresado con mayor fuerza que antes, acompañado por otros siete espíritus peores que él, de manera que "el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero". En el testimonio de Josefo tenemos una impresionante confirmación de la descripción que hace nuestro Señor de la condición moral de aquella generación. "Como sería imposible relatar en detalle sus enormidades, diré brevemente que ninguna otra ciudad sufrió jamás calamidades similares, y que ninguna generación existió jamás que fuese más prolífica en el crimen. Confesaban que eran esclavos - y lo eran - la escoria misma de la sociedad, los engendros espurios y contaminados de la nación". (2) "Y aquí no puedo contenerme, y debo expresar lo que mis sentimientos me indican. Soy de la opinión de que, si los Romanos hubiesen diferido el castigo de estos miserables, o la tierra se hubiese abierto y se hubiese tragado la ciudad, o ésta habría sido barrida por un diluvio, o compartido el destino de Sodoma. Porque produjo una raza mucho más impía que la de los que fueron así visitados. Porque, por medio de la locura desesperada de estos hombres, la nación entera se vio envuelta en la ruina de ellos". (3) "De alguna manera, aquel período se había vuelto tan prolífico en iniquidad de todo tipo entre los judíos, que ninguna obra mala quedó sin ser perpetrada; ... tan universal era el contagio, tanto en público como en privado, y tal la emulación para superarse los unos a los otros en actos de impiedad hacia Dios e injusticia hacia sus prójimos". (4) Tal era la terrible condición hacia la que la nación se apresuraba cuando nuestro Señor pronunció estas palabras proféticas. El clímax todavía no había llegado, pero ya estaba plenamente a la vista. El espíritu inmundo no había regresado a su casa todavía, pero estaba en camino. Como observa Stier: "En el período entre la ascensión de Cristo y la destrucción de Jerusalén, especialmente hacia el fin de ella, podríamos decir que esta nación aparece como poseída por siete mil demonios". (5) ¿No es éste un cumplimiento adecuado y completo de la predicción del Salvador? ¿Tenemos la más ligera justificación para, o la más ligera necesidad de, decir que significa alguna otra cosa, o algo más que esto? ¿Qué razón hay para suponer un cumplimiento adicional y futuro de sus palabras? ¿No es un virtual descrédito de la profecía buscar algo más que el sentido obvio que apunta tan claramente a una catástrofe inminente que estaba a punto de acontecerle a aquella generación? Seguramente mostramos la mayor reverencia a la palabra de Dios cuando aceptamos implícitamente sus obvias enseñanzas, y rehusamos las especulaciones injustificadas y meramente humanas que los críticos y los teólogos han extraído de su propia fantasía. Concluimos, entonces, que, en el escandaloso libertinaje de la época, y las señaladas calamidades que, antes de que terminara, destruirían al pueblo judío, tenemos el testimonio histórico del exhaustivo cumplimiento de esta profecía. ALUSIONES
ADICIONALES
Cuán vívidamente percibió nuestro Señor las inminentes calamidades de la nación, y cuán claras y distintas fueron sus advertencias, puede inferirse de este pasaje. La matanza de algunos galileos que habían subido a Jerusalén a la fiesta de la Pascua, ya fuera por orden o con la confabulación del gobernador romano, y la súbita destrucción de dieciocho personas mediante la caída de la torre cerca del estanque de Siloé, eran incidentes que formaban los temas de conversación del pueblo en ese tiempo. Nuestro Señor declara que las víctimas de estas calamidades no eran excepcionalmente impías, sino que una suerte semejante alcanzaría a las mismas personas que ahora hablaban de ellas, a menos que se arrepintieran. El punto de su obervación, que a menudo se pasa por alto, reside en la similitud de la amenaza de la destrucción. No es "todos vosotros pereceréis también", sino "todos vosotros pereceréis del mismo modo". Que nuestro Señor tenía a la vista la ruina final que estaba a punto de alcanzar a Jerusalén y a la nación difícilmente puede dudarse. La analogía entre los casos es real e impresionante. Fue en la fiesta de la Pascua cuando la población de Judea se había agolpado en Jerusalén, y allí fue encerrada por las legiones de Tito. Josefo nos cuenta cómo, en la agonía final del sitio, la sangre de los sacerdotes que oficiaban fue derramada al pie del altar de los sacrificios. Los soldados romanos fueron los ejecutores del juicio divino; y al caer al suelo el templo y la torre, sepultaron en sus ruinas muchas víctimas de la impenitencia y la incredulidad. Es satisfactorio descubrir que tanto Alford como Stier reconocen la alusión histórica en este pasaje. El primero observa: la fuerza se pierde en la versión inglesa "likewise", [parecida], que debería traducirse "in like manner" [de la misma manera], como de hecho pereció el pueblo judío por la espada de los romanos". (6) EL DESTINO INMINENTE DE LA NACIÓN JUDÍA Parábola de la Higuera Estéril
El mismo significado profético se pone de manifiesto en esta parábola, que es casi la contraparte de la que aparece en Isaías 5, tanto en forma como en significado. La verdadera interpretación es tan obvia que apenas es necesaria alguna explicación. Su aplicación al pueblo judío es de lo más clara y directa, más especialmente cuando se la considera en relación con las advertencias que anteceden. Israel es la higuera inútil, cultivada por mucho tiempo, pero sin producir fruto para su dueño. Ahora se encuentra en su última prueba: el hacha, como había declarado Juan el Bautista, estaba puesta a la raíz del árbol; pero el golpe fatal fue aplazado por la intercesión de la misericordia. Aún en ese momento, el Salvador estaba ocupado en su obra de gracia de alimentarla y cultivarla; un poco más, y saldría el decreto: "Córtala. ¿Para qué inutiliza también la tierra?" No hay duda de que, en ésta como en otras parábolas, hay principios generales aplicables a todas las naciones y todos los tiempos; pero no debemos perder de vista su referencia original y primaria al pueblo judío. Stier y Alford parecen perderse en la búsqueda de significados recónditos y místicos en los detalles menores de las imágenes; pero Neander da una luminosa explicación de su verdadera importancia: "Como la higuera inútil, que no reconoció el propósito de su existencia, fue destruida, así también la nación teocrática, por la misma razón, después de habérsele tenido mucha paciencia, habría de ser alcanzada por los juicios de Dios, y cortada de su reino". (7) EL FIN DEL
SIGLO, O EL TÉRMINO Parábolas de la cizaña y la red
En los pasajes aquí citados, encontramos un ejemplo de una de esas interpretaciones que han hecho mucho para confundir y desorientar a los lectores ordinarios de nuestra versión inglesa. Es probable que, con la frase "el fin del mundo", noventa y nueve de cada cien lectores entienden el fin de la historia humana y la destrucción de la tierra material. No se imaginarían que "el mundo" del versículo 38 y el "mundo" de los versículos 39, 40 [en la versión inglesa KJV] son palabras totalmente diferentes, con significados totalmente diferentes. Pero así es. En el versículo 38, koinos es traducido correctamente como mundo, y se refiere al mundo de los hombres, pero aeon en los versículos 39, 40 se refiere a un período de tiempo, y debería ser traducida como era o época. Lange la traduce como eón. Es de la mayor importancia entender correctamente los dos significados de esta palabra, y de la frase "el fin del eón", o de la "era". Aion es, como hemos dicho, un período de tiempo, o época. Es exactamente equivalente a la palabra latina aevum, que es meramente aion con ropaje latino; y la frase (griego - venida), traducida a nuestra versión inglesa, "el fin del mundo", debería ser "el fin de esta época". Tittman observa: (griego - venida), como ocurre en el Nuevo Testamento, no denota el fin, sino más bien la consumación del eón, que ha de ser seguida por una nueva era. Así ocurre en Mateo 13:39, 40, 49; 24:3; es de temer que este último pasaje se malentienda al aplicarlo a la destrucción del mundo". (8) Era creencia de los judíos que el Mesías entronizaría un nuevo eón, o una nueva era: y a este nuevo eón, o a esta era, la llamban "el reino de los cielos". Por lo tanto, el eón existente era la dispensación judía, que ahora se acercaba a su fin; y el Señor muestra en estas parábolas de manera impresionante cómo terminaría. Es en verdad sorprendente que los expositores hayan dejado de reconocer en estas solemnes predicciones la reproducción y la reiteración de las palabras de Malaquías y de Juan el Bautista. Aquí encontramos la misma separación final entre los justos y los impíos; la misma purificación de la tierra; el mismo recoger el trigo en el granero; el mismo quemar de la paja [la cizaña, el rastrojo] en el fuego. ¿Puede haber alguna duda de que es al mismo acto de juicio, al mismo período de tiempo, al mismo suceso histórico, al que se refieren Malaquías, Juan y nuestro Señor? Pero hemos visto que Juan el Bautista predijo un juicio que entonces era inminente - una catástrofe tan cercana que ya el hacha estaba puesta a la raíz de los árboles - de acuerdo con la profecía de Maalaquías, de que "el día grande y terrible de Jehová" habría de seguir a la venida del segundo Elías. Llegamos, por lo tanto, a la conclusión de que esta discriminación entre justos e impíos, este recoger el trigo en el granero, y quemar la cizaña en el horno de fuego, se refieren a la misma catástrofe, es decir, a la ira que vino sobre aquella misma generación, cuando Jerusalén se convirtió, literalmente, en un "horno de fuego", y la era del judaísmo terminó en "el día grande y terrible de Jehová". Esta conclusión está apoyada por el hecho de que hay una estrecha relación entre esta gran época judicial y la venida del "reino de los cielos". Nuestro Señor representa la separación entre los justos y los impíos como la característica de la gran consumación que se llama "el reino de Dios". Pero se había declarado que el reino estaba a las puertas. Se sigue, por lo tanto, que las parábolas que tenemos delante de nosotros se refieren, no a un remoto suceso todavía en el futuro, sino a uno que, en el tiempo de nuestro Salvador, estaba cerca. Un argumento adicional a favor de este punto de vista se deriva de la consideración de que nuestro Señor, en su explicación de la parábola de la cizaña, habla de sí mismo como el sembrador de la buena semilla: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre". Es a su propio ministerio personal y sus resultados a lo que Él se refiere, y por lo tanto, nosotros debemos considerar la parábola como que tiene una relación especial con sus contemporáneos. Esto está en perfecta armonía con su solemne advertencia de Lucas 13:26 [-28], donde Él describe la condenación de los que tuvieron el privilegio de disfrutar de su presencia personal y de su ministerio, los que pretendían el discipulado, que eran cizaña y no trigo. "Entonces comenzaréis a decir: Delante de tí hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el lloro y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos". Por aplicable que sea este lenguaje a los hombres en general bajo el evangelio, es claro que tenía una aplicación directa y específica a los contemporáneos de nuestro Señor - la generación que presenció sus milagros y oyó sus parábolas; y que tiene una relación con ellos como no la puede tener con nadie más. Al final de la parábola de la cizaña, encontramos una impresionante nota bene, que llama la atención de manera especial a la instrucción contenida en ella: "El que tiene oídos para oír, oiga". Podemos tomar ocasión de esto para hacer una observación acerca de la vasta importancia de tener un verdadero concepto del período en el que nuestro Señor y los apóstoles enseñaron. Esto es indispensable para entender correctamente la doctrina del Nuevo Testamento con respecto al "reino de Dios", el "fin de la era", y la "era venidera" o mundo por venir. Ese período estaba cerca del fin de la dispensación judía. La economía mosaica - como se le llama - el sistema de leyes e instituciones dadas a la nación por Dios mismo, y que había existido por más de cuarenta generaciones,- estaba a punto de ser reemplazada y desaparecer. La última generación que habría de poseer la tierra, - la última y también la peor, la hija y heredera de sus predecesoras - ya estaba en escena. El largo período durante el cual Jehová había agotado todos los métodos que la divina sabiduría y el divino amor podían idear para cultivar y reformar a Israel estaba a punto de terminar. Habría de terminar desastrosamente. La ira, por largo tiempo contenida y reprimida, habría de estallar y destruir a aquella generación. Su "útimo día" habría de ser un "dies irae", "el día grande y terrible de Jehová". Este es "el fin del siglo" al que a menudo se refería nuestro Señor, y que sus apóstoles constantemente predecían. Ya estaban dentro de la penumbra de aquella tremenda crisis, que cada día se acercaba más y más, y que por fin habría de llegar repentinamente "como ladrón en la noche". Esta es la verdadera explicación de aquellas constantes exhortaciones a vigilar, ser pacientes, y esperar, que abundan en las epístolas apostólicas. Vivían esperando una consumación que habría de llegar en su propio tiempo, y que podrían presenciar con sus propios ojos. Este hecho es evidente en los escritos del Nuevo Testamento; es la clave para interpretar gran parte de lo que, de otro modo, sería oscuro e ininteligible, y veremos durante esta investigación cuán consistentemente es sostenido este punto de vista durante todas las Escrituras del Nuevo Testamento. LA VENIDA DEL
HIJO DEL HOMBRE (LA PARUSÍA)
En este pasaje encontramos la primera mención clara de aquel gran suceso al cual veremos que aluden con tanta frecuencia de aquí en adelante nuestro Señor y sus apóstoles, es decir, su segunda venida, o Parusía. En realidad, se puede preguntar, como lo veremos, si este pasaje pertenece correctamente a esta porción de la historia del evangelio. (9) Pero, dejando de lado la pregunta por el momento, preguntémosnos qué es realmente la venida de la que se habla aquí. ¿Puede ser, como sugiere Lange, que Jesús habría de seguir tan rápidamente a sus mensajeros en su circuito evangelístico como para alcanzarles antes de que se terminara? ¿Se refiere, como piensan Stier y Alford, a dos diferentes venidas, separadas entre sí por millares de años: la una comparativamente cercana, la otra indefinidamente remota? ¿O debemos aceptar, con Michaelis y Mayor, el significado claro y obvio que indican las palabras mismas? La interpretación de Lange es ciertamente inaceptable. ¿Quién puede dudar de lo que significa aquí "la venida del Hijo", lo que significa en todo otro lugar, y que esta es la fórmula mediante la cual se expresa la Parusía, la segunda venida de Cristo? Esta frase tiene un significado definido y constante, tanto como su crucifixión, o su resurrección, y no admite ninguna otra interpretación en este lugar. Pero, ¿no puede tener una doble referencia: primera, al juicio inminente de Jerusalén, y segunda, a la destrucción final del mundo, siendo la primera considerada como simbólica de la segunda? Alford sostiene el doble significado, y es severo con los que vacilan en aceptarlo. Nos dice lo que él cree que Cristo quiso decir; pero, por otra parte, tenemos que considerar lo que Él dijo. ¿Están seguros los defensores del doble sentido de que Él quiso decir más de lo que dijo? Miremos sus palabras. ¿Puede algo ser más específico y más definido en cuanto a personas, el lugar, el tiempo, y las circunstancias que esta predicción de nuestro Señor? Es a los doce que él habla; son las ciudades de Israel las que han de evangelizar; el tema es su pronta venida; y el tiempo está tan cerca que antes de que la obra de ellos esté terminada Su venida tendrá lugar. Pero si se nos ha de decir que éste no es el significado, ni siquiera la mitad de él, y que esto incluye otra venida, a otros evangelistas, a otras épocas, y otras tierras - una venida que, después de dieciiocho siglos, todavía es futura, y quizás remota - entonces surge la pregunta: ¿Qué no puede significar la Escritura? El sentido gramatical de las palabras ya no es suficiente para la interpretación; la Escritura es un acertijo que debe advininarse, un oráculo que pronuncia respuestas ambiguas; y nadie puede estar seguro, sin una revelación especial, de que entiende lo que lee. Por lo tanto, estamos a dispuestos a concordar con Meyer en que esta doble referencia "no es sino una evasión forzada y antinatural", y que las palabras significan simplemente lo que dicen, que antes de que los apóstoles completaran la obra de su vida de evangelizar el país de Israel, la venida del Señor tendría lugar. Este es el punto de vista del pasaje que asume el Dr. E. Robinson. (10). "La venida a la que se alude es la destrucción de Jerusalén y la dispersión de la nación judía; y el significado es, que los apóstoles apenas tendrían tiempo, antes de que sobreviniera la catástrofe, de ir por el país advirtiendo al pueblo que se salvara de la destrucción de una generación desgraciada; de modo que no podían darse el lujo de demorarse en ninguna localidad después de que sus habitantes hubiesen escuchado y rechazado el mensaje". LA PARUSÍA HA
DE TENER LUGAR DURANTE
Esta notable declaración es de la mayor importancia en esta discusión, y puede considerarse como la clave para interpretar correctamente la doctrina de la Parusía en el Nuevo Testamento. Aunque no puede decirse que haya ninguna dificultad especial con el idioma, ha causado gran perplejidad entre los comentaristas, que están muy divididos en sus explicaciones. Ciertamente es innecesario preguntar qué es la venida del Hijo del Hombre que se predice aquí. Suponer que se refiere meramente a la gloriosa manifestación de Jesús en el monte de la transfiguración, aunque ésta es una hipótesis apoyada por grandes nombres, es tan palpablemente inadecuado como interpretación que apenas si requiere ser refutado. La misma observación se aplica a los comentarios del Dr. Lange, quien supone que esta venida se cumplió parcialmente con la resurrección de Cristo. Esta exégesis de Lange es una ilustración tan curiosa de los expedientes a los que se ven obligados a recurrir los defensores de una teoría de interpretación de doble sentido, que merece citarse. "En nuestra opinión", dice, "es necesario distinguir entre el advenimiento de Cristo en la gloria de su reino dentro del círculo de sus discípulos, y ese mismo suceso aplicado al mundo en general y para juicio. Esto último es lo que generalmente se entiende por el segundo advenimiento: el primero tuvo lugar cuando el Salvador resucitó de los muertos y se apareció en medio de sus discípulos. De aquí que el significado de las palabras de Jesús sea: se acerca el momento en que vuestros corazones descansarán en la manifestación de mi gloria; ni será la suerte de todos los que están aquí morir durante el intervalo. El Señor podría haber dicho que sólo dos de los de ese círculo morirían hasta entonces, es decir, Él mismo y Judas. Pero, en su sabiduría, escogió la expresión: "Algunos de los que están aquí no gustarán de la muerte", para darles exactamente la medida de esperanza y ansiosa expectación que necesitaban". (12) Baste decir que tal interpretación de las palabras de nuestro Salvador jamás podría haber pasado por la mente de los que las escucharon. Es tan inverosímil, intrincada, y artificial, que queda desacreditada por su misma ingenuidad. Pero la interpretación tampoco satisface las exigencias del idioma. ¿Cómo podría la resurrección de Cristo ser llamada su venida en la gloria de su Padre, con los santos ángeles, en Su reino, y para juicio? ¿O cómo podemos suponer que Cristo, hablando de un suceso que habría de tener lugar más o menos en veinte meses, diría: "De cierto os digo: Algunos de los que están aquí no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios?" La forma misma de la expresión muestra que el suceso del que se habla no podría ser dentro del espacio de unos pocos meses, ni siquiera dentro de algunos años: es un modo de hablar, que indica que no todos los presentes vivirían para presenciar el suceso del que se habla; que no muchos lo harían; pero que algunos sí. Es exactamente el modo de hablar que encajaría en un intervalo de treinta o cuarenta años, cuando la mayoría de las personas entonces presentes habrían fallecido, pero algunos sobrevivirían y presenciarían el suceso de referencia. Más razonablemente, Alford y Stier entienden el pasaje como que se refiere a "la destrucción de Jerusalén y a la plena manifestación del reino de Cristo mediante la aniquilación del estado judío", aunque ambos desconciertan y confunden su interpretación con la hipótesis de una oculta y ulterior alusión a otra "venida final", de la cual la destrucción de Jerusalén habría de ser "tipo y señal". De esto, sin embargo, no se da ningún atisbo ni por Cristo mismo ni por los evangelistas. La verdad es que no puede negarse que nuestro Señor a veces usaba lenguaje ambiguo. A los judíos les dijo: "Destruid este templo, y en tres días lo levantaré" (Juan 2:19), pero el evangelista tiene cuidado de añadir: "Pero él hablaba del templo de su cuerpo". Así que cuando Jesús habló de "ríos de agua viva que correrán del interior del creyente", Juan añade una nota explicativa: "Esto dijo del espíritu", etc. (Juan 7:36). Nuevamente, cuando el Señor alude a la manera de su propia muerte, diciendo: "Y yo, si fuere levantado de la tierra", el evangelista añade: "Y decía esto, dando a entender de qué muerte iba a morir" (Juan 12:33). Por lo tanto, es razonable suponer que, si los evangelistas hubiesen conocido un significado más profundo y oculto de las predicciones de Cristo, habrían dado alguna indicación de ello; pero no dicen nada que nos lleve a inferir que su significado aparente no es su sentido pleno y verdadero. No hay, en verdad, ninguna ambigüedad en cuanto a la venida a la que se alude en el pasaje bajo consideración en este momento. No es una de varias posibles venidas, sino el único, el único y supremo acontecimiento, tan frecuentemente predicho por nuestro Señor, tan constantemente esperado por sus discípulos. Es su venida en gloria; su venida en juicio; su venida en su reino; la venida del reino de Dios. No es un proceso, sino un acto. No es lo mismo que "la destrucción de Jerusalén" - ese es otro suceso relacionado y contemporáneo; pero los dos no deben ser confundidos el uno con el otro. El Nuevo Testamento conoce de sólo una Parusía, una venida en gloria del Señor Jesucristo. Es un completo abuso del idioma hablar de varios sentidos en los cuales puede ocurrir la venida de Cristo -- como en su propia resurrección; en el día de Pentecostés; en la destrucción de Jerusalén; en la muerte de un creyente; y en varias épocas providenciales. Esta no es la costumbre en el Nuevo Testamento, ni es lenguaje exacto bajo ningún punto de vista. Por sí solo, este pasaje contiene tantas importantes verdades con respecto a la Parusía, que puede decirse que cubre todo el tema; y, correctamente usado, se descubrirá que es la clave para la verdadera interpretación de la doctrina del Nuevo Testamento sobre este tema. Concluimos entonces: 1. Que la venida de la que se habla aquí es la Parusía, la segunda venida del Señor Jesucristo. 2. Que el modo de su venida habría de ser glorioso - "en su gloria", "en la gloria de su Paddre", "con los santos ángeles". 3. Que el propósito de su venida era juzgar aquella "generación perversa y adúltera" (Marcos 8:38) y "dar a cada uno según sus obras". 4. Que su venida sería la consumación del "reino de Dios"; el final de la época; "la venida del reino de Dios con poder". 5. Que nuestro Salvador había declarado expresamente que esta venida estaba cerca. Lange observa correctamente que las palabras están "colocadas enfáticamente al principio de la oración; no es un simple futuro, sino que significan: El acontecimiento es inminente que Él vendrá; está a punto de venir". (14) 6. Que algunos de los que oyeron a nuestro Salvador hacer esta predicción habrían de vivir para presenciar el acontecimiento del cual hablaba, es decir, su venida en gloria. Por lo tanto, se deduce que Él mismo declaró que la Parusía, o la gloriosa venida de Cristo, ocurriría dentro de los límites de la generación que entonces existía, una conclusión que encontraremos abundantemente justificada en la secuela. LA VENIDA DEL
HIJO DEL HOMBRE, Parábola de la Viuda Importuna
El carácter intensamente práctico y de actualidad, si podemos llamarlo así, de los discursos de nuestro Señor, es una característica de sus enseñanzas que, aunque pasada por alto a menudo, requiere que no se le pierda de vista. Él hablaba a su propio pueblo, en su propio tiempo. Era el mensajero de Dios para Israel; y, aunque es muy cierto que sus palabras son para todos los hombres en todo tiempo, se aplicaban principal y directamente a su propia generación. Por no prestar atención a este hecho, a muchos expositores se les ha escapado por completo la intención de la parábola delante de nosotros. En sus manos, se convierte en una predicción vaga e indefinida de una vindicación de los justos, en algún período más o menos remoto, pero sin ninguna aplicación especial al pueblo y al tiempo de nuestro Señor mismo. Seguramente, lo que sea esta parábola para nosotros o para las edades futuras, tenía una aplicación estrecha y directa para los discípulos a los cuales se les dirigió originalmente. El Señor estaba a punto de dejar a sus discípulos "como ovejas en medio de lobos"; habrían de ser perseguidos y afligidos, y odiados por todos los hombres, por amor a su Maestro; y podría muy bien ocurrir que el valor les faltara, y que sus corazones desmayaran. En esta parábola, el Salvador les anima a "orar siempre, y no desmayar", mediante el ejemplo de lo que puede hacer la oración perseverante, aún con los hombres. Si la importunidad de una pobre viuda podía constreñir a un juez sin principios para que le hiciera justicia, cuánto más no sería conmovido Dios, el Juez justo, por las oraciones de sus propios hijos para que se les repararan sus agravios. Sin alegorizar todos los detalles de la parábola, como hacen algunos expositores, es suficiente subrayar su gran moraleja. Es ésta. Los perseguidos hijos de Dios serían vengados con seguridad y prontitud. Dios les vindicaría, y pronto. Pero, ¿cuándo? El punto en el tiempo no ha sido dejado indefinido. Es "cuando venga el Hijo del hombre". La Parusía habría de ser la hora de reparación y liberación del sufriente pueblo de Dios. La reflexión de nuestro Señor al final del versículo ocho merece particular atención. "Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?" En este punto, debemos regresar a los hechos ya mencionados con respecto al ministerio de Juan el Bautista. Hemos visto cuán oscuro y ominoso era el punto de vista del profeta que predicaba arrepentimiento a Israel. Era el precursor del "día grande y terrible de Jehová"; era el segundo Elías enviado para proclamar la venida de aquél que "heriría la tierra con maldición". La reflexión de nuestro Señor indica que él preveía que el arrepentimiento, lo único que podría evitar el desastre de la nación, no sería buscado. No habría fe en Dios, ni en sus promesas, ni en sus amenazas. Por lo tanto, el día del Señor sería el "día de retribución" (Lucas 21:22). Doddridge ha captado bien el alcance de esta parábola, y parafrasea el versículo de apertura como sigue: "Así disertaba nuestro Señor con sus discípulos acerca de la inminente destrucción de Jerusalén por los romanos; y para animarles en vista de las calamidades que entretanto podrían esperar de sus incrédulos compatriotas o de otros, les dijo una parábola para inculcarles esta gran verdad, que, por angustiosas que fuesen las circunstancias, debían orar siempre con fe y perseverancia, y no desmayar bajo las pruebas". (15) La siguiente es su paráfrasis del versículo 8: "Sí, os digo que Él ciertamente les vindicará; y cuando lo haga, lo hará rápidamente; y esta generación de hombres lo verá y lo sentirá con terror. Sin embargo, cuando el Hijo del hombre, habiendo entrado en posesión de su reino glorioso, venga para aparecer con este importante propósito, ¿encontrará fe en la tierra?" (16) LA RECOMPENSA
DE LOS DISCÍPULOS
¿A qué período hemos de asignar el acontecimiento o estado que nuestro Señor llama aquí "la regeneración"? Evidentemente, es contemporáneo con "el Hijo del Hombre sentado en el trono de gloria"; ni puede haber ninguna duda de que las dos frases, tanto "El Hijo del hombre viniendo en su reino", como "El Hijo del hombre sentado en el trono de su gloria" se refieren a la misma cosa y al mismo tiempo. Es decir, es a la Parusía a la que apuntan ambos sucesos. Tenemos otra nota de tiempo, y otro punto de coincidencia entre la "regeneración" y la Parusía, en la referencia que nuestro Señor hace a "la edad venidera o el siglo venidero" como el período en que sus fieles discípulos habrían de recibir su recompensa (Mar. 10:30; Luc. 18:30). Pero, como ya hemos visto, "el siglo venidero" habría de suceder a la época actual, es decir, el período de la dispensación judía, cuyo fin nuestro Señor había declarado que estaba a las puertas. Concluimos, por lo tanto, que la "regeneración", "el siglo venidero", y "la Parusía" son virtualmente sinónimos, o, en todo caso, contemporáneos. Se afirma claramente que la venida del Hijo del hombre en su reino, o en su gloria, sería una venida para juzgar - "para pagar a cada uno según suss obras" (Mateo 16:27); y el sentarse en el trono de su gloria, en la regeneración, es evidentemente sentarse para juzgar. En este juicio, los apóstoles habrían de tener el honor de ser asesores con el Señor, según su declaración (Lucas 22:29-30). "Yo, pues, os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino, y os sentéis en tronos juzgando a las doce tribus de Israel". Pero nuestro Señor afirma expresamente que esta gloriosa venida para juzgar ocurriría dentro de los límites de la generación que vivía en ese entonces: "Hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:28). No era, por lo tanto, ninguna esperanza largo tiempo diferida o distante la que Jesús ofrecía a sus discípulos. No era una expectativa que todavía se ve en la distancia en la borrosa perspectiva de un futuro indefinido. Pedro y los otros discípulos eran plenamente conscientes de que "el reino de los cielos" estaba cerca. Lo habían aprendido de su primer maestro en el desierto; acerca de ello habían sido tranquilizados por su Señor y Maestro; habían ido por Galilea proclamando la verdad a sus compatriotas. Por lo tanto, cuando el Señor pometió que en la era venidera sus discípulos se sentarían en tronos, ¿es concebible que quisiera que edades tras edades, siglos tras siglos, y hasta milenios tras milenios debían transcurrir lentamente antes de que ellos pudieran cosechar los prometidos honores? ¿Están la herencia de la "vida eterna" y el "sentarse en doce tronos" todavía entre "las cosas esperadas pero no vistas" por los discípulos? Ciertamente una hipótesis tal se refuta a sí misma. La promesa les habría sonado a burla a los discípulos si se les hubiese dicho que el cumplimiento iba a tardar tanto. Por otra parte, si concebimos la "regeneración" como contemporánea con la Parusía, y la Parusía con la terminación de la era judía y la destrucción de la ciudad y del templo de Jerusalén, tenemos un punto definido en el tiempo, no muy distante, sino casi al alcance de la vista de los hombres que vivían, cuando ocurrirían el predicho juicio de los enemigos de Cristo y la gloriosa recompensa de sus amigos.
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1. Reden Jesu, in loc. 2. Jewish War, bk v.c.x sec.5. Traducción de Traill. 3. Ibid. G. Xiii. sec. 6. 4. Ibid. bk.vii. c. viii. sec. I. 5. sec. Reden Jesu; Mat. 12:43-45. 6. Testamento Griego. in loc. 7. Life of Christ, sec. 245. 8. Synonyms of the New Test. vol. i. a. 70; Bib. Cab. N. iii. 9. Hay una verdadera dificultad en este pasaje, que no debería ser pasada por alto. Parece inexplicable que nuestro Señor, en una ocasión como ésta, cuando envió a los doce en una misión corta, aparentemente dentro de un distrito limitado, del cual habrían de regresar en corto tiempo, les hablase de su venida como alcanzándoles antes de que concluyeran su tarea. Parece apenas apropiado para ese período en particular, y que corresponde más a un encargo subsiguiente, es decir, el que está registrado en el discurso del Monte de los Olivos (Mat. 26; Marcos 13; Lucas 21). En realidad, una comparación de estos pasajes hará mucho para satisfacer a cualquier mente sincera de que el párrafo entero (Mat. 10:16-23) ha sido traspuesto de su conexión original e insertado en la primera misión que nuestro Señor encomendó a sus discípulos. Encontramos las mismas palabras relativas a la persecución de los apóstoles, que serían entregados a los concilios, azotados en las sinagogas, llevados ante gobernadores y reyes, etc., que están registrados en el capítulo décimo de Mateo, asignado por Marcos y Lucas a un período subsiguiente, es decir, el discurso del Monte de los Olivos. No hay ninguna evidencia de que los discípulos sufrieran semejante tratamiento durante su primera gira evangelística. Hay, por lo tanto, una evidencia tan fuerte como lo permite el caso, de que el vers. 23 y su contexto pertenecen al discurso del Monte de los Olivos. Esto eliminaría la dificultad que el pasaje presenta en la relación que aquí encontramos, y daría coherencia y consistencia al lenguaje que, tal como está, no es fácil descubrir. Es un hecho aceptado que ni siquiera los evangelios sinópticos relatan todos los acontecimientos en el mismo orden preciso; por lo tanto, tiene que haber mayor exactitud cronológica en uno que en otro. Stier dice: "Mateo es descuidado en la cronología de los detalles" (Reden Jesu, vol. iii, p. US). Neander, hablando de esta misma comisión, dice: "Es evidente que Mateo conecta muchas cosas con las instrucciones dadas a los apóstoles en vista de su primer viaje, que cronológicamente corresponde a más tarde". (Life of Christ, _ 174, nota b); y nuevamente, hablando de la comisión encomendada a los setenta, como aparece registrada en Lucas, dice: "Según Lucas, toda la característica coherencia de todo lo que habló Cristo, con las circunstancias (tan superiores a la disposición de Mateo)", etc. (Life of Christ, _204, nota 1). El Dr. Blaike observa: "Se entiende generalmente que Mateo dispuso su narración más por temas y lugares que cronológicamente" (Bible History, p. 372). Por lo tanto, parece haber abundante justificación para asignar la importante predicción contenida en Mat. 10:23 al discurso pronunciado en el Monte de los Olivos. 10. Véase la nota en Harmony of the Four Gospels. 11. The Training of the Twelve, p. 117. 12. Lange, Comm. on St. Mat. in loc. 13. Alford, Greek Test. in loc. 14. Véase Lange in loc. 15. Family Expos. on Luke 18:1-8 16. Doddridge tiene la siguiente nota sobre "¿Hallará fe en la tierra?" "Es evidente que la palabra a menudo significa, no la tierra en general, sino algún territorio en particular o país, como en Hechos 7:3, 4, 11, y en otros innumerables lugares. Y el contexto aquí lo limita al significado menos extenso. Es evidente que los creyentes hebreos estaban en mayor peligro de cansarse de las persecuciones y las angustias. Comp. con Heb. 3:12-14; 10:23-39; 12:1-4; Sant. i:1-4; 2:6". La interpretación proporcionada por el prudente Campbell añade confirmación, si es que se necesita, a este punto de vista sobre el pasaje. "Hay una estrecha relación en todo lo que nuestro Señor dice sobre cualquier tema de conversación, que rara vez escapa a un lector atento. Si aquí, como es muy probable, se refiere a la destrucción inminente sobre la nación judía como juicio del cielo por su rebelión contra Dios al rechazar y asesinar al Mesías, y al perseguir a sus seguidores, (el griego) debe entenderse que significa "esta creencia", o la creencia en una verdad particular que Él había estado inculcando, a saber, que Dios a su debido tiempo vengaría a sus elegidos, y castigaría señaladamente a sus opresores; y (el griego) debe significar "el territorio", a saber, Judea. Las palabras pueden traducirse de un modo o del otro -- la tierra como planeta o el territorio; pero es evidente que éste último les da un significado más definido, y les une más estrechamente con las que ls preceden. (Campbell sobre los Evangelios, vol. ii, p. 384). La enseñanza de esta instructiva parábola no está agotada en manera alguna; y encontraremos que arroja luz inesperada sobre un pasaje muy oscuro, en una futura etapa de esta investigación. Mientras tanto, podemos referirnos a 2 Tesa. 1:4-10, que proporciona un notable comentario sobre la parábola entera, y muestra la conexión entre la Parusía y la venganza de los elegidos. INDICACIONES
PROFÉTICAS DE LA CERCANA I. Parábola de las Minas
No puede dejar de impresionar a todo lector atento de la historia del evangelio cuántas de las enseñanzas de nuestro Señor, al acercarse el fin de su ministerio, trataban del tema del juicio venidero. Cuando pronunció esta parábola, estaba en camino a Jerusalén para celebrar la última Pascua antes de padecer; y es notable cuántos de sus discursos desde este tiempo parecen estar casi completamente absortos, no en su propia muerte que se aproximaba, sino en la inminente catástrofe de la nación. No sólo esta parábola de las minas, sino su lamento por Jerusalén (Luc. 19:41); su maldición sobre la higuera (Mat. 21; Mar. 11); la parábola de los agricultores malvados (Mat. 21; Mar. 12; Luc. 20); la parábola de las bodas del hijo del rey (Mat. 22); los ayes pronunciados sobre aquella generación (Mat. 23:29-36); el segundo lamento por Jerusalén (Mat. 23:37-38); y el discurso profético en el Monte de los Olivos, con las parábolas y las ilustraciones parabólicas añadidas como apéndices por Mateo, todo esto se ocupa de este tema absorbente. La consideración de estas indicaciones proféticas mostrará que la catástrofe anticipada por nuestro Señor no era un suceso remoto, distante cientos y miles de años en el futuro, sino un acontecimiento cuya sombra ya caía sobre aquella época y sobre aquella nación; y que las Escrituras no nos autorizan en absoluto para suponer que ninguna otra cosa, ni nada más que esto, está incluido en las palabras de nuestro Salvador. La parábola de las minas fue pronunciada por nuestro Señor para corregir una errónea expectativa de parte de sus discípulos, de que "el reino de Dios" estaba a punto de comenzar en seguida. No es de sorprenderse que hayan caído en este error. Juan le Bautista había anunciado: "El reino de Dios se ha acercado". Jesús mismo había proclamado el mismo hecho; y les había comisionado para que lo publicaran por las ciudades y aldeas de Galilea. Como patriotas israelitas, se retorcían bajo el yugo de Roma, y anhelaban las antiguas libertades de la nación. Como piadosos hijos de Abraham, deseaban ver a todas las naciones bendecidas en él. Y había otros sentimientos menos nobles que tenían cabida en sus mentes. ¿No era su propio Maestro el Hijo de David, el rey que vendría? ¿Qué no podrían esperar ellos, que eran sus seguidores y sus amigos? Esto les hacía competir entre ellos por el lugar de honor en el reino. Esto hizo que los hijos de Zebedeo ansiaran obtener la promesa de las posiciones más honorables, a la derecha y a la izquierda de Jesús, cuando él asumiera la soberanía. Y ahora se acercaban a Jerusalén. El gran festival nacional de la Pascua se acercaba; todo Israel acudía a la Santa Ciudad; y no había ninguna persona allí que no ansiara ver a Jesús de Nazaret. ¿Qué más probable que el entusiasmo popular pondría a su Maestro en el trono de su padre David? Lo que deseaban, eso creían; y "pensaban que el reino de Dios aparecería inmediatamente". Pero el Señor refrenó sus entusiastas esperanzas y les indicó, en una parábola, que cierto intervalo debía transcurrir antes de que se cumplieran sus expectativas. Tomando como base de la parábola un incidente bien conocido de la historia judía reciente, es decir, el viaje de Arquelao a Roma para procurar del emperador la sucesión a los dominios de su padre, Herodes el Grande, Jesús lo empleó como ilustración apropiada de su propia partida de la tierra, y su subsiguiente retorno en gloria. Mientras tanto, durante el tiempo de su ausencia, dio a sus siervos una tarea que cumplir. "Negociad entre tanto que vengo". Debían ser diligentes y fieles, hasta que su Señor regresase, cuando los siervos leales serían aplaudidos y recompensados, y sus enemigos destruidos completamente. Nada puede ser mejor que la explicación de Neander de esta parábola, aunque, en realidad, puede decirse que se explica por sí sola. Sin embargo, puede ser bueno insertar sus observaciones. "En esta parábola, en vista de las circunstancias en las cuales fue pronunciada, y de la catástrofe que se aproximaba, se dan indicaciones especiales de la partida de Cristo de la tierra, su ascensión, su regreso para juzgar a la rebelde nación teocrática, y para consumar su dominio. Describe a un gran hombre que viaja a la corte distante del poderoso emperador para recibir de él autoridad sobre sus conciudadanos, y regresar con poder real. Así, Cristo no fue reconocido inmediatamente en su posición real, sino que primero debía abandonar la tierra, dejar a sus agentes para que adelantaran su reino, ascender al cielo, ser nombrado rey teocrático, y regresar nuevamente para ejercer el poder que se le disputaba". (2) Tal es la enseñanza de la parábola de las minas. Pero, aunque el reino de Dios no habría de aparecer en el momento preciso en que sus discípulos lo esperaban, no se sigue de ello que fue pospuesto desde entonces, y que la esperada consumación no tendría lugar por cientos o miles de años. Esto falsificaría las más expresas declaraciones de Cristo y de su precursor. ¿Cómo podrían haber dicho que el reino se había acercado si no habría de aparecer durante milenios? ¿Cómo podría decirse de un acontecimiento que estaba cerca, si en realidad estaba más distante que el período entero de la economía judía desde Moisés hasta Cristo? El reino todavía podría estar cerca, aunque no tan cerca como los discípulos suponían. Era conveniente que su Señor "se fuese", pero sólo "por un poco de tiempo", cuando viniera a ellos nuevamente, y viniera "en su reino". Esta era la esperanza con la cual vivían, la fe que habían predicado; y no podemos creer que ni su fe ni su esperanza fuesen un engaño. II. Lamento de Jesús Sobre Jerusalén
Aquí pisamos terreno que no es debatible. Esta profecía es clara y perspicaz como la historia. Ningún defensor de la teoría de interpretación del doble sentido ha propuesto descubrir aquí nada que no sea Jerusalén y la desolación que se aproximaba. No es la conflagración de la tierra, ni la disolución de la creación: es el sitio y la demolición de la Ciudad Santa, y la matanza de sus ciudadanos, todo lo cual se cumpliría históricamente antes de cuarenta años, y nada más. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no es posible el doble sentido aquí, como en la predicción hecha en el Monte de los Olivos? La respuesta será, sin duda: Porque aquí todo es homogéneo y consecutivo; el Salvador está mirando a Jerusalén, y hablando a Jerusalén, y prediciendo un acontecimiento que habría de ocurrir prontamente. Pero esto es también lo que sucede con la profecía de Mateo 24, donde los expositores encuentran, a veces a Jerusalén, y a veces al mundo; a veces la terminación del gobierno judío, y a veces la conclusión de la historia humana; a veces el año 70 d. C., y a veces un período de tiempo todavía desconocido. Todavía veremos que la profecía del Monte de los Olivos es no menos consecutiva, no menos homogénea, no menos una e indivisible, que esta predicción clara y sencilla de la inminente destrucción de Jerusalén. Si la teoría del doble sentido sirviera para algo, se encontraría que es igualmente aplicable a la predicción que tenemos delante. Aquí, sin embargo, sus propios defensores la descartan; porque el sentido común rehusa ver en este conmovedor lamento otra cosa que no sea Jerusalén, y solamente Jerusalén. III. Parábola de los Labradores Malvados
Esta parábola, registrada en términos casi idénticos por los sinopticistas, apenas necesita intérpretación. Su referencia local, personal, y nacional es demasiado manifiesta para ser puesta en duda. La viña es la tierra de Israel; el señor de la viña es el Padre; sus mensajeros son sus siervos los profetas; su único y amado hijo es el Señor Jesús mismo; los labradores son los judíos rebeldes y perversos; el castigo es la catástrofe venidera en la Parusía, cuando, como bien lo expresa Neander, "la relación teocrática se rompe, y el reino es traspasado a otras naciones que produzcan los frutos correspondientes". (2) La aplicación de esta parábola al pueblo del tiempo de nuestro Salvador es tan directa y explícita, que podría suponerse que ningún crítico tendría que buscarle un significado oculto o una referencia ulterior. Los principales sacerdotes y los fariseos pensaban que "la había pronunciado contra ellos"; e hicieron un gesto de dolor bajo el látigo. Tal como está, es perfectamente clara e inteligible; pero la exégesis de un teólogo puede volverla realmente turbia y oscura. Por ejemplo, Lange comenta así el versículo 41. La Parusía de Cristo es consumada en su última venida, pero no es una con ella. En principio, comienza con la resurrección (Juan 16:16); continúa como un poder a través del período del Nuevo Testamento (Juan 14:3-19); y es consumada en el más estricto sentido en el advenimiento final (I Cor. 15:23; Mat. 25:31; 2 Tesa. 2, etc.). (3) Aquí tenemos, no una venida, ni la venida de Cristo, pero nada menos que tres venidas, separadas y distintas, o una venida de tres clases diferentes - una venida continua que ha estado ocurriendo ya por casi dos mil años, y puede continuar por dos mil años más, que sepamos. Pero de todo esto no se da ni un indicio en el texto, ni en ninguna otra parte. Es meramente adorno humano, sin una sola partícula de autoridad bíblica, inventado en virtud de una teoría de interpretación de doble o triple sentido. Mucho más sobria es la explicación de Alford: "Podemos observar que nuestro Señor hace que 'cuando el Señor venga' [o[tan e[lth o/ kuriov] coincida con la destrucción de Jerusalén, que es, incontestablemente, la destrucción de los labradores malvados. Por lo tanto, este pasaje forma una clave importante de las pofecías de nuestro Señor, y una justificación decisiva para los que, como yo, sostienen que la venida del Señor, en muchos lugares, ha de identificarse principalmente con esa destrucción". (4) Es lamentable que esta nota, por lo demás acertada y sensata, esté estropeada por las frases "en muchos lugares" y "principalmente", pero es, sin embargo, una admisión importante. Sin duda, aquí encontramos efectivamente "una clave importante de las profecías de nuestro Señor", pero la clave maestra es la que ya hemos encontrado en Mat. 16:27, 28, que sirve para abrir, no sólo éste, sino muchos otros dichos oscuros en los oráculos proféticos. IV. Parábola de las bodas del hijo del rey
Esta parábola guarda un gran parecido con la de la Gran Cena de Lucas 14. Es posible que las dos parábolas sean sólo versiones diferentes del mismo original. La cuestión, sin embargo, no afecta la discusión actual, y no puede probarse que estas parábolas no fueron pronunciadas en ocasiones diferentes. La moraleja de ambas es la misma; pero la naturaleza de la parábola registrada por Mateo es más claramente escatológica que la de Lucas. Apunta claramente a la cercana consumación del "reino de los cielos". La venganza que el rey tomó de los asesinos de su hijo y contra su ciudad fija la aplicación a Jerusalén y a los judíos. Los ejércitos romanos no eran sino los ejecutores de la justicia divina; y Jerusalén pereció por su culpa y su rebelión contra su Rey. En sus notas sobre esta parábola, y aunque reconoce una referencia parcial y primaria a Israel y a Jerusalén, Alford también encuentra que se extiende mucho más allá de su alcance aparente, y se divide en dos actos, el primero de los cuales es pasado, y termina en el versículo 10; mientras que un nuevo acto se abre con el versículo 11, que todavía está en el futuro. Esto implica que el juicio de Israel y de Jerusalén no proporciona un cumplimiento pleno y exhaustivo de las palabras de nuestro Señor. Por una parte, tenemos las enseñanzas de Cristo mismo - sencillas, claras, y nada ambiguas; por la otra, la especulación conjetural del crítico, sin una chispa de evidencia ni autoridad de la palabra de Dios. Algunos se mofarán diciendo que exponer la parábola de acuerdo con su sencillo significado histórico es poco profundo, superficial, y poco espiritual, y tratan de encontrar en ella significados ulteriores y ocultos, enigmas oscuros y profundos, profundidades místicas, que nadie sino los teólogos pueden explorar - ¡esto es perspicacia crítica, aguda penetración, gran espiritualidad! En nuestra opinión, todo este atribuir hipótesis humanas y dobles sentidos a las predicciones de nuestro Señor es completamente incompatible con la crítica sobria, o con la verdadera reverencia por la palabra de Dios; esto no es crítica, sino misticismo, y oscurece la verdad, en vez de aclararla. Entonces, a riesgo de ser considerados superficiales y poco profundos, nos aferraremos a las sencillas enseñanzas de las palabras de la Biblia, haciendo oídos sordos a todas las especulaciones fantásticas y conjeturales de origen meramente humano, no importa cuán instruída o digna sea la dirección de donde vengan. V. Ayes Pronunciados Sobre los Escribas y los Fariseos
Se verá que Lucas da este pasaje como pronunciado en una relación diferente, y en una ocasión diferente, de las de Mateo. Si nuestro Señor pronunció las mismas palabras en dos ocasiones diferentes, o si las palabras fueron transpuestas por Lucas de su relación original, no es una cuestión fácil de establecer. La primera hipótesis no parece probable, y no se recomienda ella misma a la mente crítica. Los apotegmas y dichos cortos parabólicos, como "muchos son los llamados pero pocos los escogidos", "los últimos serán los primeros, y los primeros, últimos", pueden haberse repetido en varias ocasiones; pero difícilmente puede imaginarse que discursos relacionados y detallados, como el Sermón del Monte, el discurso profético sobre el Monte de los Olivos, y esta acusación contra los escribas y fariseos, hayan sido repetidos palabra por palabra en diferentes ocasiones. Como ya hemos visto, es un error buscar un estricto orden cronológico en las narraciones de los evangelistas; se admite de modo general que ellos algunas veces ponían juntos hechos que tenían una relación natural, de manera bastante independiente del orden cronológico en que ocurrieron. Stier dice de la cronología de Lucas en general: "Dos cosas están suficientemente claras: Primera, que él menciona ocurrencias individuales sin tener en cuenta estrictamente la cronología, aún repitiendo e intercalando algunas cosas registradas en otros lugares", etc. Neander hace la siguiente observación sobre el pasaje que tenemos delante: "Del mismo modo que este último discurso narrado por Mateo contiene varios pasajes narrados por Lucas en la conversación de la mesa (cap. 11), Lucas inserta allí este anuncio profético, cuya correcta posición se encuentra en Mateo". (5) Sin embargo, no podemos concordar con la opinión de Neander, de que "este discurso, como aparece en Mat. 23, contiene muchos pasajes pronunciados en otras ocasiones" (6). Nos parece imposible leer el capítulo veintitrés de Mateo sin percibir que es un discurso continuo y relacionado, pronunciado en una ocasión, derivándose sus diferentes partes de, y siguiéndose, las unas a las otras naturalmente. Su misma estructura, que consiste de siete ayes (7), pronunciados contra los hipócritas que pretendían ser santos y eran los guías ciegos del pueblo - y la solemne ocasión en la que fue pronunciado, siendo el discurso público filial [sic] de nuestro Señor - obligan irresistiblemente la conclusión de que es un todo completo, y que Mateo nos da la forma original del discurso. Pero dilucidar esta cuestión no es esencial para esta investigación. Mucho más importante es observar cómo nuestro Señor cierra su ministerio público en términos casi idénticos a aquellos con los cuales su precursor se dirigía a la misma clase de gentes: "¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?" Esta no es ninguna coincidencia fortuita. Evidentemente, es la deliberada adopción de las palabras del Bautista, cuando habló de la "ira venidera". Israel había rechazado asimismo el severo llamado al arrepentimiento que le había hecho el segundo Elías, y las tiernas amonestaciones del Cordero de Dios. La medida de su culpa estaba casi llena, y el "día de la ira" llegaba rápidamente. Pero el punto que merece atención especial es la particular aplicación de este discurso a la misma época del Salvador. "De cierto os digo: Todo esto acontecerá a esta generación". "Esto será requerido de esta generación". Ciertamente no hay aquí la pretensión de una referencia primaria y una secundaria. Ningún expositor negará que estas palabras tienen una única y exclusiva explicación a la generación del pueblo judío que entonces vivía sobre la tierra. Hasta Dorner, que arguye de lo más enérgicamente a favor de una gran variedad de significados de la palabra genea [generación], admite con franqueza que aquí sólo puede referirse a los contemporáneos de nuestro Señor: "Hoc ipsum hominum aevum". (8) Esta es una admisión de la mayor importancia. Nos permite fijar el verdadero significado de la frase: "Esta generación", que juega un papel tan importante en varias de las predicciones de nuestro Señor, y notablemente en la gran profecía pronunciada en el Monte de los Olivos. En el pasaje que tenemos delante, las palabras son incapaces de ninguna otra aplicación que no sea la generación existente de la nación judía, que es representada por nuestro Señor como heredera de todas las generaciones precedentes, que había heredado la depravación y la rebeldía del carácter nacional, y estaba destinada a perecer en el diluvio de ira que se había estado acumulando a través de los siglos, y por fin estaba a punto de arrollar a la tierra culpable. VI. El Segundo Lamento de Jesús Sobre Jerusalén
Aquí tenemos nuevamente otro ejemplo de esas discrepancias en la historia del evangelio que causan perplejidad a los armonistas. Lucas registra este conmovedor apóstrofe de nuestro Señor en una relación bastante diferente de la de Mateo. Sin embargo, apenas podemos suponer que estas ipsissima verba fueron pronunciadas en más de una ocasión, a saber, las especificadas por Mateo. Dice Dorner: "Que estas palabras: 'He aquí, vuestra casa os dejada desierta', fueron pronunciadas por Cristo, no donde las coloca Lucas, sino donde las pone Mateo, lo muestran las palabras mismas; porque fueron pronunciadas cuando nuestro Señor partía del templo para no regresar más a él hasta que viniera en juicio". (9) Lange dice que el pasaje es colocado antes por Lucas "por razones pragmáticas". En todo caso, podemos correctamente considerar las palabras como pronunciadas en la ocasión indicada por Mateo. Como tal, su colocación es de lo más sugerente. Esta patética amonestación mitiga la severidad de las anteriores acusaciones, y cierra el ministerio de nuestro Señor con un estallido de humana ternura y divina compasión. Como bien dice el Dr. Lange: "El Señor llora y se lamenta sobre su propia Jerusalén en ruinas ... Su peregrinaje entero en la tierra fue agitado por su angustia sobre Jerusalén, como la gallina que ve al águila amenazante en el cielo, y ansiosamente trata de juntar a sus polluelos bajo sus alas. Con una tal angustia veía Jesús a las legiones romanas aproximarse para juicio sobre los hijos de Jerusalén, y trataba de salvarles con las más fuertes solicitaciones de amor, pero en vano. ¡Eran como hijos muertos a la voz del amor maternal!" (10) ¿Es necesario decir que aquí está Jerusalén, y sólo Jerusalén? No hay ninguna ambigüedad, ninguna referencia doble; ningún cumplimiento próximo y final se conciba aquí. Un pensamiento, un sentimiento, un propósito llenaba el corazón de Jesús - ¡Jerusalén, la ciudad de Dios, la amada, la culpable, la condenada! Su suerte estaba ahora poco menos que sellada, y el corazón de nuestro Salvador se le oprimía de angustia al darle el último adiós. Pero, ¿cómo debemos entender las palabras finales: "No me veréis más, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor"? Esta frase: "Bendito el que viene en el nombre del Señor" es la fórmula reconocida que empleaban los judíos al hablar de la venida del Mesías - el saludo mesiánico: equivalente a "Salve, ungido de Dios". Se supone generalmente que fue adoptado de Sal. 118:26. Por lo tanto, vendría un momento en que esta salutación sería apropiada. El Señor que salía del templo retornaría a su templo una vez más. Más que esto, aquella misma generación presenciaría aquel regreso. Esto se da a entender claramente en la forma del lenguaje del Salvador: "No me veréis más hasta que digáis", etc. - palabras que estarían desprovistas de la mitad de su significado si las personas a las que se refiere la primera parte de la oración no fuesen las mismas que aquéllas a las que se refiere la segunda parte. Nada puede ser más claro y explícito que la referencia de principio a fin al pueblo de Jerusalén, los contemporáneos de Cristo. Ellos y Él habrían de encontrarse otra vez; y el Mesías, el Señor a quien profesaban buscar tan ansiosamente, vendría súbitamente a su templo, según el dicho de Malaquías el profeta. Ellos esperaban aquella venida como un acontecimiento para ser recibido con gozo; pero habría de ser de muy distinta manera. "¿Y quién podrá soportar el tiempo de su venida? ¿o quién podrá estar en pie cuando él se manifieste?" Ese día habría de traer la desolación de la casa de Dios, la destrucción de su existencia nacional, el estallido de la ira contenida de Dios sobre Israel. Este era el regreso, el reunirse nuevamente, al cual el Salvador alude aquí. ¿Y no es ésta la mismísima cosa que Él había declarado una y otra vez? ¿No había Él dicho hacía bien poco que "sobre esta generación" vendrían los siete ayes que Él acababa de pronunciar? (Ver. 36). ¿No había afirmado solemnemente que algunos que entonces vivían verían al Hijo del hombre viniendo en gloria, con sus ángeles, "para dar a cada uno según sus obras" -- esto es, que vendría a juzgar? ¿Es posible adoptar la extraña hipótesis de algunos comentaristas de nota, de que con estas palabras nuestro Salvador quiere decir que nunca volvería a ser visto por aquéllos a los cuales hablaba, hasta que un Israel convertido y cristiano, en alguna época muy distante en el tiempo, estuviese preparado para recibirle como Rey de Israel? Esto sería realmente tomarse injustificadas libertades con las palabras de la Escritura. Nuestro Señor no dice: "No me veréis hasta que ellos digan, o, hasta que otra generación diga; sino, "hasta que [vosotros] digáis", etc. No se sigue de ninguna manera que, porque la salutación mesiánica se cita aquí, el pueblo que se supone que la usa estaba preparado para entrar en su verdadero significado. Aquellas mismas palabras habían sido exclamadas por multitudes en las calles de Jerusalén sólo uno o dos días antes, pero fueron cambiadas por "¡Crucifícale, crucifícale!" en muy breve espacio de tiempo. Aquellas palabras simplemente denotan el hecho de su venida. Los infelices a quienes nuestro Salvador hablaba no podían adoptar el saludo mesiánico en su sentido verdadero y más alto; ellos jamás dirían: "Bendito el que", etc., pero presenciarían su venida - la venida con la cual aquella fórmula estaba asociada indisolublemente, es decir, la Parusía. Sostenemos, entonces, que, no
sólo estamos justificados, sino obligados, a llegar a la conclusión
de que aquí nuestro Señor se refiere a su venida para destruir a
Jerusalén y cerrar la era judía, según sus expresas declaraciones,
dentro del período de la generación que entonces existía. La
historia verifica la profecía. Menos de cuarenta años después del
tiempo en que fueron pronunciadas estas palabras, Judea y su pueblo
fueron abrumados por el diluvio de ira predicho por el Señor. Su
tierra fue asolada; su casa fue dejada desierta; Jerusalén, y sus
hijos con ella, fueron sumergidos en una ruina común. VII. La Profecía Del Monte de los Olivos LA VENIDA DEL
HIJO DEL HOMBRE [LA PARUSÍA] MAT. 24; MAR. 13; LUC. 21 Ahora entramos a considerar el que es, con mucho, el pronunciamiento más completo y más explícito de nuestro Señor tocante a su venida, y los solemnes acontecimientos relacionados con ella. El discurso o la conversación en el Monte de los Olivos es la gran profecía del Nuevo Testamento, y no sería incorrecto llamarla el Apocalipsis de los evangelios. De la interpretación de este discurso profético dependerá que comprendamos correctamente las predicciones contenidas en los escritos apostólicos; porque casi se puede decir que no hay nada en las epístolas que no esté en los evangelios. Esta profecía de nuestro Salvador es el gran depósito del cual se derivan principalmente las declaraciones proféticas de los apóstoles. La opinión comúnmente aceptada de la estructura de este discurso, que casi se da por sentada, tanto por expositores como por los lectores en general, es que nuestro Señor, al responder a la pregunta de sus discípulos con respecto a la destrucción del templo, mezcla con ese acontecimiento la destrucción del mundo, el juicio universal, y la consumación final de todas las cosas. Imperceptiblemente, se supone, la profecía se desliza de la ciudad y el templo de Jerusalén, y su destino inminente en el futuro inmediato, a otra catástrofe, infinitamente más tremenda, en el futuro lejano e indefinido. Sin embargo, tan entremezcladas están las alusiones - ya a Jerusalén, ya al mundo en ggeneral; ya a Israel, ya a la raza humana; ya a los acontecimientos cercanos, ya a acontecimientos indefinidamente remotos - que distinguir y asignar las varias referencias y los varios temas es extremadamente difícil, si no imposible. Quizás la manera más justa de mostrar los puntos de vista de los que arguyen a favor de un doble significado en este discurso profético sea presentar el esquema o plan de la profecía propuesto por el Dr. Lange, y adoptado por muchos notables expositores.
No muy diferente es el esquema propuesto por Stier, que encuentra tres venidas diferentes de Cristo, "que en perspectiva se cubren entre sí":
Tal es el elaborado y complicado esquema adoptado por algunos expositores; pero hay contra él obvias y graves objeciones que, mientras más son consideradas, más formidables parecen, si no fatales. 1. Puede hacerse una objeción, in limine, a los principios envueltos en este método de interpretar la Escritura. ¿Debemos buscar significados dobles, triples, y múltiples, profecías dentro de profecías, y misterios envueltos en misterios, donde podríamos razonablemente haber esperado una respuesta sencilla a una pregunta sencilla? ¿Puede alguien estar seguro de entender las Escrituras si éstas son enigmáticas u obscuras? ¿Es ésta la manera en que el Salvador enseñaba a sus discípulos, dejando que tanteasen el camino a través de intrincados laberintos, que irrestiblemente sugieren la astronomía ptolemaica - "Ciclo y epiciclo, orbe en orbe"? Ciertamente, una revelación tan ambigua y obscura puede difícilmente llamarse revelación, y más parece un oráculo de Delfos, o una sibila de Cuma, que la enseñanza de Aquél a quien el pueblo escuchaba gustosamente. (13) 2. Apenas se pretenderá que, si la exposición de Lange y la de Stier es correcta, los discípulos que escuchaban los dichos de Jesús en el Monte de los Olivos pudieron haber comprendido o seguido la dirección de su discurso. En todo momento, eran lentos para entender las palabras de su Maestro; pero sería darles crédito a su asombroso poder de penetración suponer que eran capaces de sortear su camino a través de tal laberinto de venidas, que se extendían a través de "una serie de ciclos, cada uno de los cuales presenta el futuro entero, pero de tal manera que, con cada nuevo ciclo, la escena parece aproximarse y parecerse más de cerca a la catástrofe final". Para el lector corriente, no es fácil seguir al crítico ingenioso a través de su tortuoso esquema; pero es claro que los discípulos deben haberse sentido irremediablemente desconcertados en medio de una avalancha de crisis y catástrofes desde la caída de Jerusalén hasta el fin del mundo. Quizás debe decírsenos, sin embargo, que no es importante si los discípulos entendieron o no la respuesta de nuestro Señor: no era a ellos a los que Él hablaba; era a las edades futuras, a las generaciones que todavía no habían nacido, que sin embargo estaban destinadas a encontrar la interpretación de la profecía tan embarazosa para ellos como lo era para los portadores originales. Ninguna palabra para repudiar tal sugerencia es demasiado fuerte. Los discípulos fueron a su Maestro con una pregunta sencilla y honesta, y es increíble que Él se burlase de ellos dándoles por respuesta un acertijo ininteligible. Debe suponerse que el Salvador quería que sus discípulos entendieran sus palabras, y debe suponerse que las entendieron. 3. La interpretación que estamos considerando parece estar fundamentada en una errónea interpretación de la pregunta que los discípulos hicieron a nuestro Señor, así como de la respuesta a la pregunta. Se supone por lo general que los discípulos vinieron a nuestro Señor con tres preguntas diferentes, relativas a diferentes acontecimientos separados entre sí por un largo intervalo de tiempo; que la primera pregunta: "¿Cuándo serán estas cosas?", se refería a la próxima destrucción del templo; que la segunda y la tercera preguntas, "¿Qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?", se refería a sucesos muy posteriores a la destrucción de Jerusalén y que, de hecho, todavía no han tenido lugar. Se supone que la respuesta de nuestro Señor se conforma a esta triple pregunta, y que esto da forma a su discurso entero. Ahora, considérese cuán completamente improbable es que los discípulos tuvieran en sus mentes algún esquema del futuro, como si fuera un mapa. Sabemos que ellos acababan de ser sacudidos y quedar estupefactos por la predicción de su Maestro tocante a la total destrucción de la gloriosa casa de Dios que tan recientemente habían estado contemplando con admiración. Todavía no habían tenido tiempo de recuperarse de su sorpresa, cuando fueron a Jesús con la pregunta: "¿Cuándo serán estas cosas?", etc. ¿No es razonable suponer que sólo un pensamiento les poseía en ese momento - la portentosa calamidad que esperaba a la magnífica estructura, gloria y belleza de Israel? ¿Era ése un momento en que sus mentes estarían ocupadas con un futuro distante? ¿No debía su alma entera estar concentrada en el destino del templo? ¿Y no debían estar ansiosos de saber qué señales se darían de la proximidad de la catástrofe? Es imposible decir si relacionaron en su imaginación la destrucción del templo con la disolución de la creación y el fin de la historia humana; pero podemos, sin peligro, llegar a la conclusión de que en sus mentes predominaba el anuncio que el Señor acababa de hacer: "De cierto os digo, que no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada". Por el lenguaje del Salvador, deben haber colegido que la catástrofe era inminente; y su ansiedad era por saber el momento y las señales de su llegada. Marcos y Lucas hacen que la pregunta de los discípulos se refiera a un suceso y una ocasión - "¿Cuándo serán estas cosas? ¿Y qué señal habrá cuando todas estas cosas hayan de cumplirse?" Por lo tanto, no es sólo presumible, sino indudable, que las preguntas de los discípulos se refieren sólo a diferentes aspectos del mismo y gran acontecimiento. Esto armoniza las afirmaciones de Mateo con las de los otros evangelistas, y claramente lo requieren las circunstancias del caso. 4. La interpretación que estamos discutiendo descansa también en una concepción errónea y engañosa de la frase "fin del mundo" (época) [ton/ai=w/noj]. No es sorprendente que simples lectores de habla inglesa del Nuevo Testamento supongan que esta frase significa en realidad la destrucción del mundo material; pero tal error no debería recibir el apoyo de hombres de saber. Ya hemos tenido ocasión de subrayar que el verdadero significado de (aion) no es mundo, sino época; que, como su equivalente en latín, aevum, se refiere a un período de tiempo: así, "el fin de la época" [ton/ai=w/noj] significa la proximidad del fin de la época o era o dispensación judía, como nuestro Señor lo indicaba con frecuencia. Todos los pasajes que hablan del "fin" [to.te,loj] "el fin del tiempo", o "el fin de los tiempos", se refieren a la misma consumación, y siempre como que está a las puertas. En I Cor. 10:11, Pablo dice: "Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos", dando a entender que se consideraba a sí mismo y a sus lectores como viviendo cerca de la conclusión de un aeon, o era. Así, en la epístola a los Hebreos, encontramos la notable expresión: "Pero ahora, en la consumación de los siglos (erróneamente traducida: El fin del mundo), se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo" (Heb. 9:26), mostrando claramente que el escritor consideraba la encarnación de Cristo como teniendo lugar cerca del fin del eon, o período dispensacional. Suponer que quería decir cerca del fin del mundo, o cerca de la destrucción del planeta material, sería hacerle escribir falsa historia y mala gramática. De hecho, no sería verdad, porque el mundo ha durado más desde la encarnación que la duración de toda la economía mosaica, desde el éxodo hasta la destrucción del templo. Por lo tanto, es inútil decir que el "fin del siglo" puede significar un período prolongado, que se extiende desde la encarnación hasta nuestro propio tiempo, y aún más allá. Eso sería un eón, no el fin de todos los hombres. El eón del que hablaba nuestro señor estaba a punto de terminar en una gran catástrofe; y una catástrofe no es un proceso prolongado, sino un acto definitivo y culminante. Nos vemos obligados, por lo tanto, a llegar a la conclusión de que "el fin del siglo", o [ton/ ai=w/noj] se refiere solamente a la cercana terminación de la era o dispensación judía. 5. Ciertamente puede objetarse que, aún admitiendo que los apóstoles hayan estado ocupados exclusivamente con la suerte del templo y los acontecimientos de su propio tiempo, no hay razón para que el Señor no excediera los límites de la visión de ellos y no extendiera una mirada profética hacia los siglos de un futuro distante. No hay duda de que podía hacerlo; pero, en ese caso, deberíamos esperar algún atisbo o sugerencia de ese hecho; alguna línea bien definida entre el futuro inmediato y el indefinidamente remoto. Si el Salvador pasa de Jerusalén y su día de condenación, al mundo y su día del juicio, sería sólo razonable buscar alguna frase como "Después de muchos días", o "Sucederá después de estas cosas", que marcara la transición. Pero en vano buscamos alguna indicación de este tipo. Son por entero insatisfactorios los intentos de los expositores de trazar líneas de transición en esta profecía, mostrando dónde deja de hablar de Jerusalén e Israel y pasa a hablar de acontecimientos remotos y generaciones que todavía no habían nacido. Nada puede ser más arbitrario que las divisiones que se intentan establecer; no soportan ni el examen de un momento, y son incompatibles con las expresas afirmaciones de la profecía misma. ¿Puede creerse que algunos expositores encuentran un punto de transición en Mateo 24:29, donde las propias palabras de nuestro Señor hacen totalmente inadmisible la idea misma por medio de su propia observación sobre el tiempo, pues dice "inmediatamente"? Si, en presencia de tal autoridad, puede hacerse una sugerencia tan precipitada, ¿qué no puede esperarse en casos señalados con menos fuerza? Pero, la verdad es que todos los intentos de establecer divisiones y transiciones imaginarias en la profecía fracasan de modo notable. Que cualquier lector imparcial y honesto juzgue el esquema del Dr. Lange, que puede ser considerado representante de la escuela de los expositores del doble sentido, en su distribución de este discurso de nuestro Señor, y diga si es posible discernir algún vestigio de una división natural donde él traza líneas de transición. Su primera sección, desde el ver. 4 al ver. 14, la titula "Señales, y la manifestación del fin del mundo en general". ¡Cómo! ¿Es concebible que nuestro Señor, a punto de responder a los corazones ansiosos y palpitantes, llenos de ansiedad por las calamidades que Él decía eran inminentes, comenzara hablando del "fin del mundo en general"? Ellos pensaban en el templo y el futuro inmediato. ¿Hablaría Jesús del mundo y del tiempo indefinidamente remoto? Pero, ¿hay algo en esta primera sección que no sea aplicable a los discípulos mismos y a su tiempo? ¿Hay algo que no ocurrió realmente en su propio tiempo? "Sí," se dirá, "el evangelio del reino no se ha predicado todavía a todo el mundo por testimonio a todas las naciones". Pero tenemos este mismo hecho atestiguado por Pablo (Col. 1:5, 6): "La palabra verdadera del evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo", etc.; y nuevamente (Col. 1:23): "El evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo". Existía, pues, en el tiempo de los apóstoles, tal difusión mundial del evangelio como para satisfacer las predicciones del Salvador: "Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo" (oikemene). Pero la objeción decisiva a este esquema es que es evidente que el pasaje entero está dirigido a los discípulos, y habla de lo que ellos verían, de lo que ellos harían, de lo que ellos sufrirían; todo esto cae dentro de su propia observación y experiencia, y no se puede hablar de ellos como si se tratara de un auditorio invisible en una época muy distante en el futuro lejano, que aún hoy no ha tenido lugar en la tierra. La siguiente división de Lange, que comprende desde el ver. 15 hasta el ver. 22, se titula "señales del fin del mundo en particular: (a) La Destrucción de Jerusalén". Sin detenernos a investigar la relación de estas ideas, es satisfactorio ver que por fin se introduce a Jerusalén. Pero, ¡cuán antinatural es la transición de "el fin del mundo" a la invasión de Judea y al sitio de Jerusalén! ¿Podrían los discípulos haber dado tan súbito e inmenso salto? ¿Podría haber sido inteligible para ellos, o es inteligible en la actualidad? Pero, obsérvese el punto de transición, como lo fija Lange en el vers. 15: "Por tanto, cuando veáis la abominación desoladora", etc. Esto ciertamente no es transición, sino continuidad: todo lo que precede conduce a este punto; las guerras, las hambrunas, las pestilencias, las persecuciones, y los martirios; todo esto preparaba y era la introducción para el "fin"; esto es, para la catástrofe final que habría de sobrevenir a la ciudad, al templo, y a la nación de Israel. Luego sigue un párrafo desde el ver. 23 hasta el ver. 28, que Lange llama "(b) Intervalo de juicio parcial y suprimido". Este título es en sí mismo un ejemplo de exposición fantástica y arbitraria. En las palabras mismas algo incongruente y contradictorio. Un día de juicio implica publicidad y manifestación, no silencio y supresión. Pero, ¿cuál puede ser el significado de "días de juicio silencioso y suprimido", que continúa desde la destrucción de Jerusalén hasta el fin del mundo? Si se quiere decir que hay un sentido en que Dios está siempre juzgando al mundo, esto es un truísmo que podría afirmarse de cualquier período, antes o después de la destrucción de Jerusalén. Pero la parte más objetable de esta exposición es el violento tratamiento de la palabra "entonces" (p. 62) [to,te] (ver. 23). Dice Lange: "Entonces (es decir, en el tiempo que transcurre entre la destrucción de Jerusalén y el fin del mundo)". ¡Este es ciertamente un prodigioso entonces! Ya no es un punto en el tiempo, sino un eón - un período vasto e indefinido; y se supone que durante todo ese tiempo las afirmaciones del párrafo, ver. 23 al 28, están en proceso de cumplimiento. Pero, cuando regresamos a la profecía misma, no encontramos ningún cambio de tema, ninguna interrupción en la continuidad del discurso, ningún indicio de transición de una época a la otra. La nota de tiempo, "entonces", [to,te], es decisiva contra cualquier hiato o transición. Nuestro Salvador está poniendo a los discípulos en guardia contra los engañadores e impostores que infestaban la comunidad judía en los últimos días, y les dice: "Entonces", (es decir, en ese tiempo, en la agonía de la guerra judía) "si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis", etc. Es Jerusalén, siempre Jerusalén, y sólo Jerusalén, de lo que nuestro Señor habla aquí. Por fin llegamos a "El Verdadero Fin del Mundo" (ver. 24-31). Habiendo hecho la transición del "fin del mundo hacia atrás hasta la destrucción de Jerusalén, el proceso ahora se invierte, y hay otra transición, de la destrucción de Jerusalén al "verdadero fin del mundo". Este fin verdadero ha sido puesto después de la aparición de aquellos falsos Cristos y falsos profetas contra los cuales eran amonestados los discípulos. Esta alusión a "falsos Cristos" debería haberle ahorrado al crítico el error en que ha caído, y haberle indicado el período al cual se refiere la predicción. Pero, ¿dónde hay aquí alguna señal de división o transición? No hay rastro ni señal de ninguna. Por el contrario, el lenguaje expreso de nuestro Señor excluye en absoluto cualquier intervalo de tiempo, pues dice: "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días", etc. Esta nota en cuanto al tiempo es decisiva, y prohibe perentoriamente suponer cualquier interrupción o hiato en la continuidad de su discurso. Pero hemos ido bastante lejos en la demostración del tratamiento arbitrario y nada crítico que ha recibido esta profecía, y sido seducidos para efectuar una exégesis prematura de alguna porción de su contenido. Lo que argumentamos es a favor de la unidad y la continuidad del discurso entero. Desde el principio del capítulo veinticuatro de Mateo hasta el final del veinticinco, es uno e indivisible. El tema es la próxima consumación de la época, con los acontecimientos acompañantes y concomitantes, los ayes que habrían de alcanzar a la "generación perversa", que comprendían la invasión por los ejércitos romanos, el sitio y la captura de Jerusalén, la destrucción total del templo, las terribles calamidades del pueblo. Junto con esto encontramos la verdadera Parusía, o venida del Hijo del hombre, el derramamiento judicial de la ira divina sobre los impenitentes, y la liberación y la recompensa de los fieles. De principio a fin, estos dos capítulos forman un discurso continuo, consecutivo, y homogéneo. Así debe haber sido considerado por los discípulos, a los cuales fue dirigido; y así, en ausencia de cualquier atisbo o indicación en contrario en el registro, nos sentimos vinculados a él. 6. En conclusión, no podemos evitar referirnos a otra consideración, que, estamos persuadidos, ha tenido mucho que ver con la errónea interpretación de esta profecía; es decir, la inadecuada apreciación de la importancia y la grandeza del acontecimiento que forma su tema, la consumación de la era o del eón, y la abrogación de la dispensación judía. Ese fue un suceso que formó una época en el gobierno divino del mundo. La economía mosaica, que había sido entronizada con tanta pompa y grandeza en medio de los truenos y los relámpagos de Sinaí, y había existido por casi dieciséis siglos, que había sido el medio de comunicación divinamente instituído entre Dios y el hombre, y cuyo propósito había sido establecer un reino de Dios en la tierra, había demostrado ser un comparativo fracaso por medio de la incapacidad moral del pueblo de Israel, estaba condenada a llegar a su fin en medio de la más terrífica demostración de la justicia y la ira de Dios. El templo de Jerusalén, por siglos gloria y corona del Monte de Sión - el santuario sagrado, en cuyo lugar sannto se complacía en habitar Jehová - la casa santa y hermosa, que era el paladio de la seguridad de la nación, y más cara que la vida para cada hijo de Abraham - estaba a punto de ser profanado y destrruído, de modo que no quedaría piedra sobre piedra. El pueblo escogido, los hijos del Amigo de Dios, la nación favorecida, con la cual el Dios de toda la tierra se dignó entrar en pacto y ser llamado su Rey, habría de ser abrumado por las más terribles calamidades que jamás cayeron sobre nación alguna; habría de ser expatriado, privado de su nacionalidad, excluído de su antigua y peculiar relación con Dios, y ser expulsados para que anduviesen como peregrinos sobre la faz de la tierra, refrán y burla entre todas las naciones. Pero junto con todo esto habría cambios para bien. Primero, y principalmente, el fin de la época sería la inauguración del reino de Dios. Habría honor y gloria para los fieles y verdaderos siervos de Dios, que luego entrarían en plena posesión de la herencia celestial. (Esto se desarrollará más plenamente en la secuela de nuestra investigación). Pero habría también un glorioso cambio en este mundo. Lo antiguo dio lugar a lo nuevo; la Ley fue reemplazada por el Evangelio; Cristo tomó el lugar de Moisés. El sistema estrecho y exclusivo, que abarcaba sólo a un pueblo, fue sucedido por un pacto nuevo y mejor, que abarcaba la familia entera del hombre, y no conocía diferencia entre judíos y gentiles, circuncisos e incircuncisos. La dispensación de los símbolos y las ceremonias, adaptados a la niñez de la humanidad, fue incorporada en un orden de cosas en que la religión se convirtió en un servicio espiritual, cada lugar en un templo, cada adorador en un sacerdote, y Dios en Padre universal. Esta era una revolución mucho mayor que cualquiera que jamás hubiese ocurrido en la historia de la humanidad. Hizo un mundo nuevo; era el "mundo por venir", el [o.ikonge,nh me, llonoa] de Hebreos 2:5; y es imposible sobreestimar la magnitud e importancia del cambio. Es esto lo que da tal significado al arrasamiento del templo y la destrucción de Jerusalén: éstas son las señales externas y visibles de la abrogación del orden antiguo y la introducción del nuevo. La historia del sitio y la captura de la Santa Ciudad no es simplemente un emocionante episodio histórico, como el sitio de Troya o la caída de Cartago; no es meramente la escena final en los anales de una antigua nación; tiene un significado sobrenatural y divino; tiene relación con Dios y la raza humana, y marca una de las más memorables épocas en el tiempo. Esta es la razón de que el acontecimiento se describa en la Biblia en términos que a algunos les parecen exagerados, o requieran alguna catástrofe mayor los justifique. Pero, si fue adecuado que la introducción de esta economía fuera señalada por portentos y maravillas, terremotos, relámpagos, truenos, y bocinas, no menos adecuado fue que terminara en medio de fenómenos similares, terribles espectáculos y grandes señales en el cielo. Si los expositores hubiesen captado mejor el verdadero significado y la grandeza del acontecimiento, no habrían encontrado extravagante o exagerado el lenguaje con el cual nuestro Señor lo describe. (14) Ahora estamos preparados para entrar en un examen más particular del contenido de este discurso profético, lo cual trataremos de hacer tan concisamente como sea posible.
1. Life of Christ, sec. 239. 2. Life of Christ, sec. 256. 3. Lange acerca de Mat., p. 388. 4. Alford, Testamento griego. in loc. 5. Life of Christ, sec. 253, note n. 6. Life of Christ, sec. 253, note m. 7. Tischendorf rechaza el ver. 14, que está omitida por el Codice Sinaítico y Vaticano. 8. Véase Dorner´s tractae, De Oratione Christi Eschatologica, p. 41. 9. Dorner, Orat. Christ. Esch. p. 43. 10. Com. sobre Mat. p. 416. 11. Lange, Com. sobre Mat. p. 418 12. Stier. Red. Jes. vol. iii. 251. 13. Véase Nota A, Part I., sobre la Teoría de Interpretación de Doble Sentido. 14. La terminación del eón judío en el siglo primero, y de la era romana en el quinto y el sexto, fueron narcadas por la misma ocurrencia de calamidades, guerras, tumultos, pestilencias, terremotos, etc., todas marcando el tiempo de una de las peculiares temporadas de visitación de Dios. Para la misma creencia en relación con la convulsión física y moral, véase de Niebuhr, Leben´s Nachrichten, ii. p. 672, Dr. Arnold: Véase "Life by Stanley", vol. i, p. 311. I. PREGUNTAS DE LOS DISCÍPULOS
Podemos concebir la sorpresa y la consternación que sintieron los discípulos cuando Jesús les anunció la completa destrucción que se avecinaba sobre el templo de Dios, cuya belleza y cuyo esplendor había excitado su admiración. No es sorprendente que cuatro de ellos, que parecen haber sido admitidos a una más íntima familiaridad que el resto, buscasen información más completa sobre un tema tan intensamente interesante. El único punto que requiere aclaración aquí se refiere a la extensión de su interrogatorio. Marcos y Lucas lo representan como haciendo referencia al tiempo de la catástrofe predicha y a la señal de la inminencia de su cumplimiento. Mateo varía la forma de la pregunta, pero es evidente que tiene el mismo sentido: "Dinos, ¿cuándo serán estas cosas? ¿y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo [época]?" Aquí nuevamente es el tiempo y la señal lo que forma el tema de la pregunta. No hay razón en absoluto para suponer que en sus mentes consideraban la destrucción del templo, la venida del Señor, y el fin de la época, como tres acontecimientos distintos o ampliamente separados entre sí; sino que, por el contrario, es completamente natural suponer que los consideraban a todos ellos como coincidentes y contemporáneos. Qué idea precisa tenían con respecto al fin de la época y a los acontecimientos conectados con él, no lo sabemos; pero sí sabemos que estaban acostumbrados a oir hablar a su Maestro de que vendría nuevamente con su reino, en su gloria, y durante la vida de algunos de ellos. También le habían oído hablar del "fin del siglo"; y es evidente que relacionaban su "venida" con el fin de la época. Por lo tanto, los tres puntos abarcados por su pregunta, como los presenta Mateo, eran considerados por ellos como contemporáneos; por eso, no encontramos ninguna diferencia práctica en los términos de la pregunta de los discípulos como está registrada por los autores de los evangelios sinópticos. II. RESPUESTA
DE NUESTRO SEÑOR (a) Sucesos que más remotamente debían preceder la consumación
Es imposible leer esta sección sin percibir su clara referencia al período entre la crucifixión de nuestro Señor y la destrucción de Jerusalén. Cada una de las palabras fue dirigida a los discípulos, y solamente a ellos. Imaginar que el "vosotros" de este discurso se aplica, no a los discípulos a quienes Jesús hablaba, sino a algunas personas desconocidas y todavía inexistentes en una lejana época en el futuro es una suposición tan absurda que no merece que se le preste atención seria. De que las palabras de nuestro Señor tuvieron plena verificación durante el intervalo entre su crucifixión y el fin de aquella época, tenemos el más amplio testimonio. Falsos Cristos y falsos profetas comenzaron a aparecer al comienzo mismo de la era cristiana, y continuaron infestando el país hasta el final mismo de la historia judía. En la procuraduría de Pilatos (36 d. C.), apareció uno de ellos en Samaria, y engañó a grandes multitudes. Hubo otro en la procuraduría de Cuspio Fado (45 d. C.). Josefo nos dice que, durante el gobierno de Félix (53-60), "el país estaba lleno de ladrones, magos, falsos profetas, falsos mesías, e impostores", que engañaban al pueblo con promesas de grandes acontecimientos. (1) La misma autoridad nos informa que en aquellos días abundaban las conmociones civiles y enemistades internacionales, especialmente entre los judíos y sus vecinos. En Alejandría, Seleucia, Siria, y Babilonia, hubo violentos tumultos entre judíos y griegos, y entre judíos y sirios, que habitaban en las mismas ciudades. "Cada ciudad estaba dividida", dice Josefo, "en dos bandos". En el reinado de Calígula, había gran aprensión en Judea por la posibilidad de una guerra con los romanos, a consecuencia de la propuesta del tirano de poner una estatua suya en el templo. Durante el reinado del emperador Claudio (41-54 d. C.), hubo cuatro temporadas de gran escasez. En el cuarto año de su reinado, la hambruna en Judea fue tan severa, que el precio de los alimentos era enorme, y pereció gran número de habitantes. Ocurrieron terremotos durante los reinados de Calígula y de Claudio. (2) El Señor dio a entender a sus discípulos que tales calamidades precederían el "fin". Pero no eran sus antecedentes inmediatos. Eran el "principio del fin"; pero "todavía no es el fin". En este punto (ver. 9-13), nuestro Señor pasa de lo general a lo particular; de lo público a lo personal; de las fortunas de naciones y reinos a las fortunas de los discípulos mismos. Mientras estos sucesos ocurrían, los apóstoles habrían de ser objetos de sospecha por parte de los poderes gobernantes. Habrían de ser llevados delante de los concilios, gobernantes, y reyes; habrían de ser encarcelados, azotados en las sinagogas, y odiados por todos los hombres por amor a Jesús. Cuán exactamente se verificó todo esto en la experiencia personal de los discípulos, podemos leerlo en los Hechos de los Apóstoles y en las epístolas de Pablo. Pero la divina promesa de protección en la hora de peligro se cumplió de modo notable. Con la sola excepción de "Santiago, el hermano de Juan", ningún apóstol parece haber sido víctima de malévola persecución por parte de sus enemigos hasta el fin de la historia apostólica, como se registra en Hechos (63 d. C.). Otra señal habría de preceder y entronizar la consumación. "Será predicado este evangelio del reino en todo el mundo [oi.koume,ne] por testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin". Ya hemos notado el cumplimiento de esta predicción en la era apostólica. Tenemos la autoridad de Pablo para la difusión universal del evangelio en sus días, que verificaría el dicho de nuestro Señor. (Véase Col. 1:6, 23). De no ser por este testimonio explícito del apóstol, sería imposible persuadir a algunos expositores de que las palabras de nuestro Señor se habían cumplido en algún sentido antes de la destrucción de Jerusalén; tal idea habría sido considerada mera extravagancia y capricho. Ahora, sin embargo, la objeción no puede alegarse razonablemente. Aquí puede ser adecuado recordar la observación de tiempo, dada a los discípulos en una ocasión anterior como indicación de la venida de nuestro Señor: "De cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23). Comparando esta declaración con la predicción que tenemos delante (Mat. 24:14), podemos ver la perfecta consistencia de las dos afirmaciones, y también el "terminus ad quem" en ambas. En un caso, es la evangelización del territorio de Israel; en el otro, la evangelización de Imperio Romano al cual se hace referencia como el precursor de la Parusía. Ambas afirmaciones son verdaderas. Ocuparía el espacio de una generación llevar las buenas nuevas a cada ciudad en Israel. Los apóstoles no tenían mucho tiempo para su misión en su propio país, pues tenían en sus manos una misión tan vasta en territorio extranjero. Obviamente, tenemos que tomar en sentido popular el lenguaje empleado por Pablo, así como por nuestro Señor, y no sería justo llevarlo al extremo de la letra. La amplia difusión del evangelio tanto en Israel como a través del Imperio Romano es suficiente para justificar la predicción de nuestro Señor. Hasta ahora, tenemos un discurso continuo, relacionado con un solo acontecimiento, y referido y dirigido a personas particulares. Encontramos cuatro señales, o series de señales, que habrían de anunciar la aproximación de la gran catástrofe. 1. La aparición de falsos Cristos y falsos profetas. 2. Grandes disturbios sociales, y calamidades y convulsiones naturales. 3. Persecución de los discípulos y apostasía de los creyentes profesos. 4. Difusión general del evangelio a través del imperio romano. Esta última señal anunciaba
especialmente la cercana proximidad del "fin". (b) Más indicaciones de la cercana condenación de Jerusalén
No se necesita ningún argumento para probar la referencia estricta y exclusiva de esta sección a Jerusalén y a Judea. Aquí no podemos detectar ningún rastro de doble sentido, de cumplimiento primario y ulterior, de sentidos subyacentes y típicos. Todo es nacional, local, y cercano; "la tierra" es la tierra de Judea; "este pueblo" es el pueblo de Israel, y "la vida de los discípulos" -- "cuando veáis". La mayoría de los expositores encuentran una alusión a los estandartes de las legiones romanas en la expresión "la abominación desoladora", y la explicación es altamente probable. Las águilas eran para los soldados objetos de culto religioso; y el pasaje paralelo en Lucas es evidencia casi concluyente de que éste es el verdadero significado. Sabemos por Josefo que el intento de un general romano (Vitelio) en el reinado de Tiberio, de hacer marchar sus tropas a través de Judea, fue resistido por las autoridades judías basándose en que las imágenes idólatras de sus emblemas serían una profanación de la ley (3). ¡Cuánto mayor fue la profanación cuando esos emblemas idólatras fueron exhibidos a plena luz en el templo y la Santa Ciudad! Esta sería la última señal que anunciaba que la hora de la destrucción de Jerusalén había llegado. Su aparición había de ser la señal para que todos los que estaban en Judea escaparan más allá de las montañas [e.pi.ta.o.rh], pues luego se iniciaría un período de sufrimiento y horror sin paralelo en los anales de la historia. Que la "gran tribulación" [qliyij mega,lh] (Mat. 24:21) hace referencia expresa a las terribles calamidades que acompañaron al sitio de Jerusalén, que fueron especialmente severas para el sexo femenino, es demasiado evidente para ser puesto en duda. Que aquellas calamidades fueron literalmente sin paralelo, lo pueden creer fácilmente todos los que han leído la horrorosa narración en las páginas de Josefo. Es notable que el historiador comienza su relato de la guerra judía con la afirmación de "que, en su opinión, la suma del sufrimiento humano desde el principio del mundo sería ligero en comparación con el de los judíos". (4) La siguiente descripción gráfica presenta la trágica historia de la desdichada madre cuya horrible comida puede haber estado en el pensamiento de nuestro Salvador cuando pronunció las palabras registradas en Mateo 24:19:
Que nuestro Señor tenía en mente los horrores que habrían de descender sobre los judíos durante el sitio, y no ningún acontecimiento subsiguiente al final del tiempo, es perfectamente claro por las palabras finales del versículo 21: "Ni la habrá". (c) Los discípulos advertidos contra los falsos profetas
Todavía no hemos encontrado ninguna interrupción en la continuidad del discurso; ni la más ligera indicación de que ha tenido lugar una transición hacia algún otro tema o algún otro período. La narración es perfectamente homogénea y consecutiva, y fluye hacia adelante sin apartarse ni a la derecha ni a la izquierda. Lo mismo es cierto con respecto a la sección que ahora nos ocupa. La mera primera palabra indica continuidad. "Entonces" [to,te], y cada una de las palabras subsiguientes está claramente dirigida a los discípulos mismos, para su advertencia e instrucción personales. Es claro que nuestro Señor les da indicios de lo que ocurriría en breve, o por lo menos lo que podían esperar ver con sus propios ojos si estaban vivos. Es una vívida representación de lo que en realidad ocurrió en los últimos días de la comunidad judía. Los desdichados judíos, y especialmente el pueblo de Jerusalén, eran alentados con falsas esperanzas por impostores especiosos que infestaban el país y trajeron ruina sobre sus miserables primos. Tal era el engaño producido por las jactanciosas pretensiones de estos impostores que, como nos enteramos por Josefo, cuando el templo estaba de veras en llamas, una vasta multitud del pueblo engañado cayó víctima de su credulidad. El historiador judío afirma:
Nuestro Señor advierte a sus discípulos que su venida a aquella escena de juicio sería conspicua y repentina como el relámpago, que se revela y parece estar en todas partes al mismo tiempo. "Porque", añade, "dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas". Esto es, dondequiera que se encontraran los culpables y devotos hijos de Israel, allí les abrumarían los destructores ministros de la ira, las legiones romanas. (d) La llegada del "fin", o la catástrofe de Jerusalén
Aquí también la fraseología prohibe absolutamente la idea de cualquier transición del tema de que se habla a otro. No hay nada que indique que la escena ha cambiado, o que un nuevo tema ha sido introducido. La sección que tenemos delante se conecta con toda claridad con la "gran tribulación" de que se habla en el versículo 21 de Mateo 24, y es inadmisible suponer cualquier intervalo de tiempo en vista de la presencia del adverbio "inmediatamente" (e.uqe,uj de). Pero la escena de la gran tribulación es innegablemente Jerusalén y Judea (ver. 15, 16), de manera que no hay lugar para ninguna interrupción en el tema del discurso. Nuevamente, en el versículo 30, leemos que "lamentarán todas las tribus de la tierra [pa/sai ai, fulai. th/j gh/j], refiriéndose evidentemente a la población del territorio de Judea; y nada puede ser más forzado ni antinatural que hacer que la expresión incluya, como hace Lange, a "todas las razas y todos los pueblos" del globo terráqueo. El sentido restringido de la palabra (gh) [=tierra] en el Nuevo Testamento es común; y cuando está conectada, como lo está aquí, con la palabra "tribus" [fulaii], su limitación a la tierra de Israel es obvia. Esta es la posición adoptada por el Dr. Campbell y Moses Stuart, y en realidad se explica por sí sola. Encontramos una expresión similar en Zac. 12:12 - "Todas las familias [tribus] de la tierra", donde su sentido restringido es obvio e indiscutible. Los dos pasajes son, de hecho, exactamente paralelos, y nada podría ser más confuso que entender la frase como si incluyera a "todas las razas de la tierra". La estructura del discurso, pues, resiste inflexiblemente la suposición de un cambio de tema. Tiempo, lugar, circunstancias, todo continúa lo mismo. Por lo tanto, es con no fingido asombro que encontramos a Dean Alford comentando de la siguiente manera: "Toda la dificultad que se ha supuesto que esta palabra [inmediatamente - e.uqe,wj] involucra ha surgido de confundir el cumplimiento de la profecía con su cumplimiento último. La importante inserción en los ver. 23, 24 de Lucas 21 nos muestra que la 'tribulación' [qliyij] incluye a o.rgh. e,n tw/law tou,tw (ira sobre este pueblo), qur todavía está siendo infligida, y el hollamiento de Jerusalén por los gentiles, continúa todavía; e inmediatamente después de aquella tribulación, que sucederá cuando se llene la copa de iniquidad de los gentiles, y cuando este evangelio haya sido predicado por testimonio, y rechazado por los gentiles, sucederá la venida del Señor mismo ... (La expresión en Marcos indica igualmente un intervalo considerable - en aquellos días después de aquella tribulación). Siéndo conocidos de Él el hecho de su venida y sus circunstancias acompañantes, pero desconocido el tiempo exacto, habla sin tener en cuenta el intervalo, que sería empleado en espera de Él hasta que todas las cosas sean puestas bajo sus pies", etc. (7) Puede decirse que en este comentario hay casi tantos errores como palabras. En realidad, no es la explicación de una profecía cuanto una profecía hecha por el propio comentarista. Primero, está la hipótesis sin fundamento de su doble sentido, su cumplimiento parcial y su cumplimiento final, para lo cual no hay fundamento en el texto, sino que es una mera suposición arbitraria y gratuita. Luego, tenemos su "tribulación", no "acortada", como declara el Señor, sino prolongada, de modo que todavía continúa en la actualidad. Cuando se hace que la palabra "inmediatamente" se refiera a un período que todavía no ha llegado, de modo que entre el ver. 28 y el ver. 29, donde el ojo por sí solo no puede percibir ningún rastro de línea de transición, el crítico intercala un inmenso período de más de dieciocho siglos, con la posibilidad de duración infinita, además. Más todavía. Tenemos una contradicción implícita de la afirmación de Pablo de que el evangelio fue predicado "en todo el mundo" (Col. 1:5, 23), y la suposición de que el evangelio ha de ser rechazado por los gentiles. Luego el comentarista descubre que Marcos sugiere un "considerable intervalo", mientras que Marcos dice expresamente "en aquellos días, después de aquella tribulación" [en ekeinaij taij hmeraij meta thn qliyin ekeinhn], imposibilitando en absoluto cualquier intervalo, y por último tenemos lo que parece una excusa por la veracidad de la predicción, con el argumento de que nuestro Señor, no sabiendo el momento en que tendría lugar su venida, "habla sin tener en cuenta el intervalo", etc. Es obvio que, si esta es la manera en que la Escritura ha de ser interpretada, las leyes ordinarias de exégesis deben ser echadas a un lado por inútiles. El mejor intérprete es el adivinador más osado. ¿Hay algún libro antiguo que un gramático pueda tratar así? ¿No sería declarado intolerable y anticrítico si se tomara tales libertades con Homero o con Platón? ¿No sería burla proponer tales acertijos a los discípulos como respuesta a su pregunta: "¿Cuándo serán estas cosas?"? ¿Cómo podían ellos saber de cumplimientos parciales y finales, y dobles sentidos? ¿Qué efecto se produciría en sus mentes, excepto amarga perplejidad y desconcierto? No podemos evitar protestar contra tal tratamiento de las palabras de la Escritura, por ser, no sólo nada erudito y nada crítico, sino presuntuoso e irreverente al más alto grado. Pero, se nos contesta, el carácter del lenguaje de nuestro Señor en este pasaje requiere esta aplicación a una grande y terrible catástrofe que está todavía en el futuro, y puede entenderse correctamente nada menos que de la disolución total de la estructura del universo y del fin todas las cosas. ¿Cómo puede alguien pretender, se dice, que el sol se ha oscurecido, que la luna ha dejado de dar su resplandor, que las estrellas han caído del cielo, que el Hijo del hombre ha sido visto en las nubes del cielo con poder y gran gloria? ¿Ocurrieron estos fenómenos en la destrucción de Jerusalén, o pueden aplicarse a cualquier cosa menos la consumación de todas las cosas? Argumentar de esta manera es perder de vista la naturaleza misma y el espíritu de la profecía. El símbolo y la metáfora pertenecen a la gramática de la profecía, como lo debe saber todo lector de los profetas del Antiguo Testamento. ¿No es razonable que la destrucción de Jerusalén fuera presentada en lenguaje tan vivo y retórico como la destrucción de Babilonia, o Bosra, o Tiro? ¿Cómo entonces describe el profeta Isaías la caída de Babilonia?
Se verá en seguida que las imágenes empleadas en este pasaje son casi idénticas a las de nuestro Señor. Por lo tanto, si estos símbolos eran correctos para representar la caída de Babilonia, ¿por qué serían incorrectos para describir una catástrofe aun mayor, la destrucción de Jerusalén? Consideremos otro ejemplo. El profeta Isaías anuncia la desolación de Bosra, la capital de Edom, con el siguiente lenguaje:
Aquí tenemos nuevamente las mismas imágenes usadas por nuestro Señor en su discurso profético. Y si la suerte de Bosra pudo ser descrita correctamente en un lenguaje tan elevado, ¿por qué debe considerarse extravagante emplear términos similares al describir la suerte de Jerusalén? Nuevamente, el profeta Miqueas habla de una "venida del Señor" para juzgar y castigar a Samaria y a Jerusalén - una venida para juicio que incuestionabblemente había tenido lugar mucho antes del tiempo de nuestro Salvador - ¡y con qué magnífico lenguaje representa esta escena!
Sería fácil multiplicar ejemplos de esta cualidad característica del lenguaje profético. La naturaleza de la profecía es la de la poesía, y representa los acontecimientos, no en el estilo prosaico del historiador, sino en las vívidas imágenes del poeta. Añádase a esto que la Biblia no habla con la corrección fría y lógica de los pueblos occidentales, sino con el fervor tropical del oriente espléndido. Pero sería incorrecto llamar a tal lenguaje extravagante o sobrecargado. La grandiosidad moral de los acontecimientos que tales símbolos representan puede ser más correctamente descrita como convulsión y cataclismo en el mundo natural. Ni es necesario construir una gramática de simbologías y una analogía para cada jeroglífico sagrado, por medio de las cuales traducir cada metáfora particular a su equivalente correcto, porque esto sería convertir la profecía en alegoría. Las siguientes observaciones sobre el lenguaje figurado de la Escritura son sensatas. "Lo que es grandioso en la naturaleza se usa para expresar lo que es digno e importante entre los hombres - cuerpos celestes, montañas, árboles majestuosos, reinos, o los que están en posición de autoridad ... Los cambios políticos son representados por terremotos, eclipses, tempestades, el convertirse las aguas y los mares en sangre". (8) La conclusión, entonces, a la que somos llevados irresistiblemente, es que las imágenes empleadas por nuestro Señor en su discurso profético no son inapropiadas para describir la disolución del estado y el gobierno judíos, que tuvo lugar en la destrucción de Jerusalén. Son apropiadas porque concuerdan con el estilo reconocido de los antiguos profetas, y también porque la grandiosidad moral del acontecimiento es tal que justifica el uso de tal lenguaje en este caso particular. Pero podemos ir más allá, y afirmar que la imágenes son, no sólo apropiadas al aplicárselas a la destrucción de Jerusalén, sino que esta es su aplicación verdadera y exclusiva. No encontramos ningún vestigio ni indicación de que nuestro Señor tuviese en mente ningún significado ulterior u oculto. Pero sí encontramos que difícilmente hay algún rasgo de esta sublime y tremenda descripción que Él mismo ya no hubiese anticipado, y fijado en su aplicación a un suceso particular y a un tiempo en particular. Compare el lector cuidadosamente la descripción que se da en el pasaje que nos ocupa, del "Hijo del hombre viniendo en las nubes del cielo, con poder y gran gloria" (Mat. 24:30) (9) con la declaración de nuestro Señor (Mat. 16:27) - "Porque el Hijo del Hombre vendráe; en la gloria de su Padre con sus ángeles" - un acontecimiento que Él afirma expresamente sería presenciado por algunos de los discípulos que entonces vivían. Nuevamente, el enviar a sus ángeles a reunir a los escogidos corresponde exactamente a la representación de lo que tendría lugar en la "siega" al final del eón, como se describe en las parábolas de la cizaña y la red (Mat. 12:41-50). "Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a todos los que hacen iniquidad". "Así será al fin del siglo [eón]: saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre los justos, y los echarán en el horno de fuego". Aquí la profecía y la parábola representan la misma escena, el mismo período: ambos hablan del fin de la era o época, no del fin del mundo o del universo material; y ambos hablan de la gran época judicial diciendo que se ha acercado. Con cuánta claridad Lucas, en su registro de la profecía del Monte de los Olivos, representa la gran catástrofe como ocurriendo durante la vida de los discípulos: "Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca" (Lucas 21:28). ¿No fueron dichas estas palabras a los discípulos, que escuchaban el discurso? ¿No se les aplicaban a ellos? ¿Hay en alguna parte una sospecha siquiera de que se referían a otro auditorio, a miles de años de distancia, y no al ansioso grupo que bebía las palabras de Jesús? Ciertamente, tal hipótesis lleva colgada al frente su propia refutación. Pero, como para
impedir toda posibilidad de equivocación o error, en el siguiente
párrafo nuestro Señor traza alrededor de su profecía una línea tan
clara y tan palpable, encerrándola por completo dentro de un límite
tan definido y claro, que debería ser decisivo para zanjar toda la
cuestión. (e) La Parusía ha de tener lugar antes de que pase la actual generación
Si este lenguaje, pronunciado en una ocasión tan solemne, y que es de una importancia tan precisa y expresa, no afirma la estrecha cercanía del gran acontecimiento que ocupa el discurso entero de nuestro Señor, entonces las palabras no tienen ningún significado. Primero, la parábola de la higuera indica que, así como las ramas tiernas en los árboles anuncian la cercanía del verano, así también las señales que él acababa de especificar anunciarían que la consumación predicha estaba cerca. Ellos, los discípulos a quienes Jesús estaba hablando, habrían de ver aquellas señales, y cuando las vieran, reconocerían que el fin estaba cerca, a las puertas. Luego, nuestro Señor hace un resumen, con una afirmación calculada para eliminar todo vestigio de duda o incertidumbre: "DE CIERTO OS DIGO, QUE NO PASARÁ ESTA GENERACIÓN SIN QUE TODO ESTO ACONTEZCA" Uno supondría razonablemente que, después de una nota de tiempo tan clara y expresa, no habría lugar para la controversia. Nuestro Señor mismo ha dirimido la cuestión. Noventa y nueve personas de cada cien sin duda entenderían sus palabras en el sentido de que la catástrofe predicha ocurriría durante la vida de la generación existente. No que todos vivirían probablemente para presenciarlo, sino que la mayoría o muchos de ellos estarían vivos cuando aquello ocurriese. No puede haber duda de que ésta sería la interpretación que los discípulos le darían a sus palabras. A menos, por lo tanto, que nuestro Señor se propusiera deconcertar a sus discípulos, les dio a entender claramente que su venida, el juicio de la nación judía, y el fin de aquella época, ocurrirían antes de que aquella generación hubiese pasado por completo, o sea, dentro de los límites de su propia existencia. Como ya hemos visto, esta no era una idea nueva, sino una idea que él mismo había expresado antes. Sin embargo, lejos de aceptar esta decisión de nuestro Salvador como final, los comentaristas han resistido violentamente lo que parece ser el significado natural y sensato de sus palabras. Han insistido en que, porque los sucesos predichos no ocurrieron así en aquella generación, la palabra generación (genea) no puede significar lo que generalmente se entiende que significa, la gente de aquella era o aquel período particular, los contemporáneos de nuestro Señor. Afirmar que estas cosas no ocurrieron es dar la respuesta por sentada, y algo más. Pero entendemos que a los gramáticos les toca no ser aprensivos de posibles consecuencias, sino establecer el verdadero significado de las palabras. Sin peligro, podemos dejar que las predicciones de nuestro Señor se cuiden por sí solas; a nosotros nos toca tratar de entenderlas. Muchos argumentan que en este lugar la palabra genea debe traducirse como "raza, o "nación", y que las palabras de nuestro Señor sólo significan que la raza o nación judía no pasaría, o no perecería, sino hasta que ocurrieran las predicciones que Jesús había pronunciado. Este es el significado que Lange, Stier, Alford, y muchos otros expositores, le atribuyen a la palabra, y que es sostenido con conspicua capacidad y copiosa erudición por Dorner en su tratado "Do Oratione Christi Eschatologica". No hay duda de que es verdad que la palabra genea, como muchas otras, tiene diferentes matices de significado, y que, a veces, en la Septuaginta y los autores clásicos, puede referirse a una nación o a una raza. Pero creemos que es demostrable, sin sombra de duda, que la expresión "esta generación", tan a menudo empleada por nuestro Señor, siempre se refiere única y exclusivamente a sus contemporáneos, el pueblo judío de su propia época. Puede dejarse sin peligro al honesto juicio de cada lector, sea erudito en griego o no, decidir si esto es o no así. Pero, como el punto es de gran importancia, puede ser deseable aducir las pruebas de este aserto. 1. En el discurso final de nuestro Señor al pueblo, pronunciado el mismo día que su discurso del Monte de los Olivos, declaró: "Todo esto vendrá sobre esta generación" (Mat. 23:36). Ningún comentarista ha propuesto jamás entender esto como que se refiere a otra que no sea la generación existente. 2. "¿A qué compararé esta generación?" (Mat. 11:6). Aquí admiten Lange y Stier que la palabra se refiere a "la última generación de Israel entonces existente" (Lange, in loc, Stier, vol. ii, 98). 3. "La generación mala y adúltera demanda señal". "Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación". "La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación". "Así también acontecerá a esta mala generación" (Mat. 12:39, 41, 42, 45). En estos cuatro pasajes, Dorner trata de establecer que nuestro Señor no está hablando de sus contemporáneos, los hombres de su propia época. "Porque" - dice - "los gentiles (los habitantes de Nínive y la reina del Sur) se oponen a los judíos; por lo tanto, "esta generación" [h, genea.a[uth] "debe significar la nación o raza de los judíos" (Dorner, Orat. Christ. Esch., p. 81). Su argumento, sin embargo, no es convincente. Ciertamente la generación que demandaba señal era la que entonces existía; ¿y puede suponerse que era contra cualquier otra generación, diferente de la que resistía predicaciones como la de Juan el Butista y de Cristo, que los gentiles habrían de levantarse en juicio? Hay una sola interpretación posible de las palabras de nuestro Señor, y es la de que sus palabras se refieren a su propios perversos e incrédulos contemporáneos. 4. "Para que se demande de esta generación la sangre de todos los profetas" (Lucas 11:50, 51). Aquí Dorner mismo admite que es de la generación existente (hoc ipsum hominum ovum) de la que se dicen estas palabras (p. 41). 5. "Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora" (Marcos 8:38). 6. "Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación" (Lucas 17:25). Sólo es necesario citar estos pasajes para establecer que Jesús sólo se refiere a la generación particular que rechazó al Mesías. Estos son todos los ejemplos en los que ocurre la expresión "esta generación" en los dichos de nuestro Señor, y estos ejemplos establecen, más allá de todo cuestionamiento razonable, la referencia de las palabras en la importante dclaración que ahora consideramos. Pero, supongamos que adoptáramos la traducción propuesta, y aceptáramos que genea significa raza, ¿qué propósito o significado tendría entonces la predicción? ¿Puede alguien creer que la afirmación que nuestro Señor hizo tan solemnemente: "De cierto os digo", etc. no equivale más que a esto: "La raza hebrea no se habrá extinguido sino hasta que todas estas cosas se hayan cumplido"? Imaginemos a un profeta en nuestro propio tiempo prediciendo una gran catástrofe en la cual Londres sería destruido, la catedral de San Pablo y las Cámaras del Parlamento serían arrasadas, y se perpetraría una terrible matanza de los habitantes; y que cuando se le preguntase: "¿Cuándo sucederán estas cosas?" contestase: "¡La raza anglosajona no se extinguirá sino hasta que todas estas cosas se hayan cumplido!" ¿Sería ésta una respuesta satisfactoria? ¿No sería una respuesta como ésta considerada como despectiva para el profeta, y como una afrenta para sus oyentes? ¿No tendrían ellos razón para decir: "¡No hay peligro en profetizar cuando el suceso es colocado a una interminable distancia!"? Pero la mera suposición de tal sentido en la predicción de nuestro Señor demuestra que es un reductio ad absurdum. ¿Era para esto que los discípulos debían esperar y velar? ¿Era ésta la lección que enseñaba la parábola de la higuera? ¿No era sino hasta que la raza judía estuviese a punto de extinguirse que ellos debían "erguirse, y levantar sus cabezas"? Una hipótesis tal es su propia refutación. Nos sostenemos, por lo tanto, en la única interpretación sostenible y posible, la que entendemos que nuestro Señor tenía en mente, en la que, en otras tantas palabras, Él dice que los acontecimientos especificados en su predicción ocurrirían con toda certeza antes de que pasara por completo la generación actual. Esta es la única interpretación que las palabras soportan; todas las demás involucran forzar el lenguaje y hacer violencia a la interpretación. Además, la interpretación está en armonía con la uniforme enseñanza de nuestro Salvador. Mucho tiempo antes, había asegurado a sus discípulos que algunos de ellos vivirían para presenciar su retorno en gloria (Mat. 16:27, 28). Les había dicho que, antes de que hubiesen completado su misión apostólica a las ciudades de Israel, el Hijo del hombre vendría (Mat. 10:23). Había declarado que toda la sangre derramada sobre la tierra, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, sería requerida de aquella generación (Mat. 23:35, 36). Era, por lo tanto, de aquella generación de la cual hablaba. Jamás debe olvidarse que había algo especial en aquella generación. Era la última y la peor de todas las generaciones de Israel, que había heredado la culpa de todas sus predecesoras, y estaba a punto de ser visitada con juicios señalados y sin paralelo. Si la catástrofe predicha ocurrió o no, es otra cuestión, que será considerada en su propio lugar. (10) Otras interpretaciones que se han sugerido, como la de la "raza humana", "la generación de los justos", y "la generación de los impíos", no requieren discusión. Puede que se necesite decir una palabra o dos con respecto al tiempo que cubre una generación. Por supuesto, no es una medida de tiempo exacta, como una década o un siglo, sino que posee cierta cualidad de indefinición o elasticidad, pero dentro de ciertos límites, digamos de treinta o cuarenta años. En el libro de Números, encontramos que la generación que provocó que el Señor le excluyera de la tierra de Canaán, y que fue condenada a caer en el desierto, habría de morir en el espacio de cuarenta años. En el Salmo 95 leemos: "Cuarenta años estuve disgustado con la nación". En la tabla genealógica que da Mateo, tenemos información para estimar la duración de una generación. Allí encontramos que "desde la deportación a Babilonia hasta Cristo", hubo catorce generaciones. (Mat. 1:17). Ahora, se dice que la fecha de la cautividad, en el reino de Sedequías, fue cerca del año 586 a. C., lo cual, dividido entre catorce, da cuarentiún años y fracción como duración promedio de cada generación. La guerra judía bajo el emperador Nerón estalló en el año 66 d. C., y suponiendo que nuestro Señor haya tenido como treinta y tres años de edad cuando fue crucificado, esto nos daría un espacio de como treinta y tres años en que las señales que anunciaban la aproximación del "fin" comenzaron "a suceder". La destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén tuvo lugar en septiembre del año 70 d. C., esto es, como treinta y siete años después de la profecía del Monte de los Olivos, un espacio de tiempo que satisface ampliamente los requisitos del caso. No es ni tan corto que sea inapropiado decir: "No pasará esta generación", etc., ni tan largo que exceda la duración de la vida de muchos que podrían haber visto y oído al Salvador, o la vida de los mismos discípulos. "Aquella generación" ciertamente habría estado pasando, pero no habría pasado por completo. (f) Certeza de la consumación, pero incertidumbre de su fecha precisa
Aunque nuestro Señor ha definido los límites de tiempo dentro de los cuales tendría lugar la consumación predicha, queda un cierto grado de indefinición con respecto al momento de su llegada. Él no especifica la fecha exacta, ni "la hora, ni el día", ni siquiera el mes del año. Esto no significa que la cuestión entera del tiempo haya quedado sin especificar: se refiere meramente a la fecha precisa. La consumación habría de caer dentro del término de la generación existente, pero la hora precisa en que el campanazo de condenación sonaría no fue revelada a hombre, ni a ángel, ni (lo que es aún más extraño) al mismo Hijo del hombre. Era el secreto que el Padre "puso en su sola potestad". Sin duda, había suficientes razones para esta reserva. Haber especificado "el día y la hora" - haber dicho: "En el año treinta y siete, en el mes sexto, al octavo día del mes, la ciudad será tomada y el templo destruido a fuego" - no sólo habría sido inconsistente con la manera de la profecía, sino que habría quitado una de las más fuertes motivaciones para la vigilancia constante y la oración - la incertidumbre del momento preciso. (g) Lo repentino de la Parusía, y el llamado a estar vigilantes
Todas las representaciones dadas por nuestro Señor de la catástrofe venidera y sus acontecimientos concomitantes implican que tomarían a los hombres por sorpresa. Así como el diluvio vino de repente sobre los antediluvianos, y la tormenta de fuego y azufre cayó sobre las ciudades de la llanura, así también la catástrofe final alcanzaría a Jerusalén y a Judea a una hora inesperada, cuando los negocios y los placeres de la vida ocupasen las manos y los corazones de los hombres. En Lucas 17, tenemos tenemos el registro más completo del discurso de nuestro Señor sobre este punto. Si el pasaje de Lucas fue traspuesto por él desde su conexión original, o si nuestro Señor pronunció las mismas palabras en ocasiones separadas, no es asunto que nos concierna particularmente aquí. Neander es de opinión que "Lucas proporciona la conexión natural de estas palabras", y que en Mateo "están puestas con muchos otros pasajes similares que se refieren a la última crisis". (11) Dudamos de esto; pero, soslayando esta cuestión, una cosa es indudable, a saber, que tanto Mateo como Lucas describen la misma cosa, el mismo período, la misma catástrofe. Es sorprendente encontrar a Alford afirmando, en relación con el pasaje de Lucas: "No hay una sola palabra en todo esto acerca de la destrucción de Jerusalén". Sería más correcto decir: "Cada una de las palabras en este pasaje habla de la destrucción de Jerusalén". Obsérvese la nota de tiempo tan claramente marcada por nuestro Señor: "Pero primero es necesario que padezca mucho, y sea desechado por esta generación" (Lucas 17:25). ¿Cuál otra catástrofe pertenece al período de esa generación, que podría correctamente compararse con la destrucción del mundo antediluviano por medio de un diluvio de aguas, y con la destrucción de Sodoma y Gomorra por medio de un diluvio de fuego? De la certeza y lo repentino de la cercana consumación, nuestro Señor extrae la lección que impresiona en sus discípulos - la necesidad de estar vigilantes. Aqu&iiacute; pronuncia por primera vez la amonestación que desde aquel tiempo nunca dejó de ser la consigna de sus discípulos a través de la era apostólica: "¡Velad y orad!" Descubriremos cuán constante y urgentemente dirigían los apóstoles este llamado a los fieles en sus días, y cómo se repite constantemente, hasta el último momento en que captamos el sonido de una voz apostólica. Esta vigilancia era esencial para la seguridad de los seguidores de Jesús, porque, tan súbita sería la catástrofe, que alcanzaría a los no preparados y a los descuidados, como aves que son atrapadas en una red. "Porque como lazo vendrá sobre todos los que moran en la faz de toda la tierra (pashj thj ghj) - palabras que sugieren claramente la naturaleza local del acontecimiento. En la historia de Josefo, tenemos un notable comentario sobre este pasaje. Dando cuenta del prodigioso número de los masacrados durante el sitio de Jerusalén - un millón cien mil - dice: "De éstos, la mayor parte eran de sangre judía, aunque no nativos del lugar. Habiéndose congregado desde todas partes del país para la fiesta de los panes sin levadura, fueron súbitamente rodeados por la guerra. En esta ocasión, la nación entera había sido encerrada, como en una prisión, por el destino; y la guerra encerró a la ciudad cuando ésta estaba atestada de gente". (12) Es imposible concebir una verificación más exacta de la predicción de nuestro Señor (Lucas 21:35). En todo esto, observamos la continuación de aquel discurso personal directo que demuestra que nuestro Señor hablaba a sus discípulos de aquello que a ellos personalmente les concernía. No hay el más leve asomo de que hubiese un significado "subterráneo" en sus palabras, y de que cuando dijo "Jerusalén" y "esta generación" y "vosotros", quisiera decir "el mundo" y "épocas distantes" y "discípulos que todavía no han nacido". En este punto, Marcos y Lucas cierran su registro de la profecía del Monte de los Olivos, y no puede negarse que la terminación es natural y apropiada. Si embargo, en el evangelio de Mateo tenemos una serie de parábolas añadidas al discurso de nuestro Señor, como las que Él solía emplear para enseñar a la gente. Nos llama la atención como un poco singular el hecho de que nuestro Señor hablase a sus discípulos en parábolas, especialmente en esta ocasión; y no es poco lo que hay que decir en favor de la opinión de Neander, que "era peculiar que el editor de nuestro Mateo en griego dispusiese juntos los dichos similares de Jesús, aunque hubiesen sido pronunciados en diferentes ocasiones y en diferentes circunstancias. Por lo tanto, no es necesario que nos asombremos si encontramos imposible trazar líneas de distinción en este discurso con entera exactitud; ni es necesario que tal resultado nos lleve a interpretaciones forzadas, inconsistentes con la verdad, y con el amor de la verdad. Es mucho más fácil hacer tales distinciones en el relato de Lucas (cap. 21), aunque esto no carece de dificultades. Al comparar Mateo con Lucas, sin embargo, podemos trazar el origen de la mayoría de estas dificultades al hecho de haber mezclado juntas diferentes porciones, cuando los discursos de Cristo fueron dispuestos en colecciones". (13) Pero, sin discutir esta cuestión, es muy evidente que las parábolas registradas por Mateo en relación con este discurso, aunque no hubiesen sido pronunciadas en esta ocasión particular, están estrictamente relacionadas con el tema; mientras que, si este es su verdadero lugar en la narración, su relación con el asunto que nos ocupa es aún más estrecho e íntimo. Ahora procedemos a considerar las
parábolas y los dichos parabólicos de nuestro Señor, registrados en
relación con esta profecía, principalmente por Mateo. (h) Los
discípulos advertidos de lo súbito de la Parusía
Se verá que este dicho parabólico de nuestro Señor está registrado en una relación bastante diferente por Mateo y por Lucas. La semejanza verbal, sin embargo, es demasiado exacta para hacer probable que fuese pronunciado en dos ocasiones diferentes. La más ligera atención satisfará al lector de que el informe de Lucas es el más completo y circunstancial, y que él le asigna su verdadera posición cronológica. Esto se ve por el hecho de que la pregunta de Pedro, registrada sólo por Lucas, dio lugar a las observaciones concluyentes de nuestro Señor, las cuales, como las presenta Mateo sin este eslabón, parecen algo incoherentes y abruptas. Además, apenas podemos suponer que Pedro, conversando en privado con sólo otros tres discípulos en compañía del Señor, preguntase: "¿Dices esta palabra a nosotros, o también a todos?" - una pregunta que era de lo más natural cuando, como nos lo dice Lucas, Jesús hablaba a sus discípulos en presencia de una gran multitud. (Lucas 12:1). Es digno de notarse también que en Marcos 13:34-37, donde podemos detectar trazas de esta parábola, la pregunta de Pedro es contestada claramente: "Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: Velad", una afirmación que estaría fuera de lugar cuando nuestro Señor hablaba a cuatro personas, pero bastante apropiada cuando hablaba a una multitud. No hay ninguna impropiedad, por lo tanto, en suponer que Mateo, percibiendo las palabras de Jesús, pronunciadas en otra ocasión, y que ilustran admirablemente la necesidad de velar en vista de la venida del Señor, las insertase en este discurso escatológico. Stier sugiere que Marcos da un breve resumen de Mateo 24:43, con las dos parábolas del siervo, Mat. 24:45-51 y 24:14, y aún con un ligero eco de la parábola de las vírgenes. (14) No tenemos más razón para esperar una disposición estrictamente cronológica en los evangelistas que informes estrictamente al pie de la letra: ni lo uno ni lo otro entraba en sus planes. Pero lo que es principalmente importante para nosotros es la relación de esta parábola, si así se le puede llamar, entre el mayordomo de la casa que vigila contra el ladrón de medianoche, y el discurso precedente de nuestro Señor. Nada puede ser más evidente que esta relación está entrelazada en la trama misma de ese discurso. No se introduce ningún nuevo tema en el versículo cuarenta y tres del capítulo veinticuatro de Mateo: ninguna transición a otra catástrofe, ni otra venida, diferentes de las que Él había estado hablando desde el principio. No hay ningún hiato, ninguna interrupción, en la continuidad del discurso; ninguna indicación de pasar del gran acontecimiento que absorbía los pensamientos de los discípulos a otro en el muy distante futuro. Parece increíble que cualquier juicio crítico eligiera a Mateo 24:43 como el comienzo de un nuevo tema de discurso. Y sin embargo, esto es lo que hace el Dr. Ed. Robinson, que dice: "Aquí nuestro Señor hace una transición, y procede a hablar de su venida final en el día del juicio. Esto se ve por el hecho de que la materia de estas secciones es añadida por Mateo después de que Marcos y Lucas han concluído sus informes paralelos relativos a la catástrofe judía; y aquí Mateo comienza, con el vers. 43, el discurso que Lucas ha presentado en otra ocasión, Lucas 12:39, etc." (15) Pero no hay la más leve sombra de ninguna transición. El instrumento más fino no consigue trazar ninguna línea divisoria entre las partes del discurso, y asignar una porción al juicio de la nación judía y otra al juicio de la raza humana. No hay transición, sino continuación, en el ver. 43. Nada pueder ser más consecutivo y concatenado. "Velad, pues", les dice nuestro Señor a los discípulos en el ver. 42, "porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor". "Por tanto, también vosotros estad preparados", les dice en el ver. 44, "porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis". La sugerencia de que un nuevo tema, que se refiere a un suceso totalmente diferente, en una época muy distante en el tiempo, se introduce aquí, es completamente arbitraria y sin fundamento.
1. Jos. Antiq. bk. xx.x.xiii, § 5, 6. 2. Conybeare and Howson, Life and Epist. of St. Paul, c. iv. 3. Jos. Antiq. bk. xviii. c. v, § 3. 4. Traill´s Jos. Jewish War, pref. ~ 4. 5. Traill's Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 3. 6. Traill´s Jos. Jewish War, bk. vi. c.v. § 2. 7. Véase Alford Gr. Test, Matt. xxiv.29. 8. Angus' Bible Handbook, p. 20, p. 20, § i. 9. Los fenómenos descritos por nuestro Señor como que acompañan la Parusía (ver. 29) no pueden explicarse con los portentos y prodigios que, según Josefo, precedieron la toma de Jerusalén (Jewish War, bk. vi.c.v. § 3). Que por lo menos algunos de esos portentos aparecieron realmente allí no parece haber razón para dudarlo, y sirven para verificar la predicción de Lucas 21:11: "Habrá terror y grandes señales en el cielo". 10. La nota en la obra de Robinson "Armonía de los Cuatro Evangelios", parte vii, § 128, es excelente. "Esta generación", etc. Estas palabras (genea) no pueden entenderse (como algunos han explicado) como que se refieren a la nación judía o a la raza humana. El significado es que no todos los hombres de aquella época morirían (Véase Mat. 16:28, en el párr. 74) antes de que la profecía se cumpliera, lo cual comenzó a ocurrir treinta y siete años después de que se pronunció, en la destrucción de Jerusalén", etc. 11. Life of Christ. c. xii, § 214, nota. 12. Traill´s Josephus, Jewish War, b. -vi. ch. ix, §§ 3, 4. 13. Life of Christ, § 254, Nota. 14. Reden Jesu, vol. iii, p. 304. 15. Harmony of the Four Gospels, § 129. (i) La
Parusía, un tiempo de juicio tanto para los amigos Parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas
Casi todos los expositores suponen que ahora Jerusalén e Israel desaparecen enteramente de la escena, y que nuestro Señor se refiere exclusivamente a la consumación final de todas las cosas y al juicio de la raza humana. Esta supuesta transición se le facilita al lector de habla inglesa por medio de un nuevo capítulo que comienza en este punto. Pero, ¿ha abandonado realmente nuestro Señor el tema con el cual Él y sus discípulos han estado ocupados hasta ahora? ¿Ha pasado del tiempo cercano e inminente a una lejana y distante, separada de su propio tiempo por cientos y miles de años? Si fuese así, seguramente podríamos esperar alguna indicación muy clara del cambio de tema. Pero no hay absolutamente ninguna. Por el contrario, la suposición de que un nuevo tema es introducido por esta parábola queda completamente impedida por los términos expresos con los cuales la parábola comienza y termina. Comienza con una nota de tiempo muy explícita: "Tote", entonces, en aquel tiempo. No hay absolutamente ningún hiato entre el final del capítulo 24 y el comienzo del capítulo 25. El eslabón "entonces" lleva adelante el discurso, y entreteje en él una estrecha conexión con relación al tema, el tiempo, y las personas a las cuales se dirigió. Esto queda confirmado, además, por el hecho de que la moraleja de la parábola de las diez vírgenes es precisamente la misma que la del señor de la casa en el capítulo anterior, es decir, la necesidad de vigilar. Las palabras finales: "Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora", tan evidentemente dirigidas a los discípulos, son las mismas que nuestro Señor ya ha pronunciado en el capítulo 24:42; de modo que en ambos pasajes debe ser al mismo suceso. No entra en nuestros propósitos hacer una exposición detallada de esta parábola. Hay teólogos que encuentran un misterio en cada palabra; en el número diez, en la virginidad, en las lámparas, en el aceite, etc. (Véase Lange in loc.) Como observa Calvino sarcásticamente: "Multum se torquent quidam, in lucernis, in vasis, in oleo". Baste notar aquí la gran lección de la parábola. Es la necesidad de estar preparados constantemente y estar vigilantes, esperando el súbito y pronto regreso del Hijo del hombre. El no estar vigilantes y no estar preparados conllevaría al castigo que recayó sobre las vírgenes insensatas, es decir, la exclusión de la cena de bodas del Cordero. Encontramos, pues, en esta parábola una conexión orgánica con todo el discurso anterior de nuestro Señor. Todavía es el gran tema del cual está hablando - la consumación que habría de tener lugar dentro de los límites de la generación que existía - y en relación con la cual los discípulos expresaban una ansiedad tan natural. (k) La Parusía, un tiempo de juicio Parábola de los talentos
En esta parábola encontramos una evidente continuación del mismo tema, aunque presentado en un aspecto algo diferente. La moraleja de la parábola precedente era vigilancia; la de la ésta es diligencia. Difícilmente puede decirse que en esta parábola se ha introducido un nuevo elemento, porque la representación de la venida de Cristo como un tiempo de juicio corre a través de todo el discurso profético de nuestro Señor. Es este hecho lo que da propósito y urgencia al llamado, a menudo reiterado, a ser vigilantes. No sólo habría de ser un tiempo de juicio para Jerusalén e Israel, sino hasta para los discípulos mismos de Cristo. También ellos tenían que "estar de pie delante del Hijo del hombre". Había peligro de que "aquel día" viniera sobre ellos sin que estuvieran preparados y estando descuidados. Esta asociación de juicio con la Parusía aparece en la parábola del señor de la casa, y todavía más en la de los siervos buenos y malos. Queda expresada aún más vívidamente en la parábola de las vírgenes prudentes y las vírgenes insensatas, y tiene todavía mayor prominencia en la parábola de los talentos; pero alcanza el clímax en la parábola final, si puede decirse, de las ovejas y los carneros. No es necesario entrar en los detalles de la parábola de los talentos. Sus principales características son sencillas y obvias. Contiene una solemne amonestación para que los siervos de Cristo sean fieles y diligentes en ausencia de su Señor. La parábola apunta a un día en que Él regresaría y haría cuentas con ellos. Establece la abundante recompensa de los buenos y los fieles, y el castigo del siervo infiel. Sin embargo, el punto que nos concierne principalmente en esta investigación es la relación de esta parábola con el discurso precedente. ¿Qué puede ser más claro que la íntima conexión entre la una y la otra? La partícula conectiva "porque" en el versículo 14 marca claramente la continuación del discurso. El tema es el mismo, el tiempo es el mismo, la catástrofe es la misma. Hasta este punto, pues, no encontramos ninguna interrupción, ningún cambio, ninguna introducción a un tema diferente; todo es continuo, homogéneo, uno. Ni por un momento se ha desviado el discurso del gran tema que todo lo absorbe, la cercana condenación de la ciudad culpable, con los solemnes acontecimientos que la acompañan, todo lo cual debe tener lugar dentro del período de aquella generación, y todo lo cual presenciarían los discípulos, o algunos de ellos. (l) La Parusía, un tiempo de juicio Parábola de las ovejas y los cabritos
Hasta este punto, hemos encontrado que el discurso de Jesús sobre el Monte de los Olivos es una profecía conectada y continua, que se refiere únicamente a la gran catástrofe que se cernía sobre la nación judía, y que habría de tener lugar, según la predicción de nuestro Señor, antes de que pasara la generación que existía. Ahora, sin embargo, encontramos un pasaje que, en opinión de casi todos los comentaristas, no puede entenderse como que se refiere a Jerusalén o Israel, sino a toda la raza humana y a la consumación de todas las cosas. Si el consenso de los expositores puede establecer una interpretación, sin duda este pasaje debe ser considerado como que se aparta por completo del tema de las preguntas de los discípulos, y describe la última escena de todas en la historia del mundo. Puede admitirse libremente que esta parábola, o descripción parabólica, tiene muchos puntos de diferencia con la porción precedente del discurso de nuestro Señor. Parece estar separada y ser distinta del resto, sin los enlaces que hemos encontrado en otras secciones. Aún más, parece tener un alcance mayor que Jerusalén e Israel; parece el juicio, no de una nación, sino de todas las naciones; no de una ciudad o un país, sino del mundo; no una crisis pasajera, sino la consumación final. Es, pues, con un profundo sentido de la dificultad de la tarea que nos atrevemos a impugnar la interpretación de tantos hombres sabios y buenos, y argumentar que el pasaje, no sólo es parte integral de la profecía, sino que pertenece por entero al tema del discurso de nuestro Señor, el juicio de Israel y el fin de la era [judía]. 1. Esta parábola, aunque en nuestra versión inglesa está separada y desconectada del contexto, está en realidad conectada con ,i un enlace muy suficiente con lo que aparece antes. Este es un vocablo padre en griego, donde encontramos la partícula (griego), cuya fuerza reside en indicar transición y conexión -- transición hacia una nueva ilustración, y conexión con el contexto anterior. Alford, en su Nuevo Testamento revisado, conserva la partícula de continuidad: "Pero el Hijo del hombre habrá venido en su gloria", etc. Con igual propiedad, podría haber sido traducida -- "Y cuando", etc. 2. Esta "venida del Hijo del hombre" ya ha sido predicha por nuestro Señor (Mat. 24:30 y pasajes paralelos), y el tiempo expresamente definido, siendo incluido en la abarcante declaración: "De cierto os digo: No pasará esta generación, sin que todo esto acontezca" (Mat. 24:34). 3. Merece observarse en particular que la descripción de la venida del Hijo del hombre en su gloria, que se hace en esta parábola, se ajusta en todos los puntos a la de Mat. 16:27,28, de la cual se afirma expresamente que sería presenciada por algunos que estaban presentes en el momento en que la predicción se hizo. Puede ser bueno comparar las dos
descripciones.
Aquí el lector notará que: a) En ambos pasajes, el tema al que se refieren es el mismo, es decir, la venida del Hijo del hombre - la Parusía. b) En ambos pasajes, Él es descrito como viniendo en gloria. c) En ambos, es acompañado por los santos ángeles. d) En ambos, viene como Rey. "Viniendo en su reino". "Se sentará en su trono. Entonces el Rey", etc. e) En ambos, viene para juicio. f) En ambos, el juicio es representado como universal en cierto sentido. "Dará a cada uno" "Delante serán reunidas todas las naciones". g) En Mateo 16:28, se afirma expresamente que esta venida en gloria, etc., habría de tener lugar durante la vida de algunos de los que estaban allí presentes. Esto fija la ocurrencia de la Parusía dentro de los límites de una vida humana, estando así en perfecto acuerdo con el período definido por nuestro Señor en su discurso profético. "No pasará esta generación", etc. Nos sentimos plenamente autorizados, pues, para considerar la venida del Hijo del hombre de Mat. 25 como idéntica a aquella a la que se hace referencia en Mat. 16, que algunos discípulos habrían de vivir para presenciar. Así, pues, a pesar de las palabras "todas las naciones" de Mat. 25:32, llegamos a la conclusión de que de lo que se habla aquí no es "la consumación final de todas las cosas", sino del juicio de Israel al final de la era judía, o del eón judío. 4. Pero todavía se objetará que queda una formidable dificultad en la expresión "todas las naciones". Sin embargo, la dificultad es más aparente que real; porque 1) No es nada raro encontrar en las Escrituras proposiciones universales que deben entenderse en un sentido limitado o restringido. Hay un ejemplo de esto en este mismo discurso de nuestro Señor. En Mat. 24:22, hablando de la "gran tribulación", Él dice: "Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo". Ahora, es evidente que esta "gran tribulación" estaba limitada a Jerusalén, o, en todo caso, a Judea, y sin embargo, tenemos una expresión usada en relación con los habitantes de una ciudad o país, que es lo bastante amplia para incluir a la raza humana entera, en el sentido en que Lange y Alford en realidad la entienden. 2) Hay gran probabilidad en la opinión de que la frase "todas las naciones" equivale a "todas las tribus de la tierra" (Mat. 24:30). No hay ninguna impropiedad en designar a las tribus como naciones. La promesa de Dios a Abraham era que sería padre de muchas naciones (Gén. 17:5; Rom. 4:17, 18). En el tiempo de nuestro Señor, era usual hablar de los habitantes de Palestina como que comprendían varias naciones. Josefo habla de "la nación de los samaritanos", "la nación de los bataneos", "la nación de los galileos" - usando la misma palabra (e;tnoj) que encontramos en el pasaje que estamos considerando. Judea era una nación distinta, a menudo con su propio rey; lo mismo ocurría con Samaria, Idumea, Galilea, Perea, Batanea, Traconitis, Iturea, Abilene -- todas las cuales, en diferentes épocas, tuvieron príncipes con el título de Etnarca, un nombre que significa gobernante de una nación. No es, pues, violentar el lenguaje entender (pa,nta ta.e;nh) en el sentido de que se refiere a "todas las naciones" de Palestina, o "todas las tribus de la tierra". Esta posición recibe fuerte confirmación del hecho de que la misma frase en la comisión apostólica (Mat. 28:19): "Id y haced discípulos a todas las naciones" no parece haber sido entendida por los discípulos en el sentido de que se refería a la población entera del globo, o a alguna nación más allá de Palestina. Se supone comúnmente que los apóstoles sabían que habían recibido la tarea de evangelizar al mundo. Si efectivamente lo sabían, eran culpables de haber descuidado el ocuparse de ello. Pero puede suponerse que las palabras de nuestro Señor no transmitieron ninguna idea como ésta a sus mentes. El erudito profesor Burton observa: "No fue sino hasta 14 años después de la ascensión de nuestro Señor cuando Pablo viajó por primera vez, y predicó el evangelio a los gentiles. Y no hay ninguna evidencia de que, durante ese período, los otros apóstoles traspasaron los límites de Judea". (1) El hecho parece ser que el lenguaje de la comisión apostólica no llevó a las mentes de los apóstoles ninguna idea ecuménica de esta clase. Nada les dejó más atónitos que el descubrimiento de que "también a los gentiles había dado Dios arrepentimiento para vida" (Hechos 11:18). Cuando Pedro fue acusado de "reunirse con incircuncisos y comer con ellos", no parece que él defendiese su conducta apelando a los términos de la comisión apostólica. Si la frase "todas las naciones" hubiese sido entendida por los discípulos en su sentido literal y más abarcante, es difícil imaginar cómo habrían dejado de reconocer una vez el carácter universal del evangelio y su comisión de predicarlo a judíos y gentiles por igual. Se necesitó una clara revelación del cielo para vencer los prejuicios judíos de los apóstoles, y darles a conocer el misterio de "que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio" (Efesios 3:6). En vista de estas consideraciones, tenemos por razonable y y justificable dar a la frase "todas las naciones" un significado restringido, y limitarla a las naciones de Palestina. En este sentido, la frase armoniza bien con las palabras de nuestro Señor: "No acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes de que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23). 5. Una vez más, a la peculiar prueba de carácter aplicada por el juez en esta descripción parabólica se opone fuertemente la idea de que esta escena representa el juicio final de la raza humana entera. Se observará que el destino de los justos y los impíos se hace girar alrededor del tratamiento que respectivamente ofrecieron a los sufrientes discípulos de Cristo. Todas las cualidades morales, toda conducta virtuosa, toda fe verdadera, quedan aparentemente fuera de las cuentas, y sólo se toman en cuenta los actos de caridad y beneficencia hacia los angustiados discípulos. No es de sorprenderse que esta circunstancia haya causado gran perplejidad tanto a teólogos como a lectores en general. ¿Es ésta la doctrina de Pablo? ¿Es ésta la base para la justificación delante de Dios que se establece en el Nuevo Testamento? ¿Debemos llegar a la conclusión de que el destino eterno de la raza humana, desde Adán hasta el último hombre, dependerá finalmente de su caridad y su simpatía hacia los perseguidos y sufrientes discípulos de Cristo? La dificultad es seria, en la suposición de aquí tenemos una descripción del "juicio general en el día final", y no debería ser pasada por alto, como comúnmente lo es. ¿Cómo podrían las naciones que existieron antes del tiempo de Cristo ser enjuiciadas por este modelo? ¿Cómo podrían las naciones que nunca oyeron hablar de Cristo, o las que florecieron en las épocas en que el cristianismo era próspero y poderoso, ser enjuiciadas por este modelo? Es manifiestamente inapropiado e inaplicable. Pero la dificultad se resuelve fácil y completamente si consideramos esta transacción judicial como el juicio de Israel al final de la era judía. Es el rechazado Rey de Israel el que es el juez: es la generación hostil e incrédula, la última y la peor de la nación, a la que se hace comparecer ante Su tribunal. El tratamiento que le dieron a los discípulos, especialmente a los apóstoles, podría, apropiada y justamente, ser el criterio de carácter para "discernir entre los justos y los impíos". Una prueba como ésta sería muy apropiada en una época en que el cristianismo fue una fe perseguida, y es evidente que esto se supone por los términos mismos de las palabras del Rey: "Tuve hambre y sed, fui extranjero, estuve desnudo, enfermo, y en prisión". Las personas designadas como "estos mis hermanos", y que son tomados como representantes de Cristo mismo, son evidentemente los apóstoles de nuestro Señor, en los cuales tuvo hambre y sed, estuvo desnudo, enfermo y en prisión. Todo esto está en perfecta armonía con las palabras de Cristo a sus discípulos, cuando les envió a predicar: "El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá. Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa" (Mat. 10:40-42). Llegamos, pues, a la conclusión, la única que en todos los respectos se ajusta al tenor del discurso entero, de que aquí tenemos, no el juicio final de la raza humana entera, sino el de la nación culpable o las naciones culpables de Palestina, que rechazaron a su Rey y menospreciaron y mataron a sus mensajeros (Mat. 22:1-14), y cuyo día de condena estaba ahora a las puertas. Siendo esto así, se ve que la profecía entera del Monte de los Olivos es un todo homogéneo y conectado: "simplex duntaxat et unum". Ya no es una mezcla confusa e ininteligible, que frustra toda interpretación, que parece hablar con dos voces, y que señala en diferentes direcciones al mismo tiempo. Es una representación clara, consecutiva, e históricamente correcta del juicio de la nación teocrática al final de la era judía o del período judío. La teoría de interpretación que considera este discurso como típico del juicio final de la raza humana, y de una catástrofe mundial que acompaña este suceso, en realidad no encuentra ningún apoyo en la predicción misma, al tiempo que conlleva inextricable perplejidad y confusión. Si, por una parte, pudiera demostrarse que la profecía, como un todo, es aplicable igualmente en cada una de sus partes a dos acontecimientos diferentes y ampliamente separados; o, por la otra, que en cierto punto se separa de un tema, y trata del otro, entonces el doble sentido, o la referencia doble, se sostendría sobre alguna base inteligible. Pero no encontramos ninguna línea divisoria en la profecía entre lo cercano y lo remoto, y todos los intentos de trazar dicha línea son insatisfactorios y arbitrarios hasta el extremo. Aún más insostenible es la hipótesis de un doble significado que corre a través del todo; una hipótesis que supone una "facultad verificadora" en el expositor o en el lector, y da un poder de discreción tan grande al crítico ingenioso que parece completamente incompatible con la reverencia debida a la Palabra de Dios. La perplejidad que la teoría del doble sentido involucra es puesta bajo una fuerte luz por la confesión de Dean Alford, quien, al final de sus comentarios sobre esta profecía, expresa honestamente su insatisfacción con los puntos de vista que había propuesto. "Creo que es correcto", dice, "expresar en esta tercera edición que, habiendo entrado en un estudio más profundo de las porciones proféticas del Nuevo Testamento, no siento en modo alguno la plena confianza que una vez tuve en la exégesis, quoad interpretación profética, que aquí se da de las tres porciones de este capítulo 25. Pero no tengo ningún otro sistema con el cual reemplazarla, y algunos de los puntos tratados aquí me parecen tan de peso como siempre. Me pregunto mucho si el estudio exhaustivo de la profecía de la Escritura me volverá más y más desconfiado de toda sistematización humana, y menos dispuesto a correr el riesgo de hacer un fuerte aserto sobre cualquier porción del tema". (Julio de 1855). En la cuarta edición, Alford añade: "Aprobado, Octubre de 1858)". Esta es una sinceridad altamente honorable para el crítico, pero sugiere esta reflexión: Si, con toda la luz y la experiencia de dieciocho siglos, la profecía del Monte de los Olivos todavía continúa siendo un enigma sin resolver, ¿cómo podría haber sido inteligible para los discípulos, que la escucharon ansiosamente de los labios del Maestro? ¿Podemos suponer que, en ese momento, él les hablaría en acertijos ininteligibles? ¿Que cuando le pidieran pan les daría una piedra? Imposible. No hay razón para creer que los discípulos eran incapaces de comprender las palabras de Jesús, y, si estas palabras han sido malinterpretadas en tiempos posteriores, es porque un método de interpretación falso y antinatural ha oscurecido y desfigurado lo que en sí mismo es bastante luminoso y simple. Es cosa de sorprenderse que los expositores hayan demostrado tal indiferencia hacia las expresas limitaciones de tiempo establecidas por nuestro Señor; que se les haya dado significados forzados y antinaturales a palabras como ai,w n genea.ente,j, etc.; que se hayan trazado líneas divisorias en el discurso donde no existe ninguna - y en general, que se haya sometido a la profecía a un tratamiento que no sería tolerado en la crítica de ningún clásico griego o latino. Permítase solamente que el lenguaje de la Escritura sea tratado con justicia común, e interpretado por los principios de la gramática y el sentido común, y quedará eliminada gran parte de la oscuridad y de los malentendidos, y saldrá a la luz la forma y la substancia mismas de la verdad. (2). Antes de pasar adelante de esta profecía profundamente interesante, puede ser apropiado referirnos al cumplimiento maravillosamente minucioso que recibió, según un testigo irreprochable, el historiador judío Josefo. Es un hecho de singular interés e importancia que se conservara para la posteridad un registro completo y auténtico de los tiempos y las transacciones a las que se hace referencia en la profecía de nuestro Señor; y que este registro fuera de la pluma de un estadista, soldado, sacerdote, y hombre de letras judío, que no sólo tiene acceso a las mejores fuentes de información, sino que él mismo es testigo presencial de muchos de los acontecimientos que relata. Da peso adicional a este testimonio el hecho de que no procede de un cristiano, que podría haber sido sospechoso de partidismo, sino de un judío, que era indiferente, si no hostil, a la causa de Jesús. Tan llamativa es la coincidencia entre la profecía y la historia, que la antigua objeción de Porfirio contra el libro de Daniel, de que debe haber sido escrito después del acontecimiento, podría refutarse plausiblemente, si hubiese el más ligero pretexto para tal insinuación. Aunque el pueblo judío siempre se sintió intranquilo y molesto bajo el yugo de Roma, no había síntomas urgentes de desafecto en el tiempo en que nuestro Señor hizo esta profecía de la cercana destrucción del templo, la ciudad, y la nación. Las clases más altas abundaban en manifestaciones de lealtad al gobierno imperial. "¡No tenemos más rey que César!", exclamaron. Era política de Roma conceder a las provincias subyugadas el libre ejercicio de su propia religión. No había, pues, ninguna razón aparente para que el nuevo y espléndido templo de Jerusalén no permaneciera en pie por siglos, y para que Judea no disfrutara de mayor tranquilidad y prosperidad bajo la égida de César que la que había conocido bajo los príncipes nativos. Pero, antes de que hubiese pasado por completo la generación que rechazó y crucificó al Hijo de David, la nacionalidad judía fue extinguida: Jerusalén se convirtió en desolación; "la casa santa y hermosa"sobre el monte de Sión fue arrasada hasta el suelo; y el pueblo infeliz, que no conoció el tiempo de su visitación, fue abrumado por calamidades sin paralelo en los anales del mundo. Todo esto es innegable; pero sería demasiado esperar que esto fuese considerado como cumplimiento adecuado de las palabras de nuestro Salvador por muchos a los cuales el prejuicio o las interpretaciones tradicionales les han enseñado a ver más en la profecía de lo que jamás incluyó la inspiración. El lenguaje, se dice, es demasiado magnífico, las transacciones demasiado estupendas para ser satisfechas por un suceso tan inadecuado como el juicio de Israel y la destrucción de Jerusalén. Ya hemos tratado se señalar el verdadero significado y la verdadera grandeza de ese acontecimiento. Pero la única respuesta suficiente a todas esas objeciones es la expresa declaración de nuestro Señor, que cubre el ámbito entero de este discurso profético. "De cierto os digo, que no pasará esta generación sin que todo esto acontezca". Sin duda, hay algunas porciones de esta predicción que pueden ser verificadas por el testimonio humano. ¿Espera alguien que Tácito, Suetonio, o Josefo, o cualquier otro historiador, relate que "el Hijo del hombre fue visto viniendo en las nubes del cielo con poder y gran gloria; que Él convocó a las naciones a este tribunal, y recompensó a cada uno según sus obras"? Hay una región en la cual no pueden entrar los testigos y los reporteros; carne y sangre no pueden contemplar los misterios de lo espiritual o lo inmaterial. Pero hay también una gran porción de la profecía que puede ser verificada, y que puede ser ampliamente verificada. Hasta un atacante del cristianismo, que impugna el conocimiento sobrenatural de Cristo, se ve obligado a admitir que "la porción relativa a la destrucción de la ciudad es singularmente definida, y corresponde muy de cerca al acontecimiento verdadero". (4) El puntual cumplimiento de la parte de la profecía que entra en el campo de la observación humana garantiza la verdad del resto, que no cae dentro de esa esfera. En la secuela de esta discusión, descubriremos que los sucesos que ahora parecen increíbles a muchos eran la confiada expectación y la esperanza de la era apostólica, y que los primeros cristianos estaban plenamente persuadidos de su realidad y su cercanía. Quedamos, pues, en este dilema: O las palabras de Jesús han fallado, y las esperanzas de sus discípulos han sido falsificadas, o de lo contrario esas palabras y esas esperanzas se han cumplido, y la profecía se ha cumplido plenamente en todas sus partes. Una cosa es cierta. La veracidad de nuestro Señor queda comprometida con la afirmación de que la totalidad y cada una de las partes de los acontecimientos contenidos en esta profecía habrían de tener lugar antes del fin de la generación existente. Si algún lenguaje puede reclamar para sí el ser preciso y definido, es el que nuestro Señor emplea para marcar los límites del tiempo dentro del cual se cumplirían sus palabras. Nuestro Señor guarda silencio sobre cualesquiera otras catástrofes, de otras naciones, en otras épocas, que puedan haber en el futuro. Él habla de su propia nación culpable, y de su venida judicial al final de la era, como habían predicho a menudo y claramente Malaquías, Juan el Bautista, y Jesús mismo. (5) De esto sus palabras han de ser tenidas por responsables; más allá de esto es mera especulación humana, las hipótesis de los teólogos, sin ninguna base segura en la Escritura. Hemos, pues, tratado de rescatar esta gran profecía del método impreciso y nada crítico de interpretación por medio del cual ha sido tan oscurecida y embrollada; así que dejemos que nos transmita a nosotros el mismo significado distinto y claro que transmitió a los discípulos. Reverencia hacia la Palabra de Dios, y la debida consideración por los principios de interpretación, nos prohiben imponer construcciones no naturales y dobles sentidos, que en efecto "añadirían a las palabras de esta profecía". No nos atrevemos a jugar irresponsablemente con las expresas y precisas afirmaciones de Cristo. No encontramos sino una Parusía; un fin de la era; una catástrofe inminente; un terminus ad quem - "esta generación". Protesstamos contra la exégesis que manipula la Palabra de Dios tan libremente que se recomienda a sí misma a los ojos de muchos. "El Señor", se dice, "siempre está viniendo a los que esperan su aparición. Vemos su venida a gran escala en cada crisis de la gran historia humana. En revoluciones, en reformas, y en las crisis de nuestra historia individual. Para cada uno de nosotros, hay un advenimiento del Señor, tan a menudo como se nos presentan nuevos y mayores aspectos de la verdad, o somos llamados a entrar en deberes nuevos y quizás más laboriosos y emocionantes". (6) De esta manera, podría ser más difícil decir lo que no es una "venida del Señor". Pero, al convertirla en cualquier cosa y en todas las cosas, la convertimos en nada. Está vacía de toda precisión y realidad. No hay razón para que la encarnación, la crucifixión, y la resurrección no puedan, de manera similar, llegar a ser transacciones comunes y diarias, así como la Parusía. Una cosa es decir que los principios del gobierno divino son eternos e inmutables, y que, por lo tanto, lo que Dios hace a un pueblo, o a una época, hará en circunstancias similares a otras naciones y a otras épocas; otra cosa es decir que esta profecía tiene dos significados: uno para Jerusalén e Israel, y otro para el mundo y la consumación final de todas las cosas. Sostenemos, con Neander, que "las palabras de Cristo, como sus obras, contienen en sí mismas el germen de un desarrollo infinito, reservado para que lo revelen las edades futuras". (7) Pero esto no implica que la profecía es cualquier cosa que pueda concebir una fantasía ingeniosa, o que tenga sentidos ocultos o ulteriores que subyacen el significado aparente y natural del lenguaje. El deber del intérprete y estudiante de la Escritura es, no intentar lo que la Escritura pueda hacérsele decir, sino someter su comprensión de "los verdaderos dichos de Dios", que son por lo general tan sencillos como profundos. (8)
Notas: 1. Bampton Lecture, del Profesor Burton, p. 20. 2. El siguiente extracto ha sido tomado de un excelente artículo en el primer tomo de la Biblioteca Sacra (1843), por el Dr. E. Robinson, titulado "La Venida de Cristo". Hasta el ver. 42 del cap. 24 de Mateo, el Dr. Robinson sostiene la exclusiva referencia de la predicción a Jerusalén, y por esta razón menciona las interpretaciones que se refieren a ella como el "fin del mundo:" "Ahora surge la pregunta de si, bajo estas limitaciones de tiempo, es posible una referencia del lenguaje de nuestro Señor al día del juicio y al fin del mundo en nuestro sentido de estos términos. Los que sostienen este punto de vista intentan de varias maneras deshacerse de las dificultades que surgen de estas limitaciones. Algunos asignan a (e.nqe,nj) el significado de súbitamente, como lo emplea la Sepuaginta en Job ver. 3 para el hebreo. Pero, aún en este pasaje, el propósito del escritor es simplemente marcar una secuencia inmediata - indicar que otro suceso más consecuente ocurre en seguida. Ni se ganaría nada aunque se pudiera disponer de la palabra (nqe,wj), con tal de que permaneciera la subsiguiente limitación a "esta generación". Y en esto también otros han tratado de referir genea a la raza de los judíos, o a los discípulos de Cristo, no sólo sin el más ligero fundamento, sino contrariamente a todo uso y a toda analogía. Todos estos intentos de aplicar la fuerza al significado del lenguaje son en vano, y ahora han sido abandonados por la mayoría de los comentaristas de nota". Después de una exposición tan luminosa, es decepcionante descubrir que el Dr. Robinson deja de llevar consistentemente hasta el fin los principios con los cuales comenzó. Desconcertado por la conclusión anticipada de que "el juicio final" y "el fin del mundo" se encuentran en alguna parte de la profecía, e incapaz de ver dónde termina el tema de Jerusalén y dónde comienza el otro y mayor tema de la catástrofe mundial, adopta el siguiente método. Comenzando con la suposición de que la parábola de las ovejas y los cabritos tiene que describir el último evento, tantea su camino hacia atrás hasta la parábola anterior, la de los talentos, en la cual encuentra el mismo tema, la doctrina de la retribución final. Yendo aún más atrás, a la parábola de las diez vírgenes, descubre que el objeto de esa parábola es inculcar la misma verdad importante. Llega a la conclusión de que el capítulo veinticinco de Mateo debe, por lo tanto, referirse por entero a las transacciones del último gran día. "Pero", continúa, "la última parte del cap. 24, es decir, desde el ver. 43 hasta el 51, está íntimamente conectada con la parábola inicial del ca. 25", que parece proporcionar suficiente base para considerar que este pasaje también se refiere al juicio futuro. En el ver. 43 de Mat. 24, por lo tanto, el Dr. Robinson cree que nuestro Señor abandona por completo el tema de Jerusalén y entra en un tema nuevo, el juicio del mundo. En seguida es evidente que la totalidad de su razonamiento queda viciado por la falsa premisa con la cual comienza, o sea, la suposición de que la parábola de las ovejas y los cabritos se refiere al juicio de la raza humana. Ya hemos demostrado que no hay ningún nuevo comienzo en Mat. 24:48. 4. Contemporary Review, Nov. 1876. Véase la Nota B, Parte I. 5. Refiriéndose a la destrucción de Jerusalén, dice Jonathan Edwards: "Así, pues, hubo un final definitivo del mundo del Antiguo Testamento: Todo quedó concluído con una especie de día del juicio, en el cual el pueblo de Dios fue salvo, y sus enemigos destruidos de manera terrible". Historia de la Redención, vol. i, p. 445. 6. Evang. Meg. Feb. 1877, p. 69. 7. Life of Christ, 165. 8. Véase Nota A, Parte I. DECLARACIÓN DE
NUESTRO SEÑOR
La respuesta de nuestro Salvador a la solemne orden del sumo sacerdote para que declarase bajo juramento es la repetición, casi palabra por palabra, de lo que Jesús había declarado a los discípulos en el Monte de los Olivos: "Verán al Hijo del Hombre viniendo viniendo sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria" (Mat. 24:30). Son, evidentemente, el mismo suceso y el mismo período a los que se hace referencia. El lenguaje implica que las personas a las que Jesús se dirige, o algunas de ellas, presenciarían el acontecimiento predicho. La expresión: "Veréis" no sería apropiada si se refiriera a algo que ninguno de los oyentes viviría para presenciarlo, y que no tendría lugar por miles de años. Nuestro Señor, pues, les dijo a sus jueces que ellos, o algunos de ellos, vivirían para verle venir en juicio, o viniendo en su reino. Esta declaración está en armonía con lo que nuestro Salvador dijo a sus discípulos: "El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles ... De cierto os digo, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:27,28). Algunos de sus discípulos, y algunos de sus jueces, vivirían lo suficiente para presenciar aquella gran consumación, menos de cuarenta años después, cuando el Hijo del Hombre vendría en su reino a ejecutar los juicios de Dios sobre la nación culpable. Esto es precisamente lo que afirma la profecía del Monte de los Olivos: "No pasará esta generación", etc. Nuevamente aquí no tenemos ni oscuridad ni ambigüedad. Pero, ¿puede decirse otro tanto de la interpretación que hace que las palabras de nuestro Señor se refieran a un tiempo todavía futuro, y un suceso que todavía no ha tenido lugar? ¿Puede decirse otro tanto de la interpretación que encuentra en esta escena, que el Sanedrín judío habría de presenciar, no un suceso dintinto y particular, sino un proceso prolongado y continuo, que comenzó en la resurrección de Cristo, que continúa todavía, y que continuará hasta el fin del mundo? Esta extraña interpretación, que es la de Lange y de Alford, se basa en parte en la suposición de que la predicción de nuestro Señor no se ha cumplido todavía, y en parte en la palabra "de aquí en adelante", que se cree indica un proceso continuo. (1) Pero, ¿es esa explicación creíble, o siquiera concebible? ¿Es verdad que el sumo sacerdote y el Sanedrín comenzaron, desde ese momento, a ver el Hijo del hombre venir en las nubes del cielo?, etc. ¿Cómo podría tal aparición ser un proceso continuo? Claramente, las palabras sólo pueden referirse a un acontecimiento definido y específico; y no podemos sentirnos inseguros al establecer de qué acontecimiento se trata. No puede ser otro que la Parusía, tan a menudo predicha antes. Ése no fue un proceso prolongado, sino un acto sumario - súbito, rápido, conspicuo, como el relámpago. El sentido queda bien expresado por los editores del Critical English Testament: "El sentido no puede ser que él vendría y así le verían inmediatamente después del momento de su respuesta; sino más bien, que él ahora partiría de ellos, y que la siguiente vez que le vieren, después de su rechazo por ellos, sería en su venida en gloria, como lo predijo el profeta Daniel". (2) En esta declaración de nuestro Señor encontramos, entonces, una confirmación adicional de sus anteriores afirmaciones de que su venida por segunda vez tendría lugar durante la generación existente. Algunos de sus jueces, así como algunos de sus discípulos, habrían de presenciarla; ¡y esa afirmación no tendría ningún significado si no implicara que ellos habrían de presenciarla con sus propios ojos! Predicción de los ayes que vendrían sobre Jerusalén
Aquí tenemos una afirmación tan clara, tan definida en cada punto que puede fijar su referencia - tiempo, lugar, personas, circunstancias - que no queda lugar para la incertidumbre. Apunta a un tiempo que no estaba muy distante, sino a las puertas - "vendrán días" - un tiempo que las personas a las cuales se hablaba y sus niños vivirían para presenciar; un tiempo de gran tribulación, que caería con particular severidad sobre las mujeres y los niños; un tiempo cuando, en la agonía de su terror, las multitudes desesperadas clamarían a los montes y a los collados para que cayeran sobre ellos y les cubrieran. Se encontrará que aquellos memorables detalles serán sumamente valiosos en la elucidación de la profecía bíblica en la etapa subsiguiente de de esta investigación. Mientras tanto, es claro que esta patética descripción puede referirse solamente a la catástrofe de Jerusalén en los últimos días de su historia. Sólo tenemos que ir a las páginas de Josefo para encontrar los hechos que ilustran y confirman el lenguaje de nuestro Salvador. Los horrores de aquella trágica historia culminan en el episodio de María de Perea, cuyo banquete tiesteano horrorizó hasta a los despiadados bandidos que merodeaban como lobos hambrientos por la ciudad. Es a la luz de incidentes como éste que vemos el pleno significado de las palabras: "Bienaventuradas las estériles, y [bienaventurados] los vientres que no concibieron". Es con un movimiento de algo como impaciencia que escuchamos a Stier, seducido por el ignis fatuus de un doble significado, insistir en un oculto significado de las palabras de nuestro Salvador: "Habló expresa y principalmente del juicio de Jerusalén e Israel, pero contemplaba y se refería a lo que se había anunciado en este tipo histórico, el juicio de todos los impenitentes, y de todos los incrédulos en común, hasta el fin". (3) Así dice también Alford, siguiendo a Stier. Sin embargo, está sólo en la imaginación del expositor el que esta referencia ulterior existe: no hay sugerencia de él en el texto; y es con cierto grado de asombro que encontramos a un crítico erudito que va tan lejos en el olvido de su verdadera vocación que declara que "el cumplimiento histórico, real, y específico" es "lo de menos: el significado de la palabra llega mucho más allá". Si alguna vez hubo un caso en el cual no se debe pensar en significados dobles y cumplimientos típicos, seguramente es aquí". En esa hora de angustia, no podía haber sino un solo pensamiento presente en el corazón de Jesús. Veía la tormenta de ira que cobraba fuerza, y en la que la ciudad dedicada pronto habría de quedar envuelta, y que estallaría con tal violencia sobre la tierna y delicada, los niños y las madres de Jerusalén, y reciprocaba la lástima de aquellos corazones compasivos, más conmovido en ese momento por los sufrimientos anticipados de ellos que por los suyos. ¿Qué necesidad hay de ir más allá de aquella trágica catástrofe, y buscar otra, concerniente a la cual el contexto guarda completo silencio? La Oración del Ladrón Penitente
El único punto que nos concierne en este memorable incidente es la referencia que el malhechor hizo a la venida de nuestro Señor en su reino". Cualquiera sea el modo en que había adquirido este conocimiento, reconoció en el rechazado Profeta que estaba a su lado al Rey de Israel, el Hijo de Dios. Creía que, a pesar de que Israel lo había rechazado y crucificado, un día vendría otra vez "en su reino". ¡Maravillosa fe en un hombre como éste y en un momento como éste! Si el ladrón en la cruz hubiese escuchado el testimonio de Jesús delante del sumo sacerdote, o si hubiese sabido lo que Jesús había dicho a sus discípulos, de que "algunos de ellos no verían muerte hasta que hubiesen visto al Hijo del hombre viniendo en su reino", podríamos explicarnos mejor su fe y su oración. De todos modos, no podría haber habido más inteligencia y precisión en el lenguaje de un discípulo que en las palabras de este "tizón arrebatado del incendio". No tenemos modo de saber qué idea tenía el malhechor con respecto al tiempo de esa venida - si la había concebido como cercana o como distante; pero es presumible que la consideraba cercana. Un moribundo difícilmente oraría para que fuese recordado en alguna época distante, después de que hubiesen pasado siglos y milenios. En esa crisis, sólo lo inminente o lo inmediato podría estar en sus pensamientos. Una cosa parece segura: la más inverosímil de todas las interpretaciones es la que representaría su oración como todavía sin contestar, y la "venida" de la cual hablaba como todavá entre los sucesos de un futuro desconocido. La Comisión Apostólica
Es usual considerar esta comisión como si estuviera dirigida a toda la Iglesia Cristiana en todos los tiempos. No hay duda de que es permisible inferir de estas palabras la obligación perpetua, que descansa sobre todos los cristianos en todos los tiempos, de propagar el evangelio a todas las naciones; pero es importante considerar las palabras en su referencia correcta y original. Es la comisión de Cristo a mensajeros escogidos, designándoles para su obra evangelística, y asegurándoles su constante presencia y protección. Tiene una especial aplicación para los apóstoles que no puede tener para nadie más. Ya hemos advertido el hecho de que los discípulos, a los que se les dio esta misión, no parecen haberla entendido en el sentido de que debían extender su obra evangelística más allá de los linderos de Palestina, o predicar el evangelio a judíos y a gentiles indiscriminadamente. Es seguro que no llevaron a cabo esta comisión inmediatamente, ni lo hicieron por años, en su sentido más amplio; ni parece probable que jamás lo hubiesen hecho así sin una revelación expresa. Como la mostrado el Dr. Burton, no menos de quince años pasaron entre la conversión de Pablo y su primer viaje apostólico para predicarles a los gentiles. "Tampoco hay ninguna evidencia de que, durante ese período, los otros apóstoles rebasaran los confines de Judea". (4) Hay, pues, mucha probabilidad en la opinión de que el lenguaje de la comisión apostólica no transmitió a sus mentes la misma idea que a nosotros, y que, como ya hemos visto, la frase "todas las naciones" [pa,nta ta e[qnj] equivale realmente a todas las tribus de la tierra" [pa/sai a,i,qnlai.gh/j]. Pero lo que especialmente merece notarse es la notable limitación de tiempo, el "terminus ad quem" especificado aquí por el Salvador. "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" [suntelei,aj ton/ai.w/nj]. Nada puede ser más confuso para el lector de habla inglesa que la traducción "fin del mundo", que inevitablemente sugiere el fin de la historia humana, el fin del tiempo, y la destrucción de la tierra, un significado que las palabras no soportan. Lange, aunque está lejos de aprehender el verdadero significado de la frase, da el sentido correcto: "la consumación de la era secular, o el período de tiempo que termina con la Parusía". ¿Qué puede ser más evidente que el hecho de que la promesa de Cristo de estar con sus discípulos hasta el fin del tiempo implica que ellos habrían de vivir hasta el fin de esa época? Aquella gran consumación no estaba lejos; el Señor había hablado de ella a menudo, y siempre como un suceso que se aproximaba, un suceso que algunos de ellos vivirían para ver. Era la conclusión de la dispensación mosaica; el fin del gran período de prueba de la nación teocrática; cuando la estructura entera del sistema judío habría de ser barrida, y "el reino de Dios vendría con poder". Este gran suceso, había declarado nuestro Señor, habría de ocurrir dentro de los límites de la generación que entonces existía. El "fin del tiempo" coincidió con la Parusía, y la señal externa y visible por la cual se distingue es la destrucción de Jerusalén. Este es el terminus por el cual el campo está delimitado en el Nuevo Testamento. Para Israel era "el fin", "el fin de todas las cosas", "el pasar del cielo y la tierra", la abrogación del antiguo orden, la inauguración del nuevo. De esta época providencial, la historia nos dice mucho, pero la profecía nos dice más. La historia nos muestra las señales predichas que se cumplían; los síntomas premonitorios de la catástrofe que se aproximaba - los falsos Cristos, las guerras y los rumores de guerras; las insurrecciones y los disturbios; los terremotos, las hambres y pestilencias; las persecuciones y tribulaciones; las legiones invasoras de Roma; la ciudad sitiada y capturada; el templo en llamas; las multitudes masacradas; las nación extinguida. Pero la historia no puede levantar el velo que cuelga sobre el mundo espiritual; nos conduce hasta el borde mismo, y nos invita a adivinar el resto. Pero nosotros tenemos una palabra profética más segura que, en vez de conjeturas, nos da seguridad. Revela al "Hijo del hombre viniendo en su gloria"; al Rey sentado en el trono; el juicio iniciado, y los libros abiertos. Revela las ovejas y los cabritos separados los unos de las otras; los justos entrando en la vida eterna; los impíos enviados al castigo eterno. Si no tenemos verificación histórica de lo invisible y lo espiritual, como la tenemos de los elementos visibles y materiales de esta consumación, es porque ellos no están en la naturaleza de las cosas que se pueden conocer igualmente por medio de los sentidos. Pero los aceptamos por la fe en su palabra, que declaró: "De cierto os digo, todas estas cosas vendrán sobre esta generación"; y nuevamente: "De cierto os digo, que no pasará esta generación sin que se cumplan todas estas cosas". "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". El cumplimiento literal de todo lo que cae dentro de la esfera de la observación humana es garante de la credibilidad del resto, que pertenece al ámbito de lo invisible y lo espiritual.
Notas: 1. (a/rti) en el griego posterior vino a significar "pronto", "en la actualidad". Véase a Liddell y Scott, y por eso, nuestros traductores, escriben correctamente "desde ahora", que deja el tiempo real del suceso en el futuro, pero no necesariamente inmediato. Critical English Test, vol. iii, p. 860, nota. 2. Critical English Test, vol. iii, p. 860. 3. Reden Jesu, vol. vii. p. 426. LA PARUSÍA EN EL EVANGELIO DE JUAN En los evangelios sinópticos, hemos podido, por lo general, comparar unas con las otras las alusiones a la Parusía registradas por los evangelistas; y a menudo hemos encontrado ventajoso hacerlo. No es fácil, sin embargo, entrelazar el cuarto evangelio con los sinópticos, y a menudo es un poco notable que ni una sola alusión a la Parusía en los últimos se encuentre en el primero. Es, pues, preferible, por todas las razones, considerar el evangelio de Juan por sí mismo, y encontraremos que las referencias al tema de nuestra investigación, aunque no muchas en número, son muy importantes y están llenas de interés. La Parusía y la Resurrección de los Muertos
En las referencias a la cercana consumación que hemos encontrado en los evangelios sinópticos, es imposible no impresionarse con la constante asociación de la Parusía con un gran acto de juicio. Desde la primera noticia de este gran suceso hasta el fin, la idea de juicio aparece de modo prominente. Juan el Bautista advierte a la nación de "la ira venidera". Los hombres de Nínive y la reina del sur han de aparecer en el juicio con esta generación. En la siega al final del tiempo, la paja ha de ser quemada, y el trigo recogido en el granero. El Hijo del hombre habría de venir en su gloria para dar a cada uno según sus obras. El juicio de Capernaum y Corazín habría de ser más severo que el de Tiro y Sidón. Casi todas las últimas parábolas en el ministerio de nuestro Señor declaran el juicio venidero - las minas, el labrador malvado, las bodas del hijo del rey, las diez vírgenes, los talentos, las ovejas y los cabritos. La gran profecía del Monte de los Olivos se ocupa enteramente del mismo tema. Es notable que la primera alusión de Juan a este suceso reconoce su carácter judicial. Pero ahora encontramos un nuevo elemento introducido en la descripción de la cercana consumación. Está relacionado con la resurrección de los muertos; de "todos los que están en la tumba". "La hora viene cuando todos los que están en la tumba oirán su voz, y saldrán", etc. No puede haber ninguna duda de que el pasaje que se acaba de citar (ver. 28,29) se refiere a la resurrección literal de los muertos. También puede admitirse que los versículos precedentes (25,26) se refieren a la comunicación de vida espiritual a los que están muertos espiritualmente. (1) El tiempo para este proceso vivificante ya había comenzado. "La hora viene, y ahora es". Los muertos en delitos y pecados estaban a punto de ser vivificados por el poder resucitador del Espíritu divino actuando en las almas de los hombres para que predicasen el evangelio de Cristo. Este poder vivificador pertenecía, por designio divino, al Hijo de Dios, al cual también había sido entregado, en virtud de su humanidad, el oficio de Juez supremo (ver. 27). Anticipándose al hecho de que esta afirmación de ser el Juez de la humanidad haría tambalear a sus oyentes, nuestro Señor procede a reforzar su afirmación y aumentar la admiración de ellos declarando que, a su voz, y antes de mucho, los muertos saldrían de de sus tumbas para estar de pie delante de su trono de juicio. El lector notará en particular las indicaciones de tiempo especificadas por nuestro Señor en estos importantes pasajes. Primero tenemos: "viene la hora, y ahora es". Esto indica que la acción de la cual se habla, o sea, la comunicación de vida espiritual a los espiritualmente muertos, ya ha comenzado a tener lugar. Luego tenemos: "vendrá hora", sin la adición de las palabras "y ahora es", indicando que el suceso especificado, es decir, el levantarse los muertos de sus tumbas, está a una mayor distancia en el tiempo, aunque todavía no muy lejos. La fórmula "viene la hora" siempre denota que el suceso al que se refiere no está muy distante. En realidad, no define el tiempo, sino que lo ubica dentro de un período comparativamente breve. Encontramos estas dos expresiones. "viene la hora" y "viene la hora, y ahora es", empleadas por nuestro Señor en su conversación con la mujer de Samaria (Juan 4:21,23), y su uso aquí puede ayudarnos a establecer su fuerza en el pasaje que tenemos delante. Cuando nuestro Señor dice: "Viene la hora, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad", está indicando que el tiempo ya era presente, pues, ¿no había empezado a reunir los materiales de aquella iglesia espiritual de verdaderos adoradores de la cual hablaba? Sin embargo, cuando dice: "Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre", habla de un tiempo que, aunque no estaba distante, todavía no había llegado. Preveía el período del cual hablaba, cuando cesaría la adoración en el templo, cuando el monte Sión sería "arado como campo", y el monte Gerizim también sería abrumado por el diluvio de ira. Pero era necesaria la abrogación de lo local y lo material para la entronización de lo universal y lo espiritual; y, por lo tanto, el templo con su ritual debía ser suprimido para hacer lugar para la más noble adoración "en espíritu y en verdad". Por supuesto, no puede probarse absolutamente que la frase "la hora viene" se refiere precisamente al mismo punto en el tiempo en estos dos casos, aunque es fuerte la presunción de que así es. Para esta etapa, baste notar que nuestro Señor habla aquí de la resurrección de los muertos y el juicio como sucesos que no estaban distantes, pero tan distantes que podía decirse correctamente: "La hora viene", etc. La Resurrección, el Juicio, y el Día Postrero
En estos pasajes tenemos otra nueva frase en relación con la consumación que se acercaba, que es peculiar al cuarto evangelio. En los sinópticos nunca encontramos la expresión "el día postrero", aunque encontramos sus equivalentes, "aquel día" y "el día del juicio". No puede dudarse que estas expresiones son sinónimas, y se refieren al mismo período. Pero ya hemos visto que el juicio es contemporáneo con "el fin del tiempo" (sonteleia ton aiwnoj), e inferimos que "el día postrero" es sólo otra forma de la expresión "el fin del tiempo" o Peón. La Parusía también está representada constantemente como coincidente en el tiempo con "el fin del tiempo", de modo que todos estos grandes sucesos, la Parusía, la resurrección de los muertos, el juicio, y el día postrero, son contemporáneos. Entonces, puesto que el fin del tiempo no es, como se imagina generalmente, el fin del mundo, o la destrucción total de la tierra, sino la terminación de la economía judía; y puesto que nuestro Señor mismo clara y frecuentemente coloca ese suceso dentro de los límites de la genración existente, llegamos a la conclusión de que la Parusía, la resurrección, el juicio, y el día postrero, pertenecen todos al período de la destrucción de Jerusalén. Por muy alarmante o increíble que
pueda parecer esta conclusión al principio, es la enseñanza a la
cual el Nuevo Testamento está dedicado absolutamente, y, al
avanzar en esta investigación, encontraremos que la evidencia en
apoyo de esta conclusión se acumula hasta tal grado que es
irresistible. Nos encontraremos con expresiones como "los últimos
tiempos", "los últimos días", y "la útima hora", que evidentemente
denotan el mismo período que "el día postrero", pero de las cuales,
sin embargo, se habla como no lejanas, y hasta como que ya han
llegado. Mientras tanto, sólo podemos pedir al lector que reserve su
juicio, y calmada e imparcialmente sopese la evidencia derivada, no
de autoridad humana, sino de la misma palabra de inspiración.
El Juicio del Mundo y del Príncipe de Este Mundo
Se acostumbra explicar estas palabras en el sentido de que había llegado una gran crisis en la historia espiritual del mundo: que la muerte de Cristo en la cruz era un momento crucial, por decirlo así, del gran conflicto entre el bien y el mal, entre el Dios vivo y verdadero y el falso dios usurpador de este mundo - que el resultado de la muerte de Cristo sería la derrota final del poder de Satanás y el establecimiento del reino de verdad y justicia sobre las ruinas del imperio de Satanás. No hay duda de que hay mucha verdad importante en esta explicación, pero no satisface todos los requisitos del lenguaje muy claro y enfático de nuestro Señor con respecto a la cercanía y lo completo del suceso al cual se refiere: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera". No es suficiente decir que, para la previsión profética de nuestro Salvador, el futuro distante era como si fuera el presente; ni que, por la cercanía de su muerte, el juicio del mundo y la expulsión de Satanás estarían virtualmente asegurados, y que por lo tanto podrían ser considerados como hechos consumados. Tampoco es suficiente decir que, desde el momento en que se ofreció el gran sacrificio de la cruz, el poder y la influencia de Satanás comenzaron a menguar, y tiene que disminuir constantemente hasta que él sea finalmente aniquilado. El lenguaje de nuestro Señor apunta manifiestamente a una transacción judicial grande y final, que pronto habría de tener lugar. Pero juicio es un acto que difícilmente puede concebirse como extendiéndose sobre un período indefinido, y especialmente cuando está restringida por la palabra ahora, a un punto distinto e inminente en el tiempo. La frase "echado fuera", también, es evidentemente una alusión a la expulsión de un demonio de un cuerpo poseído por un espíritu inmundo. Pero esto indica un acto súbito, violento, y casi instantáneo, y no un proceso gradual y prolongado. Ninguna figura podría ser menos apropiada para describir la lenta decadencia y el agotamiento final del poder satánico que la expulsión de un demonio. Nos vemos obligados, pues, a hacer a un lado la explicación que hace que las palabras de nuestro Señor se refieran a un juicio que, después de transcurridos muchos siglos, todavía continúa; o a una expulsión de Satanás que todavía no se ha efectuado. Él no hablaría de un juicio, que no habría de tener lugar por miles de años, como si fuera "ahora", ni de una inminente "expulsión" de Satanás, que habría de ser el resultado de un proceso lento y prolongado. Concluimos, entonces, que, cuando nuestro Señor dijo: "Ahora es el juicio de este mundo", etc., se refería a un suceso que estaba cercano, y, en cierto sentido, era inmediato: es decir, tenía a la vista aquella gran catástrofe que apenas parece haber estado ausente de sus pensamientos - la solemne transacción judicial cuando "el Hijo del hombre habría de sentarse sobre el trono de su gloria" - la gran "cosecha" al final del tiempo, cuando los ángeles segadores habrían de "recoger de su reino todas las cosas que ofenden y hacen inquidad". Si se objeta a esto que la palabra ko.smoj (mundo) es demasiado abarcante para que quede restringida a una tierra o una nación, puede replicarse que kosmoj se emplea aquí, como en algunos otros pasajes, especialmente en los escritos de Juan, más bien en un sentido ético que como expresión geográfica. (Véase Juan 7:7; 8:23; 1 Juan 2:15; v.14). Pero puede decirse: ¿Cómo podría hablarse de este juicio de Israel como si fuese "ahora" más que de un juicio que todavía está en el futuro? Cuarenta años de aquí en adelante no es más ahora que cuatro mil años. A esto puede replicarse: Más que ningún otro, el suceso que ahora era inminente precipitaría la condenación de Israel. La crucifixión de Cristo habría de ser el clímax del crimen, el acto culminante de apostasía y culpabilidad que llenó la copa de la ira, y selló la suerte de "aquella generación malvada". El intervalo entre la crucifixión de Cristo y la destrucción de Jerusalén fue sólo el breve espacio entre el pronunciamiento de la sentencia y la ejecución del criminal; y de la misma manera, nuestro Señor, cuando abandonó el templo por última vez, exclamó: "He aquí, vuestra casa os es dejada desierta", aunque su desolación no tuvo lugar realmente sino hasta casi cuarenta años más tarde, pudo decir: "Ahora es el juicio de este mundo", aunque un espacio de tiempo semejante transcurriría entre el pronunciamiento y la ejecución de sus palabras. De manera semejante, la "expulsión del príncipe de este mundo" está representada como coincidente con el "juicio de este mundo", y ambos son manifiestamente el resultado de la muerte de Cristo. Pero, ¿cómo puede decirse que Satanás fue expulsado en el período al que se refiere, o sea, el juicio al final del tiempo? Aquel suceso marcó una gran época en la administración divina. Fue la inauguración de un nuevo orden de cosas: la "venida del reino de Dios" en un sentido alto y especial, cuando se disolvió la peculiar relación entre Jehová e Israel, y Él vino a ser conocido como Dios y Padre de toda la raza humana. De allí en adelante, Satanás no habría de ser ya más el dios de este mundo, sino que el Altísimo habría de tomar el reino para sí mismo. Esta revolución se efectuó por la muerte expiatoria de Cristo en la cruz, que se declara que es "la reconciliación consigo de todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos" (Col. 1:20). Pero la inauguración formal del nuevo orden es representada como teniendo lugar al "fin del tiempo", el período en que "el reino de Dios vendría con poder", y el Hijo del hombre se sentaría como Juez "en el trono de su gloria". ¿Qué podría ser más apropiado, entonces, que la "expulsión" del príncipe de este mundo en el período en que su reino, "este mundo", fuese juzgado? Puede objetarse que, si realmente tuvo lugar entonces un suceso como la expulsión de Satanás, debería estar marcado por alguna muy palpable disminución del poder del diablo sobre los hombres. La objeción es razonable, y puede rebatirse con la afirmación de que sí existe evidencia de la disminución de la influencia satánica en el mundo. La historia de los tiempos de nuestro Salvador proporciona prueba abundante del ejercicio de un poder sobre las almas y cuerpos de hombres que entonces estaban poseídos por Satanás, un poder que felizmente es desconocido en nuestros días. La misteriosa influencia llamada "posesión demoníaca" se atribuye siempre en la Escritura a los agentes satánicos; y era una de las credenciales de la comisión divina de nuestro Señor que Él, "por el poder de Dios, echaba fuera demonios". ¿En qué período cesó de manifestarse la sujeción de los hombres al poder demoníaco? Era común en los días de nuestro Señor: continuó durante la época de los apóstoles, porque tenemos muchas alusiones al hecho de que ellos echaban fuera espíritus inmundos; pero no tenemos evidencia de que esta sujeción continuó existiendo en los tiempos post-apostólicos. El fenómeno ha desaparecido tan completamente que, para muchos, su anterior existencia es increíble, y la resuelven con una superstición popular, o con una teoría no científica de enfermedad mental - una explicación que es totalmentee incompatible con las representaciones del Nuevo Testamento. Vale la pena observar que nuestro Señor, en una ocasión anterior, hizo una declaración muy parecida a la que ahora estamos considerando. Cuando los setenta discípulos regresaron de su misión evangélica, informaron con regocijo de su éxito al echar fuera demonios en el nombre de su Maestro: "Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre" (Lucas 10:17). Al responderles, Jesús les dijo: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo", una expresión que es casi equivalente a las palabras: "Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera", y sobre la cual Neander hace las siguientes sugestivas observaciones:
Al comparar estas dos notables afirmaciones de nuestro Señor, hay tres puntos que merecen particular atención: 1. Ambas son pronunciadas en ocasiones en que el triunfo de su causa, que se acercaba, aparecía vívidamente delante de él. 2. En ambas, la expulsión de Satanás es representada como un hecho consumado. 3. En ambas, se considera como un acto rápido y sumario, no como un proceso lento y prolongado: en un caso, Satanás cae "del cielo como un rayo"; en el otro, es "echado fuera" de un endemoniado como espíritu inmundo. Neander, pues, ha pasado un poco por alto el verdadero énfasis de la expresión, en sus observaciones, por lo demás, admirables. Creemos que las palabras apuntan claramente a una gran transacción judicial, que tiene lugar en un punto particular del tiempo, que ese tiempo estaba muy cercano, y que es la consecuencia y el resultado de la muerte del Salvador en la cruz. Tal transacción y tal período los podemos encontrar sólo en la gran catástrofe tan vívidamente presentada por nuestro Señor en su discurso profético, y por lo tanto, no podemos titubear al entender que sus palabras se refieren a aquel suceso memorable. Ninguna otra explicación
satisface los requisitos de la declaración: "Ahora es el juicio de
este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera".
EL RÁPIDO RETORNO DE CRISTO [LA PARUSÍA]
Por simples que puedan parecer estas palabras, han causado gran perplejidad a los comentaristas. La misma simplicidad de las palabras es posiblemente la causa de la dificultad de ellos: porque es muy difícil creer que significan lo que parecen decir. Se ha supuesto que nuestro Señor se refiere, en algunos pasajes, a su cercana partida de la tierra y a su regreso final al "fin de los días", a la consumación de la historia humana; y que, en otros, se refiere a su ausencia temporal durante el intervalo entre su crucifixión y su resurrección. Un examen cuidadoso de las alusiones de nuestro Señor a su partida y a su venida otra vez satisfará a cada lector inteligente de que la venida del Señor, o "segunda venida", siempre se refiere a un suceso particular y a un período en particular. Ningún suceso está más claramente marcado en el Nuevo Testamento que la Parusía, la segunda venida del Señor. Se la describe siempre como un acto, no como un proceso; un acontecimiento grandioso y feliz; una "bendita esperanza", ansiosamente anticipada por sus discípulos y de la cual se creía confiadamente que estaba a las puertas. Los apóstoles y los primeros creyentes no sabían nada de una Parusía extendida a lo largo de un período de tiempo vasto e indefinido, ni de varias "venidas", todas distintas y separadas la una de la otra; sino de una sola venida - la Parusía, "la gloriosa aparición del gran Dios y nuestro Salvador Jesucristo" (Tito 2:13). Si algo está escrito claramente en la Escritura es esto. Es con asombro, pues, que leemos los comentarios de Dean Alford sobre nuestras palabras en Juan 14:3.
¡Todo esto se desarrolla a partir de una sola palabra, ercomai! Pero, si ercomai tiene tal variedad y complejidad de significados, por qué no npayw y porenomai? ¿Por qué no debería tener "fuere" tantas partes y procesos como "vendré otra vez"? De la misma manera, puede preguntarse: ¿Cómo podrían haber entendido los discípulos el lenguaje de nuestro Señor, si el lenguaje tenía un "gran complejo" de significados? ¿O cómo puede esperarse que hombres sencillos capten jamás el significado de las Escrituras si las expresiones más simples son tan intrincadas y desconcertantes? Este comentario no ha sido concebido en el lúcido espíritu del sentido común inglés, sino en la jerga mística de Lange y Stier. ¿Qué puede ser más sencillo que el "vendré otra vez" es un acto tan definido como el "me fuere", y que sólo puede referirse a la profecía y la promesa del Nuevo Testamento, la Parusía? Que este suceso no habría de ser diferido por mucho tiempo es evidente por el lenguaje en que se anuncia: "Ercomai - Vendré". Todo el tenor del discurso de nuestro Señor supone que la separación entre sus discípulos y Él mismo ha de ser breve, y su reunión rápida y perpetua. ¿Por qué se va? A preparar un lugar para ellos. ¿Todavía no está preparado, entonces? ¿Todavía no los ha recibido a sí mismo? ¿Todavía no están donde él está? Si la Parusía está todavía en el futuro, estas esperanzas todavía no se han cumplido. Que este esperado regreso y esta reunión no eran un suceso lejano, que estaba a una distancia de muchos siglos, sino un suceso que estaba a las puertas, lo demuestran las subsiguientes referencias a él que hace nuestro Señor. "Todavía un poco, y no me veréis; y de nuevo un poco, y me veréis; porque yo voy al Padre". (Juan 16:16). Pronto habría de dejarles; pero no para siempre, ni por mucho tiempo - "un poco", unos pocos y cortos añ;os, y su tristeza y su separación terminarían; porque "os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo" (Juan 16:22). Se observará que nuestro Señor no dice que la muerte les reuniría, sino que lo haría su venida. Esa venida, pues, no podía estar distante. Que es a este intervalo entre su partida y la Parusía a lo que se refiere nuestro Señor cuando habla de "un poco" es evidente por dos consideraciones: Primera, porque Él afirma claramente que va al Padre, lo cual muestra que su ausencia se relaciona con el período subsiguiente a la ascensión; y segunda, porque, en la epístola a los Hebreos, este mismo período, es decir, el intervalo entre la partida de nuestro Señor y su venida otra vez, es denominado expresamente "un poco". "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (Heb. 10:37). Aquí nuevamente nos vemos constreñidos a protestar contra la interpretación forzada y antinatural que hace Alford de este pasaje (Juan 16:16):
Imagínese un acto de visión, "veréis", dividido en tres operaciones distintas, cada una separada de la otra por una era, un intervalo, y la última todavía sin completarse después de dieciocho siglos, y esto choca de frente con la expresa declaración de nuestro Señor de que habría de ser después de "un poco de tiempo". Esto no es crítica, sino misticismo. Una explicación tan artificial e intrincada jamás se les podría haber ocurrido a los discípulos, y es sorprendente que se le haya ocurrido a cualquier intérprete sobrio de la Escritura. Pero hasta los discípulos, aunque perplejos al principio por el "un poco", pronto captaron lo que quería decir nuestro Señor cuando dijo:
Auméntese esto con otras tres palabras de Jesús, y tenemos la substancia de su enseñanza con respecto a la Parusía:
El lenguaje es incapaz de transmitir el pensamiento con exactitud si estas palabras no afirman que el regreso de nuestro Salvador a sus discípulos habría de ser rápido. JUAN HABRÍA DE VIVIR HASTA LA PARUSÍA
Sería unútil especificar y discutir las varias interpretaciones de este pasaje que hombres eruditos han conjeturado. Si hubiese sido un enigma para la Esfinge, no podría haber causado más perplejidad y sido más desconcertante. Los que deseen ver algunas de las numerosas opiniones que han sido traídas a colación sobre el tema las encontrarán en las referencias de Lange. (5) Las palabras mismas son suficientemente sencillas. Toda la oscuridad y todas las dificultades han sido importadas a ellas por la renuencia de los intérpretes a reconocer, en la "venida" de Cristo, un punto en el tiempo, claro y definido, dentro del espacio de la generación existente. A menudo, al reiterar nuestro Señor la certeza de que vendría en su reino, vendría en gloria, vendría a juzgar a sus enemigos y a recompensar a sus amigos, antes de que pasara por completo la generación que entonces existía en la tierra, parece haber una repugnancia casi invencible, de parte de los teólogos, a aceptar las palabras de Jesús en su sentido obvio y sencillo. Persisten en suponer que Él debe haber querido decir alguna otra cosa o algo más. Admítase una vez lo que es innegable, que nuestro Señor mismo declaró que su venida habría de tener lugar durante la vida de algunos de sus discípulos (Mat. 16:27,28), y la dificultad desaparece. Acababa de revelar a Simón Pedro con qué muerte habría de glorificar a Dios, y Pedro, con característica impulsividad, se atrevió a preguntar cuál sería el destino del discípulo amado, en quien se fijó en ese momento. Nuestro Señor no dio una respuesta explícita a esta pregunta, que sonaba un poco a intromisión, pero los discípulos entendieron que su respuesta quería decir que Juan viviría para ver el regreso de Jesús. "Si quiero que él quede hasta que yo venga". Este lenguaje es muy significativo. Supone como posible que Juan viviera hasta la venida del Señor. Es más, lo sugiere como probable, aunque no lo afirma como cierto. Los discípulos lo interpretaron como que Juan no moriría en absoluto. El evangelista mismo ni afirma ni niega lo correcto de esta interpretación, sino que se contenta con repetir las palabras de Jesús: "Si quiero que él quede hasta que yo venga". Es, sin embargo, una circunstancia del mayor interés que sabemos cómo se entendieron generalmente las palabras de Jesús en ese momento en la hermandad de los discípulos. Evidentemente, llegaron a la conclusión de que Juan viviría para presenciar la venida de Jesús; y dedujeron que, en ese caso, él no moriría en absoluto. Es esta última inferencia la que Juan se guarda de hacer. Que él viviría hasta la venida del Señor, Juan parece admitirlo sin duda. Si esto implicaba, además, que no moriría en absoluto, era un punto dudoso que las palabras de Jesús no decidieron. Tampoco era esta inferencia de "los hermanos" una cosa tan increíble o irrazonable como les puede parecer a muchos. Vivir hasta la venida del Señor era, de acuerdo con la creencia y la enseñanza apostólica, equivalente a gozar de la exención de muerte. Pablo enseñaba a los corintios: "No todos dormiremos [moriremos], pero todos seremos transformados" (1 Cor. 15:51). Habló a los tesalonicenses de la posibilidad de estar vivos a la venida del Señor: "Nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor" (1 Tesa. 4:15). Expresaba su propia preferencia personal de no "ser desnudados [de la vestimenta del cuerpo], sino revestidos [con la vestimenta espiritual] -- en otras palabras, no morir, sino ser transformados (2 Cor. 5:4). Los discípulos podrían estar justificados en esta creencia por las palabras de Jesús en la noche de la cena pascual: "Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo". ¿Cómo podrían ellos suponer que esto significaba la muerte? O ellos pueden haber recordado las palabras de Él en el Monte de los Olivos: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos", etc. (Mat. 24:31). Esto, les había asegurado, tendría lugar antes de que pasara la actual generación. No estaban, pues, por completo sin preparación para recibir un anuncio como el que el Señor hizo con respecto a Juan. (6). Podemos, pues, hacer legítimamente las siguientes deducciones de este importante pasaje: 1. Que no había nada increíble ni absurdo en la suposición de que Juan viviría hasta la venida del Señor. 2. Que las palabras de nuestro
Señor indican la posibilidad de que, en efecto, 3. Que los discípulos entendieron
la respuesta de nuestro Señor como implicando 4. Que el mismo Juan no da
ninguna señal de que hubiese nada increíble ni 5. Que tal opinión armonizaría
con la expresa enseñanza de nuestro Señor con 6. Que todos estos sucesos, según
las afirmaciones de Jesús, ocurrirían dentro del Habiendo visto así los cuatro evangelios y examinado todos los pasajes que se relacionan con la Parusía, o venida del Señor, puede ser útil recapitular y poner en un solo panorama la enseñanza general de estos registros inspirados sobre este importante tema. RESUMEN DE LA
ENSEÑANZA DE LOS EVANGELIOS 1. Tenemos el enlace entre la profecía del Antiguo Testamento y la del Nuevo en el anuncio de Juan el Bautista (el Elías de Malaquías) sobre la cercanía de la ira venidera, o el juicio de la nación teocrática. 2. El anuncio es seguido de cerca por el Rey, que anuncia que el reino de Dios está a las puertas, y llama a la nación al arrepentimiento. 3. Las ciudades que fueron favorecidas con la presencia de Cristo, pero rechazaron su mensaje, son amenazadas con una destrucción más intolerable que la de Sodoma y Gomorra. 4. Nuestro Señor asegura expresamente a sus discípulos que su venida tendría lugar antes de que ellos hubiesen completado la evangelización de las ciudades de Israel. 5. Jesús preedice un juicio al "fin del tiempo" o de la era [sunteleia ton aiwnos], una frase que no significa la destrucción de la tierra, sino la consumación de la era, es decir, de la dispensación judía. 6. Nuestro Señor declara expresamente que Él vendría presto [mellei epcesqai] en gloria, en su reino, con sus ángeles, y que algunos de entre sus discípulos no morirían hasta que su venida tuviera lugar. 7. En varias parábolas y en varios discursos, nuestro Señor predice la destrucción que se cierne sobre Israel en el período de su venida. (Véase Lucas 18, parábola de la viuda importuna. Lucas 19, parábola de las minas. Mateo 21, parábola de los labradores malvados. Mateo 22, parábola de la fiesta de bodas). 8. Con frecuencia, nuestro Señor denuncia la maldad de la generación a la cual predicaba, y declara que los crímenes de épocas anteriores y la sangre de los profetas sería requerida de su mano. 9. La resurrección de los muertos, el juicio del mundo, y la expulsión de Satanás son representados como coincidentes con la Parusía, y que están a las puertas. 10. Nuestro Señor aseguró a los discípulos que vendría otra vez a ellos, y que su venida sería dentro de "poco". 11. La profecía del Monte de los Olivos es un discurso relacionado y continuo, que se refiere exclusivamente a la destrucción de Jerusalén e Israel, que se acercaba, de acuerdo con la expresa afirmación de nuestro Señor (Mat. 24:34; Mar. 13:30; Luc. 21:32). 12. Las parábolas de las diez vírgenes, los talentos, y las ovejas y los cabritos pertenecen todas al mismo acontecimiento, y se cumplen en el juicio de Israel. 13. Se exhorta a los discípulos a velar y a orar, y a vivir en la común esperanza de la Parusía, porque sería súbita y rápida. 14. Después de su resurrección, nuestro Señor dio a Juan razón para esperar que viviría para presenciar su venida.
1. Algunos intérpretes prefieren entender "los muertos" del versículo 25 como que se refieren a casos tales como la hija de Jairo, el hijo de la viuda de Naín, y Lázaro de Betania, personas literalmente levantadas de los muertos y restauradas a la vida por Jesús. Entienden que el argumento de Jesús es algo así: "Vosotros os asombráis de la obra maravillosa que he llevado a cabo en este hombre indefenso, pero vosotros veréis maravillas mucho mayores. Llegará el momento en que llamaré aun a los muertos a la vida; y si esto os parece increíble, un día mi poder efectuará una obra aun más poderosa: porque viene la hora en que todos los que están en la tumba saldrán al oir mi llamado, y estarán de pie ante mí en el juicio". (Dr. J. Brown. Discursos y dichos de nuestro Señor, vol. i, p. 98). Esta explicación tiene la ventaja de la consistencia al dar el mismo sentido de la palabra "muertos" durante todo el pasaje; pero parece imposible admitir que nuestro Señor esté hablando en el versículo 24 de la muerte literal. Decir que el creyente ya ha pasado de muerte a vida es obviamente lo mismo que decir que ha pasado de la condenación a la justificación. Nos sentimos obligados, pues, a adoptar la interpretación generalmente aceptada, en relación con los versículos 24 y 25, en el sentido de que se refieren a los espiritualmente muertos, y en relación con los versículos 28 y 29, en el sentido de que se refieren a los corporalmente muertos. 2. Life of Christ, cap. 12, p. 205. 3. Greek Testament, in loc. 4. Alford, Greek Testament, in loc. 5. Commentary of St. John. 6. Es apenas necesario señalar que, acerca de la hipótesis de que la "venida" de Cristo no habría de tener lugar sino hasta "el fn del mundo", en la aceptación popular de la frase, la respuesta de nuestro Señor entrañaría una extravagancia, si no un absurdo. Habría equivalido a decir: "Supón que a mí me pareciera bien que él viviera mil años o más, ¿qué a tí?" Pero es evidente que los discípulos tomaron la respuesta en serio. APÉNDICE A LA PARTE I Nota A Sobre la Teoría de Interpretación del Doble Sentido Los siguientes extractos, de teólogos de diferentes épocas, países, e iglesias, demuestran un poderoso consenso de autoridades que se oponen al método de interpretación inexacto y arbitrario adoptado por muchos comentaristas alemanes e ingleses:
Las consecuencias de admitir esta principio deberían ser bien sopesadas. ¿Qué libro en el mundo tiene doble sentido, a menos que sea un libro que contenga enigmas a propósito? Y hasta un libro así no tiene sino un solo significado verdadero. Los oráculos paganos podían realmente decir: "Aio te, Pyrrhe, Romanos vincere posse"; pero, ¿puede un equívoco tal ser admisible en los oráculos del Dios viviente? Y si un sentido literal y un sentido oculto pueden transmitirse a la misma vez y con las mismas palabras, ¿quién que no sea inspirado puede decirnos cuál es el sentido oculto? ¿Mediante qué leyes de interpretación ha de ser juzgado? Por ninguna que pertenezca al lenguaje humano; porque otros libros aparte de la Biblia no llevan consigo un doble sentido.
Procedamos hasta las predicciones sobre la destrucción de Jerusalén. Como es bien sabido, estas predicciones, en todas las narraciones de los evangelios, (que, dicho sea de paso, ocurren singularmente por consentimiento, implicando que todos los evangelistas bebieron de una sola tradición consolidada) están inextricablemente mezcladas con profecías de la segunda venida de Cristo y el fin del mundo, una confusión que Hutton admite libremente. La porción relativa a la destrucción de la ciudad es singularmente definida, y corresponde muy de cerca al acontecimiento real. La otra porción, por el contrario, es vaga y grandilocuente, y se refiere principalmente a fenómenos y catástrofes naturales. De la precisión de una porción, la mayoría de los críticos deduce que los evangelios fueron compilados durante el sitio y la conquista de Jerusalén. De la confusión de las dos porciones, Hutton hace la inferencia opuesta, a saber, que la predicción existía en la forma registrada actualmente antes de ese acontecimiento. Es improbable en el más alto grado, arguye, que, si Jerusalén había caído, y las otras señales de la venida de Cristo no mostraban ninguna indicación de seguirlas, los escritores no hayan reconocido y desenmarañado la confusión, y corregido sus registros para ponerlos en armonía con lo que entonces estaba comenzando a verse que podría ser el verdadero significado de Cristo o la verdad real de la historia. "Pero aquí reside la verdadera perplejidad. La predicción, como la tenemos, hace que Cristo afirme claramente que su segunda venida seguirá - "inmediatamente", "en aquellos días" - después de la destrucción de Jerusalén, y que "esta generación" (la generación a la cual se dirigía) no pasaría hasta que "todas estas cosas se cumplan". Hutton cree que estas últimas palabras Cristo se proponía aplicarlas sólo a la destrucción de la Santa Ciudad. Tiene derecho a su opinión; y, en sí misma, ésta no es una solución improbable. Pero, bajo las circunstancias, es una construcción algo forzada, pues debe recordarse, primero, que se hace necesaria sólo por la suposición que mantiene Hutton - a saber, que los poderes proféticos de Jesús no podían fallar; segundo, supone o implica que las narraciones evangélicas de los pronunciamientos de Jesús son de fiar, aunque en estas predicciones especiales admite que son esencialmente confusas, y tercero, (aunque creemos que él no lo debería haber pasado por alto), la frase que él cita no es en modo alguno la única que indica que Jesús mismo tenía la convicción, que sin duda comunicó a sus seguidores, de que su segunda venida para juzgar al mundo tendría lugar en una fecha muy temprana. No sólo tendría lugar "inmediatamente" después de la destrucción de la ciudad (Mat. 24:29), sino que sería presenciada por muchos de los que lo escuchaban. Y estas predicciones no están en modo alguno mezcladas con las de la destrucción de Jerusalén: "De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:28); "De cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo del Hombre" (Mat. 10:23); "Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a tí?" (Juan 21:23), y los pasajes correspondientes en los otros sinópticos. "Si, pues, Jesús no dijo estas cosas, los evangelios deben ser extrañamente inexactos. Si las dijo, su facultad profética no puede haber sido lo que Hutton cree. De que todos sus discípulos tenían esta esperanza errónea, y la sostenían con la supuesta autoridad de su Maestro, no puede haber ninguna duda en absoluto. (Véase 1 Cor. 10:11, 15:51; Fil. 14:5; 1 Tesa. 14:15; Sant. 5:8; 1 Pedro 4:7; 1 Juan 2:18; Apoc. 1:13; 22:7,0,12). La verdad es que Hutton reconoce esto por lo menos tan franca y plenamente como lo hemos dicho".- W. R. Greg, en Contemporary Review, Nov. 1876. Para los que sostienen que nuestro Señor predijo el fin del mundo antes de que pasara aquella generación, las objeciones del escéptico presentan una formidable dificultad - insuperable de veras, sin recurrir a evasiiones forzadas y antinaturales, o admisiones que son fatales para la autoridad y la inspiración de las narraciones evangélicas. Nosotros, por el contrario, reconocemos plenamente la construcción de sentido común que adelanta Greg sobre el lenguaje de Jesús, y la no menos obvia aceptación de ese significado por parte de los apóstoles. Pero llegamos a una conclusión directamente contraria a la del crítico, y apelamos a la profecía del Monte de los Olivos como señalado ejemplo y demostración de la visión sobrenatural del Señor. LA PARUSÍA EN
LOS HECHOS EL "IRSE" Y EL "VENIR OTRA VEZ" Hechos 1:11. - "Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo". La última conversación de Jesús con sus discípulos antes de su crucifixión trató de que regresaría, y la última palabra que les dejó a su ascensión fue la promesa de que vendría otra vez. La expresión "así vendrá" no debe ser enfatizada demasiado. Hay puntos obvios de diferencia entre la manera de su ascensión y la Parusía. Se fue solo, y sin esplendor visible: habría de regresar en gloria con sus ángeles. Las palabras, sin embargo, dan a entender que su venida sería visible y personal, lo cual excluiría la interpretación que la considera como providencial, o espiritual. La visibilidad de la Parusía está apoyada por la enseñanza uniforme de los apóstoles y la creencia de los primeros cristianos: "Todo ojo le verá" (Apoc. 1:7). No hay indicación
de tiempo en esta promesa final, pero es sólo razonable
suponer que los discípulos la considerarían como dirigida a ellos,
y que ellos abrigarían la esperanza de verle pronto otra vez, según
las propias palabras de Él: "Un poquito, y me veréis". Esta creencia
les llevó de vuelta a Jerusalén con gran gozo. ¿Es creíble que ellos
habrían podido experimentar este regocijo si hubiesen concebido que
su venida no tendría lugar durante dieciocho siglos? ¿O podemos
suponer que su gozo descansaba en un engaño? No hay conclusión
posible sino la que sostiene que la creencia de los discípulos
estaba bien fundada, y que la Parusía estaba a las puertas.
VIENEN LOS ÚLTIMOS DÍAS
Este derramamiento del Espíritu Santo introdujo otros acontecimientos, que ocurrirían de manera semejante. El día del juicio para la nación teocrática había llegado, y antes de mucho, los presagios de "aquel día grande y terrible de Jehová" serían manifestados. Es imposible dejar de reconocer la correspondencia entre los fenómenos que precedieron al día del Señor como lo predijo Joel, y los fenómenos descritos por nuestro Señor como precedentes a su venida, y el juicio de Israel (Mat. 24:29). Las palabras de Joel sólo pueden referirse a los últimos días de la era judía o el eón judío, la ounteleia ton aiwnoj, que fue también el tema de la profecía de nuestro Señor en el Monte de los Olivos. De manera semejante, las palabras de Malaquías evidentemente se refieren al mismo acontecimiento y al mismo punto en el tiempo - "el día de su venida", "el día ardiente como un horno", "el día grande y terrible de Jehová" (Mal. 3:2; 4:1-5). No puede concebirse nada más autorizado y decisivo que el consenso de testimonios que tenemos aquí - Joel, Malaquías, Pedro, y el grann Profeta del nuevo pacto en persona. Todos ellos hablan del mismo suceso y del mismo período, el gran día del Señor, la Parusía, y hablan de ellos como cercanos. ¿Por qué estorbar y desconcertar una predicción tan clara con suposiciones, referencias dobles, y cumplimientos ulteriores? Ninguna otra cosa encajará en esta profecía excepto ese suceso, que es el único al cual se refiere, y con el cual se corresponde como la impresión con el sello y la cerradura con la llave. La catástrofe de Israel y Jerusalén estaba cerca, había sido prevista hacía mucho tiempo, a menudo había sido predicha, y ahora era inminente. La misma generación que había visto, rechazado, y crucificado al Rey, presenciaría el cumplimiento de sus advertencias cuando Jerusalén perecería en "sangre y fuego, y vapor de humo". LA DESTRUCCIÓN
VENIDERA
Este versículo fija la referencia del discurso del apóstol. Era la generación existente cuya destrucción venidera él preveía, y fue de la participación en su destino de lo que urgía a sus oyentes a escapar. No era sino el eco del clamor del Bautista: "Huid de la ira venidera". Aquí, nuevamente, no puede haber duda del significado de "genea"; era aquella "generación perversa", que estaba colmando la medida de su predecesora, la nación perversa e incorregible sobre la cual pendía el juicio. Antes de
abandonar este discurso de Pedro, podemos señalar otro ejemplo de
una proposición universal que debe tomarse en sentido restringido.
"Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne". La efusión del
Espíritu Santo el día de Pentecostés no fue literalmente universal,
sino indiscriminada y general en comparación con ocasiones
anteriores. El uso necesariamente limitado de una frase tan larga
muestra cómo puede justificarse una limitación similar en
expresiones como "todas las naciones", "toda criatura", y "todo el
mundo". LA PARUSÍA Y
LA RESTAURACIÓN
Apenas es posible dudar de que, en este discurso, el apóstol habla de lo que él concebía que sus oyentes podrían experimentar y experimentarían, si obedecían su exhortación a arrepentirse y creer. En realidad, cualquier otra suposición sería absurda. No era imposible que ni el apóstol ni sus oyentes pudieran pensar en "tiempos de refrigerio" y "restauración de todas las cosas" en épocas remotas del mundo; las bendiciones que estaban a una distancia de siglos y milenios difícilmente serían motivos poderosos para el arrepentimiento inmediato. Debemos, por lo tanto, considerar los tiempos de refrigerio y de restauración como los considera el apóstol, cercanos, y al alcance de aquella generación. Pero, si es así, ¿qué hemos de entender por "tiempos de refrigerio" y "restauración de todas las cosas"? Sin duda, casi lo mismo; y la una frase nos ayudará a entender la otra. Se dice que la restauración [apokatustasij] de todas las cosas es el tema de toda la profecía; entonces, sólo puede referirse a lo que la Escritura designa como "el reino de Dios", fin y propósito de todas las relaciones de Dios con Israel. Era una frase bien entendida por los judíos de aquel período, que esperaban los días del Mesías, el reino de Dios, como cumplimiento de todas sus esperanzas y aspiraciones. Era la era venidera o el eón venidero, aiwn o mellwn, cuando todas las injusticias habrían de corregirse, y reinarían la verdad y la justicia. La nación entera estaba impregnada de la creencia de que esta época feliz estaba a punto de iniciarse. ¿Cuál era la doctrina de nuestro Señor sobre este tema? Dijo a sus discípulos: "Elías a la verdad vendrá primero, y restaurará todas las cosas" (Mar. 9:12). Es decir, el segundo Elías, Juan el Bautista, y había iniciado la restauración que Él mismo habría de completar; había echado los cimientos del reino que Él habría de consumar y coronar. Porque la misión de Juan era, en un aspecto, restauradora, esto es, en intención, aunque no en efecto. Vino a hacer volver la nación a su lealtad, a renovar su relación de pacto con Dios: iba delante del Señor, "en el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a lo hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto" (Luc. 1:17). ¿Qué es todo esto, sino la descripción de "los tiempos de refrigerio de la presencia del Señor", y "la restauración de todas las cosas", que eran presentados como dones de Dios para Israel? Pero, ¿tenemos alguna indicación clara del período en que podrían esperarse estas bendiciones ofrecidas? ¿Estaban en el futuro distante, o a las puertas? La nota de tiempo aparece marcada claramente en el versículo 20. La venida de Cristo está especificada como el período en que estas gloriosas expectativas han de convertirse en realidad. Nada puede ser más claro que la conexión y la coincidencia de estos sucesos, la venida de Cristo, los tiempos de refrigerio, y la restauración de todas las cosas. Esto armoniza con la uniforme representación que se da en la escatología del Nuevo Testamento: la Parusía, el fin del tiempo, la consumación del reino de Dios, la destrucción de Jerusalén, el juicio de Israel, todos sincronizan. Encontrar la fecha de uno es establecer la fecha de todos. Ya hemos visto cuán definidamente fue fijado el tiempo del cumplimiento de algunos de estos sucesos. El Hijo del hombre había de venir en su reino antes de la muerte de algunos de algunos de los discípulos. La catástrofe de Jerusalén había de tener lugar antes de que pasara la generación que entonces existía. El día grande y terrible del Señor es representado por Pedro en el capítulo anterior como alcanzando a aquella "desgraciada generación". Y ahora, en el pasaje que consideramos, da a entender, con la misma claridad, que la llegada de los tiempos de refrigerio y la restauración de todas las cosas, eran contemporáneas con "enviar a Cristo" desde el cielo. Pero puede decirse: ¿Cómo puede una catástrofe tan terrible como la destrucción de Jerusalén estar asociada con tiempos de refrigerio o restauración? La medalla tenía dos lados: había el reverso y el anverso. La incredulidad y la impenitencia cambiarían los "tiempos de refrigerio" en "días de retribución". Si ellos "menospreciaban las riquezas de su benignidad, paciencia, y longanimidad" de Dios, entonces, en vez de restauración, habría destrucción; y en vez del día de salvación, habría "día de ira, y revelación del justo juicio de Dios" (Rom. 2:4,5). Sabemos la elección fatal que hizo Israel; cómo "vino la ira sobre ellos al máximo"; y sabemos cómo ocurrió todo en el período señalado y predicho, al "fin del tiempo", dentro de los límites de aquella generación. Así, podemos definir el período al cual hace alusión el apóstol en este pasaje, y llegar a la conclusión de que coincide con la Parusía. Somos conducidos a la misma conclusión por otro camino. En Mateo 19:28, nuestro Señor declara a sus discípulos: "De cierto os digo que, en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria", etc. Ya hemos comentado este pasaje, pero es bueno observar otra vez que la "regeneración" [paliggenesia] en Mateo es el equivalente preciso de la "restauración" [apokastastasij] de Hechos. Lo que se quiere decir con la regeneración es claro más allá de toda sombra de duda, porque es el tiempo "cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria". Pero este es el período cuando venga a juzgar a la nación culpable (Mat. 25:31). No hay posibilidad de equivocar el tiempo; no hay ninguna dificultad en identificar el suceso; es el fin del tiempo, y el juicio de Israel. Llegamos así a la
misma conclusión por una ruta diferente e independiente, reforzando
inconmensurablemente la fuerza de la demostración. CRISTO HA DE JUZGAR PRONTO AL MUNDO
Ya hemos visto que se dclara que el Señor Jesucristo es constituído Juez de los hombres (Juan 5:22,27). Con la misma claridad se declara que el tiempo de juicio es la Parusía. Con igual claridad, se nos enseña que la Parusía habría de ocurrir dentro del término de la generación que entonces vivía. Por lo tanto, Pablo ve el juicio como cercano. En el pasaje ahora delante de nosotros, tenemos una confirmación incidental pero inadvertida de este hecho. Las palabras "él juzgará" no expresa un simple futuro, sino un futuro rápido, mellei krinein, está a punto de juzgar, o juzgará pronto. Este matiz de significado no se conserva en nuestra versión de habla inglesa, pero no carece de importancia. Aquí, pues, nos encontramos nuevamente con la a menudo recurrente asociación de la Parusía con el juicio, los cuales eran evidentemente considerados por el apóstol como a las puertas. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS Introducción Hemos visto cómo la Parusía, o venida de Cristo, está difundida en los evangelios de principio a fin. La encontramos claramente anunciada por Juan el Bautista al comienzo mismo de su ministerio, y es el último pronunciamiento de Jesús registrado por Juan. Entre estos dos puntos, encontramos constantes referencias al suceso en varias formas y en varias ocasiones. También hemos visto que la Parusía está asociada generalmente con el juicio; esto es, el juicio de Israel y la destrucción del templo y la ciudad de Jerusalén. La razón de esta asociación de la venida de Cristo con el juicio de Israel es muy evidente. La Parusía era el suceso culminante en lo que puede llamarse la historia mesiánica, o el gobierno teocrático del pueblo judío. La encarnación y la misión del Hijo de Dios, aunque tenían una relación general con la raza humana entera, tenía al mismo tiempo una relación especial y peculiar con la nación del pacto, los hijos de Abraham. Cristo era en verdad el "segundo Adán", la nueva Cabeza y el nuevo Representante de la raza, pero, antes de eso, era el Hijo de David y el Rey de Israel. Su propia y declarada visión de su misión era que era, primero que todo, especial para el pueblo escogido: "No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mat. 15:24). El título mismo que reclamaba para sí, "Cristo", el Mesías, o el Ungido, indicaba su relación con el judaísmo y la teocracia, porque le reconocía como verdadero Rey, venido en la plenitud del tiempo "a los suyos", para tomar posesión del trono de su padre David. Este especial carácter judaico de la misión del Señor Jesús es constantemente reconocido en el Nuevo Testamento, aunque es ignorado por los teólogos y casi olvidado por los cristianos en general. Pablo hace mucho énfasis en esto. "Pues os digo que Cristo Jesús vino a ser siervo de la circuncisión para mostrar la verdad de Dios, para confirmar las promesas hechas a los padres" (Rom. 15:8); y, podríamos muy bien añadir: "para cumplir las amenazas" también. La frase "el reino de Dios" es claramente una idea mesiánica y teocrática, y hace referencia especial y única a Israel, sobre el cual el Señor era Rey, en cierto sentido peculiar a esa nación solamente (Deut. 7:6; Amós 3:2). Veremos que "el reino de Dios" está representado como llegando a su consumación en el período de la destrucción de Jerusalén. Ese suceso marca el desenlace del gran plan de la providencia, o economía, divina, como se le llama, que comenzó con el llamado de Abraham y estuvo en operación durante dos mil años. Podemos considerar ese plan, la dispensación judía, no sólo como un importante factor en la educación del mundo, sino también como un experimento, a gran escala y bajo las más favorables circunstancias, para, si fuere posible, formar un pueblo para el servicio, y el temor, y el amor de Dios; una nación modelo, cuya influencia moral podría bendecir al mundo. En algunos respectos, sin duda, fue un fracaso, y su fin fue trágico y terrible; pero lo que es importante que notemos, en relación con esta investigación, es que la relación entre Cristo, el Hijo de David y Rey de Israel, con la nación judía explica la prominencia que los evangelios dan a la Parusía, y los sucesos que la acompañaron, como poseedores de una relación especial con aquel pueblo. El no prestar atención a esto ha engañado a muchos teólogos y comunicadores. Han leído "el planeta tierra", donde sólo se quería decir "el territorio"; "la raza humana", cuando sólo se quería decir "Israel"; "el fin del mundo", donde se aludía al "fin de la era o dispensación". Al mismo tiempo, sería un grave error subestimar la importancia y la magnitud del suceso que tuvo lugar en la Parusía. Fue una gran época en el gobierno divino del mundo: el fin de una economía que había durado dos mil años; la terminación de un eón y el comienzo de otro; la abrogación del "antiguo orden" y la inauguración del nuevo. Es, sin embargo, su especial relación con el judaísmo lo que da a la Parusía su principal significado e importancia. Pasando de los evangelios a las epístolas, encontramos que la Parusía ocupa un lugar conspicuo en las enseñanzas y los escritos de los apóstoles. Es natural y razonable que fuese así. Si su Maestro les enseñó durante su vida que vendría otra vez; que algunos de ellos vivirían para verle regresar; si, en su conversación de despedida con ellos en la cena pascual Él se espació en lo corto del intervalo de su ausencia, y lo llamó "un poco"; si, a su ascensión, los mensajeros divinos les habían asegurado que Él vendría otra vez como le habían visto irse, sería realmente extraño que hubiesen olvidado o perdido de vista la inspiradora esperanza de una pronta reunión con el Señor. Ciertamente, a menudo expresan la esperanza de su venida. Esa esperanza era la estrella matutina y la alborada que les alegraba en la noche tenebrosa de tribulación a través de la cual tenían que pasar; se consolaban los unos a los otros con la consigna familiar: "El Señor está a las puertas". Sentían que, en cualquier momento, su esperanza podía convertirse en realidad. La esperaban, la buscaban, la anhelaban, y se exhortaban los unos a los otros a velar y a orar. Eso les había mandado el Señor, y eso hacían. ¿Podrían estar equivocados? ¿Es posible que acariciaran ilusiones sobre este tema? ¿Podrían haber malentendido las enseñanzas del Señor? Si esto era posible, estremecería los fundamentos de nuestra fe. Si los apóstoles podían estar en error con respecto a un hecho sobre el cual ellos tenían el más amplio medio de información, y sobre el cual profesaban hablar con autoridad como órganos de inspiración divina, ¿qué confianza podía tenérseles con respecto a otros temas, que por su naturaleza eran obscuros, abstrusos, y misteriosos? 2 Nadie que tenga alguna fe en la certeza que el Salvador dio a sus discípulos de que enviaría al Espíritu Santo "para guiarles a toda verdad" y para "recordarles todas las cosas que les había dicho" puede dudar que la autoridad con que los apóstoles hablaban concerniente a la Parusía es igual a la de nuestro Señor mismo. La hipótesis de que puede hacerse una distinción entre lo que ellos creían y enseñaban sobre este tema, y lo que creían y enseñaban sobre otros temas, no soporta ni el más ligero examen. La totalidad de la enseñanza de los discípulos descansa en el mismo fundamento, y ese fundamento es el mismo sobre el cual descansa la doctrina de Cristo mismo. Ahora procedemos a examinar las referencias a la Parusía contenidas en las epístolas de Pablo, considerándolas en orden cronológico, hasta donde se puede establecer. LA PARUSÍA EN
LAS EPÍSTOLAS LA PRIMERA EPÍSTOLA A LOS TESALONICENSES Se cree generalmente que ésta es la primera de todas las epístolas apostólicas, y su fecha es asignada al año 52 d. C., dieciséis años después de la conversión de Pablo [1] y veintidós años después de la crucifixión de nuestro Señor. Es evidente, por lo tanto, que cualesquiera sugerencias de inexperiencia, o entusiasmo recién nacido, que sean visibles en esta epístola y que más tarde hayan sido atenuadas por el juicio más maduro de años subsiguientes, están bastante fuera de lugar. No podemos detectar ninguna diferencia en la fe y la esperanza de "Pablo el anciano" y el del "importante y poderoso" escritor de esta epístola. Es, por lo tanto, sumamente instructivo observar los sentimientos y las creencias que eran manifiestamente actuales y prevalecientes en las mentes de los primeros cristianos. Bengel observa: "Los tesalonicenses estaban llenos de la esperanza del advenimiento de Cristo. Tan laudable era su posición, tan libre y desembarazada era la regla del cristianismo entre ellos, que cada hora podían esperar la venida del Señor Jesús". [2] Este es un extraño razonamiento. Es verdad que los tesalonicenses estaban llenos de la esperanza de la pronta venida de Cristo, pero, si en esta esperanza ellos estaban engañados, ¿dónde está lo laudable de trabajar bajo un engaño? Si era una debilidad amigable, "sancta simplicitas", esperar el pronto regreso de Cristo, parece un pobre cumplido alabar su credibilidad a expensas de su entendimiento. Descubriremos, sin embargo, que los cristianos de Tesalónica no necesitan ninguna disculpa para su fe. LA ESPERANZA
DE LA PRONTA
Este pasaje es interesante en que muestra muy claramente el lugar que la esperada venida de Cristo ocupaba en la creencia de las iglesias apostólicas. Estaba en primera fila; era una de las principales verdades del evangelio. Pablo describe la nueva actitud de estos conversos tesalonicenses cuando se "volvieron de sus ídolos para servir al Dios vivo y verdadero"; era la actitud de "esperar a su Hijo". Es muy significativo que esta verdad particular fuera seleccionada de entre todas las grandes doctrinas del evangelio, y debería ser hecha la característica prominente que distinguía a los conversos cristianos de Tesalónica. Toda la vida cristiana está aparentemente resumida bajo dos encabezados, uno general, el otro particular: el primero, el servicio del Dios viviente; el segundo, la expectativa de la venida de Cristo. Es imposible resistir la inferencia: (1) Que esta última doctrina constituía una parte integral de la enseñanza apostólica. (2) Que la esperanza del pronto regreso de Cristo era la fe de los cristianos primitivos. (3) Porque, ¿cómo iban a esperar? Seguramente, no en sus tumbas; no en el cielo; ni en el Hades; es claro que mientras estuviesen vivos en la tierra. La forma de expresión "esperar de los cielos a su Hijo" manifiestamente implica que ellos, mientras estaban en la tierra, esperaban la venida de Cristo desde el cielo. Alford observa que "el aspecto especial de la fe de los tesalonicenses era la esperanza; esperanza en el regreso del Hijo de Dios desde el cielo", y añade un comentario singular: "Evidentemente, ellos sostenían esta esperanza como señalando a un suceso más inmediato de lo que la iglesia desde entonces ha creído que era. Ciertamente, estas palabras les darían una idea de la cercanía de la venida de Cristo; y quizás el malentendido de ellos haya contribuido a la idea que el apóstol corrige en 2 Tes. 2:1". Esta es una sugerencia de que los tesalonicenses estaban equivocados al esperar el regreso del Señor en sus días. Pero, ¿de dónde derivaban esta expectativa? ¿No era del apóstol mismo? Veremos que los tesalonicenses erraron, no en esperar la Parusía, o en esperarla en sus propios días, sino en suponer que el tiempo ya había llegado en realidad. La última cláusula del versículo
no es menos importante: "Jesús, quien nos libra de la ira venidera".
Estas palabras nos retrotraen a la proclamación de Juan el Bautista:
"Huid de la ira venidera". Sería un error suponer que Pablo se
refiere aquí a la retribución que aguarda a cada alma pecadora en un
estado futuro: lo que él tenía en mente era una catástrofe
particular y predicha. "La ira venidera" [h orgh h ercomenh] de este
pasaje es idéntica a la "ira venidera" [orgh mellousa] del
segundo Elías; es idéntica a los "días de retribución" y a la "ira
sobre este pueblo" predichas por nuestro Señor, Lucas 26:23. Es "el
día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios" de lo
cual habla Pablo en Rom. 2:5. Esa venidera "dies irae"
siempre se destaca clara y visiblemente durante todo el Nuevo
Testamento. Ahora no estaba distante, y, aunque Judea podría ser el
centro de la tormenta, el ciclón del juicio arrasaría otras regiones
y afectaría a multitudes que, como los tesalonicenses, podrían haber
pensado que estaban fuera de su alcance. Sabemos por Josefo cómo el
estallido de la guerra de los judíos fue la señal para la masacre y
el exterminio en cada ciudad en que habitantes judíos se habían
asentado. Fue a esta ubicuidad de la "ira venidera" a la que se
refirió nuestro Señor cuando dijo: "Donde esté el cuerpo muerto,
allí se juntarán las águilas" (Lucas 17:37). Aquí nuevamente, como
con tanta frecuencia hemos tenido ocasión de observar, la Parusía
está asociada con el juicio. LA IRA VENIDERA SOBRE EL PUEBLO JUDÍO 1 Tes. 2:16. "Vino sobre ellos la ira hasta el extremo". Aquí el apóstol representa la "ira venidera" como si ya hubiese venido. Ahora, es verdad que el juicio de Israel, esto es, la destrucción de Jerusalén y la extinción de la nacionalidad judía, no habían tenido lugar todavía. Bengel parece pensar que el apóstol alude a una terrible matanza de judíos que acababa de suceder en Jerusalén, donde "una inmensa multitud de personas (algunos dicen que más de treinta mil) fue asesinada". [4] La explicación de Alford es: "Él considera el hecho del consejo divino como una cosa en tiempo pasado, q.d. "que estaba señalada para que viniese", no ha "venido". Jonathan Edwards, en su sermón sobre este texto, lo refiere a la destrucción de Jerusalén que se acercaba. "La ira ha venido", es decir, está justo aquí; a las puertas: como está probado con respecto a esa nación: su terrible destrucción por los romanos ocurrió poco tiempo después de que el apóstol escribió esta epístola". [5] O la suposición de Bengel es correcta, o la catástrofe final estaba, según lo veía el apóstol, tan cercana y era tan segura que hablaba de ella como de un hecho consumado. En los versículos 15 y 16,
podemos detectar una alusión bien clara en el lenguaje del apóstol a
las acusaciones de nuestro Señor contra "aquella generación malvada
(Mat. 23:31,32,36). LA RELACIÓN
ENTRE LA PARUSÍA
La uniforme enseñanza del Nuevo Testamento es que el suceso que habría de ser tan fatal para los enemigos de Cristo habría de ser favorable para sus amigos. Por todas partes, los más malévolos opositores y perseguidores del cristianismo fueron los judíos; la aniquilación de la nacionalidad judía, por tanto, eliminó al más formidable antagonista del evangelio y trajo reposo y alivio a los sufridos cristianos. Nuestro Señor había dicho a los discípulos, hablando de esta catástrofe que se aproximaba: "Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca" (Lucas 21:28). Pero esta explicación está lejos de agotar el significado entero de tales pasajes. No puede dudarse de que la Parusía, en todas partes, está representada como la corona de las esperanzas y aspiraciones cristianas; cuando ellos "heredarían el reino" y "entrarían en el gozo de su Señor". Tal es la clara enseñanza tanto de Cristo como de sus apóstoles, y la encontramos claramente expresada en las palabras de Pablo que ahora tenemos delante. La Parusía habría de ser la consumación de la gloria y la felicidad para los fieles, y el apóstol buscaba "su corona" en la "venida" de Cristo. CRISTO VENDRÁ CON TODOS SUS SANTOS
Este pasaje proporciona otra prueba de que el apóstol consideraba el período de la venida de nuestro Señor como la consumación de la bienaventuranza de su pueblo. Aquí él la representa como una época judicial en que la condición moral y el carácter de los hombres serían escrutados y revelados. Esto concuerda con 1 Cor. 4:5: "Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios". De manera similar, en Col. 1:22 encontramos una expresión casi idéntica: "Para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él", palabras que sólo pueden ser entendidas como que se refieren a una investigación y aprobación judiciales. Que este prospecto no estaba distante, sino, por el contrario, muy cercano, lo implica el tenor entero del lenguaje del apóstol. ¿Está Pablo todavía sin su corona de gozo? ¿Están sus conversos de Tesalónica todavía esperando al Hijo de Dios que venga del cielo? ¿No están todavía "establecidos en santidad delante de Dios"? ¿Todavía no han sido presentados santos, sin mancha, e irreprensibles delante de él? Porque ésta habría de ser su felicidad "a la venida de Jesús" y no antes. Si, por lo tanto, ese suceso nunca hubiera tenido lugar, ¿qué habría sido de su ansiosa expectativa y su esperanza? Si ellos hubieran podido saber que cientos y miles de años tenían que transcurrir lentamente, ¿podrían Pablo y sus hijos en la fe haberse llenado de alegría con el pensamiento de la gloria venidera? Pero, en la suposición de que la Parusía estaba a las puertas; que todos ellos podían esperar presenciar su llegada, entonces, cuán natural e inteligible se vuelven esta ansiosa expectación y esta esperanza. Que tanto el apóstol como los tesalonicenses creían que "la venida del Señor estaba cerca" es tan evidente que apenas requiere algún argumento para probarlo. La única pregunta es: ¿Estaban equivocados, o no? Puede añadirse una observación sobre la palabra que concluye la frase: "Agioi", santo, puede referise a ángeles, o a hombres, o ambos. No hay nada en el texto para establecer la referencia. Es verdad que, en el siguiente capítulo (ver. 14), se nos dice que a los que durmieron en Jesús traerá Dios con él, pero esto parece referirse a la resurrección de los santos que duermen en sus tumbas, más bien que a su venida desde el cielo con Él. Por lo tanto, estamos impedidos de referir agioi a los muertos en Cristo. Tanto más cuanto que Cristo, a su venida, siempre es representado como asistido por sus ángeles. "Él vendrá con sus ángeles" (Mat. 16:27); "con los santos ángeles" (Mar. 8:38); "con los ángeles de su poder" (2 Tes. 1:7); "todos los santos ángeles con él" (Mat. 25:31). Esto concuerda también con el uso
en el Antiguo Testamento. El estado real de Jehová cuando vino a dar
la ley en Sinaí se describe así: "Vino de entre diez millares de
santos", es decir, ángeles (Deut. 33:2). "Los carros de Dios se
cuentan por veintenas de millares de millares; el Señor viene del
Sinaí a su santuario" (Sal. 68:17). "Vosotros que recibísteis la ley
por disposición [por mandato de - Alford] ángeles" (Hech. 7:53).
Podemos, por lo tanto, considerar como probable que la referencia en
este pasaje es a los ángeles. SUCESOS QUE ACOMPAÑAN LA PARUSÍA 1. La resurrección de los muertos
en Cristo.
Evidentemente, estas explicaciones de Pablo tenían el propósito de enfrentarse a un estado de cosas que había comenzado a manifestarse entre los cristianos de Tesalónica, y que le había sido informado por Timoteo. Esperando ansiosamente la venida de Cristo, deploraban la muerte de sus compañeros cristianos, pues esto les excluía de participar en el triunfo y la bienaventuranza de la Parusía. "Temían que estos cristianos fallecidos perdieran la felicidad de presenciar la segunda venida de su Señor, que ellos esperaban contemplar pronto". [6] Para corregir este malentendido, el apóstol da las explicaciones contenidas en este pasaje. Primero, les asegura que no tenían razón para lamentar la partida de sus amigos en Cristo, como si aquellos hubiesen quedado en alguna desventaja al morir antes de la venida del Señor; porque, así como Dios había resucitado a Jesús de entre los muertos, así también, cuando regresara en gloria, resucitaría de sus tumbas a sus discípulos que dormían. Segundo, les informa, por autoridad del Señor Jesús, que los de entre ellos que vivieran para ver su venida no precederían, o no tendrían ninguna ventaja sobre, los fieles que hubiesen muerto antes de ese acontecimiento. Tercero, describe el orden de los sucesos que acompañan a la Parusía:
La legítima deducción de las palabras de Pablo en el vers. 15, "nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor", es que él esperaba como posible, y hasta como probable, que sus lectores y él mismo estuviesen vivos a la venida del Señor. Tal es la interpretación obvia y natural de su lenguaje. Dean Alford observa, con mucha fuerza y sinceridad:
Pero, aunque admite que el apóstol tenía esta esperanza, Alford lo trata como un error, pues continúa diciendo:
De la misma manera, encontramos las siguientes observaciones en Conybeare y Howson, (cap. 11):
Pero la pregunta es: ¿Tenían los
apóstoles suficiente base para sus esperanzas? ¿No estaban
plenamente justificados al creer como creían? ¿No había predicho el
Señor expresamente su propia venida dentro de los límites de la
generación existente? ¿No había conectado su venida con la
destrucción del templo y la subversión del gobierno nacional de
Israel? ¿No había asegurado a sus discípulos que dentro de "un
poco" le verían de nuevo? ¿No había declarado que algunos de
ellos vivirían para presenciar su regreso? Y, después de todo esto,
¿es necesario encontrar excusas para Pablo y los primitivos
cristianos, como si hubiesen actuado bajo engaño? Si lo hicieron, no
fue su culpa, sino la de su Maestro. Habría sido realmente extraño
que, después de todas las exhortaciones que habían recibido de estar
alerta, de velar, de vivir continuamente esperando la Parusía, los
apóstoles no hubiesen creído confiadamente en la pronta venida de
Jesús, y no hubiesen enseñado a otros a hacer lo mismo. Pero
parecería que Pablo hace descansar sus explicaciones a los
tesalonicenses en la autoridad de una especial comunicación divina a
él mismo. "Esto os digo por palabra del Señor", etc. Esto puede
difícilmente significar que el Señor lo había predicho así en su
discurso profético en el Monte de los Olivos, porque ninguna
declaración de esta clase aparece registrada; por lo tanto, debe
referirse a una revelación que él mismo había recibido. ¿Cómo,
entonces, podría equivocarse en sus esperanzas? Es extraño que en
sus días existiera tan grande incredulidad con respecto al sencillo
significado de las expresas afirmaciones de nuestro Señor sobre este
tema. Cumplido o no, acertado o equivocado, no hay ninguna
ambigüedad ni incertidumbre en su lenguaje. Puede decirse que no
tenemos ninguna evidencia de que tales hechos hayan ocurrido como se
describe aquí - el descenso del Señor con aclamación, el sonar de la
trompeta, la resurrección de los muertos que duermen, el
arrebatamiento de los santos vivos. Cierto; pero, ¿es cierto que
estos hechos son cognoscibles por los sentidos? ¿Está su lugar en la
región de lo material y lo visible? Como ya hemos dicho, sabemos y
estamos seguros de que una gran parte de los sucesos predichos por
nuestro Señor, y esperados por sus apóstoles, en realidad ocurrieron
en aquella misma crisis llamada "el fin de la época". No hay
diferencia de opinión concerniente a la destrucción del templo, el
derrumbe de la ciudad, la matanza sin paralelo de la gente, la
extinción de la nacionalidad, el fin de la dispensación legal. Pero
la Parusía está inseparablemente ligada a la destrucción de
Jerusalén; y, de manera semejante, la resurrección de los muertos, y
el juicio de la "generación malvada", a la Parusía. Son partes
diferentes de una gran catástrofe; escenas diferentes de un gran
drama. Nosotros aceptamos los hechos verificados por el historiador
por la palabra de un hombre; han de titubear los cristianos
en aceptar los hechos que están garantizados por la palabra del
Señor? EXHORTACIONES
A VELAR EN ESPERA
Es manifiesto que estos llamados urgentes a velar no tendrían ningún significado, a menos que el apóstol creyera en la cercanía de la crisis venidera. ¿Era para los tesalonicenses, o para alguna generación nonata en el muy distante futuro, que Pablo escribía estas líneas? ¿Por qué instar a los hombres en el año 52 a velar y estar alertas para una catástrofe que no habría de tener lugar durante cientos y miles de años? Cada una de las palabras de esta exhortación supone que la crisis se cierne sobre el pueblo y es inminente. Decir que el apóstol no escribe
para ninguna generación ni para ningunas personas en particular es
lanzar un aire de irrealidad sobre sus exhortaciones, contra el cual
se revuelve la crítica reverente. Ciertamente se refería a las
mismas personas a las cuales escribió, y que leyeron su epístola, y
no pensó en ningunas otras. No podemos aceptar la sugerencia de
Bengel de que "nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado"
son sólo personajes imaginarios, como los nombres de Cayo y Ticio
(Juan Pérez y Ricardo Perico); porque nadie puede leer esta epístola
sin ser consciente de la cálida adhesión personal y el afecto hacia
los individuos que se respiran en cada línea. Concluimos, por lo
tanto, que el todo tenía que ver, directa y actualmente, con la
posición real y las expectativas de las personas a las cuales está
dirigida la epístola. ORACIÓN PARA
QUE LOS TESALONICENSES
Si todavía quedase una sombra de duda sobre la cuestión de si Pablo creía y enseñaba la incidencia de la Parusía en sus propios días, esta pasaje la disiparía. Ningunas palabras pueden implicar esta creencia más claramente que esta oración de que los cristianos tesalonicenses no murieran antes de la aparición de Cristo. La muerte es la disolución de la unión entre el cuerpo, el alma, y el espíritu, y la oración del apóstol es que el espíritu, el alma, y el cuerpo pudieran "todos juntos" [oloklhron] ser preservados en santidad hasta la venida del Señor. Esto implica la continuación de su vida corporal hasta aquel acontecimiento.
Notas: 1. Conybeare and Howson. 2. Gnomon, in loc. 3. "Todo lector de la Escritura sabe que la Primera Epístola a los Tesalonicenses habla de la venida de Cristo en términos que indican una expectativa de su pronta aparición: 'Os digo por la palabra de Dios', etc. (cap. 4:15-17; 5:4). Cualesquiera otras construcciones que estos textos puedan soportar, la idea que ellos dejan en la mente de un lector ordinario es la de que el autor de la epístola espera que el día del juicio tenga lugar en sus propios días, o cerca de ellos" - Paley´s Horae Paulinae, cap. ix. "Si se nos preguntase la característica que distinguía a los primeros cristianos de Tesalónica, deberíamos señalar su abrumador sentido de la cercanía del segundo advenimiento, acompañado de pensamientos melancólicos concernientes a los que podrían morir antes de él, y con ideas tenebrosas e imprácticas sobre lo corto de la vida y la vanidad del mundo. Cada capítulo de la primera epístola a los Tesalonicenses termina con una alusión a este tema; y era evidentemente el tema de frecuentes conversaciones cuando el apóstol estaba en Macedonia. Pero Pablo nunca habló ni escribió sobre el futuro como si el presente hubiera de ser olvidado. Cuando los tesalonicenses fueron amonestados sobre el advenimiento de Cristo, Él también les habló de otros sucesos futuros, llenos de advertencias prácticas para todas las edades, aunque para nuestros ojos todavía están envueltos en misterio - de la "apostasía" y del "hombre de pecado". 'Estas terribles revelaciones', dijo, 'deben preceder a la revelación del Hijo de Dios. ¿No recordáis', añade con énfasis en su carta, 'que, cuando todavía estaba con vosotros, os decía esto a menudo? Sabéis, por tanto, qué impide hasta ahora que sea revelado, como lo será en su propio tiempo'. Les dijo, en palabras de Cristo mismo, que 'los tiempos y las sazones de las venideras revelaciones eran conocidas sólo por Dios'; y les advirtió, como los primeros discípulos habían sido advertidos en Judas, que el gran día vendría de repente contra los hombres que no estuviesen preparados, como los dolores de la mujer cuyo tiempo se ha cumplido', y como 'ladrón en la noche', y les mostró tanto por precepto como por ejemplo que, aunque es cierto que la vida es corta y el mundo es vanidad, la obra de Dios debe hacerse con diligencia y hasta el fin' "- Conybeare and Howson, Life and Epistles of St. Paul, cap. 9. 4. Gnomon, in loc. 5. Works, vol. iv., p. 281. 6. Conybeare and Howson, cap. xi. 7. Greek Testament, in loc. 8. Conybeare and Howson´s translation. LA PARUSÍA EN
LAS EPÍSTOLAS LA SEGUNDA
EPÍSTOLA A La Segunda Epístola a los Tesalonicenses parece haber sido escrita poco después de la Primera, para corregir el malentendido en que algunos habían incurrido con respecto al tiempo de la Parusía, ya fuera por una errónea interpretación de la carta anterior del apóstol, o a consecuencia de alguna pretendida comunicación que circulaba entre ellos haciendo ver que era de él. De esta epístola aprendemos la naturaleza precisa del error que habían cometido algunos de los tesalonicenses en relación con que el tiempo de la Parusía había llegado en realidad. A consecuencia de esta opinión, algunos habían comenzado a descuidar sus ocupaciones seculares y a subsistir de la caridad ajena. Para detener los males que pudieran surgir, o que habían surgido, de tales impresiones erróneas, Pablo escribió esta segunda epístola, recordándoles que ciertos sucesos, que todavía no habían tenido lugar, tenían que preceder al "día del Señor". Sin embargo, no hay nada en la epístola que indique que la Parusía era un suceso distante, sino todo lo contrario. LA PARUSÍA, UN
TIEMPO DE JUICIO PARA LOS ENEMIGOS
Por las alusiones al comienzo de esta epístola, es obvio que los tesalonicenses sufrieron severamente en este tiempo a causa de la maldad de sus perseguidores judíos, y de aquellos "ociosos hombres malos" que se les habían unido (Hechos 17:5). El apóstol les consuela con la esperanza de liberación cuando aparezca el Señor Jesús, lo cual traería reposo para ellos y retribución para sus enemigos. Esto concuerda perfectamente con las representaciones que se hacen constantemente con respecto a la Parusía - de que sería un tiempo de juicio para los impíos y de recompensa para los justos. El apóstol parece no anticipar el "reposo" del cual habla hasta la Parusía, "cuando el Señor Jesús se revele desde el cielo", etc. De ello se sigue que Pablo concebía el reposo como muy cercano; pues, si la revelación del Señor Jesús fuera un acontecimiento todavía en el futuro, entonces deberíamos concluir que ni el apóstol ni los sufrientes cristianos han entrado todavía en ese reposo. Se observará que no se dice que la muerte ha de traerles reposo, sino "el apocalipsis" del Señor Jesús desde el cielo; una clara prueba de que el apóstol no consideraba ese apocalipsis como un suceso distante. Que este "apocalipsis", o revelación del Señor Jesús desde el cielo, es idéntico a la Parusía predicha por nuestro Salvador es tan evidente que no necesita ninguna prueba. Es "el día del Señor" (Lucas 17:24). "el día en que el Hijo del hombre es revelado" (Lucas 17:30), "el día que será revelado en fuego" (1 Cor. 3:13); "el día que arderá como un horno" (Mal. 4:1); "el día del Señor, grande y terrible" (Mal. 4:5). Es el día cuando "el Hijo del hombre venga en la gloria de su Padre con sus ángeles, para recompensar a cada uno según sus obras" (Mat. 16:27). Y una vez más, es el día concerniente al cual declaró nuestro Señor: "De cierto os digo, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino" (Mat. 16:28). Somos, pues, traídos de vuelta a la misma verdad que encontramos por todas partes en el Nuevo Testamento, que la Parusía, el día del juicio de Israel, y la terminación de la dispensación judía, no era un suceso distante, sino que estaba dentro de los límites de la generación que rechazó al Mesías. Se objetará: ¿Qué tenía eso que
ver con Tesalónica y los cristianos allí? ¿Cómo podían la
destrucción de Jerusalén, o la extinción de la nacionalidad judía, o
el fin de la economía judía, afectar a personas a una distancia tan
grande de Judea como Tesalónica? Aunque fuese imposible dar una
respuesta satisfactoria a esta objeción, ello no alteraría el
significado sencillo y natural de las palabras, ni nos incumbiría
forzar una interpretación de ellas que no les correspondiese. Debe
permitírseles a las Escrituras hablar por sí mismas - una libertad
que muchos no desean concederles. Pero, con relación a la relación
entre la Parusía y los cristianos en Tesalónica, o fuera de Judea en
general, no puede negarse que el lenguaje de este pasaje, como el de
muchos otros, indica que fue un suceso en el cual todos tenían un
interés profundo y personal. Ni es suficiente decir que los más
encarnizados antagonistas del evangelio en Tesalónica eran judíos, y
que la revuelta judía fue la señal para la matanza de los habitantes
judíos en casi todas las ciudades del imperio. Puede que esto sea
verdad, pero no es toda la verdad, según la enseñanza apostólica.
Debemos admitir, por lo tanto, que, como se desarrolla el esquema
escatológico del Nuevo Testamento, se hace evidente que la Parusía y
los sucesos que la acompañan no se relacionaban con Judea
exclusivamente, sino que tenían un aspecto ecuménico o mundial, de
modo que los cristianos de todas partes podían buscarla y anhelarla,
y saludar su llegada como el día de triunfo y de gloria. Al seguir
adelante, encontraremos amplia evidencia de este apecto más amplio
del "día de Cristo", como una gran época en la divina administración
del mundo. SUCESOS QUE DEBEN PRECEDER A LA PARUSÍA 1. La
Apostasía
Pocos pasajes han preocupado y desconcertado más a los comentaristas, o han sido considerados hasta la fecha como sumergidos en mayor oscuridad, que el que tenemos delante de nosotros. No hay razón, sin embargo, para suponer que era ininteligible para los tesalonicenses, pues se refiere a cuestiones que habían sido tema de frecuentes conversaciones entre ellos y el apóstol, y posiblemente no poco de la obscuridad de la que se quejan los expositores surge del hecho de que, para los tesalonicenses, sólo era necesario dar indicios, más bien que explicaciones completas. El apóstol comienza declarando los temas sobre los cuales desea corregir a los tesalonicenses. Son: (1) "la venida de Cristo", y (2) "nuestra reunión con él". Es evidente que el apóstol las considera simultáneas o, en todo caso, estrechamente relacionadas. ¿Qué debemos entender por "reunirnos con Cristo" en la Parusía? No hay duda de que hay aquí una referencia a las propias palabras de nuestro Señor, Mat. 26:31: "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos de los cuatro vientos", etc. El [juntarán] en el evangelio es evidentemente la [reunión] de la epístola; y tenemos otra referencia al mismo suceso y al mismo período en 1 Tes. 4:16,17: "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios descenderá del cielo", etc. Luego, esto no puede ser otra cosa que el llamado a los muertos y a los vivos a comparecer ante el tribunal de Cristo. A los tesalonicenses se les había enseñado a esperar aquella "reunión" grande y solemne; pero parece que pesaba sobre ellos algún malentendido concerniente al tiempo de su llegada. Algunos de ellos se habían formado la opinión de que el "día de Cristo" ya había llegado en realidad. Es importante observar que nuestra versión inglesa no traduce esta palabra correctamente. El apóstol no dice: "pues el día de Cristo está muy cerca", sino "pues el día de Cristo está presente, o ha venido en realidad". La constante enseñanza de Pablo era que el día de Cristo estaba muy cerca, y se habría contradicho a sí mismo si les hubiese dicho a los cristianos de Tesalónica que aquel día no estaba cerca. Pedro nada es más común que encontrar a algunos de nuestros más respetados eruditos y críticos negando que los apóstoles y los primeros cristianos esperaban la Parusía en sus propios días, basándose en la fuerza de una errónea traducción de esta palabra. Hasta una autoridad tan eminente como Moses Stuart dice, en respuesta a Tholuck:
Así lo expresa también Albert Barnes:
La más singular de todas es la explicación del Dr. Lange:
¿Qué puede ser más arbitrario y caprichoso que una distinción como ésta? ¿Qué puede ser más empírico que un tratamiento tal de la Escritura, por medio del cual se le hace decir sí y no; afirmar y negar; declarar que un suceso está cercano y distante, al mismo tiempo? ¿Quién pretendería interpretar la Escritura si ella hablara un lenguaje tan ambiguo como éste? Nos atenemos al "sentido histórico y cronológico definido" de la Parusía, y a ningún otro. Es el único sentido que respeta la Palabra de Dios y satisface a la crítica sobria. El apóstol no se corrige a sí mismo, ni se refiere a dos diferentes "venidas", sino que corrige el error de los tesalonicenses, que afirmaban que el día de Cristo ya había llegado en realidad. En cada caso en que ocurre la palabra en el Nuevo Testamento, se refiere a lo que es presente, y no a lo que es futuro. A los eruditos griegos es innecesario señalarles esto, pero a los lectores de habla inglesa puede ser satisfactorio referirlos a las autoridades competentes. El Dr. Manston, al comparar la fuerza de las palabras y [se acerca] (Sant. 5:8; 1 Ped. 4:17), observa:
Bengel dice:
Whiston, el traductor de Josefo, hace la siguiente observación:
El Dr. Paley observa:
Conybeare y Howson traducen:
El Dr. Alford comenta así:
El mismo malentendido general que prevalece hoy día con respecto al significado de este versículo hace que entenderlo correctamente sea de la mayor importancia. Es fácil entender cómo la érrónea opinión de los tesalonicenses había "movido y conturbado" sus mentes. Estaba calculada para producir pánico y desorden. La historia nos cuenta que en Europa prevalecía una creencia general hacia finales del siglo décimo de que el año 1000 vería la venida de Cristo, el día del juicio, y el fin del mundo. Al acercarse el tiempo, un pánico general se apoderó de las mentes de los hombres. Muchos abandonaron sus hogares y sus familias, y acudieron a la Tierra Santa; otros entregaron sus tierras a la iglesia, o dejaron de cultivarlas, y el curso entero de la vida ordinaria se alteró y se trastornó violentamente. Un engaño similar, aunque en menor escala, prevaleció en algunas partes de los Estados Unidos en el año 1843, causando gran consternación entre las multitudes y haciendo enloquecer a muchas personas. Hechos como éstos muestran la sabiduría que "ocultó el día y la hora" de la venida del Hijo del hombre de modo que, mientras todos pueden estar vigilantes, ninguno debe caer en la agitación. En el tercer versículo, el apóstol indica que "el día de Cristo" debe ser precedido por dos sucesos: (1) La llegada de la apostasía, y (2) la manifestación del hombre de pecado". Si pudiéramos ponernos en la situación y las circunstancias de los cristianos de Tesalónica cuando esta epístola se escribió; si pudiéramos revivir las esperanzas y los temores, las expectativas y las aprensiones, y las agitaciones sociales y políticas de aquel período, podríamos entrar mejor en las explicaciones de Pablo. Sin duda, los tesalonicenses le entendían perfectamente. Como observa correctamente Paley: "Nadie escribe ininteligiblemente a propósito", y no podemos suponer que Pablo les atormentaría con enigmas que sólo les causarían perplejidad y les desconcertarían más que nunca. La primera pregunta que se
presenta es: ¿Son idénticos la "apostasía" y el "hombre de pecado"?
¿Apuntan ambos a la misma cosa? En opinión de muchos expositores,
quizás de la mayoría, son virtualmente una y la misma cosa. Pero,
evidentemente, son cosas distintas y separadas. La apostasía
representa una multitud, el hombre de pecado, una persona;
de modo que, aunque puedan estar conectados en algunos
respectos, no deben confundirse la una con el otro; pueden existir
contemporáneamente, pero no son idénticos. LA APOSTASÍA En este momento, Pablo no se
espacia en "la apostasía", sino que, habiéndola mencionado
simplemente como venidera, pasa a describir al "hombre de pecado".
Sin embargo, podemos referirnos aquí al hecho de que la "apostasía"
no era ninguna idea nueva para los discípulos de Cristo. El Salvador
la había predicho expresamente en su discurso profético, Mat.
24:10,12, y en alguna otra parte Pablo da una descripción de la
apostasía tan completa como la da aquí del hombre de pecado. (Véase
1 Tim. 4:1-3; 2 Tim. 3:1-9). Sólo puede referirse a aquella
deserción de la fe tan claramente predicha por nuestro Señor, y
descrita por los apóstoles, como indicación de los "últimos días".
Pero este tema será considerado en su lugar adecuado. EL HOMBRE DE PECADO Al entrar en este campo de la investigación, es de la mayor importancia encontrar algún principio que pueda guiarnos y dirigirnos en la investigación. Hallamos tal principio en la consideración muy simple y obvia de que el apóstol se refiere aquí a circunstancias que estaban al alcance de los mismos tesalonicenses. Si la palabra del Señor declaró que la Parusía misma, que fue precedida por el desarrollo de la apostasía y la aparición del hombre de pecado, caía dentro del período de la generación actual, se deduce que "la apostasía" y "el hombre de pecado" estaban más cerca de ellos que la Parusía. Por otro lado, si suponemos que "la apostasía" y "el hombre de pecado" ocurren mucho más allá de la época de los tesalonicenses, ¿de qué serviría darles explicaciones e información sobre cuestiones que no eran para nada urgentes y que, de hecho, no les concernían en absoluto? ¿No es obvio que, quienquiera pueda ser el hombre de pecado, debe ser alguien con el cual tenían que ver el apóstol y sus lectores? ¿No está escribiendo para hombres vivos acerca de asuntos en los cuales ellos están intensamente interesados? ¿Por qué delinearía las características de este misterioso personaje para los tesalonicenses si era alguien con el cual los tesalonicenses no tenían nada que ver, del cual no tenían nada que temer, y que no sería revelado sino después de siglos? Es claro que él habla de alguien cuya influencia ya estaba comenzando a sentirse, y cuya furia inicua y anárquica estallaría antes de que pasase mucho tiempo. Todo esto está en la superficie misma, y es obvio e incuestionable. Pero esto no es todo. Parece seguro que los tesalonicenses no ignoraban a qué persona se llamaba hombre de pecado. No era la primera vez que el apóstol les hablaba del tema. Dice: "¿No os acordáis que cuando yo estaba todavía con vosotros, os decía esto? Y ahora vosotros sabéis lo que lo detiene, a fin de que a su debido tiempo se manifieste". Este lenguaje indica claramente que el apóstol y sus lectores estaban bien familiarizados con el nombre "hombre de pecado" y sabían a quién se le designaba así. Siendo esto así, y parece incuestionable, el área de investigación se contrae grandemente, y las probabilidades de descubrimiento aumentan proporcionalmente. Aquello de lo que los tesalonicenses habían "hablado", lo que habían "recordado" y "sabían", debe haber sido algo de interés vivo y presente; resumiendo, debe haber pertenecido a la historia contemporánea. Pero, ¿por qué no habla el apóstol francamente? ¿Por qué esta reserva y esta reticencia al sugerir oscuramente lo que no menciona por nombre? No era por ignorancia; no podría ser por afectar misterio. Debe haber habido alguna poderosa razón para esta extrema cautela. No hay duda; pero, ¿de qué naturaleza? ¿Por qué acostumbraba, como él dice, hablar tan francamente sobre el tema en privado, y luego escribir tan oscuramente en su epístola? Obviamente, porque era peligroso ser más explícito. Por una parte, una indicación era suficiente, pues todos podían entender su significado; por la otra, hacer más que una indicación era peligroso, porque nombrar a una persona podría haberles comprometido, a él y a ellos. Entonces, ¿de qué dirección podría venir el peligro de usar una libertad de expresión demasiado grande? Sólo había dos direcciones de las cuales los cristianos de la era apostólica tenían justa causa para sentir aprensión -- el fanatismo de los judíos y los ccelos de los romanos. Hasta ahora, el evangelio había sufrido mayormente de los primeros; por todas partes, los judíos eran los instigadores de "agitar a los gentiles contra los hermanos". Pero el poder de Roma era celoso, y los judíos sabían bien cómo despertar esos celos; en la misma Tesalónica, habían levantado el clamor: "Todos éstos se oponen a los decretos de César". ¿Cuál de estas causas, pues, puede haber sellado los labios del apóstol? Temor de los judíos, no, pues nada que él pudiera decir probablemente volvería más encarnizada su hostilidad; ni tenían los judíos ninguna autoridad civil directa con la cual perjudicar la causa cristiana. Llegamos a la conclusión, pues, de que era del poder romano del que el apóstol percibía peligro, y que su reticencia era ocasionada por el deseo de no involucrar a los tesalonicenses en la sospecha de descontento y sedición. Volvamos ahora a la descripción del "hombre de pecado" que da el apóstol, y tratemos de descubrir, si es posible, si había algún individuo vivo entonces en el Imperio Romano al cual se le pudiese aplicar.
Con estas marcas distintivas en nuestras manos, ¿puede haber alguna dificultad al identificar a la persona en la cual se encuentran todas estas marcas? ¿Había tres hombres en el Imperio Romano que respondían a esta descripción? ¿Había dos? Seguramente no. Pero había uno, y sólo uno. Cuando el apóstol escribió, estaba en los escalones del trono imperial -- poco más, y se sentaba sobre el trrono del mundo. Es NERÓN, el primero de los emperadores perseguidores; el violador de todas las leyes, humanas y divinas; el monstruo cuya crueldad y cuyos crímenes le dan derecho a ser llamado "el hombre de pecado". En seguida será evidente para todos los lectores que todas las características de este espantoso retrato pertenecen a Nerón; pero es notable cuán exacta es la correspondencia, especialmente en los detalles que son más recónditos y oscuros. Es un individuo -- una persona pública -- que ostenta el rango más alto en el estado; es pagano, no judío; es un monstruo de maldad, que pisotea todas las leyes. Pero, cuán notables son las indicaciones que apuntan hacia Nerón en el año en que esta epístola se escribió, digamos el año 52 o el año 53 D. C. En ese tiempo Nerón no se había "manifestado" todavía; su verdadero carácter no había sido revelado; todavía no había accedido al Imperio. Claudio, su padrastro, vivía, y le estorbaba al hijo de Agripina. Pero ese obstáculo fue pronto eliminado. En menos de un año, probablemente, después de que la epístola de Pablo fue recibida por los tesalonicenses, Claudio fue "quitado de en medio", víctima de la letal costumbre de la infame Agripina, y siendo su hijo también cómplice del asesinato, según Suetonio. Pero el "misterio de iniquidad ya estaba en operación"; la influencia de Nerón debe haber sido poderosa en los últimos días del desdichado Claudio; probablemente ya se estaban fraguando los mismos complots que prepararon el camino para el ascenso al trono por parte de los asesinos. Algunos meses más tarde verían el advenimiento al trono del mundo por parte de un bellaco cuyo nombre ha quedado en la picota de la eterna infamia como el más brutal de los tiranos y el más vil de los hombres. Las restantes notas de la descripción no son menos fieles al original. El reclamar honores divinos; el oponerse y exaltarse por encima de todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; el sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios; todos son distintivos de Nerón. En realidad, el asumir prerrogativas divinas era común a todos los emperadores romanos. "Divus", dios, se inscribía en sus monedas y estatuas. Podría decirse que el Emperador "se exaltaba por encima de todo lo que se llama Dios, o es objeto de culto", monopolizando para sí todo culto. Este hecho es puesto en resaltado en las siguientes observaciones de Dean Howson:
El intento de Calígula de erigir su estatua en el templo de Dios en Jerusalén había llevado a los judíos al borde de la rebelión, y es posible que este hecho pueda haber dado su forma peculiar a la descripción del apóstol. Ciertamente le sugirió a Grocio que Calígula debía ser la persona que se tenía la intención de representar; pero la fecha de la epístola hace insostenible esta opinión. Nerón, sin embargo, no era menos que ninguno de sus predecesores en su impía asunción de prerrogativas divinas. Dio Casio nos informa que, cuando regresó victorioso de los juegos griegos, entró a Roma en triunfo, y fue aclamado con expresiones como éstas: "¡Nerón, el Hércules! ¡Nerón, el Apolo! ¡Augusto! ¡Augusto! ¡Voz sagrada! ¡Eterno!" En todo esto, vemos suficiente evidencia de la asunción de la asunción de honores divinos por parte de Nerón. Lo mismo ocurre con respecto a otra nota en este bosquejo -- la simulación de milagros. "Cuyo aadvenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos" (ver. 9). Esta simulación sigue casi como cosa natural a la asunción de las prerrogativas de la deidad. Debe suponerse que al Divus imperial se le acreditaba la posesión de poderes sobrenaturales; y encontramos una interesante aclaración de este tema en Apoc. 12:13-15. En esta etapa de la investigación, sin embargo, no sería deseable entrar en esa región de simbolismo, aunque echaremos mano plenamente de esta ayuda en el momento oportuno. Además, "el hombre de pecado" está condenado a perecer. Es el "hijo de perdición", un nombre que lleva en común con Judas, e indica la certeza y lo completo de su destrucción. "El Señor le matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida". En esta significativa expresión, tenemos una nota del tiempo en que el hombre de pecado está destinado a perecer, marcado con singular exactitud. Es la venida del Señor, la Parusía, la que ha de ser la señal de su destrucción; no todo el esplendor de ese suceso, tanto como la primera apariencia o alborada de él. Alford (siguiendo a Bengel) señala muy correctamente que la traducción "resplandor de su venida" debe ser la "apariencia de su venida", y cita la sublime expresión de Milton: "Su venida resplandeció desde lejos". Bengel, con fina discriminación, observa: "Aquí la apariencia de su venida, o, en todo caso, los primeros destellos de su venida, ocurren antes de la venida misma". Evidentemente, esto implica que el hombre de pecado estaba destinado a perecer, no en la llamarada de la Parusía, sino en el primer esbozo o comienzo. Ahora, ¿qué encontramos en realidad? Recordando cómo está conectada la Parusía con la destrucción de Jerusalén, encontramos que la muerte de Nerón precedió al suceso. Tuvo lugar en el mes de junio del año 68 D.C., en medio de la guerra judía que terminó en la captura y la destrucción de la ciudad y el templo. Podría, por lo tanto, decirse justamente que "la apariencia, o alborada, de la Parusía" [] fue la señal de la destrucción del tirano. No se sigue que la muerte de Nerón sería causada por un agente sobrenatural inmediato porque se dice que "el Señor le matará con el espíritu de su boca", etc. Herodes Agripa fue herido por el ángel del Señor, pero esto no excluye la operación de causas naturales: "fue comido de gusanos, y expiró" (Hech. 12:23). De la misma manera, Nerón fue alcanzado por el juicio divino, aunque recibió su golpe de muerte de la espada del asesino, o por su propia mano. Finalmente, es apenas necesario probar el título de Nerón con la denominación de "hombre de pecado". Se observará que es el libertinaje de su carácter personal lo que lo sella con este epíteto distintivo, como si fuera la personificación y la representación mismas del vicio. Tal, de hecho, es Nerón, cuyo nombre se ha convertido en sinónimo de todo lo que es bajo, cruel, y vil; el mayor en rango y el más bajo en carácter en el mundo romano: un monstruo de maldad aun entre los paganos, que no se andaban con remilgos morales y estaban familiarizados con la más corrupta sociedad sobre la faz de la tierra. La siguiente descripción gráfica del carácter de Nerón ha sido tomada de Conybeare y Howson:
Pero hay probablemente otra razón para que Nerón haya sido marcado con este epíteto. El nombre "hombre de pecado" no era desconocido en la historia hebrea. Ya se le había aplicado a alguien que, no sólo era un monstruo de crueldad e impiedad, sino también un encarnizado enemigo y perseguidor del pueblo judío. No habría sido posible pronunciar un nombre más odioso a oídos judíos que el de Antíoco Epífanes. Fue el Nerón de su época, el inveterado enemigo de Israel, el profanador del templo, el sanguinario perseguidor del pueblo de Dios. En el libro primero de los Macabeos, encontramos el nombre "el hombre pecador" [] dado a Antíoco (1 Mac. 2:48,62), y parece muy probable que el personaje que nos ocupa estaba destinado a sufrir una suerte similar a la de Antíoco, el implacable tirano y perseguidor que se convirtió en monumento a la ira de Dios. El paralelo entre "el hombre de pecado" y Antíoco Epífanes es observada particularmente por Bengel, quien señala que la descripción del primero en el ver. 4 ha sido tomada prestada de la descripción del último en Daniel 11:36. Vale bien la pena citar el comentario de Bengel:
Encontraremos en la secuela que éste no es el único pasaje en el cual se hace referencia a Antíoco Epífanes como el prototipo de Nerón. Pero puede que se haga la pregunta: ¿Por qué preocuparía tanto al apóstol y a los cristianos de Tesalónica la revelación de Nerón en su verdadero carácter? No hay que ir lejos para encontrar la respuesta. Era la ferocidad de este monstruo inicuo que primero desató todo el poder de Roma para aplastar y destruir el nombre de cristiano. Fue por medio de él que se derramarían torrentes de sangre inocente y se infligirían las más intensas torturas a inofensivos cristianos. Fue ante este sanguinario tribunal que Pablo habría de comparecer y suplicar por su vida, y fueron los labios de este tribunal que habrían de proferir la sentencia que le condenaba a una muerte violenta. Pero, más que esto, fue bajo Nerón, y por órdenes suyas, que se inició la guerra final de los judíos, y que se abrió el capítulo más oscuro en los anales de Israel, un capítulo que terminó con el sitio y la captura de Jerusalén, la destrucción del templo, y la extinción del sistema nacional. Esta era la consumación predicha por nuestro Señor como "el fin del tiempo" [] y la "venida de su reino". La revelación del hombre de pecado, pues, como antecedente de la Parusía, era una cuestión que concernía profundamente a todos y cada uno de los discípulos cristianos. Ahora podemos entender por qué el apóstol usó tanta cautela al escribir sobre un tema como éste. No fue porque prefería la oscuridad de un oráculo, sino por motivos prudenciales de la naturaleza más inteligible. Había en Tesalónica muchos ojos fisgones y muchas lenguas calumniadoras, que sólo esperaban una oportunidad para denunciar a los cristianos como hombres desafectos y sediciosos, secretos maquinadores contra la autoridad de César. Escribir abiertamente sobre estos temas sería indiscreto y peligroso en el más alto grado. Ni era necesario, porque ellos habían discutido estos asuntos antes en más de una conversación en privado. "¿No os acordáis", pregunta, "que cuando yo estaba todavía con vosotros, os decía esto?". Más que atisbos eran innecesarios para los tesalonicenses, porque ellos tenían una clave de lo que él quería decir, una clave que los lectores subsiguientes no tenían. Ni hay que asombrarse mucho si la oscuridad ha rodeado la enseñanza del apóstol sobre este tema. Sucesos que para los contemporáneos están llenos de intenso interés, a menudo no sólo carecen de interés sino que se vuelven ininteligibles para la posteridad. Y sin embargo, es un poco extraño que la muy obvia referencia a la historia contemporánea, y a Nerón, haya sido pasada por alto de modo tan general. Esta es la más antigua interpretación del pasaje en relación con el hombre de pecado. Crisóstomo, comentando el misterio de inquidad, dice: "Él (Pablo) habla aquí de Nerón como tipo del anticristo; porque él también deseaba ser considerado dios". A esta opinión se refieren también Agustín, Teodoreto, y otros. Bengel, refiriéndose al obstáculo contra la manifestación del hombre de pecado, dice: "Los antiguos creían que Claudio era este obstáculo: de aquí que parezca que ellos consideraban a Nerón, el sucesor de Claudio, el hombre de pecado. Moses Stuart ha reunido a gran número de autoridades para identificar a Nerón como el hombre de pecado. Stuart observa: "La idea de que Nerón era el hombre de pecado mencionado por Pablo, y el anticristo mencionado tan a menudo en las epístolas de Juan, prevaleció extensamente y por mucho tiempo en la iglesia primitiva". Y nuevamente: "Agustín dice: '¿Qué significa la declaración de que el misterio de iniquidad ya está en operación? ... Algunos suponen que esto se refiere al emperador romano, y que, por lo tanto, Pablo no hablaba en palabras sencillas porque no deseaba incurrir en la acusación de calumnia por haber hablado mal del emperador romano: aunque siempre esperaba que lo que había dicho se entendiera como que se aplicaba a Nerón". Consideramos como un hecho de peculiar importancia el que se haya descubierto que una conclusión a la que se ha llegado con un fundamento bastante independiente tiene la aprobación de algunos de los más importantes nombres ded la antigüedad. Sin embargo, no estamos dispuestos en absoluto a hacer descansar esta interpretación en autoridades externas; nos sentimos inclinados a creer que la evidencia interna a favor de la identificación de Nerón como el hombre de pecado casi equivale, si no equivale completamente, a una demostración. Pero, todavía tenemos que ocuparnos de la confirmación de este hecho, proporcionada por el Apocalipsis, que creemos convencerá a cada mente sincera. Sería incorrecto pasar adelante de la consideración de este pasaje profundamente interesante sin hacer algunas observaciones sobre lo que puede llamarse la interpretación protestante popular, que encuentra aquí el surgimiento y el desarrollo del papado e identifica al Papa como el hombre de pecado. En muchos respectos, esta interpretación es tan plausible, y los puntos de correspondencia son tan numerosos, que no es sorprendente que haya encontrado favor quizás con la mayoría de los comentaristas. Hay cierta semejanza familiar entre todos los sistemas de superstición y tiranía, que hace probable que algunas de las características que distinguen a uno pueden ser encontrados en todos. Pero pocos expositores de algún peso argumentan actualmente que todas las notas descriptivas del hombre de pecado se han de encontrar en el Papa. Dean Alford observa con razón:
LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS A LOS CORINTIOS Se cree que las dos epístolas a la iglesia de Corinto fueron escritas en el mismo año (57 D. C.). El contenido es más variado que el de las Epístolas a los Tesalonicenses, pero encontramos muchas alusiones a la esperada venida del Señor. Esa era la consumación a la cual, según Pablo, se apresuraban todas las cosas, y la que esperaban ansiosos todos los cristianos. Está representada como el día decisivo en que todas las dudas y dificultades del presente se resolverían y todas sus injusticias serían corregidas. Que este gran acontecimiento era considerado por el apóstol como inminente queda implícito en cada alusión al tema, mientras que en varios pasajes se afirma expresamente en otras tantas palabras. LA PRIMERA EPÍSTOLA A LOS CORINTIOS ACTITUD DE LOS
CRISTIANOS DE CORINTO
La actitud de expectación en que estaban los corintios se indica aquí claramente, aunque es expresada débilmente a través de la traducción "esperando". La frase usada por el apóstol es la misma de Romanos 8:19, donde la creación entera es representada como "gimiendo con dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios" []. Conybeare y Howson traducen: "Esperando ansiosamente el tiempo en que nuestro Señor Jesucristo sea revelado a la vista". Esta actitud implica claramente que se entendía que el objeto esperado estaba cerca; pues es obvio que, si estuviese a gran distancia, la espera ansiosa y anhelante sólo terminaría en un amargo desengaño. Puede preguntarse: ¿No esperaban el día de Cristo los santos del Antiguo Testamento? ¿No se regocijó Abraham de ver el día de Él, y no era aquella una esperanza distante? Cierto, pero a los santos del Antiguo Testamento no les fue dado en ninguna parte entender que la primera venida de Cristo tendría lugar en sus propios días, ni dentro de los límites de su propia generación, ni se les instaba y exhortaba a velar constantemente, esperando y anhelando la venida del Señor. No tenemos ninguna razón en absoluto para suponer que sus mentes estaban constantemente en tensión, y que sus ojos se esforzaban ansiosamente esperando el advenimiento, como sucedía con los cristianos de la era apostólica. El caso del anciano Simeón es el paralelo correcto de los primeros cristianos. Se le reveló que no vería muerte sino hasta que hubiese visto al ungido del Señor; esperaba, pues, "la consolación de Israel". De la misma manera, se les reveló a los cristianos de la era apostólica que la Parusía tendría lugar en sus propios días; el Señor había asegurado este hecho claramente, una y otra vez, a sus discípulos. Así que ellos acariciaban esta esperanza de vivir para ver el día anhelado, y tanto más a causa de los sufrimientos y las persecuciones a que estaban expuestos. Como los tesalonicenses, consideraban la muerte como una calamidad, porque parecía frustrar la esperanza de ver al Señor "viniendo en su reino". Deseaban estar "vivos y quedar hasta la venida del Señor". Bilroth observa: "La [revelación] se refiere al advenimiento visible de Cristo, un suceso que Pablo y los creyentes de aquellos días se imaginaban que tendría lugar dentro del término de una vida ordinaria, de modo que muchos de ellos estarían vivos cuando esto ocurriese. Aquí Pablo alaba a los corintios por esperarlo". Evidentemente, el crítico considera esta opinión como un engaño. Pero, ¿de dónde derivaban esta esperanza los cristianos primitivos? ¿No era de la enseñanza de los apóstoles y de las palabras de Cristo? Decir que era una opinión errada es asestar un golpe a la autoridad de los apóstoles como informantes dignos de confianza de las palabras de Cristo y de los exponentes competentes de su doctrina. Si pudieron equivocarse tan flagrantemente en un hecho sencillo, ¿qué confianza puede tenérseles a sus enseñanzas relativas a las cuestiones más difíciles de doctrinas y deberes? La confianza expresada por el apóstol de que los cristianos de Corinto serían confirmados hasta el fin, y de que serían hallados irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo, recuerda su oración por los tesalonicenses: "Para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos" (1 Tes. 3:13). Los dos pasajes son exactamente paralelos en significado, y se refieren al mismo punto en el tiempo, "el fin", la "Parusía". Obviamente, con "el fin" el apóstol no quiere decir el "fin de la vida"; no es un sentimiento general como el que expresamos cuando hablamos de ser "fieles hasta el fin"; tiene un significado definido, y se refiere a un tiempo particular. Es "el fin" [] de que habló nuestro Señor en su discurso profético en el Monte de los Olivos (Mat. 24:6, 13, 14). Es "el fin del tiempo" [] de Mateo 13:40, 49). Es "el fin" [entonces vendrá el fin] (1 Cor. 15:24. Véase también Heb. 3:6,14; 6:11; 9:26; 1 Ped. 4:7). Todas estas formas de expresión [,,] se refieren a la misma época, es decir, la terminación del eón judío o la era judía, o sea, la dispensación mosaica. Esto es señalado por Alford en su nota sobre el pasaje que tenemos delante: "Hasta el fin", es decir, hasta el , no meramente "hasta el fin de vuestras vidas". Se refiere, por lo tanto, no a la muerte, que les llega a diferentes individuos en momentos diferentes, sino a un suceso específico, no muy distante, la Parusía, o la venida del Señor Jesucristo. No menos definida es la frase "el día de nuestro Señor", etc. Las alusiones a este período en los escritos apostólicos son muy frecuentes, y todas apuntan a una gran crisis que se aproximaba rápidamente, el día de redención y recompensa para el sufriente pueblo de Dios, el día de retribución e ira para los enemigos y perseguidores de Dios. EL CARÁCTER
JUDICIAL DEL
En este pasaje, hay nuevamente una clara alusión al "día de Señor" como un día de discriminación entre el bien y el mal, entre lo precioso y lo vil. El apóstol se compara a sí mismo y compara a sus compañeros obreros al servicio de Dios con trabajadores empleados en la construcción de un gran edificio. Ese edificio es la iglesia de Dios, cuyo único fundamento es Cristo Jesús, fundamento que él (el apóstol) había echado en Corinto. Luego advierte a cada obrero que debe mirar bien la clase de material con el cual él construyó sobre ese único fundamento: es decir, qué clase de individuos introdujo en la comunidad de la iglesia de Dios. Venía el día que sometería a prueba la calidad de la obra de cada uno: debía pasar por una prueba ardiente; y en ese abrasador escrutinio, los frágiles y los inútiles tendrían que perecer, mientras que los buenos y los leales permanecerían incólumes. El constructor imprudente podría ciertamente escapar, pero su obra sería destruída, y él perdería la recompensa de la cual habría podido disfrutar si hubiese construido con mejores materiales. No puede haber ninguna duda acerca de a qué día se hace referencia aquí. Es el día de Cristo, la Parusía. Se dice que esto será revelado "por el fuego", y surge la pregunta: ¿Es la expresión literal o metafórica? Se notará que el pasaje entero es figurado: el edificio, los constructores, los materiales; podemos concluir, por lo tanto, que el fuego es figurado también. Las cualidades morales no son probadas de la misma manera que las substancias materiales. El apóstol enseña que se acerca un escrutinio material de la obra de la vida del obrero cristiano. El "que tiene ojos como llama de fuego" viene para "escudriñar la mente y los corazones, y dar a cada uno según sus obras" (Apoc. 2:18,23). ¿Cuán claramente se conectan estas representaciones del "día del Señor" con las palabras proféticas de Malaquías: "¿Quién podrá soportar el tiempo de su venida? Porque él es como fuego purificador". "Porque he aquí viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa" (Mal. 3:2,3; 4:1). De manera semejante, Juan el Bautista representa el día de la venida de Cristo como "revelado en fuego", "Quemará la paja en fuego que nunca se apagará" (Mat. 3:12). Véase también 2 Tesa. 1:7,8, etc. Pero, si alguno estuviese dispuesto a sostener que aquí el fuego no es enteramente metafórico, un caso que no es improbable podría construirse fácilmente. En el punto central donde esa revelación tuvo lugar, la ciudad y el templo de Jerusalén, la Parusía estuvo acompañada de fuego muy literal. En aquel horno ardiente en que pereció todo lo que era de lo más venerable y sagrado en el judaísmo, los hombres pudieron ver muy bien el cumplimiento de las palabras del apóstol: "aquel día será revelado con fuego". Entonces, puesto que la Parusía coincide en un punto del tiempo con la destrucción de Jerusalén, se sigue que el período de zarandeo y prueba al que se alude aquí - el día que será revelado en fuego - es también contemporáneo con aquel suceso. De lo contrario, por la hipótesis de que este día todavía no ha llegado, somos llevados a la conclusión de que "la prueba de la obra de cada uno" no ha tenido lugar todavía; que ningún juicio se ha pronunciado todavía sobre la obra de Apolos, Cefas, o Pablo, o de sus compañeros obreros; todavía hay que establecer con qué clase de material construyó cada uno el templo de Dios; que los obreros no han recibido su recompensa todavía. Porque el gran día de prueba no ha llegado todavía, y el fuego no ha probado la obra de cada uno para saberse de qué clase es. Pero esto es reductio ad absurdum, y demuestra que tal hipótesis es insostenible. EL CARÁCTER
JUDICIALDEL
En estos dos pasajes, la Parusía es representada como un tiempo de investigación y decisión judiciales. Es el tiempo en que los caracteres y los motivos serán revelados, y cada uno recibirá su medida apropiada de alabanza o culpa. El apóstol desaprueba los juicios apresurados y malinformados, aparentemente no sin alguna razón personal, y los exhorta a esperar "hasta que venga el Señor", etc. ¿No implica esto manifiestamente que él pensaba que ellos no tendrían que esperar mucho? ¿Dónde quedaría la razonabilidad de su exhortación si no hubiese la expectativa de vindicación o retribución en los siglos por venir? Es la consideración misma de que el día ha llegado lo que constituye la razón para la paciencia ahora. De manera semejante, el caso del miembro ofensor en la iglesia de Corinto apunta a un tiempo de retribución que se acercaba rápidamente. Pablo arguye que el efecto de la disciplina presente ejercida por la iglesia puede demostrar ser la salvación del ofensor "en el día del Señor". Ese día, pues, es el período en que se decide la condenación o la salvación de los hombres. Pero, suponiendo que el día del Señor no ha llegado, se deduce que el día de la salvación no ha llegado, ni para el apóstol mismo, ni para los cristianos de Corinto, ni para el ofensor a quien Pablo llama a la iglesia para que lo censure. Todo esto muestra claramente que el apóstol creía y enseñaba la pronta venida del día del Señor. CERCANÍA DE LA
CONSUMACIÓN
Ninguna palabra podría mostrar más claramente la profunda impresión en la mente del apóstol de que una gran crisis estaba cerca, una crisis que afectaría profundamente todas las relaciones de la vida y todas las posesiones de este mundo. Este lenguaje, como se hablaba en aquel tiempo, tenía una importancia muy diferente de la que tiene en estos tiempos. Estas no son las trivialidades ordinarias acerca de la brevedad del tiempo y la vanidad del mundo, los clásicos temas comunes de moralistas y teólogos. El tiempo es siempre corto, y el mundo siempre es vano; pero hay un énfasis y una urgencia en la afirmación del apóstol que implican una especialidad en el tiempo que entonces era presente; él sabía que ellos estaban al borde de una gran catástrofe, y que todos los intereses y todas las posesiones terrenales eran de una duración ligera e incierta. No es necesario preguntar cuál era aquella catástrofe que se esperaba. Era la venida del día del Señor a la que ya se ha aludido, y cuya cercana aproximación está implícita en todas sus exhortaciones. Alford expresa correctamente la fuerza de la expresión: "el tiempo es corto", es decir, "el intervalo entre ahora y la venida del Señor ha llegado a un período extremadamente acortado". Pero, desafortunadamente, sigue adelante y trata la opinión de Pablo como un error: "Desde que él escribió, el desarrollo de la providencia de Dios nos ha enseñado más acerca del intervalo entre la venida del Señor que lo que se le dejó ver aun a un apóstol inspirado". Cuál podría ser la opinión privada de Pablo con respecto a la fecha de la Parusía, o qué ocurriría cuando llegase, no lo sabemos, y sería inútil especular; pero tenemos derecho a concluir que, en su enseñanza oficial (salvo cuando declara directamente que expresa su propia opinión), él era el órgano de expresión de una inteligencia mayor que la suya. En realidad, no somos competentes para decir hasta dónde pueda haberse extendido el impacto de la tremenda convulsión que tuvo lugar al "fin del siglo", pero cada uno puede ver que las exhortaciones del apóstol habrían sido peculiarmente apropiadas dentro de los límites de Palestina. Al proseguir esta investigación, el área afectada por la Parusía parece crecer y expandirse; es más que una crisis nacional: se convierte en una crisis ecuménica. Ciertamente debemos inferir de la representación de los apóstoles, así como de los dichos del Maestro, que la Parusía tenía un significado para los cristianos en todas partes, ya sea dentro o fuera de los confines de Judea. Es más correcto preguntar acerca de la verdadera importancia de la doctrina de los apóstoles sobre este tema, que suponer que estaban errados e inventar excusas para su error. Si es un error, es común a la totalidad de la enseñanza del Nuevo Testamento, y nos encontraremos con él en los escritos de Pedro y de Juan, pues ellos, no menos que Pablo, declaran que "el fin de todas las cosas se acerca", y que "el mundo pasa y sus deseos" (1 Pedro 4:7; 1 Juan 2:17). EL FIN DE LOS
SIGLOS
La frase "los fines de los siglos" [] equivale a "el fin del siglo" [], y a "el fin" []. Todas se refieren al mismo período, es decir, el fin de la era, o dispensación, judía, que ahora se acercaba. Se observará que, en este capítulo, Pablo junta algunos de los incidentes históricos que tuvieron lugar al comienzo de aquella dispensación, pues servían de advertencia para los que vivían cerca de su terminación. Evidentemente, Pablo consideraba la historia primitiva de la dispensación, especialmente por cuanto era sobrenatural, como de carácter típico y educativo. "Estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotrosm, a quienes han alcanzado los fines de los siglos". Esto no sólo afirma el carácter típico de la economía judía, sino que demuestra que el apóstol la consideraba a punto de expirar. Conybeare y Howson tienen la siguiente nota sobre este pasaje: "La venida de Cristo era "el fin de las edades", es decir, el comienzo de un nuevo período de en la existencia del mundo. Así que, casi la misma frase se usa en Hebreos 9:26. Una expresión similar ocurre cinco veces en Mateo, significando la venida de Cristo a juicio". Esta nota no distingue con exactitud cuál venida de Cristo era el fin del siglo. Es la Parusía, la segunda venida, la que es siempre representada así. Se creyó que ese suceso, pues, estaba cerca cuando se declaró que el fin del siglo, o de los siglos, había llegado. Se dice a veces que el período entero entre la encarnación y el fin del mundo es considerado en el Nuevo Testamento como "el fin del siglo". Pero esto tiene una manifiesta incongruencia en el frente mismo. ¿Cómo podría ser el fin de un período ser de larga y prolongada duración? Especialmente, ¿cómo podría ser el fin mayor que el período del cual es el fin? Ha transcurrido ya más tiempo desde la encarnación que el transcurrido desde el momento en que se dio la ley hasta la primera venida de Cristo; de modo que, según esta hipótesis, el fin del siglo es mucho más largo que el siglo mismo. A tales paradojas son conducidos los intérpretes por una falsa teoría. Pero, así como en una teoría verdadera en la ciencia, cada hecho encaja fácilmente en su lugar, y apoya a todo el resto, así también en una teoría verdadera de interpretación cada pasaje encuentra una fácil solución. y contribuye con su parte a sostener la corrección del principio general. SUCESOS QUE
ACOMPAÑAN La
Resurrección de los Muertos; la Transformación de Al entrar en esta grande y solemne porción de la Palabra de Dios, deseamos hacerlo con profunda reverencia y humildad de espíritu, temiendo apresurarnos donde los ángeles podrían temer pisar; y ansiosamente solícitos, "extraer de las palabras inspiradas lo que hay realmente en ellas, y no poner en ellas nada que no esté realmente allí". También, nos aventuramos a rogar la sinceridad judicial del lector. Puede que se le haga una demanda de paciencia que al principio apenas pueda estar preparado para satisfacer. Las antiguas tradiciones y las opiniones preconcebidas no tienen paciencia con las contradicciones, y hasta la verdad puede a menudo estar en peligro de ser desdeñada como tontería sólo porque es novedosa. El lector puede tener la seguridad de que cada palabra se expresará con toda honestidad, después de haber agotado todos los esfuerzos para descubrir el verdadero significado del texto, y con un espíritu de lealtad y sumetimiento a la suprema autoridad de las Escrituras. No le toca al intérprete vindicar los dichos de la inspiración; todo su cuidado debería consistir en descubrir cuáles son esos dichos. ..........
Si bien no cae dentro del ámbito de esta investigación entrar en una exposición detallada de pasajes que no afectan directamente la cuestión de la Parusía, parece necesario que nos refiramos al estado de opinión en la iglesia de Corinto que dio ocasión al argumento y la amonestación de Pablo. La resurrección de Cristo Jesús de entre los muertos es uno de los grandes testimonios de la verdad del cristianismo mismo. Si esto es verdad, todo es verdad; si es falso, la estructura entera cae al suelo. En el breve resumen de las verdades fundamentales del evangelio, resumen que fue dado por el apóstol al comienzo de este capítulo, se hizo énfasis especial en el hecho de la resurrección de Cristo, y en la evidencia en la cual descansaba. Era "según las Escrituras". Fue confirmada por el positivo testimonio de testigos presenciales: "Y apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez", la mayoría de los cuales estaban vivos todavía cuando el apóstol escribió. Después de eso, fue visto por Jacobo; luego, por todos los apóstoles. "Y al último de todos, me apareció a mí". El énfasis puesto en la palabra apareció no puede dejar de ser subrayada. La evidencia es irresistible; es demostración ocular, testificada, no por uno, ni por dos, sino por una multitud de testigos, hombres que no mentirían, y que no podían ser engañados. Y, sin embargo, parece que había algunos corintios que decían que "no hay resurrección de los muertos". Nos parece incomprensible cómo una negación tal podía ser compatible con un discipulado cristiano. No se dice, sin embargo, que ellos cuestionaban el hecho de la resurrección de Cristo, aunque el apóstol muestra que los principios de ellos conducían a esa conclusión. Su argumento para ellos es un reductio ad absurdum. Los pone en un estado de negación en blanco, en el cual no hay ningún Cristo, ningún cristianismo, ninguna veracidad apostólica, ninguna vida futura, ninguna salvación, ninguna esperanza. Han cavado el terreno bajo sus propios pies, y se han quedado sin un Salvador, en tinieblas y en desesperación. Pero, como hemos dicho, ellos no parecen haber negado el hecho de la resurrección de Cristo; por el contrario, éste es el argumento pr medio del cual el apóstol les convence de que su posición es absurda. Si no hubiesen admitido esto, el argumento del apóstol no habría tenido ningún poder, ni habrían podido ser considerados creyentes cristianos en absoluto. Las epístolas a los tesalonicenses, sin embargo, arrojan alguna luz sobre este extraño escepticismo. Una opinión no muy diferente parece haber prevalecido en Tesalónica. Así, por lo menos, lo inferimos de 1 Tesa. 4:13, etc. Se habían entregado a la desesperación a causa de la muerte de algunos de sus amigos antes de la venida del Señor. Parecen haber considerado esto como una calamidad que excluía a los fallecidos de una participación en las bendiciones que esperaban a la revelación de Cristo Jesús. El apóstol calma sus temores y corrige sus errores declarando que los santos que han partido no sufrirán ninguna desventaja, sino que serán levantados otra vez a la venida de Cristo, y entrarán, junto con los vivos, en la presencia y el gozo del Señor. Esto muestra que había dudas sobre la resurrección de los muertos en la iglesia de Tesalónica, así como en la de Corinto; y es muy probable que estas dudas fueran de la misma naturaleza en ambas iglesias. El ansioso deseo de todos los cristianos era estar vivos a la venida del Señor. La muerte, pues, era considerada una calamidad. Pero no habría sido una calamidad si hubiesen estado conscientes de que habría una resurrección de los muertos. Esta era la verdad que, o no sabían, o no creían. Pablo trata la duda en Tesalónica como ignorancia, en Corinto como error; y es muy probable que, entre una gente tan engreída y tan pragmática como los corintios, esta opinión asumiera una forma más decidida y más peligrosa. Puede observarse también que el apóstol trata el caso de los tesalonicenses con mucho del mismo razonamiento con que trata el de los corintios, es decir, con una apelación al hecho de la resurrección de Cristo: "Si creemos que Cristo murió y resucitó", etc. (1 Tes. 4:14). Ambos casos, pues, son muy similares, si no precisamente paralelos. Podemos imaginar fácilmente que, para los primeros cristianos, que a menudo sufrían encarnizada persecución, y que observaban ávidamente esperando la venida del Señor, debe haber sido un doloroso chasco ser arrebatados por la muerte antes del cumplimiento de sus esperanzas. Añádase a esto la dificultad que la idea de la resurrección de los muertos presentaría naturalmente a los conversos gentiles (1 Cor. 15:35). Era una doctrina de la cual se burlaban los filósofos de Atenas; que hizo exclamar a Festo: "Estás loco, Pablo", y que los científicos de aquel tiempo declararon absurda, una cosa "imposible hasta para Dios". Hasta aquí la probable naturaleza y el probable origen de este error de los corintios. Al combatirlo, el apóstol atribuye la gloriosa bienaventuranza de la resurrección a la interposición mediadora de Cristo. Es parte de los beneficios que surgen de la obra redentora. Así como el primer Adán trajo la muerte, el segundo Adán trae la vida; y, como garantía de la resurrección de su pueblo, Él mismo resucitó de entre los muertos, y se convirtió en las primicias de la gran cosecha de la tumba. Pero hay un debido orden y una debida sucesión en esta nueva vida del futuro. Así como las primicias preceden y predicen la cosecha, la resurrección de Cristo precede y garantiza la resurrección de su pueblo. "Cristo, las primicias, luego los que son de Cristo EN SU VENIDA". Esta es una declaración de lo más importante, y afirma sin ambigüedades lo que es, de hecho, la enseñanza uniforme del Nuevo Testamento, de que la Parusía debía ser seguida inmediatamente por la resurrección de los muertos durmientes. Él viene "para despertar a los que duermen". La Primera Epístola a los Tesalonicenses proporciona el hiato que el apóstol deja aquí: "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor" (1 Tes. 4:16,17). En el pasaje que tenemos delante, el apóstol no entra en esos detalles; argumenta a favor de la resurrección, y se detiene bruscamente en ese punto en cuanto al presente, añadiendo sólo las significativas palabras: "Luego el fin" [], como diciendo: "Este es el fin"; "Hecho está"; "El misterio de Dios está consumado". Pero podemos aventurarnos a preguntar: "¿Qué es este fin?" No es un término nuevo, sino una frase familiar con la cual nos hemos encontrado a menudo antes, y con la cual nos encontraremos a menudo nuevamente. Si regresamos al discurso profético de nuestro Señor, encontramos casi las mismas significativas palabras: "Entonces vendrá el fin" [] (Mat. 24:14), y ellas nos proporcionan la clave del significado aquí. Contestando la pregunta de los discípulos: "Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del mundo?", nuestro Señor especifica ciertas señales, como la persecución y el martirio de algunos de los discípulos mismos; el enfriamiento y la apostasía de muchos; la aparición de falsos profetas y engañadores; y, por último, la proclamación general del evangelio por todas las naciones del imperio romano; y "entonces", declara, "vendrá elfin". ¿Puede haber la más ligera duda de que el , de la profecía es el , de la epístola? ¿O puede haber duda de que ambos son idénticos al , en la pregunta de los discípulos? (Mat. 24:3). Pero hemos visto que esta última frase se refiere, no al "fin del mundo", ni a la destrucción de la tierra material, sino al fin de la época, o dispensación, que en ese momento estaba a punto de expirar. Concluimos, pues, que "el fin" del cual habla Pablo en 1 Cor. 15:24 es la misma y grande época que tan continua y prominentemente se mantiene a la vista tanto en los evangelios como en las epístolas, cuando todo el sistema civil y eclesiástico de Israel, con su ciudad, su templo, su nacionalidad, y su ley fueron barridos de la existencia por una tremenda oleada de juicio. Esta visión del "fin", en referencia a la terminación de la economía o era judía, parece proporcionar una solución satisfactoria de un problema que ha causado mucha perplejidad a los comentaristas, o sea, la entrega del reino por parte de Cristo. El apóstol la expresa dos veces, como uno de los grandes acontecimientos que acompañan a la Parusía, cuando el Hijo, habiendo puesto bajo sus pies todo dominio, toda autoridad y potencia "entregue el reino al Dios y Padre" (vers. 24, 28). ¿Qué reino? No hay duda de que es el reino que el Cristo, el Rey ungido, se encargó de administrar como representante y vicerregente de su Padre, es decir, el reino teocrático, con cuya soberanía Él fue solemnemente investido, según la declaración de Salmos 2: "Pero yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engrendré hoy" (Sal. 2:6,7). Esta soberanía mesiánica, o teocracia, llegó a su fin cuando el pueblo que era súbdito suyo cesó de ser la nación del pacto; cuando el pacto fue disuelto de hecho, y la estructura y el aparato enteros de la administración teocrática fueron abolidos. Qué más razonable que el Hijo entonces "entregase el reino", habiendo sido satisfechos los propósitos de su institución, y habiendo sido reemplazado su limitado carácter local y nacional por un sistema mayor y universal, el ',' o nuevo orden de un "mejor pacto". Esta entrega del reino al Padre en la Parusía - al final de la época - está representada como consecuente con el sometimiento de todas las cosas a Cristo, el Rey teocrático. Esto no puede referirse a las conquistas amables y pacíficas del evangelio, la reconciliación de todas las cosas a Él: el lenguaje implica una conquista violenta y victoriosa sobre potencias hostiles: "Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies". Quiénes pueden ser esos enemigos puede inferirse de la historia final de la teocracia. Incuestionablemente, la más formidable oposición al Rey y al reino se encontró en el corazón de la nación teocrática misma, los principales sacerdotes y las autoridades del pueblo. Las más altas autoridades y los dirigentes de la nación eran los enemigos más encarnizados del Mesías. Era un antagonismo nacional, no extranjero - una enemistad de los judíos, no de los gentiles - lo que rechazó y crucificó al Rey de Israel. El procurador romano no fue sino un instrumento de mala gana en las manos del Sanedrín. Eran el gobierno judío, la autoridad judía, el poder judío, los que incesante y sistemáticamente perseguían a la secta de los nazarenos con la más persistente malignidad, y éstos eran el "dominio, la autoridad, y potencia" que, por medio de la destrucción de Jerusalén y la extinción del estado judío, fueron "puestos bajo sus pies" y aniquilados. Las terribles escenas de la guerra final, especialmente del sitio y la captura de Jerusalén, nos muestran lo que implica esta subyugación de los enemigos de Cristo. "Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí" (Luc. 19:27). Pero, ¿qué diremos de la destrucción del "postrer enemigo, la muerte"? ¿No es fatal para esta interpretación el hecho de que ella nos requiera poner la abolición del dominio de la muerte, y la resurrección, en el pasado, y no en el futuro? ¿No contradice esto los hechos y el sentido común, y por consiguiente, no revela la falacia de la explicación entera? Por supuesto, si el lenguaje del apóstol sólo puede significar que, en la Parusía, al dominio de la muerte sobre todos los hombres se le puso fin en todas partes y para siempre, se deduce que, o que él estaba errado al hacer semejante aserto, o que la interpretación que le hace decir esto está errada. Que él afirma que, en la Parusía (el tiempo que es defendido incontrovertiblemente en el Nuevo Testamento como contemporáneo con la destrucción de Jerusalén), la muerte será destruida, es lo que nadie puede negar en toda justicia; pero no se deduce que hemos de entender esa expresión en un sentido absolutamente ilimitado y universal. La raza humana no dejó de existir en sus condiciones terrenales actuales a la destrucción de Jerusalén; el mundo no llegó a su fin en ese entonces; los hombres continuaron naciendo y muriendo según las leyes de la naturaleza. ¿Qué ocurrió entonces? Debemos concebir aquel período como el fin de una época, o edad; el fin de una gran era; la conclusión de una dispensación, y el juicio de los que habían sido puestos bajo aquella dispensación. La totalidad de los sujetos a aquella dispensación (el reino de los cielos), tanto los vivos como los muertos, debían, según la representación de Cristo y sus apóstoles, ser convocados delante del Rey teocrático sentado en el trono de su gloria. Aquel era el período predicho y señalado de aquella gran transacción judicial que se nos presenta en la descripción parabólica de las ovejas y los cabritos (Mat. 25:31, etc)., cuyas señales externas y visibles qudaron estampadas indeleblemente en los anales del tiempo por la terrible catástrofe que borró a Israel de su lugar entre las naciones de la tierra. Es verdad que los acompañamientos espirituales e invisibles de aquel juicio no han sido registrados por los historiadores, porque los sentidos humanos no podían comprenderlos ni verificarlos; pero, ¿qué cristiano puede vacilar en creer que, contemporáneamente con el juicio externo de lo visto, había un juicio correspondiente de lo no visto? Tal, por lo menos, es la inferencia que se puede deducir correctamente de las enseñanzas del Nuevo Testamento. Que en la gran época de la Parusía los muertos y los vivos - no de la raza humana entera, sino los súbditos del reino teocrático - debían ser reunidos delante del triibunal del juicio, lo afirman claramente las Escrituras; siendo los muertos resucitados, y los vivos experimentando una transformación instantánea. De este llamado de los muertos a la vida - la resurrección de los que, durante el reino teocrático, habían sido víctimas y cautivos de la muerte - concebimos que consiste la "destrucción" de la muerte a la que se refiere Pablo. Sobre ellos perdió la muerte su dominio; "los espíritus encarcelados" fueron liberados de la custodia de su inexorable tirano; y ellos, siendo levantados de los muertos, "no morirían más". "La muerte no tendría más poder sobre ellos". Que esto está en perfecta armonía con la enseñanza de las Escrituras sobre este misterioso tema, y de hecho explica lo que ninguna otra hipótesis puede explicar, aparecerá más completamente más adelante. Mientras tanto, puede observarse que expresiones como la "destrucción" o la "abolición" de la muerte no siempre implican la terminación total y final de su poder. Leemos que "Jesucristo quitó la muerte" (2 Tim. 1:10). Cristo mismo declaró: "El que guarda mi palabra, nunca verá muerte" (Juan 8:51); "Todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente" (Juan 11:26). Debemos interpretar la Escritura de acuerdo con la analogía de la Escritura. Todo lo que podemos afirmar correctamente con respecto a la "destrucción de la muerte" en el pasaje que tenemos delante es que es coextensivo a todos los que, en la Parusía, fueron resucitados de entre los muertos. A esto parece referirse nuestro Señor en su respuesta a los saduceos: "Mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles", etc. (Lucas 20: 35,36). Para ellos, la muerte está destruida; para ellos la muerte es sorbida en victoria. Así, el argumento del apóstol en los versículos 26, 54, y los siguientes en realidad no afirman más que esto: Para los resucitados de entre los muertos, no hay más sujeción a la muerte; la liberación de su esclavitud es completa; el aguijón ha sido quitado; el poder de la muerte ha terminado; ellos pueden exclamar: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Así como "Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, no muere más, la muerte ya no tiene más dominio sobre él", así también, en la Parusía, su pueblo fue emancipado para siempre de la cárcel de la tumba; "y el postrer enemigo que será destruido, para ellos, es la muerte". LOS VIVOS
(SANTOS) TRANSFORMADOS
Esta declaración suple lo que faltaba en la declaración hecha en el vers. 24, y pone el todo en armonía con 1 Tesa. 4:17. El lenguaje de Pablo implica que estaba comunicando una revelación que era nueva, y que presumiblemente se le había hecho a él mismo. No puede decirse que se deriva de ningún pronunciamiento del Salvador que haya sido registrado, ni encontramos ninguna declaración correspondiente en ningún otro escrito apostólico. Pero la pregunta para nosotros es: ¿A quiénes se refiere al apóstol cuando dice: "No todos dormiremos", etc.? ¿Es a ciertas personas hipotéticas que vivirían en alguna época o algún tiempo distante, o está pensando en los corintios y en él mismo? ¿Por qué pensaría en el futuro distante cuando es seguro que él consideraba la Parusía como inminente? ¿Por qué no se refería a él mismo y a los corintios cuando su común esperanza y expectación era que vivirían para presenciar la Parusía? No hay una razón concebible, pues, de por qué se apartó de la correcta fuerza gramatical del lenguaje. Cuando el apóstol dice "nosotros", sin duda quiere decir los cristianos de Corinto y él mismo. Alford aprueba esta conclusión plenamente: "Nosotros los que vivimos y quedamos hasta la venida del Señor" - en cuyo número el apóstol creía firmemente que él mismo debía estar. (Véase 2 Cor. 5:1 y ss. Y las notas)". La revelación, pues, que el apóstol comunica aquí, el secreto concerniente al futuro destino de ellos, es este: Que no todos ellos tendrían que pasar la dura prueba de la muerte, sino que aquellos de ellos que tuvieran el privilegio de vivir hasta la Parusía sufrirían una transformación por medio de la cual estarían preparados para entrar al reino de Dios, sin experimentar los dolores de la disolución. Acababa de explicar (vers. 50) que los cuerpos materiales y corruptibles de carne y sangre no podían, en la naturaleza de las cosas, ser aptos para un estado espiritual y celestial de la existencia: "Carne y sangre no pueden heredar el reino de Dios". De aquí la necesidad de que lo material y corruptible sea transformado en lo inmaterial e incorruptible. Aquí es importante observar la representación de la verdadera naturaleza del "reino de Dios". No es "el evangelio"; ni la "dispensación cristiana"; ni ningún estado terrenal de cosas en absoluto, sino un estado celestial, en el cual carne y sangre no pueden entrar. La suma de todo esto es que el apóstol evidentemente contempla el suceso del cual está hablando como cercano y a las puertas: ha de ocurrir en sus propios días, antes de que expire el término natural de la vida. ¿Y no es esto precisamente lo que hemos encontrado en todas las referencias del Nuevo Testamento al tiempo de la Parusía? De ese suceso nunca se habla como si estuviera distante, sino siempre como inminente. Se mira hacia él, se vela por él, se le espera. Algunos hasta se apresuran a llegar a la conclusión de que ha llegado, pero su precipitud es detenida por el apóstol, que demuestra que ciertos antecedentes tienen que ocurrir primero. Llegamos a la conclusión, pues, de que, cuando Pablo dijo: "No todos dormiremos", se refería a sí mismo y a los cristianos de Corinto, los cuales, cuando recibieron esta carta y leyeron estas palabras, sólo pudieron interpretarlas de una manera, es decir, que muchos, quizás la mayoría, posiblemente todos ellos, vivirían para presenciar la consumación de lo que él predijo. Pero se repetirá la objeción: ¿Cómo podría tener lugar todo esto sin que se notase o se registrase? Primero, en relación con la resurrección de los muertos, debe considerarse cuán poco sabemos de sus condiciones y características. ¿Tiene que ser observada? ¿Tiene que ser cognoscible por los órganos materiales? "Resucitará cuerpo espiritual". ¿Puede un cuerpo espiritual ser visto, tocado, manipulado? No estamos seguros de que el ojo pueda ver lo espiritual, o de que la mano pueda asir lo inmaterial. Por el contrario, la presunción y las probabilidades son de que no. Toda esta resurrección de los muertos y la transmutación de los vivos tienen lugar en la región de lo espiritual, a la cual los espectadores e informadores terrenales no pueden entrar, y no podrían ver nada si entraran. Puede necesitarse un milagro para permitir que el ojo vea lo invisible sin ayuda. El profeta vio en Dotán el monte lleno de "carruajes de fuego, y caballos de fuego", pero el siervo del profeta no veía nada, hasta que Eliseo oró: "Señor, abre sus ojos, para que vea" (2 Reyes 6:17). El primer mártir cristiano, lleno del Espíritu Santo, "vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la diestra de Dios", pero ninguno de entre la multitud que le rodeaba contempló esta visión (Hechos 7:56). En el camino a Damasco, Saulo de Tarso vio "a Aquél", pero sus compañeros de viaje no vieron a nadie (Hechos 9:7). No es improbable que los conceptos tradicionales y materialistas de la resureección - tumbas que se abren y cuerpos que emergen - prejuicien la imaginación sobre este tema, y nos hagan pasar por alto el hecho de que nuestros órganos materiales pueden aprehender sólo objetos materiales. Segundo, en relación con la
transformación de los santos vivos - a la cual se refiere el apóstol
como instantánea, "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos" - es
difícil entender cómo una traansición tan rápida pueda ser objeto de
observación. Lo único que sabemos de la transformación es su
inconcebible rapidez. No sabemos nada de qué residuo deja tras de
sí; qué disipación o qué resolución queda de la substancia material.
Pues que nada sabemos, puede realizarse la imaginación del poeta:
Todo lo que sabemos es que, "en un momento, en un abrir y cerrar de ojos", el cambio se habrá completado; "esto corruptible se habrá vestido de incorrupción, esto mortal se habrá vestido de inmortalidad, y sorbida habrá sido la muerte en victoria". Entonces, ¿qué impide llegar a la conclusión de que tales sucesos puedan haber tenido lugar sin ser observados ni registrados? No hay nada antifilosófico, irracional, ni imposible en esta suposición. Menos todavía. No hay en ello nada antibíblico, y esto es todo de lo cual tenemos que preocuparnos. "¿Qué dicen las Escrituras?" ¿Afirma claramente o da a entender el lenguaje de Pablo que todo esto sólo está a punto de tener lugar, dentro de su propia vida y de la de aquellos a los cuales escribe? Ninguna mente sincera y desapasionada negará que es así. Ya sea que esté en lo cierto o que esté equivocado, el apóstol confía en esta representación de la venida de Cristo, la resurrección de los muertos, y la transformación de los santos vivos, dentro de la vida natural de los corintios y de él mismo. Se nos presenta, pues, este dilema:
Hay todavía una circunstancia en esta descripción que debe ser examinada, pues tiene que ver con la cuestión del tiempo. La transformación que se dice que experimentarían "nosotros los que vivimos, los que hayamos quedado hasta la venida del Señor", sigue inmediatamente a la señal de "la final trompeta". Es notable que hay otros dos pasajes que conectan el gran acontecimiento de la Parusía, y sus transacciones concomitantes, con el sonido de una trompeta. "Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos", etc. (Mat. 24:31). Así también Pablo en 1 Tesa. 4:16: "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios", etc. Pero surge la pregunta: ¿Por qué la final trompeta? Este epíteto necesariamente sugiere otras trompetas o señales precedentes, y se nos recuerda irresistiblemente la visión apocalíptica, en la cual siete ángeles son representados como haciendo sonar otras tantas trompetas, cada una de las cuales es la señal para el derramamiento de juicios y ayes sobre la tierra. Por supuesto, la séptima trompeta es la última, y es una cuestión interesante qué conexión puede haber entre la revelación en la epístola y la visión en Apocalipsis. Alford (en oposición a Olshausen) considera que es un refinamiento de la palabra final para identificarla con la séptima trompeta del Apocalipsis; pero su propia sugerencia, de que es la final "en un sentido amplio y popular" parece mucho menos satisfactoria. En esta etapa, nos abstenemos de entrar en una discusión de los símbolos apocalípticos, pero nos contentamos con la sola observación de que el sonar de la séptima trompeta en Apocalipsis está en realidad conectada con el tiempo del juicio de los muertos (Apoc. 11:18). El tema entero aparecerá delante de nosotros en una etapa subsiguiente de la investigación, y ahora seguimos adelante, sólo tomando nota del hecho de que aquí encontramos un enlace indubitable entre el elemento profético en las Epístolas y el de Apocalipsis. LA CONTRASEÑA
APOSTÓLICA: 1 Cor. 16:22.- "Maranatha" [El Señor Viene]. El argumento entero a favor de la anticipada cercana aproximación de la Parusía queda remachado por la última palabra del apóstol, que viene con tanto mayor peso cuanto que fue escrito de su puño y letra, y transmite en una palabra la esencia concentrada de su exhortación - "Maranhata, el Señor viene". Esta ppalabra equivale a libros enteros. Es la contraseña que el apóstol hace pasar a lo largo de la línea de las huestes cristianas; el grito de reunión que inspiró valor y esperanza en cada corazón. "¡El Señor viene!" No habría tenido ningún sentido si el acontecimiento al cual se refiere fuese distante o dudoso; toda su fuerza reside en su certeza y en su cercanía. "Una contraseña de peso", dice Alford, "que tiende a recordarles la cercanía de su venida, y el deber de ser encontrados listos para ella". Hengstenberg ve en ella una obvia alusión a Mal. 3:1. "Vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien buscáis ... He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos". "La palabra Maranatha, que llama tanto la atención en una epístola escrita en griego, y para griegos, es en sí misma suficiente indicación de un fundamento en el Antiguo Testamento. La retención de la forma aramea sólo puede explicarse con la suposición de que era una especie de contraseña común a todos los creyentes; y ninguna expresión podría haber llegado a ser tan usada si no hubiese sido tomada de las Escrituras. Apenas puede haber alguna duda de que fue tomada de Mal. 3:1". Podemos añadir que la ocurrencia de esta palabra aramea en una epístola griega indica la existencia de un fuerte elemento judío en la iglesia de Corinto. Esto ocurría probablemente en todas las iglesias gentiles; la sinagoga era el núcleo de la congregación cristiana, y sabemos que en Corinto era así especialmente: Justo, Crispo, y Sóstenes pertenecieron a la sinagoga antes de pertenecer a la iglesia; y en realidad, esto explica lo que de otro modo parecería una dificultad - el interés directo de la iglesia de Corinto en la gran catástrofe, el asiento y el centro de la cual era Judea. LA SEGUNDA
EPÍSTOLA A ANTICIPACIÓN DEL "FIN" Y DEL "DÍA DEL SEÑOR"
En el ver. 14, encontramos que
Pablo espera la venida del Señor como un tiempo de gozosa recompensa
para los fieles siervos de Dios, un tiempo que estaba tan cercano
que, como les había dicho en su anterior epístola, los juicios y las
censuras sobre los humanos podrían muy bien ser aplazados hasta su
llegada (1 Cor. 4:5). Cuando llegara ese día, el apóstol y sus
conversos se regocijarían los unos con los otros. ¿Puede suponerse
que él podría pensar en ese día de otro modo que como muy cercano?
¿Tiene todavía que comenzar ese regocijo? Porque, si el día del
Señor estuviera todavía en el futuro, también debería estarlo el
regocijo. LOS MUERTOS EN
CRISTO HAN DE SER PRESENTADOS
Ahora entramos en una afirmación de lo más importante, que merece especial atención. Quizás su verdadero significado ha sido oscurecido un poco al considerarlo como una proposición general, en vez de algo personal para el apóstol mismo. Conybeare y Howson observan:
Ya hemos visto (1 Tes. 4:15 y 1 Cor. 15:51) que el apóstol acariciaba la esperanza de que él mismo estaría entre los "vivos", que quedarían "hasta la venida del Señor". En esta epístola, sin embargo, parece como si esta esperanza en relación con él mismo hubiese sido sacudida un poco. Su experiencia en el intervalo entre la Primera Epístola y la Segunda había sido tal que le llevó a temer una muerte súbita. (Véase cap. 1:8, etc.). Su "tribulación en Asia" le había hecho perder la esperanza de vivir, y probablemente pensaba que no podría calcular escapar a la maligna hostilidad de sus enemigos por mucho más tiempo. Ahora tenía "la sentencia de muerte en sí mismo"; llevaba "en su cuerpo la muerte del Señor Jesús", y pensaba que sería "siempre entregado para muerte por amor a Jesús". Pero esta anticipación no
disminuyó la confianza con la cual esperaba el futuro; porque,
aunque muriese antes de la Parusía, no por eso perdería su parte en
los triunfos y las glorias de ese día. Se le aseguró que "el que
levantó al Señor Jesús también le levantaría a él por medio de
Jesús, y le presentaría junto con los santos que estuviesen vivos
que sobrevivieran a ese período. Él no estaría ausente del gran
acontecimiento a la venida del Señor (2 Tes. 2:1), sino que sería
"presentado", junto con sus amigos de Corinto y de otros lugares,
"ante la presencia de su gloria". De hecho, el apóstol se consuela
ahora con las mismas palabras con las cuales había confortado a los
desconsolados dolientes de Tesalónica. Pablo parece haber abandonado
la esperanza de que él mismo viviría para presenciar la gloriosa
aparición del Señor; pero no estaba menos persuadidos de que no
sufriría ninguna pérdida si tenía que morir; porque, como les había
enseñado a los tesalonicenses, "traerá Dios con Jesús a los que
durmieron en él", y los santos vivos no tendrían en aquel día
ninguna ventaja sobre los que dormían (1 Tes. 4:14,15). EXPECTATIVA DE
LA FUTURA
Este es el relato más completo que tenemos de la misteriosa transición que el espíritu humano experimenta cuando abandona su morada terrenal y entra al nuevo organismo preparado para recibirle en el mundo eterno. Llega a nosotros respaldado por la más alta autoridad - es la profesión de su fe hecha por un apóstol inspirado -, uno que podía decir: "Yo sé". Es la declaración de esa esperanza lo que sostenía a Pablo, y sin duda también a la fe común de la iglesia cristiana entera. Sin embargo, el pasaje debería ser estudiado desde el punto de vista del apóstol, como su personal expectación y esperanza. Obsérvese la forma de la afirmación - es más bien hipotética que afirmativa: "Si este tabernáculo terrestre se disuelve", etc. Esta no es la manera en que un cristiano hablaría en la actualidad con respecto a la posibilidad de morir; no habría ningún "si" en su pronunciamiento, pues, ¿qué más cierto que la muerte? Diría: "Cuando este tabernáculo terrestre sea enterrado", etc., no "si sucediese", etc. Pero no así el apóstol; para él la muerte era un acontecimiento problemático; creía que muchos, quizás la mayoría, de los fieles de sus días jamás sufrirían el cambio de la disolución; no estarían desnudados, esto es, incorpóreos, sino que estarían "vivos y quedarían hasta la venida del Señor". Quizás en este momento comenzaba a tener dudas con respecto a su propia supervivencia; pero, entonces, ¿qué? Aunque la morada terrenal de su cuerpo se disolviera, sabía que había provista para él habitación divinamente preparada, o un vehículo del alma; una mansión indestructible y celestial, no hecha de manos; un cuerpo no material, sino espiritual. Encontraba que su actual residencia en el cuerpo de carne y sangre estaba acompañada de tristeza y sufrimiento, bajo cuya carga a menudo gemía, y la liberación de la cual ansiaba, deseando fervientemente ser revestido de la vestidura celestial que le esperaba en lo alto (ver. 2). El concepto pagano de un espíritu incorpóreo, un fantasma desnudo y tembloroso, era extraño a las ideas de Pablo; su esperanza y su deseo era que pudiera ser encontrado "vestido, no desnudo"; "no ser desnudados, sino revestidos". De entre todos los comentaristas, Conybeare y Howson han captado y expresado mejor la idea del apóstol: "Si todavía soy encontrado cubierto con mi vestimenta de carne". No era la muerte, sino la vida, lo que el apóstol anticipaba y deseaba; no ser desnudado del cuerpo, sino cubierto con un organismo más excelente, y dotado de una vida más noble. Hay una inconfundible alusión en este lenguaje a la esperanza que acariciaba de escapar a la condena de la mortalidad, "no quisiéramos ser desnudados", etc., es decir, "no es que yo desee dejar el cuerpo muriendo", sino fusionar lo mortal con lo inmortal; "para que lo mortal sea absorbido por la vida". El siguiente comentario de Dean Alford transmite bien el sentimiento de este importante pasaje:
En los versículos subsiguientes, el apóstol intima su plena confianza de que, en cualquiera de las dos alternativas, ya fuera viviendo o muriendo, todo estaba bien. "Entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor". "Más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor". En todo caso, ya fuese presente o ausente, su gran preocupación era ser aceptado por el Señor por fin; "porque", añade, "es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo" (vers. 6-10). Así, el apóstol trae la cuestión entera a una encrucijada personal y práctica. Todos por igual van camino al tribunal de Cristo, y allí todos se encontrarán finalmente. Algunos morirían antes de la venida del Señor, y algunos podrían vivir para presenciar ese acontecimiento; pero todos serían reunidos allí, en el tribunal, y ser aceptados y aprobados allí era, después de todo, una cuestión más importante que vivir o morir; "dormir en el Señor", o ser "transformados" sin pasar por los dolores de la disolución. El tribunal era la meta para todos ellos, y hemos visto cuán cercana e inminente se creía que era aquella comparecencia. Que toda esta fe y toda esta esperanza sinceras, acariciadas y enseñadas por los inspirados apóstoles de Cristo, fuese, después de todo, una mera falacia y un engaño, parece una intolerable suposición, fatal para la credibilidad y la autoridad de la doctrina apostólica. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A LOS GÁLATAS No encontramos ninguna alusión
directa a la Parusía en la Epístola a los Gálatas. Ella contribuye,
sin embargo, a dilucidar el tema, proporcionando una ilustración de
la primera aparición y el rápido crecimiento de la defección de la
fe predicha por nuestro Señor y designada por Pablo como "la
apostasía" o "enfriamiento", que era señal precursora de la Parusía.
(Véase Mat. 24:12; 2 Tesa. 2:3; 1 Tim. 4; 2 Tim. 3; 4:3,4). La plaga
ya había brotado en las iglesias de Galacia, y en esta epístola
vemos cuán fervientemente trató el apóstol de detener su progreso,
protestando vehementemente contra esta perversión del evangelio, y
denunciando a sus originadores y propagandistas como enemigos de la
cruz de Cristo. El mal surgía de las artes de los maestros
judaizantes, que por todas partes eran los inveterados oponentes de
Pablo, y que parecen haber estado poseídos del mismo espíritu de
proselitismo que distinguía a los fariseos, que "rodeaban mar y
tierra para hacer un prosélito". En esta manifestación de la
apostasía predicha, tenemos una marcada indicación de la
aproximación de "los últimos tiempos" o del "fin del tiempo".
"EL PRESENTE SIGLO MALO", O LA ÉPOCA MALA Gál. 1:4. "El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo". El apóstol habla aquí del estado
de cosas existente como malo, y del Señor Jesucristo como el que nos
libra de él. La palabra época [o eón] no se refiere por supuesto al
mundo material, la tierra, sino al mundo moral, o época moral. Es
equivalente a la frase que ocurre tan a menudo en los evangelios, "esta
generación perversa" (Mat. 2:45, etc.). El presente siglo malo es
considerado como que está pasando, y a punto de ser sucedido por un
nuevo orden, el . (Heb. 2:5). LAS DOS JERUSALENES, LA ANTIGUA Y LA NUEVA
En este momento, no es nuestra intención hacer otra cosa que simplemente tomar nota de este notable contraste entre las dos ciudades, la nueva Jerusalén y la antigua. En esta etapa, nos abstenemos, a propósito, de entrar en símbolos y su significado, hasta que toquemos el tema entero en el libro de Apocalipsis. Mientras tanto, se le solicita al lector que tome nota cuidadosa del contraste que se presenta aquí. La Jerusalén que ahora es, y la Jerusalén que habrá de ser; la Jerusalén terrenal, y la Jerusalén celestial; la Jerusalén que está en esclavitud, y la Jerusalén que es libre; la Jerusalén que está debajo, y la Jerusalén que está arriba; la Jerusalén que es madre de esclavos, y la Jerusalén que es nuestra madre. Descubriremos que este contraste nos será de no poco valor para establecer el significado de algunos de los símbolos del Apocalipsis. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A LOS ROMANOS Las alusiones a la venida del Señor en esta epístola no son muchas en número, pero son muy importantes e instructivas. Se habla de la venida como de algo que con toda certeza era creído y ansiosamente esperado por los cristianos de la era apostólica; y el hecho de su cercanía está o implícito o afirmado en cada alusión al acontecimiento. EL DÍA DE LA IRA
No puede haber ninguna duda con
respecto a este "día de la ira" y "revelación del justo juicio de
Dios". Es el mismo que fue predicho por Malaquías como "el día
grande y terrible de Jehová" (Mal. 4:5); por Juan el Bautista como
"la ira venidera" (Mat. 3:7); y por el Señor Jesucristo como "el día
del juicio" (Mat. 11:22,24). Era el acto final de la época, el . Es
apenas necesario repetir que este "fin" se dice que cae dentro del
período de la generación existente, cuando el Hijo del hombre, el
Juez designado, "pagará a cada uno según sus obras" (Mat. 16:27).
LA ESCATOLOGÍA DE PABLO
Hay algunas cosas en este pasaje que son, y probablemente continuarán siendo, oscuras por la naturaleza del tema; pero también hay mucho que es sencillo y claro. No podemos confundir la regocijada anticipación, expresada por Pablo, de un venidero día de liberación de los sufrimientos y miserias del presente; una liberación que estaba ya allí, y no lejana. Venía un día de redención que traería libertad y gloria para los hijos de Dios, de cuyos beneficios participaría la creación entera. La llegada de aquella consumación era esperada y deseada ansiosamente, no sólo por los que, como el apóstol mismo, tenían la esperanza de una herencia interminable y gloriosa arriba, sino por la creación que sufre cargas y gime en general, por la cual estaban rodeados. Tan estimulante era la perspectiva de la emancipación venidera que, en vista de ella, el apóstol pudo decir: "Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse"; o, como dice un pasaje similar: "Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria" (2 Cor. 4:17). Ahora procedemos a examinar el pasaje completo más particularmente. El primer punto que exige atención es la clara indicación de la cercanía de esta gloria venidera. En nuestra Versión Autorizada [en inglés] se pierde esto de vista por completo; y de manera similar, ha sido ignorado casi por todos los comentaristas. Hasta Alford, que por lo general es muy cuidadoso en su atención a los tiempos verbales, pasa por este caso evidente sin hacer ninguna observación, aunque nada puede ser más gramaticalmente enfático que la indicación de la cercanía de la esperada revelación. Tholuck observa que el apóstol habla del tiempo como cercano - "En gozosa exultación, el apóstol concibe su comienzo como a la mano"- pero considera errado al apóstol, y que se ha dejado llevar de sus sentimientos. Conybeare y Howson dan la correcta fuerza del lenguaje - "la gloria que está a punto de ser revelada, que pronto será revelada". [] "La gloria venidera" es la contraparte o antítesis de "la ira venidera", diferentes aspectos del mismo gran suceso; porque la Parusía, que era la revelación de gloria para los hijos de Dios, era la revelación del día de ira para sus enemigos (Rom. 2:5,7). Así, se observará que no es a la muerte a lo que el apóstol mira como el período de liberación de los males presentes; aún menos a alguna época muy distante en el futuro. Ciertamente sería pobre consuelo, para los hombres que se retorcían bajo la angustia de sus sufrimientos, hablarles de un período, en alguna época futura, que les traería compensación por su actual aflicción. El apóstol no se burla de ellos con una esperanza diferida. El día de liberación había llegado; la gloria estaba a punto de ser revelada; y era tan cercano y tan grande aquel peso de gloria, que reducía a una insignificancia las pasajeras incomodidades de la hora presente. El punto siguiente que merece observarse es la afirmación que el apóstol procede a hacer con respecto al interés en aquella consumación que se aproximaba más allá de los límites del sufriente pueblo de Dios. Éstos serían realmente los que más ganarían con la redención venidera, pero sus beneficios habrían de extenderse mucho más allá. Este es un tema sumamente importante e interesante, y requiere nuestra cuidadosa consideración.
Cualquiera que sea el significado que atribuyamos a la palabra "creación" [], no tendrá diferencia alguna para la actitud ansiosa y expectante en la cual está representada como esperando la consumación venidera. Lange observa que, como la palabra significa esperar con la cabeza levantada, esto implica una intensa expectación, un anhelo intenso, en espera de una satisfacción. Pero esta misma actitud implica la cercanía, o el convencimiento de la cercanía, de la deseada liberación. Poniendo, pues, juntas estas dos afirmaciones, primera, que la gloria "pronto ha de ser revelada"; segunda, que "el anhelo ardiente es esperar la manifestación", tenemos una demostración, tan fuerte como es posible concebirla, de que el suceso en cuestión está representado por el apóstol como muy cercano. Pero, ¿qué se quiere decir con la creación []? Algunos comentaristas consideran que abarca el universo entero, o la creación material, animada e inanimada, racional e irracional - la estructura entera de la naturaleza. Hablan del terremoto, la tormenta, y el volcán como síntomas del doloroso mal genio del mundo natural. Pero esto parece demasiado vago y general para el argumento del apóstol. Es evidente que el suceso sólo puede referirse a seres conscientes, voluntarios, racionales, y morales. Tiene "intenso anhelo"; tiene su "propia voluntad"; tiene "esperanza"; es capaz de ser "sujetado a vanidad"; de ser "librado de corrupción"; de participar en "la gloria de los hijos de Dios". Estas características excluyen la creación inanimada e irracional, e incluyen a la raza humana en su totalidad. Además, la antítesis en el versículo 23 entre la creación como un todo y "nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu", sería muy antinatural e imperfecta si no diferenciara a los cristianos, no de las bestias y las plantas, sino de otros hombres. El verdadero contraste ocurre entre los que tienen las primicias del Espíritu y los que no las tienen; y sería manifiestamente incongruente hablar de la creación irracional e inanimada como que "no tiene el Espíritu". Hacer que el apóstol se refiera aquí a la naturaleza universal puede ser admisible quizás como poesía, pero estaría bastante fuera de lugar en un argumento sobrio y serio. Entendemos, pues, que se refiere a la raza humana y a la humanidad en términos generales; el significado que tiene la palabra en pasajes tales como Mar. 16:15: "Predicad el evangelio a toda criatura" []; Col. 1:23. "El cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo" []. Esto nos trae a la pregunta: ¿Puede decirse que la raza humana tiene esta actitud ansiosa y expectante, gimiendo y en labores de parto, esperando y anhelando la liberación y la libertad? Sin duda que es posible; y nunca más verdaderamente que en el mismo período en que el apóstol escribió. Era una época de la más profunda corrupción y degradación social; puede decirse que la humanidad gemía bajo la carga de su miseria y su esclavitud; y sin embargo, había un extraño y misterioso sentimiento en las mentes de los hombres de que, de alguna manera y en alguna parte, la liberación había llegado. Cuán exactamente se ajusta la descripción del apóstol a las condiciones morales y sociales del pueblo judío en este período, no necesita ninguna prueba. Gemían bajo el yugo de la esclavitud romana. Suspiraban ansiosamente por el prometido Libertador. El caso de los griegos y los romanos no era muy diferente, como lo prueban llamativamente los siguientes pasajes de Conybeare y Howson; en verdad, podrían haber sido escritos como un comentario sobre el pasaje que tenemos delante.
Hasta aquí las condiciones de los griegos; las de los romanos se describen así:
Ciertamente, es notable que una descripción de las condiciones sociales y morales del mundo en la era apostólica, escrita aparentemente sin pensar en la ilustración del pasaje que ahora tenemos delante, adoptara sin proponérselo, no sólo el espíritu, sino en gran medida las palabras mismas, con las cuales Pablo presenta la miseria, la esclavitud, los gemidos, y el anhelo de liberación de la creación como aparecía a su aprensión. Pero, puede decirse: ¿Había algo en el futuro inmediato que satisficiese este ansioso anhelo del mundo esclavizado y gimiente y que respondiese a él? ¿Qué es este terminus ad quem, "esta revelación de los hijos de Dios"? ¿Y en qué sentido podía ello traer, o trajo, liberación y consuelo a la humanidad oprimidad? La respuesta a esta pregunta se encuentra en casi todas las páginas de los escritos del apóstol. Según él, un gran acontecimiento estaba a las puertas; el Señor estaba a punto de venir, según Su promesa, para ejercer su poder real, para dar recompensa y salvación a su pueblo, y poner a sus enemigos debajo de sus pies. Pero la Parusía había de traer más que esto. Marcó una gran época en el gobierno divino del hombre. Puso fin al período de privilegio exclusivo para Israel. Disolvió el pacto entre Jehová y el pueblo judío, y abrió el camino para un pacto nuevo y mejor, que abarcaba a toda la humanidad. El cristianismo es la proclamación de la universal paternidad de Dios, pero la nueva era no fue inaugurada plenamente sino hasta que el estrecho reino teocrático local fue superado, y el Rey teocrático renunció a su jurisdicción y la entregó en las manos del Padre. Entonces la exclusiva relación nacional entre Dios y un solo pueblo fue disuelta, o se fundió con el sistema abarcante y mundial en el cual "no hay judío ni griego, ni circunciso ni incircunciso, ni bárbaro, ni escita, ni esclavo ni libre, sino sólo el Hombre. Cristo había hecho de todos los hombres Uno, "para que Dios sea todo en todos". Esta es ciertamente una adecuada respuesta a los gemidos y trabajos de la sufriente y oprimida humanidad; la perspectiva de tal consumación puede ser representada bien con la alborada de un día de redención. Era nada menos que abrir las puertas de la misericordia para la humanidad; era la emancipación de la raza humana de la desesperación que le aplastaba hasta hundirle en una corrupción y una degradación cada vez más profundas; era introducirles "a la gloriosa libertad de los hijos de Dios"; conferir a los gentiles, "ajenos a la comunidad de Israel y extranjeros a los pactos de la promesa", los privilegios de la "ciudadanía de los santos", y hacerles "miembros de la casa de Dios". Es de esta admisión de toda la raza humana en la [adopción de hijos], la cual, hasta ahora, había sido el exclusivo privilegio del pueblo escogido, de la que habla el apóstol con lenguaje tan entusiasta en Rom. 8:19-21. Era un tema sobre el cual nunca se cansaba de espaciarse, y que llenaba su alma entera de asombro y agradecimiento. Habla de ello como del "misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres", "la multiforme sabiduría de Dios" (Efe. 3:5,10; Col. 1:26). Los tres primeros capítulos de la Epístola a los Efesios están ocupados por una animada descripción de la revolución causada por la obra redentora de Cristo en la relación entre Dios y los gentiles, que no formaban parte del pacto. "La dispensación de la plenitud de los tiempos" había llgado, en la cual Dios se proponía "reunir en uno todas las cosas en Cristo, haciéndole cabeza de todas las cosas", derribando las barreras de separación entre judíos y gentiles, haciendo de ambos pueblos uno solo; aboliendo la ley ceremonial, fundiendo los elementos heterogéneos en un todo homogéneo, reconciliando la antipatía mutua, y uniendo a ambos como una familia a los pies del Padre de todos. Pero, puede decirse: ¿No se había llevado a cabo todo esto ya por medio de la muerte expiatoria en la cruz? ¿Y no es ésa una revelación de una gloria futura que se aproximaba, a la cual alude el apóstol aquí? Sin duda que es así. Sin embargo, el Nuevo Testamento siempre habla de que la obra de redención estaba incompleta hasta la llegada de la Parusía. Se observará que, en el versículo veintitrés, el apóstol se representa a sí mismo y a los otros creyentes como esperando todavía el . Aun los hijos de Dios habían recibido solamente las arras y las primicias, y no la plena cosecha de su condición de hijos. Aquello no sería completamente suyo sino hasta la venida del Señor, cuando "los santos que estaban vivos y habían quedado" cambiarían el presente cuerpo mortal y corruptible por una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. La Parusía era la proclamación pública y formal de que la dispensación mesiánica o teocrática había llegado a su fin; y que el nuevo orden, en el cual Dios era todo en todos, había sido inaugurado. Hasta que el juicio de Israel tuvo lugar, todas las cosas no habían sido puestas bajo Cristo, el rey teocrático; sus enemigos todavía no habían sido puestos bajo sus pies. Hasta ese momento, podía decirse de la adopción [] que "le pertenecía a Israel". Cuando al apóstol escribió esta epístola, Cristo estaba esperando que "sus enemigos fueran puestos debajo de sus pies". Había todavía algo incompleto en su obra, hasta que toda la estructura y la urdimbre del judaísmo fueron barridas. Este hecho aparece claramente resaltado en la Epístola a los Hebreos. El escritor afirma que "aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo, entre tanto que la primera parte del tabernáculo estuviese en pie". Dice que este tabernáculo es "símbolo para el tiempo presente" - sirve a un propósito temporal - hassta el tiempo de la reforma, esto es, la introducción de un nuevo orden (Heb. 9:8,9). Este pasaje es de gran importancia en relación con esta discusión, y las siguientes observaciones de Conybeare y Howson presentan su significado muy claramente:
Había una conveniencia y una plenitud del tiempo en los cuales el pacto antiguo sería superado por el nuevo; al antiguo y al nuevo se les permitió susbsistir juntos por un tiempo; la bondad y la paciencia de Dios demoraron el golpe final del juicio. Aunque, pues, las grandes barreras contra la introducción de todos los hombres, sin distinción, a los privilegios de los hijos de Dios, fueron casi eliminadas por la muerte de Cristo en la cruz, la demostración formal y final de que "el camino al Lugar Santísimo" estaba abierto de par en par para toda la humanidad, no ocurrió sino hasta que la estructura entera de la economía mosaica, con su ritual, y el templo, la ciudad, y el pueblo fueron repudiados pública y solemnemente, y el judaísmo, con todo lo que le pertenecía, fue barrido para siempre. Hay todavía una porción de este pasaje profundamente interesante sobre el cual reposa mucha obscuridad. En el versículo 20, el apóstol dice que "la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza", etc. La interpretación común de estas palabras es que "la creación visible ha sido puesta bajo la sentencia de descomposición y disolución, no por su propia elección, sino por un acto de Dios que, sin embargo, no la ha dejado sin esperanza". Sin duda, esto da un buen sentido al pasaje, aunque nos aventuramos a pensar que no exactamente el sentido que el apóstol se proponía darle. No capta la naturaleza del mal al cual "la creación" fue sujetada; y, por consiguiente, tampoco la naturaleza de la liberación que se espera de ese mal. Entendiendo por [creación] a la raza humana, por las razones que ya se han especificado, observamos que se dice que ha sido sujetada a vanidad []. ¿Qué es esta vanidad? La palabra es muy significativa, especialmente en labios de un judío. Para el tal, "vanidad" es sinónimo de idolatría. Es la palabra que la Septuaginta emplea para denotar la estupidez del culto a los ídolos. Los ídolos son "vanidades ilusorias" (Sal. 31:6; Jonás 2:8); "enseñanza de vanidades es el leño"; los ídolos "vanidad son, obra vana" (Jer. 10:8,15). "Los formadores de imágenes de talla, todos ellos son vanidad" (Isa. 44:9). Casi que la la palabra se ha separado para este uso especial. Lo mismo puede decirse de su uso en el Nuevo Testamento. En Listra, Pablo imploraba que el pueblo se "convirtiera de aquellas vanidades [], es decir, del culto a los ídolos, para servir al Dios vivo (Hechos 14:15). En esta misma epístola (Rom. 1:21), tenemos un caso notable del uso de la palabra, en que Pablo, dando razón de la apostasía de la raza humana y su alejamiento de Dios, la explica por el hecho de que "se envanecieron" en sus razonamientos []; un pasaje en que Alford, con Bengel, Locke, y muchos otros, reconoce la alusión al culto idólatra. Sólo es necesario mirar el pasaje para ver su relación con el origen y la prevalencia de la idolatría (véase también Efe. 4:17). Aquí retrocede a Rom. 1:21, y nos proporciona la clave de la verdadera interpretación. La idolatría era la "vanidad" a la cual estaba sujeta la raza humana; la idolatría, la religión de los gentiles, la degradación del hombre, la deshonra de Dios. Pero, ¿puede decirse que el hombre fue sujetado a este mal por el acto de Dios ("por causa del que la sujetó")? Sin duda, tal afirmación estaría en armonía con la Palabra de Dios. En el primer capítulo de la Epístola a los Romanos, se expresa tres veces este hecho significativo: "Dios los entregó", en referencia a esta misma apostasía (Rom. 1:24,26,28). Este abandono sólo puede ser considerado un acto judicial. Encontramos una expresión todavía más fuerte en Romanos 11:32. "Dios sujetó a todos en desobediencia". La verdad es que la Escritura está llena de la doctrina de que Dios entrega a los contumaces y rebeldes a la fatal consecuencia de su pecado. Por eso, puede decirse que la sujeción de la raza humana al mal de la idolatría no era simplemente la voluntad del hombre mismo, sino el acto judicial de la divina justicia. Pero no era un decreto sin esperanza. "La preservación de una nación de la apostasía universal llevaba en sí un germen de esperanza para la humanidad. En la plenitud del tiempo, se manifestó el propósito divino de misericordia y redención para la raza humana, y "la adopción de hijos", que había sido privilegio exclusivo de un pueblo, ahora se declaraba abierto para todos sin distinción. La raza es representada como esperando con ansiosa expectación este alto privilegio, y ahora el evangelio, que era el medio divinamente señalado para rescatar a los hombres de la corrupción y degradación morales del paganismo, proclamaba liberación y salvación "para gentiles y judíos, bárbaros, escitas, esclavos y libres". Ya hemos mostrado en qué sentido
puede decirse que esta proclamación de la nueva era fue hecha de la
manera más pública y formal en la Parusía. LA CERCANÍA DE LA SALVACIÓN VENIDERA
No es posible que palabras algunas expresen más claramente la convicción del apóstol de que la gran liberación había llegado. Sería absurdo considerar, con Moses Stuart, que este lenguaje se refiere a la cercana aproximación de la muerte y la eternidad. En ese caso, el apóstol habría dicho: "El día ha pasado, la noche ha llegado". Pero este no es el estilo del Nuevo Testamento; nunca es la muerte y la tumba, sino la Parusía, la "bendita esperanza, y la gloriosa aparición de Jesucristo", lo que los apóstoles esperan. El profesor Jowett observa correctamente que "en el Nuevo Testamento no encontramos ninguna exhortación basada en la cortedad de la vida. Parece como si el fin de la vida no tuviese ninguna importancia práctica para los primeros creyentes, porque seguramente sería anticipado por el día del Señor". Sin duda esto es cierto; pero, ¿y entonces, qué? O el apóstol estaba errado, o no nos merece confianza como expositor autorizado de la verdad divina; o de lo contrario, estaba bajo la guía del Espíritu de Dios, y lo que enseñaba era verdad infalible. Ante este dilema callan los expositores que no pueden siquiera imaginar la posibilidad de que la Parusía haya ocurrido de acuerdo con las enseñanzas de Pablo. Es curioso ver los cambios a los cuales recurren para encontrar alguna forma de escapar a la inevitable conclusión. Tholuck admite francamente la expectación del apóstol, pero a costa de su autoridad.
Stuart protesta contra el hecho de que Tholuck renuncie a la corrección del juicio del apóstol, pero adopta la insostenible posición de que Pablo está hablando aquí de:
Por otra parte, Alford admite que:
El editor estadounidense del Comentario de Lange, hablando de Romanos, escribe la siguiente nota:
Hay algunos intérpretes que evitan la dificultad negando que términos tales como cercano y distante hagan alguna referencia al tiempo en absoluto. Por ejemplo, se nos dice que:
Este es un método no natural de interpretación, que simplemente vacía las palabras de todo significado. Hay sólo una manera de salir de la dificultad, y es creer que el apóstol dice lo que quiere decir, y que quiere decir lo que dice. Él era el inspirado apóstol y embajador de Cristo, y el Señor no dejó que ninguna de sus palabras cayera al suelo. Su continua consigna y clamor de advertencia a las iglesias de la era primitiva era: "El Señor está a las puertas". Él creía esto; enseñaba esto; y esta era la fe y la esperanza de toda la iglesia. ¿Estaba equivocado? ¿Vivió y
murió la iglesia primitiva creyendo una mentira? ¿No ocurrió nada
que correspondiese a sus expectativas? ¿Dónde está el templo de
Dios? ¿Dónde está la ciudad de Jerusalén? ¿Dónde está la ley de
Moisés? ¿Dónde está la nacionalidad judía? Pero todas estas cosas
perecieron al mismo tiempo; y de todas ellas se predijo que
desaparecerían en la Parusía. El cumplimiento de aquellos otros
sucesos en la región de lo espiritual y lo invisible que estaban
indisolublemente conectados con la Parusía, pero de los cuales, en
la naturaleza de las cosas, no puede haber registro en las páginas
de la historia humana. ESPERANZA DE UNA PRONTA LIBERACIÓN
Aquí tenemos otra referencia inconfundible a la cercana aproximación al día de liberación. El aplastamiento de la cabeza de la serpiente es la victoria de Cristo, y esa victoria se ganaría pronto. Entre los enemigos que habrían de quedar debajo de sus pies estaban la muerte, y el que tenía el poder de la muerte, a saber, el diablo. En la expectativa de su crucifixión, el Señor declaró: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera", y ya hemos demostrado en qué sentido y cuán ciertamente se cumplió esa predicción. De la misma manera, se acercaba el día en que los sufridos y perseguidos cristianos serían librados, por la Parusía, de los enemigos de los cuales estaban rodeados, y cuando el maligno instigador y cómplice de toda esa enemistad yacería postrado bajo los pies de ellos. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS EN LA EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES
En ninguna de las epístolas de Pablo encontramos una alusión menos directa a la Parusía, y sin embargo, puede decirse que ninguna está más llena de la idea de ese acontecimiento. El pensamiento de él subyace casi todas las expresiones del apóstol; está implícita en "la esperanza que os está guardada en los cielos"; "la herencia de los santos en luz"; "el reino de su amado Hijo"; "la reconciliación de todas las cosas con Dios"; "presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él". Pero hay por lo menos una alusión muy clara a la Parusía en la cual el apóstol habla de la esperada consumación. LA MANIFESTACIÓN DE CRISTO SE APROXIMA
Aquí encontramos una clara alusión al mismo acontecimiento y al mismo período que en Rom. 8:19, es decir, "la manifestación de los hijos de Dios". En ambos pasajes, es evidente que esta manifestación se concibe como cercana. En realidad, en Rom. 8:18 se afirma expresamente que es así; la gloria está "a punto de ser revelada", mientras que aquí en Colosenses los discípulos son representados como "muertos", y esperando la vida y la gloria que recibirían a la revelación de Jesucristo, o sea, en la Parusía. Es inconcebible que el apóstol pueda hablar en términos tales de un suceso lejano; su cercanía es, evidentemente, uno de los elementos de su exhortación de que debían "poner el corazón en las cosas de arriba, no en las de la tierra". ¿Hemos de suponer que todavía están en un estado de muerte, que su vida todavía está escondida? Pero su vida y su gloria están representadas como contingentes con la "manifestación de Jesucristo". LA IRA VENIDERA
La conclusión precedente (con respecto a la cercanía de la gloria venidera) está confirmada por la referencia del apóstol a la cercanía de la ira venidera. La cláusula "sobre los hijos de desobediencia" no se encuentra en algunos de los manuscritos más antiguos, y es omitida por Alford. Probablemente ha sido añadida de Efe. 5:6. Tomando el pasaje como está, hay algo muy sugestivo y enfático en su afirmación: "Viene la ira de Dios". Hay un contraste inconfundible entre "la gloria venidera del pueblo de Dios" y "la ira venidera" sobre sus enemigos. No menos clara es la alusión a la "ira venidera" profetizada por Juan el Bautista, y a la cual con tanta frecuencia se refieren nuestro Señor y sus apóstoles. Tanto la gloria como la ira están "a punto de ser reveladas"; coinciden con la Parusía de Cristo, y las iglesias apostólicas estaban en constante expectación de la pronta manifestación de ambas. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS EN LA EPÍSTOLA A LOS EFESIOS LA ECONOMÍA DE LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS
Aunque este pasaje no afirma nada directamente con respecto a la cercanía de la Parusía, tiene una relación directa con el acontecimiento en sí. El campo de investigación que abre es ciertamente demasiado amplio para que lo exploremos ahora, pero no podemos pasarlo por alto por completo. Este es un tema en el que al apóstol le encanta espaciarse, y en ninguna parte se espacia con más entusiasmo que en esta epístola. Por lo tanto, puede suponerse que, por muy oscuro que nos parezca en algunos respectos, no era ininteligible para los cristianos de Éfeso, ni para aquellos a los cuales se les envió esta epístola, porque, como bien observa Paley, nadie escribe ininteligiblemente a propósito. También podemos esperar encontrar alusiones al mismo tema en otras partes de los escritos del apóstol, que pueden servir para dilucidar dichos oscuros en este pasaje. Hay dos preguntas que surgen del pasaje que tenemos delante: (1) ¿Qué se quiere decir con "reunir todas las cosas en Cristo"? (2) ¿Cuál es el período designado como "la dispensación del cumplimiento de los tiempos", en el cual ha de tener lugar este "reunir todas las cosas en Cristo"? 1. Con respecto al primer punto, recibimos gran ayuda de la expresión que el apóstol emplea en relación con él, es decir, "el misterio de su voluntad". Esta es una palabra favorita de Pablo al hablar de ese nuevo y maravilloso descubrimiento que nunca dejó de llenar su alma de adoración, gratitud y alabanza - la admisión de los gentiles a todos los privilegios de la nación del pacto. Es difícil para nosotros formarnos un concepto del sobresalto, la sorpresa y la incredulidad que causó en las mentes de los judíos el anuncio de semejante revolución en la administración divina. Sabemos que ni siquiera los apóstoles estaban preparados para ella, y que fue con algo parecido a la duda y la sospecha con que, por fin, cedieron a la abrumadora evidencia de los hechos: "¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!" (Hechos 11:18). Pero, para el apóstol a los gentiles, este era el glorioso estatuto de la emancipación universal. De entre todos los hombres, él vio con la mayor claridad su belleza y su gloria divinas, su trascendente misterio y maravilla. Vio las barreras de separación entre judíos y gentiles, la antipatía entre las razas, "la pared intermedia de separación", derribadas por Cristo, y una gran familia y una hermandad formada por todas las naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas, bajo el poder reconciliador y unificador de la sangre expiatoria. No podemos equivocarnos, pues, al entender este misterio de "reunir todas las cosas en Cristo" como el mismo que se explica más plenamente en el capítulo 3:5,6, "misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio". Esta es la unificación, "el resumen", o consumación [], a la cual el apóstol se refiere con tanta frecuencia en esta epístola: "hacer de ambos pueblos uno sólo"; "crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre"; "reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo" (Efe. 2:14,15,16). Este era el gran secreto de Dios, que había estado oculto a las pasadas generaciones, pero que ahora era revelado a la admiración y la gratitud del cielo y la tierra. Pero, puede preguntarse, ¿cómo puede el hecho de recibir a los gentiles en los privilegios de Israel ser llamado la reunión de todas las cosas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra? Algunos críticos muy capaces han supuesto que las palabras cielo y tierra en éste y en otros pasajes deben entenderse en un sentido limitado y, por decirlo así, técnico. Para la mente judía, la nación del pacto, el pueblo peculiar de Dios, podría ser llamado apropiadamente "celestial", mientras que los degenerados gentiles, que estaban fuera del pacto, pertenecían a una condición inferior, terrenal. Esta es la posición de Locke en su nota sobre este pasaje:
Es en favor de esta interpretación de "cielo y tierra" que estas expresiones deben aparentemente ser tomadas en un sentido restringido similar en otros pasajes en que ocurren. Por ejemplo: "Hasta que pasen el cielo y la tierra" (Mat. 5:18); "el cielo y la tierra pasarán" (Luc. 21:33). En el primero de estos pasajes, el contexto muestra que es imposible que se refiera a la disolución final de la creación material, porque eso afirmaría la perpetuidad de cada jota y cada tilde de lo que hace mucho tiempo fue abrogado y anulado. Debemos, pues, entender, el "pasar el cielo y la tierra" en un sentido tópico. Un expositor juicioso hace las siguientes observaciones sobre este pasaje:
Parece, pues, que hay justificación bíblica para entender "las cosas que están en los cielos y las que están en la tierra" en el sentido indicado por Locke, judíos y gentiles. Es posible, sin embargo, que las palabras apunten a una comprensión más amplia y a una consumación más gloriosa. Ellas pueden indicar que la raza humana, separada de Dios y de todos los seres santos, y dividida por la mutua enemistad y el mutuo alejamiento, estaba destinada, por el misericordioso de Dios, a unirse nuevamente, bajo una Cabeza común, el Señor Jesucristo, con el único Dios y Padre de la humanidad, y con todos los seres santos y felices en el cielo. Según este punto de vista, todo el universo inteligente habría de ser puesto bajo un dominio, el de Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo. Esta es la mayor consumación que se nos presenta en otras tantas formas en el Nuevo Testamento. Es la "regeneración" [] de Mat. 19:28; los "tiempos de refrigerio" []; y "los tiempos de la restauración de todas las cosas" [] de Hechos 3:19,21; "la sujeción de todas las cosas a Cristo" de 1 Cor. 15:28; la "reconciliación de todas las cosas con Dios" [] de Col. 1:20; el "tiempo de reforma" [] de Heb. 9:10; el " " -- "la nueva era" -- de Efe. 1:21. Todas éstas son sólo diferentes formas y expresiones de la misma cosa, y todas apuntan a la misma gran era venidera; y, sin titubear, a esta categoría podemos asignar la frase "la dispensación de la plenitud de los tiempos", y "reunir todas las cosas en Cristo". Antes de que este dominio universal del Padre pudiese ser asumido y proclamado públicamente, era necesario que la relación exclusiva y limitada de Dios con una sola nación fuera reemplazada por una mejor y abolida. Por lo tanto, la teocracia debía ser hecha a un lado, para hacer lugar para la paternidad universal de Dios: "para que Dios pudiese ser todo en todos". 2. La siguiente pregunta que debemos considerar es: ¿Tenemos alguna indicación del período en el cual tendría lugar esta consumación? Tenemos las más explícitas afirmaciones sobre este punto; pues, casi todas las designaciones del acontecimiento nos permiten fijar el tiempo. La regeneración es "cuando el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria"; los tiempos de la "restitución de todas las cosas" son cuando "Dios envíe a Jesucristo"; la "sujeción de todas las cosas a Cristo" es "en su venida" y "en el fin". En otras palabras, todos estos sucesos coinciden con la Parusía; y éste, por lo tanto, es el período de la "reunificación de todas las cosas" bajo Cristo. Llegamos a la misma conclusión a partir de la frase "la dispensación de la plenitud de los tiempos". Una dispensación es una disposición u orden de cosas, y parece equivaler a la frase , o pacto. La dispensación o economía mosaica es designada como el "pacto antiguo" (2 Cor. 3:14), en contraste con el "nuevo pacto", o la "dispensación del evangelio". El "pacto antiguo" o la antigua economía es representada como "decadente, que envejece, y está próxima a desaparecer" -- es decir, la dispensación mosaica estaba a punto de ser abolida, y de ser reemplazada por la dispensación cristiana (Heb. 8:13). Algunas veces, de la era o economía judía se habla como de esta era, la era presente [,]; y de la dispensación cristiana o del evangelio, como de "la era venidera", y "el mundo por venir" [,] (Efe. 1:21; Heb. 2:5). Al fin de la era o economía judía se le llama "el fin del tiempo" [], y es razonable concluir que el fin de lo antiguo es el comienzo de lo nuevo. Se sigue, por lo tanto, que la economía de la plenitud de los tiempos es ese estado u orden de cosas que sucede y reemplaza inmediatamente a la antigua economía judía. La dispensación de la plenitud de los tiempos es la dispensación final, la corona; el "reino que no puede ser movido"; "el mejor pacto, establecido sobre mejores promesas". Entonces, puesto que la antigua economía fue finalmente hecha a un lado y abrogada en la destrucción de Jerusalén, llegamos a la conclusión de que la nueva era, o la "dispensación de la plenitud de los tiempos", recibió su inauguración solemne y pública en el mismo período, que coincide con la Parusía. EL DÍA DE REDENCIÓN
Estos dos pasajes apuntan obviamente al mismo suceso y al mismo período. ¿Cuál es la redención de que se habla aquí -- la redención de la posesión adquirida? El antiguo Israel es llamado la herencia de Jehová (Deut. 32:9); y del pueblo de Dios se dice que es su herencia (Efe. 1:11, traducción de Alford). Aquí, sin embargo, no es la herencia de Dios, sino nuestra herencia, a la que se hace referencia; y esa herencia todavía no está en posesión, sino en perspectiva; la prenda o las arras de ella (es decir, el Espíritu Santo) habiendo sido recibidas. Por tanto, nos vemos obligados a entender por herencia la futura gloria y felicidad que esperan al cristiano en el cielo. Esta, entonces, es la herencia, y también la posesión adquirida, porque ambas se refieren a la misma cosa. Obviamente, es algo futuro, pero no distante, pues ya ha sido adquirido, aunque todavía no ha sido poseído. Guardaba la misma relación para los cristianos de Éfeso que la tierra de Canaán para los antiguos israelitas en el desierto. Era el reposo prometido, al cual esperaban vivir para entrar. El día en que el Señor Jesús se revelase desde el cielo era el día de redención que las iglesias apostólicas esperaban. Nuestro Señor había predicho las señales de la aproximación de ese día. "Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca". También había declarado que la generación actual no pasaría hasta que todo se hubiese cumplido. (Luc. 21:28,32). El día de redención, pues, se acercaba, según ellos. De la misma manera, Pablo, escribiendo a los cristianos en Roma, habla del ansioso anhelo con el cual "esperaban la adopción o la redención de su cuerpo de la esclavitud de la corrupción" Rom.- 8:23). Este pasaje es precisamente paralelo a Efe. 1:14 y a 4:30. Hay la misma herencia, las mismas arras de ella, la misma redención plena en perspectiva. El cambio del cuerpo material y mortal en un cuerpo incorruptible y espiritual era parte importante de la herencia. Esto es lo que el apóstol y sus conversos esperaban en la Parusía. El día de redención, pues, coincide con la Parusía. LA EDAD PRESENTE Y LA QUE VIENE
A menudo, hemos tenido ocasión de hacer notar el correcto sentido de la palabra , tan a menudo traducida "mundo". Locke observa: "Puede que valga la pena considerar si no tendría normalmente un significado más natural en el Nuevo Testamento interpretarla como un período de tiempo de duración considerable, pasando por debajo de alguna dispensación notable". Según el apóstol, había por lo menos dos grandes períodos, o edades: una, la presente, pero que se acercaba a su fin; la otra, futura, y que estaba a punto de comenzar. La primera era el actual orden de cosas bajo la ley mosaica; la segunda era la época nueva y gloriosa que habría de ser inaugurada por la Parusía. LOS SIGLOS [EONES] VENIDEROS
Conybeare y Howson hacen la siguiente observación sobre este pasaje:
Quizás sería más correcto decir que se refiere a la cercana salvación de estos creyentes gentiles, y su glorificación con Cristo; porque esta es la consumación que es contemplada siempre en el Nuevo Testamento como cercana (Rom. 13:11). LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS: EN LA EPÍSTOLA A LOS FILIPENSES El Día de Cristo
Evidentemente, el día de Cristo es considerado por el apóstol como la consumación de la disciplina moral y el período de prueba de los creyentes. No puede haber duda de que él tiene en mente el día de la venida del Señor, cuando Él "dé a cada uno según sus obras". Suponiendo que el día de Cristo esté todavía en el futuro, se deduce que la disciplina moral de los filipenses no se ha completado todavía; que su tiempo de prueba no ha concluído; y que la buena obra comenzada en ellos todavía no ha sido perfeccionada. La nota de Alford sobre este pasaje (cap. 1:6) merece ser notada: "Esto supone la cercanía de la venida del Señor. Aquí, como en otros lugares, los comentaristas han tratado de escapar de esta inferencia", etc. Esto es justo; pero la inferencia del propio Alford, de que Pablo estaba errado, es igualmente insostenible. LA EXPECTACIÓN DE LA PARUSÍA
Estas palabras dan testimonio decisivo de la expectación acariciada por el apóstol, y por los cristianos de su tiempo, acerca de la pronta venida del Señor. No era la muerte lo que esperaban, como nosotros, sino lo que sorbería la muerte en victoria: la transformación que superaría la necesidad de morir. La nota de Alford sobre este pasaje es como sigue:
CERCANÍA DE LA PARUSÍA
Aquí el apóstol repite la bien conocida consigna de la iglesia primitiva: "El Señor está cerca", equivalente al "Maranatha" de 1 Cor. 16:22. Dudar de su plena convicción de la cercanía de la venida de Cristo es incompatible con el debido respeto al claro significado de las palabras; poner esta convicción como un error es incompatible con el debido respeto por su autoridad e inspiración apostólicas. LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS: EN LA PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO LA APOSTASÍA
DE LOS ÚLTIMOS DÍAS
Una de las señales que nuestro Señor predijo que estaría entre las precursoras de la gran catástrofe que habría de abrumar al sistema y al pueblo judíos era la general y ominosa apostasía de la fe, que se manifestaría entre los profesos discípulos de Cristo. La referencia de nuestro Señor a esta apostasía, aunque clara y directa, no es tan minuciosa y detallada como la descripción que de ella encontramos en las epístolas de Pablo; de aquí que infiramos, como también sugiere el lenguaje del primer versículo de este capítulo, que a los apóstoles se les habían hecho las subsiguientes revelaciones de su naturaleza y sus características. En 2 Tesa. 2:3, Pablo la designa como "la apostasía" que rápidamente presenta los lineamientos del "hombre de pecado". Ya hemos señalado la diferencia entre "la apostasía" y "el hombre de pecado", y que confundirlos ha sido un error común, pero egregio. En la secuela, descubriremos que la descripción que Pablo hace de la apostasía es tan minuciosa como la que hace del "hombre de pecado", para permitirnos a la una tan rápidamente como al otro. El primer punto que será bueno establecer es el período de la apostasía; es decir, el tiempo en que se habría de declarar. Se dice que ocurriría "en los postreros tiempos" [enusteroizkairoiz], una expresión que, tomada en sí misma, podría parecer algo indefinida, pero que, cuando se la compara con otras frases similares, se encontrará sin duda que denota un período específico y definido, bien entendido por Timoteo y todas las iglesias apostólicas. Será conveniente poner juntos todos los pasajes que se refieren a esta época trascendental y crítica, que eran la meta y el término hacia los cuales, según lo muestra el Nuevo Testamento, se apresuraban rápidamente todas las cosas. TABLA
ESCATOLÓGICA, O SINOPSIS, DE LOS El Fin del Siglo
Una comparación de estos pasajes mostrará que:
DESCRIPCIÓN DE LA APOSTASÍA Habiendo puesto juntos en un solo cuadro los pasajes que hablan del período de la apostasía, es apropiado seguir un método similar con respecto a los pasajes que describen las características y la naturaleza de la apostasía misma. Esta fatal defección arroja su sombra oscura sobre todo el campo de la historia del Nuevo Testamento, desde el discurso profético de nuestro Señor en el Monte de los Olivos, y aún antes, hasta el Apocalipsis de Juan. Es instructivo observar cómo, al aproximarse el tiempo de su desarrollo y su manifestación, la sombra se vuelve más y más oscura, hasta que alcanza las más profundas tinieblas en la revelación del anticristo. SINOPSIS DE
LOS PASAJES RELATIVOS A
CONCLUSIONES RELATIVAS A LA APOSTASÍA Por una consideración y una comparación de estos pasajes, se echa de ver que:
Habiendo así echado un vistazo general a la doctrina del Nuevo Testamento concerniente a la apostasía, sólo queda tomar nota de algunas objeciones que se puedan hacer a las conclusiones que anteceden. 1. Puede preguntarse: ¿Qué evidencia tenemos de que tales errores y herejías prevalecían en los tiempos apostólicos? La respuesta es: El Nuevo Testamento mismo proporciona la prueba. Los males que descritos por Pablo como futuros están representados por Pedro y por Juan como presentes en la actualidad. Las características de la apostasía como las presenta uno son precisamente las descritas por los otros. El ascetismo y la inmoralidad son conspicuos en los bosquejos proféticos que Pablo hace de la apostasía, y encontramos las mismas características en las descripciones históricas que hacen Pedro y Juan. 2. Puede objetarse que el período llamado "los postreros tiempos", o "los últimos días", no se describe estrictamente y puede, por lo que sabemos, ser todavía futuro. Pero, en primer lugar, los mandatos que Pablo da a Timoteo implican claramente que no era un mal distante, sino presente, o en todo caso inminente, del cual él hablaba. Es manifiesto que los síntomas de la apostasía ya habían comenzado a mostrarse, y que todo el tenor de la exhortación del apóstol implica que los males especificados serían observados por Timoteo (1 Tim. 6:20,21). Nada puede ser más seguro que los apóstoles consideraban que ellos vivían en "los postreros tiempos". En la secuela, tendremos ocasión de ver esto claramente demostrado. Mientras tanto, puede observarse que todos los pasajes dispuestos bajo el encabezado "Los Postreros Tiempos" en nuestra tabla escatológica se refieren a la misma gran crisis. Era "el fin de las edades" [sunteleiatouaivnoz], de lo cual nuestro Señor hablaba tan a menudo. La apostasía era la predicha precursora del fin. TIMOTEO Y LA PARUSÍA
Esto implica que Timoteo podría esperar vivir hasta que aquel suceso tuviese lugar. El apóstol no dice: "Guarda este mandamiento entre tanto que vivas", ni "Guárdalo hasta tu muerte", sino "hasta la aparición de Jesucristo". Estas expresiones no son en modo alguno equivalentes. La "aparición" [epifaneia] es idéntica a la Parusía, un suceso que Pablo y Timoteo creían por igual que estaba cerca. La nota de Alford sobre este versículo es eminentemente insatisfactoria. Después de citar la observación de Bengel de que "los fieles en la era apostólica estaban acostumbrados a esperar el día de Cristo como aproximándose; mientras que nosotros estamos acostumbrados a esperar el día de la muerte de la misma manera", continúa diciendo:
¡En otras palabras, la errónea opinión de una oración es corregida por la cautelosa vaguedad de la siguiente! ¿Es posible aceptar tal declaración? ¿Hay algo en kairoizidioiz que justifique tal comentario? ¿O es tal estimación del lenguaje del apóstol compatible con una creencia en su inspiración? No fue ninguna "impresión" lo que el apóstol "traicionó", sino una convicción y una certeza fundadas en las expresas promesas de Cristo y las revelacions de su Espíritu. No menos digna de excepción es la reflexión con que concluye:
Pero, si esta expectación no era más que una falsa impresión, ¿no es la actitud de ellos más bien una advertencia que un ejemplo? Ahora vemos (suponiendo que la Parusía nunca tuvo lugar) que ellos acariciaban una vana esperanza y vivían en la creencia de un engaño. Y si estaban equivocados en ésta, la más confiada y acariciada de sus convicciones, ¿cómo podemos confiar en sus otras opiniones? Considerar a todos los apóstoles y cristianos primitivos como envueltos en un egregio engaño sobre un tema que ocupaba un lugar prominente en su fe y en su esperanza es asestar un golpe fatal a la inspiración y la autoridad del Nuevo Testamento. Cuando Pablo declaró, una y otra vez: "El Señor está cerca", no expresaba su opinión privada, sino que hablaba con autoridad como órgano del Espíritu Santo. Las observaciones de Alford pueden ser refutadas mejor con las palabras de su propio contrarreplicador al Profesor Jowett:
Encontramos el mismo tono de disculpa en las observaciones del Dr. Ellicott sobre este pasaje:
Sería extraño que las afirmaciones más claras, más fuertes, y más a menudo repetidas de la fe y la esperanza de Pablo produjeran en la mente de un lector una impresión tan débil de sus convicciones como ésta. Pero no hay titubeos en la declaración del apóstol; no es incertidumbre lo que él pronuncia; es con tono firme y confiado que exclama gozoso: "El Señor está cerca". No expresa sus propias conjeturas, ni su propia esperanza, ni sus propios anhelos, sino que transmite el mensaje que se le confió, y, como fiel testigo de Cristo, proclama por todas partes la pronta venida del Señor. LA APOSTASÍA MANIFESTÁNDOSE YA
Es importante notar que, a partir de varios indicios en esta epístola, se ve que la defección de la fe que habría de caracterizar a los postreros días ya se había instalado. Pablo advierte a Timoteo contra los "falsos maestros" con sus "fábulas y genealogías interminables". Le advierte contra "los que naufragaron en cuanto a la fe", "los que deliran acerca de cuestiones y contiendas de palabras -- hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad". Evidentemente, estos "lobos con piel de oveja" ya estaban devorando el rebaño. Por lo tanto, ubicar la apostasía en una era post-apostólica es pasar por alto la obvia enseñanza de la epístola. Era un mal presente, no distante, lo que el apóstol desaprobaba: la peste había comenzado en el campamento. LA PARUSÍA EN
LA SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO
En todos estos pasajes, la alusión es al "día del Señor", el día por excelencia; el día de su aparición; la Parusía. Todo el tenor de estos pasajes
indica que Pablo consideraba "aquel día" como muy cercano en ese
momento. En espera de él, prorrumpe en júbilo triunfante, como si
estuviese a punto de recibir la corona de victoria: "He peleado la
buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo
demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el
Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a
todos los que aman su venida". ¡Cuán evidentemente son esperados,
como muy cercanos, todos estos sucesos: su propia partida, su
corona, "aquel día", y la aparición del Señor! ¿Diremos que su
espera era demasiado optimista? ¿Que el día todavía no ha llegado?
¿Que su corona todavía está guardada? ¿Que Onesíforo todavía no ha
alcanzado misericordia? Esta suposición es increíble. LA APOSTASÍA DE LOS "POSTREROS DÍAS", INMINENTE
Evidentemente, "los postreros días" de este pasaje son idénticos a "los postreros tiempos" de 1 Tim. 4:1. Esto es tan obvio que no necesita ninguna prueba. El intento de distinguir entre los "postreros" tiempos de un pasaje y el otro, que Bengel parece sancionar, es, pues, inútil. Es apenas necesario añadir que "los postreros días" eran los días del propio apóstol, el tiempo que era presente entonces. Él está hablando, no de un futuro distante, sino de un tiempo que ya comenzaba; porque es claro que él traza el cuadro de los caracteres descritos de la vida. Las indicaciones de la apostasía venidera ya eran evidentes. "De éstos son los que", etc. (vers. 6). Se supone que Timoteo se encontraría con aquellos tiempos, y con aquellos hombres malvados de los cuales le exhorta a alejarse. La siguiente nota de Conybeare y Howson se acerca mucho a la verdad, aunque no llega a la verdad total:
Esta explicación final es la que no puede admitir nadie que crea que los apóstoles hablaron y escribieron por el poder del Espíritu Santo; y, a pesar de la opinión casi unánime de sus críticos de que seguramente estaban errados, nosotros estamos con los apóstoles antes que con sus críticos. El comentario de Alford sobre este pasaje se contradice dolorosamente, y muestra a qué cambios quedan reducidos los eruditos para salvar el crédito de los apóstoles cuando no pueden creer sus sencillas declaraciones. Dicen:
Pero, ¿cómo ocurriría pronto un suceso, y sin embargo, ocurriría primero un período largo? O, ¿debemos suponer que el Espíritu Santo enseñó una cosa mientras los apóstoles escribían y hablaban otra? Si ellos dijeron lo que dijeron con respecto a la cercanía de la Parusía cuando en realidad no tenían ningún conocimiento ni ninguna revelación sobre el tema, claramente excedieron su comisión, y cometieron lo que la Palabra de Dios declara como uno de los pecados más presuntuosos -- añadieron a las palabras de la profecía que tenían la comisión de transmitir. Rechazamos la explicación en su totalidad. No sólo no es una explicación no natural, sino completamente inconsistente con cualquier teoría de inspiración de la palabra de Dios. El pasaje que tenemos delante es sumamente importante para delinear el carácter de "la apostasía". La temida aparición ya había comenzado a revelarse, y es evidente que el apóstol la describe por haberla observado en realidad. Figelo y Hermógenes, que abandonaron al apóstol; Himeneo y Fileto, con su palabrería profana y vana; los serviles engañadores, que convertían en prosélitas a las mujeres débiles de mente; los hombres de mentes corruptas, réprobos en cuanto a la fe, que resistían a la verdad; éstos eran la vanguardia del ejército de langostas de "erroristas" y apóstatas que venían a cubrir y a devastar el hermoso rostro del cristianismo primitivo. Su aparición indicaba que "los postreros tiempos" habían llegado, y que la Parusía estaba cerca. Podemos suponer, a primera vista, que el horrible catálogo de réprobos contenido en los primeros versículos del capítulo 3 describe la corrupción general de la sociedad fuera de la iglesia cristiana, pero es demasiado evidente que el apóstol está aludiendo a hombres que una vez profesaron la fe de Cristo. Tenían una "forma de piedad", pero "su fe había naufragado", eran verdaderos "apóstatas". Que esta "apostasía" de la verdad ya se había instalado, es evidente por las reiteradas exhortaciones y advertencias que el apóstol dirige a Timoteo. ¿Por qué hablaría con tan apasionada vehemencia si el mal no haría su aparición antes de veinte o cuarenta siglos? Es absurdo decir que Pablo escribía para beneficio de futuras edades. Él era verdaderamente un hombre que vivía en su propio tiempo, y escribía a un hombre de su propio tiempo con relación a cuestiones de interés actual y personal para ambos, como cualquiera de nosotros que ahora vertiéramos nuestros pensamientos en una carta para un amigo ausente. Hay una total irrealidad en cualquier otro punto de vista sobre las epístolas apostólicas. Es imposible leerlas sin sentir los latidos del corazón en cada línea; todo es vívido, intenso, vivo. No es un peligro distante, visto a través de la bruma de los siglos, sino un peligro que es instantáneo y urgente: el enemigo está a las puertas, y el veterano guerrero, a punto de hundirse en el campo de batalla, alienta al joven soldado a ser fiel y a resistir hasta el fin. ESPERA DEL FIN QUE SE APROXIMA
Encontramos asociados juntos en este pasaje, como sucesos contemporáneos, a la Parusía, el juicio, y el reino de Cristo. Todos ellos están conectados y relacionados en su naturaleza y en el tiempo de su ocurrencia. Encontramos la misma disposición de sucesos en Mat. 25:31. "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones", etc. Se afirma claramente la cercanía de esta consumación. No es, como dice nuestra Versión Autorizada [en inglés], "que juzgará", sino "que está a punto de juzgar" [toumellontozkrinein]. Una afirmación como ésta podría ser suficiente para zanjar la cuestión tanto en cuanto al hecho como en cuanto a la creencia del apóstol en el hecho, de que el tiempo de la Parusía estaba cerca. Pero, en lugar de una sola afirmación, tenemos el tenor uniforme y constante de la doctrina sobre el tema en el Nuevo Testamento entero. Los que dicen que los apóstoles estaban errados sobre este punto deben tener una "facultad verificadora" para distinguir entre los pronunciamientos inspirados de ellos y los que no lo eran. Si Pablo fue inspirado para escribir krinein , ¿no estaba igualmente inspirado para escribir mellontoz? La inminencia de la Parusía explica el fervor con el cual el apóstol insta a Timoteo a hacer todos los esfuerzos para desempeñar los deberes de su posición. "Predica la palabra; insta a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina". Estos mandatos se emplean a veces para establecer la normal intensidad y urgencia con que la función pastoral debería desempeñarse (y nosotros no condenamos la aplicación); pero es claro que Pablo no está hablando de tiempos y esfuerzos ordinarios. Es la agonía de una crisis tremenda; el tiempo es corto; es ahora o nunca; victoria o muerte. Éstas no son frases comunes sobre el diligente desempeño del deber, sino la alarma del centinela que ve el enemigo a las puertas, y hace sonar la trompeta para avisar a la ciudad. LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA A TITO EN ESPERA DE LA PARUSÍA
Aquí encontramos nuevamente lo que hace tiempo hemos llegado a reconocer, la actitud habitual de los cristianos de la era apostólica, la expectación de la venida del Señor. Esta expectativa es inculcada como uno de los principales deberes cristianos, y se identifica con una vida sobria, justa, y piadosa. Esto implica que el acontecimiento era considerado como cercano, porque, ¿cómo podría derivarse un poderoso motivo para velar de una contingencia remota y desconocida en un futuro distante? O, ¿cómo podría ser deber de los cristianos "aguardar" lo que no ocurriría durante cientos o miles de años? Es evidente que el apóstol considera que la edad presente, tonnunaivna, está acercándose a su fin, y exhorta a los cristianos a vivir en la actitud de expectativa de la Parusía, que debía introducir el nuevo orden, "el aiwno melln". LA PARUSÍA EN LAS EPÍSTOLAS APOSTÓLICAS EN LA EPÍSTOLA
A LOS HEBREOS Está fuera del ámbito de esta investigación discutir la cuestión de quién escribió la Epístola a los Hebreos. Aunque no haya salido de la misma pluma que la Epístola a los Romanos, y pocos de los que están familiarizados con el estilo de Pablo afirmarán que no lo ha hecho, su espíritu y su enseñanza son esencialmente paulinos, y podemos con justicia considerarla como uno de los más preciosos legados de la era apostólica. Su valor como clave del significado de la economía levítica y como contribución a la doctrina y la vida cristianas es inestimable; y ya sea que se la atribuyamos a Bernabé o a Apolo, o a cualquier otro colaborador de Pablo, podemos aceptarla sin titubear, "no como palabra de hombre, sino como la palabra de Dios, que lo es en verdad". Ahora podemos adentrarnos aún más profundamente en la oscura sombra de la apostasía predicha. Fue para combatir a este formidable antagonista del evangelio que esta epístola se escribió; y el carácter judaico del movimiento anti-cristiano es evidente en la línea del argumento que su autor adopta. Nos encontramos en seguida en "los postreros días". LOS DÍAS YA HAN LLEGADO
La frase "en estos postreros
días" o "en estos últimos días" muestra que el escritor consideraba
el tiempo de la encarnación y el ministerio de Cristo como el
período final de una dispensación o era. Encontramos una expresión
algo similar en el cap. 9:26. "Ahora, en la consumación de los
siglos" [episunteleiatwnaiwnwn], en que la referencia es a la
encarnación y al sacrificio expiatorio de Cristo. Una era antigua,
llámese mosaica, judaica, o del Antiguo Testamento, estaba
terminando ahora; muchas cosas que habían parecido inamovibles y
eternas estaban a punto de desvanecerse; y "el fin del siglo" o "los
postreros tiempos" habían llegado. LAS ERAS, EDADES, O PERÍODOS MUNDIALES
Mucha confusión ha surgido del uso indiscriminado de la palabra "mundo" como traducción de las diferentes palabras griegas aiwn, kozmoz, oikoumenh, y gh. El lector no ilustrado que se encuentra con la frase "el fin del mundo", inevitablemente piensa en la destrucción del mundo material, mientras que, si lee "fin del tiempo", pensará naturalmente en la terminación de cierto período de tiempo, que es su correcto significado. Ya hemos tenido ocasión de observar que aiwn es correctamente una designación de tiempo, una época; y es dudoso que tenga jamás algún otro significado en el Nuevo Testamento. Su equivalente en latín es aevum, que en realidad es la palabra griega aiwn con ropaje latino. La palabra correcta para tierra, o mundo, es kosmoz, que se usa para designar tanto al mundo material como el moral. Oikumenh es correctamente el mundo habitado, "el habitable", y en el Nuevo Testamento se refiere a menudo al Imperio Romano, algunas veces a una porción tan pequeña de él como Palestina. Gh, aunque algunas veces significa la tierra de modo general, en los evangelios se refiere con mayor frecuencia a la tierra de Israel. Una correcta comprensión de estas palabras arroja mucha luz sobre muchos pasajes. Es seguro que, en el tiempo de nuestro Salvador, los judíos estaban acostumbrados a dividir el tiempo en dos grandes períodos o edades, la edad presente [onunaiwn, oaiwnowtoz] y la edad venidera [oaiwnmellwn]. La edad venidera era la del Mesías, o "el reino de Dios". La misma división se reconoce en el Nuevo Testamento, y ya hemos visto que, según el punto de vista del escritor de la epístola, el fin de la edad presente se acercaba. (Véase el Commentary de Suart sobre Hebreos in loc.; el Testamento Griego de Alford; el Lexicon de Wahl. voc. aiwn). Puede decirse, sin embargo, que,
aunque la palabra sí significa principalmente una edad, en
este caso el sentido de este pasaje requiere obviamente que
traduzcamos aiwnaz como mundos. Debe reconocerse que suena
grosero a nuestros oídos decir: "Dios hizo los mundos por medio de
Jesucristo" y muy simple y natural decir: "Él hizo el mundo"; pero,
cuando consideramos que el escritor de esta epístola no concebía
mundos en el sentido en el cual nosotros usamos ahora esa
expresión, esto quizás modifique nuestra opinión. Somos muy
propensos a acreditarle al autor nuestras ideas astronómicas, y a
suponer que él se refiere al sol, la luna, y las estrellas como
otros tantos mundos. Pero no tenemos ninguna razón para creer
que él tenía alguna idea como ésa. Los cuerpos celestes eran para él
luces, no mundos. Con las edades, sin embargo, el autor de esta
epístola, como hombre de letras, debe haber estado completamente
familiarizado. Entonces, ¿qué quiso decir con que Dios hizo el
universo [las edades]? Éstas eran las grandes eras, o épocas de
tiempo, que la Suprema Sabiduría había ordenado y dispuesto; los
períodos del mundo, como podemos llamarlos, que constituían actos en
el gran drama de la Providencia. Parece haber una alusión a este
ordenamiento de las edades, o períodos mundiales, en Hechos 17:26:
"Les ha prefijado el orden de los tiempos"
[orisazprostetagmenouzkairouz]; como también en Efe. 1:10: "La
dispensación del cumplimiento de los tiempos". Se inclina
fuertemente a favor de este punto de vista el hecho de que es
sustancialmente la adoptada por los padres griegos. EL MUNDO VENIDERO, O EL NUEVO ORDEN
Este pasaje aclara el tema aún más. Aquí tenemos una de las eras - el mundo venidero - es decir, no un mundo material, sino un sistema u orden de cosas análogo a la dispensación mosaica. Hay una evidente comparación o contraste entre la economía mosaica y el estado nuevo o cristiano. La primera fue puesta bajo la administración de ángeles; era "la palabra hablada por ángeles"; "por disposición de ángeles" (Hechos 7:53); fue "ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador" (Gál. 3:19). Pero la nueva edad, el reino de los cielos, fue administrado por uno mayor que los ángeles, el mismo Hijo de Dios; prueba de la superioridad de la dispensación cristiana sobre la judía. Es ciertamente algo singular que
encontráramos la palabra oikoumenh aquí, donde debíamos haber
esperado encontrar aiwna. Si hubiera sido oikonomian, como en Efe.
1:10, estaría más de acuerdo con nuestras ideas del verdadero
significado; pero no hay derecho a suponer que una palabra haya
tomado el lugar de la otra. De que la alusión es al sistema o al
orden de cosas introducido por Cristo no puede haber ninguna duda, y
la frase es equivalente al "reino de los cielos". Puede añadirse que
se dice que "viene", mellousa, una palabra que implica
cercanía, como "la ira venidera", "la gloria venidera", "el
mundo venidero". EL FIN, ES DECIR, DE LA EDAD, O DEL EÓN
Ya hemos tenido ocasión de observar la significativa frase "el fin", como se usa en el Nuevo Testamento. No significa hasta el fin, o el fin de la vida, sino el fin de la edad. Alford observa correctamente:
Este es un pasaje extremadamente importante e interesante, no sin sus oscuridades y dificultades, que han ocasionado mucha diversidad de interpretaciones. Algunos han encontrando en él un argumento para la perpetuidad del cuarto mandamiento, y la observancia del primer día de la semana como el sábado cristiano. Otros han interpretado el argumento entero en un sentido ético y subjetivo, como si el escritor exhortara a alcanzar un cierto estado mental llamado el reposo de fe: cesar de la duda y la autodependencia, y obtener perfecto reposo de la mente mediante la plena confianza en Dios. Tales interpretaciones, sin embargo, erran por completo el punto del argumento, y son más glosas ingeniosas que deducciones legítimas. ¿Cuál es la dirección del argumento? Es muy evidente que el objeto del escritor es advertir a los cristianos hebreos contra la incredulidad y la desobediencia poniendo ante ellos, por una parte, la recompensa de la obediencia, y por la otra, el castigo por la desobediencia. Tenía a la mano un ejemplo señalado, memorable para todos los israelitas, es decir, la renuncia a la tierra de Canaán por sus padres a consecuencia de su incredulidad. Habían provocado al Señor para que jurase en su ira: "No entrarán en mi reposo". Según el punto de vista del escritor, había una notable correspondencia entre la situación de los israelitas que se aproximaban a la tierra de la promesa y la situación de los cristianos que esperaban el cumplimiento de su esperanza, la promesa del reposo. Para hacer más clara esta correspondencia, el escritor muestra que el reposo prometido al antiguo Israel, y el prometido al pueblo de Dios ahora, eran realmente una y la misma cosa. La entrada a la tierra de Canaán no era en modo alguno el todo, ni siquiera la parte principal, del prometido reposo de Dios. El escritor prueba esto demostrando que, mucho después de que los israelitas se establecieron en Canaán, el Señor, por boca de David, en el Salmo 95, repite virtualmente la promesa hecha a los israelitas en el desierto, y le dice al pueblo: "Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones". La repetición de la orden implica la repetición de la promesa, y también de la amenaza; como si Dios estuviese diciendo: "Crean, y entrarán en mi reposo. No crean, y no entrarán en mi reposo". De aquí se sigue que hay un reposo además y más allá del reposo de Canaán. Luego sigue la explicación del reposo del que se habla, es decir, el "reposo de Dios", que Él llama "Mi reposo". Ciertamente ese nombre nunca se le dio a la tierra de Canaán, ni se le puede aplicar a nada que no sea el "reposo" del cual leemos en el relato de la creación, cuando Dios efectivamente reposó de toda "su obra que había hecho" (Gén. 2:2,3). Este era el sábado de Dios, el reposo que Él santificó y llamó su reposo. Por lo tanto, debe ser a este reposo - el reposo santo, sabático, celestial - al que se refiere principalmente la promesa. De ese reposo de Dios, Canaán era sin duda el tipo, pues aquél era el reposo de los israelitas después de los peligros y las fatigas del desierto; pero la posesión de Canaán estaba lejos de agotar el pleno significado de la promesa, y por lo tanto el reposo todavía permanecía, y era guardado en reserva para el pueblo de Dios. "Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios". El escritor de la Epístola a los Hebreos evidentemente consideraba el "reposo de Dios" como una consumación no muy distante. Dice de él: "Los que hemos creído entramos en el reposo". Esto no significa "ir al cielo a la muerte", sino la expectativa de la pronta venida del reino de Dios, la esperanza tan fuertemente acariciada por los primeros cristianos (Rom. 8:18-25). Considerar estas exhortaciones y apelaciones como ordinarias y comunes de la enseñanza religiosa es despojarlas de la mitad de su significado. Es verdad que hay un sentido en el cual pueden aplicarse a todos los tiempos, pero tenían un significado y una fuerza en aquella particular coyuntura que nos es difícil comprender ahora. Los cristianos de aquella época estaban, por decirlo así, en la línea que separaba lo antiguo de lo nuevo, entre la era que estaba terminando y la que estaba comenzando. Creían que el día del Señor estaba justo a las puertas, que Cristo regresaría pronto, y que entrarían con Él en el reino de los cielos, el reposo de Dios. De aquí el deber de que se "exhortaran unos a otros, y tanto más cuanto veían que el día se acercaba; de que guardaran firmes hasta el fin el principio de su confianza; de que se esforzaran por entrar en aquel reposo, no fuera a ser que algunos de ellos parecieran no haberlo alcanzado". En los versículos 9 y 10 de este capítulo, el escritor de este capítulo muestra lo apropiado de llamar a este prometido reposo "sabadismo" o reposo sabático. "Por tanto, queda un sabadismo para el pueblo de Dios. Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas". Hay una ambigüedad en este lenguaje, tanto en griego como en inglés. Puede significar que todos los fieles que han partido han cesado de sus trabajos en la tierra, y ahora disfrutan del reposo y la recompensa del cielo. Este es el sentido que normalmente se le atribuye a las palabras. (Véase el Comentario de Stuart sobre Hebreos, in loc.; Conybeare and Howson, etc.). Hay que confesar, sin embargo, que la relevancia de este lenguaje así interpretado en relación con el asunto en discusión no es muy evidente, y que la construcción gramatical difícilmente justificará esta explicación. El argumento afirma, no que los cristianos han entrado en ese reposo, sino justamente lo contrario. Como Conybeare y Howson muestran muy correctamente, que el escritor declara "que el pueblo de Dios nunca antes ha disfrutado de ese perfecto reposo, y que, por lo tanto, ese goce es todavía futuro". Entonces, ¿quiénes son los que han entrado? Evidentemente, es Cristo, el Precursor, que entró detrás del velo en el nombre de nosotros; nuestro gran Sumo Sacerdote, que ascendió a los cielos; el Josué del Nuevo Testamento, el Capitán de nuestra salvación, que "entró en su reposo", cesando en su obra de redención, como su Padre cesó de su propia obra de creación. Esto demuestra lo correcto de llamar al cielo "sabadismo", "un reposo de Dios", pues aquí tanto el Padre como el Hijo guardan el sábado eterno. Puede añadirse que esta interpretación nos alivia del sentido de incongruencia que se siente al comparar la cesación de los trabajos del cristiano con la cesación de la obra de la creación por parte de Dios; es también perfectamente relevante al argumento en el contexto. No sólo soportan las palabras este sentido, sino que no soportan ningún otro, como lo demuestra muy bien Alford. (Véase el Testamento Griego, in loc.). Ahora podemos ver la fuerza del argumento en su totalidad. El escritor demuestra las fatales consecuencias de la incredulidad y la desobediencia por medio del ejemplo de los antiguos israelitas (cap. 3:7-19). Tenían una gran promesa de entrar en el reposo de Dios, que perdieron por su incredulidad (cal. 3:7-19). Pero aquella promesa de reposo todavía se ofrece, y todavía se puede perder. Fue ofrecida a Israel nuevamente en el tiempo de David y por boca de él; no se agotó por la entrada de los israelitas en Canaán (cap. 4:4-8). En aquel entonces, la promesa se refería al estado celestial, el reposo de Dios mismo, cuando Él guardó el sábado después de la obra de la creación (cap. 4:3-5). Pero Cristo también guarda su sábado, habiendo cesado de la obra de redención, como el Padre cesó de la obra de la creación (cap. 4:10). Queda, pues, todavía un sábado, o reposo celestial, para el pueblo de Dios (cap. 4:9). Procuremos, pues, entrar en aquel reposo de Cristo y de Dios, amonestados contra la incredulidad y la desobediencia por el ejemplo del antiguo Israel (cap. 4:11). Encontraremos en la secuela mucha
luz arrojada sobre este tema de la entrada en el estado celestial, y
la relación con él en que estaban los santos tanto antes como desde
la venida de Cristo. LA CONSUMACIÓN DE LOS SIGLOS
En este versículo tenemos un caso notable de la confusión que surge de la traducción de dos palabras diferentes, kosmou y aiwn, con la misma palabra "mundo" [la versión hispana traduce "siglos"]. La expresión sunteleiatwnaiwnwn
tiene precisamente el mismo significado que sunteleiatouaiwnoz, y se
refiere a la era judía que estaba a punto de terminar. Moses Stuart
traduce el pasaje así: "Pero ahora, al final de la [dispensación]
judía, Él ha hecho su aparición una vez para siempre", etc. Esta es
otra prueba decisiva de que "el fin de la era" [en la versión
hispana "la consumación de los siglos"] era considerada como cercana
por las iglesias apostólicas. EXPECTACIÓN DE LA PARUSÍA
La actitud de expectación
mantenida por los cristianos de la era apostólica se muestra
incidentalmente aquí. Esperaban, en esperanza y con confianza, el
cumplimiento de la promesa de Su venida. Suponer que ellos esperaban
un suceso que no ocurrió es imputarles, a ellos y a sus maestros,
una cantidad de ignorancia y error incompatible con respecto a sus
creencias en cualquier otro tema. LA PARUSÍA SE ACERCA
Por supuesto, "el día" significa "el día del Señor", el tiempo de su aparición, la Parusía. Ahora se había acercado; no podían verla acercándose. Sin duda, las indicaciones de su aproximación predicha po nuestro Señor eran evidentes, y sus discípulos las reconocieron, recordando sus palabras: "Cuando veáis que suceden estas cosas, conoced que está cerca, a las puertas" (Mar. 13:29). No es correcto tergiversar estas palabras en un sentido no natural o doble, y decir con Alford:
Al mismo efecto es su nota sobre Heb. 9:26:
Los cristianos hebreos vivían cerca de la verdadera Parusía que nuestro Señor predijo, y su iglesia esperaba, antes de que pasara aquella generación. No es verdad que la Parusía "está siempre cerca, y siempre lista para irrumpir sobre la iglesia". Esto no es más cierto que decir que el nacimiento de Cristo, su crucifixión, o su resurrección están siempre listas para irrumpir. La Parusía era tan distintamente un suceso específico, con su lugar apropiado en el tiempo, como la encarnación o la crucifixión; y hacer de ella una forma fantasma, que aparece y desaparece, siempre viniendo pero nunca llegando, distante y cercana, pasada y futura, es vaciar la palabra de todo significado. Creemos que Cristo, en su discurso profético, tenía a la vista un suceso pleno; un suceso con un lugar en la historia y la cronología; un suceso cuyo período Él mismo indicó claramente, no ciertamente la hora, ni el día, ni siquiera el año preciso, pero dentro de límites bien definidos, el período de la generación existente. Tal era, manifiestamente, la creencia del escritor de esta epístola. Para él, la Parusía era un acontecimiento bien definido, cuya aproximación podía ver; ni puede detectarse en su lenguaje, ni en el lenguaje de ninguna de las epístolas, ningún rastro de doble sentido, ni de una Parusía parcial o preliminar, sino de una Parusía grande y final. El comentario de Conybeare y Howson es mucho más satisfactorio:
LA PARUSÍA INMINENTE
Esta declaración mira en la misma dirección que la precedente. La frase "el que ha de venir" [oercomenoz] es la designación acostumbrada del Mesías, "el que viene". Esa venida ahora está a la mano. El lenguaje a este efecto es mucho más expresivo de la cercanía del tiempo en griego que en inglés: "Todavía un poquitito", o, como lo traduce Tregelles: "¡Un poquito, cuán poquito, cuán poquito!". La reduplicación del pensamiento al final del versículo: "vendrá y no tardará" también indica la certeza y la prontitud del acontecimiento que se aproxima. Este es el comentario de Moses Stuart sobre este pasaje:
Esto es sólo parte de la verdad;
la Parusía trajo mucho más que esto al pueblo de Dios, si hemos de
creer a las garantías dadas por los inspirados apóstoles de Cristo.
LA PARUSÍA Y LOS SANTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
El argumento que aquí se trae a su conclusión es de gran importancia, y merece muy cuidadosa consideración. Se encontrará que presta un poderoso apoyo indirecto a los puntos de vista propuestos en esta investigación, y que de hecho proporciona la verdadera clave para su explicación. Habiendo ilustrado en este capítulo undécimo su posición principal - la fe en Dios era la característica distintiva de aquellos justos cuyos nombres adornan los anales del Antiguo Testamento - el escritor llama la atención al hecho de que Abraham, Isaac, y Jacob nunca entraron realmente en posesión de la herencia que se les había prometido. No obtuvieron la tierra de Canaán; nunca vieron la Jerusalén terrenal. "Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido" (ver. 13). Luego declara que estos padres de Israel eran conscientes de un significado más profundo de la promesa de Dios que una mera herencia temporal y terrenal. Mientras habitaba como extranjero y peregrino en la tierra de la promesa, Abraham miraba más allá, "a la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (ver. 10). Es evidente que esto no puede referirse a la Jerusalén terrenal, pero el lenguaje parece apuntar a alguna ciudad bien conocida descrita así. Pero, ¿a cuál otra ciudad puede estarse aludiendo que no sea la ciudad descrita en Apocalipsis como "teniendo doce fundamentos", "la ciudad del Dios viviente", la Jerusalén celestial? La correspondencia no puede ser accidental, y proporciona más que una presunción de que cualquiera que haya escrito la Epístola a los Hebreos haya leído la descripción de la Nueva Jerusalén en Apocalipsis. No es una ciudad, sino la ciudad; no es la que tiene fundamentos, sino "los fundamentos", una ciudad particular y bien conocida. Pero volvamos. La confesión de los padres de que eran extranjeros y peregrinos en la tierra era una declaración de su fe en la existencia de una "patria mejor", "los que esto dicen, claramente dan a entender que buscan una patria", no cualquier patria terrenal, sino "una mejor", esto es, "una celestial" (vers. 14,16). Esta fe en una herencia futura y celestial, que ellos veían sólo "de lejos" era verdadera, no sólo en relación con Abraham, Isaac, y Jacob, sino en relación con la compañía entera de los antiguos creyentes (ver. 39). Ni uno sólo de ellos recibió el cumplmiento de aquella divina promesa que su fe había abrazado: "todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediamte la fe, no recibieron lo prometido" (ver. 39). Este es un hecho que vale la pena considerar. Hasta ese momento, de acuerdo con el autor de esta epístola, los santos del Antiguo Testamento habían estado esperando, y todavía esperaban, el cumplimiento de la gran promesa que Dios había hecho a Abraham y a su simiente, y todavía no habían recibido la herencia, ni habían entrado en la patria mejor, ni habían visto la ciudad construida por Dios, que tenía fundamentos. ¿Cómo era esto? ¿Cuál podría ser la causa de la larga demora? ¿Qué obstáculo les impedía la entrada al pleno goce de su herencia? La pregunta ha sido anticipada y contestada. "Aún no se había manifestado el camino al Lugar Santísimo", como lo indicaba la continuada existencia del templo y sus servicios (cap. 9:8). El acceso al lugar de santidad y privilegio no se permitió sino hasta que se hubo abierto el camino mediante el sacrificio expiatorio de Cristo, el gran Sumo Sacerdote, el Mediador del nuevo pacto; no podía conferir un título perfecto a sus súbditos por el cual pudieran ser admitidos para entrar en posesión de la herencia (cap. 9:9). El mero ritual no podía quitar las barreras que el pecado había erigido entre Dios y el hombre; y por lo tanto no había entrada, ni siquiera para los fieles bajo el antiguo pacto, en los plenos privilegios de la condición de santos e hijos. Pero esta barrera fue quitada por el sacrificio perfecto del gran Sumo Sacerdote. "El Mediador del nuevo pacto", mediante la ofrenda de sí mismo a Dios, redimió las transgresiones cometidas bajo el pacto antiguo, o la economía mosaica, librando así a los súbditos de aquel pacto de sus incapacidades, y haciéndole competente para que los escogidos "recibieran la promesa de la herencia eterna" (cap. 9:11-15). El argumento de la epístola, pues, requiere suponer que, hasta que el sacrificio expiatorio de la cruz fue ofrecido, la bienaventuranza de los santos del Antiguo Testamento estaba incompleta. En este sentido, estaban en desventaja en comparación con los creyentes bajo el nuevo pacto. Estos últimos fueron en seguida puestos en posesión de aquello para lo cual los primeros tuvieron que esperar largo tiempo. La superioridad de los creyentes ahora, bajo la dispensación cristiana, sobre los creyentes bajo la anterior dispensación, es un punto fuerte en el argumento. Nosotros, dice el escritor, no tenemos ningún período de demora prolongado interpuesto entre nosotros y la herencia prometida; "nos hemos acercado a ella"; "estamos entrando en ella"; "Dios ha provisto alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros". Es decir, los antiguos creyentes no sólo no tenían ninguna precedencia sobre los cristianos en el disfrute de la herencia prometida, sino que tuvieron que esperar largo tiempo, hasta que llegara la plenitud del tiempo en que, habiendo abierto Cristo el camino hacia el Lugar Santísimo, pudiesen entrar, junto con nosotros, en posesión de la herencia prometida. Es apenas necesario preguntar: ¿Qué esta herencia prometida de la cual tanto se habla aquí, y que los santos del Antiguo Testamento esperaban en fe? Incuestionablemente, es la que Dios prometió a Abraham, Isaac, y Jacob (ver. 9); la que los patriarcas miraron de lejos (ver. 13); aquélla en la cual sus ilustres sucesores creyeron pero que nunca recibieron (ver. 19). Es "la promesa de la herencia eterna" (cap. 9:15); "la esperanza puesta delante de nosotros" (cap. 6:18); "la ciudad con fundamentos" (cap. 11:10); "una mejor, esto es, celestial" (cap. 11:16); "un reino inconmovible" (cap. 12:28). Es en realidad la verdadera Canaán; la tierra prometida; "el reposo de Dios"; "el reposo que queda para el pueblo de Dios" (cap. 4:9). Es algo de lo cual el escritor habla de principio a fin. Regrese el lector en sus pensamientos al capítulo cuarto, donde primero comienza la discusión con respecto al prometido reposo. Evidentemente, aquel "prometido reposo" es idéntico a la "tierra prometida", y la "tierra prometida" es idéntica a "la herencia prometida"; y todas estas diferentes designaciones - ciudad, patria, reino, herencia, promesa - significan una y la misma cosa. La Canaán terrenal no era el todo, no era la realidad, sino sólo el símbolo de la herencia que Dios prometió a Abraham y a su simiente. Esa promesa, lejos de haberse cumplido exhaustivamente mediante la posesión de la tierra bajo Josué, era todavía mantenida en reserva para el pueblo de Dios. Pero ahora había llegado el tiempo en que la herencia estaba a punto de ser entronizada y disfrutada, y los creyentes del pacto antiguo, junto con los del nuevo, habían de entrar en seguida y juntos en el reposo prometido. Hay una notable correspondencia entre el argumento contenido en este pasaje y las afimaciones de Pablo en sus epístolas a los gálatas y a los romanos, que sirve para arrojar luz adicional sobre todo el tema, pero también para probar cuán enteramente paulino es el argumento de Hebreos. Seleccionamos algunos de los principales pensamientos en Gál. 3 a manera de ilustración.
Ahora bien, haciendo lugar para la diferencia en el propósito que Pablo tiene en mente al escribir a los gálatas, se verá cuán notablemente apoyan sus afirmaciones las de la Epístola a los Hebreos.
Muy similar es el alcance del argumento en la Epístola a los Romanos:
En estos versículos encontramos:
Tomando juntos todos estos pasajes, podemos deducir de ellos las siguientes conclusiones:
Es evidente, sin embargo, que el escritor de la Epístola a los Hebreos no consideraba que ni los santos del Antiguo Testamento ni los del Nuevo habían entrado todavía en posesión de la herencia. El mismo propósito y la misma meta de todas sus exhortaciones y apelaciones a los creyentes hebreos es advertirles contra el peligro de abandonar la herencia a causa de apostasía, y animarles a estar firmes y a perseverar para que pudieran recibir la promesa. "Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado" (Heb. 4:1). "Porque os es necesaria la paciencia, para que habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa" (Heb. 10:36). No era suya todavía, pues, en posesión verdadera; pero todo el argumento implica que estaba muy cerca, tan cerca que casi se podía decir que estaba al alcance de la mano. "Los que hemos creído entramos en el reposo" (Heb. 4:3). "Porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará" (Heb. 10:37). Esto indica claramente el período de la esperada entrada en la herencia: es la Parusía; "la venida del Señor"; el día largamente esperado; la plenitud del tiempo, cuando los santos del AT y los del NT entraran simultáneamente en posesión de la herencia prometida; la tierra del reposo; la ciudad con fundamentos; la patria mejor, esto es, la celestial; el reino inamovible; "la herencia incorruptible, incontaminada, inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros". Pero, puede objetarse: Si ya ha venido la simiente "a quien fueron hechas las promesas"; si ya se ofreció el sacrificio del Calvario; si el gran Sumo Sacerdote ha rasgado el velo y quitado el muro; si se ha abierto el camino al Lugar Santísimo, ¿no se sigue que la posesión de la herencia sería otorgada inmediatamente a los santos del AT, y que ellos entrarían en el reposo prometido junto con el Redentor resucitado y triunfante? Este es el punto de vista que han adoptado muchos teólogos, que fijan la resurrección de Cristo como el período de avance y de gloria de los santos del AT. Pero es claro que la doctrina apostólica fija ese período en la Parusía, y esto por la razón dada en la Epístola a los Hebreos (cap. 10:12,13). Aunque el gran Sumo Sacerdote había ofrecido su único sacrificio por el pecado; aunque se había sentado a la diestra de Dios, su triunfo todavía no había llegado plenamente. Todavía estaba "esperando de ahí en adelante a que sus enemigos fuesen puestos por estrado de sus pies". Al mismo efecto es la declaración de Pablo en 1 Cor. 15:22. La consumación se alcanza en etapas sucesivas; primera, la resurrección de Cristo; después, los que son de Cristo, en su venida; luego, "el fin". El edificio no fue coronado sino hasta la Parusía, cuando el Hijo del hombre vino en su reino, y sus enemigos fueron puesto bajo sus pies. Esa fue la consumación, el fin, cuando el gobierno mesiánico delegado habría de cesar; lo ceremonial, local, y temporal habría de fundirse con lo espiritual, universal, y eterno; cuando Dios fuese revelado como el Padre, no de una nación, sino del hombre; cuando todas las distinciones seccionales y nacionales fuesen abolidas, y "Dios fuese todo en todos". Mientras tanto, cuando esta epístola se escribió, el sistema mosaico parecía intacto: "el tabernáculo exterior" todavía estaba en pie; el judaísmo, aunque era un tronco hueco, cuyo corazón se había deteriorado totalmente, todavía tenía una semblanza de vigor, pero había llegado la hora en que la economía entera habría de ser suprimida. Un diluvio de ira estaba a punto de derramarse sobre la tierra y abrumar la ciudad, el templo, y la nación; el juicio de los impenitentes y el pueblo apóstata tendría lugar, y los santos del AT, con los creyentes en Cristo, juntos "entrarían en el reposo" y "heredarían el reino preparado para ellos desde la fundación del mundo". Cuando recordamos que, de acuerdo con algunos expositores, esta epístola se escribió en el umbral de la gran guerra judía que terminó en la destrucción de Jerusalén; o, según otros, después de su estallido, podemos concebir cuán intensa expectación debe haber producido en los corazones cristianos aquella crisis que se aproximaba. La largamente esperada consumación ahora no era cuestión de años, sino de meses o días. Antes de dejar este interesante pasaje es apropiado hacer alusión a las opiniones de algunos de los más eminentes expositores en relación con él. El profesor Stuart pierde el camino por completo. Declara a Heb. 11:40 "un versículo extremadamente difícil, sobre cuyo significado ha habido multitud de conjeturas", y expresa su opinión de que "la cosa mejor" reservada para los cristianos no es una recompensa en el cielo; porque tal recompensa se les ofreció también a los santos de la antigüedad.
Se verá que Stuart confunde por completo lo que quiere decir el escritor. La epaggelia no es el Mesías, sino la herencia, la promesa de entrar en el reposo. Además, no capta la relación del tema con el tiempo entonces presente, y que toda la fuerza del argumento reside en el hecho de que estaba cercano el momento en que la gran promesa de Dios se cumpliría. El Dr. Alford aprehende el argumento mucho más claramente, pero no capta el sentido preciso del todo. Cuán cerca está de aproximarse a la verdadera solución de la dificultad puede verse en la siguiente nota:
Esta explicación, aunque en algunos respectos no está lejos de la verdad, es inconsistente con las afirmaciones de la epístola, pues supone que los santos del AT todavía esperan su completa felicidad, y reducen hasta a los creyentes del NT a la misma condición de espera de una consumación todavía futura. ¿Qué sucede, entonces, con kreittonti, la "alguna cosa mejor" que Dios, según el escritor, había provisto para los cristianos? La ventaja a la que él tanta importancia le da desaparece por completo. Y si la Parusía nunca tuvo lugar, los creyentes del NT no tienen ninguna ventaja en absoluto sobre los santos de la antigüedad. El Dr. Tholuck hace las siguientes observaciones sobre el estado de los santos que han partido antes del advenimiento de Cristo:
Es curioso encontrar varias opiniones similares expresadas por el Dr. Owen en su tratado sobre Hebreos (vol. 5, p. 311):
Mucho de lo que es verdad está
mezclado aquí con algo erróneo. Todas estas opiniones concuerdan en
la conclusión de que la obra redentora de Cristo tuvo una poderosa
influencia sobre el estado de los creyentes del AT; pero ninguna de
ellas aprehendió el hecho, tan legiblemente escrito sobre la faz de
esta epístola, de que no fue sino hasta que el entramado externo del
judaísmo fue barrido, y Cristo había venido en su reino, que la
herencia prometida fue abierta para los creyentes, bien del AT o del
NT, y que la Parusía fue el tiempo señalado para que ambos grupos
entraran juntos en posesión del "reposo de Dios". LA GRAN CONSUMACIÓN ESTÁ CERCANA Contraste
entre la situación de los cristianos hebreos
En este pasaje tenemos una poderosa exhortación a la firmeza en la fe, reforzada por un vívido paralelo, o más bien, contraste, entre la situación de sus antepasados hebreos mientras permanecían de pie temblando ante el monte Sinaí, y la posición ocupada por ellos mismos, de pie, por decirlo así, teniendo delante el monte de Sion y todas las glorias de la herencia prometida. Lo cierto es que, en esta representación, hay tanto un paralelo como un contraste. La semejanza reside en la cercanía del objeto - la reunión con Dios. Como los israelitas en el monte Sinaí, los cristianos hebreos se habían acercado [proselhluqate] al monte de Sion; como sus padres, habían estado cara a cara con Dios. Pero, en otros respectos, había un fuerte contraste en sus circunstancias. En el monte Sinaí, todo era terrible y espantoso; en el monte de Sion, todo era adorable y atractivo. Y esta era la perspectiva que ahora tenían delante suyo. Unos pasos más, y estarían en medio de aquellas escenas de gloria y de gozo, a salvo en la tierra prometida. No puede haber dudas con repecto a la identidad de la escena que aquí se describe: es una visión cercana de la "herencia", "el reposo de Dios", tan constantemente presentada en esta epístola como el ultimátum del creyente - una vez contemplada, de lejos, por patriarrcas, profetas, y santos de la antigüedad, pero ahora visible para todos y dentro de unos días de marcha - "la ciudad con fundamentos", "la patria mejor, a saber, la celestial". Aquí se presenta una pregunta interesante. ¿De qué fuente extrajo el escritor esta vívida descripción de la herencia celestial? Por supuesto, es fácil decir: Es un pronunciamiento original del Espíritu, que habló a los profetas. Pero el autor de la epístola evidentemente escribe como si los cristianos hebreos supiesen y estuviesen familiarizados con las cosas de las cuales él habla. Es evidente que el cuadro del monte Sinaí y sus circunstancias acompañantes se derivan del libro de Éxodo; y si encontramos los materiales para el cuadro del monte Sinaí listos y a la mano en cualquier libro particular del NT, no es incorrecto suponer que la descripción fue tomada de allí. Ahora bien, la verdad es que encontramos cada uno de los elementos de esta descripción en el libro de Apocalipsis; y cuando el lector compara cada característica separada de la escena presentada en la epístola con su contraparte en el Apocalipsis, le será fácil juzgar si la correspondencia puede o no puede ser sincera, y cuál es el cuadro original:
Mirando la exacta correspondencia
entre las representaciones de la epístola y las de Apocalipsis,
parece imposible resistir la conclusión de que el escritor de esta
epístola tenía en mente las descripciones de Apocalipsis; y su
lenguaje presupone el conocimiento de ese libro por parte de los
cristianos hebreos. Esta conclusión conlleva la inferencia de que
Apocalipsis se escribió antes de la Epístola a los Hebreos, y en
consecuencia, antes de la destrucción de Jerusalén. Nos
encontraremos con el tema nuevamente cuando entremos a considerar el
libro de Apocalipsis; mientras tanto, baste observar que tanto en
esta epístola como en Apocalipsis los acontecimientos que se narran
son considerados tan cercanos como para describirlos como realmente
actuales; en la epístola, la iglesia militante se ve como que ya ha
llegado a la herencia, y en Apocalipsis las cosas que han de suceder
pronto se ven como hechos consumados. LA CERCANÍA Y LO FINAL DE LA CONSUMACIÓN
El paralelo, o más bien el contraste, entre la situación de los antiguos israelitas que se acercaron a Dios en Sinaí y la de los cristianos hebreos que esperaban la Parusía es llevado aún más adelante aquí con el propósito de instar a los últimos a soportar y a perseverar. Si era peligroso desestimar las palabras habladas desde el Monte Sinaí - la voz de Dios por boca de Moisés - cuánto más peligroso es dar la espalda a Aquél que habla desde el cielo, la voz de Dios por medio de su Hijo. La voz desde el Sinaí estremeció la tierra (Éx. 19:18; Sal. 68:8); pero una convulsión más terrible estaba cerca, por medio de la cual, no sólo la tierra, sino también el cielo, habrían de ser removidos finalmente y para siempre. Pero, ¿qué es este inminente y final "conmover y remover la tierra y el cielo"? Según Alford,
Al mismo tiempo, admite que:
Pero, si es así, seguramente la catástrofe debe haber sido inmediata porque, sobre la suposición de que pertenece al futuro distante, el intervalo debe ser por necesidad muy largo, y divisible en muchos períodos, como años, décadas, siglos, y hasta milenios. El comentario de Moses Stuart es mucho más al punto:
La clave para la interpretación de este pasaje se encuentra en la profecía de Hageo. Al comparar los símbolos proféticos en ese libro, se verá que el "hacer temblar el cielo y la tierra" es evidentemente emblemático y sinónimo de "trastornar tronos, destruir reinos", y revoluciones sociales y políticas y similares (Hageo 2:21,22). Tales tropos y metáforas son los mismos elementos de la descripción profética, y sería absurdo insistir en el cumplimiento literal de tales figuras. Constantemente se usan prodigios y convulsiones para expresar grandes revoluciones sociales o morales. Que los que encuentran difícil creer que la abrogación de la dispensación mosaica pueda ser prefigurado en lenguaje de tan tremenda sublimidad consideren la magnificencia del lenguaje empleado por profetas y salmistaspara describir su introducción. (Véase Sal. 68:7,8,16,17; 114:1-8; Habacuc 3:1-6). Entonces, ¿qué es la gran catástrofe representada simbólicamente como sacudir los cielos y la tierra? Sin duda es el derribamiento y la abolición de la dispensación mosaica, o pacto antiguo; la destrucción de la iglesia y el estado judíos, junto con todas sus instituciones y ordenanzas. Había "cosas celestiales" que pertenecía a aquella dispensación: las leyes, y estatutos, y ordenanzas, que eran divinos en su origen, y que podrían llamarse correctamente "el bagaje espiritual" del judaísmo - éstos eran los cielos, que habrían de ser conmovidos y removidos. Había también las "cosas terrenales": la Jerusalén literal, el templo material, la tierra de Canaán - éstas eran la tierra, que dee la misma manera debía ser conmovida y removida. En realidad, estos símbolos equivalen a los que empleó nuestro Señor cuando predijo el destino de Israel. "Inmediatamente después de la tribulación de aquellos días [los horrores del sitio de Jerusalén], el sol se oscurecerá, y la luna no dará su lumbre, y las potencias de los cielos serán conmovidas" (Mat. 24:29). Ambos pasajes se refieren a la misma catástrofe y emplean figuras muy similares; además de lo cual tenemos la autoridad de nuestro Señor para fijar el acontecimiento y el período del cual Él habla dentro de los límites de la generación que entonces existía; es decir, las referencias sólo pueden ser al juicio de la nación judía y la abrogación de la economía mosaica en la Parusía. Aquel gran acontecimiento debía preparar el camino para un nuevo y superior orden de cosas. Un reino que no puede ser conmovido habría reemplazar las instituciones materiales y mutables que eran imperfectas en su naturaleza y temporales en su duración; lo material daría lugar a lo espiritual; lo temporal a lo eterno; y lo terrenal a lo celestial. Esta era con mucho la mayor revolución que el mundo hubiese presenciado jamás. Trascendía con mucho en importancia y grandeza hasta la entrega de la ley en el monte Sinaí; y como ella, estuvo acompañada por terribles señales y maravillas, convulsiones físicas, y fenómenos portentosos. Era adecuado que prodigios similares, y aún más terribles, acompañaran su abrogación y la apertura de una nueva era. Que tales portentos precedieron realmente a la destrucción de Jerusalén no tenemos dificultad en creerlo; primero, basándonos en la analogía; segundo, por el testimonio de Josefo; y, sobre todo, por la autoridad del discurso profético de nuestro Señor. Pero no es tanto a cualquier nueva era sobre la tierra como al glorioso reposo y la gloriosa recompensa del pueblo de Dios en el estado celestial a lo que el autor de la epístola dirige la esperanza de los cristianos hebreos. En aquel reino eterno los fieles siervos de Cristo creían que estaban a punto de entrar, y ninguna consideración estaba más calculada para fortalecer a los débiles y confirmar a los vacilantes. "Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; porque nuestro Dios es fuego consumidor". EXPECTATIVA DE LA PARUSÍA
Bien dice Alford:
Esto es irreprochable, y podemos decir: "¡O si sic omnia!". El comentarista ve claramente en este caso la relación entre el lenguaje del escritor y las circunstancias verdaderas de los hebreos. Este principio habría sido una guía segura en otros casos en que nos parece que a él se le escapó por completo el punto principal del argumento. Los cristianos a quienes se escribió la epístola habían arribado a la escena final del sistema judío; la catástrofe final estaba cerca. Oyeron el llamado: "Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus plagas". Jerusalén, la ciudad santa, con su templo sagrado, sus torres y palacios, sus muros y baluartes, ya no era una "ciudad duradera"; estaba a punto de ser "conmovida y removida". Pero el santo hebreo podía ver, más allá de sus lágrimas, otra Jerusalén, la ciudad del Dios viviente; un hogar duradero y celestial, muy cerca, y "bajando", como si fuera "del cielo". Esta era la ciudad venidera [thnmellousan = la ciudad que pronto vendría], a la cual alude el escritor, y que él creía que ellos estaban a punto de recibir. (Heb. 21:28). LA PARUSÍA EN LA EPÍSTOLA DE SANTIAGO Un interés especial acompaña a esta epístola, por cuanto manifiestamente pertenece a "los últimos días", el período final de la dispensación. Es una voz dirigida al Israel disperso de Dios desde dentro de la ciudad condenada a muerte, cuya catástrofe estaba cerca en ese momento. Es el último testigo a la nación tanto dentro como fuera de los linderos de Palestina. Aunque dirigida a los creyentes hebreos, contiene evidencias de la degeneración en la iglesia cristiana y la extrema corrupción de la nación. Abunda la iniquidad, y el amor de muchos se ha enfriado. Pero Santiago de Jerusalén, como uno de los antiguos profetas de Israel, testifica en favor de la verdad y la justicia con resuelta fidelidad, hasta que obtiene la victoria del martirio. Las alusiones directas a la Parusía en esta epístola son pocas en número, pero claras y decisivas en carácter, y es claro que la epístola entera está escrita bajo la profunda impresión de la próxima consumación. VIENEN LOS ÚLTIMOS DÍAS
Esta osada acusación contra los poderosos opresores y ladrones de los pobres en los últimos días el estado judío nos recuerda las advetencias del profeta Malaquías: "Vendré a vosotros para juicio; y seré pronto testigo contra los hechiceros y los adúlteros, contra los que juran mentira, y los que defraudan en su salario al jornalero, a la viuda y al huérfano, y los que hacen injusticia al extranjero, no teniendo temor de mí, dice Jehová de los ejércitos" (Mal. 3:5). Aquel juicio se acercaba ahora, y el juez "estaba delante de la puerta". Nada puede ser más franco que ewl reconocimiento que hace Alford de la importancia histórica de esta conminación, y su expresa referencia a los tiempos del apóstol. Dando razón de la ausencia de cualquier exhortación directa a la penitencia en esta denuncia, dice:
El único inconveniente de esta explicación es el uso desafortunado de la frase "puede ser" en la última oración. ¿Cómo podría pensarse en la incertidumbre en un caso tan sencillo? Nuestra preocupación es con lo que estaba en la mente del apóstol, y seguramente ningunas palabras pueden transmitir un testimonio más fuerte a su convicción de que "los últimos días" y "el fin" estaban a punto de llegar. En su nota sobre el ver. 3, Alford da el significado del apóstol con perfecta exactitud:
Es interesante descubrir que el Dr. Manton, un teólogo que vivió en los días en que una exégesis rigurosa no se practicaba mucho, y una exposición de la Escritura era cualquier significado que se le atribuyera, ha discernido con gran perspicacia el significado histórico de ésta y otras alusiones de Santiago a la Parusía. Por ejemplo, acerca de la cláusula: "El moho de ellos devorará vuestras carnes como fuego", Monton dice:
CERCANÍA DE LA PARUSÍA
Tres declaraciones claras, cortas, nítidas, alarmantes, todas significando la inminente llegada del "día del Señor". El comentario de Manton sobre estos pasajes, aunque lo persigue el fantasma del doble sentido, es en general excelente:
Luego, conntinúa dando un significado alterno, se acuerdo con la costumbre de los expositores del doble sentido. Acerca del versículo octavo: "Porque la venida del Señor se acerca", Manton observa:
Acerca del vers. 9: "He aquí, el juez está delante de la puerta", Manton descarta por completo el doble sentido, y da la siguiente explicación irreprochable:
Es fácil ver que la perdonable ansiedad por encontrar un uso actual didáctico y edificante en toda la Escritura reside en la base de gran parte de la exposición de teólogos como Manton, y les inclina a adoptar significados alternos y ajustes, que una exégesis estricta no puede admitir. Pero el lenguaje del apóstol en este caso no necesita ninguna explicación, pues habla por sí solo. Muestra la actitud de expectativa y la esperanza con la que las iglesias apostólicas esperaban la manifestación del regreso de su Señor. Una iglesia perseguida necsitaba pacienciabajo las injusticias infligidas por sus opresores. Su clamor era: ¡Oh, Señor! ¿Hasta cuándo? Se consolaban con la certeza de que el día de liberación estaba cerca; "el juez", el vengador de sus injusticias ya estaba "delante de la puerta". "Aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará". ¿Cómo es posible reconciliar esta confiada esperanza de una liberación casi inmediata con una consumación todavía futura después de que hubiesen pasado dieciocho siglos? No hay sino dos alternativas posibles: o Santiago y los otros apóstoles estaban burdamente engañados en su esperanza de la Parusía, o aquel acontecimiento sí ocurrió, de acuerdo con su esperanza y la predicción del Señor, al final de la era judía. Si adoptamos esta última alternativa, la única compatible con la fe cristiana, tenemos que aceptar la inferencia de que la Parusía era la gloriosa aparición del Señor Jesucristo para abolir la dispensación mosaica, ejecutar juicio sobre la nación culpable,y recibir a su fiel pueblo en su reino y su gloria celestiales. LA PARUSÍA EN
LAS EPÍSTOLAS EN LA PRIMERA
EPÍSTOLA Es evidente que esta epístola, como la de Santiago, pertenece al período llamado "los últimos días". Como el otro testigo y hermano apóstol suyo, Santiago, Pedro dirige sus exhortaciones a los cristianos hebreos de la dispersión; porque ésta es la única interpretación natural del título que se les da en el primer versículo. El contenido manifiesta de modo suficiente que la epístola se escribió en un tiempo de sufrimiento por amor a Cristo. Los discípulos estaban "cargados de muchas tentaciones", pero un tiempo de prueba más severo se aproximaba, y por esto se les exhortaba a prepararse. "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese" (1 Ped. 4:12). Son consolados, además, con la expectativa de una liberación rápida y final. Es necesario leer esta epístola a la luz de las circunstancias reales del tiempo en que se escribió y de las personas a quienes se les escribió. Cualesquiera sean sus usos y las lecciones para otros tiempos y personas, no debe perderse de vista su relación primaria y especial con los judíos de la dispersión en la era apostólica. LA SALVACIÓN
PREPARADA PARA SER
Cada una de las palabras de este discurso de apertura está llena de significado, e implica la cercana proximidad de una crisis grande y decisiva. En el ver. 4, tenemos una alusión muy clara a la "herencia", que es el tema de una porción tan grande de la Epístola a los Hebreos, es decir, la Canaán verdadera, "el reposo que queda para el pueblo de Dios". En lenguaje muy similar, Pedro la llama "la herencia reservada en el cielo" y representa la entrada en ella por los creyentes como muy cercana. La salvación está "preparada para ser manifestada". Lo que esta "salvación" significa es muy evidente; no es la glorificación personal de las almas individuales a la muerte, sino una liberación grande y colectiva, en la cual el pueblo de Dios ha de participar de modo general: una salvación como la que Dios ejecutó para Israel a las orillas del Mar Rojo. Del mismo modo, Pablo usa la misma palabra con referencia a esta misma consumación próxima: "Ahora está nuestra salvación más cerca que cuando creímos" (Rom. 13:11). La gran liberación general no era un suceso distante, estaba ahora "preparada para ser revelada", en la misma víspera de hacerse manifiesta. Como observa Alford, la palabra etoimhn [preparada] es más fuerte que melousan. Entender esto como que se refiere a creyentes individuales que entran al cielo uno por uno a la hora de la muerte, o como la entrada a un estado celestial que todavía no ha sido concedido, es absolutamente repugnante al claro sentido de las palabras. La salvación está lista para ser revelada en "el tiempo postrero", es decir, "ahora", el tiempo que era presente entonces. Ya hemos tenido ocasión de observar que los apóstoles llaman a su propio tiempo "el tiempo postrero". Ellos creían y enseñaban que estaban viviendo en los últimos tiempos, y esto debe poder reconciliarse con los hechos, si su crédito como fieles y autorizados testigos ha de mantenerse. Estaban justificados en su creencia: vivían en los últimos tiempos, en el período final de la era o época judía. En el versículo veinte de este capítulo encontramos que se da la misma designación al tiempo de la encarnación de Cristo: "Quien fue manifestado en los postreros tiempos [al final de los tiempos] por amor de vosotros". Decir que el apóstol considera el período entero desde el principio de la dispensación del Nuevo Testamento hasta la venida de Cristo en gloria, en una época futura y posiblemente todavía distante, como un corto tiempo llamado los últimos días, es una interpretación sumamente antinatural y forzada. Es evidente que el apóstol habla de un período de crisis, y hacer que una crisis se extienda por miles de años es violentar, no sólo el sentido gramatical de las palabras, sino la naturaleza de las cosas. A riesgo de ser repetitivos, podemos observar aquí que, de acuerdo con el uso del Nuevo Testamento, debemos concebir el período entre la encarnación de Cristo y la destrucción de Jerusalén como el fin de una época o era. Fue al final de la era [episunteleiatwnaiwnwn = cerca del final de la época] que "Cristo apareció para quitar de en medio al pecado, por el sacrificio de sí mismo" (Heb. 9:26). Este período entero de alrededor de setenta años se considera como "el tiempo postrero", pero es natural que la frase tuviese un acento más fuerte cuando la guerra de los judíos, el principio del fin, estaba a punto de estallar, si ya no había comenzado. LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO ESTÁ PRÓXIMA
Todo en la exhortación del apóstol transmite la idea de ansiosa expectación y preparación. La salvación está lista para ser revelada; los creyentes sometidos a prueba y perseguidos deben "ceñir los lomos de su entendimiento"; la esperada bendición, la gracia, está en camino - está siendo traída a ellos. Alford observa correctamente que la palabra feromenhn [siendo traída] significa "la cercana inminencia del suceso del que se habla; q.d. que en este mismo momento se le viene encima a uno". ¿No prueba esto claramente que Pedro entendía, y deseaba que sus lectores entendiesen, que este apocalipsis de Jesucristo estaba a la puerta? Habría sido una farsa decir a hombres que sufrían y eran perseguidos que se prepararan para recibir una salvación que no habría de llegar por cientos y miles de años. RELACIÓN ENTRE
LA REDENCIÓN DE CRISTO
La interpretación común de este
difícil pasaje que da la mayoría de los expositores protestantes es
que Cristo, en efecto, predicó a los antediluvianos por medio de su
Espíritu Santo a través del ministerio de Noé. Esto sin duda afirma
una verdad, y además tiene la ventaja de que permanece dentro de los
límites de hechos históricos bien conocidos, y evita lo que parece
especulación oscura y dudosa. Sin embargo, como cuestión gramatical,
esta interpretación es completamente insostenible. Primero, es
razonable esperar una secuencia cronológica en las varias partes de
la declaración del apóstol, describiendo lo que Cristo hizo después
de "haber muerto en la carne". ¿Qué sería más áspero y más abrupto
que la súbita transición de la narración de lo que Cristo hizo y
sufrió en la carne a lo que había hecho, en un sentido, varios miles
de años antes, en los días de Noé? Además, la traducción "siendo
vivificado en Espíritu" y "en el cual también", dando a entender que
el Espíritu Santo era el agente por medio del cual Cristo fue
vivificado, y por medio del cual predicó, etc., es claramente
errónea. Debería ser: "Siendo a la verdad muerto en [su]
carne, pero vivificado en [su] espíritu", -- siendo la carne
su cuerpo, y el De acuerdo con el sentido verdadero y natural de las palabras, parece, pues, que no hay escapatoria a la interpretación de que nuestro Señor, después de su muerte en la cruz, fue, en su estado desencarnado, al Hades, el lugar de los espíritus que han partido, y allí hizo proclamación [predicó] a los espíritus aprisionados, es decir, los antediluvianos, los que en los días de Noé no creyeron a las advertencias del profeta y perecieron en el diluvio. Ésta, que es la interpretación más antigua, es ahora generalmente aceptada por los críticos más eminentes. Es la que está incluida en el Credo de los Apóstoles; tiene la sanción de Lutero y de Calvino; y parece estar apoyada por otros pasajes en la Escritura que están en armonía con esta explicación. En el sermón de Pedro el día de Pentecostés (Hechos 2:27-31), hay una clara alusión al alma de Cristo en el Hades; también en Efe. 4:9): "Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?" Es difícil suponer que el entierro del cuerpo es todo lo que significan las palabras de que descendió a las partes más bajas de la tierra. Queda la pregunta más importante: ¿Cuál era el objeto de que nuestro Señor descendiera al Hades? Difícilmente puede dudarse de que fue por gracia. El apóstol dice: "Predicó [ekhruxen] a los espíritus encarcelados" - ¿y qué podría predicar sino alegres nuevas? Este hecho da un significado nuevo y mayor a los términos de la comisión de nuestro Señor: "Me ha enviado a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel" (Isa. 61:1). La hipótesis del obispo Horsley y de otros de que aquellos espíritus encarcelados eran en realidad santos, o por lo menos penitentes, que esperaban el período de su salvación plena, apenas requiere ser refutada. Si algo está claro en relación con esta cuestión es que eran los espíritus de los que habían perecido por su desobediencia, y en su desobediencia. Como hace notar el obispo Ellicott, apeiqhsasin significa, no "los que fueron desobedientes", sino "por cuanto fueron desobedientes". Pero, puede decirse, ¿por qué fueron escogidos los antediluvianos desobedientes como objetos de esta misión de gracia? ¿No había otras almas perdidas en el Hades, y por qué debían éstas encontrar gracia por encima de las demás? El obispo Horsley acepta que esta es una dificultad, y la que más azoramiento causa a su interpretación. Alford encuentra una razón, si le entendemos bien, en el modo en que murieron. "La razón de mencionar a estos pecadores aquí por encima de otros pecadores parece ser su relación con el tipo de bautismo que sigue"; pero esto ciertamente es atribuir a esa institución una eficacia más allá de las más atrevidas teorías de la regeneración bautismal. Nos aventuramos a sugerir que la verdadera razón reside en la naturaleza de aquel gran acto judicial que tuvo lugar en el diluvio. Aquél fue el fin de una época o era, y terminó en una catástrofe, pues la época en progreso entonces estaba a punto de terminar. Los dos casos eran análogos. Así como el diluvio fue el fin y la consumación de una era o un período mundial anterior, así también la destrucción de Jerusalén y la abrogación de la economía judía estaban a punto de poner fin al período mundial o era existente. ¿Qué puede ser más natural, en vísperas de una catástrofe como la que anticipaba el apóstol, que hacer alusión a la catástrofe de una era enterior? ¿Qué puede ser más pertinente que hacer notar el hecho de que la "salvación venidera" tenía un efecto retrospectivo sobre aquellas épocas idas? No es difícil ver la conexión de las ideas en el tren de pensamiento del apóstol. El diluvio fue la sunteleiatouaiwnoz del tiempo de Noé; otra sunteleia estaba muy cerca. El "mundo antiguo, que entonces era", pereció en las aguas bautismales del diluvio; el "mundo que ahora es" - el orden mosaico, el sistema político y el pueblo judíos - estaban apunto de ser inmersos en un bautismo de fuego (Mal. 4:1; Mat. 3:11,12; 1 Cor. 3:13; 2 Tes. 1:7-10). ¿No era apropiado mostrar que la obra redentora de Cristo unía, y en realidad cubría, ambas épocas, y miraba hacia atrás sobre el pasado, así como hacia adelante, al futuro? Entonces, a pesar del misterio y la oscuridad que declaradamente arrojan sombra sobre el tema, somos llevados a la conclusión de que, en este pasaje, el apóstol sí enseña claramente que nuestro bendito Señor, después de su muerte en la cruz, descendió como espíritu desencarnado al Hades, el lugar de los espíritus que han partido, y allí proclamó las alegres nuevas de su redención consumada a las multitudes de los perdidos que perecieron en la catástrofe o juicio final de la era anterior; y, aunque en este pasaje no tenemos ninguna afirmación expresa de que los que oyeron el anuncio hecho por nuestro Salvador fueron en consecuencia librados de su cárcel, e introducidos a "la gloriosa libertad de los hijos de Dios", no parece increíble, sino que hasta es presumible, que esta emancipación era tanto el objeto como el resultado de la intervención de Cristo. Ya nos hemos referido a Efe. 4:9 en el sentido de que apoya este punto de vista. "Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?" El obispo Hersley muestra que la frase "las partes más bajas de la tierra" es la designación correcta y acostumbrada del Hades. En el mismo pasaje, el apóstol habla de la triunfante ascensión de Cristo con estas palabras: "Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres". ¿No arroja luz sobre esto de "llevar cautiva la cautividad" la enseñanza de Pedro con referencia a los "espíritus encarcelados"? ¿No indica que el Salvador que regresó, habiendo peleado la buena batalla y obtenido la victoria, disfrutó también del triunfo, y llevó con él al cielo una gran multitud que había rescatado de la cautividad; los espíritus encarcelados a los cuales llevó las alegres nuevas de la redención alcanzada; y quienes, habiendo sido sacados de la cárcel, acompañaron a la casa de su Padre al conquistador que regresaba, siendo al mismo tiempo los rescatados por su sangre y los trofeos de su poder? Antes de abandonar este tema, es bueno citar algunas opiniones de críticos bíblicos con referencia a él. Steiger, que trata el pasaje entero de una manera extremadamente franca y erudita, dice:
La opinión de Dean Alford es muy decidida:
En un interesante discurso sobre "El Estado Intermedio", del Rev. J. Stratten, ocurren las siguientes observaciones:
Aquí podemos observar, de pasada, que esta liberación del Hades sirve para ilustrar vívidamente las palabras de Pablo en 1 Cor. 15:26: "El postrer enemigo que será destruido es la muerte". CERCANÍA DEL
JUICIO Y
En estos pasajes, encontramos nuevamente lo que tan a menudo hemos encontrado antes, una clara comprensión del juicio y del fin como cercanos. En el ver. 5, el apóstol da a entender que Dios estaba a punto se sentarse a juzgar a los vivos y a los muertos. No es posible que esto se refiera a aquel acto de juicio que está, como creemos, siempre cercano a todo hombre, en el mismo sentido en que la muerte y la eternidad están siempre cercanas. Obviamente, es una adjudicación solemne, pública, y general, en la cual los vivos y los muertos estaban juntos para responder por sí mismos ante el tribunal de Dios. Este enfoque del juicio se deriva del enfoque de la Parusía, que se indica tan claramente en 1:5. Todo lo que se ha afirmado con relación a ese pasaje se aplica con igual fuerza a este; etoimwzeconti = estar preparado para juzgar, es una expresión más fuerte que mellonti, y de ninguna manera puede referirse a ningún suceso que no sea a uno casi inmediato. No menos decisiva es la declaración del ver. 7: "El fin de todas las cosas se acerca". Cualquier cosa que se quiera decir con ese fin, es seguro que el apóstol la concibe como cercana, pues la considera motivo para velar en oración. Para captar toda la fuerza de la exhortación, tenemos que ponernos en la situación de estos cristianos apostólicos. Al disminuir, año tras año, la distancia hacia la desaparición de la generación que vio y rechazó al Hijo del hombre, la anticipación de la llegada de la gran consumación predicha debe haberse vuelto más y más vívida en las mentes de los creyentes cristianos. No nos toca a nosotros establecer cuáles eran sus conceptos en cuanto a la naturaleza y la extensión de aquella consumación; o si se imaginaban o no que ella involucraba la disolución de toda la armazón y todo el tejido del mundo material. Tenemos que ver, no con las opiniones privadas de los apóstoles, sino con sus pronunciamientos en público. Pero la consumación descrita por nuestro Señor como "el fin", y "el fin del siglo" se acercaba rápidamente no es una cuestión abierta a debate, sino un punto de fe, que involucraba la verdad de todas sus afirmaciones. No puede haber duda de que, en un sentido judaico o religioso, esto es, por lo que concernía al sistema nacional y eclesiástico del judaísmo, "el fin de todas las cosas se acercaba". La destrucción de todo lo que contemplaban los ojos de nuestro Señor mientras estaba sentado en el monte de los Olivos se acercaba rápidamente. Esta es la clave de lo que quiere decir Pedro en este pasaje, y proporciona la única explicación sostenible y bíblica. Citamos, con entera satisfacción y aprobación, las observaciones de un juicioso expositor sobre el pasaje que nos ocupa:
Quizás apenas pueda decirse que el pasaje citado arriba cae dentro del ámbito de esta discusión, puesto que no parece tener ninguna relación directa con el tiempo de la Parusía; y su extrema dificultad podría ser una buena razón para evitar examinarlo en absoluto. Sin embargo, como manifiestamente pertenece a la escatología del Nuevo Testamento, y como no tenemos ningún derecho a considerarlo como desesperadamente insoluble, parece mejor no pasarlo por alto en silencio. Puede haber pocas dudas de que éste es uno de una clase de pasajes difíciles que, aunque oscuros para nosotros, eran inteligibles y fáciles para los lectores originales de las epístolas. (Véase 1 Cor. 11:10; 15:29). Una alusión de pasada podría invocar todo un tren de ideas en sus mentes, de manera que comprendieron fácilmente lo que a nosotros nos desconcierta sin remedio. Paley, en su Horae Paulinae, cap. 10, No. 1, advierte de esta dificultad en una correspondencia real que caiga en manos de una tercera persona. El ámbito general del argumento es lo suficientemente claro. El apóstol comienza el capítulo llamando a los sufrientes y perseguidos discípulos a imitar el ejemplo de su una vez sufriente pero ahora victorioso Señor. "Armaos del mismo pensamiento", es decir, sufrid como él sufrió, aún hasta la muerte, si es necesario. En los siguientes versículos, alude a la anterior vida sensual y sin Dios de ellos, y la ofensa que el cambio a la pureza de una conducta cristiana infirió a sus vecinos paganos (vers. 2, 2, 4). Esta protesta silenciosa pero viviente contra la inmoralidad del paganismo parece haber sido una de las causas de la antipatía general hacia el evangelio, que encontró salida en calumniosas imputaciones contra los inocentes cristianos: "Hablando mal de vosotros" (blasfhmountez). Pero estos calumniadores y perseguidores pronto serían llamados a cuenta por Aquél que estaba a punto de juzgar a los vivos y a los muertos (ver. 5). Se encontrará que es muy importante tener presente esta introducción al argumento del apóstol, pues conduce a la afirmación del ver. 6. Ahora examinemos esa afirmación: "Porque por esto también ha sido predicado el evangelio a los muertos, para que sean juzgados en carne según los hombres, pero vivan en espíritu según Dios". Puede decirse ciertamente que aquí hay tantas dificultades como palabras. ¿Cuándo, dónde, y por quién fue predicado el evangelio a los muertos? ¿Quiénes eran los muertos a quienes se les predicó el evangelio? ¿Por qué se les predicó? ¿Cómo podían los muertos ser juzgados en carne según los hombres? ¿Cómo podían vivir en espíritu según Dios? ¿Y cómo es que la predicación del evangelio a los muertos produjo este resultado, "para que vivan en espíritu según Dios"? No serviría de nada repasar la multitud de explicaciones de este oscuro pasaje que han sido propuestas por diferentes comentaristas. Baste examinar una o dos de las más plausibles. A la pregunta: ¿Quiénes eran los muertos a los cuales se dice que fue predicado el evangelio?, algunos creen que es suficiente contestar: Son los que, estando muertos ahora, estaban vivos en la carne cuando el evangelio se les predicó. Ésta sería una solución fácil si fuese permitido interpretar así las palabras del apóstol; pero esta explicación tiene una objeción fatal: hace expresar al apóstol un hecho muy simple y sencillo de un modo inexplicablemente oscuro y ambiguo. Las palabras mismas rechazan tal explicación. Alford no habla con demasiada fuerza cuando dice:
Otros suponen que debe entenderse que los "muertos" en el ver. 6 son los espirtualmente muertos; pero contra esto hay dos objeciones insalvables: primera, no discrimina una clase particular, pues todos los hombres están espiritualmente muertos la primera vez que se les predica el evangelio; y segunda, atribuye a la palabra nekroi [los muertos] un significado diferente del que tiene la misma palabra en el ver. 5 - "los vivos y los muertos". Según esta interpretación, la palabra "muertos" se usa literalmente en el ver. 5, y en un sentido ético en el ver. 6. Pero, como dice Alford con justicia:
Pero, probablemente, la opinión más común es la de que aquí el apóstol alude nuevamente a la predicación de Cristo a los espíritus encarcelados a que se hace referencia en 3:19,20; y al principio, esta parece la explicación más natural. Aquella fue, sin duda, una predicación del evangelio a los muertos, y también a una clase particular de muertos, los antediluvianos que fueron desobedientes en los días de Noé, y que fueron alcanzados por el juicio de Dios. Pero, cuando examinamos más de cerca la afirmación del apóstol, descubrimos que esta aplicación de sus palabras de ninguna manera se ajusta a las personas designadas como "los espíritus encarcelados". ¿Cómo se podría decir que los antediluvianos serían "juzgados en carne según los hombres"? Ellos perecieron por la visita de Dios, no por el juicio o la acción de los hombres, y parece evidente que la cláusula subsiguiente - "para que vivan en espíritu según Dios" - implica la reversión de la condenación humana que había sido impuesta sobre los muertos mientras estaban en el cuerpo. Ninguna de las explicaciones ordinarias, pues, parece llenar los requisitos del caso. Esos requisitos son: encontrar una clase de muertos a los cuales se les predicó el evangelio después de haber muerto; una clase de los que fueron condenados a muerte, mientras estaban en la carne, por el juicio de los hombres, pero que están destinados a vivir en espíritu, según el juicio de Dios, y que esto sea consecuencia de haberles sido predicado el evangelio después de haber muerto. En seguida somos llevados a la conclusión de que esta clase particular, juzgada o condenada por el juicio humano, debe referirse a los perseguidos discípulos de Cristo. Es a los tales y de los tales que el apóstol está hablando, como es evidente por los versículos iniciales del capítulo. Sería bastante correcto decir de los tales que, aunque (injustamente) condenados por el hombre, serían vindicados por Dios. Es también correcto decir de los tales (especialmente, si son mártires de la fe) que habían "sufrido en carne" - habían sido ejecutados por el juicio humano, pero vivificados en espíritu, o en cuanto a sus espíritus, y esto según Dios, o por el juicio divino. Pero todavía queda la formidable dificultad que presentan las palabras "también ha sido predicado el evangelio a los muertos". En el Nuevo Testamento no se menciona ninguna predicación del evangelio a los mártires cristianos después de muertos. Pero, ¿estamos obligados necesariamente a dar este sentido a la palabra euhggelisqh? Creemos que es aquí donde se encuentra la clave de la verdadera explicación de este pasaje; y que es la errónea interpretación de esta palabra lo que ha confundido a los comentaristas. Aunque se usa muy comúnmente en sentido técnico para referirse a la predicación del evangelio, éste no es en modo alguno su uso invariable en el Nuevo Testamento. Se emplea para significar el anuncio de cualquier buena nueva, y no exclusivamente de las alegres nuevas del evangelio. Por eso, en Hebreos 4:2, incorrectamente traducido en nuestra Versión Autorizada [en inglés] como "también a nosotros se nos ha anunciado el evangelio como a ellos", no hay ninguna alusión a la predicación del evangelio en el sentido técnico de la frase, sino simplemente al hecho de que "a nosotros, así como a los antiguos israelitas, nos han traído las buenas nuevas" [esmen enhggelismenoi], siendo en ambos casos las buenas nuevas la promesa de entrar en el reposo de Dios. Así que, en un sentido más general, la palabra se usa para denotar cualquier noticia agradable, como en 1 Tes. 3:6: "Cuando Timoteo nos dio buenas noticias de vuestra fe", etc. [euaggelisamenou hmin]. Así sucede también en Apoc. 10:7: "Como él lo anunció [euhggelisen = hizo una declaración consoladora] a sus siervos los profetas" (Véase también Gál. 3:8). Pero la pregunta todavía se repite: ¿Dónde tenemos en el Antiguo Testamento alguna alusión a tales buenas nuevas, noticias agradables, o afirmaciones consoladoras, hechas a cualesquiera confesores o mártires cristianos después de sus muertes? El apóstol parece hablar de algún hecho con el cual estaban familiarizadas las personas a las que escribió, un hecho al que sólo tenía que aludir para que ellas reconocieran su significado en seguida. Ahora bien, efectivamente tenemos en el Nuevo Testamento una representación histórica en la cual encontramos presentes todas estas circunstancias. Tenemos la descripción de una escena en la cual los mártires cristianos, que habían sido condenados y ejecutados en carne por el juicio del hombre, apelan a la justicia de Dios contra sus perseguidores, y se les hace una declaración consoladora, después de muertos, asegurándoles una pronta vindicación y una gloriosa recompensa celestial. Por supuesto, aludimos a la impresionante representación que da Apocalipsis de las almas martirizadas bajo el altar, apelando a Dios para la vindicación de su causa contra sus perseguidores y asesinos - "los que moran en la tierra" - y que se describe en Apoc. 6:9-11:
Esto parece llenar exactamente todos los requisitos del caso. Aquí encontramos a los nekroi, los muertos cristianos; fueron juzgados o condenados en carne, por el juicio del hombre, o "según los hombres"; habían sido ejecutados "por la palabra de Dios, y por el testimonio que tenían". Encontramos una consoladora declaración que se les hizo en su estado desencarnado, y tenemos en la epístola una laguna que ha sido llenada en la visión apocalíptica, porque se nos informa de lo que condujo a este euaggelion que se les llevó; se les asegura que en un poco de tiempo su causa sería vindicada, según sus oraciones; mientras tanto, se le da a cada uno de ellos "una vestidura blanca", símbolo de pureza y de victoria, y que seguramente es equivalente a ser justificado por el juicio divino. Pero esta correspondencia, impresionante como es, no es todo; la declaración del apóstol es dilucidada, no solamente por Apocalipsis por una parte, sino por el evangelio, por la otra. La mayoría de los comentaristas ha notado la obvia relación entre la escena de las almas de los mártires bajo el altar en la visión apocalíptica y la notable parábola de nuestro Señor en Lucas 18; pero, hasta donde hemos observado, ninguno de ellos ha captado la verdadera analogía entre la parábola y la visión. En los versículos siete y ocho de ese capítulo, encontramos la moraleja de la parábola. "¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles? Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?" La parábola y la visión son, de hecho, contrapartes la una de la otra, y ambas sirven para explicar el pasaje en esta epístola de Pedro. Como sucede en Apocalipsis, también ocurre en la parábola. Encontramos todos los elementos de la declaración de la epístola. Tenemos a discípulos cristianos que sufren injustamente; condenados en carne por el juicio del hombre; apelando a Dios para que juzgue su causa; tenemos la seguridad de su rápida vindicación por Dios, y encontramos en el evangelio una característica adicional que lo pone en correspondencia más perfecta con la afirmación de la epístola; porque se indica evidentemente que esta vindicación ha de tener lugar en la Parusía - "cuando venga el Hijo del Hombre". Por último, podemos señalar la íntima relación entre la afirmación del apóstol, así interpretada, y el argumento que está adelantando. Era apropiado asegurarles a los creyentes perseguidos que su causa estaba asegurada en las manos de Dios; que, aunque fuesen llamados a sufrir hasta el punto de tener que derramar su sangre hasta la muerte por la injusta sentencia de los hombres, Dios les vindicaría prontamente, pues Él estaba a punto de hacer comparecer a sus perseguidores ante su tribunal. Esta era la lección de la parábola de la viuda inoportuna, y quizás aún más de la visión de las almas de los mártires bajo el altar, a la cual parece aludir más particularmente el lenguaje del apóstol - "Porque para esto se hizo una consoladora declaración aun a los muertos, para que, aunque habían sido condenados en la carne por el injusto juicio de los hombres, pudieran disfrutar de la vida eterna en su espíritu, según el justo juicio de Dios". Esta interpretación supone que Apocalipsis se escribió y circuló ampliamente antes de la destrucción de Jerusalén. Es una reflexión acerca de la perspicacia crítica de muchos eminentes comentaristas ingleses el que se hayan apoyado por tanto tiempo en la caña quebrada de la tradición con respecto a la fecha de Apocalipsis. La evidencia interna de ese libro debió haber evitado la posibilidad de que fuesen inducidos a error por la autoridad de Ireneo. Pero tenemos que reservarnos cualesquiera observaciones ulteriores sobre este tema hasta que lleguemos a considerar el libro de Apocalipsis. EL FUEGO DE PRUEBA Y LA GLORIA VENIDERA
Estas palabras indican claramente que en ese tiempo y por todas partes los cristianos estaban pasando por un severo cernimiento y una severa prueba - "un fuego de prueba". Y no meramente un fuego de prueba, sino la prueba, por largo tiempo predicha y esperada, vale decir, la gran tribulación que habría de preceder a la Parusía. Los apóstoles advirtieron a los discípulos: "Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios" (Hech. 14:22). El Señor mismo les había enseñado esto, especialmente en su discurso profético. Evidentemente, la tribulación predicha ya había llegado; en realidad, estaban pasando a través del fuego. Es imposible no recordar aquí las palabras de Pablo: "Por el fuego será revelada; y la obra de cada uno cual sea, el fuego la probará" (1 Cor. 3:13). Es altamente probable que la feroz persecución bajo el gobierno de Nerón estuviese en su furor en ese tiempo, y tenemos buenas razones para creer que se extendía más allá de Roma, hasta las provincias del imperio. Otra indicación del tiempo se encuentra en el ver. 13: "En la revelación de su gloria". La Parusía es siempre representada trayendo alivio de la persecución, y recompensa al sufriente pueblo de Dios. Ya hemos visto que la gloria estaba "a punto de ser revelada", y encontraremos la misma seguridad repetida en el cap. 5:1. EL TIEMPO DEL JUICIO HA LLEGADO
Vale la pena observar cuán diferente del tono de Pedro es el de Pablo en la segunda epístola a los Tesalonicenses al hablar del día del Señor. Pedro declara que el día del cual dice Pablo que todavía no ha llegado, y que no es posible sino cuando la apostasía aparezca por primera vez, había llegado. La catástrofe era ahora inminente. "Dios estaba preparado para juzgar a los vivos y a los muertos"; "el tiempo para que comenzara el juicio había llegado". La importancia de estas palabras se volverá evidente si consideramos que esta epístola se escribió muy cerca del estallido de la guerra de los judíos, si no después de que ya había comenzado. De que este es "el juicio que debe comenzar por la casa de Dios" apenas puede haber dudas. Hay una manifiesta alusión en el lenguaje del apóstol a la visión del profeta Ezequiel (cap. 9). El profeta ve una pandilla de hombres armados encargados de ir por la ciudad (Jerusalén) y matar a todos los viejos y los jóvenes que no tuvieran el sello de Dios sobre sus frentes. A los ministros de la venganza se les ordena comenzar la obra de juicio en la casa de Dios: "Comenzaréis por mi santuario". El apóstol ve esta visión a punto de cumplirse en la realidad. El juicio debe comenzar por la casa de Dios, y el tiempo ha llegado. Puede ser una cuestión de si, por la casa de Dios, el apóstol quiere decir el templo de Jerusalén, como indicaría la profecía de Ezequiel, o la casa espiritual de Dios, la iglesia cristiana. Puede ser que ambas ideas estuviesen presentes en su mente, y podrían haber estado, pues ambas se estaban verificando en ese momento. La persecución de la iglesia de Cristo ya había comenzado, como testifica la epístola, y el círculo de sangre y fuego se estrechaba alrededor de la ciudad y el templo de Jerusalén condenados a la destrucción. Es perfectamente claro que todo esto se dice con referencia a un suceso particular e inminente, una catástrofe que estaba a punto de tener lugar; y no hay ninguna otra explicación posible, aparte de la que se ve de modo palpable en las páginas de la historia, el juicio de la culpable nación del pacto, con la destrucción de la casa de Dios y la disolución de la economía judía. Las siguientes observaciones del Dr. John Brown expresan bien el sentido de este pasaje:
LA GLORIA A PUNTO DE SER REVELADA
Todo en este capítulo indica la cercanía de la consumación. Éste es el motivo de cada deber, para la fidelidad, la humildad, la vigilancia, la paciencia. La gloria pronto será revelada [thz melloushz apokalupteskai doxhz]; los fieles pastores ayudantes recibirán la corona inmarcesible cuando sa manifieste el Príncipe de los pastores; los sufrimientos de la iglesia perseguida han de continuar sólo "un poco más de tiempo" (ver. 10). Todo indica una consumación grande y feliz que está a punto de ocurrir. ¿Hablaría el apóstol de una esperada corona de gloria como motivo para la presente fidelidad si dependiese de un suceso incierto y posiblemente muy distante en el tiempo? Pero si el Príncipe de los pastores no se ha manifestado todavía, la corona de gloria todavía no ha sido recibida. Está bastante claro que, como lo ve el apóstol, la revelación de la gloria, la manifestación del Príncipe de los pastores, la recepción de la corona inmarcesible, y el fin del sufrimiento, todo estaba en el futuro inmediato. Si estaba errado en esto, ¿es digno de confianza en alguna cosa? De este pasaje (ver. 11), observa Alford:
Sin duda lo hizo; también Pablo, y Santiago, y Juan, y toda la iglesia apostólica; y lo creyeron por la más alta autoridad, la palabra de su divino Maestro y Señor. LA PARUSÍA EN LA SEGUNDA EPÍSTOLA DE PEDRO No es parte de nuestro plan discutir las preguntas difíciles y no resueltas con respecto a si la Segunda Epístola de Pedro es genuina y auténtica o no, y el problema no resuelto del capítulo segundo. En vista de las dificultades que presenta en su enseñanza escatológica, quizás podríamos declinar la aceptación de su autoridad, pero la aceptamos como está, creyendo honestamente que contiene indubitable evidencia interna de su origen apostólico. Parece haber sido escrita no mucho tiempo después de la primera epístola, y muy poco antes de la muerte del apóstol (cap. 1:14). Alford da la fecha, de modo conjetural, como el año 68 d. C. BURLADORES EN "LOS POSTREROS DÍAS"
Los burladores a los que se alude en este pasaje son sin duda las mismas personas cuyo carácter se describe en el capítulo anterior. La incredulidad en las promesas y las amenazas de Dios, especialmente en cuanto a su juicio venidero, es la característica de estos hombres malvados de los "postreros días". Con la descripción de estos incrédulos, se nos recuerda la predicción de nuestro Señor con referencia al mismo período: "Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?" (Luc. 18:8). Vale la pena notar también que el apóstol, al contestar el argumento derivado de la estabilidad de la creación, se refiere a la catástrofe del diluvio como ilustración del poder de Dios para destruir a los impíos: la misma ilustración empleada por nuestro Señor al referirse al estado de cosas en la Parusía (Mat. 24:37-39). No hay que olvidar que Pedro está hablando, no de una catástrofe distante, sino de una catástrofe inminente. Los "postreros días" eran los días que en ese momento eran actuales (1 Ped. 1:5,20), y que los burladores de los que se habla existían realmente (cap. 3:5): "Éstos ignoran voluntariamente", etc. ESCATOLOGÍA DE PEDRO
Las imágenes empleadas aquí por el apóstol sugieren de modo natural la idea de la disolución total, por medio del fuego, de la sustancia y la estructura de la creación material, no sólo de la tierra, sino también del sistema al cual pertenece; y este es, sin duda, el concepto popular de la consumación final que se espera ponga fin al actual orden de cosas. Sin embargo, un poquito de reflexión y una mayor familiarización con el lenguaje simbólico de la profecía serán suficientes para modificar esta conclusión, y llevarnos a una interpretación más de acuerdo con la analogía de descripciones similares en los escritos proféticos. Primero, es evidente, por la naturaleza del asunto, que esta conflagración universal, como puede llamársele, era considerada por el apóstol como a punto de tener lugar: "El fin de todas las cosas se acerca" (1 Ped. 4:7). La consumación estaba tan cercana que se describe como un suceso al cual debían mirar "esperando y apresurándose" (ver. 12). Se sigue, por lo tanto, que de lo que habla aquí el espíritu de profecía no podría ser la destrucción o disolución literal del globo terráqueo y el universo creado. Pero que, en el momento en que esta epístola se escribió, era inminente una catástrofe terrible y casi inmediata; que el "día del Señor", predicho por tanto tiempo, estaba realmente cerca; que el día realmente llegó, rápidamente y de repente; que vino "como ladrón en la noche"; que un llameante diluvio de ira y de juicio les sobrevino al territorio culpable y a la nación culpable de Israel, destruyendo y disolviendo sus cosas terrenales y celestiales, es decir, sus instituciones temporales y espirituales, es un hecho impreso indeleblemente en las páginas de la historia. El momento para el cumplimiento de estas predicciones ahora había llegado, y cuando el apóstol escribió fue para declarar que era el "tiempo postrero", y los sarcasmos de los burladores estaban verificando los hechos. Por lo tanto, llegamos a la inevitable conclusión de que era la catástrofe final de Judea y Jerusalén, predicha por nuestro Señor en la profecía del Monte de los Olivos, y a la cual se refieren los apóstoles tan frecuentemente, a la que Pedro aludía en las imágenes simbólicas que parecen dar a entender la disolución del universo material. Segundo, tenemos que interpretar estos símbolos de acuerdo con la analogía de la Escritura. El lenguaje de la profecía es el lenguaje de la poesía, y no debe ser tomado en sentido estrictamente literal. Felizmente, no hay ausencia de descripciones paralelas en los profetas antiguos, y apenas habrá alguna figura usada por Pedro aquí de la cual no encontramos ejemplos en el Antiguo Testamento, y así, podemos obtener una clave del significado de símbolos semejantes en el Nuevo. LA CERTEZA DE LA CERCANA CONSUMACIÓN
Pocos pasajes han sufrido interpretaciones más erróneas que éste, al cual se le ha obligado a hablar un lenguaje inconsistente con su obvio propósito y hasta incompatible con una estricta consideración a la veracidad. Hay aquí probablemente una alusión a las palabras del salmista, en las que éste contrasta la brevedad de la vida humana con la eternidad de la existencia divina: "Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó" (Sal. 90:4). Es un pensamiento grandioso y sublime, y bien en consonancia con el sentimiento del apóstol: "Para con el Señor, un día es como mil años". Pero seguramente sería el colmo de lo absurdo considerar esta sublime imagen poética como un cálculo para la divina medición del tiempo, o como licencia para hacer a un lado por completo las definiciones de tiempo en las predicciones y las promesas de Dios. Sin embargo, no es raro que se citen estas palabras como argumento o excusa para desestimar por completo el elemento tiempo en los escritos proféticos. Aun en casos en que se especifica cierto tiempo en la predicción, o en que se expresan limitaciones tales como "en breve", "prontamente", o "cerca", se apela al pasaje que tenemos delante para justificar un tratamiento arbitrario de tales notas de tiempo, de modo que pronto puede significar tarde, cercano puede significar distante, corto puede significar largo, y viceversa. Cuando se señala que, de acuerdo con sus propios términos, ciertas predicciones tienen que cumplirse dentro de un tiempo limitado, la respuesta es: "Para con el Señor, un día es como mil años, y mil años como un día". Así, nos encontramos con un crítico eminente que compromete su reputación con una afirmación como la siguiente: "La mayoría de los apóstoles escribió y habló [de la Parusía] en el sentido de que ocurriría pronto, no, sin embargo, sin muchas y suficientes indicaciones de que un intervalo, y no corto, ocurriría primero". Otro, aludiendo a la predicción de Pablo en 2 Tes. 2, observa: "Nos dice que, mientras que la venida del Señor estaba cercana entonces, también era remota". Éstas son muestras de lo que pasa por exégesis en no pocos comentaristas de gran reputación. Seguramente es innecesario repudiar de la manera más enérgica un método tan antinatural de interpretar el lenguaje de la Escritura. Es antigramatical e irrazonable. Aún peor, es inmoral. Es sugerir que Dios tiene dos pesas y dos medidas en sus tratos con los hombres, y que, en su modo de calcular, hay una ambigüedad y una variabilidad que hace imposible decir "qué clase de tiempo puede significar el Espíritu de Cristo en los profetas". Parece dar a entender que un día puede no significar un día, y que mil años pueden no significar mil años, sino que cualquiera de las dos expresiones puede significar la otra. De ser así, sería imposible interpretar la profecía; quedaría despojada de toda precisión, y aún de toda credibilidad; porque es manifiesto que si podría haber tal ambigüedad e incertidumbre con respecto al tiempo, podría haber no menos ambigüedad e incertidumbre con respecto a todo lo demás. Las Escrituras mismas, sin embargo, no apoyan este método de interpretación. La fidelidad es uno de los atributos que con más frecuencia se le atribuyen al "Dios que guarda el pacto", y la divina fidelidad es lo que el apóstol afirma en este mismo pasaje. Al sarcasmo de los burladores que impugnan la fidelidad de Dios, y preguntan: "¿Dónde está la promesa de su venida?", el apóstol contesta: "El Señor no retarda su promesa, como algunos la tienen por tardanza"; no hay en Él ninguna inconstancia, ni es olvidadizo; el transcurso de tiempo no invalida su palabra; su promesa permanece firme tanto para lo cercano como para lo lejano, para hoy o para mañana, o para mil años después. Para Él, un día es semejante a mil años: es decir, la promesa que ha dicho que cumplirá en un día la cumplirá puntualmente, y la promesa que ha dicho que cumplirá en mil años será ejecutada con igual puntualidad. La duración del tiempo no representa ninguna diferencia para Él. No falsificará la promesa que tiene validez por un día, ni se olvidará de la promesa que se refiere a mil años después. Lo largo o lo corto del plazo, ya sea un día o una época, no afecta su fidelidad. "El Señor no retarda su promesa"; Él "guarda la verdad para siempre". Pero el apóstol no dice que, cuando el Señor promete una cosa para hoy puede que no cumpla su promesa en mil años: eso sería tardanza; eso sería violación de una promesa. El apóstol no dice que, porque Dios es infinito y eterno, por lo tanto Él calcula con una aritmética diferente de la nuestra, ni que nos habla con doble sentido, ni que usa dos diferentes pesas y medidas en sus tratos con la humanidad. Lo opuesto es la verdad. Como Hengstenberg observa con justeza: "El que habla a los hombres, debe hablarles de acuerdo con los conceptos humanos, o de lo contrario, advertirles que no lo ha hecho así". Es evidente que el propósito del apóstol en este pasaje es dar a sus lectores la más fuerte seguridad de que la catástrofe inminente de los últimos días estaba muy cerca de cumplirse. La veracidad y la fidelidad de Dios garantizaban el puntual cumplimiento de la promesa. Haber indicado que el tiempo era una variable en la promesa de Dios habría equivalido a ridiculizar su argumento y a neutralizar su propia enseñanza, que era, que "el Señor no retarda su promesa". LO REPENTINO DE LA PARUSÍA
Esta afirmación establece con precisión el acontecimiento al cual el apóstol se refiere como "día del Señor". Nos es familiar a causa de las frecuentes alusiones a él en otras partes del Nuevo Testamento. Nuestro Señor había declarado: "El Hijo del hombre vendrá a la hora que no pensáis". Había advertido a sus discípulos que velaran, diciendo: "Si el padre de familia supiese a qué hora el ladrón habría de venir, velaría" (Mat. 24:43). Pablo había dicho a los tesalonicenses: "Vosotros sabéis perfectamente que el día del Señor vendrá así como ladrón en la noche" (1 Tes. 5:2). Y nuevamente, Juan había escrito en Apocalipsis: "He aquí, yo vengo como ladrón" (Juan 16:15). Puesto que las alusiones en estos pasajes se refieren sin duda a la inminente catástrofe de Judea y Jerusalén, llegamos a la conclusión de que éste es también el suceso al que se refiere el pasaje que nos ocupa. ACTITUD DE LOS
CRISTIANOS PRIMITIVOS
Que "el día de Dios", "el día de Cristo", y "el día del Señor" son expresiones sinónimas que hacen referencia al mismo suceso es demasiado obvio para requerir prueba alguna. Aquí encontramos nuevamente lo que tan a menudo hemos encontrado antes - la actitud de expectación y ese sentido de la cercanía inminente de la Parusía que son tan característicos de la era apostólica. Es increíble que todo esto esté basado en un mero engaño, y que la iglesia cristiana entera, junto con los apóstoles, y el divino Fundador del cristianismo en persona, estuviesen involucrados en un error común. Las palabras no tienen ningún significado si una afirmación como ésta puede referirse a algún suceso todavía futuro, y quizás distante, que no puede ser "esperado" porque no está a la vista, ni se puede "apresurar" porque es indefinidamente remoto. LOS NUEVOS CIELOS Y LA NUEVA TIERRA
El catástrofe que estaba a punto de ocurrir habría de ser sucedida por una nueva creación. Las angustias de muerte de la antigua son los dolores de nacimiento de la nueva. La antigua Jerusalén debía dar lugar a la nueva; el reino de este mundo al reino de nuestro Señor y de su Cristo. Puede preguntarse si por nuevos cielos y nueva tierra el apóstol quiere dccir un nuevo orden de cosas aquí entre los hombres o un estado celestial santo y perfecto. También puede preguntarse: ¿A qué promesa se refiere el apóstol cuando dice: "Según sus promesas"? Alford sugiere Isa. 65:17: "Porque he aquí yo crearé nuevos cielos y nueva tierra", etc., y esto puede ser correcto. Pero nosotros nos sentimos inclinados más bien a creer que el apóstol tiene en mente "el nuevo cielo y la nueva tierra" de Apocalipsis, donde encontramos la justicia presentada como la característica distintiva de la nueva era. La nueva Jerusalén es la santa ciudad, en la cual "no entrará ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira". No es más improbable que Pedro se refiera a los escritos del apóstol Juan que a los del apóstol Pablo. LA CERCANÍA DE
LA PARUSÍA,
Esta exhortación indica claramente que la Parusía se espera como cercana. Su cercanía es motivo para la diligencia y la preparación para encontrarse con Señor. No es la muerte lo que se espera aquí, sino el ser hallado por el Señor vigilantes, "ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas". LOS CREYENTES
NO DEBEN DESANIMARSE
La aparentemente larga demora de la ansiosamente larga espera de la venida del Señor debe haber sido preocupante para los perseguidos cristianos que anhelaban la hora esperada de alivio y desagravio. Su clamor subió al cielo: "¿Hasta cuándo, oh Señor, santo y verdadero?" Pero esta misma demora tenía un aspecto de gracia; era la "paciencia", makroqumia; no la "tardanza", sino: "no quiere que nadie perezca". Exactamente de acuerdo con esto está la parábola de nuestro Señor sobre la viuda importuna, que se relaciona con este mismo caso. Hubo la misma demora en la ejecución del juicio por medio de la paciencia [makroqumia] de Dios; la consiguiente prueba de la fe y la paciencia de los santos; su apelación al juicio de Dios para el desagravio; y la exhortación a la diligencia: "La necesidad de orar siempre y no desmayar" (Luc. 18:8). ALUSIÓN DE
PEDRO A LA ENSEÑANZA DE
Esta alusión a las epístolas de Pablo indican varias inferencias importantes. 1. Prueba la existencia y
la circulación general de las epístolas Podemos considerar brevemente una o dos preguntas: 1. ¿A cuál epístola de
Pablo se hace referencia aquí como teniendo relación Estamos dispuestos a
concordar con el Dr. Alford en la opinión de que la 2. ¿Cuáles son las "cosas
difíciles de entender", ya fuera en las epístolas o en Se ha señalado a menudo que el antecedente correcto para las cuales en la segunda cláusula del versículo 16 no es "epístolas", sino "cosas", en oiz, concordando, no con epistoluz, sino con toutwn. Sin embargo, ahora parece, desde el descubrimiento del Codex Sinaiticus por Tischendorf, que los tres manuscritos más antiguos dicen aiz, no oiz, convirtiendo a epístolas en el antecedente correcto de "las cuales". Sin embargo, esto no afecta mayormente el sentido que las dos lecturas pueden adoptar. Está bastante claro que las dificultades a las que alude Pedro estaban en las porciones de las epístolas de Pablo que trataban de la Parusía. Sabemos cuánto malinterpretaban el tema los mismos tesalonicenses; y tenemos abundante experiencia desde entonces para probar cuánto de la escatología entera del Nuevo Testamento ha sido "difícil de entender", y "torcida" por muchos hasta el día de hoy. No hay que maravillarse, pues, de que los cristianos primitivos hayan experimentado grandes dificultades con respecto a la correcta interpretación de muchas de las declaraciones proféticas relativas a la venida del Señor, el fin del tiempo, la transformación de los vivos, la resurrección de los muertos, el fin de todas las cosas, etc. Que algunos torcieran y pervirtieran la enseñanza apostólica sobre estos temas era demasiado probable, y sabemos que, de hecho, lo hicieron. Era necesario, por lo tanto, exhortar a los creyentes a tener cuidado de no ser "arrastrados por el error de los inicuos". LA PARUSÍA EN
LA PRIMERA Los comentaristas están muy divididos acerca de cuándo, dónde, por quién, y a quién fue escrita esta epístola. No hay evidencia sobre el tema, excepto la que puede encontrarse en la epístola misma, y esto da amplio margen para diferencias de opinión. Lange, que duda de la autenticidad de la epístola, dice que "tiene bastante aire de haber sido compuesta antes de la destrucción de Jerusalén"; y Lücke, que sostiene su autenticidad, es también de la opinión de que "puede haber sido escrita poco antes de ese suceso". Creemos que cualquier mente sincera quedará satisfecha, después de un estudio cuidadoso de la evidencia interna, de que, primero, la epístola es una producción legítima de Juan; segundo, de que fue escrita en la víspera misma de la destrucción de Jerusalén. Es imposible pasar por alto el hecho, con el cual nos encontramos por dondequiera en la epístola, de que el escritor cree estar al borde de una solemne crisis, para la llegada de la cual insta a sus lectores a estar preparados. Esto armoniza con todas las epístolas apostólicas, y demuestra incontestablemente que todos sus autores compartían por igual la creencia en la cercanía de la gran consumación. EL MUNDO PASA:
Durante esta investigación, a menudo hemos tenido ocasión de hacer notar cómo hablan los escritores del Nuevo Testamento de "el fin" en el sentido de que se acercaba rápidamente. También hemos visto a qué se refiere esa expresión. No al final de la historia humana, no a la disolución final de la creación material; sino al final de la era o dispensación judía, y a la abolición y la eliminación del orden de cosas establecido y ordenado por la sabiduría divina bajo aquella economía. A menudo se describe esta consumación con un lenguaje que parece implicar la destrucción total de la creación visible. Éste es el caso notable en la segunda epístola de Pedro, y lo mismo podría decirse quizás del lenguaje profético de nuestro Señor en Mateo 24:24. Encontramos la misma forma simbólica de expresión en el pasaje que ahora tenemos delante: "el mundo pasa" [o kosmoz paragetai]. Para la aprensión del apóstol, le mundo ya estaba "pasando"; la misma expresión usada por Pablo en 1 Cor. 7:31, con referencia al mismo acontecimiento [paragei gar to schma tou kosmou toutou] "la apariencia de este mundo se pasa". La impresión del apóstol Juan de la cercanía del "fin" parece, si es posible, más vívida que la de los otros apóstoles. Quizás cuando escribió estaba más cerca de la crisis que ellos. Desde este punto de vista, vale la pena notar que hay una marcada gradación en el lenguaje de las diferentes epístolas. Los últimos tiempos se convierten en los últimos días, y ahora los últimos días se convierten en la última hora [escath wra esti]. El período de expectativa y demora había terminado, y el momento decisivo estaba cerca. EL ANTICRISTO
VIENE; UNA PRUEBA
En este pasaje surge por primera vez delante de nosotros "el temido nombre" del anticristo. Por sí mismo, este hecho es suficiente para probar la fecha comparativamente tardía de la epístola. Lo que en las epístolas de Pablo aparece como una abstracción borrosa, ahora ha tomado forma concreta, y aparece como una persona, "el anticristo". Considerando el lugar que este nombre ha ocupado en la literatura teológica y eclesiástica, es ciertamente notable cuán poco espacio ocupa en el Nuevo Testamento. Excepto en las epístolas de Juan, el nombre anticristo nunca ocurre en los escritos apostólicos. Pero, aunque el nombre está ausente, la cosa no es desconocida. Evidentemente, Juan habla del "anticristo" como de una idea familiar para sus lectores - un poder cuya venida era esperada, y cuya presencia era una indicación de que "la última hora" había llegado. "Según vosotros oísteis que el anticristo viene, así ahora han surgido muchos anticristos; por esto conocemos que es el último tiempo". Esperamos, pues, descubrir rastros de esta espera - predicciones del anticristo venidero - en otras partes del Nuevo Testamento. Y no quedamos chasqueados. Es natural mirar, en primer lugar, el discurso escatológico de nuestro Señor en el Monte de los Olivos en busca de alguna indicación de este peligro venidero y el tiempo de su aparición. En ese discurso, encontramos que se mencionan "falsos cristos y falsos profetas" (Mat. 24:5,11,24), y estamos listos para sacar la conclusión de que éstos deben significar el mismo poder maligno designado por Juan como el anticristo. El parecido del nombre favorece esta suposición; y el período de su aparición - en vísperas de la catástrofe final - parece aumentar las probabilidades hasta ccasi la certeza. Hay, sin embargo, una formidable objeción a esta conclusión, es decir, que los falsos cristos y los falsos profetas a los que aludía nuestro Señor parecen ser meros impostores judíos, que comerciaban con la credulidad de sus ignorantes víctimas, o entusiastas fanáticos, engrendros de aquel semillero de frenesí religioso y político en que Jerusalén se había convertido en los últimos días. Encontramos a estos hombres vívidamente representados en los pasajes de Josefo, y no podemos reconocer en ellos los rasgos del anticristo como son trazados por Juan. Eran producto del judaísmo en su corrupción, y no del cristianismo. Pero el anticristo de Juan es manifiestamente de origen cristiano. Esto es cierto por el testimonio del apóstol mismo: "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros", etc. Esto prueba que los oponentes anticristianos del evangelio en algún momento deben haber hecho profesión de cristianismo, y después se volvieron apóstatas de la fe. Ciertamente no se puede decir que es imposible que los falsos cristos y los falsos profetas de los últimos días de Jerusalén hayan podido ser apóstatas del cristianismo; pero no hay evidencia que demuestre esto, ni en la profecía de nuestro Señor, ni en la historia de aquel tiempo. Por otra parte, en los avisos apostólicos de la apostasía predicha, este rasgo de su origen está marcado claramente. Ya hemos visto cómo Pablo, Pedro, y Juan concuerdan en su descripción de la "apostasía" de los últimos días. (Véase una sinopsis de pasajes relacionados con la apostasía, p. 251). Ni puede haber ninguna duda razonable de que los apóstatas de los dos apóstoles anteriores son idénticos al anticristo del último. Son semejantes en carácter, en origen, y en el tiempo de su aparición. Son los encarnizados enemigos del evangelio; son apóstastas de la fe; pertenecen a los últimos días. Éstas son marcas de identidad demasiado numerosas e impresionantes para ser accidentales; y, por lo tanto, estamos justificados al concluir que el anticristo de Juan es idéntico a la apostasía predicha por Pablo y por Pedro. EL ANTICRISTO NO
ES UNA PERSONA,
En opinión de algunos comentaristas, se supone que el nombre del "anticristo" designa a un individuo en particular, la encarnación y la personificación de la enemistad hacia el Señor Jesucristo; y como hasta ahora ninguna persona así ha aparecido en la historia, han llegado a la conclusión de que su manifestación es todavía futura, que el anticristo personal puede esperarse inmediatamente antes del "fin del mundo". Ésta parece haber sido la opinión del Dr. Alford, que dice:
Hay aquí, sin embargo, una extraña confusión de cosas que son enteramente diferentes - "el hombre de pecado" y "la apostasía", el primero, sin duda una persona, como ya hemos visto; la última, un principio, una herejía, manifestándose en multitud de personas. Con esta declaración de Juan ante nosotros - "ahora han surgido muchos anticristos" - es imposible considerar al anticristo como un solo individuo. Es verdad que puede decirse que el anticristo podría estar personificado en cada individuo que sostuvo el error anticristiano; pero esto es muy diferente de decir que el error está encarnado y personificado en una persona en particular como su cabeza y representante. La expresión "muchos anticristos" prueba que el nombre no es designación exclusiva de ningún individuo. Pero la interpretación más común y popular es la que enlaza el nombre anticristo con el papado. Desde el tiempo de la reforma, ésta ha sido una hipótesis favorita de los comentaristas protestantes; no es difícil entender por qué debió ser así. Hay una fuerte semejanza familiar entre todos los sistemas de superstición y religión corrupta; sin duda, gran parte del sietema papal puede ser designado como anticristiano; pero es muy diferente decir que el anticristo de Juan se propone describir al papa o al sistema papal. Alford rechaza decididamente esta hipótesis:
Pero el lenguaje del apóstol mismo es decisivo contra esta aplicación del nombre anticristo. La verdad es que es difícil entender cómo tal interpretación pudo haber echado raíces en vista de las expresas declaraciones del propio apóstol. El anticristo de Juan no es una persona, ni una sucesión de personas, sino una doctrina, o una herejía, claramente notada y descrita. Más que esto, se declara que ya existía y se había manifestado en los propios días del apóstol. "Así AHORA han surgido muchos anticristos"; "éste es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo" (1 Juan 2:18; 4:3). Esto debería ser decisivo para todos los que se inclinan ante la autoridad de la Palabra de Dios. La hipótesis de un anticristo personificado en un individuo que todavía ha de venir no tiene base en las Escrituras; es una ficción de la imaginación, no una doctrina de la Palabra de Dios. MARCAS DEL ANTICRISTO
Aquí se nos puede decir que tenemos al anticristo retratado de cuerpo entero, o, como deberíamos decir más bien, la herejía o apostasía anticristiana. Por esta descripción, se ve claramente:
Sin duda, si poseyéramos información histórica más completa relativa a ese período, podríamos verificar mejor las predicciones y alusiones que encontramos en el Nuevo Testamento, pero tenemos suficiente evidencia para justificar la conclusión de que todo tuvo lugar de acuerdo con las Escrituras. No es fácil establecer si los falsos profetas de los cuales dice Josefo que infestaban los últimos momentos agónicos de la comunidad judía son idénticos a los falsos profetas de la predicción de nuestro Señor y del anticristo de Juan. Pero el testimonio del apóstol mismo es decisivo sobre la cuestión del anticristo. Aquí él es al mismo tiempo tanto profeta como historiador, pues registra el hecho de que "así ahora han surgido muchos anticristos", y "muchos profetas han salido por el mundo". ESPERANZA DE LA PARUSÍA
En estas exhortaciones y consejos, Juan concuerda perfectamente con los otros apóstoles, cuyas constantes amonestaciones a las iglesias cristianas de su tiempo instaban a esperar habitualmente la Parusía, y por lo tanto, a la fidelidad y la constancia en medio del peligro y el sufrimiento. El lenguaje de Juan prueba:
EN LA EPÍSTOLA
DE JUDAS No nos corresponde discutir las cuestiones relacionadas con la legitimidad o la autenticidad de esta epístola. Tenemos que considerarla sólo en relación con la Parusía. La evidencia interna muestra que pertenece a "los últimos días". La fe y el amor de la iglesia primitiva habían declinado, y el error, las divisiones, y la corrupción habían entrado como una inundación, de modo que fue necesario que el apóstol exhortase a los hermanos a "contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos". Como en 2 Pedro 2, en esta breve epístola tenemos una fotografía de los heresiarcas denominados por Juan "el anticristo" y por Pablo "la apostasía". La semejanza no puede ser más clara.
Es bastante evidente que esta descripción, que concuerda tan estrechamente con la de 2 Pedro 2, debe haberse derivado de la misma fuente común. Pero se destaca el hecho simple y palpable de que una terrible degeneración y corrupción moral habían infectado la vida social de "los últimos días". Es muy sugerente comparar el estado moral del pueblo escogido en este período final de su historia nacional con el descrito en las palabras del último de los profetas del Antiguo Testamento. La nación estaba ahora en aquella misma condición que allí se declara como madura para juicio. El segundo Elías no había podido hacer que el pueblo se volviera a la justicia, y ahora el Mensajero del pacto estaba a punto de venir súbitamente a su templo; el grande y terrible día de Jehová estaba cerca; y Dios estaba a punto de herir la tierra con la maldición. (Mal. 4:5,6). APÉNDICE A LA PARTE II NOTA A El Reino de
los Cielos, o Reino de Dios No hay ninguna frase que ocurra con más frecuencia en el Nuevo Testamento que "el reino de los cielos" o "el reino de Dios". Nos encontramos con ella en todas partes; al comienzo, a la mitad, y al final del Libro. Es la primera cosa en Mateo, la última en Apocalipsis. Al evangelio mismo se le llama "el evangelio del reino"; los discípulos son los "herederos del reino"; el gran objeto de esperanza y expectativa es "la venida del reino". Es de esto de lo que Cristo mismo deriva su título de "Rey". El reino de Dios, pues, es la médula misma del Nuevo Testamento. Pero, aunque difundida en el Nuevo Testamento, la idea del reino de Dios no es peculiar a él; no pertenece menos al Antiguo. Encontramos huellas de ella en todos los profetas desde Isaías hasta Malaquías; es el tema de algunos de los más exaltados salmos de David; subyace los anales del antiguo Israel; sus raíces se remontan al período más temprano de la existencia nacional judía; de hecho, es la razón de ser de ese pueblo; porque Israel fue constituido y mantenido en existencia como una nacionalidad distinta para encarnar y desarrollar esta concepción del reino de Dios. Retrocediendo hasta el germen primordial del pueblo judío, encontramos el primer indicio del propósito de Dios de "hacer un pueblo para sí mismo" en la promesa original que se le hizo a su gran progenitor, Abraham: "Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las naciones de la tierra" (Gén. 12:2,3). Esta promesa fue renovada solemnemente poco tiempo después en el pacto que Dios hizo con Abraham: "En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates" (Gén. 15:18). Esta relación de pacto entre Dios y la simiente de Israel es renovada y desarrollada más completamente en la declaración que después se le hizo a Abraham: "Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti. Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos" (Gén. 17:7,8). Como muestra y señal de este pacto, el rito de la circuncisión le fue impuesto a Abraham y a su posteridad, por el cual todo varón de aquella raza era marcado y señalado como súbdito del Dios de Abraham (Gén. 17:9-14). Más de cuatro siglos después de esta adopción de los hijos de Abraham como el pueblo del pacto de Dios, les encontramos en estado de vasallaje en Egipto, gimiendo bajo la cruel esclavitud a la que estaban sometidos. Se nos dice que Dios "escuchó sus gemidos, y se acordó de su pacto con Abraham, con Isaac, y con Jacob". Levantó un campeón en la persona de Moisés, y le indicó que le dijera a los hijos de Israel: "Yo soy Jehová; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto; ... y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios" (Éx. 6: 6,7). Después de la milagrosa redención en Egipto, la relación de pacto entre Jehová y los hijos de Israel fue ratificada, pública y solemnemente, en el Monte Sinaí. Leemos que, "en el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto ... Y acampó allí Israel delante del monte. Y Moisés subió a Dios, y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: Vosotros vísteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águila, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa" (Éx. 19:3-6). Es en este período cuando podemos considerar el reino teocrático como formalmente inaugurado. Una horda de esclavos liberados fue constituída en nación; recibieron una ley divina para su gobierno, y el marco completo de su sistema civil y eclesiástico fue organizado y construído por autoridad divina. Cada paso del proceso mediante el cual un anciano sin hijos se convirtió en una nación revela un propósito divino y un plan divino. Ninguna nacionalidad se formó jamás de esa manera; jamás existió ninguna para un propósito así; ninguna tuvo jamás una relación tal con Dios; ninguna poseyó jamás una historia tan milagrosa; ninguna fue jamás exaltada hasta un privilegio tan glorioso; ninguna cayó jamás en una condenación tan tremenda. No puede haber ninguna duda de que la nación de Israel fue destinada para ser depositaria y conservadora del conocimiento del Dios viviente y verdadero en la tierra. Para este propósito fue constituida la nación, y puesta en una relación única con el Altísimo, como ningún otro pueblo sostuvo jamás. Para garantizar el cumplimiento de este propósito, el Señor mismo fue su Rey y ellos fueron sus súbditos; mientras que todas las instituciones y leyes que le fueron impuestas hacían referencia a Dios, no sólo como Creador de todas las cosas, sino como Soberano de la nación. Expresar y llevar a cabo esta idea del reinado de Dios sobre Israel es el manifiesto propósito del aparato ceremonial de culto establecido en el desierto: "Jehová hizo erigir una tienda real en el centro del campamento (donde por lo general se erigían los pabellones de todos los reyes y capitanes), y la hizo equipar con todo el esplendor de la realeza, como un palacio móvil. Estaba dividido en tres compartimientos, en el más interior del cual estaba el trono real, sostenido por querubines de oro; y el escabel del trono, un arca dorada que contenía las tablas de la ley, la Carta Magna de la iglesia y el estado. En la antecámara, había una mesa dorada puesta con pan y vino, como la mesa real; y ardía incienso precioso. La habitación exterior, o atrio, podría considerarse el compartimiento culinario real, y allí se ejecutaba música, como la música de las mesas festivas de los monarcas orientales. Dios escogió a los levitas como sus cortesanos, oficiales de estado, y guardias de palacio; y a Aarón como oficial principal de la corte y primer ministro de estado. Para el sostenimiento de estos oficiales, Dios asignó uno de los diezmos que los hebreos debían entregar como alquiler por el uso de la tierra. Finalmente, Dios requería que todos los varones hebreos de edad apropiada se acercaran a su palacio cada año, durante las tres grandes festividades anuales, con presentes, para rendir homenaje a su Rey; y como estos días de renovación de su homenaje debían celebrarse con fiestas y gozo, el segundo diezmo se gastaba en proporcionar el entretenimiento necesario para estas ocasiones. Resumiendo, cada deber religioso era hecho una cuestión de obligación política; y todas las leyes civiles, aún las más mínimas, estaban fundadas de tal manera en la relación del pueblo con Dios, y tan entrelazadas con sus deberes religiosos, que el hebreo no podía separar a su Dios de su Rey, y cada ley le recordaba a ambos por igual. Por consiguiente, mientras la nación tuviese existencia nacional, no podía perder por completo el conocimiento del verdadero Dios, ni descontinuar su culto". Tal era el gobierno instituido por Jehová entre los hijos de Israel - una verdadera teocracia; la única teocracia verdadera que jamás existió sobre la tierra. Su carácter nacional, intenso y exclusivo, merece ser notado de manera particular. Era privilegio distintivo de los hijos de Abraham, y de ellos solamente: "Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra" (Deut. 7:6). "A vosotros solamente he conocido de todas las familias de la tierra" (Amos 3:2). "No ha hecho así con ninguna otra de las naciones" (Sal. 147:20). El Altísimo era el Señor de toda la tierra, pero era Rey de Israel en un sentido completamente peculiar. Él era el Gobernante del pacto; ellos eran el pueblo del pacto. Estaban bajo la más sagrada y solemne obligación de ser súbditos leales a su invisible Soberano, de adorarle sólo a Él, y de ser fieles a su ley (Deut. 26:16-18). Como recompensa por su obediencia, tenían la promesa de ilimitada prosperidad y grandeza nacional; habrían de ser "exaltados sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria" (Deut. 26:19); mientras que, por otra parte, el castigo por su deslealtad y su infidelidad era correspondientemente terrible; la maldición del pacto quebrantado les alcanzaría en una señalada y terrible retribución, que no tendría paralelo en la historia de la humanidad, pasada o por venir. (Deut. 28). Es sólo razonable suponer que este maravilloso experimento de un gobierno teocrático debe haber tenido como objetivo algo digno de su divino autor. Ese objeto era moral, más bien que material; la gloria de Dios y el bien de los hombres, más que el progreso político o temporal de una tribu o nación. Sin duda era, en primer lugar, un expediente para mantener vivo el conocimiento y el culto del único Dios verdadero en la tierra, que de otro modo podría haberse perdido por entero; y en segundo lugar, a pesar de su intenso y exclusivo espíritu de nacionalismo, el sistema teocrático llevaba en su seno el germen de una religión universal, y era así una etapa grande e importante en la educación de la raza humana. Es instructivo seguir la pista al crecimiento y al desarrollo progresivo de la idea teocrática en la historia del pueblo judío, y observar cómo, al perder su importancia política, se vuelve más y más moral y espiritual en su carácter. El pueblo al que se le confirió este incomparable privilegio demostró ser indigno de él. Su inconstancia e infidelidad neutralizaban a cada momento el favor de su invisible Soberano. Su exigencia de tener rey, de ser "también como todas las naciones", era casi un rechazo de su celestial Soberano. (1 Sam. 8:7,19,20). Sin embargo, su petición fue concedida, habiéndose hecho provisión para una tal contingencia en el marco original de la teocracia. El rey humano fue considerado virrey del divino Rey, convirtiéndose así en tipo del Soberano real, aunque invisible, a quien el rey, así como la nación, debía lealtad. Es en este punto donde notamos la aparición de una nueva fase en el sistema teocrático. Si consideramos a David como el autor del segundo salmo, fue ya en esta época cuando se hizo un anuncio profético concerniente a un Rey, el Ungido de Jehová, el Hijo de Dios, contra quien se levantarían los reyes de la tierra, y los príncipes consultarían unidos, pero a quien el Altísimo daría los paganos por heredad y las partes últimas de la tierra por posesión. Desde este período comienza a indicarse más claramente el carácter mediador de la teocracia; se hace una distinción entre Jehová y su Ungido, entre el Padre y el Hijo. Nos encontramos con los títulos de Mesías, Hijo de Dios, Hijo de David, Rey de Sión, aplicados a Aquél a quien pertenece el reino, y quien está destinado a triunfar y a reinar. Los salmos llamados mesiánicos, especialmente el 72 y el 110, bastan para probar que, en tiempos de David, había claros anuncios proféticos de un Rey venidero, cuyo gobierno sería benéfico y glorioso; en quien serían benditas todas las naciones; que habría de unir en sí mismo la doble posición de Sacerdote y Rey; que es declarado Señor de David; y que está representado como sentado a la diestra de Dios "hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies". De aquí en adelante, a través de todas las profecías del Antiguo Testamento, encontramos el carácter y la persona del Rey teocrático bosquejado más y más completamente, aunque en la descripción están mezclados juntos elementos diversos y aparentemente inconsistentes. A veces, el Rey venidero y su reino son representados con los colores más atractivos y resplandecientes: "Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces", y bajo la dirección de este heredero de la casa de David, toda maldad desaparecerá y toda bondad triunfará. "El lobo morará con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito ... no harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar" (Isa. 11:1-9). Los más elevados nombres de honor y dignidad son atribuídos al Príncipe venidero; él es el "Maravilloso, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz. Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite". Se sentará sobre el trono de David, y gobernará su reino con juicio y con justicia para siempre. (Isa. 9:6,7). Pero, al lado de este brillante futuro, hay oscuras y tenebrosas escenas de tristeza y sufrimiento, de juicio y de ira. Se dice del Rey venidero que es como "raíz de tierra seca"; "despreciado y desechado"; "varón de dolores, experimentado en quebranto"; "herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados"; "como cordero fue llevado al matadero"; "como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca"; "fue cortado de la tierra de los vivientes" (Isa. 53). Se lo describe entrando a Jerusalén "humilde y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna" (Zac. 9:9); "se quitará la vida al Mesías, mas no por sí" (Dan. 9:26); y entre los últimos pronunciamientos proféticos están algunos de los más ominosos y sombríos de todos. El Señor, el Mensajero del pacto, el Rey esperado, viene: "¿Quién podrá soportar el tiempo de su venida? Viene el día ardiente como un horno; el día de Jehová, grande y terrible" (Mal. 3:1,2; 4:1,5). Esta aparente paradoja se explica en el Nuevo Testamento. Existía en realidad este doble aspecto del Rey y el reino: "El Rey de gloria" era "varón de dolores"; "el año aceptable del Señor" era también "el día de retribución de nuestro Dios". Las antiguas profecías habían dado abundantes razones para esperar que el invisible Rey teocrático sería revelado un día y habitaría con los hombres sobre la tierra; que vendría, en los intereses de la teocracia, para establecer su reino en la nación, y reunir a su pueblo alrededor del trono. Los capítulos iniciales del evangelio de Lucas indican lo que creían los israelitas piadosos con respecto al reino venidero del Mesías. Entendían que este reino tendría una especial relación con Israel. "Éste será llamado grande", dijo el ángel de la anunciación, "y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin". "Rabí", exclamó el leal Natanael, cuando Dios se le reveló súbitamente a través de la apariencia del joven campesino galileo, "tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel" (Juan 1:49). No es menos cierto que su venida se consideraba entonces como cercana, y era esperada ansiosamente por hombres santos como Simeón, que "esperaba la consolación de Israel", y al cual le había sido revelado que no "vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor" (Luc. 2:25,26). La verdad es que había una creencia muy difundida, no sólo en Judea, sino por todo el Imperio Romano, de que un gran príncipe o monarca estaba a punto de aparecer en la tierra, que habría de inaugurar una nueva era. De esta expectativa tenemos evidencia en los Anales de Tácito y el Polio de Virgilio. Sin duda, la esperanza acariciada por Israel se había difundido, de una manera más o menos vaga y distorsionada, por todos los territorios circunvecinos. Pero cuando, en la plenitud del tiempo, apareció el Rey teocrático en medio de la nación del pacto, no fue en la forma que ellos habían esperado y deseado. El Rey no cumplió las esperanzas de ellos de poder político y pre-eminencia nacional. El reino de Dios que Jesús proclamó fue algo muy diferente de aquel con el cual habían soñado. Justicia y verdad, pureza y bondad, eran sólo palabras vacías para los que codiciaban los honores y los placeres de este mundo. Sin embargo, aunque rechazado por la nación en general, el Rey teocrático no dejó de anunciar su presencia y sus reclamos. Fue precedido por un heraldo, el Elías predicho, Juan el Bautista, al cual el pueblo debía reconocer como verdadero profeta de Dios. El segundo Elías anunció el reino de Dios como que se había acercado. y llamó a la nación a arrepentirse y a recibir a su Rey. Luego, sus propias obras milagrosas, sin paralelo aun en la historia del pueblo escogido en cuanto al número y esplendor, proporcionó evidencia concluyente de su divina misión; unido a lo cual, la trascendente excelencia de su doctrina, y la inmaculada pureza de su vida, silenciaron, si no avergonzaron, la enemistad de los impíos. Durante más de tres años, esta apelación al corazón y a la conciencia de la nación fue presentada incesantemente de todas las formas posibles, pero sin éxito; hasta que, finalmente, los principales de la iglesia y el estado judíos, encarnizadamente hostiles a las pretensiones de Jesús, le acusaron delante del gobernador romano bajo el cargo de hacerse Rey. Con su persistente y maligno clamor, procuraban su condena. Fue entregado para que fuese crucificado, y el título sobre su cruz llevaba esta inscripción: "ÉSTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS" Este trágico acontecimiento marca el rompimiento final entre el pueblo del pacto y el Rey teocrático. El pacto había sido quebrantado a menudo antes, pero ahora era repudiado públicamente y roto en pedazos. Se podría haber pensado que la teocracia terminaría ahora; y casi lo hizo, pero su disolución formal fue suspendida por un breve espacio de tiempo, para que la doble consumación del reino, que envolvía la salvación de los fieles y la destrucción de los incrédulos, pudiera tener lugar en el tiempo señalado. Este doble aspecto del reino teocrático es visible en cada una de las partes de su historia. Fue a un tiempo éxito y fracaso; victoria y derrota; trajo salvación para unos y destrucción para otros. Este doble carácter había sido establecido claramente en las antiguas profecías, como en el notable oráculo de Isaías 49. El Mesías se lamenta: "Por demás he trabajado, en vano y sin provecho he consumido mis fuerzas", etc. La divina respuesta es: "Ahora, pues, dice Jehová, el que me formó desde el vientre para ser su siervo, para hacer volver a él a Jacob y para congregarle a Israel (porque estimado seré en los ojos de Jehová, y el Dios mío será mi fuerza); dice: Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra". Para poner sólo otro ejemplo: en el libro de Malaquías encontramos este doble aspecto del reino venidero, pues, aunque "viene el día ardiente como un horno", y "todos los que hacen maldad serán estopa","a los que teméis mi nombre nacerá el sol de justicia, y en sus alas traerá salvación" (Mal. 4:1,2). A pesar, pues, del rechazo del rey y la pérdida del reino por parte de la masa del pueblo, todavía habría una gloriosa consumación de la teocracia, trayendo honor y felicidad para todos los que poseyeran la autoridad del Mesías y demostraran ser obedientes y leales a su Rey. ¿Tenemos alguna información con la cual establecer con certeza el período de esta consumación? ¿En qué momento puede decirse que el reino ha venido plenamente? En la encarnación no, porque la proclamación de Jesús siempre fue: "El reino de Dios se ha acercado". En la crucifixión no, porque la petición del ladrón moribundo fue: "Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino". En la resurrección tampoco, porque después de que el Señor hubo resucitado, los discípulos esperaban la restauración del reino a Israel. En la ascensión tampoco, ni en el día de Pentecostés, porque, mucho tiempo después de estos acontecimientos, se nos dice en la Epístola a los Hebreos que Cristo, "habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios, de ahí en adelante esperando hasta que sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies" (Heb. 10:12,13). La consumación del reino, pues, no coincide con la ascensión, ni con el día de Pentecostés. Es verdad que el Rey teocrático "se sentó en el trono, a la diestra de la majestad en las alturas", pero todavía no había "asumido este gran poder". Sus enemigos todavía no habían sido derribados, y no podía decirse que había llegado el pleno desarrollo y la consumación de su reino sino hasta que, por medio de un acto judicial solemne y público, el Mesías hubiese vindicado las leyes de su reino y aplastado bajo sus pies a sus súbditos apóstatas y rebeldes. Hay un punto en el tiempo que se indica constantemente en el Nuevo Testamento como la consumación del reino de Dios. Nuestro Señor declaró que, entre sus discípulos, había algunos que vivirían para verle venir en su reino. Por supuesto, esta venida del Rey es sinónima con la venida del reino, y limita la ocurrencia de este acontecimiento a la generación que entonces existía. Es decir, la consumación del reino se sincroniza con el reino de Israel y la destrucción de Jerusalén, siendo todo ello parte de una gran catástrofe. Era en ese período cuando el Hijo del hombre habría de venir en la gloria de su Padre, y se sentaría en el trono de su gloria; para recompensar a sus siervos y retribuir a sus enemigos (Mat. 25:31). Encontramos estos sucesos uniformemente asociados juntos en el Nuevo Testamento, la venida del Rey, la resurrección de los muertos, el juicio de los justos y de los impíos, la consumación del reino, el fin de la era. Por eso dice Pablo en 2 Tim. 4:1: "Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en eu manifestación y en su reino". La venida, el juicio, el reino, todos coinciden y son contemporáneos, y no sólo eso, sino que están cercanos; porque el apóstol dice: "Que está a punto de juzgar ... que pronto juzgará" [mellontoz krinein]. Es perfectamente claro, entonces, según el Nuevo Testamento, que la consumación, o resolución, del reino teocrático tuvo lugar durante el período de la destrucción de Jerusalén y el juicio de Israel. La teocracia había cumplido su propósito; el experimento había sido probado, ya fuera que la nación del pacto demostrara ser leal a su Rey o no. Había fracasado; Israel había rechazado a su Rey; y sólo restaba que se hiciera cumplir el castigo por el pacto violado. Vemos el resultado en la ruina del templo, la destrucción de la ciudad, el borramiento de la nación, y la abrogación de la ley de Moisés, acompañadas por escenas de horror y sufrimiento sin paralelo en la historia del mundo. Aquella gran catástrofe, pues, marca la conclusión del reino teocrático. Desde el principio, había sido de un carácter estrictamente nacional - era el reinado divino sobre Israel. Por necesidad terminó, pues, con la terminación de la existencia nacional de Israel, cuando los símbolos externos y visibles de la Presencia y la Soberanía divinas terminaron; cuando la casa de Dios, la ciudad de Dios, y el pueblo de Dios fueron borrados de la existencia por medio de una catástrofe desoladora y final. Esto nos permite entender el lenguaje de Pablo cuando, hablando de la venida de Cristo, representa el acontecimiento como marcando "el fin" [to teloz = h sunteleia tou aiwnoz], "cuando entregue el reino al Dios y Padre" (1 Cor. 15:24). Esto ha causado mucha perplejidad a muchos teólogos y comentaristas, que parecen haber considerado despectivo hacia la divinidad del Hijo de Dios el hecho de que renunciara a sus funciones mediatorias y su carácter regio, y se hundiera, por decirlo así, en la posición de una persona individual, convirtiéndose en súbdito en vez de soberano. Pero el malestar ha surgido por haber pasado por alto la naturaleza del reino que el Hijo había administrado, y que al fin entrega. Era el reinado mesiánico: el reino sobre Israel: aquel gobierno peculiar y único ejercido sobre la nación del pacto, y administrado por la mediación del Hijo de Dios durante tantas edades. Esa relación estaba ahora disuelta, porque la nación había sido juzgada, el templo destruido, y eliminados todos los símbolos de la divina soberanía. ¿Por qué debía continuar por más tiempo el reino teocrático? No había nada que administrar. Ya no había una nación del pacto, el pacto estaba roto, e Israel había dejado de existir como una nacionalidad distinta. ¿Qué más natural y correcto, entonces, que en semejante coyuntura el Mediador renunciara a sus funciones mediadoras, y entregara la insignia del gobierno en las manos de las cuales había recibido aquellas funciones? Edades antes de ese período, el Padre había investido al Hijo con las funciones de vicerreinales de la teocracia. Se había proclamado: "Pero yo he puesto mi rey sobre Sión, mi santo monte. Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; yo te engendré hoy" (Sal. 2:6,7). Los propósitos para los cuales el Hijo había asumido la administración del gobierno teocrático se habían llevado a cabo. El pacto estaba disuelto, su violación vengada, los enemigos de Cristo y de Dios destruidos, los siervos verdaderos y fieles recompensados, y la teocracia había llegado a su fin. Éste era ciertamente el momento oportuno para que el Mediador renunciara a su posición y la entregara en manos del Padre, es decir, "entregase el reino". Pero en todo esto no hay nada despectivo hacia la dignidad del Hijo. Por el contrario: "Él es mediador de un mejor pacto". La terminación del reino teocrático era la inauguración de un nuevo orden, a una escala mayor, y de una natualeza más duradera. Esta es la doctrina de la epístola a los Hebreos: "el trono del Hijo de Dios es por siempre jamás" (Heb. 1:8). El sacerdocio del Hijo de Dios es "para siempre" (8:3); Cristo tiene un ministerio tanto mejor cuanto que "es mediador de un mejor pacto" (8:6). La teocracia, como hemos visto, era limitada, exclusiva, y nacional; pero llevaba en su seno el germen de una religión universal. Lo que Israel perdió, el mundo lo ganó. Mientras la teocracia subsistía, había una nación favorecida, y los gentiles, es decir, todo el mundo menos los judíos, estaban fuera del reino, en posición de inferioridad, y, como a los perros, se les permitía, por gracia, comer de las migajas que caían de la mesa del amo. La primera venida del reino no eliminó por completo este estado de cosas; hasta el evangelio de la gracia de Dios fluyó al principio por el antiguo y estrecho canal. Pablo reconoce el hecho de que "Jesucristo era ministro de la circuncisión", y nuestro Señor mismo declaró: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Durante años después de que los apóstoles recibieron la comisión, no entendieron que se le estaba enviando a los gentiles; ni consideraron al principio a los conversos paganos como admisibles en la iglesia, excepto como judíos prosélitos. Es verdad que, después de la conversión de Cornelio el centurión, los apóstoles se convencieron de los límites más amplios del evangelio, y por todas partes Pablo proclamaba el derrumbe de las barreras entre judíos y gentiles; pero es fácil ver que, mientras existiese la nación teocrática, y permaneciese el templo con su sacerdocio, sacrificios, y rituales, y continuase o pareciese continuar en vigencia la ley mosaica, la distinción entre judíos y gentiles no podía borrarse. Pero la barrera se derrumbó efectivamente cuando la ley, el templo, la ciudad, y la nación fueron borrados juntos, y la teocracia experimentó visiblemente la consumación final. Ese acontecimiento fue, por decirlo así, la declaración formal y pública de que Dios ya no era el Dios de los judíos solamente, sino que ahora era el Padre común de todos los hombres; que ya no había una nación favorecida y un pueblo peculiar, sino que la gracia de Dios se había "manifestado para salvación a todos los hombres" (Tito 2:11); que lo local y limitado se había expandido hasta lo ecuménico y lo universal, y que, en Cristo Jesús, "todos son uno" (Gál. 3:29). Esto es lo que Pablo declara que es el significado de la rendición del reino por el Hijo de Dios en manos del Padre: de aquí en adelante, cesan las relaciones exclusivas de Dios con una sola nación, y Él se convierte en el Padre común de toda la familia humana, "PARA QUE DIOS SEA TODO EN TODOS" (1 Cor. 15:28). APÉNDICE A LA PARTE II NOTA B Acerca de la
"Babilonia" de 1 Pedro 5:13 "La iglesia que está en Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan". No es fácil transmitir en otras tantas palabras en español la fuerza precisa del original. Su extrema brevedad causa oscuridad. Literalmente dice así: "Ella en Babilonia, co-elegida, os saluda; y Marcos mi hijo". La interpretación común del pronombre ella lo refiere a "la iglesia que está en Babilonia"; aunque muchos eminentes comentaristas - Bengel, Mill, Wahl, Alford, y otros - entienden que se refiere a una persona, presumiblemente la esposa del apóstol. "Apenas es probable", observa Alford, "que ocurriesen juntos en el mismo mensaje de salutación una abstracción, de la cual se habla enigmáticamente, y un hombre (Marcos, mi hijo), por nombre". El peso de la autoridad se inclina del lado de la iglesia; el peso de la gramática, del lado de la esposa. Pero la cuestión más importante se relaciona con la identidad del lugar que aquí se denomina Babilonia. A primera vista, es natural llegar a la conclusión de que no puede ser otra que la bien conocida y antigua metrópolis de Caldea, o lo que quedaba de ella y que existía en los días del apóstol. Estamos listos a considerar como muy probable que Pedro, en sus viajes apostólicos, rivalizaba con el apóstol a los gentiles, e iba por todas partes predicando el evangelio a los judíos, como Pablo lo hacía a los gentiles. Sin embargo, parece haber formidables objeciones a este punto de vista, por natural y sencillo que parezca. Sin mencionar la improbabilidad de que Pedro, en su ancianidad, y acompañado por su esposa (si aceptamos la opinión de que es a ella a quien se refiere la salutación), se encontrase en una región tan remota de Judea, hay la importante consideración de que Babilonia no era en aquella época la morada de una población judía. Josefo afirma que ya mucho antes, durante el reinado de Calígula (37-41 d. C.), los judíos habían sido expulsados de Babilonia, y que había tenido lugar una gran matanza, que casi les había exterminado. Es verdad que esta afirmación de Josefo se refiere a la región entera llamada Babilonia, más bien que a la ciudad de Babilonia, y esto por la suficiente razón de que, en tiempos de Josefo, Babilonia era un lugar tan deshabitado como lo es ahora. En su Geografía Bíblica, Rosenmüller afirma que, en tiempos de Estrabón (esto es, durante el reinado de Augusto), Babilonia estaba tan desierta que él le aplica a esa ciudad lo que un antiguo poeta había dicho de Megalópolis en Arcadia, es decir, que era "un gran desierto". También Basnage, en su Historia de los Judíos, dice: "Babilonia declinaba en los días de Estrabón, y Plinio la representa en el reinado de Vespasiano como una grande e ininterrumpida soledad". Se han sugerido otras ciudades como la Babilonia a la que se refiere la epístola: un fuerte de ese nombre en Egipto, mencionado por Estrabón; Tesifón, sobre el Tigris; Seleucia, la nueva ciudad que vació de sus habitantes a la antigua Babilonia. Pero estas son meras conjeturas, a las que no sostiene ni una partícula de evidencia. La improbabilidad de que la antigua capital de Caldea fuese el lugar de referencia puede explicar en gran medida el consentimiento general que desde los tiempos más antiguos ha asignado una interpretación simbólica o espiritual al nombre de Babilonia. Si la cuestión fuera a ser decidida por la autoridad de grandes nombres, Roma sería declarada sin duda la mística Babilonia designada así por el apóstol. Pero esto envuelve la molesta pregunta de si Pedro visitó jamás Roma, una discusión en la cual no podemos entrar aquí. La historia del evangelio guarda completo silencio sobre el tema, y la tradición, incuestionablemente muy antigua, del episcopado de Pedro allí, y de su martirio bajo el reinado de Nerón, está recargado con tanto que es ciertamente fabuloso, que nos sentimos justificados al hacer todo ello a un lado como leyenda o como mito. Hay un argumento a priori contra la probabilidad de la visita de Pedro a Roma, el cual sostenemos como insalvable, en ausencia de cualquier argumento en contrario. Pedro era el apóstol de la circuncisión; su misión era a los judíos, su propia nación; no podemos concebir la posibilidad de que él abandonara su esfera señalada de trabajo y "entrara en los asuntos de otro hombre", y "edificara sobre fundamento ajeno". Pablo estaba en Roma en los días de Nerón, y nada puede ser más improbable que Pedro, el apóstol de la circuncisión, y "sabiendo que dentro de poco debía abandonar su tabernáculo terrenal", emprendiese viaje a Roma en su extrema vejez, sin ningún llamado especial, y sin dejar rastro, en la historia de los Hechos de los Apóstoles, de un suceso tan notable. Pero, si Roma no es la Babilonia simbólica de la referencia, y si la Babilonia literal es inadmisible, ¿cuál otro lugar puede sugerirse con alguna probabilidad? ¿No hay ninguna otra ciudad, aparte de Roma, que pudiera llamarse con la misma propiedad la Babilonia mística? ¿Ninguna otra que no tenga aparejados nombres simbólicos, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo? Parece inexplicable que la misma ciudad con la cual la vida y los hechos de Pedro están más asociados que con ninguna otra haya sido completamente ignorada en esta discusión. ¿Por qué no podría la ciudad llamada Sodoma y Gomorra ser llamada, con la misma razón, Babilonia? Ahora bien, Jerusalén tiene estos nombres místicos asociados con ella en las Escrituras, y ninguna ciudad tenía más derecho a reclamar el carácter que ellos implican. Sin duda, Jerusalén parece también haber sido la residencia fija del apóstol; Jerusalén, pues, es el lugar desde el cual podríamos esperar encontrarle escribiendo y fechando sus epístolas dirigidas a las iglesias. Cualquiera que sea la ciudad que el apóstol llama Babilonia, debe haber sido la morada permanente de la persona o la iglesia asociada con él mismo y con Marcos en la salutación. Esto queda comprobado por la forma de las expresiones h en babulwni, lo cual, como demuestra Steiger, significa "una morada fija por la cual uno puede ser designado". Si decidimos que la referencia es a una persona, se seguirá que Babilonia era el lugar del domicilio de la persona, su morada fija, y esto, en el caso de la esposa de Pedro, sólo podía ser Jerusalén. Hasta donde se puede deducir de la evidencia documental del Nuevo Testamento, la historia apostólica muestra claramente que Pedro residía habitualmente en Jerusalén. No es nada menos que una falacia popular suponer que todos los apóstoles eran evangelistas como Pablo, y que viajaban por países extranjeros predicando el evangelio a todas las naciones. El profesor Burton ha mostrado que "no fue sino catorce años después de la ascensión de nuestro Señor que Pablo viajó por primera vez, y predicó el evangelio a los gentiles. Ni hay evidencia alguna de que, durante este período, los apóstoles traspasaron los confines de Judea". Pero, lo que argumentamos es que la residencia habitual o permanente de Pedro era Jerusalén. Esto se desprende de varias pruebas circunstanciales. 1. Cuando la iglesia de
Jerusalén se dispersó hacia el extranjero después de la Encontramos así que todas las personas nombradas en la porción final de la epístola son residentes habituales de Jerusalén. Por último, inferimos, de una expresión incidental en Hech. 4:17, que Pedro estaba en Jerusalén cuando escribió esta epístola. Dice que es tiempo de que el juicio comience por la "casa de Dios"; esto es, como hemos visto, el santuario, el templo; y añade: "Si primero comienza por nosotros", etc. Ahora bien, ¿se habría expresado así si en el momento en que escribió hubiese estado en Roma, o en Babilonia sobre el Éufrates, o en cualquier otra ciudad que no fuese Jerusalén? Ciertamente parece de lo más natural suponer que, si el juicio comienza por el santuario, y también por nosotros, tanto el lugar como las personas deben estar juntos. La visión de Ezequiel, que da el prototipo de la escena de juicio, fija la localidad donde ha de comenzar la matanza, y parece muy probable que la suerte venidera de la ciudad y el templo, así como las aflicciones que habrían de sobrevenirles a los discípulos de Cristo, estuviesen en la mente del apóstol. Wiesinger observa: "Apenas es posible que la destrucción de Jerusalén hubiese pasado cuando se escribieron estas palabras; de haber sido así, difícilmente se habría dicho, o kairoz tou arxasqai". No; no era pasado, sino que el principio del fin ya era presente; el juicio parece haber comenzado, como el Señor dijo que ocurriría, con los discípulos; y éste era el seguro preludio de la ira que venía sobre los impíos "hasta lo máximo". Pero puede objetarse: Si Pedro quiso decir Jerusalén, ¿por qué no lo dijo sin ambigüedades? Puede haber habido, y sin duda había, razones prudenciales para esta reserva en el momento en que Pedro produjo su escrito, como las había cuando Pablo escribió a los tesalonicenses. Pero, probablemente, no había tal ambigüedad para sus lectores, como las hay para nosotros. ¿Y si Jerusalén ya era conocida y reconocida entre los creyentes cristianos como la Babilonia mística? Suponiendo, como tenemos derecho a asumir, que Apocalipsis ya le era familiar a las iglesias apostólicas, consideramos sumamente probable que identificaran a la "gran ciudad", cuya caída se describe en ese libro, "Babilonia la grande", como la misma cuya caída se menciona en la profecía de nuestro Señor en el Monte de los Olivos. Esto, sin embargo, pertenece a otro tema, cuya discusión tendrá lugar en el momento adecuado - la identidad de la Babilonia del Apocalipsis. Baste por el momento haber presentado argumentos para una causa probable, sobre bases completamente independientes, en favor de que la Babilonia de la primera epístola de Pedro no es otra que Jerusalén. APÉNDICE A LA PARTE II NOTA C Acerca del
simbolismo de la profecía, con especial referencia La más somera atención al lenguaje profético del Antiguo Testamento debe convencer a cualquier persona de mente sobria que no debe entenderlo al pie de la letra. Primero, los pronunciamientos de los profetas son poesía; segundo, son poesía oriental. Pueden llamarse grabados jeroglíficos que representan sucesos históricos por medio de imágenes altamente metafóricas. Es inevitable, pues, que la hipérbole, o lo que a nosotros nos parece hipérbole, entre mayormente en las descripciones de los profetas. Para la imaginación fría y prosaica de Occidente, el estilo encendido y vívido de los profetas de Oriente puede parecer ampuloso y extravagante; pero hay siempre un substrato de realidad que subyace a las figuras y a los símbolos, los cuales, mientras más se estudian, más se recomiendan al juicio del lector. Revoluciones sociales y políticas, cambios morales y espirituales, son prefigurados por convulsiones y catástrofes físicas; y si estos fenómenos naturales afectan la imaginación todavía más poderosamente, no son figuras inapropiadas cuando se capta la verdadera importancia de los acontecimientos que representan. La tierra convulsionada por terremotos, montañas ardiendo que son lanzadas al mar, estrellas que caen como hojas, los cielos incendiados, el sol cubierto de cilicio, la luna convertida en sangre, son imágenes de espantosa grandeza, pero no son necesariamente representaciones impropias de grandes conmociones civiles - el derrumbe de tronos y dinastías, las desolaciones de la guerra, la abolición de antiguos sistemas, y grandes revoluciones morales y espirituales. En profecía, como en poesía, lo material es considerado tipo de lo espiritual, y las pasiones y emociones de la humanidad encuentran expresión en señales y síntomas correspondientes en la creación inanimada. ¿Trae el profeta buenas nuevas? Llama a las montañas y a los collados a prorrumpir en canción, y a los árboles del bosque a batir palmas. ¿Es su mensaje de lamentación y de ay? Los cielos están de luto, y el sol se oscurece cuando se pone. Por muy ansioso que esté de apegarse a la sola letra de la palabra, nadie pensaría en insistir que tales metáforas deben interpretarse literalmente, ni que deben cumplirse literalmente. Lo más que tenemos derecho a pedir es que haya sucesos históricos que correspondan y estén a la altura de tales fenómenos; grandes movimientos morales y sociales capaces de producir emociones tales como parecen implicar estos fenómenos físicos. Puede ser útil elegir algunos de los más notables de estos símbolos proféticos que se encuentran en el Antiguo Testamento, para que podamos observar las ocasiones en que se emplearon, y descubrir el sentido en el cual deben ser entendidos. En Isaías 13, tenemos una predicción muy notable de la destrucción de la antigua Babilonia. Está concebida en el más alto estilo poético. Jehová de los ejércitos pasa revista a las tropas para la batalla; se oye estruendo de ruido de reinos, de naciones reunidas; se proclama que el día de Jehová está cerca; las estrellas de los cielos y sus luceros no darán su luz; el sol se oscurecerá al nacer, la luna no dará su resplandor; los cielos se estremecerán, y la tierra se moverá de su lugar. Se observará que todas estas imágenes, cuyo cumplimiento literal involucraría la destrucción de toda la creación material, se emplean para describir la destrucción de Babilonia por los medos. Nuevamente, en Isaías 24, tenemos una predicción de juicios a punto de caer sobre la tierra de Israel; y entre otras representaciones de los ayes inminentes, encontramos las siguientes: "Las ventanas de los cielos están abiertas; se estremecen los fundamentos de la tierra; la tierra será enteramente vaciada, y completamente saqueada; la tierra se destruyó, cayó; la tierra se tambaleará como borracho, y será removida como choza de labrador; caerá y no se levantará más," etc. Todo esto simboliza la convulsión civil y social que estaba a punto de ocurrir en la tierra de Israel. En Isaías 34, el profeta anuncia juicios contra los enemigos de Israel, en particular Edom, o Idumea. La imágenes que emplea son de la descripción más sublime y terrible: "Los montes se disolverán por la sangre de los cadáveres. Todo el ejército de los cielos se enrollará como un libro, y caerá todo su ejército, como se cae la hoja de la parra, y como se cae la de la higuera". "Sus arroyos se convertirán en brea, y su polvo en azufre, y su tierra en brea ardiente. No se apagará de noche ni de día, perpetuamente subirá su humo; de generación en generación será asolada, nunca jamás pasará nadie por ella". No es necesario preguntar: ¿Se han cumplido estas predicciones? Sabemos que sí; y su cumplimiento permanece en la historia como un monumento perpetuo a la verdad de Apocalipsis. A Babilonia, Edom, Tiro, los opresores o enemigos del pueblo de Dios, se les ha hecho beber de la copa de la indignación de Dios. El Señor no ha dejado caer a tierra ninguna de las palabras de sus siervos los profetas. Pero nadie pretenderá decir que los símbolos y figuras que describían estos derrumbes se verificaron literalmente. Estos emblemas son el ropaje de la descripción, y se usan simplemente para aumentar el efecto y para dar vividez y grandeza a la escena. De manera semejante, el profeta Ezequiel usa imágenes de un tipo muy similar al predecir las calamidades que vendrían sobre Egipto: "Y cuando te haya extinguido, cubriré los cielos, y haré entenebrecer sus estrellas; el sol cubriré con nublado, y la luna no hará resplandecer su luz. Haré entenebrecer todos los astros brillantes del cielo por tí, dice Jehová el Señor" (Eze. 32:7,8). De forma parecida, los profetas Miqueas, Nahum, Joel, y Habacuc describen la presencia y la intervención del Altísimo en los asuntos de las naciones, presencia e intervención que están acompañadas por estupendos fenómenos naturales: "Porque he aquí, Jehová sale de su lugar, y descenderá y hollará las alturas de la tierra. Y se derretirán los montes debajo de él, y los valles se hendirán como la cera delante del fuego, como las aguas que corren por un precipicio" (Miqueas 1:3,4). "Jehová marcha en la tempestad y el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies. Él amenaza al mar, y lo hace secar, y agosta todos los ríos. Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas" (Nahum 1:3-6). Estos ejemplos pueden bastar para mostrar lo que en realidad es evidente, que en lenguaje profético se emplean los más sublimes y terribles fénomenos naturales para representar convulsiones y revoluciones nacionales y sociales. Las imágenes, que si se cumplieran darían como resultado la total disolución de la estructura del globo terráqueo y la destrucción del universo material, en realidad no pueden significar otra cosa que la caída de una dinastía, la toma de una ciudad, o el colapso de una nación. El siguiente es el punto de vista de Sir Isaac Newton sobre este tema, posición que es substancialmente justa, aunque quizás llevada un poco demasiado lejos al suponer que hay, de hecho, un equivalente para cada figura empleada en la profecía: "El lenguaje figurado de los profetas está tomado de la analogía entre el mundo natural y un imperio considerado como potencia mundial. En consecuencia, el mundo natural, que consiste del cielo y la tierra, significa todo el mundo político, que consiste de tronos y pueblos, o tanto de él como se considere en la profecía; y las cosas en ese mundo significan cosas análogas en éste. Porque los cielos y las cosas que en ellos hay significa tronos y dignatarios, y los que disfrutan de ellos; y la tierra, con las cosas que en ella hay, el pueblo inferior; y las partes más bajas de la tierra, llamadas Hades o infierno, la parte más baja y miserable de ellas. Grandes terremotos, y el temblor del cielo y la tierra, representan el templor de reinos, para confundirlos y derribarlos; la creación de un cielo nuevo y una nueva tierra, la desaparición de los antiguos; el comienzo y el fin del mundo significan el surgimiento y la ruina del cuerpo político de que se trate. El sol significa toda la especie y la raza de hombres en los reinos del mundo político; la luna significa el cuerpo de la gente común, considerada como la esposa del rey; las estrellas, los príncipes y grandes hombres subordinados; o los obispos y gobernantes del pueblo de Dios, cuando el sol es Cristo. La puesta del sol, la luna, y las estrellas; el oscurecimiento del sol, la luna convirtiéndose en sangre, y la caída de las estrellas, el cese de un reino". Como adición, sólo citaremos las excelentes observaciones de un sabio expositor, el Dr. John Brown, de Edinburgo:
Parece, pues, que si la Escritura es la mejor intérprete de la Escritura, tenemos en el Antiguo Testamento una clave para la interpretación de las profecías en el Nuevo. El mismo simbolismo se encuentra en ambos, y las imágenes de Isaías, Ezequiel, y los otros profetas nos ayudan a entender las imágenes de Mateo, Pedro, y Juan. Así como la disolución del mundo material no es necesaria para el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento, tampoco es necesaria para el cumplimiento de las predicciones del Nuevo Testamento. Pero, aunque los símbolos son expresiones metafóricas, no carecen de significado. No es necesario alegorizarlos y encontrar un equivalente correspondiente en cada tropo; es suficiente considerar las imágenes como recursos empleados para aumentar lo sublime de la predicción y para hacerla impresionante y grandiosa. Al mismo tiempo, hay una propiedad verdadera y una realidad subyacente en los símbolos de la profecía. Los hechos morales y espirituales que representan, los cambios sociales y ecuménicos que tipifican, no podían ser presentados adecuadamente por medio de un lenguaje menos majestuoso y menos sublime. Hay razón para creer que una inadecuada comprensión de la verdadera grandeza e importancia de sucesos tales como la destrucción de Jerusalén y la abrogación de la economía judía es la base del sistema de interpretación que sostiene que nada que responda a los símbolos del Nuevo Testamento ha tenido lugar jamás. De aquí las invenciones, no críticas y no bíblicas, de los dobles significados, y los cumplimientos dobles, triples, y múltiples de la profecía. No estamos preparados para negar que conmociones físicas de la naturaleza y extraordinarios fenómenos en los cielos y la tierra pueden haber acompañado los estertores finales de la dispensación judía. Nos parece muy probable que tales cosas sucedieron. Pero el cumplimiento literal de los símbolos no es esencial para la verificación de la profecía, la cual los hechos registrados de la historia han demostrado en abundancia que es verdadera.
Acerca de "los nuevos cielos y la tierra nueva" (2 Pedro 3:13)
El apóstol distribuye el mundo entre cielo y tierra, y dice que fueron destruidos por medio de agua, y perecieron. Sabemos que ni la composición ni la sustancia del uno ni de la otra fueron destruidos, sino sólo los hombres que vivían en la tierra; y el apóstol nos habla (ver. 7) del cielo y la tierra que había entonces, y que fueron destruidos por agua, distintos de los cielos y la tierra que había ahora, y que habrían de ser consumidos por fuego; sin embargo, en cuanto a la estructura visible del cielo y la tierra, eran los mismos tanto antes del Diluvio como en los tiempos del apóstol, y permanecen hasta la fecha; cuando todavía es cierto que los cielos y la tierra, de los cuales hablaba, habrían de ser destruidos y consumidos por fuego en aquella generación. Para aclarar nuestro fundamento, debemos, pues, considerar lo que el apóstol quiere decir con cielos y tierra en estos dos lugares. 1. Es seguro que lo que el apóstol quiere decir con "el mundo", con su cielo, y la tierra (vers. 5,6), que fue destruida; lo mismo, o algo de esta clase, quiere decir con los cielos y la tierra que habrían de ser consumidos y destruidos por el fuego (ver. 7); de lo contrario, no habría ninguna coherencia en el discurso del apóstol, ni ninguna clase de argumento, sino una mera falacia de palabras. 2. Es seguro que el diluvio no destruyó el mundo, ni la estructura del cielo y la tierra, sino solamente a los habitantes del mundo; por lo tanto, la destrucción que debía tener lugar por el fuego no es la substancia de los cielos y la tierra, que no serán consumidos sino hasta el último día, sino de las personas o los hombres que vivieran en el mundo. 3. Luego, tenemos que considerar en qué sentido se dice de los hombres que viven en el mundo que son el mundo, y los cielos y la tierra de él. Sólo insistiré en un caso para este propósito entre muchos que pueden mencionarse: Isa. 51:15,16. El tiempo en la obra mencionada aquí, de extender los cielos y echar los cimientos de la tierra, fue llevada a cabo por Dios cuando agitó el mar (ver. 15) y dio la ley (ver. 16), y dijo a Sión: Pueblo mío eres tú; esto es, cuando sacó de Egipto a los hijos de Israel, y en el desierto les formó en iglesia y estado; luego, extendió los cielos y echó los cimientos de la tierra; esto es, produjo orden, y gobierno, y belleza de la confusión en que se encontraban. Esto es extender los cielos y echar los fundamentos del mundo. Y puesto que es entonces cuando se menciona la destrucción de un estado y gobierno, es con ese lenguaje que parece hablar del fin del mundo. Así ocurre con Isa. 34:4, que no es sino la destrucción del estado de Edom. Otro tanto se afirma del Imperio Romano (Apoc. 6:14), que los judíos constantemente afirman que se quiere decir con Edom en los profetas. Y en la predicción de nuestro Señor Jesucristo tocante a la destrucción de Jerusalén (Mateo 24). La hace con expresiones de la misma importancia. Es evidente, pues, que en lenguaje profético y la manera de hablar, a menudo se entendían los cielos y la tierra como el estado civil y religioso y la combinación de hombres en el mundo, y los hombres de ella. Así ocurría con los cielos y la tierra de aquel mundo que entonces fue destruido por el diluvio. 4. Sobre esta base, afirmo que, en esta profecía de Pedro, con los cielos y la tierra se quiere decir la venida del Señor, el día del juicio y la perdición de los impíos, que en la destrucción de aquel cielo y aquella tierra se menciona, no el juicio último y final del mundo, sino aquella total desolación y destrucción de la iglesia y el estado judíos, que habría de tener lugar, para lo cual presentaré estas dos razones, de muchas que podrían aducirse a partir del texto: (1) Porque lo que sea que se menciona aquí debía tener peculiar influencia sobre los hombres de aquella generación. Él habla de aquello que tenía que ver tanto con los profanos burladores como con los burlados, y de que, como judíos, algunos de ellos creían en la fe, y otros se oponían. Ahora bien, no había en aquella generación ninguna preocupación particular, ni por aquel pecado, ni por aquellas burlas, en cuanto al día del juicio en general; sino un alivio peculiar por el uno y un temor peculiar por el otro, que estaba cercano, en la destrucción de la nación judía; además, había amplio testimonio tanto por el uno como por el otro del poder y el dominio del Señor Jesucristo, que era el punto en disputa entre ellos. (2) Pedro les dice, después de la destrucción y el juicio de que habla (ver. 7-13): "Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva", etc. Tenían esta esperanza. Pero, ¿cuál es esa promesa? ¿Dónde podemos encontrarla? Bueno, la tenemos en las mismas palabras y en la misma carta, Isa. 65:17. Ahora bien, ¿cuándo será que Dios creará estos nuevos cielos y esta nueva tierra, en los cuales mora la justicia? Dice Pedro: "Será después de la venida del Señor, después de aquel juicio y aquella destrucción de los impíos, que no obedecen al evangelio". Pero ahora es evidente, a partir de este pasaje en Isaías, en 66:21,22, que esta es una profecía para los tiempos evangélicos solamente; y que la extensión de estos nuevos cielos no es sino la creación de las ordenanzas del evangelio que deben permanecer para siempre. Lo mismo se expresa en Heb. 12:26-28. Siendo éste el designio del lugar, no insistiré más sobre el contexto, sino que abriré brevemente las palabras propuestas, y fijaré la atención sobre la verdad contenida en ellas. Primero, existe el fundamento de la inferencia y la exhortación apostólicas, viendo que todas estas cosas, por preciosas que parezcan, sin importar el valor que alguno les atribuya, se disolverán, esto es, serán destruidas, y de aquella terrible y horrenda manera que se ha mencionado antes, en un día de juicio, de ira, y de venganza, por medio del fuego y la espada; que otros se burlen de las amenazas de la venida de Cristo: Vendrá y no tardará, y luego, los cielos y la tierra que Dios mismo extendió - el sol, la luna, y las estrellas del sistema y la iglesia judíos - todo el mundo antiguo de culto y de adoradores, que en su obstinación se levantan contra el Señor Jesucristo, se disolverá y se destruirá sensiblemente: sabemos que éste será el fin de todas las cosas, y esto ocurrirá en breve. No hay ninguna constitución externa ni estructura de cosas en gobiernos o naciones, que no esté sujeta a disolución, y puede ocurrirle, a manera de juicio. Si alguno desea que se le excluya, y eso ocurre en muchos casos, de los cuales el apóstol hablaba en términos proféticos (porque todavía no era tiempo de declararlo abiertamente a todos) puede presentar su solicitud. * *Sermón del Dr. Owen sobre 2 Pedro 3:11. Obras, reimpreso en 1721. APÉNDICE A LA PARTE II NOTA E El Rev. F. D.
Maurice acerca de "El Último Tiempo" ¿Cómo pudo decir Juan que éste era el último tiempo? ¿No ha durado el mundo casi mil ochocientos años desde que él lo abandonó? ¿No puede durar muchos años más? "Muchos les dirán que no sólo Juan, sino también Pablo y todos los apóstoles, actuaban bajo el engaño de que el fin de todas las cosas se acercaba en su tiempo. Los que así hablan no están en general dispuestos a subestimar la autoridad de estos hombres; algunos adoptan esta opinión prácticamente, aunque puede que no la expresen en palabras, y sostienen que a los escritores bíblicos no se les permitía jamás cometer errores ni siquiera en las cosas más insignificantes. Yo no digo eso; no hará temblar mi fe en ellos descubrir que se han equivocado en nombres o puntos cronológicos. Pero, si supusiera que ellos mismos habían sido conducidos al error, y habían conducido al error a sus propios discípulos, en un tema tan importante como este de Cristo viniendo en juicio, y de los últimos días, me sentiría muy perplejo. Porque es un tema al que ellos se refieren constantemente. Es parte de su más profunda fe. Se mezcla con todas sus exhortaciones prácticas. Si se equivocaran aquí, no veo dónde pueden haber acertado. "He descubierto que su lenguaje sobre este tema me ha sido de la mayor utilidad para explicar el método de la Biblia; el curso del gobierno de Dios sobre las naciones y los individuos; la vida del mundo antes del tiempo de los apóstoles, durante su tiempo, y en todos los siglos desde entonces. Si les hacemos a ellos la justicia que debemos a todos los escritores, inspirados y no inspirados; si les permitimos interpretarse a sí mismos, en vez de imponerles nuestras interpretaciones, creo que entenderemos un poquito más de su obra y de la nuestra. Si tomamos sus palabras simple y literalmente con respecto al juicio y el fin que ellos esperaban en su día, sabremos qué posición ocupaban con respecto a sus antepasados y con respecto a nosotros. Y en lugar de una concepción muy vaga, débil, y artificial del juicio que debemos esperar, aprenderemos cuáles son nuestras necesidades por medio de las de ellos; cómo nos cumplirá Dios a nosotros todas sus palabras por la manera que les cumplió a ellos Sus palabras. "No es una idea nueva, sino muy antigua y común, la de que la historia del mundo se divide en ciertos períodos grandes. En nuestros días, se les ha estado imponiendo a hombres pensantes la convicción de que hay una amplia distinción entre la historia antigua y la moderna. M. Guizot se espacia especialmente sobre la unidad y la universalidad de la historia moderna, en contraste con la división de la historia antigua en una serie de naciones que apenas tenían simpatías comunes. La cuestión es dónde encontrar el límite entre estos dos períodos. Los estudiantes han especulado mucho sobre éstos; la mayoría de estas especulaciones han sido plausibles y sugieren verdades; algunas son muy confusas; ninguna, creo yo, es satisfactoria. Una de las más populares, la que supone que la historia moderna comienza cuando las tribus bárbaras se establecieron en Europa, sería bastante fatal para la doctrina de M. Guizot. Porque ese establecimiento, aunque fue un suceso muy importante e indispensable para la civilización moderna, rompía temporalmente la unidad que había existido antes. Era como la reaparición de aquella separación de tribus y razas, que él supone ha sido la característica especial del mundo anterior. "Ahora bien: ¿Podemos esperar alguna luz sobre este tema en la Biblia? No creo que cumpliría sus pretensiones si no pudiéramos encontrarla. Ella profesa presentar los caminos de Dios a las naciones y a la humanidad. Podríamos muy bien contentarnos con que nos dijera muy poco de las leyes físicas; podríamos contentarnos con que guardase silencio acerca de los cursos de los planetas y la ley de gravedad. Puede que Dios tenga otros métodos para dar a conocer estos secretos a sus criaturas. Pero lo que concierne al orden moral del mundo y al progreso espiritual de los seres humanos cae directamente dentro de la esfera de la Biblia. Nadie podría estar satisfecho con ella si guardase silencio con respecto a estos últimos. En consecuencia, todos los que suponen que ella guarda silencio sobre este punto, por mucha importancia que le atribuyan a lo que ellos llaman su carácter religioso; por mucho que puedan suponer que sus mayores intereses dependen de su creencia en sus oráculos, están obligados a tratarla como un libro muy desarticulado y fragmentario. Ellos proporcionan la mejor excusa a los que dicen que no es un libro íntegro, como hemos creído que es, sino una colección de los dichos y opiniones de ciertos autores, en diferentes épocas, no muy consistentes los unos con los otros. Por otra parte, ha existido la más fuerte convicción en las mentes de lectores ordinarios, así como en las de estudiantes, de que el libro sí nos habla de cómo las épocas pasadas, y las por venir, tienen que ver con la develación de los misterios de Dios - qué parte ha jugado un país y otro en Su gran drama - hasta qué punto están convergiendo todas las líneas de su providencia. El inmenso interés que ha despertado la profecía - un interés no destruido, ni siquiera disminuido, por los numerosos desengaños que las teorías de los hombres sobre ella han tenido que encontrar - es prueba de cuán profunda y cuán ampliamente difundida es esta convicción. En vano tratan los teólogos de disuadir a lectores sencillos y sinceros de que estudien las profecías insistiéndoles que no tienen tiempo libre para tal actividad, y en que deberían ocuparse de cosas más prácticas. Si sus conciencias les indican que hay algún fundamento para sus advertencias, todavía les parece que no podrían hacerles caso por completo. Están seguros de que tienen algún interés en los destinos de su raza, así como en los destinos individuales. No pueden separar el uno del otro; tienen que creer que hay luz en alguna parte acerca de ambos. No me atrevo a desanimar a los que tienen tal certidumbre. Si la sostenemos con fuerza, puede ser un gran intrumento para sacarnos de nuestro egoísmo. Temo que la perdamos, como ciertamente la perderemos si adquirimos el hábito de considerar la Biblia como un libro de adivinanzas y acertijos, y de esperar sin descanso que ciertos sucesos externos ocurran en ciertas fechas que hemos fijado como los que han predicho los apóstoles y los profetas. La cura para tales desatinos, que son realmente muy serios, reside, no en un descuido de la profecía, sino en una meditación más seria sobre ella; recordando que la profecía no es un conjunto de predicciones sueltas, como los dichos de un adivino, sino una revelación de Aquél cuyas salidas son desde la eternidad; que es el mismo ayer, hoy, y por los siglos, cuyas acciones en una generación son establecidas por las mismas leyes que sus acciones en otra generación. "Si os hablara alguna vez del Apocalipsis de Juan, me explayaría mucho más sobre este tema. Pero lo dicho es para introducir la observación de que la Biblia trata la caída del sistema judío como el fin de un gran período en la historia humana y el principio de otro. Juan el Bautista anuncia la presencia de Uno "en cuya mano está el aventador; y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará". Los evangelistas dicen que estas palabras quieren decir que Jesús de Nazaret después bajó a las aguas del Jordán, y que, al salir de ellas, fue declarado Hijo de Dios, sobre el cual descendió el Espíritu en forma visible. "Nosotros tenemos por costumbre separar a Jesús el Salvador de Jesús el Rey y Juez. Ellos no. Nos dicen desde el comienzo que él llegó predicando el reino de los cielos. Nos cuentan que llevaba a cabo acciones de juicio, así como actos de liberación. Nos informan de las tremendas palabras que dirigía a los fariseos y a los escribas, así como del evangelio que les predicaba a los publicanos y pecadores. Y antes del fin de su ministerio, cuando sus discípulos le preguntaron acerca de los edificios del templo, habló claramente de un juicio que Él, el Hijo del hombre, ejecutaría antes de que se acabase aquella generación. Y para dejar claro que quería que le entendiésemos estricta y literalmente, añadió: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". Este discurso, que Mateo, Marcos, y Lucas nos informan cuidadosamente, no es ajeno al resto de sus discursos y parábolas, ni al resto de sus obras. Todos contienen la misma advertencia. Están llenos de gracia y de misericordia - mucha más gracia y misericordia de lo que hemos supuesto; son testimonio de un Ser lleno de gracia y misericordia; pero son testimonio de que las habitaciones de los que no gustaban de este Ser sólo porque éste era su carácter, los que buscaban otro ser semejante a ellos mismos, esto es, un ser sin gracia y sin misericordia, les serían hechas desiertas. "Cuando, pues, después de la ascensión de nuestro Señor, los apóstoles salieron a predicar el evangelio y a bautizar en su nombre, su primer deber era anunciar que aquel Jesús a quien los dirigentes de Jerusalén habían crucificado era Señor y Cristo; su segundo deber era predicar la remisión de los pecados y el don del Espíritu Santo en su nombre; su tercer deber era predecir la venida de un día grande y terrible del Señor, y decir a todos los que escuchasen: "Salvaos de esta generación desgraciada". Era el lenguaje que Pedro usó en el día de Pentecostés; fue adoptado, con las variantes que requerían las circunstancias de los oyentes, por todos aquellos a los que se les confió el mensaje del evangelio. Sin duda, era peculiarmente aplicable a los judíos. Ellos habían sido hechos mayordomos de los dones de Dios para el mundo. Habían desperdiciado los bienes de su Maestro, y ya no habrían de ser más mayordomos. Pero no vemos a los apóstoles limitando su lenguaje a los judíos. Hablando en Atenas - con palabras especialmente apropiadas para una ciudad pagana culta y filosófica - Pablo declara que Dios "ha establecido un día en el cual juzgará al mundo por aquel varón a quien designó", y señala a la resurrección de los muertos como el suceso que establecerá quién es ese Hombre. ¿Por qué fue esto así? Porque los apóstoles creían que el rechazo del pueblo judío era la manifestación del Hijo del Hombre; un testigo a todas las naciones de quién era su Rey; un llamado a todas las naciones a deshacerse de sus ídolos y confesarle a Él. El evangelio debía explicar el significado de la gran crisis que estaba a punto de tener lugar; de decirles a los gentiles y a los judíos lo que esto implicaría; de anunciarlo nada menos que como el comienzo de una nueva era en la historia del mundo, cuando el Hombre crucificado reclamaría un imperio universal, y contendería con el César romano y otros tiranos de la tierra que se le opusieran. "Este punto de vista bíblico del ordenamiento de los tiempos y las sazones armoniza por completo con la conclusión a la que ha llegado M. Guizot mediante la observación de los hechos. El nacimiento de nuestro Señor casi coincidió con el establecimiento del Imperio Romano en la persona de Augusto César. Aquel imperio aspiraba a aplastar a las naciones y a establecer una gran supremacía mundial. La nación judía había sido testigo contra todos estos experimentos en el mundo antiguo. Había caído bajo la tiranía babilónica, pero había surgido nuevamente. Y el tiempo que siguió a su cautiverio fue el gran tiempo del despertar de la vida nacional en Europa - el tiempo en que las repúblicas griegas florecieron - el tiempo en que la República Romana iniciaba su gran carrera. "La nación judía había sido abrumada por los ejércitos de la República Romana; todavía conservaba los antiguos signos de su nacionalidad, su ley, su sacerdocio, su templo. Éstos les parecían ridículos e insignificantes a los emperadores romanos, aun a los gobernadores romanos que administraban la pequeña provincia de Judea, o la provincia mayor de Siria, en la cual a menudo se incluía. Pero encontraron a los judíos muy problemáticos. Su nacionalismo era de una clase peculiar, y de una desusada fortaleza. Cuando eran más degradados no podían separarse de él. Iniciaban innumerables rebeliones, con la esperanza de recobrar lo que habían perdido, y de establecer el reino universal que creían estaba destinado para ellos, no para Roma. La predicación de nuestro Señor les declaraba que había tal reino universal - que Él, el Hijo de David, hab&iaccute;a venido a establecerlo en la tierra. Los judíos soñaban con otra clase de reino, con otra clase de rey. Querían un reino judío, que pisotearía las naciones, tal como el Imperio Romano les estaba pisoteando; querían un rey judío que fuese básicamente como el César romano. Era un concepto tenebroso, horrible, odioso; combinaba todo lo más estrecho en la forma más degradante del nacionalismo, con todo lo más cruel y más destructor de la vida personal y moral en la peor forma de imperialismo. Reunía en sí mismo todo lo que era peor en la historia del pasado. Proyectaba la sombra de lo que sería peor en el tiempo venidero. Los apóstoles anunciaban que la ambición maldita de los judíos se vería frustrada por completo. Decían que se acercaba una nueva era - la era universal, la era del Hijo del hombre, que sería precedida por una gran crisis que zarandearía, no sólo la tierra, sino también los cielos; no sólo lo que pertenecía al tiempo, sino también todo lo que pertenecía al mundo espiritual, y a las relaciones del hombre con él. Decían que este zarandeo sería tal que sacudiría lo que no se podía sacudir - y que continuaría. "He tratado, pues, de mostraros lo que Juan quería decir con el último tiempo, si hablaba el mismo lenguaje que nuestro Señor y los otros apóstoles hablaban. No puedo decir qué cambios físicos hayan buscado él o ellos. En aquel tiempo se observaron fenómenos físicos - hambrunas, pestes, terremotos. Si ellos o cualquiera de ellos suponía que estos cambios indicaban más alteraciones en la superficie o la estructura de la tierra de lo que ellos indicaban, no lo sé; éstos no son los puntos sobre los cuales busco información, si ellos la dieron. Que ellos no esperaban el fin de la tierra - lo que nosotros llamamos la destrucción de la tierra - es claro a partir de esto, que el nuevo reino del cual ellos hablaban habría de ser un reino en la tierra así como un reino de los cielos. Pero su creencia de que un reino tal se había establecido, y haría sentir su poder tan pronto la antigua nación hubiese sido dispersada, ha sido, creo yo, corroborada en abundancia por los hechos. No veo cómo podemos entender la historia moderna correctamente sin aceptar esa creencia". 1. Las Epístolas de Juan, por F. D. Maurice, M.A., Conferencia ix.
PARTE III LA PARUSÍA EN
EL APOCALIPSIS
INTERPRETACIÓN DEL APOCALIPSIS Ahora llegamos a considerar la parte más difícil y más oscura de la revelación divina, y muy bien podemos hacer una pausa en el umbral de una región tan envuelta en el misterio y la oscuridad. Los conspicuos fracasos de los sabios y eruditos que con demasiada confianza han profesado decifrar el místico rollo del vidente apocalíptico nos advierten contra la presunción. Hasta podemos sentir que se justifica que declinemos por completo una tarea que ha desconcertado a tantos de los más capaces y mejores intérpretes de la Palabra de Dios. Pero, por otro lado, ¿hacemos honor al libro rehusando abrirlo y declarándolo obscuro sin remedio? ¿Se justifica que tratemos así cualquier porción de la revelación que Dios nos ha dado? ¿Debe el libro ser casi entregado por completo a adivinadores y charlatanes, para ser diversión de sus fantásticas especulaciones? No; no podemos pasarlo por alto. Querrámoslo o no, el libro reclama nuestra atención, e insiste en ser oído. Después de todo, debe tener un significado, y vamos a hacer lo mejor que podemos para comprender ese significado. ¡Maravilloso libro! Después de siglos de erróneas interpretaciones y perversión, todavía tiene el poder de llamar la atención y fascinar el interés de cada uno de sus lectores. Rehusa convertirse en el hazmerreír de la impostura y la locura; no puede ser degradado ni siquiera por la ignorancia y la presunción de fanáticos y adivinos; nunca puede ser otra cosa que la Palabra de Dios, y por lo tanto debe ser tenido en reverencia por nosotros. Pero, ¿es inteligible? La respuesta a esto es: ¿Fue escrito para que se entendiera? ¿Fue un libro enviado por un apóstol a las iglesias de Asia Menor, con una bendición para sus lectores, una mera jerigonza ininteligible, un enigma inexplicable para ellos? Eso difícilmente puede ser cierto. Pero si el propósito era que el libro revelara los secretos de tiempos distantes, ¿no debería haber sido por necesidad ininteligible para sus primeros lectores - y no sólo ininteligible, sino hasta fuera de lugar e inútil? Si hablaba, como algunos quieren hacernos creer, de hunos y godos y sarracenos, de emperadores medievales y de papas, de la Reforma protestante y de la Revolución Francesa, ¿qué posible interés o significado podría tener para las iglesias cristianas de Éfeso, Esmirna, Filadelfia, y Laodicea? Especialmente cuando consideramos las circunstancias reales de aquellos cristianos primitivos - muchos de ellos soportando crueles sufriimientos y penosas persecuciones, y todos ellos esperando ansiosamente que se acercase la hora de liberación que ahora estaba cercana - ¿qué propósito habría servido enviarles un documento que se les instaba a leer y considerar, y que, sin embargo, se ocupaba de acontecimientos históricos tan distantes que estaban fuera del alcance de sus simpatías, y tan obscuro que aún hoy día los críticos más sagaces difícilmente concuerdan sobre un solo punto de él? ¿Es concebible que un apóstol se burlase de los sufrimientos de los perseguidos cristianos de su tiempo con oscuras parábolas sobre épocas distantes? Si este libro tuviese realmente el propósito de ministrar fe y consuelo a las mismas personas a las que fue enviado, tendría incuestionablemente que tratar de asuntos en los cuales ellas estaban interesadas práctica y personalmente. ¿Y no indica esta misma y obvia consideración la verdadera clave del Apocalipsis? ¿No debe referirse por necesidad a cuestiones de historia contemporánea? La única hipótesis sostenible y razonable es que fue destinado para ser entendido por sus lectores originales, pero esto es tanto como decir que debe ocuparse de los sucesos y transacciones de su propio tiempo, y ello dentro de un espacio de tiempo comparativamente breve. LIMITACIONES
DE TIEMPO Esto no es mera conjetura. Está certificado por las expresas declaraciones del libro. Si hay una cosa que más que ninguna otra se afirma explícita y repetidamente en Apocalipsis es la cercanía de los sucesos que predice. Esto se afirma, y se reitera una y otra vez, al comienzo, en la mitad, y al final. Se nos advierte que "el tiempo está cerca", "las cosas que deben suceder pronto", "he aquí, vengo presto", "de cierto vengo presto". Y, sin embargo, en presencia de estas afirmaciones expresas y a menudo repetidas, la mayoría de los intérpretes se ha sentido en libertad de ign |